Historia pública

Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada

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Descripción

Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada

Fragmento 36 por Aragorn_II

La espera había llegado a su fin. Ya nada se interpondría en su camino. Hacía ocho días que el ejército de Adudran había emprendido su marcha hacia Farahkadr, que había sido elegida por Magan para ser la primera de una inmensa lista de conquistas. Mientras tanto, los miembros de la Orden del Puño Llameante con los que se había reunido en Adudran cabalgaban raudos hacia Haiddara. Le habían bastado apenas unas horas para conseguir atraerlos a su causa con el pretexto de una guerra santa que limpiaría la escoria de Firindor de una vez por todas. Y esos estúpidos se lo habían creído; cegados por su fanatismo, no habían sido capaces de ver más allá, no habían conseguido atisbar las verdaderas intenciones de aquel hombre al que sólo conocían como Saffadar y que les había manipulado a su antojo y ahora los usaría a su conveniencia, como los titiriteros manejan las marionetas de sus teatrillos. En sólo cinco días, la ruina caería sobre Farahkadr cuando sus nuevas armas, forjadas en secreto durante años en las fraguas de Adudran, hicieran estragos en sus altos y gruesos muros, derribándolos como si fueran de barro, para sorpresa y terror de sus defensores. Cada una de aquellas pesadas y voluminosas armas eran arrastradas por dos caballos de tiro, y junto a ellas viajaban también los carros que transportaban los barriles que contenían ese polvo negro que le permitiría cambiar la faz de la Tierra Media. Alrededor de estos carros cabalgaban los soldados a los que había adiestrado en secreto para manejar aquellas nuevas armas, unos soldados que habían sido escogidos uno por uno personalmente por el propio Magan.

Pero había una sombra oscura que parecía planear sobre el horizonte y que enturbiaba el ánimo de Magan: la huída de Nergol y los demás prisioneros de las mazmorras. Aquello le preocupaba, pero no lo bastante como para alterar sus planes. Al fin y al cabo, y aunque sus peores pensamientos se cumplieran, sólo eran un puñado de rebeldes que de intentar algo en su ausencia, fracasarían miserablemente. La guarnición que había dejado en Adudran para custodiar la ciudad no era muy numerosa, pero sí la suficiente como para rechazar cualquier ataque. En el fondo, Magan esperaba que aquellos infelices intentaran asaltar la ciudad en su ausencia, para que así sus hombres los masacraran, y a su regreso triunfal, le ofrecieran los cuerpos mutilados de esos rebeldes como trofeo. Había ordenado a los soldados que permanecían en la ciudad que de ocurrir algún incidente, no tuvieran piedad alguna y no hicieran prisioneros. No cometería el mismo error dos veces, debía haber matado a Nergol y a los demás en cuanto tuvo ocasión. Había permitido que el placer que sentía al imaginar su angustia encerrados en las mazmorras a la espera de su ejecución nublara su buen juicio. Pero no volvería a pasar.

Magan sonreía, deleitándose con la victoria aplastante que le esperaba al llegar a Farahkadr, mientras aguardaba nuevas de sus vasallos. Porque ése sólo era un pequeño frente de una contienda que se extendía por toda la Tierra Media. Hacía años que había conseguido que Abarhor, Sultán de Dassart, le jurara lealtad y le reconociera como señor, a cambio de permitirle gobernar en su nombre, como vasallo, las tierras que una vez formaron parte del Imperio de Haddar. Desde entonces, le había utilizado durante años para hostigar las fronteras australes de Gondor y la Marca Verde para probar y debilitar sus defensas, esperando encontrar algún punto débil por el que poder penetrar y avanzar hacia Ithilien y el corazón de la Tierra Media. En ese cometido también habían contribuido notablemente los Haradrim, pues muchos de sus reyezuelos también le habían jurado lealtad y le reconocían como su amo y señor. Pero sus vasallos no sólo estaban en el Sur, ya que también el Señor de Rhûn le había jurado fidelidad, resentido por la humillante derrota que había sufrido su abuelo ante los ejércitos de Gondor y Cadraldôst en el año 79 de la Cuarta Edad. A esas alturas, sus vasallos ya habrían iniciado su avance.

Pero a pesar de contar con la lealtad de Abarhor, del Señor de Rhûn y de la mayoría de los reyezuelos de los Haradrim, Magan había buscado forjar otras alianzas que lo hicieran menos dependiente de los Hombres, en los que no confiaba, y a los que en el fondo despreciaba profundamente, y a los que también temía, pues eran totalmente imprevisibles. Por ello, seis meses atrás se había reunido en secreto con Abibalha, el líder de un grupo de bandidos para encargarle una misión. Magan, sabiendo que la codicia le podría más que la prudencia, le aseguró que en el lejano Oeste, más allá de las ardientes arenas del Mar de Fuego, en una de las muchas y profundas cuevas existentes en las profundidades de las montañas del Paso Gris se hallaba oculto un gran tesoro de valor incalculable, y que si lo hallaba y se lo traía a Adudran, le entregaría la mitad. Tal tesoro no existía, por supuesto, pero a Magan le resultó muy fácil convencer a Abibalha de su existencia, y que si se le ocurría traicionarle, no habría lugar en la Tierra Media en el que pudiera esconderse de su furia. Abibalha le juró una y mil veces que jamás osaría traicionar al poderoso visir de Adudran, aunque al mismo tiempo que pronunciaba tales juramentos, su mente ya maquinaba la forma de huir con todo el tesoro. Por supuesto, Magan intuía las verdaderas intenciones del bandido, pero no dijo nada, pues Abibalha y su grupo de bandidos sólo eran un cebo, la carnaza con la que se tienta a una poderosa bestia.

Y la bestia a la que quería tentar era a Udûn. Sabía que la presencia de un grupo de bandidos merodeando tan cerca de sus fronteras no pasaría desapercibida, y que uno de los grandes Señores de Udûn partiría al frente de una nutrida compañía para acabar con aquellos insolentes que habían osado acercarse a sus fronteras. Pero no era tan tonto como para atraer a un gran Señor de Udûn sin tener algunas garantías. Y es que en las profundidades del Paso Gris aguardaba el más fiel y letal servidor de Magan, un Balrog de los Días Antiguos al que había descubierto en uno de sus viajes al Este y al que había sometido a su voluntad. Cuando advirtió la presencia de Arattalion, el Maia Oscuro de Udûn, en las proximidades del Paso Gris, Magan, haciendo gala de todo su poder, proyectó su imagen a la caverna en la que aguardaba el Balrog, y fue al encuentro de Arattalion. Cuando le habló, proponiéndole que se uniera a él, el Maia Oscuro estaba a punto de dar el golpe de gracia a un par de infelices. Pero en su arrogancia, Magan había subestimado el poder, el orgullo y la furia de Arattalion, y nunca había llegado a concebir que pudiera revolverse contra él, al menos no teniendo a su espalda al Balrog. Pero Arattalion, embargado por la rabia que sentía tras la muerte de su pupila le hizo frente, y al descubrir que la presencia en la caverna de Magan sólo era una ilusión, su furia se multiplicó. Y así, Magan fue testigo impotente de cómo su más letal siervo caía a manos de Arattalion. Maldijo al Maia Oscuro y juró que un día no muy lejano Udûn pagaría por su insolencia, y después su imagen se esfumó de la caverna.

Y aunque se encaminaba hacia una gran victoria, Magan aún se atormentaba por el error que había cometido, por haber intentado buscar una alianza con Udûn. Pero se decía que cuando todos los pueblos de Firindor hubieran sucumbido a su avance llegaría el momento de cumplir su venganza. Y esos negros pensamientos le reconfortaban.

