Historia pública
Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada
Descripción
Camino Hacia la Luz. Libro III: La Torre Olvidada
Habían pasado ya cuatro días desde que Vilendil anunciara nuevas que le había comunicado Soroni, que los captores de Narudud, Eärondûr y Mazan se dirigían a Adudran. Aunque perturbadora, pues todos recordaban las historias que el propio Calenên había contado sobre su pasado como saqueador en la ciudad Haddyarai, todos se alegraron de tener una meta en esa persecución, lo que renovó sus fuerzas y su ímpetu. Los días siguientes aceleraron el paso y poco a poco fueron ganando terreno a su presa. Pero no el suficiente, según le había comunicado Soroni, el águila de lomo plateado, a Vilendil. El desánimo se adueñó de todos, y nadie pronunció palabra alguna esa noche. Y aunque ninguno quería admitirlo, todos sabían que ya no podrían alcanzarlos antes de que llegaran a Adudran, y una vez en la ciudad, también eran conscientes que sería casi imposible volver a ver a sus amigos. Tras las breves horas de descanso, y después de que Firye comprobara que las heridas de Varyamo no se habían vuelto a abrir, el grupo reanudó la persecución en silencio a través de los antaño fértiles Valles del Sirinieldon. Exhaustos tras once días de intensa persecución, y casi vencidos por el desánimo, aquella noche decidieron parar antes y así tener más horas de descanso ante lo que pudiera suceder el día siguiente a su llegada a Adudran. Acamparon a varias millas al norte del río Sirhelë, en una pequeña hondonada en la que poder refugiarse del frío invernal. Mientras cenaban, Vaereth, que llevaba varios días taciturno y sombrío, rompió el silencio que reinaba en la noche.
-Amigos, he de deciros algo, algo que llevo meditando desde hace varios días- dijo el varante.
-¿Qué ocurre?- preguntó Olostarin, que desde hacía más de una semana había advertido la sombra que se había adueñado de Vaereth.
-Siento haceros esto, y más en estas circunstancias, pero no debo demorar más mi decisión. Mañana, cuando lleguemos a Adudran, nuestros caminos se separarán por fin, después de casi dos meses juntos. Ya es hora de que regrese a Varendia- dijo el zahorí.
-No te preocupes Vaereth, lo entendemos, y nunca te habríamos pedido que continuaras con nosotros contra tu voluntad- dijo Vilendil intentando esbozar una sonrisa afable.
-Al fin y al cabo, este viaje no ha salido precisamente como lo pensamos- terció Olostarin.
-No, desde luego que no. Casi a regañadientes me uní a vosotros para guiaros a través del Mar de Fuego. Cuando partimos de Cadraldôst pensé en reanudar mi propio viaje cuando llegáramos a Sein Cair Andros, y más aún después de encontrarnos con Vilendil. Pero después de todo por lo que hemos pasado, y aunque siento abandonaros en un momento tan delicado, el camino que he de seguir no es el mismo que el vuestro, aunque durante un tiempo han ido paralelos- dijo Vaereth con gran pena en su corazón.
-No has de lamentarte por nada, Vaereth. Nuestro camino se ha llenado de muchos y grandes peligros, y temo que aún nos aguardan mucho más. Y quizás es nuestro destino enfrentarlos, no lo sé, porque de esas cosas sólo los Sabios pueden hablar, pero como tú mismo has dicho, es nuestro camino, y no el tuyo. Y hemos sido muy afortunados de que nuestros senderos hayan corrido juntos este tiempo- dijo Varyamo.
-Muy cierto. Deja la pena y el dolor atrás, y conserva en tu corazón únicamente los buenos recuerdos y sentimientos. ¡Y quiera Eru que nos volvamos a ver algún día en Cadraldôst y riamos juntos al recordar estos días!- dijo Firye.
Vaereth sonrió, y por primera vez en muchos días, el dolor y la angustia que sufrían todos quedó algo mitigada por las palabras de aquella noche. El joven varante insistió en hacer la guardia, como un último servicio a sus amigos. Antes de que despuntara el alba el grupo ya había reanudado la marcha, y todos afrontaban la persecución con mejor ánimo que el día anterior. Durante toda la mañana notaron que el terreno iba ascendiendo ligeramente, y por fin, poco después del mediodía, al llegar a la cima de una colina, en la lejanía, divisaron Adudran por primera vez, en el preciso instante en que Narudud era conducido ante la presencia del visir, y Eärondûr y Mazan eran arrojados a las mazmorras. La ciudad se levantaba en la ribera meridional del río Sirhelë, en una pequeña curva que el río describía hacia el norte. La austeridad de la mayoría de edificios que se apiñaban tras los muros de Adudran contrastaba con los ostentosos palacios que se erguían altaneros en el centro de la ciudad. Pero ninguno era comparable al palacio del visir, que con sus altas torres representaba a la perfección la arrogancia de la población. Junto al cauce del río, y fuera de los muros de la ciudad, se levantaban pequeñas aldeas de campesinos que cultivaban los pocos terrenos fértiles de aquella región. Al verla, Vilendil no pudo evitar un gesto de desprecio.
-Ahí tenéis a la orgullosa, arrogante y corrupta ciudad de Adudran, que algún día habrá de pagar por la osadía de quien la fundó- dijo el Medio Elfo.
-¿A qué te refieres?- preguntó Firye.
-La fundación de esta ciudad fue un insulto para todos los habitantes del Reino Unificado. En esos días, la frontera meridional del Reino era el río Sirhelé, y todos los territorios que se extendían al sur siempre fueron una tierra de nadie. Sin embargo, el infame Haddar reclamó para su Imperio todos esos territorios, y para demostrar su fuerza y su arrogancia, decidió fundar la ciudad de Adudran. Durante las siguientes décadas no hubo paz en estas tierras, en las que se vivía con una tensión constante, y en la que las escaramuzas eran frecuentes. Pero bueno, éste no es el momento para estas historias, debemos seguir nuestro camino- dijo Vilendil. En ese momento, Soroni descendió del cielo, y se posó en el antebrazo del Medio Elfo.
-¿Qué ocurre?- preguntó Olostarin.
-Soroni ha visto cómo Eärondûr, Narudud y Mazan eran conducidos al mayor de los edificios de la ciudad. Debe ser el palacio del visir- respondió apesadumbrado Vilendil.
-Bueno, ya hemos llegado hasta aquí, no podemos detenernos, debemos seguir adelante- dijo Firye.
Todos asintieron, aunque el buen ánimo con el que habían empezado el día se había desvanecido por completo. ¿Qué posibilidades tenían ellos cuatro contra todo el ejército de la ciudad? Antes de reanudar la marcha, Vilendil le susurró unas palabras a Soroni, que emprendió el vuelo hacia el norte. Un par de horas más tarde cruzaron el río Sirhelë y llegaron a la primera de las pequeñas aldeas de esa región. Los campesinos los recibieron sorprendidos, aunque rápidamente el miedo venció a la curiosidad, y la mayoría de ellos se apartaron rápidamente del camino de los recién llegados, encerrándose en sus humildes casas.
-¿Qué les ocurre? No les vamos a hacer daño- dijo Olostarin al rato.
-Debéis comprender que estas gentes son personas humildes, que viven acostumbradas a los abusos de los soldados de Adudran- dijo Vaereth.
-Pero nosotros no somos soldados- dijo Firye.
-Cierto, pero no están acostumbrados a los forasteros. Y menos aún a los que vienen del norte del río. Además, estoy prácticamente seguro que ninguna de estas personas había visto antes a un Elfo- replicó el varante.
