Historia pública

Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada

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Descripción

Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada

Fragmento 22 por Elessurendil

Stygh nunca había soportado la desgracia de rendirse en un calabozo. Engaño tras engaño, emboscada tras emboscada, desamparo tras desamparo, habían sumido al muchacho en un profundo desasosiego.

Garabateaba el suelo con un guijarro de piedra mientras las otras sombras que compartían con él la celda iban y venían. Meditaba acerca del futuro, de cómo habrían sido las encrucijadas que le habría planteado el destino si hubiera seguido viviendo libre, y qué direcciones habría elegido tomar en aquellos desvíos.

Se imaginó a sí mismo, con una vara y una túnica, dirigiendo una comunidad de sabios, deliberando sobre los rumbos de nuevas comunidades de alquantari que poblarían las extensiones de mundo que él mas había sabido apreciar en sus viajes.

Recorrió la historia venidera de su hermano Romearailath, su supervivencia en tierras hóstiles y la conquista de la paz con razas desconocidas aún pero bien dispuestas a hermanarse y generosas de voluntad para dar prosperidad a sus pueblos.

Imaginó un rival, una sombra, diciéndole que no podría volver atrás, que ya no podría desandar los caminos mal andados, que ya no iría por los rumbos que había soñado toda su vida, sino que cada nuevo hallazgo lo llevaría hacia nuevos senderos y acabaría en lugares devastados y decadentes de los cuales no encontraría retorno.

El alquantari no se percataba de que aquella sombra era en gran parte creación de su propia tribulación, y que se estaba sumergiendo en la incertidumbre que lo llevaría a un nuevo paso en su evolución…

Se despabiló notando una imagen hablándole, era un hombre que con una mano le agitaba el aire delante del rostro y le oscurecía la poca luz que le llegaba a los ojos.

- …tal vez me oigas. ¿No? Pues, eso espero amigo. Lo contaré igualmente.- Decía una grácil y gallarda voz.

- ¡Vamos, dejalo a él, y dale al relato… que no habrá mucho de cenar hoy, parece! ¡Que tu cuento nos quite el hambre!- Exclamaba un gastado baladro de entre la oscuridad.

En cuánto el primero comenzó su relato, Stygh reconoció a Garlan, de la caravana, aquel rapsoda rimbombante, pero de gratos modales. Cantaba mientras tocaba el laúd. A su lado un cuerpo agonizante parecía moverse.

- Oiré.- Musitó Stygh.

Fue la primera vez que Styghnaika presenciaba los espectros que lo acompañarían de allí en adelante. El verdadero Garlan era el pobre cuerpo que dormía retorciéndose entre el mundo de los vivos y el de los muertos. El bardo que narraba historias era una figura que imitaba la forma viva de aquel, recuerdo de la vitalidad del gondoriano en el penoso viaje de la caravana desde Dassart. Entonó unas rimas improvisadas relatando alguna de las historias de sus viajes pasados.

[Editado por elessurendil el 15-06-2011 02:56]

Fragmento 23 por Elessurendil

“Cuenta esta historia sobre una princesa

En los días en que aún se revolvían los espantajos

Los alrededores del lago del Lamento

Habitados por esclavos del tirano oscuro

Que de Elessar recibieron la libertad y así la soberanía

En las ruinas se conservó el recuerdo de tiempos más claros

La semilla de cuando fueron un pueblo feliz

Un pueblo bien nacido de familias de buen afán

De esa semilla había brotado la princesa Iva’kan

Hija del Sur

Hija de hijos de hijos de hijos de gentes

que aún recordaban los sacrificios por la paz

de Antaño.

… se aventuraron a los desiertos, hacia las ruinas de Gorgoroth

Plantaron sus hogares entre la ceniza

Animados por recuperar tierras de la sombra, traerles luz

Retaron al pasado…

Aún fantasmas giraban perdidos

Espectros de fuerzas perversas, derrotadas finalmente

Perturbando la noche de los aventureros

Mortificando a las madres, asustando a los niños

Las gentes intentaron encontrar la forma de barrerlos

De callarlos

Y los fantasmas se ensañaron,

entonces atormentaron

a la princesa

Y la gente por primera vez

temió que aquello les hiciera perder

la dicha.

La princesa lloró, y lloró su madre, y lloró su padre

Y entre los espíritus deambulaba una luz, una luz de fuego

Errante trajinaba

Invocando su poder de volcán, inspiró piedad en las ruinas

Y en un aullido exaltó los tristes corazones

De los pobladores…”

Y seguía.

Esa la fue la canción recitada por la visión de Stygh, que en todo se parecía a Garlan el bardo, representaba alguna historia entonada por el mismo en alguna parte del trayecto anterior, o tal vez no, pero Stygh no dudaba.

“su poder de volcán (que) inspiró piedad…”, “Una luz de fuego” y “exaltó corazones” hacían clara referencia al tipo de energía de la cual estaba buscando pistas. Debía obtener más información, pero el espectro cantor ya no estaba, y Garlan no estaba muy conversador, agonizando.

“El lago del lamento” se refería al Núrnen, en tierras de Nûrn, al sur de Lithlad y Gorgoroth… en Mordor.

Fragmento 24 por peregrinoscuro

"Marathas" susurró en un graznido una voz rasposa al finalizar Stygh su relato. "No lo hagáis... por favor, no es asunto vuestro..." En uno de los rincones del calabozo, allá donde Garlan reposaba, se observaban movimientos. En ocasiones, sus momentos más lúcidos habían sido palabras inconclusas, inconexas y en diversos idiomas, mas en este, se diría que conseguía enlazar algún tipo de mensaje o algún tipo de recuerdo o canción.

- ¡Alejáos de ella! ¡No os ha hecho nada! ¡La deuda es mía! -la voz del bardo había cambiado demasiado.

Apenas recordaba levemente a la del mozo que acompañaba el viaje con letras y sones en aquellos momentos que parecían una eternidad. Ahora, el susurro que llegaba jamás entonaría en voz alta una nueva canción, ni permitiría que su voz arrullara a un niño o conquistara un corazón.

- ¡NO! -gritó.

Los demás habitantes del calabozo centraron su atención en el mozo, alguno incluso se acercó para hacerlo callar con algún golpe en el costado que, definitivamente lo hiciera callar para toda la eternidad, mas no lo hicieron.

La muerte, en esos calabozos podía más que cualquier tortura, ser igual que el enclaustrador era merecer su mismo sino, asesinar a un hermano -pues en ese centro de dolor y muerte podían considerarse así- podría ser el mayor pecado. El único pecado.

Y, como si de un designio de los dioses se hubiera tratado, aquel joven que ahora tenía cabellos dorados y piel macilenta, ojeras teñidas del azul de la enfermedad y cuerpo nudoso... Despertó.

