Historia pública

Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada

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Descripción

Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada

Fragmento 43 por Elfo_Negro

Ataron los caballos a un grueso olmo, se calaron sus capuchas y, como sombras, cruzaron la calle. Madair batió dos veces la puerta con la aldaba, al poco, como si hubieran estado esperando justo detrás, apareció, precidido de la cálida luz amarilla procedente del interior, un hombrecillo delgado y macilento, de ojillos negros y espesas cejas blancas. -¿Sí? ¿qué desean?- preguntó maquinalmente el hombre, con voz suave e inexpresiva. -Deseo hablar al señor de la casa, viejo carcamal- respondió Madair desde la sombra de su capucha. El viejo levantó una ceja de manera un tanto teatral y miró al que se había atrevido a faltarle al respeto de un modo tan ofensivo -Señor, no le consiento esas palabras, esta es una casa noble y respetable, aquí no valen las maneras tabernarias,… puede que sólo sea un sirviente, pero un sirviente de la casa de Abghar vale más que algún señorito engreído-

Madair se hizo resbalar la capucha hacia atrás y su rostro quedó a la vista, con una sonrisa habló al viejo

-eso lo dudo mucho, viejo carcamal-

El viejo, que para más señas se llamaba Ayekk, se quedó de una pieza (y el color cetrino de su rostro y sus manos se intensificó)

-pero… pero… pero si es el señor Diladal-

-Sí, así me llaman en algunos lugares-

-Que me maten si le hubiera reconocido con esa capa y esa capucha sarnosa, si parece un ampón o un forajido de esos que ahora pululan por las montañas… -

-¿Está mi padre en casa? -

-¡Oh, sí, claro!, viene a ver al Señor, sí, sí está en casa, pase, pase,… pase usted y su amigo, sí, denme esas… capas, el Señor está en el salón-

-bien, toma… ¡ah! En el olmo hay dos caballos atados, haz que los metan en el establo-

Madair caminaba a largos pasos por pasillos de piso de madera, por pasillos de la infancia; caminaba rápido, Nergol le seguía, adentrándose en esa gran casona noble.

Una puerta de dos hojas franqueaba el paso a una gran sala de suelo de la misma madera que los pasillos y de cuyas paredes colgabas ricos tapices; al fondo, una inmensa chimenea, en la que ardían pesados troncos de encina, daba calor a la habitación. Junto a ella había un hombre, estaba de pié, sosteniendo un grueso volumen encuadernado en piel verde; vestía una túnica larga de brocado rojizo con detalles dorados, en cierta manera recordaba al viejo Ayekk, sobre todo por la palidez de su piel y su delgadez, pero el Señor de la casa era más alto y aun su avanzada edad se adivinaba una constitución fuerte y una pose arrogante (en su juventud debió tener una planta impresionante); Su cara angulosa, su espeso cabello blanco, sus ojos azules ya algo turbios, junto a su delgada altura y a las suntuosas ropas, terminaban el cuadro de un perfecto patricio.

Madair, algo turbado rompió el silencio

-Padre…-

-¿padre?... yo no estaría muy seguro de ello-

-¡Vaya!- Pensó Nergol -esto no comienza del todo bien-

Pero la cosa no acabó mal. El inicio vacilante, las recriminaciones silenciosas, dieron paso a una especie de reconocimiento mutuo y, si bien no pueda llamarse a todo ello un cordial entendimiento, al menos sí hubo respeto mutuo que, Nergol no pudo dejar de envidiar; él, el hijo de una prostituta, él, que nunca había tenido padre, envidió ese padre de andar poderoso y sereno discurso.

El padre de Madair era un personaje poderoso en la ciudad, un personaje con importantes influencias en las altas esferas, alguien que podría facilitarles mucho las cosas. Les conseguiría los uniformes y sin hacerles demasiadas preguntas, de hecho parecía no querer saber los detalles.

Además de los uniformes la visita fue realmente fructífera: el Sr. Agbhar informó a nuestros héroes de precisos detalles sobre el ejército del Visir y del lugar en que debía estar en esos momentos y, para pasmo y satisfacción de Madair y Nergol, les habló de los carros cargados de polvo explosivo, de los que demostró saber mucho.

Padre e hijo fumaron unas pipas mientras Nergol daba buena cuenta a una botellita de exquisito licor.

La horas pasaron rápidas y el amanecer los sorprendió a punto de salir de la casa, todos tenían sueño por haber pasado la noche en vela, pero estaban de un humor aceptable (el Sr. Agbhar no había reido ni una sóla vez pero se lo veía cómodo). Por su parte Nergol, aun sentirse fuera de lugar en una casa rica cono esa, mantuvo las formas. Bueno, lo de que mantuvo las formas es una manera de hablar porque… en fin, sí, iba aseado y con ropa limpia, guardó silencio la mayor parte del tiempo y sólo habló para aportar información útil, pero hacia el final no pudo evitar hacerse con un recuerdo de su visita: sus ágiles manos, sin que nadie lo notara, como no, se lanzaron, casi por instinto, sobre un saquito de cuero fino que por su peso prometía mucho.

Cuando un mozo les trajo los caballos le vino a Nergol una idea a la mente -¿y si las monedas del saquito eran la paga del viejales Hayekk?- no pudo evitar soltar una carcajada. Madair, mientras montaba, lo miró con desapobración: sin tener ni idea de lo que pasaba por la retorcida mente de Nergol se imaginaba que sólo algo realmente repugnante podía despertar esa hilaridad siniestra.

[Editado por elfo_negro el 29-12-2011 21:15]

Fragmento 44 por Aragorn_II

Habían llegado a Farahkadr de madrugada, al amparo de la oscuridad de una fría noche invernal. Los comandantes habían forzado la marcha en las últimas horas para conseguir que el ejército llegara a las puertas de la ciudad antes del alba y coger desprevenida a la guarnición que la defendía. Pero Magan, desoyendo los consejos de sus comandantes y generales, ordenó que el ataque comenzara a la mañana siguiente, al mediodía, ya que quería que sus soldados pudieran descansar un poco después de doce días de fatigosa marcha. En realidad, muy poco le importaba a Magan que sus hombres tuvieran unas horas de descanso o no. Solo él sabía cómo se iba a desarrollar en realidad la batalla, y quería que fuera a plena luz del día, para que todos pudieran ver claramente los estragos causados por sus nuevas armas.

Al amanecer, los generales y comandantes del Visir fueron preparando al ejército para la contienda, ordenando el frente de ataque a varios cientos de metros de la ciudad, lejos del alcance de sus flechas y proyectiles. Al mismo tiempo, en la ciudad corrió la voz de alarma ante la presencia del gran ejército que estaba a sus puertas. El gobierno era casi inexistente en Farahkadr, y la guardia de la ciudad estaba compuesta por unas decenas de soldados que hacía mucho que no empuñaban un arma en combate. Pero a pesar de ello, sus altos y gruesos muros estaban atestados de hombres rudos y mal encarados, dispuestos a defender la ciudad. Y aunque la mayoría de ellos no eran sino ladrones, asesinos y criminales de la más diversa índole a los que solo les interesaba su propio beneficio, todos habían decidido luchar unidos y hacer frente a los invasores. Todos estaban muy satisfechos con la forma en la que se manejaban las cosas en Farahkadr, y no querían que el Visir de otra ciudad se entrometiera en sus asuntos. Y esto sorprendió a todos los generales y comandantes del ejército de Magan, quienes no esperaban una gran resistencia en el asalto.

–Esto no puede ser, ¿cómo se ha podido unir un atajo de asesinos como esos?– decían entre ellos, en voz baja, para que no les escuchara su señor.

