Historia pública

Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada

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Descripción

Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada

Fragmento 15 por Thauld

La casa de Tud Jansen se encontraba cerca del muro, en una zona modesta reservada a mercaderes y oficios que se ganaban la vida lo suficiente para vivir, lejos de los lujos de los escasos privilegiados de su sector, que vivían en la zona acomodada y noble de Aguas Claras.

La sorpresa que se llevo Atâva cuando se abrieron para ella las puertas de su casa fue notable. Nadie le había advertido de que se encontraría allí con un mediano, un personaje que a ella siempre le había parecido de cuento, y que según se creía se encontraban muchas más al Oeste y bastante más al Norte. El mediano en cambio hizo caso omiso de faz perpleja - ¿Que se le ofrece?

-¿El señor Tud Jansen? Quisiera devolverle esta bolsa de oro...-

-Soy yo. Muy amable- respondió el hombrecito tomando la bolsa de oro de sus manos sin dejarla terminar siquiera.

-El visir nos envía también a averiguar cómo va el trabajo que le encomendó- señaló uno de los dos guardias que la habían acompañado, aprovechando la interrupción del mediano.

-Ah, si. Los planos. ¡Terrloz!- llamó el mediano, tras lo cual apareció a su lado un hombre encapuchado, flaco y extremadamente pálido, al que se le notaba que por trabajo no le solía dar demasiado la luz del sol. -Por favor, lleva a estos guardias a recoger los planos del visir. Mientras nosotros esperaremos aquí mientras le sirvo a este buen hombre una taza de té por todas las molestias que se ha tomado.-

Cuando los guardias se hubieron marchado y se pudieron acomodar en un par de sillones mientras aguardaban su regreso, el mediano volvió a hablar.- No tengo mucho tiempo, así que seré conciso ya que quizás no se me presente una mejor oportunidad. ¿Es usted el soldado del Puño que llegó recientemente con una caravana que fue atacada en el desierto, no es cierto?

-Sí-

-¿No le preocupa cómo se encuentra aquellos afortunados que consiguió hacer llegar con vida?-

-Claro. Sin embargo, fui convocado a palacio. Los dejé a buen recaudo en uno de los cuarteles de la guardia. Mañana trataré de visitarlos.-

-Y mañana ese intento será frustrado por el visir, desde luego. Aquellos que os acompañaron, los que vivan, se encuentran ahora en prisión, esperando ser ejecutados por la mañana.- Tud hizo una pausa intencionada mientras observaba la reacción de Atâva. -Si no me cree, le invito que esta noche espere en este lugar- dijo enseñándole lo que era un plano de palacio excelentemente dibujado.- De lo contrario, estoy seguro que el visir encontrará alguna razón por la que no encuentre sus compañeros, como que han sido alojados en buenas casas mientras dure su estancia, y más tarde que los habrá devuelto a su lugares de origen con una guardia de honor escoltándole el camino. Le invito a conocer el verdadero Adudran que el visir oculta a sus hermanos. Una oferta, que solo durará una noche.-

Fragmento 16 por Aragorn_II

Atâva estaba sorprendida e intrigada por las palabras del Mediano. Antes de que pudiera decir nada, se escuchó un ruido en la habitación trasera, el crujido de los tablones de madera bajo las pesadas botas de los soldados que regresaban con la mercancía que habían ido a buscar. Antes de que llegaran, el Hobbit se puso de pie tranquilamente y se inclinó hacia el soldado de la Orden del Puño Llameante.

-Coja este plano y espéreme en el punto que le he señalado dentro de tres horas- dijo Tud Jansen. Atâva, que aún no salía de su asombro, cogió el plano y lo guardó bajo su túnica justo un instante antes de que el pálido ayudante del Hobbit atravesara la puerta de la habitación contigua seguido por los soldados.

-Ah Terrloz, veo que ya lo tienen todo, estupendo. Estoy seguro de que el visir sabrá apreciar un trabajo de calidad… Y que lo recompensará justamente- dijo Tud Jansen.

-Mediano, el pago por tus servicios se realizará del modo acostumbrado, el visir debe dar su conformidad a los planos- dijo uno de los guardias con tono despectivo.

-Seguro que lo hará- se limitó a responder el Hobbit mientras Atâva se ponía en pie –Y muchas gracias a vos por devolverme la bolsa robada, pocos hombres harían un viaje tan largo y pesado por algo así. Y aún menos los que postergarían el merecido descanso para cumplir con el deber autoimpuesto, eso os honra Atâva-

-Sólo he cumplido con mi deber, como haría cualquier miembro de mi Orden- respondió Atâva.

-Mi señor, debemos regresar al palacio cuanto antes- dijo uno de los soldados.

-Vamos pues- respondió Atâva.

Recorrieron rápidamente las silenciosas y oscuras calles de Adudran, aunque en esta ocasión Atàva les prestó más atención, observándolas cuidadosa y discretamente, escudriñando las sombras, casi como buscando algo extraño, algo fuera de lugar, algo que diera más crédito a las palabras del Mediano; unas palabras que no podía quitarse de la cabeza. No pasó nada en su camino de vuelta a palacio, aunque a Atâva le llamó la atención la forma tan despreocupada de caminar de los soldados, sin cautela alguna, como si no temieran ser emboscados. Algo extraño, pensó ella, cuando se recorre de noche las calles de una ciudad tan peligrosa como Adudran, y aún más cuando custodiaban una mercancía valiosa encargada por el visir, además de a uno de sus invitados de honor. “Quizás nadie en esta ciudad, ni aún los peores rufianes y asesinos, se atrevería a asaltar a dos soldados de la guardia”, pensó Atâva.

-Debemos entregarle estos planos al visir de inmediato, Gedin le llevará a sus aposentos- dijo uno de los soldados al llegar a palacio.

-Antes me gustaría hablar con el visir, tengo unos asuntos que discutir con él- replicó Atâva.

-Eso es imposible, el visir ordenó que nadie lo molestara esta noche- respondió el soldado lo más cortésmente que pudo.

-Debo hablar con él de inmediato, es sobre los supervivientes de la caravana de Hamad- replicó una vez más el soldado de la Orden del Puño Llameante.

-Lo siento mucho, el visir me dio órdenes estrictas, y al igual que vos, yo también me debo a mi deber- respondió el soldado –Aún así, creo que puedo saciar vuestra curiosidad. El visir, quizás previendo que vos querríais más información sobre esos pobres desdichados, me hizo saber que están siendo alojados en uno de los palacios de uno de sus más cercanos consejeros. Y como la mayoría de ellos viven en Dassart, cuando se hayan repuesto, serán escoltados de regreso por una compañía de la guardia. Por tanto, no debéis preocuparos más por ellos, ahora están bajo la protección y el amparo del visir de Adudran-

-Muy bien. Por favor, transmítanle al visir mi gratitud personal por todos sus esfuerzos- respondió Atâva.

-Así lo haremos, buenas noches mi señor- dijo el soldado despidiéndose y encaminándose a las escaleras que llevaban a las estancias personales del visir.

-Acompáñeme, le enseñaré sus habitaciones- dijo Gedin.

Mientras avanzaban por los pasillos del palacio, Atâva recordó las palabras de Tud Jansen y comprendió que había mucha más verdad en ellas de lo que había pensado en un principio. Cuando llegaron a su aposento, Gedin se retiró con una reverencia, dejando sola a Atâva. La habitación, iluminada débilmente por cuatro lámparas de aceite, era amplia y lujosa. Atâva la examinó con cierto desdén, pues como buen soldado de la Orden del Puño, estaba mucho más acostumbrada a aposentos pequeños y espartanos, en los que se sentía más a gusto que en grandes y suntuosas habitaciones como aquella. Se sentó en la cama y reflexionó sobre todo lo que había pasado aquella noche. Desconfiaba de los actos y las palabras del visir, y no entendía por qué utilizaba los ataques a las caravanas para retener a sus hermanos en palacio. Por lo que había visto, y por las historias sobre Adudran que había escuchado a los hombres de la caravana, no creía que nadie en la ciudad se atreviera a atacar a un soldado de la Orden del Puño Llameante. Algo extraño había en todo eso, ahora parecía claro que el visir ocultaba algo, y la única persona que podía arrojar algo de luz era aquel misterioso Mediano. Tal vez, las vidas de aquellos a los que había guiado con mucho esfuerzo y sufrimiento volvían a estar en sus manos. Sacó el plano que le había entregado Tud Jansen, y buscó el lugar en el que se encontraba. Aunque habían dado muchas vueltas hasta llegar a sus habitaciones, el sentido de la orientación de Atâva era extraordinario, y no tardó en ubicar su aposento en el mapa.

