Su rostro era blanco y luminoso, terso y sin ningún atisbo de vejez. Negros como el azabache los tersos y suaves cabellos. Profundos sus verdes ojos, que dejaban entrever todos los largos años que llevaban contemplando el mundo. Brillantes como una perla de nácar rociada con los primeros destellos solares en el más puro de los amaneceres. Y de un verde tan profundo como habían sido los de las hojas de los Nísilmadar que crecían en el puerto númenóreano de Eldalondë. Sus ropajes eran de un verde tan claro que la luz les arrancaba destellos de plateado cristal. Sobre su cabeza descansaba una fina diadema de oro, de excelente factura, engalanada con piedras de jade y ámbar.
El joven se estremeció, y su corazón se inflamó y ardió con intensidad. Notaba como su cuerpo parecía ascender y descender, como si estuviera sobrevolando la más alta de las montañas a lomos de una de las grandes águilas del Oeste. Y el tiempo, el aire, y el mundo se frenaron y se volvieron intangibles.
Estos no eran síntomas de enfermedad, si no la dicha que el alma de Feigronthar había sentido desde que años atrás entregara su corazón a Umhiril. Y en el dulce tratamiento de sus heridas se apreciaba el cuidado y la preocupación que su amada sentía por él, Pues los corazones de ambos latían el uno por el otro desde el primer momento que sus miradas se cruzaron en su primera visita al reino de Thranduil. Sin embargo, también sufrían la congoja de aquellos que deben vivir tan grandes sentimientos en el más profundo de los secretos.
Umhiril sonrió al ver abrir los ojos de su amado. Y Feigronthar, del mismo modo, esbozó una sonrisa pese al cansancio y el dolor. Sin mediar palabra, ella posó sus labios sobre los suyos. Y él sin dudarlo le correspondió. Y la misma sensación que ambos sentían fundidos en ese dulce beso pareció salir de sus cuerpos e invadió la estancia. Y no había sombra ni mal en el mundo que pudiera turbar el ambiente del dulce reencuentro de ambos.
Mientras los amantes gozaban de esos dulces instantes. Derewyn y el enano se encontraban en la Estancia de Thranduil. Alto era el trono del señor elfo, alzándose unos ochenta metros de altura e incontable su ancho. Podía oírse el rugir de las aguas del arroyo que allí nacía, precipitándose hacia el este para fundir sus aguas con las del Rio del Bosque.
Ambos se encontraban desarmados, pero no solos en la estancia. Al pie del trono se encontraba el comandante elfo que les había salvado de ser una funesta comida más de las grandes arañas. Alto, esbelto y de porte señorial. El cabello largo y plateado, los ojos de un verde tan oscuro que parecía fundirse con el negro. Del mismo color era la capa con la que se arropaba. Grises el resto de sus ropas, haciendo así destacar su dorada y ornamentada armadura laminada. Los laureles que representaba cada escama tenían nervios de plata, que parecían brillar entre el oro sucio del resto del conjunto. Su mano derecha reposaba sobre el pomo de una larga espada curvada. Y un arco largo y una aljaba de flechas doradas descansaban en su espalda.
Sentado en el trono se encontraba el rey Thranduil. Señor de aquellos vastos salones y del Bosque Negro. Aunque menguado era cada día su dominio ante el avance de la sombra del sur. Arropado en una larga túnica de hilos de plata, con una larga capa de rojo granate. Sobre su pecho descansa un llamativo collar de oro y esmeraldas, y sobre la cabeza una corona de bayas y flores de temporada.
– Habéis tenido suerte de que Egerthalion tuviera la misión de explorar las caravanas que atacaron los orcos. Si no las arañas no habrían dejado de vosotros más que huesos secos – Se dirigió el rey Thranduil hacia sus dos invitados con altivez – ¿Qué podía llevar a dos montaraces a arriesgar sus vidas contra Thaurgwath y sus nefastas hermanas en su propia guarida? – Preguntó.
– Me salvaron la vida, noble señor – Le respondió el enano. Tras ello se arrodilló frente a Derewyn y dirigiéndose tanto a ella como a los presentes y añadió: – Mi nombre es Fróin, hijo de Óin. Soy uno de los enanos de Erebor que viajaron a Khazad-Dûm, en busca de noticias del señor Balin. Mi padre viajó con él. Nada encontramos salvo desolación en su campamento. De regreso a casa, los orcos nos atacaron a mí y a mis compañeros. Por desgracia solo yo pude sobrevivir gracias a la intervención de esta gentil señora, sus amigos y vuestros hombres –
– El reino de Moria esta maldito. Tu pueblo hace largo tiempo que debió asimilarlo. Ningún enano podrá jamás pisar sus salones mientras el mal siga mancillando el mundo. Sin embargo mi pregunta aún sigue sin respuesta. ¿Qué hacen dos habitantes de Rhovanion tan lejos de sus hogares contribuyendo a perturbar la endeble paz de mis bosques? – Continuó Thranduil con el ceño fruncido.
– El gobernador de Lonsdale nos mandó en misión a Esgaroth. No obstante el destino tuvo otros planes para nosotros y nos hallamos en vuestros salones – Respondió Derewyn
– ¿En qué consistía dicha misión? – le interrumpió bruscamente Egerthalion
– Nuestro señor está preocupado, muchos de nuestros camaradas en el este no han regresado. El mal parece agitarse nuevamente con virulencia en Mordor y en Dol Guldur. Tememos que la guerra esté próxima. Nuestra misión consistía en informar al capitán Elfric y al Rey Brand sobre estas funestas nuevas. Y por el mismo precio os advierto, ya que tememos que el peligro no vendrá solo de los orientales de Rhûn. – Sentenció Derewyn.