-Es verdad. Por lo que he comprobado en mis viajes, los Elfos no son bien recibidos en la mayoría de las poblaciones de Hombres de Ambaron. Supongo que con el paso de los años, las mentiras y engaños de los gobernantes han ido provocando este temor- dijo Vilendil.
-Perfecto, lo que nos faltaba- dijo Olostarin.
A medida que avanzaban, el rumor de su presencia fue creciendo, y al ver que los recién llegados no atacaban a nadie, el miedo poco a poco se fue transformando en curiosidad, aunque nadie se atrevía a acercarse a ellos. Cuando estaban cerca de la puerta Oeste de Adudran, el grupo detuvo su marcha; había llegado la hora de la separación. Firye insistió en que Vaereth se llevara uno de los camellos y parte de las provisiones para el largo viaje que tenía por delante, y después de negarse en un principio, el joven varante finalmente accedió, con la condición de poder llevar algún día al animal de nuevo a Cadraldôst.
-Llega el momento de la separación. Deseo que encontréis a Eärondûr, a Narudud y a Mazan lo antes posible, pero permitidme un par de consejos. Tened mucho cuidado en Adudran, no confiéis en nadie. Y también os recomendaría que no pasarais ninguna noche en la ciudad a menos que sea imprescindible. Creo recordar que en esta aldea, cerca ya de la puerta Oeste hay una posada. Id allí, estaréis más seguros. Pero procurad no dejar nada de valor sin vigilancia por mucho tiempo- dijo Vaereth.
-Muchas gracias por tus consejos. Buena suerte en tu viaje, y ojalá nos volvamos a ver- dijo Olostarin.
Tras despedirse una vez más de todos ellos, Vaereth se montó en el camello y se alejó tranquilamente. Cuando lo perdieron de vista, hicieron caso al consejo del varante y buscaron la posada que les había recomendado. No tardaron en encontrarla, pues tal como había dicho, se encontraba muy próxima a la puerta Oeste de Adudran y al camino que llegaba a ella desde el sur. La posada se ubicaba en un gran edificio de planta rectangular, el mayor que habían visto hasta ese momento en aquella zona, que estaba rodeado por un muro alto y grueso. La entrada principal daba a un gran patio porticado, quedando los establos y caballerizas a la derecha, y la posada y la taberna a la izquierda. Allí los recibió el posadero de muy buen humor, aunque al pobre hombre casi le da un vuelco el corazón al ver entrar a Firye y Olostarin en su posada. Aunque la sorpresa no fue menor cuando Varyamo le dijo que traían consigo un caballo y once camellos. Afortunadamente para ellos, la posada estaba prácticamente vacía de huéspedes, y los sirvientes consiguieron acomodar a todos los animales en los establos sin muchas dificultades. Tras insistir en que le haría personalmente responsable si algo de lo que cargaban los animales llegaba a extraviarse, Vilendil pagó al posadero por las habitaciones, pues el hombre no estaba dispuesto a aceptar las monedas de Cadraldôst que llevaban Firye y Olostarin, y aún menos las de Gondor que llevaba Varyamo. Tras comprobar que todo estaba en orden, se reunieron para decidir qué hacer a continuación.
-Deberíamos ir al palacio del visir y buscar una forma de entrar en él- dijo Olostarin.
-Sí, pero llamamos demasiado la atención, no podemos ir los cuatro. Dos Elfos, un Medio Elfo… y además con nuestras ropas y nuestras armas. Creo que lo mejor sería dividirnos- dijo Varyamo.
-Estoy de acuerdo, además, no creo que entrar en el palacio del visir sea tan fácil. También es importante saber en qué terreno nos movemos, al fin y al cabo, ninguno de nosotros ha estado en esta ciudad antes. Creo que mientras dos de nosotros van al palacio del visir y de paso comprueban el ambiente que se respira en las calles de Adudran, los otros dos deberían hacer lo propio por aquí- intervino Vilendil.
-Muy bien. Vilendil y yo iremos al palacio, vosotros quedaos aquí a ver si conseguís averiguar algo. Aunque sería conveniente que os cubrierais la cabeza para intentar disimular vuestros rasgos élficos- dijo Varyamo.
-No- respondió Firye- No os voy a dejar que vayáis los dos al palacio del visir. Si encontráis una forma de entrar, aunque sea una locura, lo haréis. Yo iré contigo, Vilendil irá con Olostarin- replicó Firye.
-Ya has escuchado lo que nos dijo Vaereth, y has visto la reacción de los aldeanos al vernos, no sería prudente que entraras en la ciudad- dijo Vilendil.
-No me importa la prudencia, los Reyes de Cadraldôst me pidieron que me hiciera cargo de su nieto y les he fallado. Quiero hacer todo lo que esté en mi mano para poder rescatarlo- respondió Firye.
-Está bien, que así sea- dijo Varyamo.
Antes de partir, Firye insistió en comprobar una vez más la herida de Varyamo, y aprovechó para lavársela y ponerle un nuevo vendaje. Como había sugerido Vilendil, tanto él, como Olostarin como Firye se cubrieron la cabeza con las capuchas de las capas. Varyamo y la Elfa se dirigieron hacia la puerta Oeste de Adudran, donde no tuvieron problema alguno. Avanzaban hacia el Este por una gran avenida flanqueada por edificios de dos plantas, adentrándose más y más en el corazón de la ciudad. A medida que avanzaban, la calle se tornaba más lóbrega y las sombras iban extendiéndose rápidamente. Mientras se cruzaban con hombres atareados que iban de aquí para allá, ambos recordaban las palabras de Vaereth, y ninguno quiso imaginarse lo que sería tener que pasar una noche en aquella ciudad. En las calles de Adudran se daban cita hombres y mujeres de todos los tipos imaginables, campesinos, ganaderos y comerciantes que iban o volvían de algún mercado, artesanos, rufianes, prostitutas, miembros de la guardia y algún que otro opulento noble que avanzaba rodeado por una legión de soldados. En su camino, Varyamo y Firye pasaron por delante de talleres de artesanía y orfebrería, un acuartelamiento de soldados y al menos una docena de tabernas o posadas hediondas. Pero lo que más veían eran viviendas, viviendas humildes habitadas por personas atemorizadas que a duras penas conseguían subsistir. Varyamo y Firye avanzaban con paso decidido y firme, y afortunadamente nadie se interpuso en su camino ni los molestó. Después de un rato, vieron que la calle terminaba en una gran puerta custodiada por dos soldados de la guardia. Más allá, se atisbaban los suntuosos palacios de los nobles y acomodados de Adudran. Al acercarse, ambos notaron una brisa fresca proveniente del interior de la Ciudadela, que contrastaba con el aire viciado del resto de la ciudad.
-¡Alto!- dijo uno de los guardias.
-¿Qué ocurre?- preguntó Varyamo.
-No se permite a los forasteros la entrada a la Ciudadela, a menos que hayan sido invitados, o tengan audiencia en palacio- dijo el otro soldado acercándose a Firye, quien no pudo evitar mirar al guardia con un profundo desprecio.
-Bueno, en ese caso, nos gustaría solicitar una audiencia- dijo Varyamo, que había visto la mirada lasciva del soldado.
-Una escoria como tú no puede solicitar audiencia. ¡Lárgate de aquí antes de que te encierre!- dijo el primer soldado.
-No seas tan poco hospitalario, ¿no ves que tenemos aquí a una verdadera dama?- dijo el soldado poniendo el dorso de su mano en la mejilla de Firye.