Después de esperar poco más de una hora en su habitación, Atâva se dirigió al lugar indicado por Tud Jansen, que parecía ser una especie de almacén situado en el sótano del palacio. Atàva recorrió los pasillos sigilosamente, ocultándose entre las sombras y pasando desapercibida para las pocas personas que encontró a su paso, la mayoría guardias borrachos que perseguían a muchachas ligeras de ropa que salían corriendo de algunos salones en los que parecían celebrarse unas fiestas desenfrenadas. “Parece que la sobriedad del visir se limita únicamente a sus palabras”, pensó para sus adentros Atâva después de echar una ojeada a una de esas estancias. Sin demasiados problemas, el soldado de la Orden del Puño encontró unas escaleras por las que descender al sótano. Continuó avanzando por los corredores hasta que llegó a una verja de hierro forjado que le cerraba el paso. Atàva consultó el plano esperando encontrar alguna otra forma de alcanzar el punto indicado por el Hobbit, pero no encontró ningún otro camino. Buscó entre sus ropas, y con una pequeña esquirla de metal forzó fácilmente la cerradura de la verja. Tras abrirla, comprobó que aquellos corredores parecían estar abandonados y completamente a oscuras, y por tanto buscó en las estancias cercanas alguna antorcha. No tardó en hallar una, y tras volver a cerrar la verja, prosiguió su camino. Poco después, finalmente llegó al lugar indicado por Tud Jansen, una especie de almacén abandonado en el que el polvo se amontonaba por todas partes. Tras cerrar la puerta y apagar la antorcha, Atâva esperó pacientemente en la penumbra la llegada del Mediano. Al cabo de un rato escuchó ruido proveniente de uno de los muros, y unos pocos segundos después, oyó un golpe seco, como el de un mecanismo oxidado que alguien intenta hacer funcionar otra vez. Atâva se acercó al muro, y poco después éste empezó a girar, acompañado por un chirrido metálico estridente. De la abertura se filtraba una débil luz, y cuando ésta fue lo suficientemente grande, de ella apareció Tud Jansen con una antorcha en la mano.

-Bien, veo que habéis aceptado mi invitación- dijo el Hobbit al ver a Atâva.

-Así es… Creo que en esta ciudad ocurren cosas muy extrañas, más de lo que yo o cualquiera de mis hermanos podíamos sospechar. Y estoy convencido de que el visir no nos ha contado todo lo que sabe- respondió Atâva.

-Si hay algo seguro en este mundo, es que el visir nunca os contaría toda la verdad. Tiene demasiado que ocultar. Esta ciudad es lo que es en buena parte gracias a sus actos. Pero éste no es un lugar para hablar de estas cuestiones. Aunque esta zona del palacio está abandonada, hemos hecho mucho ruido al abrir esta antigua puerta secreta, y haremos aún más al cerrarla. Además, este túnel es uno de los más viejos de Adudran, y me temo que puede venirse abajo en cualquier momento. Pero claro, de no estar abandonado y olvidado por casi todos, nunca lo habríamos podido utilizar- dijo el Hobbit con una sonrisa.

-¿Y a dónde vamos?- preguntó Atâva recelosa.

-Primero a mi casa, donde nos encontraremos con alguien al que creo que le interesará conocer- dijo el Mediano.

-Sea- respondió Atâva con firmeza.

A duras penas Atâva pudo pasar por la abertura de la puerta, y mientras los hombres que habían acompañado a Tud Jansen se esforzaban por volver a cerrarla, el Hobbit guió al soldado de la Orden del Puño a través de los túneles, aunque la mayoría de aberturas que se abrían a uno y otro lado del pasadizo principal estaban cegados. Avanzaban rápidamente, aunque a Atâva no dejaba de sorprenderle la agilidad con la que se movía Tud Jansen. Al cabo de un rato, y después de algunos sustos debido a la inestabilidad del túnel, finalmente llegaron a un tramo mucho más seguro y moderno. Atâva dedujo que era el pasadizo que llevaba directamente bajo la casa del Hobbit, y acertó. Minutos después, estaban otra vez en el acogedor hogar de Tud Jansen.

-Terrloz, dile a Nelian que venga. Después, ve abajo y espera a los demás- dijo el Mediano mientras se sacudía la tierra y el polvo de sus ropas. Terrloz asintió y desapareció por una de las habitaciones contiguas. Atâva estaba intrigada, aunque sin olvidar su precaución y su buen juicio nato, su diestra no había abandonado la empuñadura de su espada en ningún momento. Instantes después, Terrloz regresó seguido por un soldado de Adudran.

-¿Qué significa esto?- gritó Atâva al mismo tiempo que desenvainaba rápidamente su espada.

-Tranquilizaos, no es lo que parece, no es una trampa. ¿Ve? Ninguno de nosotros estamos armados- dijo Tud Jansen sin perder la tranquilidad.

-Es cierto, no hay nada que temer. Me llamo Nelian, y hasta esta noche formaba parte de la guardia de la ciudad. De hecho, formaba parte de la compañía que los ha encontrado esta tarde, ¿no me reconoce?- dijo el joven, que era el más asustado de todos.

-Sí, es cierto, ahora te reconozco… Pero eso no explica qué haces aquí- dijo Atâva más serena, pero sin bajar la guardia.

-Cuando ingresé en la guardia de Adudran pensaba que podría ayudar a cambiar las cosas… pero rápidamente me di cuenta que eso es imposible. Esta ciudad está gobernada por un déspota tiránico, y conceptos como justicia, honor o libertad se olvidaron hace mucho tiempo. Los soldados sólo sirven a los intereses del visir, y a los suyos propios también, hostigando y amenazando a todo el mundo, cobrando unos tributos excesivos… No sé qué habría sido de mi si no hubiera conocido a Tud. Él me abrió los ojos, y desde entonces le he ayudado, a él y a los demás en lo que he podido, proporcionándoles información sobre todo- respondió Nelian.

-Muy bien, cuéntale lo que ha pasado esta noche- dijo Tud.

Entonces, Nelian relató todo lo que había ocurrido en el cuartel de la guardia después de que Atâva se marchara, para estupor del soldado de la Orden del Puño –No podía quedarme sin hacer nada. Soborné a uno de los centinelas y así pude abandonar el cuartel. No creo que nadie haya notado mi ausencia, y aunque la hayan advertido, nadie sospechará nada. No es raro que los soldados abandonen los cuarteles de noche para ir a gozar de los placeres de la noche de Adudran…-

-Hiciste lo correcto Nelian, no te preocupes. Con nosotros estarás a salvo. Ve a esa habitación y cámbiate, ya no tendrás que llevar ese uniforme nunca más- dijo Tud Jansen.

-¡Es intolerable! Debo informar a mis hermanos cuanto antes, el visir no quedará impune por esta atrocidad- exclamó furiosa Atâva.

-No mi señor, no conseguiríais nada. Deberíais llevar con vos a Nelian, y os aseguro que antes de dar dos pasos en palacio, ambos estaríais muertos. Y aunque consiguierais reuniros con el resto de vuestros hermanos, ¿qué esperáis conseguir? ¿Creéis que el visir no se atrevería a ordenar vuestra muerte y la de vuestros hermanos? No le temblaría el pulso, y seguro que sería capaz de sacar algún beneficio. No, debemos actuar, pero no de esa forma. Hemos planeado una acción para mañana por la mañana para liberar a estos inocentes, en una hora hemos de reunirnos con nuestros compañeros en una casa situada en una de las aldeas de la ribera del Sirhelë, más allá de los muros de Adudran. Debemos volver a los túneles, y coger otro pasadizo, porque no hay ninguna otra forma de salir de la ciudad de noche. Acompañadnos y ayudadnos en nuestra empresa- dijo el Hobbit.

-Sea- respondió Atâva.

Fragmento 17 por Elfo_Negro

El serrallo estaba suavemente iluminado por la luz de cientos de velas amortiguada por las delicadas y vaporosas telas y cortinas que colgaban por doquier, algunas sin ninguna función aparente.

