Historia pública
Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada
Descripción
Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada
Convocar a todos los miembros de la Hasêrkar no había sido una tarea sencilla, pues los distintos grupos que la componían estaban dispersos por los alrededores del Bosque Muerto, y rara vez se congregaban. Pero al fin, Nethênil había conseguido reunirse con los líderes de todos los escuadrones de la Hasêrkar, y con la ayuda de Auressë y de Anso, les explicó la amenaza que se cernía sobre ellos. Allí, además de Ohtûlk y Cararê, estaban Alcarô, líder de los Walabâ, Nenkô, líder de los Nentará, y Hambô, líder de los Orôdsa, el escuadrón más numeroso de la Hasêrkar. Aunque Ohtûlk aún se mostraba muy reticente a unirse a otros pueblos de Firindor para combatir a Magan, los demás estuvieron de acuerdo con los consejos de Auressë, uniendo sus tropas a las de Nethênil para marchar juntos hacia Enyelost. Finalmente, y gracias a la intervención de Cararê, Ohtûlk también cedió. Así pues, todas las tropas de la Hasêrkar se reunirían por primera vez desde que Losanost fuera arrasada y naciera la Hasêrk, el juramento de venganza de los Elfos.
Mientras preparaban la marcha, Auressë aconsejó que con ellos debían marchar también las mujeres y los niños de los Elfos, pues no podían permitirse dejar un contingente para su protección, asegurando además que en Enyelost encontrarían un refugio seguro. Nethênil accedió, y dio las órdenes oportunas. Pero mientras los Elfos preparaban la marcha, Stygh deambulaba solo por las cavernas, preguntando siempre por su hermano Rom, pero sin hallar ninguna respuesta. Garlan, que no quería estar en compañía de los Elfos, observaba impotente el sufrimiento de su amigo, aquel que le había cuidado tras una herida que bien le podría haber costado la vida. Por eso, cuando Stygh le comunicó a Anso su deseo de partir para buscar a su hermano, Garlan se unió a él. Nethênil no solo no se opuso, sino que les proporcionó provisiones suficientes para varias semanas, algo que tanto Stygh como Garlan agradecieron mucho. Cuando estuvieron preparados, los dos abandonaron el lugar para ir en busca de noticias de Rom. Al verlos alejarse, Auressë recordó los buenos momentos que había pasado con los mellizos sureños en la caravana de Hamad, y deseó que los hermanos se volvieran a encontrar.
Al fin, como había previsto Nethênil, cinco días después de la llegada de Auressë y Anso, la Hasêrkar al completo partió hacia Enyelost. En unas horas dejaron atrás el Bosque Muerto para dirigirse hacia el noroeste, siempre al abrigo de las cumbres de las Ered Meneltobas, que los protegían de los gélidos vientos del Norte. La marcha era lenta y fatigosa, pues las mujeres y los niños de los Elfos no podían avanzar al ritmo al que estaban acostumbrados los soldados. En la mañana del segundo día de marcha, un chillido agudo y penetrante les sobresaltó a todos, pero Auressë les tranquilizó y les aseguró que no había nada de qué preocuparse. Entonces advirtieron la presencia de un águila blanca que descendía majestuosamente hacia ellos hasta posarse en el brazo derecho de Auressë. La Maia sonrió al ver llegar a su fiel compañera Amajir, y se alegró al ver que la herida que le curara semanas atrás en las Ered Gaerin había cicatrizado bien. El viaje transcurrió sin más incidentes, y tres días más tarde por fin llegaron a las cercanías de Enyelost, donde los esperaban Yijda y Rosil, que se sorprendieron al ver los yelmos de los Orôdsa, coronados por gruesos cuernos de carnero, de los Nentará, que tenían forma de bestia marina con las fauces abiertas, de los Walabâ, que tenían la forma de la cabeza de un águila de los Walabâ, o el de los Bassarâ, cuyos yelmos tenían la forma de la cabeza de un león con las fauces abiertas.
–Bienvenidos– dijo el anciano Yijda cuando Auressë, Anso, Nethênil y el resto de los líderes de la Hasêrkar se acercaron a ellos.
–Muchas gracias Yijda– dijo Auressë abrazando al anciano. –Permíteme que te presente a Nethênil, líder de los Elfos supervivientes de Losanost–
–Os agradecemos vuestra hospitalidad, y me alegro de que al fin nos conozcamos en persona– respondió Nethênil estrechando con afecto la mano del anciano Yijda.
–¿Y es aquí donde encontraríamos un refugio seguro para los nuestros? Si apenas son un par de casonas medio en ruinas– dijo abruptamente Ohtûlk.
–Si no estás a gusto aquí, eres libre de marcharte cuando te plazca– respondió Rosil, que por los emblemas que lucía, dedujo que se trataba del líder de los Bassarâ.
–Basta. No estamos aquí para enfrentarnos entre nosotros– intervino Auressë.
–Está bien, pero somos algo más de seiscientos, y no veo ningún refugio seguro como nos habías prometido– replicó Ohtûlk.
–Entonces lo siento por ti, pues tu vista ya no es tan penetrante como antaño si solo eres capaz de ver lo que tienes ante tus narices– dijo con calma Auressë inclinando su cabeza hacia Enyelost y las montañas que tenía a su espalda.
–Seguro que en esa ciudad encontraríamos un buen refugio– le susurró Cararê a Ohtûlk.
–¿Y cómo pensáis atravesar sus puertas?– terció Rosil, que había escuchado a la Elfa.
–Muy sencillo, cualquiera de los nuestros puede escalar sus muros y después abrir las puertas de la ciudad– replicó Cararê.
–No, no creo que sea prudente, eso podría ofender a los descendientes de aquellos que la habitaron tiempo atrás– dijo Yijda con serenidad.
–Además, en las montañas hay muchas cuevas que en el pasado sirvieron de refugio a los que moraron en estas tierras. Allí los vuestros podrán estar a salvo, y en mejores condiciones que en las cavernas y grutas del Bosque Muerto– añadió Auressë.
–Me parece una solución justa. Sea así pues– dijo Nethênil zanjando la disputa, y ni siquiera Ohtûlk discutió con él en esa ocasión.
–Vamos, tenemos mucho que hablar– dijo Yijda.
Mientras Auressë, Nethênil y los líderes de la Hasêrk hablaban con Yijda sobre Magan y la amenaza que suponía para aquellas tierras, Anso y Rosil se encargaron de acomodar a los Elfos de Losanost en las cuevas de las Ered Meneltobas. Aunque algunos miraban con recelo a los Elfos, especialmente a los Bassarâ, no hubo ningún incidente, y la tarde y la noche transcurrieron con tranquilidad. El día siguiente amaneció despejado y sin novedades, aunque al mediodía, muchas leguas al noroeste, Eärondûr Anaire abría la puerta negra, Ando Rómenarnayim, una de las siete puertas que conducían al valle de Gûlninquë. Esa misma tarde, Soroni, el águila gris de lomo blanco, llegó a Enyelost, y su llegada fue recibida con alegría por Amajir. Soroni descendió majestuosamente y le comunicó las nuevas a Yijda, quien sonrió al escuchar las noticias.