-¡No me toques!- replicó Firye intentando apartar de un manotazo la mano del soldado, quien reaccionó agarrando fuertemente la muñeca de la Elfa. Varyamo hizo un ademán para ayudarla, pero el primer soldado bajó su alabarda, quedando la hoja muy cerca del cuello de Varyamo. Finalmente, Firye consiguió zafarse, aunque al hacerlo su capucha cayó, para asombro de los soldados.
-Vaya vaya, ¿qué tenemos aquí? Si resulta que es una perra de orejas picudas. ¿Qué crees que deberíamos hacer con ella?- preguntó el segundo soldado sonriendo.
-No lo sé… Creo que deberíamos llevárnosla para un interrogatorio a fondo. Ha intentado entrar en la Ciudadela sin autorización, quién sabe lo que podría estar planeando- respondió el primer soldado riendo.
Varyamo había acercado su mano derecha a la empuñadura de su espada sin que ninguno de los guardias lo advirtiera, y ya estaba a punto de desenvainarla cuando se escuchó una voz a su espalda
-¿Qué sucede aquí? ¿Qué es esto?- dijo una voz grave y autoritaria. La sonrisa en el rostro de los dos soldados de la guardia de Adudran se congeló inmediatamente al escuchar esas palabras.
-Estas personas intentaban entrar en la Ciudadela sin autorización, y nosotros tenemos orden de que ningún forastero traspase esta puerta- dijo el primer soldado al tiempo que intentaba recuperar su perdida marcialidad.
Varyamo y Firye se giraron y vieron a tres hombres vestidos únicamente con una túnica y un capirote blanco. No llevaban ninguna insignia o escudo, a excepción de la imagen de un puño rojo en llamas a la altura del corazón.
-¿Y bien?- espetó uno de los hombres a Varyamo.
-Acabamos de llegar a la ciudad, no habíamos estado nunca antes en Adudran, y sólo teníamos curiosidad por ver el palacio del visir, nada más. Del resto creo que pueden hacerse una idea ustedes mismos- respondió Varyamo, que había alejado su mano de la empuñadura de la espada.
-Muy bien, pueden irse, pero no vuelvan a alborotar- dijo otro de los hombres.
Varyamo y Firye, que había vuelto a colocarse la capucha, dieron media vuelta y se alejaron por donde habían venido, pero no antes de ver cómo los tres misteriosos hombres entraban en el interior de la Ciudadela. A su alrededor se había formado un pequeño grupo de curiosos que esperaban quizás un enfrentamiento, pues la decepción se podía ver en sus ojos cuando Varyamo y Firye se alejaron en silencio, pues creyeron oportuno no hablar hasta estar de nuevo fuera de los muros de Adudran. Al poco rato, la gente dejó de mirarlos y continuó con sus quehaceres. El sol declinaba rápidamente, por lo que apretaron el paso, ya que según les había indicado el posadero, las puertas de la ciudad se cerraban al anochecer. Mientras se dirigían a la puerta Oeste de la ciudad, Varyamo se preguntó quiénes eran esos misteriosos hombres y por qué su presencia había intimidado tanto a los guardias, pero no al resto de las personas. Tan absortos iban en sus pensamientos que, a pesar de estar alerta, no se percataron de que un hombre les estaba siguiendo.
Cuando los ojos se habituaban a la oscuridad, cuando el olfato se insensibilizaba a la nausebunda admósfera, cálida, densa, agria y dulzona, podía uno dedicarse a contemplar el horror de las mazmorras de Adudran.
Nergol estaba en un banco, en un rincón oscuro, recostado sobre una pared desconchada y húmeda, hacía poco les habían dado de comer una pasta indefinible que hubiera hecho vomitar a una cabra. Aun iba medio desnudo, solo vestía sus pantalones de cuero, sin camisa y descalzo.
No lejos de de su banco, de pie, apoyado en una columna, con la cabeza casi rozando el bajo techo, un hombre, de gran altura y de extraña hermosura, miraba, desafiante y con terrible cara de desagrado, en derredor.
Nergol lo reconoció, no eran amigos, pero había oído hablar de él, era Narudud, saquedor y aventurero, un tipo duro, decían. También decían que era uno de esos elfos que aun rondaban por la tierra.
Se levantó, pisó alguna cosa blanda y húmeda que prefirió no saber qué era y se acercó a Narudud.
La barba le ensombrecía el rostro, su semidesnudez le hacían sentirse vulnerable. Caminaba medio cojeando por la paliza recibida, pero seguía siendo Nergol, una especia de fuego interno le impedía quedarse quieto a esperar la muerte.
Narudud, al contrario que Nergol, parecía ajeno a ese ambiente pegajoso de miedo y dolor, parecía estar por encima de todo eso, su mirada clara, aun en esas sombras densas, tenía algo de imposible e irreal.
-Sé bienvenido al infierno- le soltó Nergol, intentando parecer amistoso y bromista.
-¿y tú quien eres, el portero?- le contestó Narudud desganado y sin ganas de bromas.
-O no, no soy el portero, lo mío no es guardar puertas, mi nombre es…-
-Nergol- dijo Narudud con una media sonrisa –sí, te conozco-
-entonces nos podemos evitar las presentaciones, porque yo también te conozco-
-lo dudo- farfulló Narudud y añadió enseguida y con voz clara –Sí, eso suele pasar con gente como nosotros: somos pocos, nos conocemos de lejos… y NO queremos saber los unos de los otros-
Nergol rio suavemente, aparentando no haber captado el tono desdeñoso de su interlocutor –sí, la competencia evita que se hagan amistades-
Narudud hubiera preferido no contestar, pero de todas formas ahí no había nada que hacer, sólo dejarse morir lentamente a la espera de una muerte rápida.
-¿Y qué haces aquí? Había oído que eras de los que no se dejan atrapar-
-Oh, cosas que pasan cuando se hacen negocios con quien no se debe ¿y tú, Narudud, a quien has desvalijado, a quien has traicionado?-
-Yo también hice negocios con quien no debía-
Narudud parecía distante y empezaba a caerle bastante gordo a Nergol, pero si una cosa había aprendido en su dura vida era que siempre hay que nadar a favor de la corriente, que siempre hay que arrimarse al fuego más cálido y que, si para salir a flote hay que hundir a algún pobre imbécil, se hace y punto.
Narudud no era, para nada, un imbécil, muy al contrario: Nergol había estado observando en las tinieblas de la mazmorra y el que le pareció más entero y capaz fue ese Narudud, así que, si había alguna posibilidad de salir con vida de esa ratonera, seguro que pasaba cerca del elfo (sí, era un elfo, le vio sus extrañas orejas asomando entre el pelo negro).
Tenía que salir de ese maldito lugar, tenía que encontrar ropa y una espada; sí, tenía que cortarle la cabezota al visir; sí, sí, le partiría su arrogante cabeza, como si fuera un melón, estallaría y se esparcirían sus sesos, y Nergol reiría y luego escupiría sobre el cadáver. Sí, eso o salir pitando de esa fortaleza, pero lo primero era salir de la mazmorra.
Estaba cansado y hambriento, había sido traicionado y tenía muchas y sangrientas cuentas pendientes.
Algo, algo que algunos hombres tienen y otros no, algo que nada tiene que ver con la raza o la clase social, algo que se aloja en el fondo del pecho y que hace que algunos hombres, al contrario que otros, jamás se rindan, le hizo estirar su dolorida espalda y mirar con sus intensos ojos negros a los claros del elfo (ahora el humano, aun ser más bajo y haber perdido parte de la vitalidad que se llevan consigo los años, podía compararse al elfo, ambos, frente a frente, mostraban una estampa de algo peligroso e incontrolable).