Alfombras espesas cubrían el suelo y cojines mullidos se esparcían sin orden. Turinia estaba echada en un rincón, vestida únicamente con una túnica; había sido delicadamente maquillada y peinada. Una muchacha de grandes ojos verdes, vestida exactamente igual que ella, la pasaba, abstraída, sus finos dedos entre el pelo, simulando una especie de peine, estaba sentada junto a ella, apoyada en varios cojines.

Turinia no dormía, pero los vapores que había levantado el cáñamo en su cabeza aun persistían ; se dejaba acariciar, indolente. Prefería no pensar, estaba muy cansada, quería dormir y olvidar, pero ya había dormido mucho, sólo se dejaba acariciar el pelo y se dejaba arrullar por la dulce voz de la muchacha.

-Todo va bien, todo va bien, nosotras cuidaremos de ti, siempre nos cuidamos entre nosotras- acercó sus labios carnosos a la oreja de Turinia –algunas son un poco malas, por celos, pero la mayoría son muy buenas, cuidaremos de ti- se apartó un poco y la miró a los ojos, habló muy bajito –el no volverá por ti en bastante tiempo, le gusta la variedad, eres muy joven… ¿es… ha sido… tu primera vez?-

Turinia se empezaba a despejar, y tanta charla sedosa la estaba poniendo nerviosa, un poco irritada contestó –no, no es la primera vez- se incorporó un poco y observó, con ojos aun un poco turbios, el harén. Había más de 20 mujeres, todas muy jóvenes y hermosas, la mayoría vestidas como ella y como la muchacha de ojos verdes, formaban grupos pequeños, unas charlaban, otras, en un tedio palpable, se acariciaban mecánicamente, otras se acicalaban…

Turinia dejó caer la cabeza sobre el regazo de la muchacha, tenía ganas de llorar. La muchacha de ojos verdes vió la tristeza en el rostro de Turina –no, no, no llores, no es tan malo, hay cosas peores, mucho peores- la chica había reiniciado su automático “peinado”; Turinia, con firmeza, le detuvo la mano y se volvió a incorporar, ahora se sentó, apoyó la espalda contra la pared (más concretamente contra una cortina azul claro que colgaba contra la pared), la cabeza le daba vueltas.

Nergol; lo había visto, no sabía cuanto tiempo había pasado, fue en lo más agudo de su intoxicación por culpa de ese maldito brebaje, había sido en una sala grande, Nergol estaba de pié, parecía cansado, ella estaba tendida junto al trono del Visir, tan drogada que no podía ni hablar ni pensar. Ahora estaba en el harén del visir, en un serrallo, ella, que creía haber escapado del mundo de la esclavitud, ella, que tanto apreciaba la libertad. Nergol debía haber muerto y ella sería una esclava para siempre. Le hubiera gustado ser fuerte, levantarse y gritar que no era una esclava, le hubiera gustado estar entre los brazos de Nergol, sentir sus manos fuertes apretando su cintura, apoyar la cabeza sobre el pecho de ese hombre extraño y distante, oler su penetrante olor, olor a campo abierto y a desierto, olor a tabaco y a violencia. Pero Nergol ya debía de haber muerto, y ella sería una esclava para siempre. Las lágrimas, calientes, se deslizaban por su rostro, se avergonzó de ello y se las secó con un extremo de la túnica.

[Editado por elfo_negro el 20-05-2011 17:27]

Fragmento 18 por Aragorn_II

Poco antes de la medianoche, Varyamo, Firye, Olostarin y Vilendil ya estaban preparados para partir de regreso a Adudran junto a una docena de los hombres liderados por Anso y Rosil. Ninguno había podido descansar aquella noche, pues los preparativos para el rescate los habían mantenido ocupados prácticamente todo el tiempo. A pesar de sus palabras y su aparente buena voluntad, Vilendil no confiaba en aquellos hombres, descendientes de bandidos y mercenarios sin escrúpulos, y temía que todo aquello no fuera sino una elaborada trampa para cazarlos igual que habían cazado a Eärondûr, Mazan y Narudud. No obstante, a pesar de sus temores, no compartió sus recelos con sus compañeros. En las cuevas sólo se quedaban un puñado de hombres y el anciano Yijda, a quien Olostarin fue a ver antes de partir.

-Os quería pedir un favor, Yijda- dijo el Elfo.

-Si está en mi mano ayudaros, lo haré con mucho gusto- respondió amablemente el anciano.

-La noche es fría, y el camino hasta Adudran es largo. Esta tarde recogí a un cachorro de galgo haddaryai, y aunque es fuerte, temo que no pueda soportar el viaje. Además tampoco creo que estuviera a salvo allí donde vamos- dijo Olostarin enseñando al cachorro que resguardaba contra su pecho envuelto en una manta.

Yijda sonrió afablemente –Comprendo, hacéis muy bien en preocuparos. Aquí estará a salvo hasta vuestro regreso, no temáis-

-Muchas gracias- respondió Olostarin entregándole al anciano al animal –Por cierto, su nombre es Heru. En mi lengua significa Señor-

-Hermoso nombre. Sin duda cuando crezca le hará justicia- dijo Yijda. Ambos se despidieron, aunque a Olostarin le invadió la tristeza al ver los ojos del cachorro cuando se alejaba. Le sorprendió cómo en poco más de un día se había encariñado tanto con aquél animal.

Poco después, la compañía ya estaba en marcha, avanzando por el mismo laberíntico y estrecho sendero abierto en la roca por el que habían llegado unas horas antes. La noche era fría y oscura, pues las nubes cubrían el cielo ocultando la luz de las estrellas y de la luna. Pero no fueron conscientes de lo gélida que era la noche hasta que dejaron atrás el valle y salieron a cabalgar a campo abierto, cuando les golpeó el helado viento que soplaba desde el Sureste, un viento que además arrastraba la humedad y la fragancia del Ilcafalmar, una fragancia que despertó en Vilendil una profunda nostalgia por los tiempos de antaño, por días más felices que ahora parecían haberse perdido casi por completo. Pero no, no se habían perdido del todo, aún quedaba una esperanza, una tenue y débil esperanza donde antes no había nada. Miró a Varyamo que cabalgaba a su derecha, y pensó en Eärondûr, cautivo en una sucia mazmorra de Adudran. Apretó con fuerza la joya que colgaba de su pecho y que llevaba oculta a los ojos de los demás. En ese momento alzó la vista, y con sus penetrantes ojos divisó en las alturas a su fiel Soroni, el águila de lomo plateado, y sonrió. En ese mismo momento, los desdichados supervivientes de la caravana de Hamad eran hechos prisioneros por la guardia de Adudran y conducidos a las mazmorras, mientras que Atâva era llevada ante el visir y sus hermanos de la Orden del Puño Llameante.

Cabalgaron durante un par de horas por las abandonadas tierras de Enyelost sin toparse con nada ni con nadie ni advertir ningún otro sonido que el de los cascos de los caballos golpeando la tierra y el susurro del viento. Cuando el terreno se volvió algo más escarpado redujeron ligeramente la marcha, y poco después llegaron a la ribera septentrional del río Sirhelë y buscaron el vado por el que habían cruzado Vaereth, Varyamo, Firye, Vilendil y Olostarin la mañana del día anterior. La oscuridad era total, y aunque ninguno, excepto por supuesto Olostarin, Firye y Vilendil, podía divisar Adudran, repentinamente todos se sintieron observados por muchos ojos, y temían que los centinelas de la ciudad, al escudriñar en la oscuridad, los descubrieran al cruzar las aguas del Cauce de Plata.

-Bendito sea Abbalah por haber cubierto el cielo esta noche. Aunque los centinelas de Adudran son estúpidos, no creo que se les hubiera pasado por alto el hecho de que más de una docena de caballos atravesaran el río- dijo uno de los hombres de Rosil.

-Bendito sea Abbalah….- murmuró despectivamente Vilendil –Benditos sean los Valar que nos protegen con su gracia y bendito sea Ilúvatar- Si los hombres de Anso y Rosil habían escuchado sus palabras, ninguno respondió, y poco le importaba a Vilendil que las hubieran oído o que hubieran respondido a ellas.

