De vuelta

Karin se levantó tarde se día, cuando salió de su cuarto vio a Mariel sentada en la salita, mojada y con una cobilla encima. Vladdimir salía de la cocina con un té caliente.
-Es un milagro que no te diera pulmonía.-decía mientras le daba vueltas al té.
-¿qué te pasó Mariel?-preguntó Karin aunque sabía la respuesta.
-Pasa que tu tenías mis llaves de esta casa, por lo tanto no pude entrar, traté de despertarlos pero pareciera que están sordos, ambos, ¡los dos!-gruñó Mariel arrebatándole el té a Vladdimir.
-Y porque no te fuiste a tu casa.-preguntó Karin. Aceptaba que Mariel casi viviera ahí, pero de eso a quedarse toda la noche y lloviendo sonaba un tanto patético.
-Mis otras llaves estaban aquí.-dijo Mariel haciendo sonar sus llaves.
-oh fue eso.-dijo Karin comprendiendo.
-Si y no creas que ya no estoy enojada contigo, todo el día de ayer fue una pesadilla gracias a ti, no te mereces un premio, que crees.-dijo Mariel.
-Sí, bueno pero a ti en que te afecta.-dijo Karin. Mariel se quedó silenciosa y luego estornudó.
Luego Karin fue a comer un helado de moka porque según Gandalf te ayudaba a pensar. Ya por el sexto helado Karin se dio cuenta de que eso no era cierto, o tal vez solo no funcionaba con ella porque por más que pensaba no se le ocurría algo bueno.
-Vladdimir, crees que los elfos ayuden.-preguntó Karin. Vladdimir reaccionó, al parecer estaba medio dormido, y tenía excusa, ya que ver a las personas comer helado de moka puede resultar muy aburrido.
-¿Eh? ¿Qué? No lo sé, probablemente ayudarían si se vieran en problemas, por otro lado los elfos son sabios.-dijo Vladdimir. Karin no entendía que tenía que ver que los elfos fueran sabios con lo que hablaban. La única forma de saberlo era hiendo a Edheldor y averiguarlo, así también podría relajarse unos días, no sonaba mal.
-Iré a Edheldor.-dijo ya decidida.
-Y para qué.-preguntó Mariel.
-¿Cuál es el plan?-preguntó Vladdimir.
-¿Plan? No…. no hay plan, solo voy a Edheldor.-dijo Karin.
-Ciertamente eso no es un plan.-dijo Vladdimir.
-¿Así que vas a Edheldor? Iré contigo… em te voy a ayudar.-dijo Mariel, al escuchar Edheldor se le había quitado el enojo la enfermedad y todo.
-¡Entonces si me vas a ayudar!.-dijo Karin con una sonrisa colgate.
-Pues sí ¿no?-dijo Mariel no muy convencida. Karin estaba muy feliz aunque en el fondo sabía que Mariel no iba a Edheldor a ayudarla, ella quería ver a Frodo, e iría aunque tuviera que pasar sola por Barad-dûr, aunque por ahí iba la cosa.
-Nos vamos lo más rápido posible, que no pase de esta semana.-dijo Karin ya emocionada.
-Voy a preparar a los caballos, creo que necesitan herraduras nuevas.-dijo Vladdimir.
-Yo tengo que ir a mi casa.-dijo Mariel.
-Wow eso es nuevo, tu quieres ir a tu casa.-dijo Karin en tono burlón.
Mariel puso ojos asesinos.-Pues si, si voy.-respondió.-Bueno, yo voy a ir a Arnor a comprar flechas y una cota de maya, la mía ya es muy vieja y vi una muy hermosa en una tienda junto a la cafetería.-dijo Karin.
Casi no se vieron en los últimos cuatro días, iban de allá para acá cargando, guardando, sacando, metiendo, y alistando las últimas cosas para el viaje, no se olvidaron de la comida ningún momento. Karin fue al establo en la mañana el día que se suponía que se marcharían, ahí encontró a Vladdimir cepillando a su caballo.
-Cómo está Mash-ä-preguntó acercándose al caballo y acariciándolo.
-Lista para irse.-dijo Vladdimir. Mash-ä era una meáras, estos eran los caballos más grandes, rápidos, fuertes, inteligentes y nobles que jamás hayan habitado sobre la tierra. Normalmente eran montados por los grandes reyes de la marca, es decir los Rohirim eso y sin silla, más ahora la raza había decaído y ahora eran más fáciles de dominar. Mash-ä había sido el regalo de una amiga elfa.
