Tras unos instantes, meditabundo, sacó de una bolsa que había en la barca un yelmo. El mismo yelmo de piedra y esmeraldas que Thranduil le entregara como obsequio para el rey Dáin. Las esmeraldas eran las de Girion de Valle, y retornaban a casa. Tras ponerse el yelmo y desenvainar su espada, los siguió. No movido por la valentía, sino por la venganza.
Y así comenzó la batalla de Esgaroth. Pronto las catapultas de los orcos comenzaron a arrojar proyectiles en llamas sobre las murallas. Las flechas y jabalinas que los orientales les lanzaban caían como la lluvia sobre los escudos de los defensores.
Un pesado ariete era conducido al Gran Puente por el oeste. Mientras tanto, en los muelles, pronto comenzaron a arrojarse escalas de cuerda contra las atalayas defensivas. Esgaroth comenzó a arder. Y desde Valle se avistaba el humo, acongojando los corazones.
La primera ola de orientales desembarcó y comenzó a trepar por las atalayas. Pronto la sangre de los bárdidos y los orientales comenzó a mezclarse en las tablas de los muelles. Elfric clavó su espada en las costillas de un enemigo hasta el pomo, y frenó un golpe de maza con el escudo. Con rapidez usó el escudo para empujar a varios de sus adversarios mientras que una jabalina le hizo un corte en la cara. Furioso, se revuelve y desgarra el rostro de otro enemigo que intentaba apuñalarlo con la espada. Dos más se dirigen hacia él pero son derribados con certeros flechazos por Derewyn. El agua del Lago Largo comenzó a teñirse de rojo y las defensas flaqueaban. En el Gran Puente las cosas no andaban mejor pese a la valentía del príncipe Bardo y sus hombres. Los enemigos eran demasiados.
Feigronthar se unió a la batalla y con movimientos toscos de su espada derriba a uno de los capitanes balchoth. El filo de su arma atravesó con una facilidad pasmosa músculos y hueso, separando la cabeza de su enemigo de sus hombros, Luchaba y mataba de forma despreocupada y despiadada, sin importarle herir o ser herido. Pronto sembró el miedo en el corazón de sus oponentes de tal forma que muchos se arrojaban a las ensangrentadas aguas para evitar enfrentarlo.
Viéndolo en peligro, salvó a Athalwin de la muerte cuando un lancero intentaba ensartarlo por la espalda, quebrando su lanza de un solo tajo y clavando con furia su daga en el ojo de su oponente. Athalwin, agradecido, comenzó a combatir espalda a espalda con Feigronthar. Y tal era la habilidad de ambos con la espada que pronto comenzó a formarse a su alrededor una alfombra de cadáveres.
Sin embargo los incendios habían dañado de tal forma una de las atalayas que la misma cedió y se desplomó sobre las compuertas de entrada de los muelles. Muchos hombres de ambos bandos murieron sepultados y ahogados tras derrumbarse la estructura. Los orientales, ni cortos ni perezosos, comenzaron a ingresar en el interior de los puertos. Elfric, sin titubear, llamó a retirada.
– ¡Atrás! ¡Las defensas han caído! ¡Hay que contenerlos en las calles! ¡Avisad al príncipe! – vociferó
Poco más pudo decir, pues se encontró frente a frente con Margoz y sus guardaespaldas. Este empuñaba una pesada maza a dos manos y combatía con el pecho desnudo. Sin embargo su fuerza no tenía rival. Elfric se abalanzó contra el cacique enemigo y este sonrió con maldad. Sin rehuir el ataque. De un devastador golpe quebró en mil pedazos el escudo de Elfric, derribándolo con el brazo roto.
Ese habría sido su final de no ser porque Athalwin salvó a su hermano tras amputarle una mano con la espada a Margoz. La maza cayó al suelo y, vociferando, se llevó la mano que le quedaba al muñón sangrante que quedaba en su otro brazo. Corto ni perezoso se encargó Fróin de segar con su hacha las cabezas y miembros de los guardas que osaron atacarle. Y con furia su hacha atravesó cuero, carne y sangre como quien corta mantequilla, y quebraba sus huesos como si fueran de madera podrida. El invencible Margoz encontró el final de su vida en la punta de la espada de Athalwin, que le ensartó con ella de parte a parte antes de que el salvaje pudiera contratacar. Tras cortar la cabeza de su cadáver, la arrojó hacia las embarcaciones del enemigo en señal de advertencia.
Mientras Fróin ayudaba a Athalwin a poner a salvo a Elfric. Feigronthar y Derewyn, acompañados de Felaróf corrían por la ciudad hacia el Gran Puente para avisar a Bardo de la caída de los muelles. El caos reinaba en gran parte de la ciudad.
Para cuando llegaron el ariete ya había quebrado las puertas. El príncipe tocaba a retirada mientras contenían a los lanceros de los aurigas que comenzaban a abrirse camino por el puente. Y de no ser por la puntería de Derewyn con su hacha arrojadiza Bardo habría caído. Este la miró un instante y, por unos minutos, se olvidó de la batalla. Los montaraces y el lobo cargaron entonces contra los enemigos.
Feigronthar de un solo tajo partió el yelmo de un lancero, abriendo su cabeza en dos. Derewyn alcanzó al príncipe en su retirada mientras su amigo, lleno de ira, contenía con un puñado de guardias al enemigo, que palmo a palmo ganaba terreno en las puertas.
– ¡Mi señor, los muelles han caído! ¡La ciudad está perdida! – Le dijo Derewyn, asiéndole del brazo para ponerle en pie.
– Gracias por vuestra ayuda… Debemos retirarnos a Valle, pero no sé si lo lograremos. Apenas quedamos un puñado de hombres…– le replico el príncipe recuperando el aliento. Un corte en su cabeza sangraba profusamente.
– ¡Podemos lograrlo! – le replicó Derewyn mientras empuñaba su espada atacando a tres enemigos que se acercaban. A uno le destripó de un solo tajo, el segundo fue degollado tan profundamente que notó como el filo rayaba el hueso. El tercero cayó con el cuello desgarrado por las fauces de Felaróf antes de que este pudiera dañar a su dueña. En ese momento un cuerno profundo resonó, distrayendo al enemigo.