Portando enlazada en su mirada miedo, angustia y dolor. Y, lo que más habría de haberlo helado si sus ojos hubieran encontrado un sitio donde observarse: Una rabia honda y profunda más propia de un animal moribundo que del joven cantor que algún día había soñado ser.

Fragmento 25 por Elfo_Negro

La escasa luz dejaba ver pocos detalles, pero sin duda la mayoría de rostros estaban marcados por el miedo y la esperanza (ambas juntas y en distintas proporciones dependiendo del carácter de cada cual) en Nergol, además, se podía ver (si alguien se hubiera interesado en ello) una violenta impaciencia: abría y cerraba las manos de forma compulsiva, daba pasos nerviosos y lanzaba miradas furibundas a ese hombre que no acababa de decidirse a abrir la puerta, entretenido en buscar una llave que no encontraba y perdiendo un valioso tiempo en una charla estúpida. De los labios de Nergol explotaron unas palabras -¿Queréis dejar la cháchara para después y abrir la maldita celda de una puñetera vez?- El elfo se giró buscando al que de tal forma había hablado, interrumpiendo su plática con su amigo, sus ojos se encontraron con los de Nergol y quizá la cosa hubiera acabado a golpes si no hubiera sido porque la potente voz del humano que tras la puerta trasteaba con las llaves no hubiera provocado un giro en el corazón de todos los presos que lo oyeron -¡Ya!- dijo, y el chirrido de la cerradura al abrirse acompañó a un –¡hurra!- dicho por decenas de voces rotas.

Entre empujones consiguió salir de la celda, seguía con el torso desnudo y llevaba unas botas que no eran suyas y le iban un poco grandes, pero no se paró a pensar, salió con una idea ya meditada; sí, había tenido tiempo para pensar, mucho tiempo, y había decidido que, si la fortuna o la audacia de permitían salir de esa celda, intentaría rescatar a Turinia. Era una decisión estúpida, sin duda era consciente de ello, pero era su decisión y no flaquearía ahora.

El primer problema con el que se enfrentaba era encontrar, al menos, la dirección que debía tomar para poder llegar al serrallo del Visir, lo hubiera podido pedir, durante su estancia en los calabozos, a alguno de los “inquilinos” de su concurrida celda, pero le pareció un despropósito. Sin embargo ahora necesitaba saberlo, y no podía perder tiempo.

Por algunas frases sueltas, por algunas opiniones cazadas al vuelo en la oscuridad de la celda, había intuido que el tal Madair tenía algún tipo de conocimiento sobre el palacio del Visir. Durante la larga caravana por el desierto había tenido tiempo más que suficiente para saber que Madair y él jamás podrían ser amigos y que difícilmente se podrían tolerar por mucho tiempo, pero la situación era apremiante y no había tiempo para remilgos, de modo que lo buscó entre el barullo de la fuga, le agarró de una manga y le habló con la suficiente fuerza como para que pudiera oírlo en esa turbamulta -ey, tú, ¿sabes cómo llegar al harén del Visir?-

Madair sin duda lo oyó, igual que sintió el tirón en su manga izquierda que le perturbaba el movimiento. Se desasió de la mano de Nergol con un movimiento brusco y se giró para mirarlo de frente –¿y qué buscas tú en el harén?- habló con desdén, con el desprecio que puede sentir un hombre justo y noble al ver aflorar, en otros, bajos sentimientos.

-Busco a mi mujer-

Ante tal respuesta Madair se sintió contrariado, tanto por la inesperada respuesta como por la sensación desagradable de haber sido injusto con Nergol.

Así, aunque sabía que Nergol era despreciable, por el hecho de haberlo prejuzgado y de haberle demostrado su desdén en una situación en que, precisamente, Nergol no merecía ser despreciado, se sintió obligado de aluna manera a ayudar a nuestro ladrón y asesino.

-sígueme, te llevaré hasta… tu mujer-

Turinia estaba sentada en un rincón solitario del harén, descansando muellemente sobre varios cojines de seda, se había apartado de las otras chicas. Sabía por experiencia que sus palabras amables y sus caricias no tenían nada de altruista, no eran para ella, la nueva esclava; sabía que las que a ella se acercaban con dulces palabras, sabía que las que le dedicaban miradas francas de hermandad con grandes ojos brillantes, lo único que hacían era consolarse a sí mismas, proyectar sobre la más miserable, sobre la más asustada, el afecto que ellas necesitaban, la ternura por la que languidecían.

Pero Turinia no estaba asustada, no, al menos, como ellas creían. Ya había estado en un harén, ya había sido el juguete de alguien que arbitrariamente disponía de ella. No, no era miedo lo que sentía, era tristeza, tristeza por haber vuelto al cautiverio después de creer que había escapado de él definitivamente. Era una mujer fuerte, pero se sentía derrotada. Había tenido tiempo de llorar y las lágrimas se le habían secado. La droga que enturbiaba su mente hacía ya mucho que había perdido su efecto. Ahora simplemente estaba sola, sola entre más de diez hermosísimas muchachas, tan solas como ella.

Pebeteros de incienso y sándalo, búcaros rebosantes de flores de pegajoso perfume, ligeras cortinas colgando al azar, alfombras de espeso y suave pelaje y multitud de cojines esparcidos por doquier vestían esa sala del harén, más atrás estaban los dormitorios y el baño de vapor. Desde detrás de perforados paneles llegaba la música envolvente de varias dulzainas.

Un ruido, al principio indeterminado y luego claramente identificable como ruido de batalla, interrumpió la falsa paz del harén. La música paró y el chocar del acero penetró las nubes de incienso, las chicas se arremolinaron asustadas, Turinia se sumó a ellas, los ojos fijos en las gruesas puertas de ébano que las separaban del mundo exterior; más allá, guardándolas, debían estar dos inmensos soldados, armados de pesados y relucientes alfanjes.

Algo golpeó la gruesa puerta haciéndola temblar, las chicas se escondieron en las habitaciones traseras.

Un gigantón de más de 2 metros hizo de ariete: entró a medio caer, tras ser lanzado contra la puerta, arrancando de cuajo el gran pestillo que aseguraba la puerta.

Le siguió un hombre de mirada feroz, Madair, empuñaba una espada ligera, saltó sobre el guarda derribado y se adentró en la sala perfumada. Nergol no tardó en seguirlo, en el pómulo le sangraba un corte, agarraba una pesada barra de madera (lo que quedaba del pié de una lámpara que había usado para partirle la cabeza al gigantón que tan amablemente había abierto la puerta).

Entrar, tropezar con el guarda caído, caer y levantarse y gritar a todo pulmón el nombre de Turinia fue todo uno.

Turinia, seguida de las 2 o 3 muchachas más valientes (o más curiosas), todas vestidas con la misma escasez de ropa, asomó la cabeza tras un tabique, una sonrisa deslumbradora iluminó su hermoso rostro. Antes de que hubiera dicho nada Nergol corrió hacia ella, la agarró brutalmente de la muñeca y tiró de ella sin contemplaciones.