Fragmento 37 por Aragorn_II

La tarde pasó rápidamente con todos atareados, ya fuera preparando su partida al día siguiente o terminando de acomodar a los pobres infelices que habían sido rescatados de las mazmorras de Adudran y que se habían visto envueltos sin quererlo en una extraña y violenta cadena de acontecimientos. Muchos de ellos, como Darher, el hijo de Hamad, vivían en Dassart, y deseaban por encima de todo regresar a sus hogares y reencontrarse con sus familias, algo que, al menos por el momento, era imposible. Otros, en cambio, enfurecidos por la pérdida de algún ser querido o por haber sido arrojados a las mazmorras de Adudran, se habían ofrecido para ayudar en todo lo que pudieran.

-Lo siento mucho Darher, pero tendréis que quedaros con nosotros por un tiempo- le decía Atâva.

-¿Pero por qué? Sólo deseamos volver a nuestros hogares, nosotros nada tenemos que ver en vuestros asuntos ni en vuestras guerras- respondió el hijo del caravanero.

-Lo sé, y siento que os hayáis visto arrastrados por todos estos acontecimientos, pero debes entender que el visir de Adudran nos quería muertos, a todos los que íbamos en la caravana. Y seguro que hay varias patrullas buscándonos. Si os marcharais, lo más probable es que os encontraran fácilmente, y esta vez no se molestarían en llevaros a Adudran, os matarían ahí mismo- dijo Diladal intentando consolar a Darher.

-Está bien, tenéis razón, pero… Mi padre me pidió que volviera a Dassart y cuidara de mi madre y mis hermanos- respondió Darher apoyándose contra la pared, a punto de llorar.

-No te preocupes, seguro que están bien. Y vosotros estaréis seguros aquí, muy pronto podréis reuniros de nuevo- dijo Diladal.

Darher asintió con desgana y permaneció en silencio durante unos instantes, y luego de repente, sonrió. –Es curioso las vueltas que da la vida. Me pregunto qué habrá sido de aquél ladrón que atacó a Taurigale en el Oasis de Hirad. Y también me preguntó qué habrá sido de ella…- dijo Darher con la mirada fija en el Oeste mientras el sol iba desapareciendo en el horizonte.

-El ladrón andará libre por las calles de Adudran, dudo mucho que los responsables de la caravana donde lo entregué le llevaran ante las autoridades. Y aún así, seguro que lo liberarían enseguida- respondió Atâva.

-Taurigale está bien, eso te lo aseguro, no has de preocuparte por ella- respondió Diladal, aunque no le dijo nada más sobre ella.

Después de hablar con Darher y Diladal, Atâva fue a asegurase de que lo tenía preparado todo para su viaje. Mientras lo comprobaba, Lodoc se acercó a ella, e insistió en acompañarla hasta Haiddara. Aunque en un principio se negó, finalmente Atâva acabó aceptando el ofrecimiento de Lodoc, pues confiaba en él, y sabía que era hábil con la espada. Por su parte, Anso, Stygh y Garlan también preparaban su viaje. Los tres se encaminarían solos hacia el sureste, hacia el Bosque Muerto, pues en su interior, junto a las laderas meridionales de las Ered Meneltobas, era donde se ocultaban los supervivientes de los Elfos de Losanost. El resto del tiempo, Garlan estuvo enseñando a Stygh a manejar la espada y el arco, por si se veían en dificultades. Por su parte, tras haber preparado todo para su partida, Lómë tuvo que hacer frente a las recriminaciones y reproches de Firye y Olostarin por no haberles contado la verdad acerca de su misión, haberles engañado durante tanto tiempo y haberles ocultado la muerte de Narudud.

-¿Por qué no nos contaste la verdad desde un principio?- preguntó Olostarin, molesto.

-No podía, entiendo que os sintáis engañados, e incluso traicionados, pero era lo mejor. Además, de haber revelado mis sospechas, probablemente Anfalas no nos habría permitido que acompañásemos a Mazan, a Varyamo y Eärondûr, y entonces todo habría sido en vano- respondió Lómë tranquilamente.

-Eso no es seguro- respondió Firye.

-Tal vez el señor Anfalas hubiera permitido que nos acompañara una compañía de la guardia, y entonces nos habríamos ahorrado muchas penurias en el viaje- terció Mazan, recordando su cautiverio en las mazmorras de Adudran.

-Además, podríamos haber alertado a nuestros hogares de que se avecinaba una guerra- terció Eärondûr, preocupado por la seguridad de la Marca Verde y la de su familia.

-Ya no hay vuelta atrás, ni tiempo para lamentaciones. Sí, tal vez podría haber pasado esto o lo otro, pero entonces muy probablemente no nos habríamos visto obligados a desviarnos hacia Adudran. Y no debéis subestimar el impacto que vuestros actos, y vuestra mera presencia, han tenido en estas gentes- respondió Lómë.

-Al menos podías haber hablado con Anfalas y Mêlel y haberles contado la verdad acerca de su nieto. Ellos siempre te trataron como a un amigo y te abrieron las puertas de Cadraldôst- dijo Firye.

-No hizo falta. Cuando nos despedimos de ellos en el bosque de Taurezel pensaba hablar con ellos, pero cuando Mêlel se acercó a mi y me habló, supe que había advertido la verdad desde un principio- respondió Lómë.

Vilendil, que había permanecido en silencio contemplando Enyelost bañada por los últimos rayos de Anar, habló al fin. –Lómë tiene razón, ya no es momento para discusiones ni lamentaciones, ni tampoco para remordimientos. Debemos seguir adelante, pues es la única forma de ayudar a aquellos que amamos. Además, debemos descubrir quién es esa extraña mujer que se oculta en el Oráculo de Nimril y cuáles son sus intenciones-

-Es cierto- dijo Varyamo.

-Y antes de partir, os quiero prevenir una vez más sobre el frío. El invierno en Sein Cair Andros, el invierno al Norte de las Ered Meneltobas es crudo, y por las noches el viento es gélido y hiere como si fuera un cuchillo. Si pensáis que hasta ahora habéis pasado frío, no os hacéis una idea del que pasaréis cuando crucemos las montañas- les advirtió Vilendil.

En ese momento, Olostarin recordó la imagen que había visto en la piedra de aquel extraño pitoniso de Cadraldôst, una visión que casi había olvidado por completo, enterrada por las preocupaciones de tan accidentado viaje. Había visto a Mazan entregando la piedra a una extraña mujer que reía a carcajadas, y pudo advertir el mal en sus ojos. El recuerdo de aquella visión turbó a Olostarin, aunque no dijo nada. Sabía que debía ser paciente, que no tenía sentido el preocupar a sus compañeros y amigos por lo que había visto en la piedra vidente de un pitoniso de Cadraldôst, y que muy bien podría ser un engaño. Pero se había jurado que no permitiría que nada le pasara a Mazan, que esta vez no dejaría que otro Naugrim al que estimaba muriera.

Tras las palabras de Vilendil, todos fueron a comprobar una vez más que todo estuviera dispuesto para el viaje que emprenderían a la mañana siguiente. Por su parte, Nergol había pasado un par de horas hablando con Diladal sobre cuál sería el mejor camino para llegar a Adudran y lo que harían una vez que llegaran a la ciudad. Tras asegurarse de tener las provisiones necesarias, Nergol fue a ver a Turinia, y pasó con ella el resto de la tarde y toda la noche.

