– Si crees que vas a embaucarme con tanta palabrería estás equivocado. No me dejo convencer tan fácilmente. –Avaesse la miró sorprendida. Estaba desplegando toda su artillería pesada con la elfa. Otras habrían caído a sus pies con un simple “hola”. Cada vez la elfa le resultaba más irresistible.
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– ¿Qué necesitaré entonces para ser digno de ti? –le preguntó pero no obtuvo respuesta. La elfa se limitó a sonreírle socarronamente, le dio la espalda y echó a caminar en dirección al pueblo. Avaesse reaccionó y la siguió. -¿Ya te vas? –preguntó. -¿Por qué tan temprano me privas de tu presencia? ¿Irás mañana a la fiesta que se celebra en la aldea?
– Mañana no estaré. Parto a un viaje que me tendrá varias semanas lejos de aquí. Además, tampoco me gustan esas fiestas llenas de borrachos perturbados. –le dijo clavándole una significativa mirada.
– ¿Y cuando volverás? –la elfa seguía caminando ignorando sus preguntas. –Dime al menos cómo puedo hacer para verte cuando regreses.
Ella frenó en seco, caviló un momento y finalmente se volvió hacia él.
– ¿Tantas ganas tienes de volver a verme? –el elfo asintió con el rostro iluminado. –Bien, estaré un mes fuera. Hasta entonces deberás darme una prueba de que tus sentimientos son sinceros.
– Lo que desees mi señora. –respondió Avaesse sin pensarlo.
– Deberás permanecer hasta entonces sin probar una sola gota de alcohol. –El elfo la miró petrificado.
– ¿Sin Alcohol? –le preguntó con el rostro encogido en una mueca de desilusión.
– El alcohol es una bebida que convierte al hombre más honrado en un ser despreciable. Si no me equivoco eres Avaesse, hijo de Finrod Felagund y Nosta Eldariel y he de decirte, que tu fama te precede. Así que si de verdad estás interesado en mí y tus palabras son sinceras, aguantarás hasta que yo vuelva sin algo que para ti es muy preciado. – El joven la miraba con la desesperación en el rostro. La elfa le sonrió, le dio un beso en la mejilla y siguió caminando dejándolo estupefacto al borde de la carretera.
– Pero…¿Por qué el alcohol?…¿No puedes prohibirme otra cosa? Matar, fumar setas, mear fuera de la taza… lo que sea, pero, ¿por qué el alcohol?!!!! –vencido bajó los brazos y observó como la elfa desaparecía tras los árboles. Se veía tan hermosa…como una jarra de cerveza recién salida del barril…Cerveza….un mes sin ella… Las lágrimas estaban a punto de salírsele de los ojos. Finalmente reaccionó y corrió tras ella.- ¡Espera! ¡Dime al menos tu nombre!. La elfa se dio la vuelta y le sonrió gritándole:
– ¡Me llamo RavenRauglin!
– Raven …-susurró Avaesse con una sonrisa en los labios. Ese nombre se le grabó en la mente y no cesó de pensar en la elfa mientras caminaba en busca de sus amigos.
Cuando llegó, los dos tenían las mejillas coloradas. Khuzan se acercó a Avaesse y lo miró sorprendido. Estaba como ido, con una sonrisa boba en los labios. El enano le dio una palmada en la espalda que casi lo hace caer de bruces.
– ¡Chico! ¡Espabila! Ni que te hubiese caido una estrella encima.- Ava lo miró y le sonrió.
– Se puede decir que si, la más bella y más fría de las estrellas. –El enano lo miró extrañado y frunció el ceño.
– ¡Bah! Tonterías. –le dijo. –Estas empezando a delirar. Pero yo se cual es tu medicina, jejeje.- añadió con una pícara sonrisa adelantándole una reluciente jarra de dorada cerveza. Avaesse la miró como si hubiera visto al diablo. Las manos le empezaron a sudar y la boca se le secó. Sus dedos se adelantaron hacia la jarra pero al final el recuerdo de los ojos de la elfa se impuso y el chico salió corriendo dejando a Khuzan alucinando con la jarra todavía en la mano. Cuando llegó a casa, Ava todavía sentía el atrayente olor de la cerveza delante. Su madre estaba sentada en el sofá y tras una mirada de enfado lo observaba sorprendida. Él la miró y le dijo:
– Hola madre, ¿Qué tal estás?- se sentó a su lado y comenzó a mirar en todas las direcciones buscando algo para distraerse. -¿Hace buen día eh?. –Nosta lo miraba un poco asustada.
– ¿E-estás bien hijo? –le preguntó.
– Si madre, claro, ¿por qué no iba a estar bien? –contestó moviendo las manos nerviosamente. En ese momento Finrod entró a la estancia con dos copas de rosado vino en la mano.
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– ¡Hijo! ¡Qué pronto has vuelto! ¿Quieres un traguito de vino? –le dijo sonriendo su padre tendiéndole una copa. Avaesse lo miró con pánico, emitió un gritó y salió corriendo hacia su cuarto dejando a sus padres estupefactos en el salón.
Los días posteriores serían muy difíciles para Avaesse, pues a la tentación de la bebida pronto se le sumaría otra casi tan provocadora como la anterior: las mujeres.
Capítulo VIII: El gran banquete
Al día siguiente, en el que el la aldea celebraba una gran fiesta, fueron llegando los invitados a la comida que Finrod y Nosta daban en su casa. La casa estaba llena de gente ese día. Las pequeñas mellizas estaban alborotadísimas por tanto gentío a su alrededor y su tía Aiwendil agradeció de buena gana compartir su vigilancia con la tita Arlinwen.
Lalihiari estaba muy contenta por que su novio Gandalf el Dorado la acompañaba. Era la presentación oficial a su familia y ella había estado muy nerviosa los días anteriores, ansiosa por que llegara el momento. Gandalf fue bien aceptado de buen grado por los invitados, con quienes enseguida entabló una fluída conversación hablando de guerras y batallas pasadas. Sin embargo, con Maehdros la relación no fue tan agradable. El bisabuelo de la joven no parecía muy contento de tener cerca al novio de la joven, y aprovechaba cualquier descuido de ella para molestarlo y amenazarlo entre sonrisillas de disimulo.