Star Wars y la Tierra Media: Universo Mítico y Mundos Posibles

Quiero hacer notar que los buenos cuentos de hadas presentan esta pugna con todos los matices de gris que posee la lucha entre el Bien y el Mal en la vida real: no hay simplificaciones al estilo de buenos y malos -que restarían credibilidad secundaria a los universos míticos-, sino que el autor procura presentar la pugna interna que cada personaje padece, con la intención de mostrar cómo su libertad es siempre lo que está en juego, y de qué modo misterioso queda a salvo en el propio fuero interno la posibilidad de obrar en un sentido u otro. Boromir y Frodo en Amon Hen son dos buenos ejemplos (cfr. El Señor de los Anillos, vol. I, págs. 564-579, passim), como lo es la evolución interior de Darth Vader en Star Wars.

Cabe, en cualquier caso, una matización en el caso de la Trilogía. Las fuerzas del Imperio, con sus uniformes al estilo nazi, muestran una concepción totalitaria del poder, apoyada en el terror -«El miedo mantendrá en orden los sistemas locales», afirma Tarkin ante la amenaza de una posible revuelta general- un tanto simplificada, en una polarización que no tiene paralelo en la Tierra Media.

Historia y tradición

La importancia de la historia y la tradición se presenta en estos universos míticos a través de pequeños atisbos del pasado. Obi Wan nos informa, como sin querer, de las guerras Klon, acaecidas hace años; mientras afirma que «durante más de mil generaciones los caballeros Jedi fueron guardianes de la paz y la justicia frente a los tenebrosos tiempos del Imperio». Tras el velo de la historia inmediata adivinamos un mundo que se explica a partir de su propia memoria arcana. En la Tierra Media gran parte de la impresión de realidad que domina la narración, radica en la existencia de tres Edades anteriores a aquélla en cuyo extremo se sitúa la acción de El Señor de los Anillos. Los acontecimientos anteriores dan respuesta a las preguntas del presente. Y en ese contexto es donde cada personaje va a descubrir su papel, personal e intransferible, para llevar la historia adelante. Personajes como Ben Kenobi, Gandalf, Yoda o Elrond sirven como teloneros de un pasado que llega muy lejos: conservan la memoria explicativa del presente, y son capaces de entrever el futuro -aunque, como afirma Yoda, «siempre en movimiento el futuro está»: la libertad hace imposible la predicción de lo que está por venir. Yoda será quien más tarde manifieste su sorpresa («Inesperado», dice) ante la noticia de que Vader le ha dicho a Luke que es su padre. Como Sméagol, cuya actuación decisiva antes del fin había predicho Gandalf, aunque sin saber a ciencia cierta el modo en que se realizaría-.

Los cuentos de hadas… ¿cosas de niños?

Un último aspecto, antes de concluir: ¿son los cuentos de hadas “cosas de niños”? Lo sean o no, ¿son los niños sus destinatarios, siquiera principales? Es evidente que analizar esta polémica excede los límites del presente artículo. Sin embargo, sí quiero hacer una breve reflexión sobre el concepto de “niño” que Tolkien explica en el ensayo al que he hecho referencia al inicio de estas páginas (CH, págs. 45 a 60). George Lucas defiende un concepto semejante, y eso se refleja en la elaboración, por ejemplo, de mundos éticos que coinciden en muchas de sus ideas de fondo.

«Si algún interés tiene la lectura de los cuentos de hadas como género específico es que merece la pena escribirlos por y para los adultos. Pondrán en ellos, sin duda, y de ellos extraerán más de lo que los niños puedan poner y obtener» (CH, pp. 58-59).

Tildar despectivamente los cuentos de cosas de niños responde a una mentalidad que desprecia la condición infantil apoyándose precisamente en una de las virtudes más maravillosas que posee la infancia: la inocencia, el acercamiento a la Verdad (literaria o de cualquier ciencia o saber humano) sin prejuicios. El niño es lo más cercano que nos queda al puro deseo de sabiduría. Ya Chesterton había escrito que el infantil es público exigente -probablemente el que más demanda-, y que muchas veces sus juicios sobre la coherencia de las actuaciones de los personajes de ficción resultan inapelables. Al establecerse el acercamiento a la verdad literaria desde un plano epistemológico, la “niñez” pierde su conexión con lo meramente biológico, para enraizarse profundamente en el deseo de conocer, de aprender.

Habla Tolkien de nuevo: «(…) en mi opinión, los cuentos de hadas no han de estar particularmente asociados con niños. Existe una relación de tipo natural, porque los niños son seres humanos y los cuentos son algo connatural a la sensibilidad humana (aunque no tenga por qué ser universal)» (CH, p. 55). Así pues, ni todos los cuentos han de gustar a todos los niños, ni la clave del problema reside en la edad. Quizá lo más justo sea reconocer que la base del gusto por este tipo de literatura está en tener corazón de niño: un ánimo valeroso y justo, recio y abierto a la verdad; no la ñoñería del chaval mimado, sino el coraje del que está dispuesto a enfrentar la vida de todos los días, el cuento de hadas de la existencia personal, en el camino que es cada vida singular. En ese caminar, los cuentos de hadas nos proporcionan quizá el Consuelo, como un eco de lo que no es, pero que llegará a ser. Y, mientras tanto, lo deseamos con todas nuestras fuerzas. Como los Niños.