A la mañana siguiente, poco después del alba, los cuatro grupos partieron. Nergol y Diladal cabalgaron hacia el suroeste, hacia Adudran, mientras que Anso, Stygh y Garlan se encaminaron hacia el sureste, siguiendo las Ered Meneltobas. Por su parte, Atâva y Lodoc galoparon hacia el Sur, y durante algún tiempo compartieron camino con Anso, Stygh y Garlan. Por último, Eärondûr, Firye, Lómë, Mazan, Olostarin, Varyamo y Vilendil se encaminaron hacia el Norte, y tras dejar atrás la hermosa ciudad, se internaron en el bosquecillo que quedaba a su derecha. Allí, siguiendo los consejos de Vilendil, se detuvieron para aprovisionarse bien de leña, pues no habían conseguido mucha ropa de abrigo. Afortunadamente sí habían conseguido recuperar las tiendas que les habían dado en Cadraldôst, pues Tud Jansen y Nelian las recogieron y las llevaron consigo después de encontrarse con Firye, Olostarin, Varyamo y Vilendil la noche previa al rescate en las mazmorras. Cuando el Medio Elfo creyó que ya tenían leña más que suficiente, continuaron su marcha y cruzaron las montañas por el paso de Enyelost, llegando a las tierras que otrora habían formado parte de la provincia de Sein Cair Andros. Al poco no tardaron en darse cuenta de la verdad que había en las palabras de Vilendil acerca del frío. Acamparon esa noche al cobijo de una pared de roca que giraba hacia el Oeste, y encendieron una hoguera para calentarse. No hablaron mucho, y Eärondûr aprovechó para coger la pluma que le habían regalado Anfalas y Mêlel y continuar escribiendo en su diario.

Fragmento 38 por Aragorn_II

Habían pasado tres días desde que partieran de los alrededores de Enyelost, y Anso, Stygh y Garlan proseguían su camino hacia el Bosque Muerto, donde moraban los Elfos supervivientes de Losanost. Siempre al amparo de las cumbres de las Ered Meneltobas, avanzaban por el antiguo camino que unía Enyelost con la mayor fortaleza de la frontera oriental del Reino Unificado. A pesar de los largos años que habían pasado desde que aquellas tierras fueron abandonadas, la calzada se encontraba en relativo buen estado, aunque en algunos tramos estaba bloqueada por los restos de árboles caídos o rocas que con los años se habían desprendido de las laderas de las montañas. No hablaban mucho durante el camino, aunque por las noches Stygh le hacía muchas preguntas a Anso acerca de su pueblo, pues sentía una gran curiosidad por los Elfos. Por su parte, cuando no estaba enseñando a Stygh algunos movimientos con la espada, Garlan permanecía en silencio, ensimismado con sus propios pensamientos. Ya casi podía hablar con total normalidad, si es que aquella voz ronca y rota podía considerarse normal; la herida del cuello aún le dolía, aunque mucho menos desde que aquella Elfa pelirroja le hubiera atendido. Sin duda, poseía un gran poder como sanadora. Al anochecer, llegaron al lindero del Bosque Muerto, y Anso les aconsejó que sería mejor acampar ahí y no adentrarse en su interior hasta la mañana siguiente. Stygh y Garlan sintieron un escalofrío al ver el aspecto tétrico y siniestro del bosque, y aceptaron el consejo del Elfo esperando que a la luz del día el bosque tuviera un aspecto menos amenazador. Anso, consciente de los temores de Garlan y Stygh, se ofreció a hacer la guardia aquella noche, lo cual agradecieron los dos hombres. Sin embargo, ninguno de los dos pudo descansar aquella noche, ya que les asaltaban sueños espantosos en los que se veían en el interior del bosque, perdidos y solos, conscientes de que por más que corrieran nunca encontrarían la salida, que morirían allí presas del miedo y la desesperación.

Las primeras luces del alba no trajeron un panorama más halagüeño para Garlan y Stygh. El bosque aún tenía un aspecto siniestro e intimidante a la luz del sol; los imponentes esqueletos de cientos de árboles se elevaban ante ellos, algunos gruesos y nudosos, y otros delgados y espigados. Poco después de internarse en el interior del bosque, siguiendo aún el antiguo camino de Enyelost, Garlan y Stygh entendieron que aquel lugar hacía honor a su nombre, pues no hallaron rastro de vida, y ni siquiera el viento parecía soplar en aquel lugar. El camino estaba flanqueado por los tétricos troncos de árboles secos y retorcidos, casi como ejércitos espectrales que esperaran para despertar de su letargo. Garlan y Stygh sentían como si los estuvieran observando miles de ojos ocultos en la penumbra que se extendía a ambos lados del camino, aunque por encima de todo sentían un gran mal, como si percibieran los ecos de una fuerza maligna y oscura de otro tiempo que hubiera habitado aquel lugar.

-Este lugar me pone los pelos de punta- murmuró Stygh, incapaz de guardar silencio.

-Sin duda este sitio hace justicia a su nombre, nunca había conocido un lugar tan aterrador y carente de vida- dijo Garlan.

-Sí, este paraje se hace fuerte en los días de oscuridad, y vivimos tiempos oscuros e inciertos- dijo Anso volviéndose hacia los dos hombres.

-¿Y por qué lo escogisteis como morada?- preguntó Garlan.

-Muy sencillo, ¿quién iba a atreverse a buscarnos aquí? Además, somos Elfos, y los Elfos nos sobreponemos mejor a estas cosas que los Hombres- respondió Anso.

-¿Qué sabes de este lugar?- preguntó Stygh.

-Nada en realidad. Este lugar ya era así cuando llegamos, y por lo que sé, era así antes de la fundación del Reino Unificado. Los árboles de este bosque no murieron a causa de la sequía que azotó estas tierras hace cien años. Algún poder oscuro y cruel debió habitarlo en tiempos remotos. Ahora permaneced en silencio, dentro de poco deberemos abandonar el camino y dirigirnos hacia las montañas- respondió Anso señalando hacia su izquierda, y Stygh y Garlan se estremecieron.

-¿Y cuándo encontraremos a los tuyos?- preguntó Garlan.

-No creo que tardemos mucho ya. Seguro que los centinelas ya nos han visto; puede que hasta nos vieran anoche, cuando llegamos a los lindes del Bosque Muerto- respondió Anso tranquilamente.

Tal y como había dicho Anso, al cabo de un rato abandonaron el camino y se dirigieron hacia el Norte, hacia los picos australes de las Ered Meneltobas. En aquella zona de las montañas, conocida en otros tiempos como Maltrota Casarion, había muchas cuevas y cavernas, un lugar ideal para que aquellos que no deseaban ser encontrados pudieran morar en paz. A medida que se alejaban del camino el bosque de árboles secos y muertos era cada vez más denso, y la atmósfera era cada vez más opresiva y asfixiante, pues el aire era rancio y pesado. Un silencio sepulcral reinaba en aquel lugar, y Stygh y Garlan sólo escuchaban el golpeteo de los cascos de los caballos en la tierra, un sonido que se clavaba en sus oídos y que parecía eclipsar todo lo demás. Había pasado una hora desde que abandonaran el camino cuando de la nada aparecieron ante los jinetes dos Elfos vestidos con capas rojas y capuchas que les ocultaban el rostro, cubierto también por yelmos que tenían la forma de la cabeza de un águila. Ambos portaban lanzas y unos pequeños escudos redondos con el emblema de un águila surcando el aire. Anso se adelantó y habló con ellos, aunque ni Stygh ni Garlan pudieron escuchar lo que decía. Los dos soldados asentían, y tras echar una mirada de reojo a los dos hombres, se apartaron y les permitieron continuar su camino. Al cabo de otra hora, por fin llegaron a las cuevas en las que se ocultaban la mayor parte de los supervivientes de Losanost. Tras dejar los caballos al cuidado de los centinelas, Anso les indicó a Garlan y a Stygh que le siguieran. Ambos obedecieron, y tras avanzar por algunos corredores iluminados por la tenue luz de unas pocas antorchas, llegaron a una gran estancia en cuyo centro había una mesa redonda de madera. En la cabecera estaba sentado un Elfo de porte noble y semblante orgulloso, de ojos grises y profundos, vestido con una túnica blanca y una capa parda sobre la que caían sus cabellos negros. A su izquierda estaba Taurigale, lo cual sorprendió a Stygh y Garlan, y a su derecha estaba sentado otro Elfo, de cabellos rubios y rostro duro y severo; bajo la capa roja llevaba una armadura de color carmesí, y en el peto de la coraza tenía grabado el emblema de un león saliendo de las llamas. Al verlo, Stygh y Garlan se estremecieron al recordar el ataque a la caravana. A su lado estaba Cararê, que portaba la misma armadura carmesí. Al verlos entrar, los ojos de los cuatro se clavaron en los dos hombres.