Cuando el ejército estuvo en posición, el Visir salió de su tienda llevando una armadura negra que brillaba débilmente bajo los rayos del sol, pues estaba hecha de una aleación de mithril y galvorn, y había sido forjada en secreto por el propio Magan, quien la había mantenido oculta hasta que llegara el momento preciso. Su aspecto era intimidante y majestuoso, y maravilló a todos los que le veían. Avanzó hacia sus generales y ordenó que enviaran en son de paz a un heraldo a las puertas de Farahkadr para negociar su rendición. Obedecieron ciegamente, aún cautivados por la imagen de su señor, y a los pocos minutos, un jinete portando la bandera de Adudran se encaminó hacia la ciudad. Pero al llegar a sus puertas, y antes de que pudiera hablar, una flecha disparada desde el muro le alcanzó en el pecho, y cayó muerto entre las risas de los defensores. Instantes después se abrieron las puertas de la ciudad, y un par de hombres recogieron el cuerpo del heraldo y lo introdujeron en el interior de la ciudad entre los gritos de júbilo de sus compañeros. Después, subieron su cuerpo al adarve, y entre risas, lo descuartizaron a la vista de todos, dejando colgados sus restos de una de las almenas de la muralla.

–¡Así tratamos a todos los que quieren entrometerse en nuestros asuntos! ¡Marchaos si no queréis correr la misma suerte!– gritó alguien desde Farahkadr.

Magan permaneció impasible, sin mostrar emoción alguna, aunque estaba secretamente satisfecho, ya que había sucedido lo que esperaba. Aquel pobre infeliz había cumplido su propósito, y los defensores de Farahkadr habían actuado exactamente como esperaba. Se giró hacia sus soldados, y vio asco y repugnancia en los rostros de muchos, miedo en los de algunos, y furia y cólera en los ojos de la mayoría. Alzó su mano en un gesto que nadie pareció entender y dio unos pasos hacia delante.

–Les he dado la oportunidad de rendirse para evitar una carnicería, ¿y así me lo pagan? Pues bien, si es sangre y muerte lo que quieren, ¡sangre y muerte tendrán! ¡Y no habrá ninguna piedad para unos bárbaros semejantes! Un gran poder despierta en estas tierras, vosotros lo sabéis, y seréis testigos de su furia. ¡Ellos la han provocado, al ofender y despreciar a ese poder!– exclamó Magan señalando hacia Farahkadr. –¡Y pagarán cara su ofensa, os lo puedo asegurar! Recordad siempre el día de hoy, pues algún día les podréis contar llenos de orgullo a vuestros hijos y a vuestros nietos que estuvisteis aquí. ¡Comienza una nueva era de gloria para todos los Haddaryai!– terminó Magan.

Y en el mismo instante en que terminaba de hablar y sus soldados gritaban enardecidos a pesar de las risas procedentes de los muros de Farahkadr, entre las líneas del frente aparecieron las nuevas armas del Visir, unos grandes tubos de hierro forjado montados sobre un armazón de madera, y cada una de estas bombardas era arrastrada por dos caballos de tiro y custodiada por cinco soldados. Eran una decena en total, y se fueron colocando a lo largo del frente de ataque, y siguiendo las órdenes de Magan, todas se dispusieron apuntando hacia la puerta de Farahkadr y los torreones que la defendían. Mientras los artilleros preparaban las armas, otro grupo de soldados llevaba a cada una de las posiciones un carro cargado con uno de los barriles de pólvora y los proyectiles necesarios para las nuevas armas. Ante el asombro de todos, los artilleros comenzaron a cargar las bombardas, y en cuanto estuvieron dispuestas, Magan dio la orden de abrir fuego. Todos se asustaron al ver los fogonazos y el humo, y sobre todo, al escuchar el atronador ruido de los disparos. La mayoría de los defensores de la ciudad se agacharon con los primeros disparos, y no fueron pocos los que pensaron que se había desatado la ira del mismo Abbalah. Durante unos instantes que se hicieron eternos, todos, tanto los atacantes como los defensores, contuvieron el aliento.

Los proyectiles impactaron con una violencia terrible e inimaginable contra las puertas de la ciudad y la zona del muro que las protegía. Los enormes portones saltaron por los aires, y miles de astillas de todos los tamaños volaron en todas direcciones, diezmando a los defensores que se agolpaban tras las puertas. No mucha mejor suerte corrieron los que se encontraban en el adarve del muro que defendía la puerta principal, pues varios de los proyectiles alcanzaron esa zona. La violencia de los impactos hizo que la piedra del muro se resquebrajara, y en algunos casos, también saltara por los aires, acabando con muchos de los defensores. El muro entero tembló, y las sacudidas con cada uno de los impactos provocaron que muchos de los que estaban en la última fila del adarve se precipitaran al vacío. Magan sonrió al contemplar los efectos causados por sus nuevas armas, deleitándose con los gritos de sufrimiento procedentes de Farahkadr. El caos se adueñó de los muros de la ciudad, y muchos de los defensores morían en la confusión creada por una huida caótica y desordenada. Algunos caían al suelo y eran aplastados, y otros eran empujados y caían al vacío desde lo alto del adarve o de las escaleras del muro.

Apenas bastó una hora más de bombardeo para derribar el muro y los torreones que protegían las puertas de la ciudad. Un denso polvo flotaba en el ambiente, y se hacía difícil respirar. Magan ordenó que cesaran los disparos, y esperó pacientemente a que se hubiera disipado el polvo que flotaba en el ambiente para entrar en la ciudad. Iba al frente de su ejército cuando atravesó las derruidas puertas de Farahkadr, y mientras sus soldados se repartían por toda la ciudad, Magan se dirigió al zoco principal custodiado únicamente por su guardia personal. No había rastro de vida en las calles, aunque eso tendría remedio muy pronto, ya que los soldados del Visir sacaban a todo el mundo de sus casas, y a muchos se les decía que fueran al zoco. Los soldados de Adudran tenían instrucciones de matar a todos aquellos que no obedecieran inmediatamente, aunque eran pocos los que se atrevían a oponerse a ellos. En el zoco esperaba Magan, a los pies de lo que había sido el Palacio de Justicia de Farahkadr, erigido por el mismo Haddar. Cuando la plaza se llenó, Magan miró los rostros aterrorizados, y habló de la grandeza del pasado y de los males que habían caído sobre todos los Haddaryai desde la división del Imperio. Poco a poco, les fue tranquilizando, asegurándoles que no tenían por qué temerle, que debían unirse a él para hacer frente a sus verdaderos enemigos, aquellos que se interponían entre los Haddaryai y su destino sagrado, ser los gobernantes de Ambaron. Magan sabía cómo manipular los deseos y anhelos de los Hombres, y se complacía mucho con ello. Para terminar de ganarse los corazones de aquellos que le escuchaban, hizo un gesto con su mano, y de las ruinas del antiguo Palacio de Justicia salieron dos grupos de prisioneros maniatados conducidos por una docena de hombres armados.

Magan sabía que en la guerra en la que se había embarcado necesitaría todo el apoyo que le fuera posible recabar, y por eso sabía que no solo debía conquistar Farahkadr, sino que también debía conquistar los corazones de sus habitantes. Por lo menos el de todos aquellos que hubieran sobrevivido al ataque. Por eso, antes de partir de Adudran, Magan les ordenó a sus espías en Farahkadr que estuvieran preparados para actuar en cuanto el ejército llegara a las puertas de la ciudad. Y habían ejecutado el astuto plan del Visir a la perfección.

Magan señaló entonces al primer grupo de prisioneros y los nombró uno a uno: eran los más infames y crueles delincuentes de la ciudad, a los que sus espías habían apresado la noche anterior, mientras el ejército esperaba a las puertas de Farahkadr. Y los culpó de todos los males que habían caído sobre la ciudad, y ordenó que se les diera muerte allí mismo. Pero entonces señaló al segundo grupo de prisioneros, y también los nombró uno a uno: se trataba de los pocos que aún conservaban un cargo de autoridad en la ciudad, y que también habían sido apresados la noche anterior por sus espías. Y Magan les acusó de haber tolerado que la vergüenza y la ignominia cayeran sobre Farahkadr, y también ordenó que se les diera muerte inmediatamente. Y aseguró que aquellos que le siguieran y se unieran a su ejército serían recompensados. Magan abandonó entonces el zoco custodiado por su guardia personal y regresó al campamento, donde le esperaban sus generales.

–Una gran victoria mi señor– le dijo el primero de ellos.