–¿Qué ocurre?– preguntó Nethênil.
–Buenas nuevas amigos. Debéis partir hacia la Ciudad Protegida de Gûlninquë. Hacia allí se dirigen ya Lómë, Vilendil y el resto de sus compañeros, que confían en conseguir el apoyo de Mirkhan, Rey de los Enanos de estas montañas. También hacia Gûlninquë se dirige el Duque Aduelen al frente del ejército de Sein Cair Andros. Menuda sorpresa se va a llevar Magan cuando lo descubra– dijo Yijda.
–Excelentes noticias, ¿pero cómo llegaremos hasta Gûlninquë?– preguntó Nethênil.
–Yo estuve allí una vez hace muchos años, en tiempos de Eärondûr Thorongil, antes de la caída del Reino Unificado, y sé cómo llegar hasta los túneles de los Enanos. Una vez lleguemos a ellos, seguro que nos encontraremos con un grupo enviado por Mirkhan que nos conduzca hasta el valle de Gûlninquë– dijo Auressë.
–Sea así pues. Partiremos mañana al despuntar el alba, y que con nosotros vengan Rosil y sus hombres– dijo Nethênil.
–Yo me quedaré en las cuevas con los heridos, las mujeres y los niños. Además, aún no tenemos noticias de Atâva– dijo Yijda.
Mientras Nethênil y Rosil preparaban la partida, Auressë le susurró unas palabras a Soroni, que alzó el vuelo y se dirigió rauda hacia el noroeste, a Gûlninquë. Al alba todo estuvo dispuesto, y bajo la guía de la Maia, emprendieron la marcha. Con Yijda, además de Amajir, solo se quedaron una decena de soldados a modo de centinelas. Cinco días más tarde, poco antes del anochecer, Atâva, Lodoc, Sufad y el resto de miembros de la Orden del Puño Llameante llegaron a las cercanías de Enyelost. Cuando le contaron a Yijda lo que había sucedido en Haiddara, las esperanzas que había abrigado el anciano tras conocer las noticias de Soroni se esfumaron, pero nada dijo sobre ello. A su vez, cuando Atâva y los demás escucharon las nuevas sobre Gûlninquë, todos estuvieron de acuerdo en que debían partir hacia la Ciudad Protegida lo antes posible, y sumarse así a las fuerzas de Sein Cair Andros, de Mirkhan y de la Hasêrkar. Como ninguno conocía el camino a Gûlninquë, Yijda les sugirió que Amajir fuese su guía, pues el águila había acompañado años atrás a Auressë en su visita a la Ciudad Protegida, y sabía cómo llegar a los túneles de los Enanos. Atâva y los demás estuvieron de acuerdo, y tras descansar en las cuevas aquella noche, partieron hacia Gûlninquë a la mañana siguiente.
Estaba harto y cansado de aquella tediosa marcha. Habían pasado veinte días desde que dejara su palacio en Adudran, y ni todas las comodidades que podía permitirse le hacían más soportable aquel maldito viaje. Ya no estaba acostumbrado a vagar por la tierra, y menos aún al frente de un gran ejército, rodeado de Hombres rudos y sucios con los que se veía obligado a tratar. Les odiaba en secreto, y también les temía, pero no eran más que un instrumento para obtener el fin que tanto ansiaba: conquistar y dominar la Tierra Media. El hedor y el polvo le mareaban, y en ocasiones le nublaban el juicio. Pero había algo más, algo que perturbaba a Magan desde hacía casi dos semanas. De hecho había ido creciendo en su interior a los pocos días de salir de Adudran. Una sensación extraña pero al mismo tiempo familiar, como un eco de un pasado remoto. Pero la había desechado tras su aplastante victoria en Farahkadr, y ahora volvía a sentirla con más fuerza aún.
Ya estaban a solo dos días de marcha de Adudran. Por fin regresaría a la comodidad de su palacio y se alejaría de aquella suciedad nauseabunda. La mayor parte del viaje se había distraído pensando en cómo irían las campañas de sus vasallos en el Oeste: el Señor de Rhûn, el Señor de los Haradrim y Abarhor, Sultán de Dassart. Se divertía al pensar en lo poderoso que se creía cada uno de ellos cuando solo eran simples peones a los que manejaba a su antojo y a los que despreciaba profundamente. Y ahora estaba a punto de reunirse con sus nuevos vasallos, pues sus exploradores habían informado de que el ejército de la Orden del Puño Llameante se aproximaba y que en pocas horas se encontrarían con ellos. Al conocer la noticia, Magan suspiró profundamente y sonrió. No le gustaba la idea de tratar con aquellos fantoches pero los necesitaba, y al menos le era muy sencillo manejarlos y manipularlos para que cumplieran sus designios.
Unas horas después, un par de jinetes que portaban las enseñas de la Orden del Puño Llameante se aproximaron desde el sureste. Magan ordenó que el ejército detuviera la marcha, y se preparó para recibir a los emisarios de la Orden. Se sacudió el polvo de los ropajes lo mejor que pudo, y aguardó pacientemente la llegada de los jinetes. Fueron aminorando la marcha hasta detenerse a pocos metros del lugar donde esperaba Magan. Uno de ellos desmontó, mientras que el otro permaneció sobre su caballo, sosteniendo el estandarte del Puño Llameante. Varios de los soldados de Adudran se hicieron cargo de las riendas de la bestia del primer jinete mientras este sacaba con cuidado un bulto que llevaba sujeto concienzudamente en la parte posterior de su silla. Al ver las pulcras túnicas blancas de los soldados de la Orden, Magan no pudo evitar preguntarse cómo aquellos soldados conseguían vagar por aquellas tierras sin que quedara en ellos huella alguna de sus viajes. Pero enseguida llamó su atención el bulto que con mimo sostenía el miembro de la Orden del Puño Llameante que se aproximaba a él. Le reconoció de inmediato, se trataba de Azrahal, uno de los que visitaron Adudran semanas atrás.
–¡Salva Saffadar, Visir y Señor de Adudran!– dijo el hombre haciendo una reverencia. A Magan le divertía mucho la grandilocuencia de aquellos individuos.
–¡Salve Azrahal!– disimuló Magan, devolviendo la cortesía. –Siempre es un placer estar en compañía de un honorable miembro de la Orden del Puño Llameante–
–El placer es compartido mi señor. Como os dije cuando nos despedimos, mis hermanos y yo regresamos a Haiddara, y allí contamos lo que habíamos visto y oído en Adudran. Y como suponía, la práctica totalidad de nuestros hermanos estuvieron de acuerdo en que había llegado el momento de la verdad, que la Orden no podía seguir mirando hacia otro lado ante el mal que campa en estas tierras, y decidieron unirse a su campaña– dijo Azrahal. –Una campaña victoriosa, si es cierto lo que ha llegado a nuestros oídos sobre lo sucedido en Farahkadr–
–Me honráis al creer que mi causa es justa y digna, pues sé que de otro modo la Orden del Puño Llameante no la apoyaría. Y he de admitir que sí, que nuestra campaña no podría haber empezado mejor. Hemos conseguido erradicar la corrupta podredumbre que se había adueñado de la ciudad de Farahkadr, aunque es tan solo un primer paso. Con la ayuda de vuestra Orden, podremos acabar con todo el mal de Ambaron– replicó Magan.