Anso se acercó a la mesa, y tras hacer una reverencia, habló. –Mi señor Nethênil, traigo noticias perturbadoras de Adudran– dijo mirando al Elfo de cabellos oscuros y túnica blanca.

–¿Y qué hacen esos dos aquí?– rugió el Elfo de rostro severo.

–Calma Ohtûlk, deja que Anso hable– replicó Nethênil.

–Muchas gracias mi señor– dijo Anso, y entonces les contó todo lo que había pasado en las últimas semanas, desde el asalto a las mazmorras hasta todo lo que se había hablado en Enyelost. Al mencionar la revelación de Lómë, los ojos de Taurigale brillaron, pero al escuchar el nombre de Magan, su semblante se llenó de preocupación y se revolvió en su silla.

–Graves noticias, sin duda– dijo Nethênil cuando Anso terminó de hablar.

–Desde luego, y eso explica muchas cosas. Pero ahora no es el momento de vacilar, es el momento de actuar con determinación. Debéis convocar a toda la Hasêrkar y marchar hacia Enyelost para unirnos a los hombres de Yijda y esperar noticias de Sein Cair Andros y Haiddara– dijo Taurigale con un énfasis que sorprendió a Ohtûlk y Cararê.

–Estoy de acuerdo mi señor, creo que es nuestra única oportunidad para derrotar a Magan– terció Anso.

Ohtûlk rió. –¡Ja! ¿Y desde cuándo nosotros hemos de aceptar órdenes o consejos de los Hombres?–

–¿No habéis escuchado nada de lo que ha dicho Anso? El visir de Adudran es un Maia poderoso, no es un Hombre. Además, estos consejos provienen de otro Maia, y no de ningún Hombre. ¿Tanto os ha cegado vuestro odio que sois incapaces de ver el gran peligro al que os enfrentáis? – dijo Taurigale.

–Nethênil, ¿por qué escuchas a esta mujer? Nunca he entendido por qué la mezclaste en nuestra lucha–exclamó furiosa Cararê, y sus ojos se cruzaron con los de Taurigale.

–No he de explicarte los motivos por los que he depositado mi confianza en Taurigale. Ella ha demostrado con creces su valía en muchas ocasiones. Además, sus consejos son sabios y prudentes, y sería un loco si no los escuchara– respondió Nethênil.

–Tal vez a Cararê no debas explicarle tus motivos, pero a mi sí. Y además, todavía no entiendo qué hacen esos dos aquí– rugió Ohtûlk señalando a Stygh y Garlan.

–Vine porque estoy buscando a mi hermano Rom– dijo Stygh casi en un susurro.

–Pues aquí no está– respondió bruscamente Cararê, quien se acordaba del molesto joven sureño.

–Algunos días después de que atacarais nuestra caravana, él decidió seguiros, y desde entonces no he vuelto a saber nada de él. Pensé que tal vez podía estar aquí– dijo Stygh, intimidado por las miradas hostiles de Ohtûlk y Cararê.

–Entonces tu hermano es más idiota de lo que creía. Sólo un necio intentaría seguir nuestro rastro, y más aún varios días después de que nos hubiéramos marchado. Lo más probable es que haya muerto solo en el desierto– dijo Cararê con una sonrisa. –Además, aunque hubiera hallado nuestro rastro, no somos tan tontos como para no darnos cuenta si alguien nos está siguiendo. Y no nos gustan los merodeadores– añadió la Elfa.

–Ni tampoco los comerciantes pacíficos que tratan de ganarse la vida honradamente. ¿Cómo podéis justificar el matar a hombres, mujeres y niños inocentes?– dijo Garlan mirando desafiante a la Elfa.

–¡Cállate rata del desierto! Puedes dar gracias de seguir con vida. Ya veo que conservas un recuerdo de nuestro encuentro– dijo Ohtûlk señalando la cicatriz en la garganta del joven.

–Así es. Bajé la guardia un instante, me distraje con lo mucho que disfruté el momento en que le clavé una flecha en el corazón a una de vuestras adorables bestias– respondió Garlan.

El comentario de Garlan hizo estallar a Ohtûlk y Cararê, que se pusieron en pie de un salto. Ya estaban a punto de desenvainar sus espadas y caer sobre Garlan cuando algo les detuvo. Súbitamente, la estancia, hasta entonces sólo iluminada por varias antorchas y algunas lámparas de aceite, se llenó de luz. Del cuerpo de Taurigale, que se había puesto en pie, emanaba una luz blanca y pura que inundó la sala. Entonces habló, y su voz era clara y serena, pero también poderosa, y en su rostro les pareció ver a los Elfos durante un instante un atisbo del Reino Bendecido. –¡Deteneos! Como hiciera Lómë, veo que ha llegado el momento en que yo también revele mi verdadera identidad, pues veo que es la única forma de cumplir mi misión. También soy una de las Maiar Tellenari, mi nombre en Aman, donde servía a Yavanna, era Tindayàvë, pero al llegar a la Tierra Media fui conocida como Auressë, hasta el momento en que Magan se corrompió y se volcó hacia el mal. Desde ese momento, adopté otras identidades para ocultarme ante sus ojos y seguir ayudando a los Pueblos Libres del Este a que no sucumbieran ante su ambición. Es por eso por lo que estoy aquí, para aconsejaros y ayudaros en vuestra lucha, pero no para que, cegados por el odio, matéis a inocentes. Dejad atrás vuestra ira y ayudadnos a acabar con la tiranía de Magan, que amenaza con extenderse por todo Ambaron– dijo Auressë, y al terminar de hablar, la luz cesó. Ninguno daba crédito a lo que acababa de ver, excepto Nethênil, pues ya desde el primer momento conocía la verdadera identidad de Taurigale. Ohtûlk y Cararê se sentaron de nuevo en silencio, sin salir aún de su asombro. No podían creer que aquella mujer a la que odiaban y a la que habían menospreciado y de la que tanto se habían burlado fuera en realidad una Maia.

–¡¿Pero cuántos Maiar ocultos hay en Ambaron?!– exclamó al fin Anso rompiendo el silencio, y su comentario hizo reír a Auressë.

–El poder de Magan es grande, al igual que su odio y su ambición. Por eso instigó el ataque contra Losanost, sabía que llegado el momento sería un obstáculo en sus planes. Y por haber sobrevivido y haber conseguido manteneros ocultos tantos años os odia profundamente– dijo Auressë.