Avanzaron sigilosamente a través de las calles de las aldeas del Oeste de Adudran, ocultándose entre las sombras más profundas a medida que se iban acercando a la ciudad, hasta que finalmente llegaron a un gran edificio de dos plantas situado a algo más de setecientos metros de la muralla de Adudran. Al igual que la posada, el edificio era de piedra, a diferencia de la mayoría de edificaciones de la zona, mucho más humildes y austeras, que estaban hechas de adobe y madera. Rosil bajó de su caballo y se acercó a una pequeña puerta lateral situada a la derecha del edificio. Pocos instantes después de que llamara la puerta se abrió, y Rosil entró al interior del edificio. Varyamo y Olostarin se miraron sorprendidos, mientras que Vilendil deslizó su mano a la empuñadura de Luiringil temiendo una trampa. Pero antes de llegar a aferrarla, se escuchó un crujido, y el gran portón del edificio comenzó a abrirse. Una figura surgió de las sombras e hizo una señal a la compañía para que entraran. Al acercarse, vieron que la figura no era otro que Rosil, y cuando estuvieron en el interior del edificio comprendieron que se trataba de una especie de almacén.

-Rápido, entrad- les apremió Rosil.

-¿Qué es este lugar?- preguntó Varyamo cuando hubo entrado.

-Este lugar fue construido para que las gentes de esta zona almacenaran aquí los frutos de sus cultivos antes de llevarlos al mercado… Pero con los continuos abusos de los soldados y los tributos e impuestos que exige el visir, a muy pocos les queda algo que llevar al mercado. La mayoría apenas tiene suficiente para mantener a su familia- dijo Rosil.

-Aquí estaremos a salvo, no temáis- dijo Anso.

-Es un alivio saberlo- respondió Vilendil mientras desmontaba.

Cuando el portón se hubo cerrado, de una de las estancias salió una pequeña figura que portaba una lámpara de aceite. Cuando se acercó, Varyamo, Vilendil, Firye y Olostarin descubrieron para su sorpresa que se trataba de un Hobbit. Mientras se miraban entre sí incrédulos, Rosil y Anso fueron a su encuentro y hablaron en voz baja durante unos instantes. Cuando acabaron, Anso siguió al Hobbit a la estancia de la que había salido, mientras que Rosil regresó con los demás con rostro preocupado.

-¿Qué ocurre?- preguntó Firye.

-Nada, bueno, nada que afecte en demasía a nuestros planes. Pero éste no es lugar para hablar de ello, seguidme- respondió Rosil, y con un gesto les indicó que fueran a la misma habitación a la que habían ido Anso y el Mediano. Al llegar, les vieron hablando con dos hombres, uno de los cuales llevaba la misma túnica blanca que los misteriosos hombres que habían visto Firye y Varyamo por la tarde del día anterior, mientras que al otro lo tapaba Anso. Al acercarse, vieron que llevaba el uniforme de la guardia de Adudran.

-¿Qué significa esto?- exclamó Vilendil a punto de desenvainar a Luiringil.

-No pasa nada, no es lo que parece, permitidme que os lo explique todo- dijo el Hobbit, y les contó todo lo sucedido con Atâva y la caravana de Hamad.

-Es terrible- balbuceó Varyamo, aún impresionado por el relato de Tud Jansen.

-Sí, lo es. Pero en nuestras manos está el hacer algo por remediarlo- dijo Rosil.

-Cierto, debemos liberar a esos pobres desdichados… ¿pero cómo?- dijo Atâva.

-Hay una manera- dijo Anso, y habló del plan que habían trazado para rescatar a Eärondûr, Mazan y Narudud.

-Es un plan audaz y atrevido… Podría funcionar- dijo Atâva.

-Sí, pero no es lo mismo liberar a tres personas que a treinta- replicó Varyamo.

-Desde luego, pero al fin y al cabo, eso sólo afectaría a nuestra huída, no a lo demás. Y si todo sale bien, tampoco tendríamos por qué preocuparnos de la huída, seguro que en el cuartel hay caballos de sobra para todos- respondió Rosil.

-Sí, seguro que los habrá- intervino Nelian.

-Y si algo sale mal… bueno, daría igual que sólo fuéramos a liberar a Eärondûr, Mazan y Narudud, el resultado sería el mismo- añadió Olostarin burlonamente.

-Bien, entonces no hay de qué preocuparse. ¿Está todo preparado para mañana? ¿Y los carros?- preguntó Anso.

-Todo está dispuesto, los carros están aquí ocultos por unas lonas- respondió Tud Jansen.

-Perfecto. Bueno, creo que será mejor que intentemos descansar. Apenas quedan tres horas para que amanezca, y antes de eso tenemos que ponernos en marcha- dijo Rosil, y todos asintieron.

Fragmento 19 por Aragorn_II

Un gran clamor despertó en Adudran con las primeras luces del día, un gran clamor de voces silenciadas y resignadas durante años a aguantar la corrupción y la brutalidad de los poderosos, un clamor que fue extendiéndose rápidamente a todos los rincones de la ciudad. Los artesanos, los comerciantes y los campesinos de las aldeas que se extendían más allá de los muros de Adudran en la ribera del río Sirhelë, acompañados en muchos casos por sus familias, no acudían como cada mañana a sus talleres, a sus huertos o a sus puestos en el mercado, sino que avanzaban con paso firme y decidido hacia la zona de Aguas Claras, hacia el palacio del visir. Los soldados que custodiaban las puertas que daban acceso a la zona noble de la ciudad, los pocos que había, ya que algunas puertas estaban desguarnecidas por el cambio de guardia, no se atrevieron a impedir el paso a la muchedumbre, y paralizados por el miedo, que no habían sentido en mucho tiempo, no dieron aviso al palacio. En poco tiempo, la gran plaza que se abría frente al palacio del visir y los demás edificios del gobierno de Adudran se llenó con cientos de personas que clamaban por un cambio, que exigían libertad y justicia y el fin de los abusos y la corrupción. Al conocer las noticias, los hombres de confianza del visir, temiendo que la muchedumbre intentara asaltar el palacio, ordenaron rápidamente a la guardia que lo rodeara para custodiarlo. Pero la mayoría de los soldados de palacio sufrían la resaca de las fiestas y orgías de la noche anterior, apenas podían mantenerse en pie, y difícilmente habrían podido repeler un asalto. Por ello, desde palacio partieron a través de la red de túneles muchos mensajeros para pedir al resto de guarniciones que enviaran refuerzos al palacio y también, temiendo el pillaje y los saqueos, a las mansiones y palacetes de las familias más acaudaladas de la ciudad.

Pero todo aquello tenía un significado y una razón de ser. Aquél levantamiento pacífico había sido urdido e instigado por los hombres de Yijda, aprovechándose de la presencia en la ciudad de muchos miembros de la Orden del Puño Llameante, para además intentar hacerles ver la auténtica y dramática realidad de Adudran. Sabían que en cualquier otro momento, la respuesta del visir ante semejante ofensa habría sido la de ordenar una brutal y sangrienta represión. Pero sabían que no podía responder tan despiadadamente teniendo como invitados de honor a tantos miembros de la Orden del Puño, no al menos si pretendía ganarse su confianza y su amistad. Así, apenas una hora después del amanecer, buena parte de los habitantes de Adudran se concentraban frente al palacio del visir y sus alrededores, mientras que la gran mayoría de los soldados de la ciudad se afanaban en custodiarlo, dejando prácticamente desguarnecidos la práctica totalidad de cuarteles y accesos a la ciudad.

Mientras todo esto ocurría, aparentemente indiferentes a todo el revuelo del centro de la ciudad, tres carros avanzaban hacia la puerta Oeste de Adudran. Los dos primeros carros, anchos y amplios, estaban cubiertos por grandes lonas amarillentas que descansaban sobre unos sólidos armazones de madera, creando en su interior una especie de habitáculo. El tercero era todavía más grande, y en lugar de estar cubierto por una sucia lona, el armazón de madera estaba recubierto por un suave terciopelo rojo con bordados finos y elegantes. A ambos lados del carro había varios ventanucos, todos ellos cerrados y cubiertos por rejas. El primer carro lo conducían Rosil y Varyamo, mientras que el segundo y el tercero eran guiados por los hombres de Rosil. Al acercarse a la puerta, vieron que sólo la custodiaban dos soldados de aspecto cansado, uno joven y otro más mayor, que parecía ser el que estaba al mando.

