Tras identificarse, ambos guardias dieron paso a los montaraces. No obstante fuera esperó Felaróf. Pues no eran los lobos bien recibidos en las estancias de los nobles, aunque si en los juegos de los muchachos de la plaza. Dentro el salón era lóbrego y frio, pese a las hogueras encendidas en un lado del mismo. El sol aún no iluminaba por las ventanas y las escasas luces entre las sombras eran las de las antorchas y velas. Una larga mesa se encontraba en el centro de la misma, cubierta de mapas y algunos manjares, ya que se estaba sirviendo el desayuno en la casa del señor.
En la cabecera de la mesa se encontraba un hombre maduro, de cabellos entrecanos y pelirrojos, un abundante bigote y arropado con una larga y gruesa capa granate. Bregil, con gesto amistoso invitó a sus huéspedes a sentarse con él, sirviéndoles algo de vino y pescado en salazón para acompañarle. Tras disfrutar de una charla cordial, pues no era Bregil uno de esos prepotentes señores de palacios de piedra olvidados hace eras, se retiraron los restos de la comida y los tres escudriñaron los mapas de la región.
– Malas nuevas son las que me cuentas Feigronthar, aunque siempre lo son cuando de orcos se trata. Los mercaderes que descienden desde las Colinas de Hierro no traen mejores noticias. Parece que los clanes de Rhûn Septentrional están movilizando hombres hacia el interior. Los rumores y los conocidos ardides del Enemigo me hacen sospechar que hayan logrado unificar a todas las tribus bajo una bandera, como en las antiguas edades. Solo que nosotros no tendremos ni las fuerzas ni el poder que antaño tuvo Gondor para frenarles. Y lejos quedan los eorlingas, a los que me temo que la sombra llegará pronto a sus llanuras. – Expuso Bregil con amargura en la voz y pesar en el corazón. – Si los orientales se encaminan hacia el oeste como sospechamos habrá que alertar al rey, pues nuestras tierras serán las primeras en ser invadidas – Sentenció mirando los mapas de la región.
– ¿Que ordenáis en vuestra sabiduría y prudencia mi señor? – Preguntó Derewyn mientras Feigronthar se mesaba la barba, meditabundo por la situación.
– Tú y Feigronthar vais a partir hacia el norte. Si el mal está creciendo en el Bosque Negro y en el Este, todos corremos peligro. Remontad el Celduin en barca hasta Lago Largo. El comandante Elfric de Esgaroth debe ser avisado. Solo él tiene la influencia para convencer al rey Brand de convocar nuestros ejércitos y contactar con nuestros aliados en la Montaña Solitaria. Redactaré una carta para que se la hagáis llegar – dijo con seguridad el gobernador.
– Así lo haremos, daré orden a los escasos montaraces que quedamos para que os ayuden con el reclutamiento de levas. Hay que doblar la vigilancia en los vados de los ríos y en las fronteras. Si no Lonsdale estará desprotegida – Le contestó Feigronthar, señalando mientras tanto en el mapa los lugares que salvaguardar.
– Sea pues. Preparaos, quiero que partáis antes del anochecer. Os hare llegar el documento que quiero que hagáis llegar a Esgaroth. Que el rio sea sereno y el tiempo clemente en vuestra larga travesía – Tras ello Bregil estrechó la mano de ambos montaraces – Con vosotros va la esperanza de Lonsdale y, quizá, de todo el Norte. No me falléis – Les dijo con seriedad, pero denostando en sus apalabras aprecio verdadero por los muchachos. Ambos jóvenes salieron del salón, y el viejo Bregil sintió que nunca más volvería a verles, al menos no en este mundo.
Durante el resto del día ambos guerreros prepararon todo lo necesario para partir. Protegidos con cotas de malla, jubones de cuero y sus características capas gris azulado. Ambos se armaron con espadas largas, de acero forjado, las cuales los bárdidos compraban de las fraguas enanas de las Colinas de Hierro. Tensaron sus largos arcos de tejo negro y llenaron sus aljabas con flechas empenachadas de azul.
Derewyn se ató al cinto un hacha corta con la cual tenía gran habilidad, ya fuera empuñándola o arrojándola a sus enemigos. Reluciente y corta era la daga que pendía del cinto de Feigronthar, pues la misma había sido forjada por los elfos silvanos de Thranduil, y le había sido regalada por una persona muy especial que conoció en sus viajes. Cargar las viandas en la barca fue divertido, pues Felaróf las olía y aullaba, arrancando sonrisas a los muchachos. Y aparte de odres de agua cargaron botas llenas del vino de Dorwinion. Pues calentaba el buche, levantaba los ánimos y les recordaba al hogar. Y ninguno de los dos partía jamás sin llevar una llena.
Cuando comenzaba a caer el sol en el horizonte, un guardia les entrego el pergamino sellado, que había sido escrito de puño y letra por Bregil, pues la situación le preocupaba más que otra cosa en años. Y una vez puesto a buen recaudo y con todo listo. Feigronthar y Derewyn cogieron los remos. Y con Felaróf aullando de alegría en la proa, los dos jóvenes rieron. Y partieron Celduin arriba, dejando atrás las últimas luces del sol y su pueblo natal, rumbo al Lago Largo y la lejana Esgaroth. Y los tres pasajeros de esa barca navegaban con la ilusión y la alegría propia de la juventud cuando se emprende una aventura.
19 de Enero del 3019 T.E. Lindes del Bosque Negro, cerca de Lago Largo y las Emyn-nu-Fuin.