–Auressë tiene razón, y aunque estamos al borde del abismo, también tenemos una pequeña oportunidad para prevalecer, si nos unimos a aquellos que también luchan contra Magan. Hemos esperado muchos años con la esperanza de que llegara un momento así. ¿Estáis dispuestos a dejar escapar esta oportunidad? Voy a convocar al resto de compañías de la Hasêrk, y estoy seguro que todos acudirán a la llamada y se unirán a nuestros amigos. ¿Los Bassarâ se unirán a nosotros?– preguntó Nethênil mirando a Ohtûlk.

–Cuando la Hasêrk ha ido a la batalla, los Bassarâ siempre han acudido. Y también lo harán esta vez– dijo Ohtûlk, aún ensimismado en sus pensamientos. Las palabras de Auressë habían calado muy hondo en su ser, y al igual que Cararê, había comprendido que había mucha verdad en ellas.

–Sea así pues. Enviaré mensajeros inmediatamente para que avisen a los Orôdsa, a los Walabâ y a los Nentarâ, y daré orden para que se prepare la marcha– dijo Nethênil.

–¿Cuándo estaréis listos para partir?– preguntó Auressë.

–En cinco días– respondió Nethênil.

Fragmento 39 por Aragorn_II

En la tarde del quinto día desde que partieran de Enyelost, el grupo formado por Lómë, Vilendil, Eärondûr, Firye, Olostarin, Mazan y Varyamo se detuvo a los pies de una de las cimas de las Ered Meneltobas, pues el Medio Elfo les indicó a los demás que el Oráculo de Nimril se hallaba en un valle tras aquella montaña, pero que era demasiado peligroso seguir avanzando en medio de la oscuridad. Además, también les dijo que si seguían adelante no encontrarían refugio alguno, y todos estuvieron de acuerdo en que lo más prudente era acampar junto a las raíces de la montaña. El viaje desde que cruzaran el paso de Enyelost había sido lento, avanzando siempre bajo la sombra de las amenazadoras cumbres de las Ered Meneltobas, y atravesando numerosos valles y depresiones. Durante el día hablaban muy poco, y únicamente en los pocos descansos que se tomaban, pero por las noches conversaban largos ratos, escuchando alguna de las historias que contaba Vilendil sobre aquel lugar en los días de su esplendor, o las que les contaba Lómë sobre sus viajes por las misteriosas tierras al Norte del gran desierto salino, tierras que ni aún Olostarin o Vilendil conocían.

Y aunque no hablaban sobre ello, todos se preguntaban por la misteriosa muchacha que les esperaba en el Oráculo, y por las intenciones que tuviera. El más intrigado era por supuesto Mazan, que desde hacía ya varias semanas tenía una extraña sensación que le corroía por dentro: que le hubieran encargado a él llevar aquella misteriosa piedra a su destino no había sido algo casual, sino que obedecía a algún designio superior o a algún plan establecido de antemano. Lo cual irritaba mucho al orgulloso Enano, pues no le gustaba la idea de ser una marioneta cuyos hilos alguien maneja en las sombras. Pero nada dijo a sus amigos sobre sus pensamientos, pues no quería alarmarlos. Sin embargo, Olostarin conocía las preocupaciones de Mazan, y temía por él, pues tenía grabada en su mente aquella imagen que viera meses atrás en la bola de aquel pitoniso de Cadraldôst. El Elda se había jurado que no permitiría que nada le pasara al Enano, al que le unía una gran y profunda amistad. También Vilendil estaba muy preocupado por la misteriosa joven que les esperaba en el Oráculo, y se preguntaba quién podía ser y cómo conocía la existencia del antiguo santuario que él mismo levantara tantos años antes.

Aquella noche no hablaron, y Vilendil y Lómë se ofrecieron a hacer la guardia, aunque no les correspondía. Con la llegada de los primeros rayos del sol, y tras despertar a los demás, Vilendil abandonó el campamento y se fue a explorar el camino que llevaba al Oráculo de Nimril. Examinó el terreno y descubrió que sorprendentemente estaba en mejor estado de lo que esperaba. Pero no fue lo único que halló el Medio Elfo, pues era un hábil rastreador y su mirada era aguda y profunda. Se inclinó, poniéndose en cuclillas, y examinó el camino con más cuidado, descubriendo que había sido transitado recientemente. Había algo familiar en aquello, aunque no sabía bien de qué se trataba. Al poco rato, entonó un canto, y Soroni, el águila gris de lomo blanco, descendió de los cielos, y le habló al Medio Elfo, comunicándole el estado del camino que llevaba hasta el Oráculo. Vilendil sonrió y regresó al campamento, donde sus compañeros ya estaban recogiendo las tiendas tras tomar un escaso desayuno.

–Somos afortunados, parece ser que el antiguo camino aún es practicable, por lo que deberíamos llegar al Oráculo poco después del mediodía– les informó Vilendil.

Poco después la compañía se ponía de nuevo en marcha. Avanzaban por el camino que ascendía rodeando la montaña, o atravesándola en algunos tramos cortos. Mazan estaba impresionado, y no se sorprendió cuando Vilendil le contó que el camino había sido construido con la ayuda de los maestros Enanos de Erebor que lo habían acompañado en su peregrinación al Este tantos años atrás, en los días anteriores a la fundación del Clan. Pero a medida que avanzaban todos comenzaron a sentir un gran peso en el corazón, una congoja que los oprimía, y les parecía sentir los ecos de una presencia maligna en aquel lugar, pero ningún dijo nada. Al cabo de un par de horas, el camino desembocó en un valle plano que se abría entre las montañas, y tal como les había dicho Vilendil, allí estaba el Oráculo de Nimril, un santuario de paz consagrado al conocimiento. Pero poco quedaba del hermoso templo que había erigido el Medio Elfo a imagen y semejanza del hogar de Gilorod en las Montañas Nubladas. O al menos eso era lo que veían, pues años antes, el pequeño templo había sido fortificado y mancillado por Orodril. Vilendil sintió un gran escalofrío que le recorrió el cuerpo, y una pena muy honda se adueñó de él en ese momento. Aún recordaba los hermosos y grandes árboles que crecían en los jardines que rodeaban el templo, cuyos brillantes muros resplandecían como si fueran de plata. Aún recordaba el rumor del agua que caía en suaves cascadas, y se entristeció al pensar que aquello se había perdido para siempre.

Las nubes habían ocultado los rayos del sol a media mañana, y visto así, envuelto en la oscuridad creada por las sombras que proyectaban las cimas de las Ered Meneltobas, el valle tenía un aspecto fantasmagórico, y el Oráculo parecía un lugar aún más tenebroso y siniestro. Con el corazón encogido, continuaron su camino atravesando los restos de las defensas levantadas por Orodril hasta que al fin llegaron al templo. Las puertas estaban abiertas de par en par, aunque ni aún Vilendil u Olostarin podían distinguir algo entre las tinieblas del interior del Oráculo.

–¡Esta sí que es buena! Después de miles de millas recorridas y más de tres meses de viaje, cuando por fin llegamos a nuestro destino, ¡nadie viene a recibirnos!- exclamó Mazan desmontando de un salto del caballo que compartía con Olostarin.

–Más sorprendente aún es el aspecto de este lugar. Nadie ha vivido aquí desde hace mucho tiempo– dijo Varyamo.

–Yo no estaría tan seguro. En el camino había huellas recientes. Sin duda alguien nos está esperando, aunque por lo que sea, no quiere mostrarse aún– terció Olostarin.

–Este lugar me inquieta, hay algo sombrío y oscuro en el ambiente. No es como nos lo describiste cuando llegamos a los alrededores de Enyelost la semana pasada– dijo Firye mirando a Vilendil.

–No era así la última vez que estuve aquí– se limitó a responder Vilendil, desmontando de un salto de Nixelotë.