-No pienso morir aquí- le dijo… y el elfo le creyó.
[Editado por elfo_negro el 06-02-2011 18:43]
Nada más salir de la posada, tanto Vilendil como Olostarin se sintieron observados. Las calles de la aldea, pasaron de estar de lo más concurridas y transitadas a quedarse casi completamente vacías. Los vendedores dejaron de gritar los precios de sus baratísimos productos, las madres agarraban a sus niños de la mano y los metían en casa, y las jóvenes apretaban el paso descaradamente. Los dos se miraron, y decidireon salir de una vez del umbral de la puerta de la posada.
Según recorrían las calles de la pequeña ciudad, la cosa se iba normalizando. Ya parecía algo más normal la presencia de un elfo y un medio elfo entre las gentes. Vilendil observaba todo con detenimiento, sin salirse del centro de las estrechas calles por las que andaban. Olostarin, por el contrario, tampco se detenía, pero iba curioseando por todos y cada uno de los puestos y tiendas que se encontraba, llamando de vez en cuando a Vilendil para mostrarle alguna cosa curiosa. En esos momentos, cuando el medio elfo comenzaba a acercarse a la tienda, la cara del vendedor se tornaba pálida y los ojos más grandes que lunas, a lo que Olostarin, torciendo los labios, pregntaba por el precio. Una vez que sacaba la bolsa con dinero, el vendedor se apresuraba a decir que no se aceptaba otra clase de dinero que no fuese el de Adudran, por lo que Olostarin se quedó con las ganas de comprar más de un objeto.
Siguieron así durante varias callejuelas, a cada cual más pequeña, hasta que llegaron a una gran avenida, que supusieron sería la avenida principal. Por si las otras calles no hubiesen estado atestadas de tiendas de artesanías y de instrumentos varios, esta era todavía peor: salvo uno o dos edificios de viviendas, el resto eran tiendas, separadas por gremios. Al principio, en la parte más pegada a la ciudad y a las murallas, se encontraban los alimentos. Después había tiendas de cuero y de animales, y más a las afueras de la aldea, había artesanos e incluso algún herrero también. Vilendil y Olostarin, decidieron ir cada uno por un lado de la calle. Olostarin no sabia porqué, pero la gente se sorprendía más de verle a él que a Vilendil, que iba de lo más calmado, aunque escrutándolo todo con sus penetrantes ojos.
Al cabo de un rato, cuando Olostarin pasaba frente a una tienda de pescado seco y carne, un niño pequeño se presentó ante el elfo, mirándole desde abajo sin abrir la boca y sin decir nada. Al cabo de unos segundos de contemplación mutua, segundos en los que Vilendil no supo cuál de los dos estaba más extrañado por el comportamiento del otro, Olostarin se agachó, quedando de cuclillas a la altura del niño, y dijo:
-¿Querías algo, pequeño? - dijo el elfo intentando ser amable. De repente, la gente empezó a mirar la estampa y mucho del barullo que había alrededor de los dos se extinguió rápidamente.
-¿Eres un elfo? -exclamó el muchacho con un brillo en los ojos y una sonrisa de oreja a oreja.- Mi abuelo me ha hablado mucho de los elfos, no piensa igual que mi padre... Él dice que más le valdría cerrar la boca si no quiere acabar los pcos días que le quedan en las mazmorras de la ciudad.
-Sí, soy un elfo de occidente, mi casa queda muy muy lejos de donde ahora mismo nos encontramos. -respondió el elfo, complacido de que al menos hubiese dos personas en toda la ciudad que no se asustasen de su presencia.- ¿Y qué es lo que opina tu padre, por qué iba a acabar tu abuelo en las mazmorras por hablar de los de mi raza, muchacho?
- ¿Y cómo es tu país? ¿Son todos los elfos malos como cuentan? ¿Por qué os llaman demonios blancos? -preguntó el joven, que se le veía muy entusiasmado con su nuevo amigo.- Mi padre cree que es un bien para todos que cada vez haya menos gente de orejas pciudas entre nosotros, dice que así nos evitaremos problemas con la guardia y viviremos más felices...
-Dile a tu padre que no todos los elfos somos malvados, de mi parte.- dijo Olostarin al niño al tiempo que le guiñaba un ojo y le ponía las perlas que se encontró en el desierto pocos días atrás en las manos. -Ahora márchate, si tu padre tiene razón en cuanto a los problemas con la guardia, deberías salir corriendo.
Dos guardias venían por la calle arriba de patrulla, con unas espadas de hoja ancha enfundadas en su vaina. Nada más verlos, el muchacho echó a correr y en un abrir y cerrar de ojos desapareció por entre los puestos de verduras. Los dos extraños forasteros siguieron con su camino y muy pronto, Olostarin llegó a un puesto en el que se vendían animales de lo más exótico: serpientes, aves de mil colores e inluso una especie de zorro de orejas grandes y de pelaje blanco. Olostarin pasó al interior de la tienda, que aunque pequeña, estaba llena de jaulas y alfombras por todos lados, y al fondo, vio un ejemplar que jamás había visto en ninguno de sus viajes. Se trataba de un perro del tamaño de un lobo pero mucho más fino y estilizado, con un largo hocico y una fina y delgada cola que terminaba en espiral. Al lado, otro animal de la misma especie, solo que negro y con un pelaje lanudo larguísimo, amamantaba a una camada de cahorros. Nada más verlos, Olostarin se quedó fascinado con la belleza de aquellos animales, y aunque sin esperanzas de que aceptasen su dinero en aquella tienda, preguntó por su precio. Para su sorpresa, el tendero, un hombre con una larga barba negra, respondió que ellos no estaban a la venta, que eran los perros de la familia, sus mascotas. Sin embargo, para la grata sorpresa del elda, el señor se acercó hacia la perra negra que daba de mamar a sus cachorros, levantó el pelaje para dejar ver a los cachorros y le preguntó que cuál le gustaría más tener. Olostarin no se lo pensó dos veces y eligió un macho de pelaje blanco arenoso. El amable señor, separó al cachorro de su familia y lo puso en manos del elfo.
-Ya son lo suficientemente mayorcitos todos como para destetarse, aunque tampoco puede darle usted ahora alimentos demasiado duros. Téngalo muy en cuenta, sobre todo en los primeros días.- explicó el vendedor muy amablemente. Olostarin no conseguía salir de su alegre asombro, y cuando fue a sacar la bolsa de dinero para pagar al tendero, éste le dijo:
-Ya le dije antes que no estaban en venta, son de la familia. Además, aquí no aceptamos dinero que no sea el de aquí, y usted ya ha hecho suficiente por nuestra familia. Las perlas son muy codiciadas aquí y con ellas tendremos para vivir varios años cómodamente. Claro está que no las venderemos todas, serán la prueba de que los demonios blancos (se puso rojo por momentos) no son para nada malos como dicen. Debí haberle hecho más caso a mi padre... lo siento.
-¡Vaya! -exclamó Olostarin con verdadera sorpresa- ¡A sí que es usted el padre del joven que vi antes en la calle. Le estoy enormemente agradecido, Eru os guarde un gran porvenir a todos!. -dijo.
-No, gracias a usted, ha sido un placer. Vaya en paz.
Así se despidieron los dos, y Olostarin continuó con su paseo, ahora mejor acompañado.
