Kheled-Dreng y La Sombra del Este

Feigronthar entonces se puso en pie con no poco esfuerzo. Al no tener capa, ni bolsa ni nada por el estilo, se deshizo de su maltrecha armadura y uso su túnica como saco para guardar el yelmo, anudándola por las mangas. Ató la improvisada bolsa al cinto, ya que había perdido su espada en la batalla. Con el torso desnudo, en gran parte ennegrecido por la herida de su abdomen, se arrojó a las aguas del lago.

El frio del agua le arrancaba punzadas de dolor en la carne abierta, pero a la vez le calmaba. Comenzó a nadar con las escasas fuerzas de las que disponía hacia el norte. Hacia la misma entrada de la Montaña Solitaria. Feigronthar había decidido que su último aliento sería para cumplir la misión que le había encomendado el rey Thranduil.

Nadó sin descanso, sin comida ni sueño. Mientras nadaba estaba sobre el la sombra de la batalla. En Valle los hombres y enanos vendían caras sus vidas frente a las hordas de Sauron. El pueblo del norte se desangraba tanto en la ciudad como en las faldas de la Montaña.

Mediodía del 17 de Marzo del 3019 T.E. Puertas del Rio de Erebor, en la Montaña Solitaria.

Tres días con sus noches le llevó a Feigronthar remontar las aguas hasta las Puertas del Rio. Y justo cuando salía arrastrándose del agua, cayó en batalla el Rey Brand. Feigronthar jamás llegaría a ver al Rey Dáin. El noble señor enano veló el cadáver de su amigo Brand en batalla, junto al comandante Elfric y su hermano Athalwin. Blandieron juntos con valentía y honor sus armas, hasta que los tres fueron abatidos por el innumerable enemigo.

El sonido de las cataratas se entremezclaba con los ruidos de la amarga batalla. Las almenas de las puertas estaban llenas de enanos. Los pocos que habían quedado para defender Erebor del fatal destino. Desde las mismas vieron al moribundo Feigronthar salir del agua como podía y arrastrarse por el puente principal que daba acceso a las puertas. El comandante decidió descender y mandó abrir las puertas. Las pesadas hojas de piedra se abrieron lenta y pesadamente haciendo temblar la tierra.

Feigronthar se desplomó, no tenía fuerzas para hacer más. Con la vista nublada por el cansancio y la muerte acariciando su rostro, vio salir a varios enanos. Siguiendo las órdenes de uno de ellos, fue trasladado dentro de la Montaña. Una vez cruzadas las puertas, los enanos las cerraron nuevamente. Los enanos le depositaron en el umbral de piedra. Muchos se acercaron y le rodearon, preocupados por su salud y con la curiosidad de saber quién era ese hombre que había llegado hasta allí. El que había ordenado meterle dentro de la fortaleza se inclinó junto a él. Tras observar su estado, se giró hacia varios guardias y ordenó:

– ¡Mandad buscar a los médicos, rápido! –

Feigronthar entreabrió los ojos, y sonrió. Tiritando y con la voz ronca habló:

– Gracias… pero es tarde para mi… el hálito negro me consume –

Tras estas palabras tosió con fuerza y escupió sangre negra, El dolor le desgarró nuevamente. El enano le ayudó a controlar las convulsiones y una vez lo tranquilizó, le dio de beber agua.

– ¿Quién sois? ¿Cómo habéis sobrevivido en las aguas del lago con semejante herida? ¿Y con ese peso? ¿Qué portáis tan importante para no abandonarlo? – preguntó el enano mientras tomaba el bulto de tela del suelo.

Sacó el yelmo del improvisado saco y se quedó boquiabierto por su belleza. Todos los enanos murmuraban y se asombraron de la belleza y factura del mismo.

– Traigo un obsequio… del rey Thranduil… para el rey bajo la Montaña…– contestó Feigronthar.

– El rey Dáin no está. Lucha en Valle junto a vuestro pueblo. Mi nombre es Thorin, soy su hijo y comandante de la defensa de Erebor. Acepto en su nombre vuestro obsequio. ¿Qué palabras os trasladó el rey Thranduil? – Preguntó.

– El yelmo proviene del olvidado reino de Khazad-Dûm… las esmeraldas pertenecieron a Girion de Valle… y la artesanía de los elfos las han añadido… Thranduil mantendrá su alianza con Erebor y Valle… si sobrevive, vendrá –

Ante las palabras de Feigronthar, a Thorin se le escaparon las lágrimas. Sobrecogido por el esfuerzo del muchacho en traerles esperanza, le transmitió:

– Juro por mi barba y mis antepasados que tu esfuerzo no será en vano muchacho. En nombre de mi pueblo, mi padre y el mío, os doy las gracias. ¿Cómo puedo llamaros amigo? –

– Feigr…onthar… – Dijo Feigronthar exhalando su último aliento. Thorin notó como las fuerzas habían abandonado su cuerpo. Acunó el cadáver del muchacho y sintió dolor por no haber podido salvarlo. Ya era tarde para los médicos y para todo. Solo cabía la esperanza de sobrevivir. Lo harían todos juntos, pues la esperanza había renacido en el corazón de muchos gracias a la gesta de Feigronthar.

– Trasladad su cuerpo a las criptas de los reyes, lavadle y vestidle como al guerrero que fue. Al menos hasta que podamos enterrarle – Ordenó Thorin.

Y así se hizo. El cuerpo de Feigronthar fue depositado junto a las tumbas de Thorin Escudo de Roble y sus dos sobrinos. Solo la pálida luz del filo de Orcrist iluminaba la estancia. Pues los orcos ya estaban cerca.

27 de Marzo del 3019 T.E. Erebor, Montaña Solitaria.

Era el décimo día de asedio.

Valle había caído, al igual que el Rey Brand y el Rey Dáin. Los escasos supervivientes de la batalla habían buscado refugio en la Montaña comandados por el Príncipe Bardo. El asedio estaba siendo duro. Dos días antes, justo cuando las puertas iban a ceder ante la maquinaria enemiga, Khamûl y los otros dos nazgûl que aterrorizaban los muros con sus bestias aladas se habían evaporado sin explicación alguna. Desde entonces la incertidumbre reinaba en ambos bandos y una vigilante tregua reinaba ante las puertas y murallas de Erebor.

Sin embargo, esa mañana, un cuervo llegó desde el oeste. El que llegaba del sur había sido abatido. El mensaje fue trasladado hasta el príncipe Thorin, que se encontraba en las murallas.