–Sea como sea, todo esto es muy extraño. Este lugar me hiela la sangre, y desde que llegamos a este valle, un mal presentimiento me embarga– dijo Mazan mientras cogía la preciada y misteriosa piedra.

–¿No sería más prudente marcharnos?– preguntó Firye.

–Más prudente desde luego, pero no podría vivir con semejante deshonra. Empeñé mi palabra, y he de cumplirla. Antes que faltar a la promesa dada, ¡me afeitaría las barbas!– exclamó Mazan, y su comentario les hizo sonreír a todos.

–Debemos entrar, sólo así resolveremos el misterio– dijo al fin Lómë, que no había dicho nada hasta ese momento.

En ese preciso instante, un viento helado comenzó a soplar desde el Oeste y las nubes que cubrían el sol fueron llevadas lejos. La luz del sol los reconfortó a todos, y también despejó las tinieblas del interior del Oráculo. Antes de entrar, ataron a los caballos en el poste más sólido que encontraron, y Vilendil le susurró algo a Nixelotë que nadie más pudo oír. Mazan quería ser el primero en entrar, pues insistía en que debía ser así ya que era él al que le habían hecho el encargo. Pero tras una breve pero divertida discusión a causa de la testarudez del Enano, finalmente fue Vilendil el primero en adentrarse en el templo. El suelo estaba lleno de escombros y polvo, los restos de la mampostería y los finos grabados de los muros interiores del Oráculo. Avanzaban con cuidado, atentos al menor ruido o movimiento, especialmente Olostarin, hasta que llegaron a una estancia amplia con forma circular. La sala estaba coronada por una cúpula que tenía el diseño de dos estrellas de siete puntas superpuestas; la luz del mediodía se filtraba por ella e iluminaba la estancia en cuyo centro había un pedestal, y sobre él, un recipiente de piedra vacío. Vilendil se acercó al corazón de la estancia, haciendo añicos los trozos del cristal de la cúpula que llenaban el suelo, y puso su mano sobre el pedestal de piedra. Se había mantenido intacto a pesar del paso de los años, aunque faltaba algo. Nimril, el cristal de hielo fósil nacido en las entrañas de los altos montes de nieves eternas, el globo cristalino de color azul en el que una llama perpetua ardía en tonos blancos, dorados y celestes, no estaba.

–Habéis recorrido un largo camino para llegar hasta aquí– dijo una voz femenina a la espalda del grupo.

Todos se volvieron hacia la voz, sobresaltados, pues no la habían oído llegar. A unos metros, frente a la puerta de aquella estancia, había una figura que los miraba fijamente desde la penumbra del corredor. Una capa amplia le cubría el cuerpo, y una capucha ocultaba su rostro. Al escuchar aquella voz, más de uno, instintivamente, echó mano a sus armas, aunque ninguno llegó a empuñarlas. Vilendil en cambio no se movió.

–No os alarméis, no hace falta que esgrimáis vuestras armas. Ese tiempo aún no ha llegado, por fortuna– dijo de nuevo la misteriosa mujer, aunque sus palabras lejos de ser tranquilizadoras, obraron el efecto contrario. –Creo que el Maestro Enano tiene algo que me pertenece– añadió la mujer señalando a Mazan.

–En efecto, si vos sois la dama a la que debo entregar mi mercancía– respondió Mazan con cautela. Muchas cosas extrañas habían ocurrido desde que saliera de Aglarond, y el que alguien se hiciera pasar por otra persona no era la más extraña de todas, ni tampoco la menos habitual.

–Yo fui quien contrató al comerciante de Khand que os hizo el encargo, Maese Mazan, del Reino de Aglarond. Y veo que sin duda habéis sabido elegir bien a vuestros amigos y compañeros de viaje– dijo la mujer, y esa última insinuación los desconcertó a todos aún más. Entonces, Vilendil se dio la vuelta, y en su rostro no había preocupación o ansiedad. –Largos años han pasado desde nuestro primer encuentro, Atanvardo–

–Así es, y parece que una vez más, los hados del destino han unido nuestros caminos, Rhiniriel– dijo calmadamente Vilendil, y en su rostro no había preocupación ni ansiedad.

–Un momento, ¿Rhinhiriel? ¿Gilorod Rhinhiriel, la Señora del Invierno?– atinó a decir Eärondûr.

–En efecto, también conocida por algunos como la Bruja Elfa– dijo Gilorod echando la capucha que ocultaba su rostro hacia atrás. Todos vieron entonces a una hermosa Elfa, pálida y blanca como la nieve perpetua, de caballos rubios que caían sobre sus hombros con dulzura.

–¡No es posible!– exclamó Varyamo.

–Lo es, hijo de Haeré– respondió Gilorod, y en ese momento, Vilendil fue hacia ella y la abrazó.

–Un momento, ¿es la misma Gilorod de tus historias?– preguntó Olostarin, que aún no salía de su asombro.

–Así es, aunque nunca hubiera imaginado que sería ella la que nos estaría esperando aquí– dijo Vilendil. –Han pasado muchos años desde que nos vimos por última vez. Feliz y venturoso es nuestro reencuentro, aunque el corazón me dice que no ha sido fruto del azar, sino del destino– añadió el Medio Elfo mirando a Gilorod.

–Tu corazón está en lo cierto, me temo. Una gran oscuridad se cierne sobre nosotros, pero aún hay tiempo para actuar– dijo Gilorod mirando a los demás, que seguían sin reaccionar a causa de la sorpresa, especialmente Olostarin, que no podía quitarse de la cabeza la visión que tuvo en Cadraldôst. –A pesar de los muchos años que llevas en la Tierra Media, aún hay lecciones que debes aprender– añadió Gilorod con tono risueño mirando al Elfo.

–¿Qué quieres decir?– preguntó aturdido Olostarin.

–Que no deberías confiar en lo que ven tus ojos en la esfera de aquel que se hace llamar a sí mismo pitoniso. Después de todo, parece que no soy tan malvada como creías que sería– respondió Gilorod, y Olostarin guardó silencio, en parte avergonzado por no haberse dado cuenta antes del engaño.

–Hay algo que no entiendo. ¿Por qué una dama Elfa tan sabia como vos iba a necesitar esta piedra?– preguntó Mazan extrañado, aunque aliviado. Sus peores temores, al igual que los de Olostarin, se habían esfumado.

–Es una larga historia. Hace un par de años, el cristal de Nimril comenzó a ofrecerme visiones oscuras y sombrías, de un nuevo poder que amenazaba con extender el mal por todo Ambaron, y también por la Tierra Media. Pero no eran visiones claras, asi que no sabía qué era lo que podía hacer para luchar contra ese mal. Hasta que hace algo más de un año el cristal me ofreció otra visión, la de un grupo de viajeros que cruzaban el desierto y llegaba a las antiguas tierras del Reino Unificado. Entonces comprendí que la hora de mi regreso estaba cercana, y durante algunos meses vagué por Firindor, y no tardé en darme cuenta que el origen del mal que nos amenazaba estaba en Adudran. Entonces, Nimril me mostró la verdadera identidad del Visir, y mis peores temores se hicieron realidad. Pero también nació en mi una esperanza cuando pude ver en el cristal quiénes eran esos viajeros que habrían de adentrarse en el Eärnar. Y tuve visiones de vuestro encuentro en Cadraldôst, pero Nimril me mostraba continuamente una extraña piedra de color verde. Entonces comprendí que nada de eso llegaría a suceder si no actuaba, y por eso me puse en contacto con un antiguo amigo, un comerciante de Khand al que salvé de unos asaltantes hace años, para que fuera a Aglarond en busca de un Enano llamado Mazan, al que debía encargar esa piedra que llevas contigo– dijo Gilorod.