-Larguémonos de aquí, ya!-

Fragmento 26 por Aragorn_II

Madair se quedó mirando unos instantes a Nergol mientras le quitaba la camisola y las botas a uno de los guardias muertos. No creía que un hombre como él estuviera dispuesto a arriesgar su pellejo por nada ni por nadie, pero estaba equivocado. Entonces, un leve gimoteo a su espalda le hizo olvidarse de Nergol y de Turinia, y se fijó en el resto de chicas del harén. Estaban más sorprendidas que él, y en los ojos de todas se podía ver el miedo que las atenazaba por completo. Sólo en algunas brillaba un pequeño destello de esperanza e ilusión. Aquellas muchachas le recordaron a Idhilade y al resto de chicas de aquel cargamento de prisioneras destinadas al harén de palacio. De no ser por la casualidad, porque algún soldado se fuera de la lengua mientras se emborrachaba en un bar, o porque el dueño de aquel sucio burdel de los bajos fondos de la ciudad hubiera comprado la información a alguien en palacio, Idhilade y el resto de aquellas chicas habrían acabado en ese mismo harén. Eso si hubieran tenido la suerte de gustar al visir, claro. Un golpe sordo le sacó de su ensimismamiento, y Madair vio a Nergol, ayudado por Turinia, intentando quitarle la chaqueta al guardia más corpulento. Sabía que no tenían mucho tiempo y que debían actuar deprisa, pero también sentía pena por aquellas muchachas que le miraban aterrorizadas.

-Está bien, las que queráis huir de estos muros y escapar de esta mísera vida, podéis venir con nosotros, pero no miréis atrás- dijo Madair imperiosamente. Todas titubearon, pero sólo dos se atrevieron a dar un paso al frente. Madair, seguido por las chicas, fue a la puerta del harén, donde Nergol le ofrecía a Turinia sin muchos miramientos la chaqueta del guardia corpulento.

-Es pleno invierno, si sales así al exterior no durarías mucho- le dijo Nergol a Turinia, quien cogió la chaqueta y se cubrió con ella a pesar del espantoso olor que desprendía.

-¿Quiénes son éstas?- dijo Nergol al ver a las dos chicas que acompañaban a Madair.

-Vienen con nosotros, y ya está. Ahora, ayúdame a cerrar las puertas del harén, no vaya a ser que alguien pase por aquí antes de tiempo y de la alarma. O que a alguna de estas aterrorizadas muchachas se le ocurra buscar a los soldados- replicó Madair.

Nergol asintió de mala gana, y entre los dos arrastraron los cuerpos de los guardias al interior del harén, no sin antes haberles quitado las llaves. Cerraron las pesadas puertas como pudieron, y cogiendo a Turinia y a las otras dos muchachas, corrieron por los pasillos de palacio. Por suerte no encontraron a nadie, ya que todos estaban distraídos con los acontecimientos que se desarrollaban en el exterior. Regresaron al túnel que llevaba a las mazmorras, y tras atrancar la puerta desde dentro, no tardaron en llegar al lugar en el que les esperaba Rosil con gesto serio.

-Ya era hora de que aparecierais… aunque ahora empiezo a comprender por qué teníais tanta prisa- dijo Rosil al ver a Turinia y a las demás.

-Eso no te importa. Salgamos de aquí de una maldita vez- replicó Nergol sin hacerle mucho caso.

-Vamos, ya hemos sacado a todos a los que veníamos a buscar. Los demás nos esperan en el patio del cuartel para salir de aquí- replicó Rosil.

Los seis corrieron por los túneles de las mazmorras hasta llegar a las escaleras que daban al patio del cuartel. Subieron por ellas, con Madair a la cabeza y Rosil cerrando el grupo. Cuando llegaron a la superficie, y mientras Nergol y las chicas salían al patio, Madair y Rosil se quedaron para cerrar y atrancar la puerta de acero, por si acaso alguien conseguía llegar a las mazmorras e intentaba seguirlos.

-¿Os envía Yijda?- preguntó Madair para la sorpresa de Rosil.

-Sí, ¿eres Madair?- respondió Rosil.

-Sí, lo soy. Cuando salgamos de aquí tengo que hablar de él y contarle lo que he averiguado- dijo Madair.

-Está bien- respondió Rosil.

Cuando los dos hombres salieron al patio, todo estaba preparado para la huida. Los prisioneros liberados que se encontraban en peor estado y los heridos habían subido a los carros, y con los más graves iba Firye. Por sentido común, Rosil ordenó que las dos muchachas que habían escapado del harén fueran también en ese carro, al cuidado de la Elfa. Habría dicho lo mismo de Turinia, pero Nergol la había subido a su caballo. Esta vez, los hombres de Rosil más experimentados conducirían los carros, y los demás irían a caballo. En total, debían haber liberado a unos cincuenta prisioneros, tal vez más. Por suerte en el cuartel había caballos suficientes para todos. Cuando estuvieron preparados, Rosil ordenó a dos de sus hombres que abrieran las puertas, y la pequeña caravana comenzó su marcha.

Las calles seguían vacías y en silencio, y no tardaron mucho en llegar a la Puerta Oeste de la ciudad. Varyamo se fijó en los dos guardias con los que habían hablado al entrar, que yacían inconscientes junto a la garita de guardia, aferrados aún a las botellas de vino de manantial que Rosil les había dado. Rápidamente dejaron atrás las aldeas que se extendían al Oeste de la ciudad junto a la ribera del Sirhelë y llegaron al mismo vado que ya habían cruzado varias veces en los últimos días. Tras cruzar el río, y como el terreno en la ribera Norte del Sirhelë era más escarpado y accidentado que en la ribera Sur, la caravana descendió a un estrecho valle flanqueado a la derecha por un pequeño grupo de colinas, lo suficientemente elevadas como para mantenerlos ocultos a los ojos de los centinelas de Adudran. Habían conseguido escapar.

-Aunque parezca increíble, lo hemos conseguido- le dijo Varyamo a Rosil, que en ese momento cabalgaban juntos.

-Sí, aunque no estamos completamente a salvo. Hasta ahora, el visir no se había preocupado mucho por nosotros, pero eso cambiará a partir de ahora. Seguro que dentro de algunas horas habrá varias patrullas buscándonos- replicó Rosil.

-Pero las cuevas son un buen escondite, no creo que nos encuentren allí- replicó Varyamo.

-Tal vez, pero no podemos arriesgarnos… Son un buen escondite para un grupo reducido, pero no para un grupo mayor. Debemos ir hacia el Norte, a las montañas. Allí encontraremos refugio seguro- replicó Rosil.

-Está bien. Entonces, ¿qué haremos cuando lleguemos con los demás?- preguntó Varyamo.

-Los demás estarán preparando los víveres y provisiones necesarias para el viaje. Nuestra marcha es ahora más lenta por los carros y los heridos, había pensado adelantarme para avisarles del éxito del rescate y ayudarles. Puedes venir conmigo si quieres- dijo Rosil.