Vilendil no podía creerselo cuando lo vio. Le era dificil concebir que una situación tal el elda se hubiese comprado ni más ni menos que un cachorro de galgo del desierto, como los llamaban por allí. Pero al fin y al cabo, a él también le había gustado el animal y lo acogió bien y sin poner ninguna pega.
-Al final te has salido con la tuya... -dijo el medio elfo con una sonrisa burlona recordando todas las cosas que por el camino había querido comprarse el elfo y no había podido.
-No te creas, el astrolabio de aquella tienda de objetos de astronomía tenía que haber sido mío... -respondió el elfo riendo con cara de frustración.
Más tarde, emprendieron su viaje de regreso a la posada, cuando las primeras estrellas de la noche comenzaban a titilar.
Varyamo y Firye habían cruzado la puerta Oeste de Adudran poco antes del anochecer, cuando los soldados que la custodiaban ya habían empezado a cerrarla. Por suerte, no abandonaron la ciudad solos, sino que con ellos también salieron varios hombres más, lo que evitó que la sombría mirada de los guardias se centrara en ellos. Llegaron a la posada rápidamente, y esperaron a Olostarin y a Vilendil en el interior del patio. Aunque ya habían salido de la ciudad, ninguno de los dos podía quitarse de encima una extraña e inquietante sensación de peligro. Sentían como si muchos ojos hostiles los observaran desde los altos muros de la ciudad, ocultos y protegidos por las sombras de la noche. Sus compañeros no tardaron en aparecer, y para sorpresa de ambos, no venían solos.
-Vaya, creo que nos equivocamos de camino- dijo Varyamo con una sonrisa.
-¿Lo dices por el cachorro? Sí, tal vez- respondió burlonamente Olostarin.
-¿Y bien? ¿No vas a decir nada más?- preguntó Firye.
-Estábamos recorriendo este lugar, sin encontrar nada útil, cuando lo vi en el interior de una tienda, y quedé fascinado. Nunca había visto un animal semejante- dijo el Elda acariciando al cachorro- Y bueno, digamos que al final el dueño me lo entregó como parte de un intercambio cultural. Pero será mejor que entremos, cuatro forasteros reunidos de noche a las puertas de una posada es algo sospechoso- dijo Olostarin, y los demás asintieron.
Los cuatro entraron en la sala común de la posada que estaba medio vacía, y se sentaron en una mesa junto a la chimenea, intentando pasar lo más desapercibidos posible. Pidieron la cena y una jarra de vino, y aunque el posadero puso mala cara cuando Olostarin pidió también algo para el cachorro, no les dijo nada. Una vez que les trajeron todo lo que habían pedido, Olostarin y Vilendil les contaron lo sucedido por la tarde, el encuentro con el muchacho y cómo su padre después le había regalado el cachorro.
-Son gentes extrañas las que habitan estas aldeas, con muchas contradicciones. Creo que en su mayoría son hombres y mujeres de bien, pero les han enseñado a desconfiar y temer a lo desconocido. Viven aterrorizados por los soldados, pero no parecen estar dispuestos a luchar para cambiar las cosas- dijo Vilendil en un susurro.
-No te sorprendería tanto si hubieras visto cómo es el interior de la ciudad, allí las personas son muy distintas a las que describís- dijo Firye, y les habló de lo que habían visto en las calles de Adudran y de su encuentro con los soldados y la aparición de aquellos misteriosos hombres vestidos con túnicas blancas.
-Sinceramente, no sé cómo vamos a poder acceder al palacio del visir- dijo Varyamo abatido.
-¿Y ya está? ¿Hemos llegado hasta aquí para darnos por vencidos? Alguna forma habrá de entrar- dijo Olostarin, y todos quedaron en silencio, sin saber qué decir.
En ese momento en que todos estaban en silencio, un hombre curtido y enjuto se acercó a su mesa -Vaya, vaya, pero si estáis aquí… Llevo buscándoos toda la tarde, ¿por qué no me dijisteis que estaríais en la posada? ¡Rashud, tráenos otra ronda!- dijo el hombre alzando su jarra, como si estuviera brindando.
-¿Pero qué está haciendo?- preguntó Firye, molesta.
-Disculpe, nos está confundiendo con otras personas- dijo Varyamo mientras el hombre acercaba una silla para sentarse junto a ellos.
-No, no me estoy confundiendo- dijo el hombre con voz más serena- Deberíais tener más cuidado cuando entréis en Adudran, vuestro encuentro con los soldados podía haber acabado mucho peor-
-¿De qué está hablando?- preguntó Vilendil.
-Haced como si os alegrarais de verme, o los parroquianos empezarán a sospechar. Aunque la mitad de ellos están tan borrachos que mañana no recordarán nada de lo ocurrido. ¡Ah, muchas gracias Rashud! Aquí tienes, espero que pague lo mío y lo de mis amigos- dijo el hombre entregándole unas cuantas monedas al posadero, el cual asintió con la cabeza.
-¿Quiere hablar claro y explicarse de una vez?- preguntó Varyamo.
-Está bien, está bien, no te preocupes. Como os decía, os vi en la ciudad, y como no todos los días se ve algo así- se inclinó y miró a Firye-, decidí seguiros-
¿Nos ha seguido? ¿Está loco?- dijo Firye, mientras Varyamo acercaba su mano a la empuñadura de su espada.
-Yo no haría eso, al menos no aquí. Yo no soy vuestro enemigo. Es más, puede que sea el único amigo que vayáis a encontrar en esta ciudad. Los visitantes de Cadraldôst no son muy bien recibidos en Adudran- dijo el hombre.
-¿Cómo sabe que venimos de allí?- preguntó Firye sorprendida.
-¿Creéis que todos los habitantes de Adudran somos unos paletos estúpidos e ignorantes? Sois más afortunados de lo que pensáis. Ese Árbol Rojo que llevas bordado en la capa es tan inconfundible como tus orejas, si los soldados lo llegan a conocer, ahora mismo os estarían interrogando en las mazmorras, y os aseguro que no querríais que eso pasara- dijo el hombre tras dar un largo trago a su jarra de cerveza.
-¿Y qué quiere de nosotros?- preguntó Varyamo.
-¿Yo? Nada, sólo quería daros una bienvenida adecuada. Ya os decía que los visitantes de Cadraldôst no son muy bien tratados por aquí. Esta tarde, sir ir más lejos, vi cómo los soldados llevaban al palacio del visir a un conocido saqueador de Cadraldôst y a otros dos compañeros suyos. No sé, pensé que tal vez los conocíais, que tal vez ésa era la razón de vuestra visita…- dijo el hombre.
-¿Qué sabe de ellos?- preguntó Vilendil.
-Ahora no podemos seguir hablando. Si os interesa lo que os tengo que contar, estaré en el patio dos horas después de medianoche. Y no os preocupéis por Rashud, es de confianza- dijo el hombre apurando su cerveza.
-¿Y por qué deberíamos confiar en usted?- preguntó Varyamo.