–¡Por las barbas de Aulë! ¿Y qué sabes de esta misteriosa piedra?– exclamó Mazan.

–Sé que sin ella nunca podríamos vencer a Magan, pero en su estado actual no sirve para mucho. Desde que llegué aquí, investigué en la biblioteca buscando alguna pista de la piedra, y por fin, encontré una respuesta en un antiguo pergamino: se llama corindón verde, y es un mineral extraordinariamente raro del que se dice que su corazón alberga un gran poder. Pero la forma de llegar a ese poder estaba fuera de mi alcance, por lo que mi alegría inicial se transformó en decepción. Hasta que hace dos meses, el cristal de Nimril me mostró otra imagen, la de dos ejércitos combatiendo en un valle en medio de las montañas frente a una torre blanca– dijo Gilorod, y al oír esa descripción, los ojos de Eärondûr centellearon. –Y entonces comprendí que nuestro destino era Gûlninquë. Allí, en la torre, podremos tratar la piedra, y en alguna de las herrerías de la ciudad podremos forjar un anillo en el que engarzar la piedra, y usar su poder para derrotar a Magan. ¿No lo habéis comprendido aún? Vuestro viaje y el mío estaban predestinados mucho antes de que los iniciáramos, y aunque no sé cuál es el destino que nos aguarda, pues me está vedado el conocerlo, hemos de tener esperanza– añadió Gilorod.

–Es difícil creer que algo así pueda estar predestinado– dijo Firye, que se mostraba muy escéptica ante las palabras de Gilorod.

–Sé que cuesta creerlo, pero por las palabras de Gilorod, muchas de las cosas que nos han ocurrido en este extraño viaje cobrarían sentido. No fue la casualidad la que nos unió, y tampoco fue el azar el que nos empujó a desviarnos hacia el Paso de Cilross. De haber seguido nuestra ruta original, jamás nos habríamos encontrado con aquellos mercenarios, y por lo tanto nunca habríamos ido a Adudran ni habríamos sabido lo que allí ocurría– dijo Vilendil.

–Y que de no ser por nuestra presencia, los pocos que se resisten al poder de Magan no se habrían unido, dejando atrás sus viejos rencores para hacer un frente común– terció Lómë.

–¿Y acaso es casualidad que todo esto vaya a ocurrir en las antiguas tierras del Reino Unificado, y que Vilendil y yo hayamos regresado a ellas después de tantos años? ¿O que haya sido en estos días cuando Varyamo y Eärondûr hayan decidido emprender este largo y peligroso viaje para conocer la tierra de sus antepasados? ¿Y que para poder elaborar el arma necesaria para derrotar a Magan hayamos de necesitar tanto la piedra de Mazan como la habilidad y la destreza en la forja de anillos que Olostarin aprendió de Celebrimbor en los días de esplendor de Eregion? ¿Y que todo ello no sería posible sin la presencia del propio Eärondûr, ya que sin él jamás podríamos llegar al valle de Gûlninquë?– dijo Gilorod, y todos vieron que había mucha verdad en ellas, aunque Firye aún se mostraba algo escéptica.

–Sea como sea, debemos ir a Gûlninquë como decía Gilorod e intentar forjar ese anillo– dijo Lómë.

–¿Y qué pasa con Sein Cair Andros? Habíamos prometido ir a la ciudad y avisar al Duque Aduelen de lo que ocurría– intervino Varyamo.

–Antes de volver al Oráculo fui a Sein Cair Andros y vi al Duque Aduelen y le hablé de mis temores, y le sugerí que sería prudente que estuvieran preparados, algo con lo que el Duque estuvo de acuerdo– respondió Gilorod.

–Podría enviar a Soroni a Sein Cair Andros con un mensaje para el Duque, contándole lo sucedido, y pidiéndole que partiera hacia Gûlninquë al frente de la Guardia Blanca lo antes posible. Y que después, Soroni fuera hasta Enyelost para comunicarle a Yijda las nuevas y nuestros planes– sugirió Vilendil, y todos estuvieron de acuerdo.

–Muy bien, entonces no hay tiempo que perder, debemos partir cuanto antes– dijo Eärondûr, emocionado con la idea de ver Gûlninquë.

–Antes quizás deberíamos visitar a los Enanos de las montañas y pedirles su ayuda y que se sumen a la lucha contra Magan. Siempre tuve buenas relaciones con ellos, a diferencia de la mayoría en el Clan, aunque no sé si Mirkol vivirá aún. No nos llevaría mucho tiempo, seguramente en un día podríamos encontrar la entrada más cercana a su Reino– dijo Vilendil.

–Vale la pena intentarlo, su ayuda sería fundamental– dijo Lómë, y todos asintieron.

Mientras los demás salían, Gilorod se quedó un momento en silencio en la que otrora fuera conocida como la Sala de Nimril. Al cabo de un rato, notó la presencia de Vilendil a su lado.

–Entiendo y comprendo tu dolor Rhinhiriel al ver este lugar en su estado actual– dijo el Medio Elfo.

–Más me duele en lo que se convirtió años atrás, cuando Orodril lo habitó.

Pero a pesar de sus esfuerzos, no consiguió mancillar por completo este lugar. Aquí, entre los muros de este templo, hay un rastro de pureza que permanecerá sin mácula hasta el Fin. Y ni el más oscuro de los Poderes podría corromper esa pureza– respondió Gilorod, aunque en su voz había una profunda melancolía y en su rostro se asomaba la tristeza que afligía su espíritu.

–Tienes toda la razón. Deberíamos irnos ya, los demás nos esperan. Pero antes de volver con ellos, quería preguntarte algo. ¿En qué momento regresaste a recoger el cristal de Nimril?– preguntó el Medio Elfo.

Gilorod sonrió. Vilendil la conocía muy bien. –Poco después de la muerte de Orodril, cuando este lugar se abandonó, pensé que era el momento oportuno. Y me fue mucho más fácil de lo que imaginaba entrar y salir sin ser vista por nadie– respondió la Elfa.

–Eso nunca fue un problema para ti– añadió Vilendil con una sonrisa amable dibujada en su rostro. Tras mirarse unos instantes en silencio, ambos abandonaron la estancia y salieron al exterior, donde ya les esperaban los demás.

[Editado por Aragorn_II el 21-11-2011 14:21]

Fragmento 40 por Elfo_Negro

Bajo las estrellas, a la luz de una luna que apenas era una línea brillante, los caballos se daban un banquete de jugosa hierba. Llevaban tres días atravesando una monótona pradera y por fin se habían detenido a orillas de Ilcafalmar, a medio día de navegación hasta Adûdran (si encontraban alguna embarcación que les llevara hasta ahí). De momento, pues, los caballos cenaban hierba fragante cerca de dos hombres que charlaban junto a una hoguera poco luminosa. Eran Madair y Nergol.

-Sí, eso lo entiendo, es una buena idea, sobre todo si sale bien, pero es que me parece que lo estamos dejando todo al azar-

-Cada día aprendo algo nuevo de ti, Nergol, ahora resulta que eres un hombre previsor que no actúa si no tiene un plan perfecto-

-No es eso y lo sabes-

-No, no es eso. Venga, vamos a dormir, de todas maneras hasta que estemos ahí no vale la pena perder el tiempo haciendo planes que seguramente no servirán de nada.

-de vez en cuando tienes grandes ideas Madair, sí, a dormir-

Y durmieron hasta que el sol les hirió con sus primeros rayos, los caballos mordisqueaban sin hambre algunos brotes de hierba y la pequeña hoguera ya ni humeaba.

