La Familia crece

Finalmente, todo volvió a la normalidad, aunque con un nuevo inquilino. Todos estaban encantados con Aiwendil. Su sobrina se pasaba los dias colgada de su cuello, su cuñado había encontrado una compañera ideal para gastarse bromas mutuas (cosa que le encantaba pero que el genio de Nosta le impedia practicar con ella XD) y para Nosta se había convertido en su mayor confidente.

Una tarde las dos regresaban de pasear por los alrededores. Lalihiari habia ido con su padre a ver a sus abuelos paternos Madi y Arsioth y ya se echaba de menos ver a la pequeña correteando alrededor.

– La verdad es que ya estoy deseando dejar que Lali me tire de los pelos.-dijo Aiwendil con una carcajada. Le guiño un ojo a su hermana y le dijo.- Vas a tener que darme otro sobrino que una sola no me llega.
La elfa se detuvo y miró a su hermana a los ojos con una misteriosa sonrisa. Aiwendil la miró extrañada durante unos segundos hasta que por fin…
-¡No me digas que ya viene de camino!- exclamó. Nosta se llevó el dedo a la boca en señal de silencio pero le sonrió.
-Es posible… pero es un secreto entre tu y yo..

Capitulo IV:más visitas
Cuando regresaron de pasear, Finrod y la pequeña Lalihiari, que crecía deprisa y ya estaba echa toda una mujercita habían regresado, y con ellos, el bisabuelo Maeh, y media prole de hijas. “A ver donde meto yo toda esta camada ahora”, pensó Nosta contando mentalmente las camas de las que disponía en la casa. Aiwendil entró al poco rato y según apareció por la puerta, Maehdros esbozó una enorme sonrisa y un brillo que no escondía nada bueno se cruzó por su mirada. Nosta lo percibió y susurró a su hermana:

-Ten cuidado con este. Esas no son todas las hijas que tiene…- Aiwendil asintió con una leve sonrisa y observó al personaje que avanzaba rapida pero disimuladamente hacia ella. Sus rasgos no pertenecian a la raza elfa, pues su piel no tenía la palidez y luminosidad típica de la misma. Sus ojos avispados despedían un brillo irisado que contrastaba con las finas pupilas negras en las que ahora se reflejaba la elfa. Su largo cabello rojizo caía atado sobre su espalda y sus oscuros ropajes eran extraños, lujosos y elegantes pero al mismo tiempo carecían de sobriedad y de finura. Su robusto cuerpo marcado por fuertes venas indicaba que sangre vampira fluia por ellas, pero de todas formas no sabría decir con seguridad que raza era. “Todo un bicho raro”, pensó Aiwendil.

Él estaba ya frente a ella y la miraba fijamente a los ojos. Con un movimiento sutil cogio la mano de la elfa y la besó, dedicándole una reverencia mientras le dedicaba una sonrisa. “Hermosa sonrisa”, pensó la elfa. Y así era. Una sonrisa propia de todo un galán conquistador, que embaucaria a cualquier mujer. Pero la elfa era inteligente y sabia bien qué escondían ese tipo de sonrisas.
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-Maehdros a su servicio, mi dama elfa.-dijo él en un tono que embelesaba el oido de cualquiera.- Es todo un placer poder disfrutar de la compañía de una belleza como la suya.
– Le agradezco el cumplido.- dijo la elfa sonrojandose ante el comentario. Después carraspeó y soltó su mano de la de él. -Si me disculpa, debo ayudar a mi hermana a preparar la cena.
– Por supuesto, -contestó Maeh,- tendremos oportunidad de conocernos mejor más tarde…-añadió con una sonrisa que encerraba cierto descaro.

Mientras tanto, Nosta se afanaba en improvisar nuevas camas pensando qué haria de cenar. Finrod entró en la habitacion en silencio y observó a la elfa desde la puerta sin que ella se percatara de su presencia. Luego se acercó a ella y la abrazó por la espalda susurrandole:
– Cariño… vamos a tener otro hijo, ¿verdad?- la elfa se volteó sorprendida.
– ¿Cómo lo sabes?- le dijo.
– Bueno, no voy a cometer el mismo error dos veces.-le dijo el con una carcajada. -Entonces es que si.- sonrió nuevamente y la abrazó fuerte. Aiwendil entró en la habitación y los sorprendió. Se echó a reir al verlos.
-¡Vaya! No ha durado mucho el secreto.

Los dias pasaron deprisa y Nosta se distraía, muy ocupada en cuidar de las hijas de Maeh, puesto que él estaba ocupado husmeando tras las faldas de Aiwendil, mientras Lali seguía creciendo cada vez más hermosa. Eso empezaba a preocupar a la elfa teniendo a Maehdros en casa. La belleza de la joven no pasaba desapercibida para nadie, y mucho menos para alguien que retenía escáneres mentales de todo ser femenino en su mente. Pero por aquel entonces, su hija comenzó a verse con un gran mago del lugar, llamado Gandalf el Dorado, y Nosta se quedó más tranquila por el momento.

Cuando la barriga de la elfa era ya considerablemente abultada, llegó su hermano Iruka de visita. Nosta se puso muy contenta pues el extrovertido elfo siempre aseguraba diversión y sería un buen entretenimiento para tanto hijo. Le acompañaba un pariente, Shinoda. Se trataba de un joven dicharachero y muy pillo. Los dos se pasaban el día picándose entre ellos y riéndo. “Desde luego, son tal para cual”, pensó Nosta.