–Sí, ahora a ver cuántas de esas ratas se unen a mi ejército. Pasaremos la noche aquí y mañana regresaremos a Adudran– replicó Magan sin mucho interés, y fue directo a su tienda.

Seis días habían pasado desde la conquista de Farahkadr, y Magan había conseguido sumar a casi setecientos soldados a su ejército, aunque eran menos de los que esperaba. Algo que le enfureció bastante, por lo que antes de abandonar la ciudad ordenó un par de cientos de ejecuciones sumarias como castigo. Pero eso poco importaba ya. En una semana llegarían a Adudran y se unirían a su ejército las tropas de la Orden del Puño Llameante, y entonces podría marchar sobre Ambaron.

Fragmento 45 por Aragorn_II

Atâva estaba nerviosa e inquieta, algo se revolvía en su interior. Tenía una extraña pero familiar sensación de que algo iba mal, y su intuición nunca le había fallado. Cuando dejaron atrás el lindero del siniestro Bosque Muerto apretaron el paso, y durante algún tiempo siguieron la orilla del Ilcafalmar. Pero el Ilcafalmar no tardó en desviarse hacia el Oeste, y para no demorarse más de lo debido, Atâva y Lodoc continuaron su camino, dejando que el mar se alejase milla a milla hacia su derecha. Ninguno de los dos había estado antes en las tierras que se extendían al Este del gran mar interior de Firindor, aunque en esos días solo era una sombra de lo que había sido en el pasado. Aquella región estaba despoblada y no era reclamada por nadie, y muy pocos eran los que se aventuraban en ella. Viajaban raudos, aunque lo hacían con suma cautela, ya que a pesar de las sabias indicaciones de Lómë sobre el camino que debían seguir, ninguno conocía aquellas tierras.

Habían pasado diez días desde que dejaran atrás Enyelost, lo que significaba que habían superado más de la mitad del camino. Atâva calculaba que debían estar a una jornada de viaje, o menos, del cauce del río Lenwasirë, el segundo afluente del Ilcafalmar tras el Sirhelë, y cuyas fuentes se encontraban a muchas millas hacia el Este, en las Ered Silvren. Aunque ni Lodoc ni Atâva lo sabían, la arruinada ciudad de Losanost se había erigido junto a una de las fuentes del Lenwasirë. El día estaba transcurriendo con normalidad, y a mediodía decidieron hacer un alto y subir a un cerro cercano desde el que se podía ver la inmensa planicie que se extendía ante ellos. Atâva sonrió al comprobar que no se habían desviado de su camino y que no había fallado en sus cálculos. Allá a lo lejos, en el horizonte, se distinguía la serpenteante línea azul del cauce del Lenwasirë.

–Cuando crucemos el río deberemos seguir la costa del Ilcafalmar un par de días más, y cuando comience a girar hacia el Oeste, ya nos encontraremos prácticamente ante las puertas de Haiddara– dijo Atâva con satisfacción. Aquellas tierras sí las conocía, y muy bien de hecho.

–Alabado sea Abbalah– se limitó a decir Lodoc, aunque entonces sus ojos repararon en una gran polvareda algunas millas al Sur. –¿Qué es eso?– exclamó mientras hacía un movimiento con la cabeza señalando a la nube de polvo.

–No lo sé, mis ojos no son tan penetrantes como los tuyos– respondió el soldado de la Orden del Puño Llameante, mientras escudriñaba el horizonte. –Parece que es un grupo de jinetes que se dirigen hacia el Norte–

–¿Jinetes? ¿No es extraño encontrar viajeros en esta región?– preguntó Lodoc, que de forma instintiva echó mano a la empuñadura de su espada.

–Sí, y parece que es un grupo bastante numeroso. Desde luego no parecen ser viajeros corrientes– respondió Atâva.

–Quizás no nos hayan visto aún, y podamos huir o ocultarnos– dijo Lodoc, que temía un nuevo ataque.

–Ya es demasiado tarde para esconderse o intentar huir. Estamos en lo alto de un cerro bajo el sol del mediodía. Ellos nos vieron mucho antes que nosotros a ellos– replicó Atâva con gravedad. Su rostro era sombrío, y su temor más profundo, el miedo a haber fallado en su juramento, se adueñó de ella.

–¿Y qué hacemos? ¿Esperarlos aquí?– preguntó Lodoc.

–Bajemos, los esperaremos a los pies del cerro. Si hay que luchar, poco importará donde lo hagamos– replicó Atâva.

Ambos descendieron por la pendiente que habían ascendido minutos antes y esperaron junto a sus caballos la llegada de aquel misterioso grupo. A pesar de los temores que la invadían, Atâva se mostraba muy calmada y serena, aunque oculta por su capa, su mano derecha descansaba sobre la empuñadura de su espada. A Lodoc sin embargo le costaba más contener su ansiedad, y jugueteaba nerviosamente con la empuñadura de su espada. A medida que se acercaban a ellos, Atâva contó al menos veinte jinetes, aunque aún no podía distinguir nada en su indumentaria que pudiera delatar su procedencia o sus intenciones. Sin embargo, y sin saber muy bien por qué, según se aproximaban a ellos, los temores de Atâva desaparecían y una tenue sonrisa se dibujaba en su rostro.

–¿Qué te pasa, por qué sonríes?– le preguntó Lodoc al soldado de la Orden del Puño Llameante.

–No hay de qué preocuparse. Son amigos– respondió Atâva señalando con la cabeza al grupo de jinetes que se aproximaban a ellos.

En ese momento y ante la incredulidad de Lodoc, el soldado del Puño alzó su mano a modo de saludo. Los jinetes se detuvieron a pocos metros de donde estaban, y uno de ellos bajó de su montura y se acercó a ellos. Y entonces, Lodoc comprendió la reacción de Atâva, ya que el hombre vestía con una túnica blanca en cuyo pecho había bordado en rojo un único emblema, el de un puño en llamas.

–¡Salve a la Orden del Puño Llameante! ¿Cómo estás Sufad?– exclamó Atâva con una sonrisa, que desapareció rápidamente de su rostro al ver el semblante nervioso de su hermano de armas.

–¡Atâva! Nunca creí que volvería a verte con vida. En Haiddara dijeron que habías muerto– respondió turbado Sufad.

–¿Cómo? ¿Quién dijo eso?– preguntó Atâva, y recordó esa sensación tan familiar que la había estado acompañando varios días.

–Azrahal y el resto de nuestros hermanos que volvieron de Adudran– respondió Sufad, avergonzado.

–¿Pero cómo es posible? ¿Qué ha pasado?– exclamó Atâva desconcertada. Sabía que algo iba mal, había tenido esa intuición desde hacía días, pero jamás había pensado que pudiera ser algo que afectara a su Orden.

–No puedes entenderlo, todo ha cambiado desde que Azrahal y los demás regresaron de Adudran. Ellos…– dijo Sufad, pero la voz se le quebró.

–Serénate hermano, y cuéntanos lo que pasó– dijo Atâva, abrazando a su hermano.

Lodoc se acercó a ellos, y también el resto de jinetes que acompañaban a Sufad. Todos eran miembros de la Orden del Puño Llameante, y para gran sorpresa de Atâva, algunos estaban heridos. Después de beber un poco de agua de una cantimplora y aclararse la garganta, Sufad comenzó a relatarles lo que ocurrió cuando Azrahal y sus compañeros regresaron de Adudran.