¡Alto!- gritó el soldado más mayor cuando los carros llegaron a su altura.

-¿Qué ocurre?- preguntó Rosil.

-Al parecer se ha formado una revuelta en la…- dijo el soldado joven.

-¡Calla imbécil!- le gritó el soldado mayor –Ocurra lo que ocurra, no le importa a usted- añadió, girándose hacia Rosil con gesto hosco.

-Bueno, bueno, a nosotros no nos importa lo que ocurra, sólo queremos entregar nuestra mercancía y largarnos de aquí lo antes posible- replicó Rosil.

-¿Y cuál es su mercancía y dónde la tienen que entregar?- preguntó el soldado joven.

-Todo tipo de provisiones para los cuarteles de la cuarta y quinta compañía de la guardia- respondió Rosil.

-¿Ah sí? ¿Y cómo es que no me han informado? ¡Enséñeme los documentos de envío!- exigió el soldado mayor.

-Bueno, digamos que se trata de una entrega muy especial, y por tanto no oficial; una especie de recompensa del visir a la labor de esas dos compañías... -replicó Rosil.

-¿Tan especial es que ha de llevarse tan misteriosamente?- preguntó el soldado joven.

-Así es- dijo Varyamo.

-¡Vaya! Veo que tu amigo tiene lengua… Aunque habla con acento extraño, y desde luego no parece de por aquí- dijo el soldado mayor.

-No, no lo es, pero es un buen amigo que cumple cuando lo necesito. Atravesar estas tierras con según qué mercancías puede ser un negocio muy peligroso últimamente- dijo Rosil con una sonrisa.

-¡Es cierto! Pero bueno, para dejarles pasar tenemos que examinar el contenido de sus carros- dijo el soldado mayor echando un vistazo a los otros dos carros, especialmente al tercero, adivinando la mercancía tan especial a la que creía que se refería Rosil.

-¿Es eso realmente necesario? Estamos fatigados de un largo viaje, y nuestra mercancía es… - dijo Rosil mientras hacía una pausa, como si intentara encontrar la palabra adecuada- Bueno, digamos que es muy delicada-

-Ya… entiendo. Pero aún así es nuestra obligación- dijo el soldado mayor con una sonrisa torcida en el rostro.

-¿En serio? Llevamos toda la noche de guardia, y parece que seguiremos así muchas horas más- protestó el soldado joven.

-¡Calla imbécil! No sabes de lo que hablas- gritó el soldado mayor- Claro que, quizás, podamos hacer una excepción- añadió, mirando a Rosil.

-Vaya, veo que no somos los únicos que estamos fatigados después de todo. Creo que semejante dedicación, y aún más con el frío de la pasada noche, merece también una recompensa- dijo Rosil. Se giró hacia el carro, apartó la lona, y rebuscó en el interior durante unos instantes- ¡Aquí están! Dos botellas de la mejor cosecha del exquisito licor de manantial de Haiddara-

-Qué considerado de su parte ofrecer tan generoso obsequio a dos simples soldados de la guardia de Adudran. Creo que ya le hemos robado demasiado tiempo, puede seguir su camino- dijo el soldado mayor.

-Muchas gracias a ustedes, espero que disfruten del licor- dijo Rosil, y cuando los soldados se apartaron, arreó a los caballos y atravesó la Puerta Oeste de la ciudad.

-¿Era eso prudente?- preguntó Varyamo después de comprobar que los otros dos carros habían pasado sin problemas.

-En una ciudad dominada por la corrupción, todo está en venta, y los soldados de la guardia más que nadie. Siempre esperan sacar algún beneficio de todo lo que hacen, aunque sea sólo custodiar una puerta- respondió Rosil.

-¿Y no tendremos problemas a la vuelta si siguen ahí?- volvió a peguntar Varyamo.

-Lo dudo. Disuelto en las botellas había unos polvos que preparó hace algún tiempo una buena amiga herborista. Tras el primer trago, estarán fuera de combate durante horas- respondió Rosil con una sonrisa.

Avanzaron por las calles desiertas de Adudran, escuchando a lo lejos el clamor de la concentración frente al palacio del visir. Al menos hasta ese momento, el plan estaba saliendo a la perfección. En su camino no se toparon con ningún soldado, sólo con un par de hombres despistados que al ver los carros se alejaban rápidamente. Avanzaban hacia el corazón de la ciudad, pues su destino era el cuartel de la segunda compañía, uno de los más próximos a la zona de Aguas Claras, y por ello uno de los más desguarnecidos aquella mañana. El cuartel, pequeño en comparación con los demás, se hallaba al final de una calle ancha y estaba rodeado por un muro alto y grueso. En el centro de la muralla se encontraba el portón de acceso, y junto a él, custodiándolo, una torre donde un soldado hacía guardia. Al verlos aproximarse, las puertas se abrieron, y un par de soldados jóvenes salieron a recibirlos.

-¿Qué ocurre?- preguntó uno de los soldados.

-Traemos provisiones por orden del visir- dijo Rosil.

-Está bien, pueden pasar- dijo uno de los soldados ingenuamente tras echar un vistazo a los carros.

Rosil sonrió ligeramente al comprobar que, como habían supuesto, en el cuartel se habían quedado los soldados más jóvenes e inexpertos. El interior de la guarnición también era muy simple, en el patio únicamente había varios edificios de planta baja para los almacenes, dependencias de los oficiales y los barracones se agrupaban junto a los muros, además de los establos, que quedaban a la derecha. En el patio no había más de una docena de soldados ocupados en tareas diversas, que miraban con curiosidad a los recién llegados.

-Bueno, vamos a necesitar ayuda para descargar las provisiones- exclamó Rosil bajando de un salto, y atrayendo la atención de los soldados, cuando los tres carros estaban ya en el interior del patio.

-Está bien- dijo el soldado con el que habían hablado antes, mientras sus compañeros se iban acercando al carro.

Con su ayuda, Rosil y Varyamo apartaron la lona de la parte trasera –Si alguna vez pensasteis que vuestro esfuerzo no sería nunca recompensado por el visir, aquí tenéis la prueba de que estabais equivocados. Los mejores vinos y licores, carne deliciosa y deshuesada, pescado fresco y las más exóticas exquisiteces de tierras lejanas- gritó Rosil entre los gritos de júbilo de los soldados.

-¡Servíos vosotros mismos! No creo que a vuestro capitán le importe- añadió Varyamo cogiendo una botella de licor de manantial.

-Generosa recompensa, sin duda- dijo el soldado que parecía estar al mando mientras sus compañeros se abalanzaban sobre el carro -¿Y qué hay en los otros dos carros?-

-En el segundo hay más provisiones, y en el tercero… Bueno, digamos que hay una recompensa muy especial para todos vosotros. Pero no creo que sea prudente que bajen con las puertas del cuartel abiertas de par en par. ¡Qué pensaría alguien si las llegara a ver!- dijo riendo Rosil.

-Muy cierto- respondió el soldado que parecía estar al mando –Cerrad las puertas deprisa- ordenó a los centinelas.

-Bueno, si me perdonáis, tengo que asegurarme que las provisiones de mi carro se repartan bien- rió Rosil.

-Id, id, yo me quedo en la grata compañía de vuestro amigo- dijo el soldado bebiendo un trago de la botella que le había ofrecido Varyamo.

Mientras la mayoría de los soldados se agolpaban alrededor del primer carro, el segundo y el tercero avanzaron un poco más hasta ponerse casi en paralelo. Sus conductores bajaron de un salto, y dos de ellos fueron junto a Rosil, que realmente no estaba haciendo nada para controlar a los soldados, sino más bien todo lo contrario. Cuando las puertas se cerraron, dos soldados que habían estado contemplando la escena junto a uno de los barracones se acercaron al segundo carro, donde empezaron a hablar con su conductor; mientras, los centinelas de la puerta se aproximaron al tercero con miradas lascivas, imaginando las bellas y complacientes chicas semidesnudas que encontrarían en su interior. Cuál sería su sorpresa al abrir la portezuela de la parte trasera del carro y encontrar, en lugar de las muchachas hermosas que esperaban, un arco tensado apuntándoles. Tras abatir a uno de los centinelas, Olostarin le pegó una patada al segundo en el pecho y bajó al suelo de un salto seguido por media docena de los hombres de Anso, que empuñaba una espada con la mano izquierda. Antes de que los soldados pudieran reaccionar, Olostarin ya había preparado otra flecha con la que abatió al centinela de la torre de guardia. Mientras tanto, Vilendil, Atâva y media docena de los hombres de Rosil saltaron del segundo carro ante la incredulidad de los soldados, algunos de los cuales murieron antes siquiera de desenvainar sus espadas.

