– ¡A posiciones de defensa! ¡Que no tomen la colina! – Ordenó con firmeza Egerthalion mientras se ceñía el yelmo. Tras ello se acercó con paso firme a Feigronthar y, tomándole del brazo con fuerza, le dijo con brusquedad.
– Tú y tus camaradas al centro. Los hombres del bosque están bajo tu mando. El enemigo golpeará esa posición con más fuerza y necesito que los contengáis lo máximo posible mientras hacemos añicos sus flancos. Si la batalla se tuerce tomad los caballos que podáis y avisad al rey y a los refugiados del peligro que se avecina… Y no mueras. O te juro que buscaré la manera de resucitarte y matarte yo mismo en pago a lo que mi hermana sufrirá por tu pérdida –
Feigronthar asintió, y empuño su arco para ponerse en las primeras filas de arqueros junto a Derewyn, Felaróf y Fróin. Ella con el arco preparado. El enano empuñando su hacha esperando el avance del enemigo. Tras ellos cerca de doscientos hombres, armados con arcos, picas, hachas y espadas les siguieron
En la lejanía el entrechocar del metal, los aullidos de los orcos y los gritos de agonía de los caídos se empezaban a escuchar. Las tropas de Mordor se medían a las primeras líneas de defensa y parecían aplastarlas. El enemigo se les echaba encima y sus negros cuernos de guerra comenzaron a resonar entre los árboles. La noche era ya cerrada y solo la luz de las hogueras les alumbraba, pues el moribundo sol del atardecer hacía largo rato que se había ahogado por los grises mantos de sombra del Señor Oscuro.
Uno de los Jinetes Negros apareció a sus ojos. Tras desenvainar su espada y alzarla lanzó un espectral chillido que rompió el silencio. Tras el mismo, hordas de aullantes orcos cargaron hacia sus posiciones. La batalla de Eryn Dolen había dado comienzo.
– ¡Aguantad las posiciones! ¡Hado i philinn! – Gritó Egerthalion
– ¡Disparad las flechas! – Tradujo Feigronthar la orden a sus amigos.
Y una lluvia mortífera de proyectiles de los elfos comenzó a caer colina abajo desde todas las direcciones, abatiendo a centenares de enemigos. No obstante el enemigo parecía no haber sido dañado y las hordas continuaron avanzando. Nuevamente resonaron los cuernos de guerra.
– ¡Fuego a discreción! – Se oía gritar en todos los flancos a los capitanes elfos. Los orcos estaban cargando desde todos los frentes. Y no iban solos, pues algunas arañas les acompañaban. Feigronthar mandó disparar contra ellas, haciendo llover sus cadáveres de lo alto de los árboles. Sin embargo también se despeñaban los cadáveres de los guerreros que lograban atrapar en sus mortíferas telas y aguijones.
Las criaturas de Dol Guldur eran elevadas en número. Y pese al esfuerzo de los arqueros por contenerlas, muchas de ellas comenzaron a estrellarse contra los muros de escudos de los lanceros. Derewyn arrojó el arco tras quedarse sin flechas y desenvainó la espada larga. En apenas unos instantes segó el cuello de varios orcos que intentaron rodearla. La espesa sangre negra de estos le manchó el rostro y las cabezas de sus enemigos rodaron colina abajo.
Fróin, situado en un pequeño saliente de piedra, rebanaba cabezas como el leñador que tala árboles. Y tan pequeño como era parecía invencible mientras diezmaba enemigos. Sin embargo la batalla se tornaba cruenta, y los muchos enemigos que abatían eran hojas de todo un bosque.
Varios árboles comenzaron a caer derribados. Los trolls avanzaban- Egerthalion, mientras abatía con su espada a un capitán Uruk, conto una veintena de ellos. Ensartó a dos orcos y con agiles movimientos cortó la mano de otro que intentaba robarle la vida con un negro sable. Feigronthar seguía derribando criaturas con su arco. Y ningún disparo erraba. Sin embargo su afán era encontrar al Nazgûl que comandaba el ataque. Pues si este caía la batalla estaría mucho más cerca de ser ganada.
Un troll, furioso, derribó el árbol sobre el que se encontraba. Y antes de que el tronco cayera sobre Fróin y los demás guerreros, les gritó para que se apartaran. Mientras caía al vacío desenvainó su espada y clavó la misma en el rostro del monstruo. Este cayó agonizante aplastando a varios de los orcos que le rodeaban. Sin embargo todo el esfuerzo parecía ser en vano y la formación de las tropas de Thranduil comenzaba a retroceder y amenazaba con romperse.
El fuego estalló en alguna parte, sin duda por obra del Enemigo. Y esto comenzó a beneficiar a los elfos, pues el bosque y las llamas servían de barrera natural. Poco tiempo les duró la dicha, pues el enemigo usaba los cadáveres para apagar las llamas y escalar los fosos y barricadas. Egerthalion, incapaz de mantener la posición por más tiempo, decidió dar orden de replegarse al interior de las ruinas. Feigronthar se levantó y se vio rodeado. Eternos y fatigosos fueron los minutos en los que solo se enfrentó a una enorme horda de uruks negros. Se dispuso a vender cara su vida cuando comenzaron a sonar los cuernos tocando a retirada.
Las armas del enemigo le desgarraron la capa y la malla en muchos puntos. Sin embargo ya había matado más de una veintena cuando Fróin se arrojó desde la copa de un árbol sobre ellos. Y su hacha partía las placas de metal y los escudos de cuero. Reía y combatía con vigor pese a sangrar de un feo corte en el pómulo. Y se le oía gritar sin parar:
– ¡Baruk Khazâd! ¡Baruk Khazâd! ¡Khazâd ai-Mênu! –
Feigronthar se encontró cara a cara con uno de los jinetes negros. Era el mismo que había estado buscando y que comandaba el ejército. Sin titubear ambos comenzaron a cruzar sus espadas. El duelo comenzó a entumecerle los brazos cuando Derewyn se percató. Poniéndose al frente de una veintena de hombres, ordenó cargar sobre el enemigo para salvar a sus amigos. Los soldados abatieron a la mayoría de los enemigos que les rodeaban con sus aceros.