–En cuanto llegaron, Azrahal pidió que se reuniera el Consejo de la Orden para tratar un asunto urgente. A todos nos extrañó, pues su viaje a Adudran había sido poco más que una formalidad, una oportunidad para intentar indagar cómo era el gobierno de Saffadar, y ninguno esperábamos que volvieran con información relevante, y desde luego nada que justificara una reunión urgente del Consejo. Pero Azrahal no habló de Adudran, nos advirtió que el mal y la corrupción se habían adueñado de estas tierras, y que era nuestro deber acabar con ello y evitar que continuaran propagándose por la tierra. Dijo que durante muchos años la Orden había permanecido ciega y sorda ante los males que asolaban Firindor, pero que eso debía acabar. Y muchos de nuestros hermanos estaban de acuerdo, pues bien sabes cómo se ha radicalizado la Orden en los últimos años. Y nos dijo que debíamos unirnos a Saffadar para purificar estas tierras y erradicar el mal para siempre, pues no era un hombre corrupto ni que ansiara el poder a toda costa, como sospechábamos, sino que era un visionario, un líder al que debíamos seguir, una luz en medio de la tenebrosa oscuridad. La mayoría aplaudieron entusiasmados, poseídos por una rabia y una furia inimaginable. Otros en cambio suplicamos a nuestros hermanos que no se dejaran arrastrar por un discurso populista, que la cordura y la sensatez debían imperar en el Consejo. Entonces Azrahal volvió a hablar, con calma esta vez, y nos contó algo que nos dejó helados a todos, que según les había revelado el mismo Visir, la corrupción había llegado al corazón de nuestra Orden, y que debíamos purgarla– dijo Sufad, y al decir la última frase, sus ojos se clavaron en Atâva, que no podía creer lo que estaba escuchando.

–Azrahal nos contó cosas muy extrañas sobre tu comportamiento desde que llegaste a la ciudad, y también lo que ocurrió en las mazmorras de Adudran– intervino uno de los miembros de la Orden del Puño que acompañaban a Sufad, y entonces les narró lo que les había contado Azrahal, que era lo mismo que les había dicho Saffadar en Adudran, ocultando y tergiversando la verdad.

–¡Eso es falso!– exclamó Atâva, furiosa e indignada.

–No te preocupes Atâva, lo sabemos, ninguno de nosotros lo creyó posible. Conocemos tu rectitud y tu sentido del honor. Pero la mayoría de nuestros hermanos en el Consejo sí lo creyeron, y estuvieron de acuerdo con Azrahal en que la Orden debía unirse al Visir en su misión de eliminar el mal y la corrupción que se extienden por Firindor y purificar estas tierras– dijo Sufad sombríamente. –Pero unos pocos no estábamos de acuerdo con aquella decisión, y expresamos nuestra preocupación por la radicalización de la Orden, y pedimos nuevamente que la cordura volviera a imperar en el Consejo. Pero todo lo dicho fue en vano, y la propuesta de Azrahal de movilizar a toda la Orden fue aprobada por una mayoría abrumadora. Al finalizar la reunión, iba hacia mis aposentos cuando vi algo que me extrañó mucho: Azrahal estaba discutiendo con los custodios de la cámara donde se guardan las reliquias y los tesoros de nuestra Orden. Me oculté en las sombras y agudicé el oído, y por lo poco que entendí, parecía querer sacar algo de la cámara para llevárselo como presente a Saffadar– agregó Sufad.

–¿Qué locuras son esas? ¿Cómo han podido nuestros hermanos creerse las mentiras de Saffadar?– preguntó perpleja Atâva.

–Todavía no has escuchado lo peor. Aquella fue una noche de cuchillos y espadas, de oscuridad y muerte. La sangre de muchos de nuestros hermanos, aquellos que como yo se habían opuesto a la alianza con Saffadar, se derramó de forma cruel por las calles de Haiddara. Algunos nos pudimos salvar de la matanza y conseguimos abrirnos paso hasta los establos, y huir de la ciudad al amparo de la oscuridad– dijo Sufad tristemente.

–No lo puedo creer… Sabía que muchos de nuestros hermanos se habían convertido en unos fanáticos, pero nunca creí que se pudiera llegar a algo así– dijo Atâva, abatida.

–¿Y qué hacemos ahora?– preguntó Lodoc.

–Decidimos cruzar el Lenwasirë y buscar algún refugio en estas tierras, quizás junto a las montañas, pues sabíamos que en esta región despoblada nunca nos buscarían. Pero no habíamos pensado nada más que ocultarnos e intentar sobrevivir– dijo Sufad.

En ese momento, en medio de la desesperación y la angustia que la embargaban, Atâva recordó lo que le había impulsado a viajar a Haiddara. –Venid con nosotros, hay mucho que aún no conocéis– dijo Atâva, y les habló a sus hermanos de lo que había ocurrido en la caravana de Hamad y en Adudran, de su encuentro con Tud Jansen y los viajeros del Oeste, del asalto a las mazmorras y de las revelaciones de Nergol, Yijda y Lómë.

–Atâva dice la verdad, en las viejas casonas junto a los muros de Enyelost encontraréis un refugio seguro y a muchos amigos valientes que están dispuestos a hacer frente a la oscuridad que se cierne sobre estas tierras– intervino Lodoc.

Sufad permaneció en silencio unos instantes, observando los rostros de sus compañeros, y finalmente habló. –Sea pues, os seguiremos–

Mientras Atâva, Lodoc, Sufad y el resto de los miembros de la Orden del Puño que lo acompañaban se ponían en marcha, muchas millas al Norte, en el tenebroso Bosque Muerto, Nethênil, comandando a los supervivientes de los Elfos de Losanost, entre los que se incluían Ohtûlk y Cararë al frente de los Bassarâ, acompañado por Taurigale, Anso, Garlan y Stygh también emprendía su camino hacia Enyelost.

Fragmento 46 por Aragorn_II

La mañana era fría y gris, y ante sus ojos se extendía un paisaje desolado y carente de vida. Un viento gélido comenzó a soplar desde el Norte, y el sonido de las banderas y los pendones, aunque raídos y desgastados por el tiempo, ondeando orgullosos rompió el silencio sepulcral de aquella mañana. Se apoyó en las blancas y pulcras almenas y cerró los ojos, y por un instante recordó el aspecto de los Mares del Norte y la suave y fresca fragancia que impregnaba el ambiente en unos días ya casi olvidados por todos. El recuerdo de un pasado glorioso le atormentaba a menudo, pero era una carga que debía soportar, y debía hacerlo solo. Había jurado proteger la ciudad y continuar con el legado de Arioch, Arándil y Haeré, para que todo aquello por lo que habían luchado y sufrido no cayera en el olvido y se perdiera para siempre. Lo juró cuando fue nombrado cuarto Duque de Sein Cair Andros, la Estrella del Norte.

Hacía cien años que había finalizado la guerra con Haddar y que la gran mayoría de los habitantes del Reino Unificado habían emprendido su éxodo al Oeste, siguiendo los pasos de Eärondûr Thorondil y estableciéndose en la Marca Verde. Los pocos que aún deseaban morar en esas tierras se trasladaron a Sein Cair Andros, donde permanecieron apartados del mundo, olvidados por casi todos. La vida era dura, pero a pesar de todas las dificultades, consiguieron salir adelante conservando el legado y las enseñanzas de sus antepasados, manteniendo vivo el espíritu del antiguo Reino Unificado. Y aunque se sabían olvidados por todos, la disciplina y la vigilancia no se descuidaron en ningún momento.

Sein Cair Andros había visto tiempos mejores, pero a pesar de ello, la ciudad erigida por Arioch, el Maia oscuro de recio carácter y ojos verdes centelleantes, aún conservaba buena parte de su esplendor, su gloria y su belleza. A pesar del cambio del mundo, sus escasos habitantes aún se refieren a ella con orgullo como la Estrella del Norte. Allí se alza, altiva y arrogante, la Torre de Minien Mindon, un elevado pináculo octogonal construido con el mejor mármol pulido de Vanwendor, una aguja blanca y reluciente desde la que se pueden observar todas las tierras que se extienden alrededor. Una torre de la que se dice que sólo ha sido escalada por una Elfa, Elfa que más tarde pagó cara su osadía. Solo la Torre de Minien Mindon y su Ciudadela, así como las cuatro murallas que rodean la ciudad permanecen intactas, pues no fueron erigidas por mortales ni por Elfos, sino que fueron levantadas por el poder de un Maia, y permanecerán indemnes hasta el fin del mundo o hasta que la tierra o las aguas se las traguen. La mayor parte de los edificios de los niveles exteriores de la ciudad se hallaban en ruinas, pues los pocos habitantes que quedaban en Sein Cair Andros moraban en la Ciudadela y en el cuarto nivel de la ciudad.