-De acuerdo, iré contigo. Pero antes les comunicaré el cambio de planes al resto de mis compañeros- dijo Varyamo.

-Yo también iré con vosotros, tengo información importante que contarle a Yijda- dijo Madair, que se había acercado a Varyamo y a Rosil.

-¿Y tú quién eres?- respondió Varyamo con cierto recelo.

-No te preocupes, es de los nuestros. Iba en la caravana por una misión que le encargó Yijda- respondió Rosil.

Mientras Rosil y Madair se quedaron hablando unos momentos, Varyamo fue a ver a los demás y les habló del cambio de planes. A ninguno le hizo mucha gracia, sobre todo a Vilendil, ya que no pensaban continuar tanto tiempo con aquellos hombres. Esperaban que tras rescatar a Narudud, Eärondûr y Mazan pudieran seguir su camino hacia Sein Cair Andros sin más problemas ni inconvenientes. Pero al fin y el cabo, ahora que habían tenido que desviarse de su camino, la ruta más directa hacia su destino era cruzar las Ered Meneltobas por el paso cercano a Enyelost y seguir hacia el Noreste hasta Sein Cair Andros. Asi que todos aceptaron a regañadientes seguir con aquellos hombres hasta llegar a las montañas. Al cabo de un rato, Varyamo volvió a la cabecera de la caravana para encontrarse de nuevo con Madair y con Rosil, quien ya había informado a sus hombres.

-Muy bien, en marcha- dijo Varyamo, y los tres apretaron el paso y no tardaron en alejarse del resto de la caravana.

Fragmento 27 por Aragorn_II

A medida que pasaban las horas, el ánimo y el valor de aquellos que se habían reunido frente al palacio del visir comenzaron a flaquear. A primera hora de la mañana sus corazones estaban inflamados por la rabia contenida durante tantos años de maltratos y abusos, pero poco a poco, la gran mole de piedra que se alzaba silenciosa frente a ellos, el palacio del visir, símbolo de la corrupción y represión que vivía la ciudad, comenzó a hacer mella en todos los corazones. Al igual que la intimidatoria presencia de los soldados que lo custodiaban y que no habían cesado de acudir a lo largo de toda la mañana. Y la presencia amenazadora de cientos de arqueros situados en los tejados de todos los edificios que daban a la plaza, a la espera de una palabra del visir para causar una carnicería. Pero la orden nunca llegó, y el ímpetu de los allí congregados cesó, y poco a pocos todos regresaron atemorizados a sus hogares. A mediodía la plaza estaba completamente despejada, y los soldados se desplegaron en torno a la Ciudadela y la zona noble de Aguas Claras para impedir que algo así se pudiera repetir. Pero mientras los alrededores del palacio iban recuperando la normalidad y la paz se adueñaba nuevamente de las calles, el visir ardía de furia.

-¿Cómo se atreven esos harapientos muertos de hambre a presentarse de esta forma ante mi palacio? ¡Debería castigar esta ofensa como se merece! Demasiado tiempo ha vivido esta ciudad sin una buena sangría- vociferaba el visir mientras iba de un lado a otro recorriendo la sala de audiencias del palacio ante la incrédula y asustada mirada de sus más cercanos colaboradores, que no se atrevían a decir nada que pudiera contrariar a su señor.

-Sí, una buena sangría es lo que necesita esta ciudad. Semejante ofensa no puede quedar sin castigo. Y el castigo será severo. Sin duda, sería un gran espectáculo contemplar cómo mis arqueros acaban con todas las ratas insolentes que se agolpan a mis puertas, cómo intentarían huir mientras van siendo abatidas por las flechas- se decía el visir riendo, mientras sus hombres no se atrevían a decir o hacer nada. Sabían que era lo mejor que podían hacer cuando su señor estaba tan furioso.

Pero no, el visir sabía que no podía hacerlo. No podía ordenar el castigo que aquellos insolentes se merecían por la presencia en palacio de los miembros de la Orden del Puño Llameante. No podía ordenar la represión que habría ordenado en otras circunstancias, no si quería contar con ellos. Y los necesitaba para sus planes. Aunque en varios momentos le cruzó una idea por la cabeza, acabar también con aquellos malditos santurrones del desierto e ir a Haiddara a la cabeza de su ejército y tomar la ciudad, mientras arrojaba las cabezas de los miembros de la Orden a los pies del resto de integrantes del Puño Llameante. Pero se resistió a tan tentadora idea, sabía que podían ser muy útiles en sus planes, y que los necesitaba a su lado. Pero aquellos que habían organizado semejante ofensa debían pagar caro su atrevimiento. Sabía que había algunos en la ciudad que, a raíz del ejemplo del maldito Diladal, se oponían a él, un puñado de rebeldes que se escondían en algún lugar al norte del Sirhelë. Habían aprovechado la presencia en la ciudad de los miembros del Puño Llameante para organizar todo aquello, sabiendo que precisamente por la presencia de la Orden no habría un baño de sangre. Saffadar no les había prestado atención, había subestimado su decisión y los apoyos que tenían, y había pagado un precio muy alto por ello. Pero no volvería a cometer el mismo error.

Cuando el visir comenzaba a serenarse, al mismo tiempo que los congregados en la plaza la iban abandonando, recibió las noticias de lo sucedido en las mazmorras. Saffadar palideció, y durante unos momentos pareció no reaccionar. Sus hombres de confianza se miraron entre sí, atónitos, aunque su sorpresa sólo duró unos segundos. El visir le propinó al mensajero que había traído las noticias un fuerte golpe en el pecho que casi lo mata, y volvió a recorrer la sala de un lado a otro, vociferando, consumido por una furia más intensa que la anterior. Sus hombres de confianza ya no estaban sorprendidos, sino aterrorizados, pues nunca habían visto a su señor dominado por una cólera tan feroz como aquella. Pero además de la cólera y la furia que demostraban sus actos, el visir comenzó a sentir miedo, algo que no había sentido desde hacía mucho tiempo.

-¡Que todo el ejército se prepare para buscar a esas miserables ratas! Quiero que los hagan salir a todos de sus malditos escondites y que los traigan vivos a Adudran. Pero no para que sean ajusticiados en las sucias mazmorras, no… Deben ser ejecutados públicamente y de la forma más lenta posible, para que sufran hasta su último aliento. Y que sus cuerpos mutilados y desmembrados sean arrojados al río, que las aguas del Rio de Cristal se tiñan de rojo y lleguen al Ilcafalmar. Han de servir de ejemplo a todos en esta ciudad. Que Adudran se entere de cómo se trata a los traidores- exclamó el visir al cabo de un rato.

-Pero mi señor, eso no sería prudente- se atrevió a decir uno de sus hombres de confianza.

-¡No me importa la prudencia ahora mismo! Semejante afrenta debe ser vengada- rugió el visir.