–Sea así pues. Y para honrar nuestra alianza, os he traído un presente. Recordé vuestro interés por los objetos antiguos, especialmente por los de aquellas culturas que moraban en estas tierras antes de las conquistas de Haddar, y como bien sabéis, nuestra Orden es custodio de muchos de ellos. Por ello, busqué en la cámara donde se guardan nuestras reliquias, y hallé esto– dijo Azrahal mostrando el bulto que sostenía en sus manos. Se trataba de una pequeña piedra esférica, negra pulida.
Al ver la piedra, los ojos de Magan centellearon, ávidos, pues se trataba de un Palantir, aunque Azrahal no percibió su reacción. –Es muy generoso de vuestra parte, me siento muy honrado– dijo Magan tratando de disimular su emoción. –¡Oh!, es una piedra muy hermosa sin lugar a dudas. ¿Sabéis cuál es su origen?– añadió distraídamente mientras sostenía el Palantir entre sus manos.
–No, me temo que no, y tampoco sabemos qué secretos puede ocultar. Solo sabemos que se trata de una piedra con algún poder oculto, aunque como bien sabéis, nuestra Orden nunca ha hecho mucho caso de las antiguas supersticiones– respondió Azrahal.
Continuaron conversando un buen rato, aunque Magan no tardó en encontrar una excusa para marcharse a su tienda, dejando que sus lugartenientes discutieran los detalles de la intendencia con Azrahal. Aquellos asuntos siempre le habían resultado nimios y muy aburridos, pero esta vez era distinto. No podía dejar de pensar en el preciado objeto que le había obsequiado la fortuna. Cuando estuvo en su tienda a solas sintió la tentación de escudriñar en el Palantir, pero en el último momento se contuvo. No, aquel no era un buen lugar para ello, no quería que nadie pudiera descubrir los verdaderos poderes de la piedra. No, esperaría a llegar a Adudran, y allí, en la soledad de sus aposentos privados de palacio, escudriñaría en el Palantir.
Una hora después, el grueso del ejército de la Orden del Puño Llameante se aproximó a la posición del ejército de Adudran, y muchos cuernos dieron la bienvenida a los recién llegados. Como aún quedaban varias horas para que anocheciera, Magan ordenó que los dos contingentes reemprendieran la marcha. Dos días después, los ejércitos llegaron a las puertas de Adudran. De la ciudad salieron muchos soldados pertenecientes al cuerpo de intendencia pertrechados con toda clase de víveres. Como no había sitio suficiente en los cuarteles de la ciudad para albergar a los soldados de la Orden del Puño Llameante, Azrahal convino con los lugartenientes de Magan en que lo mejor era que acamparan en las afueras de la ciudad, en una hondonada que había unas pocas millas al Este, junto al cauce del río Sirhelë. Magan se desentendió lo más rápido que pudo de todo aquello y se dirigió raudo hacia su palacio. Allí, ordenó a sus sirvientes y mayordomos que no le molestaran bajo ningún concepto, amenazando con dar muerte con sus propias manos a aquel que osara perturbarle.
Por fin, en la seguridad de sus aposentos, y sin siquiera cambiarse de ropa o darse un baño para quitarse la suciedad de las casi tres semanas de marcha, Magan desenvolvió con cuidado el Palantir, y lo escudriñó. Dominó la piedra vidente con suma facilidad, y su voluntad se centró en las campañas que sus vasallos libraban en el Oeste. Esperaba grandes noticias, con suerte a esas alturas Osgiliath y Minas Tirith ya habrían caído, al igual que Umbar y las ciudades de la Marca Verde. Y sobre todo esperaba ver la ruina de Cadraldôst, aquella ciudad que le recordaba un pasado de sumisión que había jurado dejar atrás. Cuantas veces, a los pocos años de llegar a la Tierra Media, se había reunido allí con Lómë, Auressë, Anfalas y Mêlel junto al Árbol Rojo o en los lujosos salones del Telminton. El Concilio Rojo, así fue como absurdamente llamaron a aquellas reuniones. Quizás aún más que el dominio sobre la Tierra Media, lo que más ansiaba Magan era ver aquella ciudad élfica reducida a escombros, y ante la desesperada mirada de Mêlel, Anfalas y de todos los supervivientes de Cadraldôst, talar el maldito árbol, arrancar sus raíces de las profundidades de la tierra, y usar su madera para incendiar las ruinas de la ciudad. Nada odiaba y despreciaba Magan más que Cadraldôst.
En los pocos segundos que transcurrieron hasta que el Palantir comenzó a mostrarle imágenes, Magan se imaginó la destrucción de la ciudad élfica, y se regocijó. La piedra vidente se aclaró, y le mostró imágenes de Cadraldôst. El humo se elevaba en muchas zonas de la ciudad, y Magan se alegró. Casi había empezado a reír cuando la sonrisa se le heló en el rostro. Vio los puentes de la ciudad destruidos, pero supo que no había sido obra de las tropas del Señor de Rhûn. Entonces lo comprendió: Cadraldôst aún resistía, estaba cercada, pero sus soldados la defendían valerosamente. Sin los puentes, solo se podía llegar a la ciudad en botes, pero todos los ataques habían sido rechazados, y la mayor parte de la flota del Señor de Rhûn había sido hundida o incendiada, y muchos de sus soldados habían perecido. Magan ardía de rabia, aunque no dio ninguna señal de ello. Ya llegaría el momento de ajustar cuentas con el Señor de Rhûn por su fracaso. Intentando serenarse, Magan concentró su mirada entonces en Gondor y en la Marca Verde, pero tampoco halló buenas noticias. Vio la ciudad de Umbar sitiada por los Haradrim, pero también vio que los defensores estaban siendo abastecidos por mar y que nuevas tropas se preparaban para partir de Dol Amroth en auxilio de la ciudad. También vio que los Haradrim habían sido incapaces de atravesar el río Harnen, y que los soldados de la Marca Verde y de Gondor defendían los vados, y aunque la lucha era cruenta, todos los ataques eran rechazados, y los Haradrim se retiraban con muchas bajas. Su furia se vio mitigada mínimamente al ver los avances de una gran hueste del Señor de Rhûn, que tras arrasar la región de Dorwinion y los enclaves a lo largo del Camino de los Elfos del Este, habían hecho retroceder al ejército de Gondor liderado por Eldarion hasta el Morannon. Algo más complacido, Magan vio cómo las tropas de Dassart penetraban por Nurn y avanzaban hacia Udûn para atacar la retaguardia de Eldarion. Pero su alegría duró poco, ya que también vio nuevos refuerzos de Gondor y Rohan que avanzaban para apoyar a Eldarion, además de una gran hueste de Hombres de Valle y Esgaroth que avanzaban desde el Norte, más otro ejército procedente de Arnor.