El día prometía ser complicado, tenían muchas cosas que hacer y el estar tan cerca de Adûdran hacía que se debieran extremar las precauciones.

Hacia las 10 de la mañana embarcaron en un falucho propiedad de un pescador llamado Chirlotan (o algo parecido). Entre los aparejos, el pescador, su hijo, los caballos,… casi no cupieron en el barco. Pero era un barco muy marinero, y cruzó las 50 millas sin ningún contratiempo y en apenas 10 horas.

Así pues, llegaron sobre las 8 de la tarde al puerto de Adûdran, pagaron generosamente al “capitán” del barco y, medio mareados, se prepararon para llevar a cabo su misión: detener o entorpecer la marcha de todo un ejército, destruir la más valiosa y secreta arma de un Maia o, en todo caso, hacer la puñeta al maldito Visir.

[Editado por elfo_negro el 06-12-2011 19:57]

Fragmento 41 por Elfo_Negro

Se habían citado a las 12 de la noche en lo que Madair aseguraba era un sitio seguro, una casita de una aldea cercana a Adûdran, en la ribera de Sirhelë.

Mientras tanto Nérgol había estado recorriendo las zonas menos recomendables de la ciudad, recolectando información sobre la situación de la ciudad y del ejército del visir, contactando con lo más granado y selecto de los bajos fondos de la ciudad; también había tenido tiempo de ir a su casa, cambiarse de ropa, hacerse con una nueva espada corta (la anterior era ahora de puro oro; que no está nada mal, la verdad, pero para lo ahora se avecinaba era más recomendable una espada de acero de Adûdran).

Así, con ropas nuevas y cómodas, armado a la perfección y montando un semental bayo, se dirigió a todo galope al punto de encuentro.

Madair le esperaba en la puerta, encapuchado; le invitó a entrar en la casa. No era una gran casa, y el olor a pescado del puerto de pescadores lo impregnaba ligeramente todo, pero era una casa limpia y bien caldeada. Dentro, una chica de una hermosura un tanto fuera de lugar, que se afanaba sobre un pequeño puchero de cobre, le miró con mirada acogedora; cuando se quito de la boca la cuchara de madera en la que estaba probando el guiso, sonrió y saludó a Nergol. Era, como sabría después, Idhilade, la chica de Madair.

-Buenas noches Nergol, se bienvenido a mi casa.-

Nergol, sorprendido, sólo atinó a decir –gracias, señora-

Madair intervino –le he contado aIdhilade, una muy buena amiga, nuestro peligroso negocio y me he enterado de cosas de sumo interés-

Estuvieron hablando un buen rato y los tres cenaron el sencillo guiso que había estado preparando Idhilade. Por lo que se ve, Madair, no había contado a la hermosa joven, más que lo que consideró imprescindible sobre Nergol, le había contado que era un personaje que valía la pena evitar, pero que en esos momentos estaban “trabajando” juntos; pero sin duda evitó referirle los más truculentos y desagradables actos en los que Nergol se había visto envuelto a lo largo de su larga vida de despiadado crimen; sólo así se entiende que una muchacha como esa mirara y tratara con naturalidad hogareña a un personaje siniestro como Nergol.

El tema principal de la conversación versó sobre la situación de la ciudad, ambos hombres compartieron y analizaron la información que cada uno había podido obtener. Resumiendo lo hablado, bastaría con decir que el poderoso ejército del Visir, con él al frente, había salido de Adûdran, hacía unas dos semanas, que su aspecto era temible y que presagiaba lo peor: una guerra como hacía mucho no se veía en esa parte del mundo.

En cuanto al cargamento que más interesaba a Nergol y Madair, en cuanto a armas "extrañas",... no había nada claro: unos parecían haber visto no se qué, otros no se cuantos, pero la verdad es que sólo eran conjeturas entresacadas por nuestros hombres (ya que sus interlocutores, al no saber qué veían, no prestaron atención). Sin embargo tanto Madair como Nergol decidieron deducir que sí, que con el gran ejercito iba el cargamento de "higos secos"; por algo debían apostar y aportaron por ello.

El hecho que el ejército hubiera abandonado la ciudad, tenía unos puntos positivos y otros negativos, el más positivo era, indudablemente, que ya podían olvidar los planes para entrar en una fortaleza fuertemente custodiada y al mando de una especie de dios. Pero, el problema ahora era otro, ahora debían encontrar el ejército y, de algún modo, robar o destruir el peligroso cargamento que el propio Nergol había transportado desde Dassart.

No había tiempo que perder, dos semanas de ventaja es mucha ventaja, incluso calculando el lento paso de un gran y pesado ejército.

Primero debían hacerse con unos uniformes militares para, si alcanzaban alguna vez el ejército, poder introducirse en él sin más dificultades de las necesarias.

Debían conseguir, pues, unos uniformes. Nergol torció la boca en una sonrisa satisfecha -eso será fácil-

[Editado por elfo_negro el 10-12-2011 17:48]

Fragmento 42 por Elfo_Negro

El plan consistía en robar unos uniformes de sargento y la cosa no prometía mucha dificultad, pero a veces, las cosas no son lo que aparentan.

Madair y Nergol regresaron a caballo a la ciudad pasada ya la media noche, era una noche despejada y con buena visibilidad, la luz de la luna alargaba unas sombras muy negras; y entre tinieblas se emboscaron. La ciudad casi se había vaciado de soldados, la mayoría había partido siguiendo a su visir, a la guerra, de modo que las rondas de vigilancia escaseaban (sería un excelente momento para montar una revolución, pero era un pésimo momento para cazar soldados). Serían las 3 de la madrugada, el frio les había calado los huesos, cuando oyeron los pasos pesados y marciales de lo que muy seguramente era un pequeño grupo de soldados; los soldados, cuando lo hacían en una ciudad segura, solían patrullar en grupos de 2 o de 4, evidentemente nuestros héroes esperaban que fueran sólo 2.

Esperaron el momento justo, esperaron que se adelantaran un poco para poder sorprenderlos por la retaguardia. Eran 4, pero parecían medio borrachos, y lo que desde lejos resonaba como pasos marciales en formación eran poco más que pasos errantes acostumbrados a seguir cierto ritmo. Bien, debían arriesgarse, hacía demasiado frio para perder esa oportunidad y verse obligados a pasar otras tantas horas a la intemperie. Madair y Nergol, Armados con armas cortas, se lanzaron hacia ellos, dos cayeron, ensartado uno, golpeado el otro con un sablazo descendente que le desprendió el brazo izquierdo del cuerpo; pero los otros dos reaccionaron con presteza y se defendieron, demasiada presteza, y gritaron –¡a mi la guardia!- o una sandez parecida, pero se ve que no era tanta sandez, porque en unos segundos, salidos probablemente de la misma taberna de donde habían salido estos cuatro primeros, porque iban igual de bebidos, aparecieron tres soldados más, con sus armas desenvainadas. Sí, iban medio borrachos, pero eran 5 contra 2, lo más probable es que la cosa acabara mal, es decir, con Nergol o Madair heridos o muertos, así que Nergol, más sabio en eso que el bravo Madair, agarró a a éste y lo arrastró hacia un callejón oscuro y estrecho, que los condujo a algún lugar de la ciudad donde no había soldados.

En fin, estaban vivos, pero sin los uniformes.

Pero a Madir se le ocurrió otra idea, -esta vez menos peligrosa, al menos en teoría- Madair rió al decir eso, pero Nergol no estaba para bromas.

[Editado por elfo_negro el 19-12-2011 21:59]