Sein Cair Andros se construyó sobre una gran isla de roca maciza situada en el delta de la desembocadura del caudaloso río Sirenyello, cuando los Mares del Norte aún no se habían secado y sus olas rompían furiosamente contra los acantilados de piedra o, en los días de marea alta, incluso contra los blancos muros de la ciudad. Después del cambio en esa parte del mundo, la gran isla en la que descansaba Sein Cair Andros se convirtió en una solitaria colina que se eleva muchos cientos de metros sobre el antiguo y reseco lecho marino, un desierto salino que forma un ancho, profundo y abrupto valle en el que se elevan, al Este y al Oeste, dos grandes paredes de roca, esculpidas durante milenios por la furia del oleaje y las violentas tormentas que azotaban esas tierras en el pasado. Una amplia llanura reseca y árida se extiende al Sur del desierto salino, pero por allí aún corren los caudalosos ríos Sirenyello, al Este, y Ulbanien, al Oeste. Poco antes de llegar a lo que antaño era su desembocadura en los Mares del Norte, las aguas del Ulbanien se unen a las del Sirenyello y juntas corren ruidosa y velozmente, siempre descendiendo, pues con los años las aguas erosionaron el terreno blando que tiempo atrás era la Playa de Sein Cair Andros, hasta que la tierra finaliza abruptamente en un gran acantilado. Allí, las aguas forman una gran cascada, mucho mayor que los Saltos del Rauros, cuyo rugido se puede oír en muchas millas a la redonda. Un rugido que alivia los corazones de los pocos habitantes de Sein Cair Andros. Las aguas se demoran en una pequeña y tranquila laguna que se extiende a los pies de la cascada, para luego filtrarse a través de la tierra. En sus alrededores se encontraban las únicas tierras fértiles de la región, unas tierras que habían conseguido cultivar gracias a la ayuda y los sabios consejos de Auressë.

Bien defendida y con los víveres necesarios para sobrevivir, Sein Cair Andros seguía siendo un baluarte inexpugnable. Solo hay un modo de llegar a la ciudad, y es ascender por una serie de empinadas rampas en forma de zigzag que los hábiles artesanos de Sein Cair Andros, celosos guardianes de las enseñanzas y conocimientos de Arioch, tallaron en la roca de la cara Sur de la colina cuando los Mares del Norte se secaron. En las más profundas cámaras de la Torre de Minien Mindon se conservan los tesoros y reliquias del Reino Unificado que no fueron llevados a la Marca Verde, así como buena parte de los libros en los que se atesoran los conocimientos de sus habitantes. Y en lo que otrora fue la Cámara de Audiencias del Duque de Sein Cair Andros aún descansa Tormentosa, la espada negra de Arioch que contiene el espíritu del Maia.

Sumido en sus recuerdos, la voz de uno de los centinelas que hacían guardia en lo alto de la Torre le sacaron de su ensimismamiento. –Mi señor, se aproxima un águila a la ciudad desde el sureste–

El Duque Aduelen miró en la dirección que había indicado el soldado y la vio, aunque no podía creer lo que veían sus ojos. Inmediatamente reconoció a Soroni, el águila gris de lomo blanco, la fiel compañera de Vilendil. Tras ordenar a los centinelas que bajaran las armas, el Duque esperó la llegada de Soroni, quien se posó majestuosamente en una de las almenas de Minien Mindon. Allí, le relató todo lo ocurrido en Adudran, Enyelost y el Oráculo de Nimril, y también todo lo referente a la amenaza de Magan. Tras unos instantes en silencio, el Duque le pidió a Soroni que llevara un mensaje al anciano Yijda en Enyelost, pues Vilendil y los demás ya estarían a esas alturas en el interior del Reino de Mirkol. Con rostro grave, Aduelen contempló como el águila emprendía el vuelo y se alejaba rauda hacia el Sur.

Instantes después, el jefe de los centinelas se acercó a él. –¿Qué ocurre mi señor?–le preguntó sorprendido.

–Sucesos inquietantes se desarrollan al Sur de las Ered Meneltobas. Busca al Senescal, que reúna a los Capitanes en la antigua Cámara de Audiencias. La Guardia Blanca ha de partir de inmediato hacia Gûlninquë– respondió el Duque Aduelen. Al oír el nombre de la antigua Ciudad Protegida, los centinelas se estremecieron.

A la mañana siguiente, el Duque Aduelen partía al frente de la Guardia Blanca de Sein Cair Andros. Y mientras la Estrella del Norte despertaba, muchas millas al sur, Atâva y Lodoc, junto a los supervivientes de la Orden del Puño Llameante, cabalgaban hacia Enyelost, el mismo destino que tenían Auressë, Stygh, Garlan y los Elfos de Losanost.

Fragmento 47 por Aragorn_II

Habían acampado en el mismo lugar en el que lo hicieran la noche anterior. El regreso del Oráculo había sido más lento, pues antes de que abandonaran el valle en el que se encontraba el templo comenzó a caer una fina lluvia sobre las montañas, haciendo que el camino fuera más resbaladizo y peligroso. Como los caballos que montaban, excepto Nixelotë, no estaban acostumbrados a transitar por caminos en ese estado, Vilendil sugirió que sería prudente desmontar y bajar a pie, guiando a los animales hasta llegar a tramos en los que el sendero fuera más seguro. La lluvia cesó un par de horas después, pero aún así el descenso fue lento, y no llegaron al pie de las montañas sino poco antes del anochecer. No hizo falta que Vilendil o ningún otro lo sugiriera, ya que en la mente de todos se hallaba la idea de acampar nada más abandonar el camino. La breve visita al Oráculo les había cansado mucho más que las anteriores jornadas de viaje, un cansancio que iba más allá del agotamiento físico, ya que una nueva sombra se había alojado en sus corazones.

Comieron en silencio, al abrigo de las altas montañas, que a duras penas les protegían del viento gélido que soplaba desde el Norte, un viento que les calaba pegándoles a la piel las ropas empapadas, lo que les hacía sentir cómo el frío invernal penetraba en su interior hasta los huesos. Gilorod y Vilendil, más acostumbrados que los demás a las inclemencias del tiempo por haber llevado una vida nómada y solitaria, se ofrecieron a hacer la guardia aquella noche fría y sombría, algo que Mazan, Firye, Varyamo y Eärondûr agradecieron especialmente. Ninguno pudo dormir demasiado aquella noche, pues les sobresaltaban los aullidos del viento filtrándose a través de las fisuras de la roca, pero aún así todos se sintieron aliviados al poder refugiarse del frío en el interior de las tiendas élficas de Cadraldôst.

La mañana siguiente amaneció despejada, y el contacto con el sol los reanimó a todos. Al sentir los rayos de Anar calentando su piel a través de la tienda, Mazan salió de ella corriendo de un salto, olvidando por completo que se había quitado las ropas mojadas la noche anterior. Ante las asombradas y divertidas miradas de Vilendil y Gilorod, Mazan fue consciente de su desnudez y muerto de vergüenza, saltó al interior de su tienda con la mala suerte de tropezar con una piedra y caer de bruces al suelo. Al ver al Enano en semejante situación, Varyamo y Eärondûr, que acababan de salir de su tienda, estallaron en carcajadas. Mazan, totalmente ruborizado, se metió lo más rápidamente que pudo en el interior de su tienda, donde le esperaba Olostarin con una sonrisa, pues también había presenciado el impúdico pero cómico arrebato del Enano.

–Nunca sufrí mayor humillación que la de esta mañana– gruñía Mazan mientras comía un bocado del desayuno. –¡Y encima mis amigos y compañeros de tantos peligros han sido testigos de ella, y lejos de compadecerme, han reído como necios!–

–No temas mi buen Enano, el secreto de tu humillación está a salvo con nosotros– dijo Olostarin con una sonrisa.

–Querrás decir que está a salvo hasta que nos encontremos con algún ser inteligente. Que ya me conozco tu lengua viperina, mi señor Elfo– respondió el Enano fingiendo un gran enojo.

