Kheled-Dreng y La Sombra del Este

Desde el norte cayó como un martillo sobre un yunque una fuerza de enanos comandados por el mismísimo Rey Dáin, que decidió no aguantar la impotencia de ver los incendios desde Valle. El ataque alivió la presión de las puertas y permitió escapar a Derewyn, Bardo y Felaróf.

Feigronthar se disponía a seguirlos cuando en la plaza del mercado, junto a unos muelles, se topó con la sombra. Khamûl el Oriental había entrado a la ciudad.

El joven le reconoció, era el nazgûl que había quemado en el Bosque Negro. Supo que si no lo enfrentaba, sus amigos y su príncipe no podrían escapar. Khamûl también reconoció al muchacho y decidido lanzó su venenoso acero contra Feigronthar. Las espadas del humano y el espectro entrechocaron, levantando chispas.

Rápidos eran ambos, y el metal blanco y el negro danzaban como relámpagos y nubarrones en una tormenta. Nada importaba a Feigronthar, y nada temía. Esto sorprendió al nazgûl, que profería estridentes alaridos que habrían congelado de miedo y desesperación los corazones de cualquiera de los hombres. Sin embargo su rival no parecía sentirlos.

Mientras tenía lugar esta terrible batalla. Derewyn, Fróin, Elfric, Athalwin y Bardo pudieron hacerse una barca para remontar el rio. Ya partían de Esgaroth varias de ellas con los escasos soldados que quedaban en la ciudad. Sin embargo Felaróf se rehusó a montar, no podía abandonar a Feigronthar a su suerte

Sin pensárselo dos veces, el lobo trotó con furia en dirección al espectro. Derewyn sintió miedo y trató de seguirle para intentar salvarlos a ambos, pero Bardo, Athalwin y Fróin la detuvieron para evitar que se perdiera también su vida. Elfric también lo habría hecho pero había perdido el conocimiento.

Khamûl, enfurecido, volvió a chillar de forma espeluznante mientras intentaba apuñalar a Feigronthar. El dolor se metió en los oídos y mente del lobo, dañándole y paralizándole. Feigronthar al oírlo gemir de dolor lo observó, distrayéndose. Y Khamûl aprovecho esto y descargó con toda su fuerza su negra espada sobre la nuca de su rival.

Cual no fue la sorpresa del espectro cuando la hoja de Morgul que empuñaba se quebraba en mil pedazos contra ese yelmo, sin dañarlo. Feigronthar, tras recuperarse del mareo que el impacto le produjo, no lo pensó y se abalanzó sobre el nazgûl, cayendo ambos contra un edificio de madera en llamas. La pared, dañada por el fuego que la consumía, cedió, y humano y espectro desaparecieron entre las llamas, el agua y los escombros del derrumbe.

Cuándo Felaróf recuperó la vista, que se le había nublado, no pudo hallar a ninguno de ellos. Y antes de perecer entre los incendios de la ciudad se arrojó a nado en dirección a la barca donde iba su dueña, que ya ascendía en dirección a Valle

Ante el ímpetu del ataque de los enanos, los orientales se replegaron y dejaron huir a los supervivientes. Todos se encaminaron a Ciudad de Valle. Allí, el Rey Brand lloraba. Nunca el fuego debió volver a consumir Esgaroth tras la desolación de Smaug. Y ahora que el fuego de la guerra había consumido Esgaroth, avanzaría amenazante contra Valle y Erebor.

Los supervivientes llegaron a Valle al caer la noche y rápidamente fueron asistidos. Derewyn abrazó con alivio y tristeza a Felaróf cuando salió del agua. Grande fue su valentía al querer enfrentarse a uno de los Nueve para salvar a su amigo. Aunque no lo había logrado. La desesperanza de Esgaroth invadió el corazón de muchos de los habitantes de Valle. Aunque los ejércitos del Rey Dáin se replegaban ya hacia Valle y refuerzos descendían de la Montaña Solitaria para la resistencia final.

Capítulo 6. Kheled-Dreng.

14 de Marzo del 3019 T.E. Lago Largo.

Las sombras aún nublaban la vista de Feigronthar cuando despertó. No sabía cuánto tiempo había pasado, ni donde estaba. Tembló de frio y tosió agua. Había pasado inconsciente no se sabe cuántos días en la ribera del Lago. Intentó moverse y un dolor agudo y punzante le laceró hasta lo más profundo del alma. Se palpó y con dolor encontró una herida en el lado izquierdo de su abdomen. No parecía profunda, pero la misma le resultaba extremadamente dolorosa.

Se observó los dedos manchados de sangre y vio que la misma tenía un color cercano al negro, y el hedor de la misma lo mareaba. Giró la cabeza a un lado y vomitó, llenándosele la boca del sabor metálico de la sangre. En ese momento vio junto a él, varado en la orilla, el yelmo de piedra negra.

– Debió escapárseme de la cabeza cuando caí al agua – Pensó mientras le venían recuerdos nublados a la mente. Arrastrándose como pudo, lo recogió con delicadeza, como quien acuna un bebé en sus brazos. Por unos instantes lloró viendo la ruina de Esgaroth y su pueblo en la lejanía. Pudo ver que Valle estaba siendo atacada por los orientales en gran número. En ese preciso instante recordó quien comandaba esa hueste, y quien le había herido con su hoja de Morgul quebrada al empujarlo a las llamas. Sus pensamientos estuvieron por unos instantes en Derewyn, Felaróf y Fróin. Esperaba que sobrevivieran a la batalla que había en Valle, aunque todo parecía perdido para los pueblos libres del Norte.

En ese momento pensó en Umhiril y lloró con amargura, aunque le consolaba el saber que el pronto moriría. Todo lo que debió haber cumplido en su vida le había salido mal. Había fracasado.

Mientras lloraba observó el yelmo y recordó las palabras que le había dicho el rey Thranduil:

“Entrega este yelmo al Rey Dáin de Erebor. En él se juntan mediante la artesanía de los elfos las creaciones de los enanos y los hombres. Que simbolice el renacer de nuestra alianza. Una vez acabemos con el enemigo en los bosques, marcharemos en su auxilio.”