El cielo comenzó a tronar furioso.
-No, que no llueva.-dijo Karin mirando el cielo, pero ni la danza de la no-lluvia de Mal iba a detenerla, y como era de esperar comenzó a llover irremediablemente. Vladdimir y Karin volvieron a la casa, ya los esperaba Mariel. Karin se asomó por la ventana.
-Tal vez muera.-se quejó.
-Tal vez.-dijo Mariel en el momento en el que un rayo iluminaba el grisáceo cielo.
Esperaron un rato pero la lluvia no cedería, estaban destinados a esperar.-Mañana nos marcharemos al alba.-dijo Karin enojada con el clima. Vladdimir encendió fuego en la chimenea, o al menos eso decían que era, y preparó chocolate caliente, su olor inundó la habitación.
-¡Oh! No puedo irme a mi casa así, me mojaría toda.-dijo Mariel haciendo un intento de cara de inocente.
-Pues ya que, quédate.-dijo Karin, Mariel casi nunca se quedaba a dormir ahí, solo se iba muy tarde. Karin llevó unas cobijas al sillón.
-¿En el sillón?-preguntó Mariel indignada.
-Era eso o la cocina.-dijo Karin dándose a entender.
-Y el colchón.-dijo Mariel, ella casi siempre usaba un colchón medio viejo.
-Ah, ese, ¿no te dije? La semana pasada se enfermó Mash-ä y le pusimos el colchón, no creo que te quieras dormir en él, ¿o sí?-dijo Karin.
Mariel se tuvo que resignar con el sillón.
Vladdimir hizo la cena, en cierta forma era muy bueno tener a Vladdimir ahí porque hacía de todo, desde ensillar un caballo hasta la cena, él era un excelente cocinero, y por alguna extraña razón nunca dejaba cocinar a Karin, lo cual no era tan malo ya que Karin no sabía cocinar muy bien, entonces le caía como anillo al dedo. Después de una nutritiva y sana cena se fueron a dormir, en sus respectivos cuartos ( y sillón) uno para cada uno, no juntos, solos.
Karin se puso su pijama de las magas súper poderosas y se quedó dormida. Volvió a soñar con la fiesta, pero esa vez fue casi real (diabólico)
Entre sus sueños escuchó el canto de un gallo, seguro no había sido invitado a la fiesta.-Maldito gallo.-dijo entre el sueño y la realidad, según ella buscando al gallo. Luego alguien tocó la puerta. Karin volvió a la realidad, es un viaje largo y ella pasa por ahí ocasionalmente.
El que cantaba no era un gallo, si no Vladdimir, y Mariel había tocado la puerta.-¿Karin estas viva?-gritó Mariel desde afuera.
-Si, aguanta vara.-respondió Karin desde adentro. Miró por la diminuta ventana, ya era completamente de día, su viaje se retrasaría.
Se dirigió a la cocina y buscó su helado de moka, no estaba, buscó en la alacena de abajo, pero tampoco estaba.
-¿Qué le pasó?¿Quién se comió mi helado?-dijo Karin. Miró a Vladdimir pero estaba comiendo el poco cereal que quedaba, luego miró a Mariel pero ella estaba comiendo un trozo de pan o algo por el estilo, pero entonces quién se había comido su helado. Mariel y Vladdimir miraron hacia un lugar a espaldas de Karin, ella volteó y vio a alguien inconfundible, con su cabello blanco, su barba blanca y su sombrero, Gandalf era inconfundible, volteó a ver a Karin.
-Em ¿Hola?-dijo con la boca batida de helado, señal de que había intentado comérselo rápido. Con un súbito lengüetazo se comió los restos que quedaban alrededor de su boca.
-Gandalf el blanco, acaso te has vuelto un adicto incurable al helado de moka, no sé tu, pero creo que eso no puede llevarte a nada bueno.-dijo Karin.
-Lo tomaré en cuenta, gracias.-dijo él con un humor raro, era simpático pero era muy serio a la vez.
-Y ¿qué haces por aquí? A parte de comerte mi helado.-dijo Karin recogiendo el bote vació del suelo.