-Pero mi señor, recapacitad. Después de lo que ha ocurrido no sería prudente dejar desguarnecido el palacio y la ciudad. ¿Y si eso es lo que buscaban? La afrenta debe ser vengada, decís bien mi señor, pero no podemos arriesgarnos a dejar la ciudad desprotegida, vulnerable a un ataque. Permitidme que de las órdenes apropiadas a un par de compañías de la guardia para que inicien la búsqueda de esos malditos traidores. Con cuatro compañías creo que será suficiente- volvió a decir el mismo hombre, para asombro de los demás.

Saffadar asintió, y pasado un rato, se sentó en el trono en silencio e intentó aclarar sus ideas. Pero antes, llamó a su hombre de mayor confianza y le ordenó que fuera a las mazmorras, a investigar lo sucedido. Sí, desde luego que había subestimado al grupo de rebeldes que había en Adudran. Y había pagado un precio muchísimo más alto de lo que había pensado en un principio. Entonces comprendió que todo lo que había pasado esa mañana, la congregación de la gente ante las puertas del palacio, sólo había sido una distracción para poder asaltar las mazmorras. Y esa idea preocupó aún más a Saffadar, pues indicaba que los rebeldes estaban mucho mejor organizados de lo que él creía. Y se preguntó si sólo era una casualidad que todo aquello hubiera pasado a la mañana siguiente de haber encerrado a los integrantes de la caravana de Nergol, o si ése había sido el detonante del asalto a las mazmorras. De haberlo sido, los rebeldes suponían un peligro muy grande para sus planes, y sus nervios y preocupaciones aumentaron. Se preguntó si alguno de ellos se había infiltrado en la caravana y si sabrían lo que contenían los barriles que había transportado Nergol. Y entonces recordó el ataque que había sufrido la caravana a manos de los Bassarâ, y se preguntó si los rebeldes y los supervivientes de los Elfos de Losanost estaban aliados de alguna manera. Y esa idea lo perturbó aún más. Saffadar pasó así un largo rato, angustiado por sus dudas y sus temores. Había tardado mucho en poner a punto sus planes, y ahora, cuando todo estaba dispuesto, algo con lo que no había contado podía acabar arruinándolo todo. Poco después llegó otro soldado a la sala de audiencias y se quedó en silencio contemplando al visir.

-¿Qué quieres?- dijo al fin Saffadar.

-Mi señor, temo que soy portador de malas noticias. Al parecer, durante la confusión de esta mañana, dos hombres consiguieron entrar en el palacio, llegaron hasta vuestro harén, y tras matar a los guardias, se llevaron a tres de las mujeres- dijo el soldado con voz temblorosa. A medida que iba hablando, los ojos de Saffadar volvieron a arder de rabia. -Una de ellas es la muchacha que ordenasteis llamar hace una semana- añadió el soldado.

Esto último hizo explotar al visir, que se levantó furioso y fue hacia el soldado a grandes pasos. -¿Pero de qué clase de inútiles estoy rodeado que ni son capaces de guardar mi propio palacio?- gritó el visir mientras agarraba del cuello al aterrorizado soldado. -¿Qué clase de escoria forma parte de la guardia de esta ciudad? Debería acabar con todos vosotros- continuó gritando el visir mientras seguía ahogando al soldado, que cayó de rodillas frente a su señor.

-Piedad, mi señor- murmuró el soldado con apenas un hilo de voz.

El soldado habría muerto allí mismo a manos de Saffadar de no ser por la llegada en ese mismo momento de Silar, el hombre de confianza del visir que había ido a las mazmorras.

-Mi señor, traigo noticias que debéis conocer- dijo Silar.

-Más te vale que sea algo importante y me complazca, o juro que yo mismo te arrancaré el corazón y se lo echaré a los perros- respondió el visir soltando al soldado, que cayó al suelo tosiendo y retorciéndose- -Lleváoslo de aquí- dijo a los soldados que esperaban en la puerta de la sala de audiencias, quienes obedecieron inmediatamente.

-Mi señor, no todos los guardias de las mazmorras murieron en el asalto. Uno sólo estaba herido, y le pregunté por lo que había pasado. Me dijo que no lo sabía, que de repente se encontró luchando con varios hombres que no sabía de dónde habían salido- dijo Silar.

-¿Y qué? Estás agotando la poca paciencia que me queda…-replicó el visir, aunque en el fondo le interesaba mucho lo que Silar tenía que contar.

-No reconoció a ninguno de los asaltantes, pero me dijo que uno de ellos, un hombre joven, rubio y delgado, llevaba una túnica blanca, y en el pecho llevaba algún tipo de insignia bordada en tela roja- dijo Silar.

-¿Estás seguro de eso?- preguntó el visir.

-Sí mi señor. Las heridas del soldado eran graves, pero vivirá. Teniendo en cuenta lo que ha visto, he dado orden de que lo lleven al médico de palacio, para que sea bien atendido- dijo Silar mientras Saffadar asentía en silencio.

–Además, los miembros de la Orden del Puño Llameante llevan toda la mañana quejándose de que su hermano Atâva parece haber desaparecido. No se reunió con ellos al alba, y parece no haber dormido en sus habitaciones- añadió Silar.

Saffadar no dijo nada pero sonrió complacido. Parecía que después de todo, la fortuna le había sonreído aquella mañana. Todavía podía aprovecharse de todo aquello para su propio beneficio.

-Silar, convoca a los miembros de la Orden del Puño Llameante en la sala del consejo. Diles que iré enseguida y discúlpate en mi nombre por no haberles atendido antes- dijo Saffadar riendo.

Una hora después, Saffadar llegó a la sala del consejo donde le esperaban todos los miembros de la Orden del Puño Llameante, que lo esperaban con expresiones agrias y contrariadas. Sabía que era un momento crucial y que no podía fallar, que el éxito de sus planes dependía en buena medida de lo que ocurriera en esa sala. Asi que a pesar de las miradas de desaprobación y los gestos hoscos que le dirigían, Saffadar les habló con su mejor talante.

-Mis señores, lamento profundamente haberles descuidado y no haberles atendido como se merecen, pero ha sido una mañana muy agitada y convulsa, como sin duda habrán comprobado- dijo el visir.

-Sí. ¿A qué venía todo aquello? Me temo que sus palabras de anoche estaban vacías y se alejaban bastante de la verdad- dijo uno de los miembros de la Orden.

-Entiendo que piensen así, y de estar en su lugar yo mismo pensaría igual. Pero ayer les dije que nuestros enemigos esperaban al menor signo de debilidad para atacarnos, y así ha sido. Se han infiltrado en la ciudad y han manipulado el descontento del pueblo para utilizarlo como un arma contra mi. Créanme, yo comprendo a todos aquellos que han expresado esta mañana su descontento, y me duele profundamente que nuestros enemigos hayan utilizado así su dolor, sin ningún miramiento- dijo el visir lo más conciliador posible.