Enfurecido, y viendo cercana la derrota de sus vasallos en el Oeste, Magan estalló. En medio de su ataque de ira, el Palantir cayó al suelo y se oscureció. Al cabo de un rato, Magan se serenó y recogió la piedra del suelo. Entonces, sin que su voluntad ordenara nada, dejándose guiar únicamente por sus instintos, el Palantir le mostró lo que ocurría en Gûlninquë, y por primera vez en mucho tiempo, el miedo le invadió. Comprendió que Lómë y Auressë habían revelado sus identidades Maiar y que era ese el motivo y el origen de aquella sensación extraña y familiar que lo perturbaba. Se maldijo por no haber sido capaz de ver más allá del disfraz de Lómë cuando lo tuvo ante él semanas atrás. “Muy astuto por tu parte el haber adoptado la apariencia de Narudud, eso te lo reconozco”, se dijo a sí mismo Magan. Pero vio lo que ambos habían hecho, y vio que en Gûlninquë se hallaban las únicas fuerzas capaces de frustrar sus planes. Y no podía permitirlo. Olvidando todo lo que sucedía en el Oeste, Magan salió de sus aposentos rápidamente y convocó a sus lugartenientes, no sin antes ocultar el Palantir.
–Que el ejército esté preparado para partir mañana al alba– dijo Magan a sus hombres cuando estuvieron reunidos.
–Pero mi señor, acabamos de regresar de una campaña victoriosa, los soldados necesitan un mínimo de descanso…– replicó uno de sus lugartenientes.
Magan lo fulminó con la mirada, y a punto estuvo de lanzarse sobre él, pero se contuvo en el último momento. –Estamos en guerra, no hay tiempo para descansar. Una gran amenaza se cierne sobre nosotros, y debemos actuar inmediatamente–
–Muy cierto, en la guerra no hay tiempo para descansar, eso lo sabe muy bien cualquier miembro de nuestra Orden. El Puño Llameante estará preparado para partir mañana al alba– dijo Azrahal, mirando desafiante a los lugartenientes de Magan.
–Haremos los preparativos necesarios, mi señor. Pero decidnos, ¿cuál es nuestro destino?– preguntó uno de los lugartenientes de Magan.
–Vamos al noroeste, hacia las Ered Meneltobas, a un lugar que ha permanecido en el olvido demasiado tiempo. Nos dirigimos a Gûlninquë– dijo Magan.
El ejército avanzaba a buen ritmo, pero no dejaba de ser un inmenso ejército con todos los problemas de intendencia que ello conlleva, cientos de carretas marchaban en retaguardia adecuadamente escoltadas por varias compañías de caballería ligera: marchaban por un camino ancho, de tierra prieta, en el que se habían marcado profundamente antiguas roderas.
Nergol estaba sentado en el pescante, junto al conductor, de un carro lleno de apestosa carne salada, fumaba tranquilamente perfumado tabaco de primera calidad en una pipa de cazoleta pequeña; su misión era proteger el cargamento de imposibles asaltos y de, más que posibles, hurtos. Madair había conseguido un trabajo menos "oloroso", su función consistía en hacer de mensajero entre un marhshalk con malas pulgas y los encargados de la distribución de la cebada y el forraje a las caballerías de los oficiales, cosa que le daba acceso a altos círculos de la oficialidad.
No podían encontrarse a diario, pero lo que tenían que decirse ya estaba dicho. Enseguida habían localizado los carros que les interesaba que, no dejó de divertir a Nergol, aun contenían los barriles de higos secos que él mismo había elegido para pasar desapercibidos en la caravana (en la que le parecía haber participado hacía mil años). Habían dibujado un plan rudimentario muy condicionado a posibles contingencias; de hecho habían diferido futuras acciones de robo o sabotaje hasta que estuvieran más cerca de Gulninque. Así que, de momento, se limitaban a pasar desapercibidos y a hacerse simpáticos y conocidos entre los soldados. El hecho de pertenecer a intendencia daba muchas opciones de hacer favorcillos, sobre todo a Nergol, acostumbrado a manejarse en el mundo de los bajos fondos, sabiendo hasta qué punto podía sisar de aquí y de allá sin que se notara demasiado.
Llevaban varios días de duro camino, Madair calculaba que debían estar ya a la mitad, a unas 50 Leguas de su destino. En la lejanía, hacia el Este, entre brumas azules y difuminados pastos, se adivinaba la Cordillera Ered Meneltabas, allí, en medio de una estribación hacia el norte, se levantaba la poderosa Gulninque.
A medida que avanzaban hacia el Norte se notaba un extraño estado de ánimo entre algunos soldados, las leyendas de la última batalla de Haddar, las cantinelas de un campo de muerte y una tierra maldita, se extendían sutilmente, se susurraban bajo las estrellas, alterando el sueño de más de uno.
Y la marcha continuaba, a buen ritmo, hacia la guerra.
[Editado por elfo_negro el 17-05-2012 18:56]
Todos se sintieron sobrecogidos al estar ante la imponente torre blanca de Gûlninquë, aunque ninguno dijo una palabra. Se quedaron en silencio mientras Eärondûr abría sus puertas y se perdía en su interior, contemplando el majestuoso valle en el que se alzaba la torre. Vilendil siguió a su sobrino inmediatamente, pero Firye, Gilorod, Lómë, Mazan, Olostarin y Varyamo vacilaron por unos instantes. Al ver sus dudas, el Medio Elfo los llamó desde el interior de la torre y todos le siguieron. Mirkhan no entró, se quedó fuera organizando a los suyos, que poco a poco iban entrando en el valle.
El interior de la torre estaba oscuro pero impoluto, como si algún hechizo la hubiera preservado de todo mal y los casi cien años que llevaba abandonada no hubieran hecho mella en ella. Vilendil y los demás siguieron a Eärondûr, que recorría cada estancia y cada salón hasta que encontró lo que estaba buscando. En una abertura en uno de los muros interiores había unas escaleras que ascendían y descendían en espiral. Eärondûr, Vilendil y Gilorod, que sabían muy bien a dónde llevaba el camino que bajaba hasta el interior de la tierra, se estremecieron al percibir la oscuridad que parecía emanar de él. Subieron por las estrechas escaleras lo más deprisa que pudieron, en algunos tramos casi a tientas por la falta de luz, aunque solo Firye, Lómë y Gilorod pudieron seguir el ritmo de Eärondûr y Vilendil. Varyamo, Mazan y Olostarin, que se había quedado para acompañar y ayudar al Enano, se quedaron algo rezagados.
–¿Quién idearía una escalera tan estrecha con unos escalones tan altos? Cuatro cosas le diría al que la construyó– farfulló Mazan, cuyos jadeos entrecortados resonaban con fuerza entre los muros de piedra.
–¡Vamos mi buen Mazan! ¿Qué dirían los tuyos si te vieran? ¿Un Enano que se queja de lo angosta que es una escalera?– se burló Olostarin.
El Enano no respondió a la enésima provocación de su amigo, pero fulminó al Elfo con la mirada. –Olostarin, creo que algún día no muy lejano nuestro buen Mazan se acabará cansando de tus bromas y tus burlas constantes– dijo Varyamo riendo, disimulando que a él también se le hacía dura la subida, ya que aún no estaba totalmente repuesto de sus heridas y porque, por alguna extraña razón, desde que llegó a las escaleras una sombra le oprimía el corazón.
