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La naturaleza es sabia, nadie lo niega pero esa vez pareció equivocarse. Una despreocupada abeja entró zumbando al cuarto donde se estaba llevando a cabo el concilio, entró en una flor. El concilio seguía y sin embargo había un gran silencio.
Gandalf estaba debajo de un montón de flores, mirando a cada uno de los presentes esperando a que alguien dijera algo. La abejita por su parte salía de la flor y se sacudió. Un poco de polen cayó sobre Gandalf, quien tosió. Su codo se resbaló un poco debido a la agitación y chocó con el de Karin. Ella volvió desde su inmensidad, y lo primero que se le vino a la mente fue.-La señal.-se levantó muy decidida.
Gandalf se quedó muy quieto.-¡Yo ayudaré!- dijo Karin sonriendo pero sin la más mínima idea de lo que hacía. Mariel la volteó a ver con la mirada más malévola que había hecho hasta ese momento.
-Karin… ¿que?- exclamó Gandalf tratando de sentarla. Fue un milagro que no le hubiera dado un paro cardiaco en aquel momento a Gandalf.
-Muy bien Karin la blanca de la orden de magas, esta misión queda en tu cargo.
-No te preocupes Gandalf capté la señal.-dijo Karin guiñando el ojo.
-¿Señal?… ¿pero que señal?- dijo Gandalf completamente alterado.
-Laaaa…… oh.-dijo Karin, su mente se aclaró y captó lo que había hecho.-Estoy en problemas.-susurró entre dientes. Gandalf se llevó las manos a la cara. Karin se sentó en su lugar, un lugar que se le hacía de lo más incomodo ahora, ahí entre Mariel y Gandalf, ambos traumatizados por lo sucedido minutos antes.
No es necesario contar todo lo que se habló después, el daño ya estaba hecho. Se dijeron muchas cosas de los acontecimientos del mundo exterior, de Edheldor, a lo cual el enano refunfuñaba a cada rato. Hablaron también de la fortaleza de Gondor y Rohan y de que posiblemente fueran capaces de soportar un ataque sorpresa. Horas después el sol se escondía en el horizonte cuando finalmente el concilio concluyó, todos salieron murmurando puntos destacados de la reunión, la parte en la que Karin aceptaba llevar la misión parecía superflua a todos, Gandalf, Mariel y Karin permanecieron adentro.
Karin trataba de hundirse en su asiento para poderse apartar las miradas de Gandalf y de Mariel.-Esperaba que me dieran su arco, su espada, o su hacha.-dijo Karin tratando de relajar el momento.
-¡Karin! ¿Estas despierta? Esto es un suicidio.-dijo Mariel como si Karin hubiera hecho lo más tonto de su vida.
-Ahora si, vamos a ver de que está hecha Karin la Blanca.-dijo Gandalf.
-No puede ser tan malo Gandalf, además, creo que puedo con esto.-dijo Karin insegura.
-No digo que no puedas, es solo que es demasiado para ser lo primero si sabes a lo que me refiero.-dijo Gandalf.
-Sería mejor que empezaras por cuidar una cabra loca o algo así.-dijo Mariel tratando de hacer un chiste, no lo logró.
Salieron ya un poco más relajados y se dirigieron a la cafetería. Gandalf llegó directamente a pedir su helado de moka. Mariel encontró unas de sus amigas y fue con ellas. Gandalf regresó con su gran helado de moka (como el del hard rock), Karin quería uno pero no llevaba nada de dinero.
-Bueno Karin, tienes bastante tiempo, aunque no es recomendable desperdiciarlo, ¿tienes alguna idea?- preguntó Gandalf.
Karin pensó un momento.-No, mi cerebro está (más) en blanco (que de costumbre)-dijo Karin.
Gandalf se terminó su helado sorprendentemente rápido, se levanto.-Ya me tengo que ir, hay cosas que hacer, no puedes irte así como así, haré algunas cosas que tal vez te faciliten el viaje, nos veremos antes de que partas, a donde sea que sea tu elección, solo no te retrases.-dijo Gandalf y luego salió.
Karin miró a su alrededor, Mariel estaba sentada en una de las mesas de la esquina platicando con sus amigas, como se veía tan ocupada Karin salió sola.
En su camino un mago de aspecto gracioso la interceptó. Este mago era bajito de barba color café y mucho cabello, Karin se acordó de él, había sido su compañero hacía ya muchos años. El mago miró a los lados para asegurarse de que nadie lo veía, al comprobarlo comenzó a hablar.
-Karin la blanca. Tu estuviste en el concilio de hoy, ¿no?-dijo con una voz tan chistosa que era difícil olvidarla.
-Sí ¿por?-dijo Karin.
-Suave, me puedes decir de que hablaron.-preguntó el mago.
-No, no puedo, adiós.-dijo Karin, lo último que quería era hablar del concilio. A decir verdad la sola presencia del pobre engendro daba risa, y si hablaba peor tantito. Karin recordó que en la escuela el mago tuvo muchos apodos, pero si hubieran conocido a “el tío cosa” hubiera sido perfecto. Siguió a Karin por varias calles.
-¡Eres bella!-dijo de repente. Al parecer sus largos cabellos le cubrían los diminutos ojos, no es que Karin sea tan bella.
-Mira, no te voy a decir.-dijo Karin entre risas. A ese pobre, no era para tomárselo en serio.
-Te vas a arrepen… -dijo pero su frase fue interrumpida por una masiva bola de pelos que salía de su boca. Karin soltó una carcajada y siguió caminando.-¡Karin la blanca!- gritó el mago, pero Karin no tenía intención de regresar a hablar con él, de hecho, lo consideró, tal vez riéndose un poco podría olvidar el concilio.
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