La oscuridad les rodeaba, y apenas podían verla, salvo por la tenue luz de una antorcha que yacía en el suelo, olvidada en medio de la refriega. El enano pudo verlos y angustiado, frenando con el hacha las embestidas de su diabólico enemigo, suplicó:
– ¡A mí! ¡Ayudadme por favor! ¡No me abandonéis a mi suerte! –
Y Feigronthar no lo pensó dos veces, y empuñando su espada con ambas manos, le ordenó a Derewyn:
– ¡Incendia sus telas, necesitamos luz! ¡Yo me encargo de esto! –
Corriendo hacia la gigantesca araña por la espalda, le dio un tajo en una de sus patas traseras, mutilando a la criatura. Esta al ser herida chilló, y se olvidó por un instante del enano, girándose dispuesta a vender cara la osadía de atacarla. Pues Thaurgwath era la reina del bosque, y su ego era más venenoso y ponzoñoso que su aguijón.
Feigronthar, vendiendo cara su piel, enfrentó con valor los continuos envites de la criatura, sin retroceder más allá de lo necesario. Aunque su enemiga era veloz, y duro como una coraza de acero su cuerpo, dejándole pocas oportunidades de dañarla.
De entre las sombras, el aguijón de Thaurgwath le rozó el brazo, haciéndole un corte pese a la malla que lo cubría. Pese a no atravesar músculo y solo rasgar su piel, Feigronthar comenzó a sentir como se le adormecía el brazo. El veneno había emponzoñado el corte y, con el brazo paralizado, no le quedó más opción que continuar la lucha como podía con su brazo izquierdo.
Mientras tanto, Derewyn cumplió con la orden dada por su amigo, lanzando la antorcha hacia las copas de los negros árboles. Un estallido de luz comenzó al prender la antorcha varias telas tendidas sobre moribundos árboles, que estaban totalmente cubiertos por la sombra. Thaurgwath se cegó y distrajo, y un hachazo lanzó el enano sobre uno de sus quelíceros, seccionándolo. Su sangre, verdosa, comenzó a manar profusamente mientras chillaba y se incorporaba en sus patas traseras, derribando al enano que ella había olvidado y le había herido tan gravemente.
Las llamas la aterrorizaban y su luz le dañaba los ojos, Felaróf quiso atacar pero más rápida fue Thaurgwath, que con una de sus garras le esquivo y lo lanzó contra las paredes de piedra más cercanas. El animal gimió de dolor, su lomo sangraba. Derewyn, asustada, corrió hacia su fiel amigo, empuñando su arco. Thaurgwath se olvidó de ambos, su único pensamiento era matar al enano y el hombre que la habían herido. Cegada por la ira y las llamas se abalanzó sobre Feigronthar, que se defendía como podía mientras el enano se apresuraba para ayudarlo. Ambos, heridos, le plantaron cara y bloqueaban sus ataques a duras penas, esquivando a cada instante la muerte.
En ese instante, Derewyn se percató de que sobre Thaurgwath comenzaban a arder los cuerpos momificados que había colgados. Rauda tensó nuevamente su arco y disparó un certero dardo. La flecha rasgó la pegajosa tela que unía el cadáver llameante a las ramas, haciéndolo caer sobre el cuerpo de Thaurgwath. Las llamas lamieron su cuerpo con fuerza, prendiendo su hedionda carne. Y el dolor se le hizo insoportable. Desesperada y asustada, Thaurgwath trató de salvarse de morir calcinada revolcándose en la tierra. Al hacerlo, dejó su tierno vientre al descubierto.
Feigronthar vio su oportunidad, y sacando fuerzas de flaqueza, saltó sobre la criatura mientras esta yacía boca arriba intentando incorporarse. Con toda su fuerza y la de su peso, hundió la espada en su pecho hasta la misma empuñadura, partiendo su negro corazón.
Profiriendo desgarradores chillidos y vomitando vapores negros, el monstruo se convulsionó en sus últimos estertores y murió. Feigronthar se desplomó a su lado inconsciente. Sin embargo, el peligro no había terminado.
Aunque el incendio comenzaba a extinguirse, apagado por los sombríos vómitos que habían emanado del cadáver de Thaurgwath. Sus hermanas pequeñas volvían para acabar con lo que quedaba de sus asesinos. Derewyn, viendo que era la única en condiciones de luchar, se preparó para vender caras sus vidas. Sin embargo ninguna araña sobrevivió esa noche ni llegó a herirla. De las copas de los árboles llovieron las flechas de los elfos, exterminándolas.
Un regimiento proveniente del reino del Bosque cayó sobre ellas. El enemigo fue rápidamente barrido del mapa, como hojas secas en un viento huracanado de otoño. Cuando todo estuvo despejado, los elfos auxiliaron rápidamente a los heridos. Y su capitán, ignorando la misión de los humanos, tan solo dio una orden:
– Nos los llevamos ante el rey. De inmediato –
Derewyn no opuso resistencia, pues sabía que sus compañeros necesitaban sanación. Y el enano se resistió, aunque cuando le dejaron recuperar sus pertenencias de entre las telarañas, accedió. De esta forma fueron conducidos por los Eldar hacia el norte del Bosque Negro. Tras días de marcha por senderos desconocidos solo recorridos antes por los elfos, Derewyn contemplo la gloria de los Salones del Rey Elfo.
Lo que ninguno de ellos sabía es que la muerte de Thaurgwath llegaría como una terrible noticia al sureste. A la mismísima Barad-Dûr. Y el Señor Oscuro Sauron se enfureció por ello. Tres días más tarde varios de los Nueve salieron por la Puerta Negra. Dos de ellos se encaminaron al Norte. Hacia Dol Guldur. Sin embargo el otro cabalgaba hacia el Este, al lejano Rhûn.
Capítulo 3. Los dilemas del Rey Thranduil.
Del 25 de Enero al 26 de Febrero del 3019 T.E. Salones del rey Thranduil. Bosque Negro.
Las sombras se disiparon, y un agudo dolor en su brazo parecía menguar cuando al fin Feigronthar despertó de su sueño. Se encontraba en una cama mullida, situada en una habitación de piedra excavada y lisa. El aroma de las flores impregnaba con su perfume el lugar, transmitiendo frescura y sosiego a su ánimo.
El tacto húmedo de un paño recorriendo su brazo derecho le sobresaltó, pues aún se encontraba mareado. Al girar la cabeza pudo ver a una dama que trataba un rasguño con bastante mal aspecto por el negro moretón que lo rodeaba y la purulencia que, con extremado cuidado, retiraba la elfa.