-¿Qué sus enemigos han utilizado el dolor de su propio pueblo contra vos?

¿Nos está diciendo eso realmente?- preguntó otro de los miembros del Puño Llameante.

-Mucho me temo que así es. En el pasado he sido demasiado blando, he permitido demasiados abusos, pensando que para acabar con el sufrimiento de esta ciudad se necesitaba una mano bondadosa. Pero he aprendido que estaba en un error, y he pagado muy cara mi equivocación. Lo que hace falta en Adudran, y en todo Firindor, es una mano dura para imponer el orden. ¿O es que acaso consiguieron imponer el orden en Haiddara sin tener que recurrir a las espadas?- dijo el visir, y se alegró al ver como varios miembros de la Orden del Puño comenzaban a murmurar entre si. –Pero me estoy desviando, discúlpenme. Sí, les digo que nuestros enemigos han manipulado el dolor del pueblo de Adudran. Porque mientras yo ordenaba a todas las guarniciones que enviaran refuerzos al palacio para custodiarlo, y también a la zona de Aguas Claras para proteger a los inocentes, temiendo que la multitud quisiera asaltar las casas de los nobles de Adudran, un grupo de nuestros enemigos atacó uno de los cuarteles de la guardia, accedió a las mazmorras de la ciudad, y liberó a muchos prisioneros peligrosos. ¡Eso es lo que he obtenido por querer proteger a mi pueblo! Decenas de mis soldados muertos, y algunos de los criminales más peligrosos de la ciudad liberados- añadió Saffadar aparentemente compungido.

-¿Es eso cierto?- preguntó otro de los miembros de la Orden del Puño.

-Sí, así es. Pero eso no es lo peor de todo. Y sé que lo que les voy a decir les va a causar una gran conmoción, y que no tienen ningún motivo para creer en mis palabras. Pero sólo pido el beneficio de la duda- dijo el visir e hizo una pausa, pero nadie habló. –No todos los guardias de las mazmorras murieron en el ataque. Uno de ellos sobrevivió, aunque sus heridas son graves. Le dijo a uno de mis hombres de confianza que vio a uno de los atacantes, un muchacho joven, de pelo rubio, que llevaba una túnica blanca con una insignia roja bordada junto al corazón. Temo que pueda ser Atâva- añadió el visir, ante la indignación general.

-¡Eso es imposible!- gritaron algunos.

-¡No hemos venido aquí a que se insulte a uno de nuestros hermanos!- gritaban otros.

-¡Esto es intolerable, todo Firindor sabrá de este ultraje!- gritaban otros.

-Mis señores, se lo suplico, cálmense. Permítanme que me explique, y después, si no me creen, serán libres de marcharse. Sólo pido poder explicarme- dijo el visir pasados unos minutos en un tono lo más conciliador posible.

-Está bien. Le permitiremos que hable. Debe explicar semejante acusación- dijo uno de los miembros de la Orden del Puño.

-Se lo agradezco profundamente. No era mi intención insultar a la Orden del Puño Llameante, todos sabemos que es la institución más recta y honorable de estas tierras. Pero tampoco puedo negar los hechos, y confío en la palabra de mis hombres. Nunca se me ocurriría acusar a su Orden, pero la descripción del guardia parece ser la de Atâva. Además, ¿alguien le ha visto esta mañana?- dijo el visir, e hizo una pausa, y vio la duda en los ojos de muchos. –De madrugada regresó a palacio, escoltado por dos de mis hombres, y algunos sirvientes juran que le vieron dirigirse a sus habitaciones-

-¡Es cierto! Yo le vi llegar a palacio a altas horas de la noche desde el balcón de mis habitaciones- dijo uno de los miembros de la Orden del Puño Llameante.

-¿Y no le pareció extraño? ¿No le pareció extraño que nada más regresar de un viaje como el que nos relató tuviera que ir rápidamente a ver a alguien en la ciudad? Es que acaso después de tantas penurias, ¿un miembro de la sagrada Orden del Puño Llameante no se merece unas horas de descanso? ¿Qué era tan urgente que reclamaba su atención? Desde luego, no devolver una bolsa de cuero con unas pocas monedas, no después de todo el sufrimiento y el dolor pasados durante su travesía- dijo el visir, y muchos de los que le escucharon asentían en silencio.

-Algo extraño hay en todo esto, sin duda- dijo otro de los miembros de la Orden del Puño.

-Así es, y eso que no lo sabéis todo aún. Al saber lo ocurrido, quise cerciorarme, no podía creer que un miembro de su Orden hubiera perdido el juicio de esa manera, y ordené llamar al Hobbit al que Atâva fue a ver anoche. Y para mi sorpresa, mis hombres no han podido dar con él. Su casa está vacía, y nadie lo ha visto desde anoche. ¿No es esto sospechoso?- dijo Saffadar, y vio complacido cómo las murmuraciones aumentaban. –Sí, algo muy extraño hay en esto. ¿Y acaso no lo hay también en el ataque que sufrió la caravana? ¿No es extraño que la zona más castigada por esos misteriosos atacantes fuera en la que no se encontraba Atâva? ¿No es raro que cuando Atâva lideró el ataque contra sus misteriosos asaltantes, éstos desaparecieran sin más, sin presentar batalla? ¿No es extraño que de todos los asaltantes, sólo pudiera ver a esa misteriosa Elfa que nos describió Atâva y que se había unido a la caravana con anterioridad? Elfos… una raza peculiar sin duda, y en la que no se puede confiar. Son demasiadas preguntas comprometidas que no tienen una respuesta clara, ¿no están de acuerdo?- preguntó el visir.

-Sí, lo cierto es que creo que Atâva tiene muchas cosas que aclarar… o de las que responder- dijo uno de los miembros del Puño Llameante.

-Sería bueno hablar con los otros supervivientes de la caravana- dijo otro.

-Me temo que eso no es posible. Todos han muerto. Y es que el cuartel que han asaltado esta mañana para acceder a las mazmorras es el mismo al que mis soldados los llevaron anoche. Y los asaltantes no tuvieron misericordia alguna. No es mi intención sembrar o prestar oídos a rumores maliciosos, pero lo cierto es que los hechos apuntan a que de alguna forma, Atâva parece estar implicado en asuntos turbios. Son demasiadas casualidades, y yo no creo en las casualidades. ¿Acaso Atâva ha sido tentado por un grupo de criminales, que lo han seducido con promesas de una vida más opulenta que la de un soldado del desierto? Y si alguien tan recto como un día lo fue Atâva ha caído en la tentación y se ha corrompido, ¿acaso les sorprende que hombres más débiles puedan sucumbir? Hoy he visto muy claro que lo que necesita esta ciudad, y todo Firindor y todo Ambaron es una mano firme y fuerte que imponga el orden y acabe con el caos reinante. Nuestros enemigos no tienen piedad ni misericordia, no paran de hostigarnos y no se detendrán ante nada para triunfar. Para vencerlos nosotros tampoco debemos mostrar piedad o misericordia, debemos ser firmes y no vacilar en nuestro cometido. Aquellos que se nos opongan deben ser eliminados- les exhortó el visir, que contempló complacido cómo sus palabras habían inflamado los corazones de muchos de los miembros de la Orden del Puño Llameante.