-Tal vez no deberíais, pero no creo que tengáis alternativa. Lo que sí os aseguro es que los hombres del visir no se andarían con tantos miramientos como yo si quisieran atraparos. Nos vemos más tarde- dijo el hombre poniéndose de pie- ¡Ha sido un placer volver a veros amigos míos! ¡Brindo a vuestra salud!-
No dijeron nada mientras veían cómo aquél misterioso hombre salía de la sala común de la posada. Permanecieron en silencio mientras terminaban de cenar, ensimismados en sus propios pensamientos. Con una sola mirada les bastó a los cuatro para saber qué hacer. Ninguno confiaba en aquél hombre, pero era cierto que no tenían alternativa: no sólo no habían encontrado ninguna forma de acceder al palacio del visir sino que ni siquiera habían podido acercarse a él, y ni estaban seguros de que Narudud, Eärondûr y Mazan siguieran allí. Cuando terminaron, abandonaron la sala común, que ya estaba casi vacía, y se fueron a sus habitaciones. Ninguno durmió aquella noche, y esperaron en silencio a la hora acordada. Llegado el momento, los cuatro bajaron al patio intentando hacer el menor ruido posible, y esperaron ocultos en las sombras de los soportales del interior del patio.
-¿Dónde está? Llevamos aquí esperando un buen rato y no ha aparecido. Creo que es una trampa, o que simplemente nos ha engañado y estará riéndose en algún sitio- dijo Olostarin acariciando al cachorro que tenía entre sus brazos.
-No deberías haberlo traído. A los cachorros de galgo Haidaryai no les gusta demasiado el frío- dijo el hombre tras salir del interior de la sala común.
-¿Cómo has llegado aquí?- preguntó Varyamo.
-Ya os dije que Rashul es de confianza… - respondió el hombre con una sonrisa pícara.
-¿Cuánto tiempo llevabas ahí observándonos en la oscuridad?- preguntó Vilendil, molesto.
-El suficiente. Quería ver vuestras reacciones. En esta ciudad no se puede confiar en nada ni en nadie- dijo el hombre.
-Qué curioso, nos pides que confiemos en ti, y eres tú el que no se fía de nosotros- dijo Firye.
-Siento este pequeño engaño, pero era necesario. Tal vez con el tiempo lo entendáis- respondió el hombre.
-Está bien. Ahora cuéntanos todo lo que sabes de Narudud y sus compañeros- dijo Olostarin.
-Todo a su tiempo, pero aquí no. Aunque los dos soldados que os topasteis en la ciudad os dejaron ir, tarde o temprano, el relato de vuestro encuentro llegará a los oídos de alguno de los hombres de confianza del visir, si es que no lo ha hecho ya. Y seguro que sentirá curiosidad por vosotros. Aquí no estáis a salvo, debéis venir conmigo- replicó el hombre.
-¿Ir contigo? ¿A dónde?- dijo Vilendil.
-A un refugio que se encuentra a varias horas de cabalgata al norte del río. Los soldados de Adudran rara vez se atreven a cruzarlo, hay mucho temor y superstición en torno a las tierras al norte del Sirhelë- dijo el hombre.
-Y con razón- añadió Vilendil, aunque el hombre no entendió por qué.
-Aún así, no creerás que somos tan estúpidos como para seguirte a lo que muy bien podría ser una trampa sin que nos digas antes algo más ¿verdad?- intervino Varyamo.
-¿Qué os puedo decir para convenceros? ¿Pensáis que todos los hombres en Adudran estamos contentos con las cosas tal como son? Estáis muy equivocados. La mayoría no lo está, pero sólo unos pocos estamos dispuestos a actuar para que las cosas cambien- respondió el hombre.
-Un bonito discurso, pero, ¿qué nos importa a nosotros lo que ocurra en esta ciudad? Sólo nos importan nuestros amigos- dijo Olostarin.
-Está bien. Vi a un grupo de hombres llevar a vuestros amigos al palacio del visir, no sé más. Lo más seguro es que los hayan encerrado en las mazmorras, y si queréis volver a verlos, necesitáis la ayuda que puedo ofreceros- dijo el hombre.
-¿Y cómo sabemos que dices la verdad?- dijo Firye.
-No tenéis forma alguna de saber si os digo la verdad o no. No os queda más remedio que confiar en mi- dijo el hombre.
Tras unos segundos de vacilación, los cuatro se miraron entre sí y volvieron a darse cuenta que no tenían otra alternativa- Está bien, iremos contigo. Pero no dudes ni por un instante que al menor indicio de que algo no va bien, morirás- dijo Vilendil.
-Es justo. Venid conmigo, esta tarde dejé en los establos varios caballos preparados para partir. Al lugar al que vamos no pueden llevarnos vuestros camellos- dijo el hombre.
-Iré a por Nixelotë y cogeré provisiones- dijo Vilendil.
-Espera, iré contigo a por algunas cosas- dijo Olostarin.
-¿Y qué pasa con los camellos que trajimos?- preguntó Firye preocupada.
-Os esperarán aquí, pero no temáis, estarán bien cuidados y alimentados. Ya os dije que Rashul es un hombre de confianza- dijo el hombre.
Un par de minutos después llegó Olostarin portando las armas de Mazan, Narudud y Eárondûr así como la extraña piedra que el Enano debía entregar a la misteriosa anciana en algún punto de Sein Cair Andros. Cuando lo hubo cargado todo, el Elfo montó apretando suavemente un pequeño bulto contra su pecho: había envuelto al cachorro en una capa para protegerlo del frío de la noche. Poco después llegó Vilendil montado en Nixelotë, y los cinco partieron en silencio. Se encaminaron hacia el Este, por la misma calle por la que habían llegado horas antes, y cruzaron el Sirhelë por el mismo vado que ya habían atravesad. Así, envueltos en la oscuridad de la noche, los cinco jinetes se encaminaron hacia el norte. Después de varias horas cabalgando bajo la tenue luz de las estrellas, descendieron a un profundo valle. Avanzaron lentamente por un tortuoso y laberíntico sendero hasta que llegaron a una garganta que se abría en la pared de roca a su derecha. Entraron en ella y siguieron avanzando hasta que giraron a la izquierda adentrándose en otra grieta en la pared de roca. Siguieron así casi una hora, avanzando y dando vueltas por aquél laberinto de roca, hasta que al fin llegaron a la entrada de una gran cueva que se abría en el interior de la roca. Varios hombres salieron a recibirlos, y tras ayudarlos a desmontar, los llevaron a una estancia en la que había una mesa y varias sillas de madera.
-Debéis esperar aquí. He de ausentarme por un tiempo, pero no temáis nada. Pediré a mis compañeros que os traigan vuestras provisiones- dijo el hombre que habían conocido en la posada.
Cuando se fue, Firye, Olostarin, Varyamo y Vilendil se miraron incrédulos. Como si acabaran de despertar de un sueño, los cuatro se estaban preguntando cómo habían sido capaces de seguir a aquél hombre misterioso y cómo habían acabado en aquella estancia de una cueva perdida en mitad de ninguna parte. Sólo Vilendil sabía dónde se encontraban exactamente, pues no conocía otras tierras mejor que las que habían pertenecido al Reino Unificado en el pasado, aunque ello no les iba a ayudar. Al poco rato aparecieron dos hombres llevando sus provisiones, y aunque Varyamo y Olostarin les preguntaron, no dijeron nada. Finalmente, desanimados y cansados, se sentaron y comieron algo con desgana. Pasaron varias horas, y la cueva se llenó con las primeras luces del nuevo día. Poco después, cuando la paciencia de todos se había agotado, apareció de nuevo aquel hombre misterioso seguido por otros dos hombres más. El primero de ellos era un anciano alto y delgado que vestía una túnica roja con franjas amarillas, de rostro afable y larga perilla blanca, cuyo pelo canoso llegaba casi hasta sus hombros. El segundo era un Elfo, cosa que extrañó a los cuatro, también alto y delgado, manco de la mano derecha; de cabellos rubios, en su rostro se adivinaba el peso de los años, y en sus profundos ojos azules, cristalinos como las claras aguas del Icafalmar, se reflejaba una gran experiencia y sabiduría.
