Apenas despuntaban los rayos del sol en el horizonte cuando Elfric subió a las murallas del Gran Puente de la ciudad. El repicar angustiado de las campanas de toda la ciudad le había despertado. Elfric era un hombre que rondaba la treintena, y destacaba sobre el resto, al menos para las mujeres de la ciudad. Su altura, fuerza e inteligencia le habían hecho llegar al cargo de capitán de la guardia de Esgaroth. Esa mañana, cuando sus verdes ojos contemplaron el motivo de la alarma, por primera vez le angustió tener tal cargo.
Por el cauce oeste del rio, en dirección al puente, decenas de miles de hombres armados para la guerra se aproximaban. Tras ellos una cegadora nube de polvo se alzaba. No era más tranquilizadora la estampa en el curso del rio y las aguas del lago. Miles de pequeñas embarcaciones ascendían llenas de enemigos. Elfric supo desde el primer momento que la ciudad estaba perdida. Pero el príncipe Bardo había dado órdenes precisas cuando hacía semanas le informó del peligro que una montaraz del Lonsdale les había predicho. Resistir.
Desde hacía días, la mayoría de las mujeres y niños de Esgaroth habían sido evacuados rio arriba. Valle era un lugar mucho más seguro. Aunque contemplando la enorme cantidad de orientales que Sauron había logrado reunir, puede que ni la Montaña Solitaria fuera lugar seguro. En estos pensamientos se encontraba absorto cuando un joven, bastante parecido a él, llegó a la muralla y contempló el horizonte.
– ¿Cuantos hombres tenemos para defender la ciudad? – pregunto el joven.
– Demasiado pocos Athalwin – le respondió Elfric. Apenas se llevaban unos años de diferencia pero su hermano le igualaba tanto en virtudes y en carácter que cualquiera habría pensado que eran mellizos. Si alguien podía ayudarle a ganar esa batalla era él.
– Nos atacaran por los dos frentes. Intentarán tomar por la fuerza el Gran Puente y los embarcaderos – Observó Athalwin
– Y nuestra labor es contenerlos en ambos puntos. El príncipe Bardo se encargará del Gran Puente. Nosotros combatiremos a esos perros en los muelles y en las calles. Hay que contenerlos el máximo tiempo posible para garantizar que el rey Brand pueda organizar una defensa capaz en Valle. Aún a sacrificio de nuestras vidas. Es la única esperanza de nuestro pueblo – Sentenció el comandante Elfric mientras pasaba su mano por el mentón, rascándose su dorada barba de varios días.
Ambos hermanos bajaron de las murallas occidentales y se encaminaron a los muelles. Mientras avanzaban por las calles se les unieron decenas de hombres. Azules y rojas eran las plumas de sus yelmos. Brillantes las espadas de acero del Norte y oscuras las cotas de malla que portaban. Acorazados y envalentonados, se aprestaron para la defensa. No podían contar con los refuerzos de la Montaña Solitaria en esta batalla. Pues los enanos estaban lejos y eran buenos combatientes sobre roca firme, no sobre madera y agua.
Entre tanto, los orientales de Rhûn se preparaban para el asedio. Confiados estaban sus capitanes, pues aún no habían perdido batalla alguna. Sauron había organizado el golpe definitivo contra el Norte meticulosamente, Por ello Khamûl tomó el mando del enorme ejército de hombres y orcos. El Señor Oscuro habría mandado al Rey Brujo en persona a hacerse cargo del ataque de no ser por la siempre molesta presencia de los hombres de Gondor. Por ello decidió mandarle a arrasar las ciudades de Osgiliath y Minas Tirith. Khamûl era el segundo de los espectros del Anillo en poder, y era suficientemente capaz junto a sus hermanos de armas de someter todas las tierras al este de las Montañas Nubladas.
Mediante promesas ambiciosas, palabras envenenadas y amenazas directas, Sauron había congregado a gran parte de las tribus de Rhûn. Los más destacados y poderosos eran los Balchoth, que eran comandados por Margoz. Un cacique de piel tostada y pelo negro e hirsuto. Sus hombres remontaban el curso del rio en miles de pequeñas embarcaciones. Sin embargo pese a ser muy numerosos no tenían mucha tecnología y sus ejércitos eran ligeros.
Por el oeste marchaban a las puertas acompañados de orcos los desaparecidos Aurigas, que se habían reunido bajo el liderazgo de un hombre cruel y astuto llamado Borthand. Mucho habían mejorado en metalurgia desde su derrota ante Gondor hacía años. Bien pertrechados y protegidos con escudos cóncavos rectangulares, formaban la columna vertebral de ejército. No obstante también habían traído sus célebres carros de guerra, en las cuales llevaban pequeñas balistas acopladas. Cerrando los flancos, batallones de caballería de los Variags habían acudido desde la lejana Khand. Su caudillo era llamado Kustig y había preferido marchar al norte con sus huestes y no hacia Harad como la mayoría de su pueblo.
En las murallas los arqueros bárdidos ya preparaban la primera descarga cuando Elfric observó que una de las embarcaciones era distinta. Y en ella no venían enemigos. Ya que antes de que las cavernas de Thranduil fueran asediadas, partieron de ellas Feigronthar, Derewyn, Fróin y Felaróf. Tras días de extenuante viaje parecía que lograrían llegar antes que el Enemigo.
Sin perder el tiempo, Athalwin dio orden de abrir las compuertas que daban acceso al interior de los canales de la ciudad. Elfric, dejando a su hermano coordinando la defensa, bajó de las atalayas a los muelles, y reconoció a Derewyn.
– Vaya, creí que nunca volvería a veros Derewyn. Estos supongo que son los compañeros de quienes me hablasteis. Toda espada es hoy bienvenida – Le dijo con cortesía.
– Venimos con nuevas del Oeste. El rey Thranduil sufre asedio y no puede acudir con refuerzos. Ya han sangrado en los bosques días antes – Le respondió Derewyn – Promete acudir en nuestra ayuda si logra derrotar al enemigo a tiempo. Mientras tanto, nuestras espadas están al servicio del Reino de Valle –
– También mi hacha. ¡En nombre de Erebor y el rey Dáin! – Exclamó Fróin con fuego en su mirada.
– Sea pues. No tenemos mucho tiempo. Los orientales se nos echan encima – Dijo Elfric dirigiéndose de nuevo a la posición elevada seguido por Derewyn y sus compañeros. Sin embargo Feigronthar se retrasó.