[Editado por Aragorn_II el 18-07-2011 23:12]

Fragmento 28 por Aragorn_II

Capítulo 2: Un Viaje Hacia el Norte

Apenas dos horas después de dejar al grupo, Varyamo, Rosil y Madair llegaron al valle en el que tenían su escondite los hombres de Yijda. Habían cabalgado deprisa ya que no había ni un minuto que perder, pues sabían que el visir de Adudran no tardaría en ordenar a varias de las compañías de la guardia de la ciudad que fueran en su busca. Descendieron hasta llegar a la garganta de piedra en la pared y avanzaron por el laberíntico sendero lo más deprisa que pudieron. En el mismo momento en que llegaron a la cueva donde se ocultaban Yijda y los demás, el visir de Adudran se reunía con los miembros de la Orden del Puño Llameante en la sala del consejo de palacio.

-Ya os dije que estarían preparándose para la marcha- dijo Rosil al llegar, refiriéndose a los hombres que cargaban provisiones en los caballos junto a la entrada de la cueva.

Los tres hombres desmontaron y se dirigieron al interior de la cueva, esquivando a varios hombres cargados con pesados fardos que se dirigían hacia la entrada de la cueva. Avanzaron hasta llegar a la misma sala a la que les habían conducido el día anterior. Allí estaban Yijda y varios hombres más, además de Tud Jansen, y aquel Elfo pálido que habían conocido la noche anterior en el almacén de Adudran. Después de que hubieran preparado todo para el rescate, el Hobbit, Terrloz y el joven soldado que había desertado habían abandonado la ciudad para ir a las cuevas.

-Me alegra ver que estáis bien, pero, ¿y los demás?- preguntó Yijda cuando los vio entrar.

-Están de camino, no creo que tarden más de una hora en llegar. Todo ha salido bien, sólo nos adelantamos para avisaros de nuestro éxito y para ayudaros a preparar la marcha hacia el norte- respondió Rosil.

-Vuestra ayuda será bien recibida- dijo Tud Jansen.

-¿Y dónde vamos a ir? Rosil sólo ha dicho que iríamos al Norte, que encontraríamos refugio seguro en las montañas- preguntó Varyamo.

- Tud, Terrloz id con los demás a preparar los víveres para el camino. Madair, ve con ellos también- dijo Yijda, mientras el Hobbit, el Elfo y los otros hombres abandonaban la sala, quedándose sólo el anciano con los recién llegados.

-Pero Yijda, hay algo muy importante que tengo que contaros- dijo Madair.

-No te preocupes, Taurigale pasó por aquí cuando se separó de la caravana y nos lo contó todo- respondió Yijda.

-No os lo pudo contar todo, después de que se marchara nos atacaron, y creo saber quiénes son los responsables- dijo Madair.

-Bueno, ahora no es el momento de hablar de eso. Además, nuestro amigo- dijo Yijda mirando a Varyamo- se está impacientando. De todas formas, quédate con nosotros-

-¿Y bien? ¿Cuál es ese refugio en el que estaremos a salvo de las tropas del visir? Seguro que ya han empezado a buscarnos- dijo Varyamo.

-Sin duda si no lo han hecho ya, estarán a punto. Respondiendo a tu pregunta, a unos nueve días de camino hacia el Norte, guardando un paso entre las montañas, se alza una gran ciudad de altos muros, abandonada desde hace cien años- dijo Yijda.

-¿Te refieres a Enyelost? No podemos refugiarnos en ella, es imposible traspasar sus muros- replicó Varyamo, para sorpresa de Yijda, Madair y Rosil.

-¿Cómo sabes su nombre?- preguntó Madair sorprendido.

-Claro, eso explicaría muchas cosas…- murmuró Yijda, quien empezó a sospechar que Varyamo y sus compañeros podían ser descendientes de los habitantes del Reino Unificado.

-¿Qué has dicho?- preguntó Varyamo.

-Nada, nada, ahora no importa. Pero sí, tienes razón, es imposible buscar refugio tras sus muros. Pero alrededor de la ciudad hay muchas pequeñas aldeas abandonadas también, que sin duda otrora habitaron campesinos y granjeros. Ese es nuestro refugio. Hace un par de años, decidimos reconstruir varias de estas casas y granjas para utilizarlas como refugio de emergencia. Están bien aprovisionadas de agua y víveres, y en ellas también guardamos muchas armas. Creo que allí estaremos todos a salvo- respondió Yijda.

-No lo entiendo, ¿cómo en unas granjas vamos a estar a salvo de los soldados de Adudran?- preguntó Varyamo.

-Los soldados de Adudran nunca se aventuran tan al Norte, nunca se acercarían a las montañas. Créeme, lo sé. Durante algunos años, las Ered Meneltobas fueron refugio de bandas de ladrones, criminales y proscritos de toda clase- respondió Madair.

-¿Pero por qué los soldados no nos seguirían tan al Norte?- volvió a preguntar Varyamo.

-Me sorprende que no adivines el por qué, si es que estoy en lo cierto acerca de tu origen y el de tus compañeros. Pero dejemos eso por ahora. Hace cien años, el emperador Haddar partió de Adudran con un gran ejército para atacar a un antiguo Clan que se asentaba al norte del río Sirhelë. A unas cuarenta millas al norte de donde estamos ahora, se libró una gran batalla en la que el ejército del emperador fue derrotado y prácticamente aniquilado por completo, y en la que el propio Haddar murió. Aquella derrota trajo el caos al imperio, ya que Haddar no tenía un heredero que lo sucediera, y el imperio se desmembró. Uno de los generales de Haddar que sobrevivió a la batalla, al llegar a Adudran tomó la ciudad con sus hombres y se proclamó sultán. Algunos de los otros generales lo apoyaron, viendo en él a un nuevo emperador. Pero los gobernadores de las otras ciudades del imperio no lo aceptaron, y así es como en cada ciudad se proclamó un sultán. Y durante algunos años guerrearon entre sí, debilitándose aún más, y los sueños de conquistar los territorios al Norte del río Sirhelë se olvidaron- dijo Yijda.

-Bueno, pero eso no lo explica del todo- replicó Varyamo.