–Por lo menos has de dar gracias por no haber caído sobre ninguna roca afilada, podría haber sido muy doloroso– intervino Eärondûr.

–Querrás decir que podría haberlo sido aún más. Tengo todo el cuerpo magullado y dolorido– respondió Mazan.

–Así aprenderás la lección para la próxima vez– terció Varyamo.

Las bromas a costa de Mazan continuaron mientras comieron, y al terminar, Vilendil habló. –Bueno, hemos de proseguir nuestro camino. Con suerte llegaremos al Reino de Mirkol antes del mediodía– dijo el Medio Elfo.

–Está bien, pero antes hay algo que me lleva torturando desde hace tiempo, y creo que es el momento adecuado, y no nos retrasará demasiado– intervino Eärondûr con rostro grave.

–Muy bien, adelante– respondió Vilendil.

–Hace meses que no tenemos noticia alguna de nuestros hogares, y desde hace semanas nos habéis hablado del peligro que corre toda la Tierra Media por la amenaza de Magan. Sabía, y creo que es algo que compartirán Varyamo y los demás, que lo que decía Lómë era cierto, y que tenía razón en que la única forma de ayudar a nuestros seres queridos es la de intentar detener a Magan aquí, en estas lejanas y olvidadas tierras de nuestros antepasados. Pero ahora que hemos encontrado a Gilorod, había pensado que ella nos podía aliviar en parte ese tormento, observando en el cristal de Nimril lo que sucede en nuestros hogares– dijo Eärondûr.

–Era algo que esperaba desde que nos vimos ayer en el Oráculo– dijo Gilorod tras unos instantes en silencio. –Por supuesto que os ayudaré, aunque temo que lo que veáis os cause más pena y dolor– añadió la Elfa con una sonrisa.

–No lo creo, la incertidumbre y el no saber pueden ser en sí mismos mucho peores que la más terrible de las certezas– replicó Varyamo.

Gilorod fue hacia su caballo y sacó un pequeño bulto envuelto en una manta. Se sentó en el suelo, y pidió a los demás que se acercaran a ella, para que todos pudieran ser testigos de las visiones. Con cuidado, fue apartando la manta hasta que delante de sus ojos quedó el cristal de Nimril, el cristal de hielo fósil nacido en las entrañas de los altos montes de nieves eternas, el globo cristalino de color azul en el que una llama perpetua ardía en tonos blancos, dorados y celestes. Todos quedaron maravillados por su belleza y su fulgor, pues ninguno excepto Vilendil lo había visto antes. La Elfa susurró unas palabras, y en el cristal comenzaron a sucederse las imágenes rápidamente. Primero vieron grandes ejércitos desplazándose, aunque ninguno pudo adivinar su origen ni su destino, ni tampoco reconocer sus estandartes. Se sucedieron fugazmente escenas de batalla, y vieron con horror cómo en medio de una gran polvareda se desplomaban los muros de una ciudad ubicada a los pies de las montañas en medio del desierto. Gilorod se inclinó entonces sobre el cristal y pronunció unas palabras inaudibles para los demás, y entonces las imágenes se hicieron más claras. Eärondûr contempló sus peores temores hechos realidad al ver a legiones de los Haradrim avanzando hacia el río Harnen y a los soldados de la Marca Verde y de Gondor defendiendo a duras penas los vados. Eärondûr pensó entonces en su familia, en sus primos, que estarían luchando allí defendiendo las fronteras de su hogar, y deseó con todas sus fuerzas no haberse embarcado nunca en aquel loco viaje. El cristal cambió de repente, y ahora se podía ver a nuevas legiones de los Haradrim sitiando y asediando una ciudad, que Varyamo inmediatamente reconoció como Umbar. La imagen cambió de nuevo, mostrando a un gran ejército de Hombres del Este penetrando en Nurn y cómo a su paso solo quedaba muerte y destrucción, para después ver a Eldarion al frente de un poderoso ejército de Gondor y Rohan luchando en Dagorlad contra una gran hueste del Señor de Rhûn. La imagen volvió a cambiar, y entonces apareció una visión de Cadraldôst, mucho más oscura y sombría que como la recordaban. La ciudad se encontraba sitiada por tropas del Señor de Rhûn, los puentes habían sido demolidos como medida de defensa, y las costas de Falassen habían sido totalmente arrasadas. Entonces, las imágenes volvieron a sucederse velozmente, hasta que terminaron por desvanecerse del todo tras la fugaz visión de una torre blanca que se erguía en el centro de un gran valle circular abierto entre las montañas.

Cuando las visiones cesaron por fin, la Elfa volvió a guardar con cuidado el cristal de Nimril. Todos quedaron en silencio, intentando asimilar lo que habían visto, hasta que finalmente Lómë habló. –Debemos continuar nuestro camino, es la única manera en que podéis ayudar a los vuestros. Su suerte está en nuestras manos ahora–

–Tal vez sea cierto, pero lo cambiaría por estar luchando al lado de mi Rey defendiendo nuestra tierra– dijo Varyamo poniéndose en pie.

Ninguno respondió a su comentario. Había sido un pensamiento en voz alta y todos lo sabían, al igual que sabían que debían seguir adelante y hallar la entrada al Reino de Mirkol. Recogieron el campamento en silencio y no tardaron en ponerse de nuevo en marcha bajo la guía de Vilendil, adentrándose más y más en las montañas por senderos ocultos que los Enanos de aquella región habían construido muchos años atrás y cuyos secretos habían revelado solo a unos pocos. Vilendil era uno de ellos, pues siempre tuvo una buena relación con Mirkol. En los albores del Reino Unificado, en los años de la edificación de Meluvenorë, el Medio Elfo viajaba a menudo por aquellos parajes, y así fue como un día encontró a un Enano, joven e imprudente, que se había aventurado en solitario en tierras que le eran desconocidas para él. Un error que casi paga con su vida, pues había sido acorralado por un grupo de lobos hambrientos. Habría muerto de no ser por la oportuna aparición de Vilendil, que empuñando a Luiringil en su diestra, y una antorcha en su siniestra, puso en fuga a aquellas bestias. El joven Enano resultó ser el único hijo y heredero de Mirkol, y cuando este supo lo ocurrido, juró que una eterna amistad le unirían a él y a sus descendientes con el Medio Elfo, y que siempre sería bienvenido en su Reino mientras este durase, confiándole los secretos de los caminos que llevaban a él.

–Ya estamos cerca de la entrada al Reino de Mirkol– dijo Vilendil girándose hacia los demás al cabo de casi cuatro horas de marcha. –Sed muy cautos, a los Enanos de estas montañas no les gustan los extraños. Pase lo que pase, no hagáis ningún movimiento brusco ni echéis mano a vuestras armas– añadió el Medio Elfo.

–Seguro que Vilendil está exagerando– susurró Mazan, que compartía cabalgadura con Olostarin.

–Por supuesto, los Enanos son conocidos en todos los rincones de la Tierra Media por su hospitalidad con los extraños– replicó Olostarin burlonamente, aunque en su interior no podía dejar de pensar en Cadraldôst y en todos los amigos que tenía allí.

No había pasado ni una hora desde la advertencia de Vilendil cuando súbitamente una flecha surcó el aire, pasando a menos de medio metro de la grupa de Nixelotë. –Esa será vuestra última advertencia, forasteros. ¡Dad media vuelta ahora y podréis ir en paz!– dijo una voz grave y profunda que parecía reverberar por toda la montaña.

–Soy Vilendil Atanvardo, y si ese nombre os es conocido, sabréis que no soy ningún forastero, y que el mismo Mirkol declaró que siempre sería bienvenido en este Reino mientras no cayera en el olvido. ¡Mostraos y llevadnos ante vuestro Rey, pues hemos de tratar asuntos muy importantes con él!– respondió el Medio Elfo con serenidad.