Al saltar Olostarin, Varyamo golpeó el vientre del soldado con el que estaba y desenvainó a Eärmacil y la hundió en el pecho del sorprendido soldado que parecía no comprender lo que estaba pasando. Rápidamente fue junto a Rosil, sobre el que se abalanzaban media docena de guardias. Vilendil se acercó a ellos, abatiendo a todos los soldados que encontraba en su camino, blandiendo furiosamente a Luirigil, como si de alguna forma se vengara por los pecados de los ancestros de aquellos hombres. Lo mismo hacía Atâva con los pocos que se atrevían a enfrentarse a un miembro de la Orden del Puño Llameante. Y a pesar de ser manco de la mano derecha, Anso, al igual que en Edades pasadas hiciera Maedhros, esgrimía la espada con la mano izquierda con gran habilidad, abatiendo a todos en su camino. Y cada vez que el arco de Olostarin silbaba, un soldado caía muerto. En pocos minutos, todos los guardias yacían muertos en el patio, y sólo uno de los hombres de Rosil estaba herido, uno de los conductores del segundo carro, con un corte profundo en el hombro que sangraba abundantemente. Firye, que había permanecido en el interior del tercer carro hasta que terminó el combate, salió rápidamente para atender al herido.

-Deprisa, comprobad en los barracones, almacenes y en el resto de dependencias que no quede ningún soldado más. Y buscad la puerta que lleva a las mazmorras- exclamó Rosil tras acabar el combate.

-Creo que éstas son las llaves de las mazmorras, o al menos un juego de ellas. Las tenía el soldado que parecía estar al mando- dijo Varyamo entregándole el manojo de llaves.

-Muy bien. Por cierto, las mazmorras son estrechas y angostas. Allí no podréis luchar con espadas como las vuestras- dijo Rosil señalando a Varyamo y a Vilendil –Ni tampoco manejar un arco como el vuestro- añadió mirando a Olostarin.

-¿Y qué hacemos entonces?- preguntó Varyamo.

-Las espadas de los soldados son cortas y están bien templadas. Os sugiero que cojáis alguna- replicó Rosil, y aunque a Vilendil no le hizo ninguna gracia tener que empuñar una de aquellas espadas, finalmente accedió.

Mientras Varyamo y Vilendil buscaban alguna espada, Olostarin dejó junto a uno de los carros su arco y desenvainó las dos espadas cortas que llevaba a la espalda, y al hacerlo, las contempló durante unos instantes recordando a Kibul, el artífice que las forjó tantos años atrás. Los hombres de Rosil no tardaron en volver, informando que no quedaba nadie más en el cuartel y que habían hallado la puerta que conducía a las mazmorras.

-Preparaos. No creo que haya más de una docena de soldados en las mazmorras, y estarán tan sorprendidos al vernos que la mayoría no ofrecerá resistencia, pero aún así estad alerta. Todos sabéis lo que hay que hacer. Vosotros- dijo Rosil señalando a tres de sus hombres- quedaos aquí y preparad los caballos de los soldados, que los vamos a necesitar para escapar todos juntos-

Antes de ir hacia las mazmorras, Rosil miró a Firye, quien negó levemente con la cabeza. A la cabeza del grupo iban dos hombres que portaban sendas ballestas medianas, que aunque no eran muy eficaces a campo abierto y se tardaba demasiado en volver a tensar sus arcos, en las distancias cortas eran letales. Entraron en uno de los edificios de planta baja y avanzaron unos metros por un pasillo hasta llegar a una puerta de acero. Rosil buscó la llave adecuada en el manojo que le había dado Varyamo, y cuando la encontró, vieron que ante ellos había unas escaleras débilmente iluminadas por algunas antorchas. Descendieron por ellas con precaución hasta que llegaron a un túnel angosto que se abría a su derecha. Avanzaron en línea recta lo más rápidamente que les permitía la cautela hasta que llegaron a un punto en el que el túnel giraba bruscamente a la izquierda. Rosil sabía que tras ese recodo se encontraban las mazmorras, asi que con un gesto ordenó a los demás que se detuvieran unos metros antes. Sólo se escuchaba el jadeo de sus hombres, afortunadamente nadie en las mazmorras había escuchado el combate de la superficie, lo que hacía que la sorpresa volviera a estar de su lado. Rosil miró a los demás un instante, vio la sangre en la túnica blanca de Atâva, y asintió, como si se estuviera convenciendo a sí mismo de algo.

-¡Adelante!- gritó Rosil, para sorpresa de todos, y corrió hacia el recodo.

Al girar, vio que a diez metros una puerta de barrotes de acero daba entrada a las mazmorras, una puerta custodiada por dos soldados que no salían de su asombro por la presencia allí de un hombre que esgrimía una espada. Sonrieron, y cuando ya habían desenvainado y estaban a punto de abalanzarse sobre él, los hombres que portaban las ballestas aparecieron por el recodo y abatieron a los dos soldados. Inmediatamente después aparecieron los demás, y vieron a Rosil y a sus compañeros rebuscar en los cuerpos de los soldados.

-Aquí están las llaves de las celdas- dijeron los hombres entregándole a Rosil los manojos de llaves

-Muy bien. Liran, ábrete paso hasta el resto de acceso a las mazmorras y cierra todas las puertas si las hay- dijo Rosil entregándole uno de los manojos de llaves- Los demás, seguidle y vigilad cada uno de los accesos. Anso, Atâva, Varyamo, Vilendil, Olostarin y yo iremos liberando a los prisioneros-

-Lo siento, pero yo tengo que ir a buscar a Eärondûr, se lo debo- dijo Vilendil.

-Yo iré a buscar a Mazan- dijo Olostarin.

-Y yo a Narudud- añadió Varyamo.

-¿Estáis locos? No podemos desperdiciar el tiempo discutiendo- dijo Anso.

-No, pero nuestro cometido aquí es liberar a nuestros amigos. Cuando lo hayamos hecho, con gusto os ayudaremos en todo lo que preciséis- respondió Vilendil.

-Está bien, es justo. Pero no os puedo entregar ninguno de los manojos de llaves que hemos encontrado hasta ahora- respondió Rosil.

-No pasa nada. Seguro que en nuestro camino nos encontramos con otros soldados que amablemente nos entregarán sus llaves- dijo Olostarin.

-Lo más probable. Tened cuidado, que Abbalah nos guíe a todos- dijo Rosil.

-Que Ilúvatar y los Valar nos protejan- añadió Vilendil.

[Editado por Aragorn_II el 20-07-2011 23:43]

Fragmento 20 por Arndir

Olostarin decidió ir por el estrecho pasadizo que había a la derecha del grupo. El olor de los túneles era frío y desagradable, y de vez en cuando una rata atravesaba de un lado a otro los pasadizos. El largo pasillo se estrechaba según avanzaba por él, hasta que al final, tras doblar hacia la izquierda y después a la derecha, se abría a una sala algo más ancha y con un techo más alto que el de los pasadizos, con tres posibles nuevos caminos. Decidió ir por el de la derecha, aunque sólo consiguió encontrar una destartalada sala de torturas, con todo tipo de utensilios. La sala, iluminada por una pequeña lámpara circular que colgaba del techo como una araña, estaba repleta de celdas de un tamaño pequeñísimo para una persona, de tijeras y cuchillas oxidadas y de jaulas de tortura colgadas del techo. Allí no había rastro de vida alguna, por lo que Olostarin desanduvo su camino y regreso a la sala de la que había partido. Ésta vez entró por el del centro y llegó a una sala más pequeña que la anterior y escasamente iluminada. En ella había una mesa, con dos copas, un plato con sobras y un cuchillo clavado en ella. Al otro lado de la estancia, había un portón de madera, con una reja a la altura de los ojos, y dos antorchas encendidas a los lados.