-¿Por qué nos habéis tenido aquí durante varias horas?- preguntó enfadado Varyamo.
-Lo siento, pero teníamos que tratar otros asuntos- dijo el hombre.
-¿Qué asuntos?- preguntó Olostarin.
-No os conciernen- dijo el anciano con tono afable- Al menos de momento no. ¿Qué os ha traído a Adudran? ¿Y quiénes sois?-
-¿Cómo? Creíamos que ya lo sabían- preguntó incrédula Firye.
-Bueno, sabemos lo que nos ha contado Rosil, pero nos gustaría que nos lo contarais vosotros- dijo el Elfo.
-Está bien- dijo Olostarin pacientemente- Mi nombre es Olostarin, y estos son Firye, Varyamo y Vilendil, y como seguro que ya sabéis, venimos de Cadraldôst. Llegamos a Adudran siguiendo a tres amigos nuestros, a los que han capturado. Este hombre, Rosil, nos dijo que podría ayudarnos a verlos de nuevo-
-¿Y quiénes son vuestros amigos?- preguntó de nuevo el Elfo.
-¿Esto es realmente necesario?- preguntó Vilendil.
-Me temo que sí lo es- respondió el anciano.
-Está bien. Nuestros amigos son Mazan, un Enano de Aglarond, Eärondûr, de la Marca Verde, y Narudud, nieto de los reyes de Cadraldôst- dijo Varyamo.
-¿Narudud? ¿El saqueador? Extrañas amistades…- dijo Rosil.
-¿Sabíais que vuestro amigo ha trabajado en el pasado con el visir de Adudran? ¿Qué le traía a la ciudad?- preguntó el Elfo con voz calmada.
-Miren, nosotros no sabemos nada de eso. Partimos de Cadraldôst hace ya casi dos meses en dirección a Sein Cair Andros- dijo Olostarin, y al mencionar el nombre de la antigua ciudad del Reino Unificado, los ojos del Elfo y el anciano se iluminaron- Nos dirigíamos al Paso del Cilross cuando nos asaltaron varios hombres y se llevaron a nuestros amigos. Por eso vinimos a Adudran, y por eso seguimos a este hombre, porque nos insinuó que nos ayudaría a rescatar a nuestros amigos. Si no es verdad, más les vale apartarse y dejarnos seguir nuestro camino-.
Tras unos segundos de silencio, los tres hombres cuchichearon algo entre sí, y para sorpresa de todos, el anciano esbozó una sonrisa -Disculpadnos por este mal trago, pero debíamos estar seguros de que erais quienes decíais ser. Son tiempos inciertos y peligrosos, y no debemos fiarnos de las apariencias, especialmente cuando son tan evidentes. Permitidme que me presente, mi nombre es Yijda-
-¿Qué?- dijo Olostarin.
-Poneos en nuestra situación. Desde hace un par de años, varios de nosotros decidimos que ya no podíamos vivir bajo la opresión del visir sin plantarle cara, y descubrimos que no éramos los únicos dispuestos a luchar contra ella, como podéis ver por nuestro buen amigo Anso- dijo Rosil refiriéndose al Elfo que los acompañaba- Desgraciadamente, a muchos de los que ya estaban luchando los mataron hace varios meses en una emboscada, y eso desanimó a la mayoría de la población. Somos pocos y por eso tenemos que escondernos y desconfiar de todo y de todos, disculpadnos-
-Está bien, aceptamos vuestras disculpas- dijo Vilendil, y los demás también asintieron- Pero me gustaría que me aclararais una cosa, ¿qué hace un Elfo entre vosotros?-
-Como os ha dicho Rosil, hay más gentes que luchan contra la maldad de Adudran. Hace sesenta años, mi ciudad, Losanost, fue arrasada por el ejército del sultán de Adudran. Casi todo mi pueblo murió aquel día, víctima de la crueldad y la sed de sangre de un demente, pero algunos conseguimos escapar y sobrevivir, aunque pagamos un precio muy alto por ello. Desde entonces, juramos luchar contra la maldad que habitaba en Adudran, y hasta hace poco, habíamos luchado solos. Pero nos dimos cuenta que también había Hombres en esta ciudad que estaban dispuestos a enfrentarse a ese mal, y desde entonces luchamos juntos. Yo estoy para hablar en nombre de mi pueblo, como enlace, y para coordinar nuestras acciones- dijo Anso.
-Una vez aclarado todo esto, os he traído hasta aquí porque creo que nos podemos ayudar mutuamente. Os podemos ayudar a rescatar a vuestros amigos de las mazmorras, y de paso, también sacaremos a algunos de nuestros amigos que están presos- dijo Yijda.
-¿Y cómo lo vamos a hacer?- preguntó Varyamo.
-Las mazmorras son un laberíntico complejo con varios niveles que se encuentra excavado bajo la ciudad. Por suerte, vuestros amigos, como el resto de enemigos del visir, están en el primer nivel. El problema es que sólo se puede acceder a las mazmorras desde el palacio del visir o desde algunos cuarteles de la guardia. Como os decía antes, somos pocos, aun con vuestra ayuda, por lo que un asalto frontal no es una opción. Debemos idear un buen plan, y quizás tenemos la distracción adecuada…- dijo Rosil.
[Editado por Aragorn_II el 15-04-2011 17:51]
El nuevo día amaneció despejado, con un viento helado soplando desde el Norte. Poco a poco, los supervivientes de la maltrecha caravana de Hamad iban despertando y preparándose para una nueva jornada. Pero aquella mañana había algo diferente en el ambiente, la débil esperanza que había nacido en los corazones de todos los que habían sobrevivido al asalto era hoy mucho más fuerte e intensa. Habían dejado atrás el corazón del desierto y ya estaban muy próximos a su destino final, la ciudad de Adudran. Pero aún estaban a más de treinta millas de ella, y en el mejor de los casos, no llegarían a sus puertas antes de la caída de la noche. Y aunque todos estaban esperanzados, sabían que no podían descuidarse ni por un momento.
-Avisad al resto de la caravana, que estén preparados; reemprenderemos la marcha después de que todos hayan podido comer algo- dijo Atâva.
-Muy bien- respondió Lodoc, que hizo un gesto con la cabeza a sus compañeros- Nunca creí que me alegraría tanto de llegar a Adudran-
-Aún no hemos llegado a Adudran, muchas cosas pueden pasar antes de cruzar las puertas de la ciudad, no os confiéis, permaneced alerta en todo momento- replicó Atâva secamente.
-Es verdad, estaremos alerta. ¿Envío ya a los exploradores para que vayan inspeccionando el camino?- dijo Lodoc.
-Sí, y recuérdales que deben volver cada hora para informar. Si no sabemos nada de ellos durante horas, no nos sirven de ayuda- respondió Atâva.
Lodoc asintió y dio las órdenes oportunas a sus hombres. Apenas media hora más tarde, la caravana ya se había puesto una vez más en marcha. Avanzaban directamente hacia el Norte, en línea recta hacia Adudran, protegiéndose del frío invernal con lo poco que habían conseguido salvar del ataque. De haber podido reunir más dinero entre todos, podían haber comprado algunas pieles y mantas en Farahkadr, pero lo que consiguieron juntar apenas les había alcanzado para comprar las provisiones necesarias para el resto del viaje. Poco después del mediodía, cuando la caravana atravesaba una pequeña loma, todos pudieron divisar a lo lejos Adudran y el cauce cristalino del río Sirhelë. En ese momento, algunos de los comerciantes no pudieron contenerse y se echaron a llorar de alegría. Atâva ordenó que se reanudara la marcha, y la caravana continuó avanzando sin novedad. A media tarde, uno de los exploradores regresó antes de lo previsto, y al verlo aproximarse, la esperanza que había embargado a la mayoría desapareció, pues todos temían un nuevo ataque.