-Lo sé, y ahora te explicaré el por qué los soldados de Adudran no se aventurarían nunca tan al Norte, si me dejas terminar. Aunque la doctrina oficial de la ciudad no da ningún detalle sobre la batalla, existe una leyenda que habla sobre lo que ocurrió aquel día, y es bien conocida por todos los soldados y capitanes de Adudran. Se dice que hubo un momento en el que la victoria parecía cercana para Haddar y su ejército, pero que entonces llegó una gran compañía de soldados del Norte, y uno de ellos esgrimía una espada negra terrible, que no sólo segaba vidas, sino que atrapaba las almas de aquellos a los que mataba en su interior para una condenación eterna. Y fue la espada negra la que abatió al mismo Haddar, y fue el temor a aquella espada y la furia de aquellos soldados llegados del Norte los que hicieron retroceder por primera vez al ejército imperial. Los supervivientes de aquella batalla que lograron llegar a Adudran trajeron consigo un temor innombrable hacia los soldados del Norte, temor que no tardó en extenderse entre los guardias de la ciudad. Aunque desde entonces los sultanes han intentado eliminar todo rastro de lo sucedido en aquella batalla de la doctrina oficial, aún hoy los soldados miran con miedo al Norte, y son incapaces de acercarse a las montañas, pues un terror profundo e irracional los invade, y temen despertar de nuevo la furia del Norte y de la espada negra. Y no hay amenaza alguna capaz de hacerlos avanzar más allá de lo que avanzó Haddar hace cien años- dijo Yijda.

Al escuchar las palabras del anciano, un escalofrío recorrió a Varyamo, y deseó llegar cuanto antes a Sein Cair Andros y conocer todo lo que le ocurrió a su padre en los años que pasó allí, y en si había participado en aquella batalla. Si la leyenda era cierta, la espada negra de la que hablaba Yijda sólo podía ser Tormentosa, la bebedora de almas, pero era imposible que nadie la hubiera podido empuñar.

-Es un viejo mito difícil de creer, pero que nos viene muy bien. No seré yo el que anime a los soldados de Adudran a aventurarse tan al Norte- dijo Rosil con una sonrisa.

-Yo no dudaría de la leyenda, sólo de que esa furia vuelva a levantarse- intervino Madair, quien había guardado silencio recordando los días en que vio la hermosa e imponente ciudad de Enyelost por primera vez.

-Yo tampoco dudaría de esa leyenda. Ni de que esa furia, llegado el momento, pudiera volver a despertar- añadió Varyamo.

-Bueno, dejemos eso por ahora. Estamos de acuerdo en que encontraremos un refugio seguro en las granjas de los alrededores de Enyelost. No perdamos más tiempo y preparemos la marcha- dijo Yijda, y los demás asintieron.

-Tenemos que hablar- dijo Madair cuando Rosil y Varyamo se marcharon.

-Ahora no es un buen momento, no hay tiempo que perder- respondió Yijda.

-Es muy importante. Taurigale me habló acerca de los Elfos de Losanost, y de que de alguna forma trabaja con ellos- dijo Madair.

-Así es, desde hace algún tiempo trabajamos juntos. Dejaron atrás sus rencores hacia todos los habitantes de Adudran y decidieron colaborar con nosotros puesto que perseguíamos el mismo fin que ellos, acabar con el visir- respondió Yijda.

-También me habló de una facción llamada los Bassarâ, ¿forman parte de los supervivientes de Losanost?- preguntó Madair de nuevo.

-Sí, son una de las cuatro compañías de su menguado ejército. ¿Por qué lo preguntas?- preguntó Yijda intrigado.

-Porque si trabajamos juntos para lograr un mismo fin, entonces, ¿por qué atacaron la caravana? ¿Por qué asesinaron a tantos hombres, mujeres y niños inocentes?- preguntó Madair indignado.

-¿Qué?- preguntó Yijda descolocado.

-En la caravana también viajaba una Elfa llamada Cararë, que Taurigale me dijo que pertenecía a los Bassarâ. Y después, el soldado de la Orden del Puño Llameante que viajaba en la caravana nos dijo que Cararë formaba parte de los que nos asaltaron aquella noche. Y entonces recordé las antiguas historias que contaban algunos soldados de la guardia de Adudran, sobre los ataques a caravanas, y todo cobró sentido- replicó Madair.

-Es difícil de creer… Sabía que habían atacado algunas caravanas en el pasado, caravanas de pertrechos militares o que transportaban cargamentos especiales para el visir, pero… Además, Taurigale me dijo que antes de abandonar la caravana habló con Cararë y le contó lo que transportaba Nergol en sus barriles. Los Bassarâ siempre han sido los más radicales, pero nunca pensé que llegarían a algo así… Debieron asustarse al pensar lo que podría hacer el visir con semejante cargamento-dijo Yijda.

-O se emocionaron al pensar lo que ellos podrían hacer con semejante cargamento. Si hubieran querido destruirlo, lo podrían haber hecho fácilmente. Prácticamente toda la caravana fue destruida, menos los carros de Nergol. Creo que querían matarnos a todos y hacerse con los barriles, y estuvieron a punto de conseguirlo- dijo Madair.

-Bueno, bueno… Ya te digo que ahora no es el momento de hablar de estos asuntos. Cuando lleguemos a Enyelost será el momento de hablar, y sin duda hay muchos asuntos que tratar. Una gran amenaza se cierne sobre todos nosotros, y si no nos unimos y actuamos con rapidez, será el fin- dijo Yijda, y Madair asintió.

Después de hablar con Yijda, Madair fue a ayudar a los demás a preparar las provisiones para el largo camino hacia el Norte. Cuando todo estuvo dispuesto, Yijda, Varyamo, Madair, Rosil, Tud Jansen y los demás abandonaron la cueva y avanzaron por el tortuoso sendero excavado en la roca. A medio camino se encontraron con Anso, que llegó para avisarles de la llegada de la caravana. Al verle acercarse, Madair lo miró con desprecio, aunque afortunadamente para todos, el Elfo no lo advirtió. Al cabo de un rato, por fin salieron al valle donde se encontraron con los demás, y entonces Yijda les habló a todos sobre el camino que debían emprender, que allí no estarían a salvo, y que sólo en las montañas encontrarían un refugio seguro. Todos estuvieron de acuerdo con sus palabras, y sin perder más tiempo, reanudaron la marcha enseguida. Vilendil entonó un canto, y a los pocos minutos descendió de las alturas Soroni, el águila de lomo plateado. El Medio Elfo le susurró algunas palabras, y después Soroni alzó el vuelo una vez más.

-¿Soroni ha visto algo?- le preguntó Eärondûr, que viajaba a su lado.

-Sí, varias compañías de soldados salieron hace menos de una hora de Adudran. Una de ellas se dirigió al Sur, y las otras dos cruzaron el Sirhelë, pero ninguna ha seguido nuestro rastro. Aún- respondió Vilendil.

-Es una buena noticia. Cada vez dudo menos de que sea cierta la leyenda que me contó Yijda- añadió Varyamo, y les contó lo que le había narrado el anciano.

-No, yo tampoco dudaría de ello- replicó Vilendil cuando Varyamo terminó de hablar.

[Editado por Aragorn_II el 21-08-2011 22:24]