Olostarin dio un paso hacia delante y paró en seco. Aguzó el oído, agarró el cuchillo que había clavado en la mesa, y dando un giro sobre sí mismo extendió el brazo derecho y clavó el cuchillo en algo blando. Con el brazo izquierdo agarró la cabeza del soldado mientras le tapaba la boca y con un giro seco, se lo partió. Dejó el cuerpo del niño, pues no era más que un adolescente, sentado en una de las sillas que había junto a la mesa y empezó a rebuscar entre las ropas. Aunque sin muchas esperanzas de que un soldado tan joven pudiese tener algo tan importante como el manojo de llaves de una de las mazmorras de la ciudad, el elfo encontró una gran argolla repleta de llaves en el cinto del muchacho. Avanzó hacia la puerta y empezó probando con cada una de las llaves hasta que una de ellas consiguió abrir la puerta, que crujió como si al otro lado de ella estuviesen torturando a algún preso y un repugnante y vomitivo olor sacudió al Elda en la cara, lo que hizo que éste diese un paso hacia atrás.

Con paso firme avanzó y cruzó el umbral de la puerta, intentando que su cuerpo se acostumbrase rápido a aquel repulsivo olor a putrefacción que flotaba en el aire. Aunque la sala estaba mucho más oscura que los pasadizos, Olostarin no cogió ninguna de las antorchas por miedo a atraer la atención de algún otro guardia; su vista no tardaría en acostumbrarse a la falta de luz. Al rato, pudo contemplar una hilera de jaulas de la altura de un enano justo enfrente de él. Mas en las jaulas había hombres (si es que a aquellos esqueletos se los podía llamar así) de estatura normal; esto horrorizó al elfo que pensó que su amigo Mazan podría estar en una de esas jaulas. Según avanzaba por la sala, se dio cuenta de que además de las jaulas que había en el centro de la sala, en las paredes, había puertas con mirillas. Se apresuró hasta llegar a la primera de las del lado derecho y corriendo las placas de metal de las mirillas contempló una por una las celdas de ese lado de la pared. Mazan no estaba en ninguna. Con impaciencia, hizo lo mismo con las del lado derecho, y para su alegría, encontró al enano en una de las celdas, junto a dos hombres de aspecto amenazador. Uno de ellos, iba vestido con un taparrabos de tela “blanca” y llevaba toda la espalda llena de cicatrices alargadas, producidas por los látigos de los guardias. El otro, llevaba unos pantalones raídos y le faltaba el ojo izquierdo. Olostarin miró a Mazan una y otra vez esperando que su estado fuese mejor.

Ninguno de los tres se había percatado de la presencia del elfo hasta entonces, cuando el joven de la espalda herida giró la cabeza y observó que la mirilla de la celda estaba abierta, entonces, pensando que sería uno de los guardias que venía a torturarlos, escupió hacia la pequeña ventana de la puerta con una mirada feroz y desafiante. Olostarin cerró la mirilla a tiempo de que el escupitajo lo alcanzara y se apresuró a buscar la llave que abría la celda. Una vez abierta, tanto el joven como Mazan se pusieron en pie con actitud amenazadora. El viejo tuerto parecía estar a punto de echarse a llorar con desesperación.

-¿Así es como recibe un enano a su amigo y rescatador? –dijo Olostarin con una sonrisa en la cara.- Tienes puntería y valor, chico, pero sobre todo tienes suerte de que fuese yo y no uno de los guardias el que estaba detrás de la puerta. Esa espalda ya tiene bastante mal aspecto… -comentó Olostarin mirando al muchacho.

-¿Es posible? ¡Sabía que vendrías, lo sabía! ¿Dónde están los demás?, ¿estás bien? ¿Y ellos? –preguntó Mazan aún con los ojos entrecerrados por el cambio de luz, porque aunque en la sala la penumbra era muy grande, en las celdas de los presos, lo era todavía más.

-Están bien, todos estamos bien. Pero ahora tenemos que salir de aquí, cuanto antes. Debemos ayudar y rescatar a toda esta gente antes de que esto llegue a oídos del Visir y esto se llene de soldados. –dijo el elfo mirando al enano y al muchacho.

-Claro, por supuesto. –respondió Mazan, emocionado. –Él es Alhassid, y él su padre, Alharén. –dijo Mazan, mirando al joven y al viejo tuerto respectivamente.

–Él es mi buen amigo Olostarin, un elfo venido del oeste.

Alhassid no habló, demasiado impresionado por la presencia del elfo ante sus ojos, pero Alharén, habló por primera vez, y levantando la mirada del suelo, dijo:

-Mi hijo y yo le pedimos disculpas, y le suplicamos ayuda para nosotros y para los demás. Ayúdenos a salir de aquí… -dijo el viejo con lágrimas en el ojo.

Olostarin ayudó a levantarse a Alharén, que estaba muy débil, y lo dejó a cargo y cuidado de su hijo, mientras que él y Mazan iban abriendo una a una todas las celdas. Los esqueletos de las jaulas centrales de la sala, sacaban sus huesudas manos y suplicaban que a ellos también los ayudasen, y cuando ya todos estuvieron fuera, Olostarin encargó a los ancianos al cuidado de Alhassid, y Mazan se colocó al final de todos, cerrando la marcha para que ninguno quedase atrás. Cuando todos salieron de la sala de las celdas y regresaron al habitáculo donde estaban la mesa y el cadáver del guardia, Alhassid le dijo a su padre:

-Mire, padre, yo solía jugar con él cuando éramos niños. Nunca hubiera deseado una vida así para ninguno de los dos… -dijo el muchacho mientras su padre le pasaba una mano por encima del hombro, consolándolo.

Olostarin desenganchó la espada del cinturón del soldado muerto y se la entregó a Mazan, para que pudiera defenderse en caso de que los atacasen por detrás y a su vez, Olostarin, que iba a la cabeza del grupo, pues era el único que conocía el camino de regreso, desenvainó a Brungil y Belegil. Nada más salir del pasillo que conducía a la primera de las salas, el grupo avanzó lentamente hasta cruzarla, algo recuperados, puesto que el olor del aire ya no era de putrefacción, sino simplemente malo, y por los nuevos ánimos de salir de allí. Continuaron avanzando por los pasillos hasta que al final, consiguieron llegar a la puerta de la prisión que daba al patio donde habían dejado los carros. Al parecer, Olostarin y Mazan fueron los primeros en regresar puesto que en el patio sólo estaban unos pocos hombres de Anso preparando los caballos para la huída, y Firye. Olostarin llevó a los presos hasta el carro en el que él mismo había llegado para que se sentasen y descansasen un poco, antes de partir. Sacó de uno de los otros carros, bebidas y algo de carne seca que habían traído y se lo ofreció a los presos, que los aceptaron muy agradecidos por toda la ayuda. Firye, que se encontraba ayudando a ensillar a los caballos, se apresuró a ayudar al grupo y a ocuparse de los heridos y de los enfermos. Nada más acabar, puso a todos al corriente de la situación explicándoles lo que había ocurrido y lo que iba a ocurrir. Cuando hubo acabado, Olostarin se retiró a ayudar a terminar de ensillar a los caballos del cuartel para la huída. No había caballos para todos, y además, había gente como Alharén que no estaba en condiciones de cabalgar, por lo que Olostarin comenzó a vaciar los carros de provisiones para que los presos pudiesen ir en ellos, cuando Alhassid y Mazan se acercaron para ayudar con la tarea.

-Deberíais descansar y reponer fuerzas, aún no hemos salido de la ciudad. –dijo Olostarin mirando especialmente a Mazan. –Además, tú, maestro enano, irás a caballo conmigo, y echarás de menos a Narastel en cuanto empecemos a galopar. –dijo animadamente el Elda mientras escuchaba los refunfuños del naugrim- Y los demás, tendréis que ir en los carros, me temo. No tenemos suficientes caballos para todos, ni todos pueden mantenerse en equilibrio sobre las monturas.

-Ya habéis hecho bastante por nosotros. Muchísimas gracias. –dijo sinceramente Alhassid.

-No hay porqué darlas, alguien tiene que intentar cambiar algo de esta pútrida ciudad.

Los tres continuaron sacando las cosas de los carros y preparándolos para la huida. Alhassid era joven y fornido, pero se le notaba cansado y hambriento, mientras que Mazan parecía más animado que nunca y no había ninguna señal de abatimiento en su rostro ni en su cuerpo. Una vez hubieron acabado con el primer carro, se dispusieron a ayudar a los hombres de Anso a preparar el último de los carros, mientras esperaban impacientes por la llegada de sus compañeros. No habían pasado ni cinco minutos, pero Olostarin y Mazan ya estaban empezando a preocuparse.

