Aldarion dudó un momento más pero finalmente entró apuradamente en la casa y subió a la habitación de Finrod y Nosta. Le temblaba todo el cuerpo solo de pensar en encontrarse con la elfa. Cuando estaba abriendo el segundo cajón de la mesilla una voz le sorprendió por detrás.
– ¿Buscas esto?- un manojo de llaves pendía ante sus narices.
– Por Dios, menos mal que eres tu Finrod. Siento entrar en tu cuarto pero Ava se está volviendo loco ahí encerrado y…
El elfo lo miró en silencio y finalmente sonrió. Por supuesto no aprobaba para nada el comportamiento de Ava, pero conocía el desbordado carácter de su mujer cuando se enfadaba y en su opinión, su hijo ya había tenido suficiente castigo.
Avaesse oyó el tintineo metálico de las llaves al otro lado de la puerta y se dirigió hacia ella.
– Por fin Alda, creía que ya no venías mas…-Se quedó paralizado al ver a su padre en el umbral de la puerta y no a su amigo.- Papá… hola… -le dijo rascándose nerviosamente la cabeza. Finrod entró en la habitación y le puso una mano en el hombro.
– Hijo, espero que hayas comprendido que lo que has hecho no está bien y que tu madre estaba muy disgustada contigo. –Avaesse lo miró avergonzado pero la sola mención de su madre hizo que frunciera nuevamente el ceño.
– Por favor, papá, ¡Me ha puesto barrotes en la ventana! –le gritó señalando los hierros.
– Ya deberías saber como es tu madre cuando se enfada, y creo que ha tenido mucha paciencia contigo. Sabes que lo hace por que te quiere. –Avaesse emitió un gruñido pero bajó la cabeza en silencio. – Venga, ahora sal y ve a dar una vuelta. ¡Ah! Antes pasa a ver si tu bisabuelo ya puede comer sólido y llévale un trozo de pastel que hizo tu madre.
Avaesse salió un poco sorprendido por la frase que acababa de escuchar y se reunió con su amigo. Pronto fueron en busca de Khuzan, que se encontraba en un jardín cercano.
– ¡Enano! Vamos a por unas cervecitas. –le gritó dándole una palmadita en el hombro. Pero Khuzan lo miró un poco temeroso.
– Esto…Acabas de salir del castigo, ¿crees que será buena idea después de la que montó tu madre? Mira que yo no quiero más problemas con ella. Sólo de recordar como se puso….me entran escalofríos.
– ¡Bah! Tonterías. Mi madre no tiene ni que enterarse, solo será una cervecita.
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El enano no tardó en ceder y pronto se encaminaron hacia las montañas. No acababan de echar a caminar cuando algo atrajo la atención de Avaesse. Unos metros más allá, caminando bajo unos árboles, estaba una elfa de cabellos oscuros. Estaba distraída leyendo un libro y no se percató de la presencia de los tres intrusos. Su mirada era hermosamente misteriosa y su pelo negro. Vestía extrañamente para ser una elfa.
– ¿Quién es? –preguntó Ava sin poder apartar su mirada de la elfa.
– Es una elfa del lugar. Un poco rara según dicen. No deja que nadie se acerque demasiado. Está muy buena pero pierdes el tiempo intentando algo con ella, es muy arisca y se las sabe todas. –advirtió Aldarion. Pero esas palabras surtieron justo el efecto contrario en Avaesse, que la miraba todavía con más interés.
– Adelantaros un momento vosotros, yo voy en seguida. –dijo dirigiéndose a donde se encontraba la elfa mientras se pasaba las manos ensalivadas por el pelo.
Se acercó sigilosamente a ella y la observó en silencio, trazando un plan mental de ataque. Las manos de la elfa sostenían un libro de poesía oscura que Ava había leido alguna vez. “ Vaya, por fin una digna rival” pensó.
La elfa no se percató de la presencia del muchacho hasta unos minutos después. Lo miró entre sorprendida y enojada, pero él ignoró su fría mirada de advertencia.
– No he podido evitar acercarme a vos mi señora. Tenéis una belleza imantada y difícil de resistir.
– No me gusta que me molesten cuando estoy leyendo. –le dijo cortantemente la elfa. Avaesse le dedicó una sonrisa cortes y bajó la mirada.
– No pretendo molestarla si eso es lo que piensa.
– ¿Qué quieres entonces? –preguntó en el mismo tono. Avaesse levantó entonces los ojos y con un semblante tranquilo, le dijo mirándola fijamente:
– Una mirada solo te pido de esos ojos de fuego que me abrase el alma y la extinga, – se acercó más a ella y la cogió por la cintura. – que ni siquiera Mandos la pueda tener. –sin que la elfa tuviese tiempo de reaccionar, el la apretó contra él y la besó. Inmediatamente, ella lo separó con fuerza y le dio un tortazo.
– ¿Cómo te atreves? –le gritó con el rostro encendido. El le sonrió impasible.
– Es culpa tuya. –le dijo sin inmutarse. La elfa lo miró confusa y turbada.
– ¿Cómo que culpa mía? ¿De qué se supone que soy culpable yo?
– Culpable de ser tan bella, culpables los Valar por dejar que tengas tanta belleza. –le dijo acercándose nuevamente a ella, rodeándola lentamente y encandilándola con sus palabras. – y aun así mis palabras no hacen justicia a lo que veo xq las palabras no pueden medir tal hermosura.
–
La elfa vaciló un momento. “Desde luego labia no le falta”, pensó para sí misma, “ pero no soy tan tonta como cree”. Ya serena, se dio la vuelta y le dedicó una sarcástica sonrisa al semielfo.