–Tal vez– se limitó a responder el Elfo con una sonrisa. –Pero no será hoy. ¡Vamos mi buen Mazan, que no se diga que a un Enano fuerte y robusto le pueden vencer unos pocos escalones!–
Al cabo de un rato, el estrecho pasadizo se llenó de luz, y Varyamo, Olostarin y Mazan no tardaron en llegar al final de las escaleras, que desembocaban en la terraza superior de la torre. En ella se hallaban los Sitiales de Gûlninquë, cuatro tronos de piedra que miraban al Norte, al Sur, al Este y al Oeste. Una brisa fresca les golpeó en la cara y los reanimó cuando salieron al exterior. Desde allí se tenía una vista panorámica de todo el valle, que visto así resultaba aún más imponente. Las moles de roca pulida de las montañas circundantes se elevaban hacia el firmamento casi de forma vertical muchos centenares de metros, una muralla prácticamente impenetrable. El silencio sepulcral era roto únicamente por Mirkhan y los suyos, que vistos desde lo alto de aquella torre parecían un grupo de atareadas hormigas que salen de su hormiguero. La vista de aquel lugar los había cautivado, y durante unos instantes Varyamo, Mazan y Olostarin no fueron conscientes de la presencia de los demás, que se hallaban a unos pocos metros a su derecha.
–¡Por fin habéis llegado! Nos estábamos empezando a preocupar– exclamó Firye.
–Solo queríamos admirar con más detenimiento las maravillas que ocultaba la escalera– respondió Olostarin.
Varyamo, Mazan y el Elfo se acercaron, y advirtieron que Vilendil y Eärondûr estaban algo más separados del resto, y hablaban en susurros señalando hacia el Sur. –¿Qué ocurre?– preguntó Mazan intrigado. Varyamo lo fulminó con la mirada, aunque no dijo nada.
–Nada. Bueno, nada grave al menos. Por esa zona corre un riachuelo que nace en las montañas, y al parecer con el paso de los años y con todos los cambios que ha sufrido esta parte del mundo su cauce se ha debido desviar, y ha acabado anegando una de las puertas que dan acceso al valle– respondió Lómë.
–En realidad aquella puerta siempre ha estado inundada– dijo Gilorod, que no había abierto la boca hasta ese momento. –Y eso ayudó mucho en el pasado– añadió la Elfa, dejando desconcertados a sus compañeros.
–¿Y qué hacen el joven Eärondûr y Vilendil apartados del resto? ¿Por qué cuchichean como viejas?– volvió a preguntar el Enano.
Esta vez fue Olostarin el que reprendió a Mazan, dándole un suave golpe en el yelmo.
–Deberías aprender a mantener cerrada esa bocaza que tienes, Maese Enano–
–¿Pero qué he dicho? Solo he hecho una pregunta inocente, no pretendía ofender. No pensaba que pudiera molestar– se intentó disculpar Mazan, que aún seguía sin entender cuál había sido su error.
–Hemos compartido muchos meses de viaje, y cualquiera diría que tu mollera está seca, ya que pareces no haber aprendido nada. Este lugar significa mucho para Eärondûr, y es normal que quiera pasar unos momentos en soledad– le reprendió Varyamo.
–Pero Vilendil está con él, si es soledad lo que busca, no lo ha conseguido– replicó el Enano.
–Maestro Enano, temo estar de acuerdo con Varyamo. Pareces haber perdido tu buen juicio, además de tu memoria, si no eres capaz de responderte tú solo a esa pregunta– respondió Olostarin con el semblante serio, algo poco habitual en él.
Mazan iba a contestar cuando de golpe se le vinieron a la mente todas las historias que les habían contado Eärondûr, Vilendil y Varyamo sobre las gentes que habían habitado aquel lugar años atrás. Entonces comprendió su error, y se lamentó por ello, pues tenía en gran estima al joven Eärondûr, y sentía haber perturbado un momento tan importante para él. Su pena se reflejó en su rostro, y al ver al Enano tan apesadumbrado y turbado, Olostarin esbozó una leve sonrisa burlona tan habitual en él. Al cabo de unos minutos, Vilendil y Eärondûr se acercaron a los demás.
–Tanto tiempo esperando llegar a este lugar, y ahora que estoy aquí tengo la sensación de estar en un sueño, como si no fuera real– dijo Eärondûr.
–Es normal, no te preocupes– le dijo Vilendil dándole una palmadita en el hombro. –Al fin estamos aquí, que es lo que importa–
–Sí, pero por desgracia nuestro viaje no ha concluido. Vinimos aquí con un propósito, y debemos cumplirlo– intervino Gilorod.
–Es cierto, no debemos demorarnos más de lo necesario– confirmó Lómë.
–¿Y qué proponéis que hagamos?– preguntó Firye.
–Vinimos aquí con el propósito de forjar un anillo mágico y engarzar en él la piedra de nuestro Maestro Enano. Como ya os dije en el Oráculo de Nimril, el corindón verde es un mineral muy raro que guarda en su corazón un gran poder. Por lo poco que pude leer sobre él en el pergamino que hallé en el Oráculo, ese poder es muy inestable y volátil. Estoy segura de que en la biblioteca de Gûlninquë podremos encontrar la manera de alcanzar ese poder, canalizarlo y dominarlo hasta tallar una gema que engarzar en el anillo– respondió Gilorod.
–Al igual que todos los objetos de valor, todos los libros y pergaminos de la biblioteca fueron llevados a Sinya Gûlninquë hace cien años, cuando el viejo Eärondûr abandonó estas tierras– terció Eärondûr.
–Sí, pero en el cristal de Nimril vi claramente la imagen de esta torre. Puede que en el caos de la evacuación algunos volúmenes se perdieran, y que algunos se dejaran aquí a propósito al creerlos de escaso valor. La travesía del Eärnar es dura, y solo cargarían con lo absolutamente imprescindible y más valioso. O quizás alguien dejó aquí el libro intencionadamente, tal vez previendo nuestra necesidad. También os dije que creo que el viaje que emprendimos cada uno de nosotros se hallaba predestinado para acabar convergiendo aquí, en la torre de Gûlninquë, y ahora, en unos días tan convulsos. Sea como sea, no creo que hayamos venido aquí en vano– dijo Gilorod.
–Conozco a Rhiniriel desde hace muchos años, y aunque a vosotros sus palabras os puedan parecer que son solo la voz del instinto, o de una corazonada, os he de decir que rara vez suele errar. Creo que está en lo cierto, que no hemos venido aquí en vano, y que ese libro o pergamino se halla en esta torre. Pero debemos encontrarlo– dijo Vilendil.
–Muy bien, entonces lo buscaremos– dijo Eärondûr.
–No es lo único que debemos buscar. También debemos encontrar una fragua adecuada para poder forjar el anillo. Y también debemos encontrar algo de oro, plata, mithril, o cualquier otro material precioso– intervino Olostarin.
–Temo que ninguno de nosotros lleve nada así encima– terció Firye.