-Amigo, creo que deberíamos volver y buscar a los demás. No sé porqué tardan tanto… -dijo Mazan mesándose la barba.

-Paciencia, Mazan, paciencia. No ha pasado tanto tiempo como para preocuparnos, y además, eran mucho más superiores en número que los soldados que pudiesen quedar dentro de las mazmorras. Y mucho más experimentados y fuertes. –respondió Olostarin guiñándole un ojo al naugrim, aunque a decir verdad él también se sentía preocupado por Varyamo y Vilendil, y sobre todo, por Eärondûr y Narudud.

-Paciencia, paciencia… - suspiró Mazan entre refunfuños y balbuceos.

Olostarin se acercó al grupo de nuevo y cuando estaba recogiendo su arco, Firye se le acercó para hablar:

-¿Qué ha pasado ahí dentro? ¿Sabes algo de los demás?

-Tienes suerte de no haber bajado a las mazmorras, pocas veces he visto lugares así. Y lo peor es que he tenido que matar a un niño. Seguramente eran sus primeros días como soldado y no se esperaba algo así. –dijo Olostarin bajando la mirada, apenado.- No, no sé nada de los demás, creo que esperaré un poco más, y si veo que no regresa nadie, volveré a bajar para ver qué es lo que ocurre…

[Editado por Arndir el 02-06-2011 11:35]

[Editado por Arndir el 02-06-2011 21:55]

Fragmento 21 por Aragorn_II

Varyamo avanzaba con cautela por uno de los pasillos de las mazmorras, un corredor estrecho y apenas iluminado por la luz de algunos candiles que colgaban irregularmente de las paredes. A ambos lados del pasillo había celdas, todas ellas vacías, o al menos esa era la impresión que daban en la penumbra, custodiadas por una casi inacabable hilera de barrotes de acero. Rosil había ordenado a sus hombres que se desplegaran y avanzaba por el que parecía ser el pasadizo principal de las mazmorras. Había visto a Olostarin y a Vilendil ponerse en marcha también, pero con la oscuridad y la confusión no había visto qué camino habían tomado. Estaba preocupado por Mazan y más por el joven Eärondûr, al que había tomado un gran cariño, quizás por el pasado legado que los unía. Pero también le preocupaba Narudud, al que también había comenzado a apreciar a pesar de su carácter distante. Y también porque era el único que quizás pudiera explicar por qué había pasado todo aquello, por qué esos hombres los habían capturado y llevado a Adudran. Varyamo meneó la cabeza como si intentara sacudirse esos pensamientos. ¡Ya habrá tiempo para explicaciones más tarde, ahora sólo importa encontrarlos y que estén a salvo’, se dijo.

No tardaron en llegarle los ecos de la lucha en las mazmorras. Por los pasillos retumbaba el sonido de las espadas entrechocando, y los gritos de alegría de los prisioneros, que se mezclaban con los gritos de dolor de los heridos y moribundos. Varyamo apretó el paso, y al llegar a un cruce, casi se dio de bruces con uno de los soldados de Adudran, un muchacho joven tan sorprendido como aterrado. Desenvainó rápidamente, aunque a causa del miedo que sentía le temblaba la mano y apenas podía empuñar su espada. A pesar de sus temores, el muchacho atacó de forma violenta pero imprudente. Varyamo esquivó su golpe con facilidad, y sin darle tiempo a rehacerse, contraatacó, hiriéndole de un corte profundo en el costado derecho. El muchacho chilló de dolor, y soltando su espada, se llevó la mano a la herida. Desangrándose, el joven soldado se apoyó en una de las paredes, deslizándose poco a poco. Cuando se desplomó en el suelo ya estaba muerto. Varyamo le miró y sintió lástima por él, pero dejando a un lado su conciencia, buscó sin éxito las llaves de las celdas. Se puso en pie, y decidió seguir por el pasillo por el que había venido el soldado, algo más ancho y un poco mejor iluminado. No tardó en llegar a la zona en la que se encontraban las celdas, y enseguida se dio cuenta que algunas no estaban vacías.

-¡Calenên, Calenên!- se puso a llamar Varyamo, olvidando los consejos que dictaba la prudencia, mientras avanzaba por el pasillo ante el asombro de los prisioneros que se acercaban a los barrotes.

-¿Varyamo?- respondió unos momentos después una débil voz desde una de las celdas que quedaban a su derecha.

Varyamo fue hacia ella y junto a los barrotes, débilmente iluminada por la luz de los candiles, vio la figura de Narudud. El resto de la celda estaba en penumbra, aunque por el hedor y los susurros que salían de ella se adivinaba que el Elfo no estaba solo.

-¡Narudud! - exclamó de alegría Varyamo al ver al Elfo -¿Estás bien?

-Todo lo bien que se puede estar aquí dentro- respondió Narudud intentando esbozar una sonrisa.

En ese momento, la sonrisa del Elfo se congeló en su rostro, y Varyamo escuchó un ruido a su espalda. Se giró y vio a un soldado que corría hacia él empuñando su espada. Rápidamente dio un salto a su izquierda, justo a tiempo de evitar el ataque del guardia, cuya espada golpeó con tanta furia los barrotes de la celda que la hoja casi se parte por la mitad. Rehaciéndose, Varyamo cortó de un tajo las manos del soldado, que cayó de rodillas al suelo, mientras su espada parecía haberse quedado encajada en uno de los barrotes de la celda, aún con las manos cercenadas del guardia sosteniendo su empuñadura. Cogiéndole por la nuca, Varyamo golpeó violentamente la cabeza del soldado contra los barrotes de la celda, dejándole aturdido y prácticamente inconsciente. En ese estado, echó su cabeza hacia atrás tirándole del pelo, y de un corte seco, le abrió la garganta. Mientras se desangraba, Varyamo buscó en el cinturón del soldado, y esta vez sí encontró lo que buscaba. Desde la oscuridad de alguna de las celdas cercanas se escucharon gritos de júbilo al ver al soldado caído.

-¿Estás bien?- volvió a preguntar Varyamo mientras se incorporaba con un gesto de dolor y empezaba a probar las llaves en la cerradura de la celda.

-Sí, sí… ¿Y tú lo estás?- preguntó el Elfo.

-Sí… Al saltar me ha vuelto el dolor de las heridas provocadas por Arattalion y su maldita perra Udunita, pero pronto pasará, no te preocupes. Al fin y al cabo, sólo ha pasado mes y medio desde nuestro enfrentamiento. Y no fui el peor parado de los tres- replicó Varyamo esbozando una ligera sonrisa.

-Sí, aunque nos tuviste en vilo durante semanas en nuestro viaje por el Eárnar. Pero dime, ¿cómo nos habéis encontrado? ¿Y cómo habéis conseguido entrar en las mazmorras? Si te digo la verdad, temí que aquellos hombres os hubieran matado a todos después de que nos capturasen a los tres- dijo Narudud.

-Qué va, acabamos con ellos fácilmente. Y gracias a Soroni y a la habilidad de Vilendil como rastreador pudimos seguiros el rastro. Pero ya habrá tiempo de explicarlo todo cuando estemos a salvo- respondió Varyamo y Calenên asintió.

Antes de que hubiera podido probar todas las llaves, el eco de unos pasos que se acercaban a la carrera alertó nuevamente a Varyamo. Pero en lugar de uno de los soldados de Adudran, el que llegó corriendo fue Rosil.

-¡Varyamo!- exclamó el hombre.

-¿Qué ocurre? ¿Todo va bien?- preguntó Varyamo mientras seguía probando las llaves.

-Sí, sí… Bueno, dos de mis hombres han caído en el enfrentamiento con los soldados… Pero lo importante es que ya estamos empezando a liberar a los prisioneros. Creo que Olostarin ha encontrado a Mazan. De Vilendil aún no sé nada- dijo Rosil para alegría de Narudud y Varyamo.

-¡Grandes noticias!- exclamó Narudud.

-Mientras yo encuentro la llave adecuada ve abriendo el resto de estas celdas, que algunas no están vacías- dijo Varyamo.

-¿Queréis dejar la cháchara para después y abrir la maldita celda de una puñetera vez?- dijo una voz desde el interior de la celda de Narudud.