Tras unos instantes de silencio en los que la tensión se podía respirar, media docena de Enanos fuertemente armados parecieron surgir de la nada y rodearon a los sorprendidos viajeros. Protegidos por yelmos que les cubrían las cabezas y ocultaban parcialmente sus rostros, eran unos Enanos aguerridos que estaban protegidos por unas armaduras de cuero y gruesas cotas de malla que llevaban bajo la sobrevesta marrón que les cubría casi todo el cuerpo. Algunos portaban grandes hachas de doble filo y otros empuñaban espadas, pero ninguno iba armado con un arco, por lo que rápidamente comprendieron que el que había disparado la flecha no era ninguno de los que habían aparecido ante ellos. Recordaron las palabras de Vilendil, y ninguno hizo nada que pudiera inquietar a los Enanos que los rodeaban. Esperaron pacientemente, y al cabo de unos minutos que se hicieron eternos, el que parecía ser el líder de aquella compañía, un Enano fuerte y robusto de barba rojiza que le caía sobre el pecho se acercó al Medio Elfo.

–En efecto, el nombre de Vilendil Atanvardo es muy conocido entre mi gente– dijo el Enano, y durante unos instantes escrutó a fondo el rostro del Medio Elfo, como si tratara de averiguar si era quien decía ser o se trataba de un impostor. –Bajad de los caballos y os acompañaremos al interior de nuestro Reino, donde mi señor Mirkhan os espera impaciente– añadió al fin.

Vilendil y los demás desmontaron y siguieron al grupo de Enanos por el sendero, y no tardaron en llegar a una puerta excavada en la roca. Tras atravesarla se internaron en un pasadizo que descendía ligeramente hacia el interior de la montaña. Al cabo de unos minutos, el túnel desembocó en una gran sala de techos altos con docenas de columnas talladas en la roca. Avanzaron por ella ante el asombro de los muchos Enanos que por allí deambulaban hasta llegar a un nuevo pasadizo que se abría en el extremo opuesto de la estancia. Después de unos cientos de metros, y girar dos veces a la izquierda y otra más a la derecha, el túnel bajaba en espiral. Antes de que llegaran a una sala más grande aún que la anterior, todos habían perdido el sentido de la orientación, a excepción de Mazan y Olostarin, que estaban acostumbrados a vivir en las profundidades de las montañas. Notaron que muchos de los Enanos con los que se cruzaban los miraban con desconfianza, algo que extrañó y ofendió a Mazan, que nunca pensó ser recibido así por los de su propia raza. Finalmente, llegaron a la puerta de una estancia custodiada por dos Enanos que vestían armaduras relucientes. De no ser porque su pesada respiración era claramente audible podrían haberlos confundidos con estatuas, pues permanecían totalmente inmóviles. Atravesaron la puerta y llegaron a una pequeña antesala. Allí, el Enano de barba rojiza despidió a sus compañeros y les ordenó que volvieran con los demás, a hacer guardia en la superficie. Después, hizo pasar a Vilendil y a los demás a una estancia en la que les esperaba un Enano de porte orgulloso que vestía elegantes ropajes de terciopelo azul, robusto y fuerte a pesar de la edad, cuya barba gris estaba recogida en pequeñas trenzas sobre su pecho. Al verlo, Vilendil hizo una reverencia, que los demás imitaron, pues se trataba de Mirkhan, hijo de Mirkol, Rey y Señor de los Enanos que moraban en aquellas montañas.

–¡Que tu barba crezca larga por muchos años, oh Rey Mirkhan!– dijo Vilendil.

–Vilendil Atanvardo… Aunque me alegra el corazón volver a verte después de tantos años, temo que tu visita sea presagio de grandes males e infortunios– dijo Mirkhan, e hizo un gesto con su mano invitándoles a todos a sentarse a su mesa.

–Los años no han afectado a vuestra intuición ni a vuestro buen juicio. Temo que estéis muy en lo cierto mi señor– respondió el Medio Elfo, y entre él y Lómë le relataron todo lo que sabían sobre los planes de Magan y sus intenciones.

–¡Maldito hechicero!– exclamó Mirkhan dando un puñetazo sobre la mesa al terminar de escuchar a Vilendil y a Lómë.

–A pesar de vuestra furia, creo que nada de esto os sorprende– dijo Lómë, que había advertido que el nombre de Magan no le era desconocido a Mirkhan.

–No, he de admitirlo. Hace más de cien años, cuando aún vivía y reinaba mi padre, Magan nos visitó. Dijo que era uno de los Maiar Tellenari, un enviado de los Valar para guiar y aconsejar a los pueblos del Este en los albores de esta nueva Edad. Aunque su misión principal era ayudar a los Hombres, nos dijo que él, como Maia de Aulë, sentía un gran amor hacia los Enanos, y que cuando supo de nuestro Reino, quiso venir para ofrecernos su sabiduría y sus consejos. Y al principio nos ayudó, y aprendimos mucho de él. Pero un día desapareció sin decir nada, y durante bastante tiempo no supimos nada más de él. Pocos años después reapareció un día tan inesperadamente como había llegado la primera vez, pero su aspecto era más sombrío y oscuro, y cuando le vi, un escalofrío recorrió todo mi ser, y recelé de sus intenciones. Exigió hablar con mi padre de inmediato, pero su voz ya no era dulce, sino orgullosa y arrogante. Dijo que un gran poder se levantaría en aquellas tierras muy pronto, y que todos los que no estuvieran de su lado serían barridos por ese poder, y que si no le servíamos y le rendíamos pleitesía sufriríamos las consecuencias– dijo Mirkhan e hizo una pequeña pausa. –Mi padre, que también había advertido el cambio en Magan, rechazó su oferta, y dijo que él jamás recibiría órdenes suyas, y que su pueblo nunca reconocería a nadie que no fuera de su sangre como señor, ni aún a un enviado de los Valar. Esto enfureció mucho a Magan, que pronunció palabras orgullosas llenas de odio y de desprecio, y mientras abandonaba esta misma estancia, juró que algún día el Pueblo Menguado sufriría por la necedad de un viejo chocho–

–Temo que ese día del que hablaba Magan no esté muy lejano, si no hacemos nada al respecto– dijo Eärondûr sombríamente.

–Cierto, pero aún hay tiempo para actuar y hacerle frente– dijo Olostarin.

–¿Y qué proponéis?– preguntó Mirkhan.

–Envié un mensaje al Duque Aduelen para que reúna a las tropas de Sein Cair Andros y se encuentre con nosotros en el valle de Gûlninquë. Si partierais con nosotros y vuestras tropas se unieran a las nuestras, podríamos hacer frente al ejército de Magan. Sé que en el pasado ha habido diferencias entre vuestro Reino y el Reino Unificado, pero ahora eso ya no importa. Si no luchamos unidos, no habrá victoria posible ante Magan– dijo Vilendil.

Mirkhan quedó unos instantes en silencio, sopesando las alternativas que tenía. –Está bien, os acompañaré a Gûlninquë. Daré orden a los míos para que se preparen para la batalla. Partiremos mañana– dijo Mirkhan.

Aquella noche ninguno pudo dormir. No solo era el bullicio y el sonido, a veces casi ensordecedor de los Enanos preparando la marcha, lo que les alejaba del sueño, sino también lo que habían visto en el cristal de Nimril por la mañana y el saberse al borde de un gran abismo. Eärondûr, al que estar en presencia de aquellos Enanos le había devuelto los ánimos, se pasó la noche escribiendo en su diario, mientras que Mazan y Olostarin hablaban en susurros sobre aquél Reino y las extrañas costumbres que tenían. Vilendil y Lómë pasaron la noche con Mirkhan, debatiendo posibles estrategias para hacer frente al ejército de Magan. Solo Firye y Varyamo hacían como si intentaran dormir, aunque ninguno podía quitarse de la cabeza las visiones del cristal de Nimril.

