Kheled-Dreng y La Sombra del Este

Larga fue la marcha remontando el rio Celduin hacia el norte. Aunque los días eran fríos y húmedos, más gélidas aún eran las noches. Feigronthar, Derewyn y Felaróf, pese a ello, mantenían el ánimo. Caía la tarde cuando comenzaron a remar en las Ciénagas Largas, formadas justo en las lindes del gran bosque de los elfos, a la sombra de las Emyn-nu-Fuin. Las Colinas bajo la Noche como las denominaban los sindar. Con el pasar de los años el lugar se había vuelto lúgubre y oscuro, pese a brillar el sol. Pues una neblina oscura surgía de las faldas de las montañas. Tras unas horas de marcha, el silencio asfixiante y los restos de una caravana allí cerca llamaron la atención de los montaraces.

– Algo no marcha bien en este lugar… – Se inquietó Feigronthar expresándole sus sospechas a Derewyn. La cual, sin mediar palabra, preparó su arco al mismo tiempo que su compañero agarraba la empuñadura de la espada.

Los minutos parecieron horas, y decidieron varar la embarcación en la orilla occidental del rio, y sopesar la situación en tierra firme. Tras explorar los restos de la caravana, tomarían una decisión.

– Sin duda ha sido un ataque de orcos, estos enanos apenas tenían guardas por lo que veo. Los masacraron sin pestañear – Dijo Derewyn con seguridad tras observar algunos cuerpos, atravesados por flechas negras.

– Se encaminaban hacia Erebor. Sin duda venían del Camino del Bosque Viejo, algo más al sur. Me pregunto qué les hizo desviarse por aquí. Esta orilla no es un lugar de transito habitual – le respondió Feigronthar mientras observaba los restos de los orcos. Entre los despojos vio que en los toscos escudos estaba pintado el Ojo Rojo.

De repente, el noble Felaróf llamó la atención de ambos con un ladrido. Algo habían percibido los sentidos del animal que escapaba al conocimiento de sus compañeros. Tras asegurarse de que había captado la atención de ambos, el animal se internó entre los árboles, raudo y veloz. Derewyn y Feigronthar, sin dudar un instante, se lanzaron tras los pasos del animal.

– ¡Huellas de enano, se internan en el bosque! Exclamó Derewyn tras ver que es lo que su mascota perseguía. – Quizá alguno siga con vida y se encuentre en peligro ¡debemos encontrarlo!

Avanzaron entre los árboles, y la negra neblina. El aire que respiraban cada ver era más pesado y viciado, unas pegajosas telas pendían de las copas de los árboles. Ante ellas se detuvo Felaróf, pues al igual que sus dueños, presentía el peligro que se cernía sobre ellos.

De entre las sombras, escondidas entre las telas y el lúgubre y sombrío paisaje, las temidas arañas del Bosque Negro se agazapaban listas para cazar. Derewyn fue la primera en verlas. Un disparo certero con su arco dio a parar en el rostro de una de ellas. Cayó con un horrible chillido abatida, rebotando como un tonel vacío entre los troncos de los árboles.

Las restantes se abalanzaron contra ellos con furia, siendo elevadas en número. Al menos una docena atacó, aunque varias de ellas corrieron similar suerte a la de su compañera y rápidamente fueron abatidas. Pues ambos montaraces eran rápidos y diestros disparando. Las cuerdas de sus arcos cantaban y las horribles cazadoras caían desplomadas por sus dardos. Cuando se vieron rodeados, desenvainaron sus largos aceros.

Tres de ellas se abalanzaron contra Derewyn cuando una de ellas tuvo que vérselas con la ira de Felaróf. El animal, viendo a su compañera superada en número, no dudó un instante y sorprendió a la criatura arrojándose sobre ella. Desgarró con sus garras y mandíbulas el hediondo vientre del insecto, que en sus estertores trataba de llevar al animal a la muerte consigo. Los horribles chillidos del arácnido no ayudaban a Derewyn y Feigronthar a combatir, pues sus tímpanos sufrían con semejante ruido y no podían concentrarse en la batalla,

Sus espadas segaron más de una de las largas extremidades de las bestias, Feigronthar descargó su espada sobre la cabeza de una de sus atacantes. El filo abrió el cráneo y el rostro de la araña como una nuez, matándola al instante. De manera similar abatió Derewyn a dos más, con rapidez y contundencia. Feigronthar fue derribado por una de las que restaban, la criatura intentó clavar en la carne su pérfido aguijón. Lo único que penetró fue la daga élfica de su presa en su tórax. Y mientras se retorcía de dolor Feigronthar con su larga espada la ensartó, rematándola.

Malherida, la última de ellas intentó huir cuando las poderosas mandíbulas de Felaróf le aprisionaron una de sus patas, haciéndola crujir. La criatura, furiosa por el dolor, se giró con rapidez para defenderse. Pero más rápida fue el hacha que se le hundió entre los ojos, Derewyn podía acertar con los ojos cerrados a una mosca con su hacha y su magistral puntería.

Una vez muertas, sin perder tiempo, continuaron avanzando con celeridad. Se podía escuchar como el alboroto de la lucha había atraído la atención de más de esas criaturas. Tras unos instantes se encontraron atrapados en la más profunda oscuridad, en la falda de las montañas. Allí encontraron varios enanos disecados, envueltos en las oscuras telas. Sin embargo uno de los hijos de Durin vivía. Con el pelo y la barba negros enmarañados, la sangre manaba de una herida en su cabeza. Con una afilada hacha larga, trataba de alejar a la muerte que le acechaba. Restos de hilos pegajosos cubrían sus ropas, y frente a él, una araña mucho más gigantesca que las demás buscaba acorralarlo.

Tan grande como un troll de las cavernas, tan terrible y negra tanto en carácter como en apariencia que recordaba a como decían las leyendas que había sido la prole de Ungoliant. Pues aunque nuestros guerreros no lo sabían, era la más terrible de las hijas de Ella-Laraña, y la única junto a su madre en heredar, de forma casi inmaculada, las terribles facultades de su abuela.