Kheled-Dreng y La Sombra del Este

El príncipe Thorin, tras leer el mensaje que sus hombres le habían traído, se asomó a las almenas. El caos parecía reinar en las filas enemigas. Se les veía nerviosos y desorientados a muchos de ellos. Y parecían preparar un asalto final a la desesperada contra la Montaña.

Fue corriendo a buscar a Bardo, y le encontró junto a Derewyn, Fróin y Felaróf en las criptas, junto al cuerpo de Feigronthar. Cuando llegó, les transmitió sin perturbar la paz del lugar:

– El rey Thranduil nos ha hecho llegar un mensaje del sur. Sauron ha sido derrotado. El Anillo Único ha sido destruido junto con él, los Jinetes Negros y toda su inmundicia. Ha mandado parte de sus ejércitos a auxiliarnos –

Todos se giraron asombrados hacia él, sin poder creer sus palabras

– Así que por eso los nazgûl desaparecieron misteriosamente en el ataque a las puertas hace dos días… – Dijo Bardo, aun sopesando la noticia.

– El enemigo está desperdigado. Salgamos con todo lo que tenemos y acabemos con esto – Propuso Thorin. Bajo el brazo portaba el yelmo de piedra de Feigronthar.

Todos se miraron. Derewyn fue la primera en ponerse en pie y desenvainar la espada

– ¡Hagámoslo! ¡Por él! ¡Por Feigronthar! – Dijo con determinación y rabia. Bardo desenvainó también su espada, y puso su mano sobre Derewyn.

– Por mi padre, por tu padre, Thorin. Y por todos los que han caído de tu reino y el mío. Feigronthar nos trajo esperanza. ¡Usémosla! – Exclamó el rey de Valle.

– ¡Por mi barba! ¡Por la memoria de Feigronthar, Elfric y Athalwin! ¡Que sus muertes no hayan sido en vano! – Dijo Fróin con entusiasmo. Felaróf aulló también con fuerza.

Thorin asintió con energía y se encaminó a las puertas. Allí aguardaban los ejércitos de Erebor y Valle que aún resistían. Tomó aire, se puso el yelmo y gritó:

– ¡El Kheled-Dreng brillará bajo el sol en batalla una vez más! ¡Que suenen los cuernos! ¡Todos a la batalla! ¡POR FEIGRONTHAR, POR EREBOR, POR VALLE Y POR LA LIBERTAD DEL NORTE! –

Todos gritaron con energía a coro. Los grandes cuernos de guerra de Erebor resonaron en todo el valle cuando las puertas se abrieron. Los orientales entraron en pánico cuando vieron la determinación, la furia y energía de los ejércitos de enanos y hombres esa mañana.

Tras la caída de Sauron no quedaba esperanza de victoria para ellos. Los variags y los carros de los aurigas intentaron una desesperada carga comandada por Kustig que fue destrozada por los muros de escudos y lanzas de las falanges enanas. Los que sobrevivieron a las erizadas lanzas de los hijos de Durin fueron masacrados por los arqueros bárdidos. El propio Kustig pereció en el desesperado intento siendo derribado de su caballo por Felaróf. El animal le desgarró el cuello con sus potentes mandíbulas

Solo Borthand pudo mantener el orden entre los hombres de distintos clanes que aún quedaban. La mayoría de los orcos ya había huido días antes o habían tenido que matarlos cuando les atacaron como locos. Los ejércitos de los pueblos libres del norte les aplastaron. Los orientales, presa del pánico, eran ejecutados mientras imploraban clemencia o trataban de huir. Por el oeste llegaba una hueste de elfos, comandada por Egerthalion.

Enanos y hombres celebraron su llegada. La batalla estaba perdida, y Borthand lo sabía. Montó en uno de los carros que había abandonados y trató de escapar de la batalla. Nunca lo logró. Su rostro reventó cuando una daga élfica se le estrello entre los ojos. Derewyn tenía la misma puntería con una daga que con un hacha.

Las grandes águilas también se unieron al desenlace de la batalla desde el sur, pues venían de la batalla del Morannon. Y bajo la guía del rey Thorin y con el yelmo de Kheled-Dreng sobre su cabeza, enanos, hombres y elfos vencieron en la que sería conocida como la larga batalla de la Ciudad de Valle y el asedio de Erebor.

Los gritos de victoria de los pueblos libres resonaron con tanta fuerza o más que durante la Batalla de los Cinco Ejércitos en los grandes salones de la Montaña Solitaria, Y esta vez solo gritaban un nombre en señal de triunfo: Feigronthar.

Capítulo 7. Epílogo: Cuarta Edad del Sol.

Tras las celebraciones por la victoria y la destrucción de Dol Guldur a manos de Galadriel y las fueras de Lothlórien, la paz volvió al norte de la Tierra Media. Las ciudades de Valle y Esgaroth fueron reconstruidas de los males de la guerra, y fueron gobernadas por el Rey Bardo II. Sin embargo, este no las gobernaría solo.

Derewyn y Bardo se habían enamorado. Su amor nació y creció desde que ambos se salvaran varias veces la vida durante las batallas de la Guerra del Anillo. Dos meses después de la victoria se casaron y Derewyn fue coronada Reina de Valle.

Durante el gobierno de ambos el reino prosperó nuevamente. Se estableció una gran alianza y amistad con el Rey Elessar Telcontar, señor del Reino Unificado de Arnor y Gondor. Además de relaciones cordiales con el Rey Éomer de Rohan. Y en alguna ocasión, durante las invasiones de Elessar en las tierras de Rhûn, la pareja les acompañó con hombres a la batalla.

La pareja tuvo numerosos hijos, y al primero de todos ellos le llamaron Feigronthar. Tuvieron al mejor de los niñeros. Pues Felaróf el valiente jugó y creció con cada uno de ellos hasta el día en que la muerte le cogió durmiendo y con el negro pelaje lleno de canas.

Por otra parte, Fróin volvió a Erebor con su gente, y se convirtió en el escriba y consejero de confianza del Rey Thorin III, al cual se le apodó Yelmo de Piedra. Su vida fue larga y feliz, disfrutando de la compañía de su gente y de la de sus amigos de Valle. Años después marchó hacia Rohan junto a muchos de sus compañeros enanos para poblar las Cavernas Centelleantes de Aglarond, en el Abismo de Helm.