La Tierra Media y Grecia: las Fuentes de Tolkien

Tolkien amaba la mitología griega. Tenía una gran influencia de ella. De hecho, la Tierra Media indudablemente tiene una gran cantidad más de mitología griega de la que nunca fue conocida por todos los polvorientos manuales de los eruditos que gravitaban en las bibliotecas donde Tolkien buscaba. La mitología griega es la mayor fundación de la Tierra Media porque Tolkien vio en ella lo que no había encontrado en los manuscritos de literatura anglosajona que eventualmente miraba. Sin la mitología griega es muy improbable que Tolkien hubiera soñado nunca en una mitología anglosajona (o inglesa moderna)

En un esbozo para una carta para uno de sus lectores, Tolkien escribió en enero de 1956:
“Fue al estallar la guerra de 1914 sobre mí cuando hice el descubrimiento de que las ‘leyendas’ dependen de la lengua a la que pertenecen; pero una lengua viva depende igualmente de las ‘leyendas’ que transmite por tradición. (Por ejemplo, que la mitología griega depende mucho más de la maravillosa estética de su lengua, y, por tanto, de su nomenclatura de personas y lugares, y menos de su contenido de lo que la gente se da cuenta; aunque, por supuesto, depende de ambos. Y viceversa…) (Carta 180)

La Tierra Media aún se extendería décadas a través de Tolkien, una luz en el horizonte de su futuro, cuando hizo su inocente descubrimiento en 1914. Había historias que estallarían pronto de su mano, cuentos imaginativos que esperaba que algún día constituyeran una mitología para Inglaterra. En 1951, Tolkien confesó que el publicador Milton Waldman (de Collins, a quien esperaba vender El Señor de los Anillos y El Silmarillion que aún no habían sido publicados):

“Pero una pasión mía igualmente fundamental ab initio es la que siento por el mito (¡no por la alegoría!) y, sobre todo, por la leyenda heroica a caballo entre el cuento de hadas y la historia, de la que no hay bastante en el mundo (que me sea accesible) para mi apetito. No me había graduado todavía cuando el pensamiento y la experiencia me revelaron que esto no eran intereses divergentes -polos opuestos de la ciencia y la novela- sino integralmente relacionados. No soy ‘erudito’ (Nota al pie: Aunque he pensado sobre ellas no poco) en las cuestiones del mito y los cuentos de hadas, sin embargo, porque en tales casos en la (en la medida en que me son conocidas) he estado siempre buscando más material, cosas de un cierto tono y aire, y no simple conocimiento. Además -y espero no parecer aquí absurdo-, desde mis días tempranos me afligió la pobreza de mi propio amado país: no tenía historias propias (vinculadas con su lengua y suelo), no de la cualidad que yo buscaba y encontraba (como ingredientes) en leyendas de otras tierras. Las había griegas, célticas, en lenguas romances, germánicas, escandinavas y finlandesas (que me impresionaron profundamente); pero nada inglés, salvo un empobrecido material barato…” (Carta 131)

En diciembre de 1953, Tolkien escribió a su amigo el Padre Robert Murray: “Por cierto, no me ha nutrido la literatura inglesa, que no creo que conozca más que tú, por la simple razón de que nunca encontré mucho en ella sobre lo cual pudiera reposar mi corazón (o corazón y cabeza juntos) Fuiformado en los clásicos y descubrí por primera vez la sensación del placer literario en Homero. también por ser filólogo, y habiendo obtenido gran parte del placer estético del que soy capaz de la forma de las palabras (y especialmente de la nueva asociación de la forma de la palabra con su sentido), siempre he gozado más las obras en una lengua extranjera, o una lengua tan remota que lo parezca (como el anglosajón)…” (Carta 142)

La introducción de Tolkien a la lengua griega y su literatura comenzó cuando aún era muy joven, en la sexta clase de la King Edward’s School (la primera clase era el nivel más senior de la escuela). En tiempo, Tolkien estudió el Nuevo Testamento en griego, y Humphrey Carpenter decía de Tolkien: “La fluidez del griego, puntuada con dureza y con su superficie brillante me ha cautivado. Pero parte de su atracción es la antigüedad y la lejanía remota (para mí): no tocaba la casa.” Aunque el griego tuvo un papel muy importante en la educación de Tolkien, y, en última instancia asumió un lugar permanente en su imaginación, su amor por la filología (el estudio de los cambios lingüísticos) fue introducido brillantemente en Tolkien por un profesor en la King Edwards School, que presentó a Tolkien y a sus compañeros de clase a Chaucer y la literatura medieval inglesa. Carpenter observó que la recitación de Chaucer en la lengua medieval inglesa “era una revelación, y (Tolkien) determinó aprender más sobre la historia de la lengua (inglesa).” El currículum de la King Edwards estaba enfocado en el estudio del griego y el latín y por consiguiente, preparó a Tolkien para una vida de estudio de otras lenguas. Nunca olvidó a los clásicos, aunque esté asociado con ellos.

La transición de Tolkien del estudio de los clásicos griegos y latinos al estudio del gótico, anglosajón, finlandés y otras lenguas, realmente comenzó cuando entró en la Universidad de Oxford. Se introdujo en nuevas influencias y se apegó al campo de la filología. Pero Tolkien gastó sus primeros años en trabajar en el Oxford English Dictionary en 1919 y en 1920 con ello aumentó sus conocimientos lingüísticos más que en ninguna otra época de su vida. El OED es famoso por llevar la palabra inglesas lo más atrás posible. El inglés moderno, como todas las lenguas europeas se extiende muchos años atrás con muchos períodos de cambio. La lengua temprana común para todos los europeos fue el Indoeuropeo (que también es común a gente no europea, como los iraníes, indios y algunos grupos más). Muchos de los términos del OED incluyen (postulan) bases indoeuropeas o intermedias (como, por ejemplo, proto-germánicas)