–Seguro que en la torre encontraremos algún objeto de oro o plata para fundirlo– dijo Olostarin.
–¿Pretendes destruir la heredad del pobre Eärondûr? No seas exagerado, seguro que hay otra solución– intervino Varyamo.
–Y la hay. Le podemos pedir a Mirkhan una pequeña cantidad de oro o plata para forjar el anillo– respondió Vilendil.
–Podíamos pedirles que nos ayudasen a buscar una fragua adecuada. Mi señor Olostarin sabrá mucho de herrería, pero él solo tardaría mucho tiempo en registrar toda la ciudad. Con la ayuda del pueblo de Mirkhan y con la mía, seguro que no tardaremos mucho. Si hay algo que un Enano sabe reconocer al instante, es una buena fragua– intervino Mazan orgulloso.
–Muy cierto Maestro Enano. Sea así pues. Acompañadme a ver a Mirkhan, los demás podéis comenzar a registrar Gûlninquë– dijo Vilendil.
–Quizás sea mejor que Firye, Varyamo y yo os acompañemos, ya que creo que aquí solo seríamos un estorbo. Ninguno de nosotros conoce la torre, nos perderíamos con facilidad y eso retrasaría y entorpecería la búsqueda. Además creo que nos sentiríamos más como unos intrusos que saquean un lugar reverenciado por sus amigos– dijo Lómë, y Firye y Varyamo estuvieron de acuerdo.
–Sí, tienes razón, tal vez sea mejor así. Entre Vilendil, Gilorod y yo seremos capaces de registrar la torre– dijo Eärondûr.
–Sea así. Vamos, no hay tiempo que perder– dijo Vilendil, y todos se pusieron en marcha.
[Editado por Aragorn_II el 28-06-2012 19:19]
[Editado por Aragorn_II el 29-06-2012 15:29]
Capitulo 3. La guerra se aproxima.
Después de tanto tiempo, las puertas de Gûlninquë estaban abiertas. La ciudad perdida no era ahora un lugar abandonado sino que ahora se iba llenando de gente. En el centro de la misma, no muy lejos de la Torre, se iban congregando los enanos de las montañas. Vilendil y los demás se dirigieron hacia ellos, donde Mirkhan deliberaba con su gente. Les informaron de lo que necesitaban para la forja del anillo que les ayudaría en la batalla que se aproximaba.
Mientras Mirkhan dio órdenes para que algunos de los suyos trajeran algo de material para forjar el anillo los demás se dividieron en varios grupos para buscar una fragua entre los edificios de la ciudad. Había una extraña quietud cuando se movieron entre edificios centenarios y llenos de historia.
—La guerra se aproxima—susurró Lomë con la mirada dirigida hacia arriba.
Firye le dirigió una mirada, como si estuviera viendo a un extraño. A decir verdad, ninguno de sus compañeros se había hecho a la idea del todo que aquel elfo de mirada pilla era uno de aquellos maiar.
—¿Qué temes? —preguntó.
—Las tropas de Magan han partido ya hacia aquí, no tardará en llegar. Sólo espero que nuestros amigos lo hagan antes que ellos y que el anillo esté forjado lo más pronto posible.
—Yo no he recorrido miles de kilómetros con una piedra a cuestas para que ahora no podamos usarla —gruñó Mazan, que llegaba un rato algo huraño porque no habían podido dar en toda la ciudad con una fragua. “Si hay algo que un Enano sabe reconocer al instante, es una buena fragua”, se repetía constantemente.
—Pero estamos perdiendo mucho tiempo, Señor Enano—informó Lomë, con el ceño fruñido—. Magan ha reunido ya a todas las tropas de esta parte de Ambaron, cuenta con la mayoría de los miembros de la Orden del Puño que se han unido a su causa.
—¿Te puedo hacer una pregunta, Lomë?—preguntó repentinamente Firye.
El maia se mostró dubitativo y, por un momento, la elfa contempló al joven Narudud, en realidad nunca dejaba de pensar que se trataba del hijo de Mêlel y Anfalas.
—De acuerdo….
—Hay alguna cosa que no me quedó clara en el concilio. Cuando hablaste de Magan y el imperio de Haddar, dijiste que Haddar murió sin descendientes y sabiendo el poder de persuasión que Magan tenía, ¿tan difícil le fue conseguir que se nombrara un sustituto?
—Haddar sólo tuvo hijas, y los yernos no se pusieron de acuerdo—respondió Lomë, intentado desviar el tema.
Firye soltó una carcajada.
—Narudud jamás podía mentirme, le pillaba al instante— dijo la elfa, alegremente.
—Está bien. Digamos que Auressë y yo influimos un poco en ello. Aquel imperio era un peligro y sabíamos de las ambiciosas intenciones de Numenë. Metimos un poco de ciñaza entre los yernos de Haddar para que no se pusieran de acuerdo, el imperio se disgregara y así Numenë tuviera que perderse de vista. Él no nos lo perdonó y años después, cuando tuvo el poder en Adudran, tomó las represalias con el pueblo de Losanost. Esto aún me pesa, y siempre me sentí culpable…
De repente, escucharon unas voces que se rompieron en la mañana, y vieron a Olostarin agitando los brazos en la lejanía.
—¡Vamos!—gritó Firye mientras se dirigía hacia él. Lomë y Mazan hicieron lo mismo. Cuando llegaron, el elfo estaba alterado.
—Varyamo y yo hemos encontrado una fragua, allí, cerca del lago. Creo que se conserva en bastante buen estado.
—Quizás esté deteriorara—bufó el enano, sin hacer nada por ocultar su frustración.
Olostarin lo miró y le dio un suave codazo.
—¿Molesto porque un elfo ha encontrado antes una fragua que un enano? —preguntó, soltando una carcajada—. Tanto para el elfo, y nada para el enano, por ahora, amigo.
—Vayamos a ver esa maldita fragua—dijo Mazan, enfurruñado. Cuánto más se reía Olostarin, más se enfadada. Lomë y Firye no pudieron evitar reírse.
El edificio donde se hallaba la fragua parecía estar en buen estado. Cuando entraron y Mazan examinó las instalaciones tuvo que reconocer que podrían trabajar en ella. Varios de los enanos de Mirkhan llegaron en esos momentos y aseveraron que podría funcionar perfectamente. En las horas siguientes, se dedicaron a prepararla para utilizarla. El tiempo apremiaba y no había instante que perder. Y confiaban en que Eärondûr y Gilorod encontraran el misterioso libro oculto en alguna parte de la Torre.
[Editado por aratir el 27-06-2012 19:00]
Vilendil, Gilorod y Eärondûr tardaron poco en revisar los escasos libros y pergaminos que aún quedaban en la biblioteca exterior de la Torre, había llegado el momento de entrar en la biblioteca privada del antiguo Reino Unificado de Vanwendor.
Los tres se encaminaron al último piso de Gûlninquë, en lo alto de la escalera una maciza puerta de madera les cortaba el paso; Eärondûr sacó de nuevo el manojo de llaves y la vieja cerradura se abrió con un fuerte chasquido metálico, él y Vilendil empujaron con fuerza el portón mientras sus goznes chirriaban hasta abrirlo lo suficiente como para poder entrar en la biblioteca con holgura.
