Avaesse había pasado el día ayudando a su madre a cocinar su famosa lasaña, para distraerse del mono de la bebida. Nosta estaba tan sorprendida como encantada con la actitud de su hijo. Lo estaba comentando con Finrod, que estaba tan atónito con ella, mientras observaban al joven poner la enorme mesa dispuesta para la ocasión en el jardín trasero de la casa.
– No es normal esposa, yo creo que es grave. –decía Finrod mirando a su hijo con expresión preocupada.
Su esposa asentía consternada observándolo. En ese momento, los dos vieron como las mejillas de Avaesse se ruborizaban considerablemente en una sonrisa inocente mientras el colocaba un par de rosas en los jarrones de la mesa. Nosta soltó una exclamación ahogada llevándose la mano a la boca y le sonrió a su marido.
– ¡Cariño! ¡Ya se lo que le pasa!
– ¿El qué? Es grave, ¿verdad? –preguntó él preocupado.
– Nuestro pequeño está enamorado… -dijo ella con una dulce sonrisa. Finrod observó a su hijo y le sonrió a su esposa cómplicemente. –Tengo que averiguar quien es la afortunada que ha conseguido embobarle y ¡darle las gracias! –exclamó Nosta antes de volver al interior de la casa todavía sonriente.
Avaesse permaneció cariñoso y hablador con todos los invitados, hasta que por fin, llegó la familia de Maeh. Ava se encontraba charlando animadamente con Khuzan, Aldarion y Shinoda cuando aparecieron por la puerta quince hermosas muchachas. Los cuatro palidecieron al momento, embriagados por el perfumado aroma que despedían las jóvenes. Tras ellas, entró Elbereth, la esposa de Maeh. Era una elfa muy hermosa y con una gran presencia. Su rostro y su cuerpo se conservaban bien a pesar de la edad, como buena elfa que era, haciéndola deseable a los ojos de cualquier hombre, incluido claro, su propio bisnieto.
Khuzan fue el primero en reaccionar. Con una amplia sonrisa que mostraba sus enormes dientes blanquecinos entre sus barbas, se adelantó e hizo una reverencia ante las señoritas allí presentes, mostrando todas sus dotes de galán. Las chicas soltaron una risita ante el gesto del enano. Khuzan fue inclinándose ante cada una de las jóvenes y besándoles la mano como buen caballero enano, hasta que llegó ante Elbereth. Hizo una tremenda reverencia, barriendo el suelo con las barbas y le guiñó un ojo.
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– Siempre tan hermosa, señora de Maeh. –le dijo socarrón. La elfa le dedicó una amplia sonrisa y le acarició la barba con dulzura haciendo que al enano se le erizaran todos los pelos del cuerpo.
Shinoda fue el siguiente en adelantarse a recibir a las damas, mientras los otros dos seguían un poco paralizados. Avaesse se llevaba las manos a la cara para no ver pero sus dedos estaban sospechosamente separados.
– Demasiadas mujeres para un solo día Aldarion… ¿qué voy a hacer?
– Te compadezco hermano, -le dijo su amigo dándole una palmadita en la espalda. –Un harén así no se encuentra todos los días. –Avaesse respiró profundamente y al cabo de unos segundos, su expresión se volvió en un gesto pícaro y desafiante.
– Bueno…. –dijo con una sonrisa perversa –Raven me prohibió beber, pero no dijo nada de las mujeres….jejejjeje
Todavía sonriendo, se levantó con la vista clavada en Elbereth y se dirigió a ella con paso firme y sin vacilar. Aldarion lo observó sonriendo desde su silla.
– Ah… por fin vuelve a ser el mismo, ¡ya creía que lo íbamos a perder para siempre! –con un grito de guerra, dio el último trago a su vaso de cerveza y se lanzó al ataque, hasta que Tyelperion apareció por la puerta.
Avaesse se aproximó a Elbereth sigilosamente con la mirada fija en ella y una sonrisa maliciosa en los labios. En silencio, se puso tras ella y le susurró al oído:
– Ya echaba de menos a mi bisya querida… ¿Cuándo vas a llevarme de caza, “abuelita”? –Elbereth sonrió sin darse la vuelta y en un descuido del muchacho, lo tenía amarrado con los dientes sobre su cuello.
– Cuando mi nieto favorito lo desee. –le dijo sonriendo. Lo soltó y se fue a saludar a Nosta que la recibió con una sonrisa.
– ¡Elbereth! ¡Cuanto tiempo! Veo que te has traido a toda tu prole. Desde luego, no perdeis el tiempo. -le dijo Nosta mientras la besaba.
– Bueno, en realidad no estamos todos. Falta Raven que no ha podido acompañarnos.
– ¡Oh! ¡Qué lástima! Tenía ganas de verla. – contestó la elfa.
– Por eso no te preocupes. Sospecho que tendrás muchas oportunidades de hacerlo. -le dijo Elbereth con una sonrisa cómplice. – No me ha contado nada, pero creo que anda de amoríos con un joven de por aquí. Y eso en ella es bien extraño. Estoy intrigada por saber quien será.
– ¿Ah si? -dijo Nosta con un nuevo brillo de interés en la mirada. -Cuenta, cuenta… -añadió llevándosela del brazo.
–
Mientras, Aiwendil y Arlinwen andaban atareadas tratando de que Nemarie y Naylaia no se escaparan entre la multitud. Era difícil mantener a raya a las dos pequeñas entre tanto bullicio. En un descuido, las pequeñas se escabulleron bajo una mesa y les perdieron la pista.
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Nemarie y Naylaia gatearon hasta una caseta cercana donde descansaba una de las mascotas de Nema. Entre risitas, observaron a sus tías buscándolas por las rendijas de la caseta. Al cabo de un rato, sus tías desaparecieron hacia el interior de la casa de nuevo.
Naylaia hizo ademán de salir pero su hermana la agarró de los pañales tirando de ella hacia atrás con cara de mala leche.
– ¡No salgas! ¡Que nos ven las titas! –le dijo enfurruñada. Naylaia la miró con los ojos muy abiertos con cara avergonzada, llevándose los deditos a la boca.
– No salgo. –le dijo girando la cabeza. -¿y si vienen aquí?
– Aquí no pueden entrar, -dijo Nema -¿no ves que son grandes? No caben. –explicó gesticulando mientras su hermana la miraba sin pestañear como si fuera la persona más inteligente del planeta. –Son mayores. Los mayores no pueden entrar aquí. Pero nosotras si.
– Nosotras si. –asentía Naylaia con la boca abierta. Su hermana la miró con una sonrisa traviesa y lanzó una exclamación.