Kheled-Dreng y La Sombra del Este

En ese instante el nazgûl se distrajo y comenzó a matar a los soldados que osaban plantarle cara. Feigronthar vio una antorcha encendida en la mano de uno de los cadáveres y, raudo, la cogió. Sin pensárselo dos veces la arrojó sobre el espectro.

Con un estallido los negros ropajes del espectro comenzaron a arder. El nazgûl, sin titubear, ensartó su espada en el enemigo más cercano. Y dejándola allí clavada huyó profiriendo terribles chillidos mientras trataba de apagar el fuego que le consumía. Sin embargo los orcos volvían a abalanzarse sobre ellos. Egerthalion percatándose del peligro en que se encontraban dio orden a los arqueros de que les cubrieran en la retirada.

Feigronthar y los demás supervivientes se replegaron al centro de la colina. Las tropas de reserva ya estaban defendiendo los pasos, previamente fortificados con barricadas. Solo durante la retirada fueron conscientes los jóvenes de las muchas pérdidas que estaban sufriendo en esa batalla. Casi todos los hombres del bosque y más de la mitad de los elfos habían perecido y los orcos parecían no acabarse nunca.

Egerthalion tomó en ese momento una decisión que esperaba no tener que tomar:

– ¡Feigronthar! ¡Os marcháis! ¡Prevenid al rey Thranduil! ¡Las caravanas corren peligro! ¡Debe protegerlos y replegar a las cavernas cuantos hombres puedan! –

– ¡No pienso dejarte solo aquí! – Le replicó el joven

Egerthalion, sin pensarlo, le dio un puñetazo que lo derribó al suelo mientras dos elfos traían dos caballos blancos. La boca se le llenó de sangre.

– ¡No era una petición soldado, es una orden! ¡Salva a mi hermana si de verdad la amas! ¡Y al hijo que esperáis! –

Feigronthar quedó helado al oír esas palabras, no sabía que Umhiril estaba embarazada. Sin perder tiempo Fróin le ayudo a levantarse. El muchacho ya no era consciente del caos que les rodeaba. En su mente solo estaban Umhiril y su futuro hijo. Derewyn ayudó a montar a Fróin al caballo antes de montar tras él. Mientras tanto, Egerthalion los ignoró y volviendo a la batalla, dio una última orden:

– ¡No se retrocede! ¡Por el rey Thranduil que no se retrocede! ¡Cargad! –

Y tras una última andanada de flechas. Doscientos elfos tiraron los arcos y cargaron a la carrera contra los orcos, trolls y arañas que avanzaban. Y tal fue el ímpetu de los elfos que lograron hacer retroceder al enemigo.

Sin embargo Derewyn, Fróin y Feigronthar no pudieron ver semejante proeza, pues ya habían espoleado a los caballos y seguidos a la carrera por Felaróf, cabalgaban hacia el sendero élfico y las cavernas de Thranduil. Pues el Enemigo había mandado jinetes de huargos a través de Rhosgobel hacia la Puerta del Bosque para interceptar a los refugiados. Y los beórnidas no habían podido detenerles.

Lo que el enemigo no sabía es que el rey Thranduil ya había previsto ese movimiento  y en las cercanías de su palacio ya estaban dándose cruentos enfrentamientos entre los jinetes de huargos que se habían infiltrado y los elfos que el mismo Thranduil comandaba.

Amanecer del 5 de Marzo del 3019 T.E. Sendero Elfo del Bosque Negro.

Tras horas cabalgando sin cesar, Feigronthar llegó junto con sus amigos al sendero. En él se encontraba el Rey Thranduil junto con muchos muertos y heridos. Algunos con ropas militares y otros muchos de refugiados. Temeroso, Feigronthar preguntó al rey con lágrimas en los ojos:

– ¿Dónde está? –

Thranduil se quitó el yelmo negro de piedra. Fróin pudo ver que había sido incrustado en él una banda de plata con esmeraldas. El rey, apesadumbrado, negó con la cabeza y señaló un grupo de elfos que atendían a los heridos. Feigronthar corrió y los elfos se apartaron. Umhiril yacía en el suelo y él la tomó con cuidado entre sus brazos. Sus heridas, fruto de las fauces de un huargo, hacían que la vida se le escapara en forma de regueros de sangre que manaban de su vientre.

–  Hemos perdido a nuestro pequeño… – Le dijo con voz débil Umhiril

– ¡No! ¡Los sanadores te curarán! Yo voy a salvarte… como tú me salvaste a mí… – Le respondió Feigronthar ahogado por el dolor. Las lágrimas se escurrían por sus mejillas sin ser consciente de ello.

– Debes dejarme marchar… Me llevo nuestro amor y el de nuestro pequeño adonde ningún mal jamás… podrá dañarlo – Le dijo Umhiril.

Nada más pudo decir. Y con su último aliento ella y Feigronthar se besaron por última vez. Las lágrimas de ambos se fundieron mientras los ojos de Umhiril se apagaban. Un enorme y profundo abismo de dolor partió en dos el corazón de Feigronthar. Umhiril y su hijo habían muerto, no había podido salvarles.

Derewyn, llena de rabia, cayó de rodillas e, inconscientemente, comenzó a destrozar el rostro del cadáver orco más cercano a puñetazos mientras lloraba y gritaba de rabia. Fróin trató de frenarla y hacerla entrar en sí. El rey Thranduil contenía las lágrimas y, tratando de consolar a Feigronthar, posó su mano sobre el hombro del muchacho.

Al sentirla. Feigronthar, roto de dolor, estalló en llanto mientras acunaba el cuerpo de su amada. Un amargo grito de ira brotó de su garganta y desgarró el silencio del bosque. Felaróf, sentado al lado del muchacho, le acompañó con un amargo aullido hacia el sol naciente. Y Egerthalion alcanzó a oírlo mientras los escasos supervivientes de la batalla de Eryn Dolen se replegaban bajo su mando.

Así falleció Umhiril la bella. Y su cuerpo reposó en las cavernas de Thranduil hasta que finalizó la Guerra del Anillo. Tras la cual fue enterrada en la colina de Eryn Dolen por orden de su hermano. Dicen que desde entonces, la colina jamás volvió a ser envenenada por la sombra, ni a estar privada de la luz del sol.

Capítulo 5. La desesperanza de Esgaroth.

Amanecer del 12 de Marzo del 3019 T.E. Ciudad de Esgaroth. Lago Largo.