Entraron en una estancia en penumbra con un extraño olor a incienso, hermosos tapices ocultaban parcialmente las ventanas y Vilendil decidió apartarlos para poder contemplar perfectamente la estancia en la que se encontraban. Las paredes formaban un círculo perfecto y en ellas se intercalaban hermosas estanterías de madera tallada y ventanas por las que una cálida luz iluminaba el lugar; también podían verse dos puertas, por la que habían entrado y la que llevaba al estudio del viejo Eärondûr.
Vilendil se sorprendió cuando, al mirar al suelo, descubrió que en la pesada alfombra estaba tejido el escudo del Reino.
- Me extrañó no encontrar esta alfombra en Sinya Gûlninquë, en la nueva Torre y pensé que había sido destruida en la guerra contra Orodril...
- De la original sólo sobrevivió el escudo, tras los funerales de Orodril su hija se ofreció a tejer una nueva alfombra para el viejo emblema... mi tatarabuelo decidió dejarla aquí a modo de protección para la biblioteca... un recordatorio para Orodril de la mano que acabó, al fin, con su existencia -respondió el joven Thorondil-. También añadió las cuatro águilas en las esquinas como un sello personal, los últimos años de su vida en Vanwendor estuvieron rodeados de extraños misticismos al sentir que su muerte se aproximaba...
- ¿Por qué dejásteis todos estos libros aquí abandonados? -preguntó Gilorod a Vilendil.
- En las épocas de paz, los sabios del reino nos dedicamos a traducir todos estos volúmenes a la lengua común... habría supuesto un gran esfuerzo innecesario trasladar estos volúmenes y sus traducciones al oeste, así que la mayoría de los originales quedaron aquí guardados. Yo traduje principalmente compendios históricos... pero seguro que encontramos algún tratado que nos sea de utilidad...
El conocimiento de Eärondûr en lenguas antiguas no era nada comparado con el de Vilendil y Gilorod, así que dejó que éstos buscasen mientras él, sacando la décima llave de Gûlninquë, visitaba el estudio de su antepasado.
Eärondûr abrió con cuidado la puerta que quedaba y la volvió a cerrar silenciosamente, aquella estancia era un pequeño cuadrado de unos tres metros de lado con dos ventanas en los laterales, los estantes en ella estaban completamente vacíos. En el centro estaba la mesa de roble del viejo Eärondûr flanqueada por el hermoso atril antaño ocupado por el Quenta Turendir i Parma Lúmena y por una escalera de caracol que llevaba a la azotea de la Torre.
Tras la mesa, Eärondûr se acercó para ver con detalle un viejo cuadro, la única decoración de la habitación. En ella podía verse un grupo de gente junto a un edificio de dos plantas, varios eran desconocidos, pero el joven pudo reconocer a alguno de ellos. En la puerta principal, bajo el cartel en el que podía adivinarse "Taller de Aulë" estaban sus dueños, el viejo Atar de Enyelost y su mujer Mirelen, junto a ellos se encontraban, a un lado, sus tatarabuelos Eärondûr y Anarel y, al otro lado, Vilendil y una joven que debía ser Isilieldel. Más apartados había dos figuras que el joven identificó como Gilorod y como Thinedhel, debido a la melancólica mirada del elfo de la pintura. A través de una de las ventanas Eärondûr creyó distinguir a Silmë, la elfa de cabellos como el fuego y su misterioso guardaespaldas, que más tarde resultó ser Orodril.
El joven no pudo reconocer a nadie más, excepto a cuatro figuras asomadas en el balcón del primer piso, todos vestidos con ropajes similares, eran los cuatro Duques de Sein Cair Andros, entre los que se encontraba el antepasado de Varyamo, Haeré Lintesereg.
Tras un rato contemplando aquella ventana al pasado, Eärondûr recordó la leyenda de los Sitiales de Gûlninquë y ascendió a la azotea de la torre; allí, se sentó en el trono que miraba al oeste y observó lo que ocurría en la Marca Verde. Pasó un tiempo indefinido viendo transcurrir la vida en su lejano hogar hasta que, sin previo aviso, una voz le conminó a mirar bajo su asiento. Entonces el joven salió del trance y pudo comprobar que la piedra de su asiento no se encontraba sujeta al soporte, la levantó y encontró un viejo libro titulado Historia de Gûlninquë; al recogerlo, un trozo de viejo pergamino salió de entre sus hojas y el joven vio que estaba firmado por su tatarabuelo.
Ya anochecía cuando Eärondûr regresó al encuentro de Vilendil y Gilorod, ambos estaban leyendo un viejo tratado sobre cristales naturales y ya sabían cuál debía ser su siguiente paso... al igual que el joven, que ya sabía qué hacer y cómo llevarlo a cabo.
El trabajo de acondicionar la fragua para tal propósito fue bastante duro. Olostarin sabía que lo que iba a salir de ese taller ese día iba a ser algo importante y sobre todo muy peligroso y se preocupó de que no hubiese nada fuera de su sitio. Pidió a los enanos de Mirkol que trajesen suficiente oro, plata y mithril como para hacer no sólo un anillo, sino varios. Se aseguró de que todas las herramientas que había por la fragua estaban en condiciones y se puso a inspeccionar la esfera de corindón de Mazan. La piedra parecía bastante dura, difícil de tallar, y sabían que podía ser peligroso si no se hacía con la suficiente habilidad; era un material muy inestable y volátil. El elfo dejó el corindón encima de una mesa, asegurándolo bien, y empezó a moverse de un lado a otro de la fragua, en parte impaciente porque le trajesen el libro y en parte preocupado, pues se preguntaba si estaría a la altura de tamaño trabajo. Mazan se percató.
—Amigo, no tienes de qué preocuparte. He podido conocerte durante bastante tiempo, me has contado de tus hazañas y tus logros ¬—dijo mientras echaba una mirada a las manos del elfo, donde se encontraban Norya y Elmorn, anillos que en su tiempo habían sido poderosos, forjados por él mismo— y sé que estás de sobra capacitado para esta empresa.
—Maese Mazan, las hazañas a las que te refieres no fueron tales en su día. En aquellos tiempos no nos jugábamos la libertad ni las vidas de nadie. Al menos que nosotros supiésemos en aquel entonces… ¬—dijo Olostarin con aire preocupado y melancólico, a lo que Mazan le puso la mano en la espalda, animándole.
De repente llegaron tres enanos, de los más grandes que había visto Olostarin en su vida, con un cofre cada uno. Era de suponer que en aquellos cofres había plata, oro y mithrill, del más grande al más pequeño, a juzgar por el carácter de los enanos. Olostarin se acercó a inspeccionarlos, esperando que en el libro no pidiesen ningún otro metal precioso, cuando irrumpieron en el edificio Vilendil y Gilorod con un libro entre las manos. Sin mediar palabra, lo pusieron sobre otra mesa y empezaron a buscar entre las páginas. Gilorod sabía perfectamente lo que buscaba, y en cuanto lo encontró, giró el libro para que Olostarin lo viese. El elfo, con los brazos cruzados, le echó una miradita muy por encima y al ver que estaba escrito en una lengua antigua, para él desconocida, dijo:
—¿Y bien?, ¿me vais a decir qué pone o esperamos a que vengan los malos?
