La importancia del lenguaje en los universos de ficción
A continuación analizaremos otros puntos de conexión entre ambos mundos secundarios. En primer lugar, la importancia que en ambos tienen los lenguajes inventados. Aportan a la historia visos de verosimilitud, autenticidad. En el caso de la Tierra Media este elemento se sitúa en la génesis de toda la cosmovisión tolkieniana. La sub-creación en Tolkien siempre se supeditó al poder evocador de las palabras; y los Pueblos que habitan este mundo secundario se entienden en y desde su idioma e historia propios. Para Tolkien, lo mismo que para George Lucas, la coherencia interna era absolutamente imprescindible. Y la sonoridad de los nombres responde a esa necesidad de una correspondencia entre lo designado y el lenguaje: Darth Vader, Moff Tarkin, la Estrella de la Muerte; Skywalker, Leia Organa, Obi Wan, Yoda, Tatooine, Alderaan; Jabba el Hutt, Endor. El idioma de cada grupo define su carácter en la narración: la lengua áspera de los moradores de las arenas (los guerreros tuskens), la rudimentaria forma de comunicación de los jawas, simple e inocente, como la de los ewoks; las voces sintetizadas de los soldados del Imperio; el modo de hablar sereno de Ben Kenobi y Yoda. Y en la Tierra Media, las dulces y complejas construcciones lingüísticas del Quenya y el Sindarin, o la lengua dura como la piedra de los Naugrim; y el perverso idioma de los Orcos, áspero y cruel.
Un personaje como C3PO resulta ser un privilegiado porque es capaz de hablar prácticamente todos los idiomas de la galaxia. Star Wars pone como condición inicial que aceptemos la existencia de robots humanizados, capaces de comunicarse. Tolkien, por su parte, señalaba como rasgo distintivo del Cuento de Hadas la satisfacción de deseos inalcanzables para el hombre: volar libre como los pájaros, comunicarse con otros seres vivos, o nadar como un pez por los fondos del océano. Radagast es un ejemplo de ese deseo que encuentra Consuelo en la Tierra Media.
Los escenarios míticos y el respeto por la Naturaleza
En relación con lo anterior hay que hablar del tratamiento que recibe la naturaleza en estos universos míticos. Ya me he referido al modo como el escenario cósmico donde se desarrolla Star Wars es secundario. George Lucas concede mucha importancia a los paisajes naturales, a lo exótico de los lugares y planetas donde sitúa a los personajes. La naturaleza es presentada como un medio hostil o agradable, a menudo simplificada (desiertos de hielo, o de arena; asteroides; frondosos bosques; pantanos). En el mundo de Tolkien la riqueza de matices es mayor. La sola presencia en un paisaje es capaz de alegrar el corazón o de hacerlo zozobrar. Los entornos opresivos (el Bosque Negro, Fangorn, Mordor, Isengard o la Comarca destruida por Zarquino), los lugares llenos de una melancólica belleza (Lothlórien, Rivendel), los escenarios agresivos (Helm, el Rauros, Caradhras), son ejemplos ilustrativos de esta personificación de la naturaleza que adquiere consistencia ontológica en la Tierra Media.
Frente a una naturaleza idealizada, o presentada en un estado más o menos puro, la máquina deviene lo uniforme, lo deshumanizado. Ya lo hemos visto al hablar de Vader. Pero lo encontramos también en los marcos y la puesta en escena de todo lo referente al Imperio: las tropas no tienen rostro personal (como no lo tienen los Jinetes Negros), todo obedece a una ley de dominio basada en el miedo y la mentira, que oprime y esclaviza (frente al eco de aquel «la verdad os hará libres» (Juan 8, 32), que resuena en las palabras de la Princesa Leia ante Tarkin: «Cuanto más fuerte sea su opresión más sistemas estelares se le escaparán»). Los Pueblos Libres de Tolkien o la Alianza rebelde muestran esos rasgos que definen el Bien en el mundo mítico: su poder aparente es pequeño; pero atesoran una resistencia inquebrantable que se apoya en la tenacidad y la fuerza que la verdad y la libertad poseen en sí mismas.
Barad-dûr y la Estrella de la Muerte representan esta visión de lo mecanizado anónimo. Y, en menor medida, Isengard, con su progresiva y grotesca degradación en el plano moral interno del mundo tolkieniano. En resumen, aunque se trate de una definición un tanto esquemática, se pone en juego una dualidad: Tecnología frente a Fuerza; Degradación frente a Naturaleza.
El Bien, el Mal y la esperanza: el porqué de un no al maniqueísmo
Como en cualquier cuento tradicional, la oposición entre el Bien y el Mal aparece como una de las constantes de la narración, si bien no es la constante. Y uno de los medios de presentar ese conflicto es la contraposición de tamaños. El Mal abruma, sus dimensiones son inabarcables, de modo que el gozo de la eucatástrofe resulta siempre afilado, como lo es la alegría de la esperanza recobrada en la vida real. Momentos eucatastróficos son, por ejemplo: la destrucción de las Estrellas de la Muerte, la presencia de Obi Wan en el ataque final, y después; el encuentro de Han y Luke en el hielo; o el rescate de Han Solo. Desde el principio mismo de Star Wars encontramos esa oposición de tamaños: el crucero imperial que persigue a la pequeña nave consular; la Estrella de la Muerte; la estación nodriza de El Imperio contraataca, junto a la que palidecen las dimensiones de los cruceros. Sus paralelos en la Tierra Media podrían ser los ejércitos de Sauron en los campos de Cormallen, la fortaleza de Barad-dûr, o la omnipresencia de los Nazgûl. Tenemos un atisbo de la alegría que seguirá a la victoria final, pero desconocemos los caminos por los que la narración nos va a llevar a la consecución del triunfo final -un triunfo que nunca es definitivo-, y sabemos con dolorosa certeza que en el trayecto encontraremos el sufrimiento, acechando a cada paso. La esperanza en Fantasía siempre pende de un hilo finísimo; si bien muy resistente.