Star Wars y la Tierra Media: Universo Mítico y Mundos Posibles

Otro aspecto interesante es la relación que existe entre la peculiar providencia que preside estos mundos posibles -en general, todos los universos del Cuento de Hadas- y la libertad de cada personaje. La lógica interna exige que la libre actuación de cada uno quede a salvo en todo momento, aunque el narrador (Lucas, Tolkien) actúe como prestidigitador, previendo en cierta medida lo que va a ocurrir. De todos modos, en el caso de Tolkien el respeto por la coherencia propia de El Señor de los Anillos le llevó a redactar cuatro finales distintos para la historia; y el que aparece en la forma que conocemos no es ninguno de ellos. Hay poco de diseño general en un buen cuento: las cosas ruedan hacia su conclusión por la propia fuerza de los hechos. Como en la vida real. Así pues los personajes se hacen merecedores de la alabanza -el premio que esperaban los héroes de la literatura nórdica, aquella lofgeornost, lastworda betst con que concluye Beowulf; y que es lo que anima a Sam a continuar cuando toda esperanza parece haberse desvanecido: sus gestas serán dignas de ser cantadas por los poetas, en épocas por venir-; o del castigo, de acuerdo con sus propias acciones. Este modo de actuar permite que lo que Tolkien llamaba «el Consuelo del Final Feliz», quede a salvo: Darth Vader debe “morir”; como debe morir Boromir, con una muerte gloriosa, a la medida de sus exigencias como personaje, según ha sido presentado por el autor desde el inicio de la narración. Es evidente que las premisas del cine comercial hacían imposible, por poner un ejemplo, que Han Solo muriese en El Imperio contraataca. Sin embargo Gandalf muere, como muere Frodo, y son sucesos que forman parte de una lectura esencial de la obra, no simples artificios para hacer que la trama siga adelante. Al ver la película sabemos que todo se arreglará; leyendo El Señor de los Anillos o la Gesta de Beren y Lúthien, y aun más la historia de Túrin Turambar en el Narn i Hîn Húrin de Los Cuentos Inclonclusos, la esperanza nos abandona de plano. De modo que la eucatástrofe -en los dos primeros casos- es tanto mayor cuanto que más inesperada, mientras que la muerte de Túrin resulta plenamente coherente con lo trágico del destino que acompaña a un personaje que, con todo, es responsable de sus acciones: no hay fatum en la Tierra Media.

El personaje de Darth Vader nos sirve para el análisis de la libertad que estamos llevando a cabo. Campbell afirma que es un personaje que no puede desarrollar su albedrío -de hecho, es casi del todo máquina-: rige un sistema totalitario, uniformizado. Ha sido seducido, pero sigue siendo libre. Cada elección que lleva a cabo es un acto voluntario, si bien equivocado; y por tanto, imputable desde el punto de vista moral. De hecho, su evolución interior -motivada, entre otras cosas, por la ternura- culmina con la opción voluntaria por el bien antes del fin (no demasiado tarde; nunca lo es). Annakin Skywalker-Darth Vader proporciona uno de los momentos eucatastróficos de la historia, y su muerte llega, ya redimido, como un paso más en la catarsis de Luke y en su madurez como personaje y como caballero Jedi: pierde un apoyo más, el futuro sigue abierto y en sus manos; él sigue siendo libre, y el Reverso Tenebroso de la Fuerza continúa siendo una amenaza. Cada acción compromete más con la propia libertad y, por tanto, con la personal responsabilidad, de manera que se puede volver la cara atrás. Pero se corre el riesgo de llegar más lejos en la senda del mal que el propio Emperador. Porque se es más poderoso, esto es, más capaz de hacer el bien, de servir; y se corre entonces el riesgo de trocar ese poder en propia vanidad: es la tentación a que sucumben Morgoth y Sauron; pero también la que se insinúa a Saruman, Boromir y Denethor; y la que en última instancia afrontan Gandalf, Galadriel, Aragorn o Faramir. En el combate que enfrenta a Vader con Luke en El Imperio contraataca, el argumento de fuerza para tentar al joven Skywalker es que el Emperador le teme. Y la consecuencia: «únete a mí, y juntos acabaremos con esta beligerancia, y pondremos orden en la galaxia». Es el paso lógico: el dominio según las propias leyes. Como Saruman, quiere usar la Fuerza (el Anillo) para su bien. Pero no se puede. Se trata de la presentación en forma de narración de aquella tentación suprema de ser ley para sí mismo: el eco del bíblico «seréis como dioses» (Génesis 3, 5, una vez más). Gandalf, Elrond y Galadriel, o el propio Aragorn, personajes todos de elevada talla moral y profunda sabiduría, son por eso mismo los que más desconfían de sí mismos, sabedores de las consecuencias que, dentro del cosmos secundario, tendría su búsqueda del Anillo, su posesión y el intento de emplearlo para el bien. Todos ellos vencen la tentación por la vía de la humildad y el servicio al interés común. Luke se lanza al vacío, pero no traiciona. Hay que hacer todo lo que esté en las propias manos (aunque la pierdas…), mucho o poco; pero todo, aunque duela y por encima de los más elevados sentimientos -aun lícitos, como el amor que Luke siente por su padre y por Leia-; y aunque el abismo sea inmenso y las certezas de salvarse parezcan nulas. En los cuentos de hadas no hay certezas, como no las hay en la vida: porque no hay nada más arriesgado que vivir una vida verdaderamente libre. Y por eso hay esperanza. Cuando Frodo, refiriéndose al Anillo, afirma: «Hubiese preferido no haberlo visto nunca. ¿Por qué vino a mí? ¿Por qué fui elegido?», Gandalf le responde:

«Preguntas que nadie puede responder (…) De lo que puedes estar seguro es de que no fue por ningún mérito que otros no tengan. Ni por poder, ni por sabiduría, a lo menos. Pero has sido elegido y necesitarás todos tus recursos: fuerza, ánimo, inteligencia». (La sombra del pasado, vol. I p. 93).

La única garantía en Fantasía es un lóbrego camino plagado de incertidumbres.