Habían pasado cinco días desde que emprendieran el camino a Gûlninquë, recorriendo túneles y pasadizos que serpenteaban por el interior de las montañas, que en ocasiones subían como si trataran de alcanzar las cumbres de aquellos picos, y que en otras era como si descendieran a los abismos y profundidades del mundo. Los Enanos habían excavado aquellos túneles mucho tiempo atrás, y aunque hacía muchos años que nadie transitaba por ellos, se encontraban en buen estado. Los pasadizos estaban iluminados débilmente por la luz del sol, que se filtraba a través de los respiraderos. La travesía era lenta y pesada, y se hizo agotadora para Varyamo, Eärondûr y Firye, que no estaban acostumbrados a pasar tanto tiempo bajo las montañas. Salieron a un túnel más amplio y mejor iluminado, y al cabo de unos cientos de metros, Vilendil y Mirkhan, que iban al frente de la compañía, se detuvieron en seco. Eärondûr, Varyamo, Firye, Lómë, Mazan y Olostarin se acercaron a ellos, que parecían estar examinando algo.

–Hemos alcanzado nuestro destino. Tras esta puerta, se halla el valle de Gûlninquë– dijo Vilendil mirando a Eärondûr. Ahora todo dependía del joven de la Marca Verde.

[Editado por Aragorn_II el 26-03-2012 21:32]

Fragmento 48 por Elfo_Negro

Madair y Nergol, tras informarse de que las tropas del visir estaban de regreso y que no tardarían mucho en llegar, decidieron esperar un buen momento para mezclarse con las tropas, un buen momento para que su plan pudiera tener alguna oportunidad.

Para empezar necesitaban uniformes militares con los que mimetizarse, su frustrado intento de conseguirlos por la fuerza los había conducido a casa de Agbhar, el influyente padre de Madair, este noble caballero habían sorprendido a Nergol, por el profundo conocimiento que tenía de la situación y por su audacia y presteza a la hora de decidir y actuar. Al día siguiente ya les había conseguido unos uniformes de sargento.

Los dos hombres decidieron usarlos enseguida, decidieron ponérselos y, completamente armados y metidos en su papel de suboficiales del visir de Adudran, pasearse por sus calles y frecuentar algunas tabernas. Sin llamar excesivamente la atención querían dejarse ver, hacerse conocidos entre los demás soldados, un ratito aquí y otro allá; después se separaban y cada uno pasaba la noche donde le apetecía y donde su buen juicio le indicaba que no correría peligro.

Cuando faltaban apenas 3 días para la llegada del ejército del visir, viendo una buena oportunidad, se juntaron a un pequeño grupo de soldados medio beodos que salían de una taberna y se dirigían a la fortaleza de la ciudadela, donde servían en el cuerpo de intendencia.

Los soldaos de guardia les pidieron el santo y seña y alguien lo dio; todo el grupo, balanceándose en hermandad soldadesca, entró ante la mirada de los guardias, que pensaban en lo bien que se lo pasarían ellos si no tuvieran que estar de guardia y no imaginando de ninguna manera que en ese grupo pudiera haber alguien que no fuera un legítimo soldado.

Ya estaban dentro, eran sargentos de intendencia del visir. Si no los descubrían aquello podía ser una gran aventura, si los descubrían… en fin, no hay porqué ponerse en lo peor.

Fragmento 49 por Cudesas

En las profundidades de las Ered Meneltobas el joven Eärondûr se acercó y tocó lentamente aquellas puertas forjadas en acero, mithril y ninquëi, la misteriosa sustancia que manaba de la Fuente de Gûlninquë.

-La puerta negra, Ando Rómenarnayim –susurró el joven-. La puerta del Oráculo, la única que siempre se mantiene abierta salvo en casos de extremo peligro... lleva décadas cerrada...

Entonces el chico sacó de su capa una hermosa llave de hierro con una negra piedra de azabache engarzada en ella y también cogió de su cinturón una pequeña daga. Se hizo un corte en la palma de su mano derecha y dejó que su sangre goteara sobre la gris llave, entonces se acercó a la cerradura rodeada de runas de protección y bienvenida y alzando la voz repitió las palabras que antaño había recitado el viejo Eärondûr:

“Oh Ando Rómenarnayim, ando morna, pantal sí; hlara ómanya ar laitalenya”

Las palabras de Eärondûr fueron seguidas de varios chasquidos metálicos y finalmente las puertas comenzaron a abrirse. Aunque ya había pasado la hora del amanecer, a través de la abertura no entraba luz, la Ciudad Protegida estaba sumida en una insana oscuridad hasta que un rayo rasgó el cielo sobre ella, fue entonces cuando los recién llegados se percataron de una ominosa figura negra que se acercaba hacia ellos. La sombra estaba a menos de dos metros de la puerta cuando la profunda y terrible voz de Mwálimë Lumbule regresó a través del tiempo y como un trueno ensordecedor resonó por todo el Círculo de Gûlninquë:

-Eärondûr Thorondil, medio-elfo maldito venido del lejano Oeste, aún me falta algo del trato. Algo que quiero tuyo. De ti mismo. ¿Ves tu vida? Tu vida son tus ojos... Cuida tus ojos, elfo, cuídalos te dije... porque tarde o temprano, ¡vendré a por ellos!

Y de repente, bruscamente, aquella impresionante sombra se abalanzó hacia la puerta sorprendiendo a quienes se encontraban en primera posición, dos llamas de odio brillaban en el lugar en el cual debía encontrarse el rostro de aquel espectro y cuando se encontraron frente a frente con los ojos del humano Eärondûr, una fuerte voz masculina fue escuchada en aquel rincón de las Ered Meneltobas:

-Verduga de Udûn, tu tiempo ya ha sido extinguido y en esta ocasión has perdido... ceja ya en tu empeño, pues nunca conseguirás lo que tanto tiempo has ansiado... el viejo medio-elfo ha abandonado los Círculos del Mundo igual que tú abandonarás ahora el Círculo de Gûlninquë.

Con estas últimas palabras aún repicando en los oídos de los presentes, la luz regresó a Gûlninquë y el viejo espectro se dispersó impotente en el frío aire de la hermosa mañana. Tras haber atravesado todas las barreras, por fin se encontraban dentro del Círculo de Gûlninquë, donde se hallaba la Ciudad Protegida del Reino Unificado y su misteriosa Torre.

Aún tuvieron que pasar un par de minutos hasta que los ojos del joven se acostumbraron a la claridad de la mañana, entonces pudo observar el lugar del que tanto se hablaba en su familia, una verde pradera casi circular rodeada por paredes casi verticales de roca granítica que se alzaban a modo de empalizada y tras los cuales las Ered Meneltobas se extendían en todas direcciones. En algunas de estas paredes podían verse, desde su posición, pequeñas aberturas que se correspondían con las viviendas más antiguas de la ciudad, excavadas en la roca, algunas mucho antes de la llegada del viejo Eärondûr.

También podían ver claramente el bosque central de olmos y fresnos en cuyo centro se alzaba la buscada Torre de Gûlninquë y cuya cúspide podía adivinarse en la lejanía. También en la lejanía, pero a su derecha, eran visibles las viviendas destinadas a dar refugio a los habitantes de Sein Cair Andros en caso de necesidad, y aún más allá, al otro lado del bosque, eran visibles los tejados de las viviendas más altas de los meluvenorëanos.

Entre unas viviendas y las otras, pero a la izquierda del bosque, junto al misterioso lago Thauring, estaban las de Telda Minya, tan vacías como las anteriores. Y a lo largo de la pradera, entre las viviendas y el bosque, se alzaban ahora las construcciones más recientes de la ciudad, varias torres de piedra destinadas a la defensa de Gûlninquë, desde la que se podía atacar desde posición seguro a cualquier ejército invasor... viniese por tierra o por aire, un pequeño añadido de Eärondûr tras la Guerra Civil del Reino.

Nada más atravesar la puerta negra, el joven humano se percató que ésta se encontraba flanqueada por dos de estas torres y que sobre la propia puerta se había construido un pequeño fortín para poder atacar a cualquier extraño que traspasase su umbral.

Los viajeros se movieron hacia el bosque que se alzaba cercano a ellos, el camino era ya apenas visible debido a la vegetación que había brotado en las últimas décadas, pero aún así llegaron enseguida a las puertas de la Torre de Gûlninquë, Eärondûr abrió las pesadas puertas... por fin estaba en el Gûlninquë original y antes de que sus compañeros pudieran darse cuenta, se perdió en el interior de la torre.