—Cierto, perdona. —comenzó Vilendil— Aquí dice que el corindón es una piedra difícil de tallar, que puede resultar muy peligroso si no se realiza con sumo cuidado. Pone algo que no entiendo muy bien sobre la forma que hay que darle para aprovechar bien la energía del mineral y sobre las distintas propiedades que presenta dependiendo del metal con el que lo engarces. Además se advierte de que bajo ningún concepto el mineral puede tocar el fuego.
—Sí, está bien, está bien. ¬—dijo el elfo mientras giraba de nuevo el libro y observaba los dibujos— ¿Me estáis queriendo dar a entender que tengo que darle esta forma en esta fragua y con estas herramientas antes de que lleguen las tropas enemigas? —exclamó mientras quitaba la vista del libro para posarla sobre los rostros de sus compañeros.
—Exacto. Y además, debemos controlar que la energía de la piedra no haga saltar todo por los aires, pero de eso me encargo yo. —dijo Gilorod alentándolos a todos a ponerse a trabajar.
—Está bien, —dijo Olostarin poniendo los ojos en blanco— entonces hoy haré el anillo y mañana Mazan y yo tallaremos la esfera para darle la endiablada forma que tiene en estas ilustraciones.
—Confío en vosotros. —dijo Vilendil, mirando a los ojos a Gilorod, Olostarin y Mazan, para después salir por la puerta. — Me encargaré de que nadie os moleste mientras trabajáis.
Después de decidir entre los tres que el metal más adecuado para la creación del anillo sería la plata, en base a lo que ponía en el libro, Gilorod se puso a releerlo otra vez y a memorizar algunas partes que a juzgar por cómo estaban escritas parecían poesías, mientras que Olostarin y Mazan calentaban los fuegos del horno y preparaban la plata para comenzar la fundición. Al rato, el metal estaba lo suficientemente caliente y pudieron comenzar a preparar la estructura que sujetaría la piedra. Por necesidad, tenía que ser un anillo bastante ancho, con un canal por la cara interna, rodeando todo el anillo hasta el agujero en donde se incrustaría el núcleo de la piedra. Durante todo el trabajo, que duró más de seis horas, Gilorod no paró de mover los labios y de susurrar nadie sabe qué mirando fijamente al anillo de plata y a la esfera de piedra. Al acabar, dejaron reposar el anillo y Gilorod cerró el libro. Hacía ya rato que se había hecho de noche, por lo que siguieron con los trabajos a la mañana siguiente.
Cuando Olostarin y Mazan llegaron a la fragua para acabar lo que habían comenzado, se encontraron a Gilorod ya allí, sujetando la piedra y pronunciando extrañas palabras que ninguno de los dos entendían. Al tiempo que Gilorod soltó el corindón, el elfo y el enano no se lo pensaron dos veces y se lo llevaron a la mesa de trabajo. Cuando Olostarin asestó el primer golpe a la piedra comprobó que iba a resultar mucho más duro tallar aquel mineral de lo que habían supuesto. Probó otra vez, con el doble de fuerza que la primera, y unas pequeñas esquirlas saltaron y cayeron al suelo. Mazan miró al elfo con verdadero asombro y supo que aquello les llevaría el día entero.
Al caer la tarde, la gran esfera de piedra no era más grande que un puño, y conforme habían ido tallando, el color verde de la piedra había ido acentuándose, hasta el punto de que ahora comenzaba a brillar. Con cada lasca que le sacaban a la piedra, el corindón parecía refulgir con luces blancas y verdes. Gilorod se acercó más a ellos y comenzó a pronunciar las mismas palabras que había estado pronunciando todo el día pero más alto, de tal forma que la piedra volvía a dejar de brillar. Parecía una especie de conjuro que mantenía la energía de la piedra bajo control. Olostarin miró a Gilorod con un suspiro y siguió tallando la piedra. Cuando ya no superaba el tamaño de un ojo, comenzaron a tallar el mineral y a vaciar la parte interior, dándole la forma que necesitaban. Así, consiguieron un anillo lo suficientemente delgado como para que cupiese en la hendidura que le habían hecho a la cara interna del anillo de plata, y una protuberancia, como dos lágrimas tumbadas y unidas por la parte de abajo, que encajaba a la perfección en el agujero del anillo. En este punto, Gilorod prácticamente tenía que gritar para evitar que el corindón se convirtiese en una estrella en miniatura e incluso quemase las manos del elfo.
Sin embargo, el trabajo estaba hecho. El trabajo fácil. Ahora quedaba lo más difícil, engarzar el corindón en ese estado en el anillo de plata. Mazan se apresuró a acercarle a Olostarin el anillo, pidiendo a Aulë que todas las medidas fuesen correctas y que ambas partes del anillo encajasen a la perfección, puesto que no podían fundir la plata de nuevo para fusionar las dos partes. El libro decía expresamente que el corindón no podía, bajo ningún concepto, tocar el fuego ni nada candente. Tenía que ser todo perfecto. Las medidas perfectas para encajar la una dentro de la otra…
El elfo y el maestro enano se miraron, temblando los dos, mientras acercaban las dos partes del anillo, a la vez que Gilorod elevaba el tono una vez más, esta vez cambiando de cántico. Cuando las dos mitades del anillo entraron en contacto, el elfo y el enano sintieron una especie de convulsión y tuvieron que recurrir a todas sus fuerzas para no caerse hacia atrás. Hicieron presión, encajando el corindón dentro del anillo de plata hasta que, habiendo apretado con todas sus fuerzas, algo sonó. Un clic, y Gilorod calló. La sala quedó en completo silencio, y solo se escuchaba la agitada respiración del enano. Se miraron los tres, y después seis ojos enfocaron las manos de Olostarin, entre sus dedos, sujetándolo con las yemas, se encontraba una de las armas más poderosas jamás creadas. Un anillo perfecto, de plata brillante y verde, ahora oscuro por fuera, pero de un intenso verde esmeralda en la veta interior, por donde parecía correr la energía de forma continua.
—Lo hemos conseguido. —susurró Olostarin con una sonrisa de satisfacción y los ojos brillantes mientras Mazan reía a carcajada limpia, rompiendo el silencio imperante en la fragua.
—No cantemos victoria aún, no sabemos si funcionará cuando lo necesitemos o es simplemente una perfecta obra de arte. —dijo Gilorod sin poder evitar una sonrisa.
Mientras Mazan fue a avisar a todo el mundo de que el trabajo había concluido entre risas y gritos, Olostarin limpió el anillo y lo guardó en un pequeño cofre, bajo la atenta y escrutadora mirada de Gilorod.
—No pienso ponérmelo ni loco, si es lo que te preocupa. Ya he tenido suficiente creándolo. Es más, creo que será el último anillo que forje en mi vida… —dijo Olostarin con una sonrisa torcida mientras Gilorod sonreía amablemente.