Kheled-Dreng y La Sombra del Este

Capítulo 1. El reencuentro.

25 de Diciembre del 3018 T.E. Asentamiento de Lonsdale. Rhovanion.

Frio era el invierno en el sur de las viejas tierras de Rhovanion. Sobre todo en la pequeña aldea de Lonsdale, situada allá donde el Celduin oriental fusionaba sus aguas con el cauce del Carnen. Lonsdale era el resultado de los viejos descendientes de la estirpe del rey Vidugavia, un puñado de dúnedain supervivientes de la destrucción del reino durante las invasiones de los Aurigas, y un puñado de colonos que se asentaron desde Esgaroth y Valle, tras la coronación del rey Bardo I.

La aldea prosperaba con el comercio fluvial. Como el agua llegaban los cargamentos de vino del vecino reino de Dorwinion. Tierra de viñedos que nutria tanto las despensas del lejano reino de Thranduil, en el Bosque Negro, como los asentamientos enanos del norte, en las Colinas de Hierro. Sin embargo, las continuas escaramuzas en el Este provocadas por los hombres de la Oscuridad, sirvientes de Sauron, convertían las áridas regiones de alrededor en tierras despobladas.

Allí, bajo el mandato de Bregil, un bárdido nombrado gobernador de las fronteras del Reino de Valle, vivía el joven Feigronthar. Uno de los escasos montaraces descendientes de los dúnedain que custodiaba y vigilaba las tierras desde las lindes occidentales del Bosque Negro hasta las fronteras del reino de Dorwinion. Un joven alto, de ojos azules y ensortijados cabellos dorados. Pues la sangre de los antepasados de los Eóthéods, por azar del destino, corría con fuerza por sus venas. Feigronthar era entre los suyos el más listo de mente, y tan rápido para el enfado y la risa como lo era con el arco y la espada.

Despuntaban las luces del alba cuando encapuchado y cubriéndose con la capa, dejando apenas entrever su corta barba, llegó su barca por el curso del Celduin. En el embarcadero le esperaba una figura similar sentada sobre unos barriles, con los pies en alto, bebiendo vino de una bota colgada en su cinturón, y acompañada de un hermoso lobo, de cabellos negros y brillantes y ojos verdes. Feigronthar esbozó una sonrisa al ver al animal y la persona que lo acompañaba, y remó hacia los rudimentarios muelles donde se encontraban.

– Larga ha sido tu ausencia en el oeste. ¿Más problemas de lo habitual en las fronteras? – le preguntó mientras el montaraz amarraba la embarcación y el lobo movía la cola acercándose a él con alegría.

– Ha aumentado la presencia de patrullas de orcos en las lindes del bosque. Sin duda exploradores de Dol Guldur. El sur del bosque es cada vez más sombrío… –  Le respondió Feigronthar mientras acariciaba al animal con alegría. – ¿Qué hacéis aquí tan temprano? Aparte de disfrutar el vino y el aire frio del alba –

–  Esperábamos tu llegada, ya temíamos que algún infortunio te hubiera alcanzado por el camino  – Le contestó quitándose la capucha y poniéndose en pie. Bella era la mujer pese a portar las ropas y las armas propias de los hombres. El pelo negro, largo y liso, caía como un manto sobre la capa gris. De pasos felinos y porte de guerrero, podía apreciarse en sus marrones ojos la fiereza de quien ha empuñado las armas y no un telar. Derewyn no era una mujer común. Y eso Feigronthar lo sabía, pues innumerables viajes y aventuras habían vivido en sus misiones, e innumerables las magulladuras causadas por ella cuando siendo niños peleaban con ramas en la ribera del rio, emulando a los grandes reyes y héroes de antaño. Ambos se fundieron en un abrazo y se encaminaron al salón de Lonsdale seguidos por Felaróf el lobo. Llamado así por su dueña en homenaje al más legendario y bravo de todos los caballos. Cuyo espíritu, según decía, había renacido en su mascota.

– ¿Qué nuevas hay del Este Derewyn? El mal parece estar agitándose nuevamente en el Sur. Fuertes tormentas pueden verse desde el rio, en las lejanas Ered Lithui – inquirió el montaraz mientras caminan por las embarradas calles.

– Nada destacable en las fronteras, aunque de nuestros camaradas enviados al este ninguna noticia ha llegado. Temo que hayan sido capturados o asesinados por alguno de los clanes. La oscuridad nubla los corazones de esas gentes, y si en el sur estalla la guerra contra Mordor como vaticinan los ancianos, los caciques de Rhûn no tardarán en mandar sus hordas contra nuestras tierras – Le respondió con el rostro preocupado

–  Malas señales son esas. Esperemos que Bregil pueda contarnos más. Importante debe ser lo que quiere cuando no gozo ni de unas horas de descanso, o de un respiro para llevarme algo al estómago tras semanas navegando rio abajo – Respondió Feigronthar con evidente molestia debido al cansancio. De una pequeña faltriquera, Derewyn saca un pedazo de pan duro, tendiéndoselo a su amigo, que no tardó en tomarlo y morderlo con avidez. Todo esto arrancó un quejido de envidia a Felaróf, que no gozaba precisamente de escaso apetito pese a haber desayunado unos minutos antes.

–  Sigue siendo tan envidioso como siempre – Dijo con la boca llena y entre risas a Derewyn, lanzando un pequeño trozo al lobo.

–  Si no le tuvieras tan consentido no estaría siempre pidiéndote comida – Le reprendió la guerrera dándole un golpe amistoso en el brazo.

Fuerte era la risa y la alegría del reencuentro cuando ambos llegaron a la plaza principal de la aldea. Sorteando a las gallinas y los niños que comenzaban a alborotar con sus carreras y juegos, avanzaron hasta las puertas del gran salón. Dos guardias locales aguardaban en las puertas. Los rayos del sol arrancaban destellos de plata a las corazas ribeteadas de pieles, y a los cascos de acero, adornados con penachos de plumas granates. Portaban túnicas azules, del mismo color parecían las escamas de hierro de sus jubones, emulando las de los peces. Se abrigaban con capas rojas y empuñaban largas lanzas.