-¿Qué ocurre?- preguntó Atâva, que junto a Lodoc y varios hombres más se había adelantado para encontrarse con el explorador.
-He divisado a un gran número de jinetes que se aproximan desde el noreste, deben ser por lo menos unos cincuenta hombres. No tardarán en llegar aquí- dijo el explorador.
-¿Pudiste ver quiénes eran?- preguntó Atâva.
-Cabalgaban en formación, no creo que sean bandidos. No estoy seguro, pero creó que podría tratarse de una compañía de la guardia de Adudran- respondió el explorador.
-¿Cómo? No es posible, nunca patrullan a estas horas- dijo Lodoc.
-Quizás nos están buscando- dijo uno de los hombres.
-No lo creo. De todas formas poco podemos hacer ya, les esperaremos aquí. Lodoc, avisa a los demás, que se preparen por si acaso es una trampa- dijo Atâva.
Lodoc asintió y regresó a la caravana para avisar a los demás mientras Atâva se quedaba junto a media docena de hombres a esperar la llegada de aquellos jinetes. Al poco rato divisaron una nube de polvo que se acercaba a ellos desde el noreste, y poco después comenzaron a distinguir a los jinetes. Cuando estaban a menos de quinientos metros, un cuerno sonó en señal de saludo, y Atâva y los demás respiraron aliviados al comprobar que efectivamente se trataba de una compañía de la guardia de Adudran.
-¡Saludos! ¿Es ésta la caravana de Hamad?- preguntó el hombre que lideraba la compañía.
-Así es, o mejor dicho, lo que queda de ella- respondió Atâva.
-¡Bendito sea Abbalah! Llevamos varios días buscando su caravana y ya habíamos empezado a perder la esperanza- dijo el hombre.
-¿Nos estaban buscando? ¿Cómo es posible?- preguntó Atâva.
-Sí, desde hace una semana corría el rumor por Adudran de que una caravana que se dirigía a la ciudad había sido atacada en el desierto. Hace dos días llegó a Adudran un mercader o un grupo de comerciantes que avisó que la caravana de Hamad había sido atacada y que no tardaría en llegar a la ciudad. Cuando el visir se enteró de todo esto, me ordenó que partiera en su busca para prestarles toda la ayuda que precisaran y escoltarles en su camino hacia Adudran- respondió el oficial de la guardia ante la sorpresa de todos.
-Qué extraño, nunca había escuchado que el visir y la guardia de Adudran se preocupara tanto por una caravana atacada- replicó Atâva.
-Debe hacer mucho que no escucha las nuevas de nuestra ciudad. Es cierto que en el pasado hemos cometido errores, pero estamos dispuestos a enmendarlos- respondió el oficial esbozando la más afable de las sonrisas- De todas formas, eso no importa ahora, debemos llevarlos hasta Adudran lo antes posible. Si necesitan provisiones, o cualquier otra cosa, les asistiremos con mucho gusto-
-No, afortunadamente estamos bien, muchas gracias. Pero está en lo correcto, debemos proseguir nuestro camino. Por cierto, ¿quiénes fueron los comerciantes que les avisaron de nuestra situación?- preguntó Atâva, y por un momento, la sonrisa se borró del rostro del oficial de la guardia de Adudran.
-Lo siento, no lo sé, no me informaron de ello. Sólo sé que quien dio el aviso dijo que había viajado en la caravana hasta hacía poco- respondió el oficial, aunque Atâva y los demás inevitablemente pensaron en Rom, el mellizo sureño que había abandonado la caravana días antes. Nadie podía imaginarse que Nergol hubiera dado el aviso.
Poco después, Atâva, sus hombres y la compañía de Adudran se acercaron a la caravana, y todos sus integrantes se alegraron profundamente al verlos. Todos menos uno. Madair, que seguía conduciendo el carro de las provisiones, estaba intranquilo e inquieto con la presencia de los soldados. No le preocupaba que alguno pudiera reconocerle, había pasado mucho tiempo y en Adudran le daban por muerto, aunque de repente se alegró de haberle entregado a Cila su capa cuando estaban acampados junto al lago de Farahkadr. Pero con la partida de Nergol días atrás, y sabiendo lo que contenían los barriles y que era un cargamento que el visir de Adudran esperaba con ansia, no se creía que aquella compañía los estuviera buscando sólo por razones humanitarias. Pero estaba solo, y no podía compartir sus sospechas e inquietudes con nadie más, había demasiado en juego, según le había contado Taurigale semanas atrás, antes de que partiera. Mientras andaba inmerso en estos pensamientos, Atâva dio la orden de partir nuevamente. La compañía de soldados se había colocado en formación alrededor de la caravana, escoltándola en su camino hasta Adudran.
Un par de horas después de que anocheciera, la caravana por fin llegó a la ciudad, y el capitán al mando de la compañía de soldados envió a uno de sus hombres para que avisara de su llegada a los centinelas de la puerta suroeste. Tras atravesarla, recorrieron en silencio algunas calles oscuras hasta que finalmente desembocaron en una pequeña plaza iluminada débilmente. La única luz del lugar la producían las antorchas que se encontraban frente a un gran edificio de piedra con muchas ventanas y una gran puerta de acero que se encontraba en uno de los extremos de la plaza: uno de los acuartelamientos de la guardia de Adudran. Al verlos llegar, uno de los soldados que hacían guardia en su exterior corrió hacia el interior, y poco después salió acompañado por otro hombre que se dirigió hacia ellos. El capitán de la compañía se adelantó para hablar con él, y tras unos minutos de charla, fue a ver a Atâva.
-¿Qué ocurre?- preguntó Atâva.
-Nada, nada, sólo estaba dando las órdenes necesarias para que todo estuviera preparado para acogerles. Además, me han informado que sus hermanos de la Orden del Puño Llameante quieren verle cuanto antes- dijo el capitán.
-¿Está seguro?- preguntó Atâva.
-Sí, ya le dije que las cosas estaban cambiando en esta ciudad. Hace varias semanas, el visir invitó a su orden a Adudran, y desde hace algunos días, muchos de sus miembros están entre nosotros. Cuando les encontré esta tarde envié a un mensajero para que informara al visir de las buenas noticias, y él a su vez comunicó su presencia en la caravana a los miembros de la Orden del Puño. Y teniendo en cuenta lo que ha sucedido durante su viaje, los miembros de su orden pidieron verle de inmediato para que les informara personalmente- respondió el capitán.
-Comprendo… Pero no puedo abandonar la caravana hasta que esté completamente a salvo, su seguridad es responsabilidad mía- replicó Atâva.
-No hay de qué preocuparse. La caravana está a salvo en Adudran, es más, todos pasarán esta noche en este acuartelamiento, protegidos por dos compañías de soldados. No hay nada que temer- respondió el capitán.
-Está bien, supongo que no me queda elección. Ahora, si me dice dónde están mis hermanos, iré con ellos- dijo Atâva.
-Son invitados del visir, pero lamentablemente desde esta zona de la ciudad se tardaría mucho en llegar hasta el palacio. Además, debo reconocer que no todo el mundo está contento con la presencia de la Orden del Puño en la ciudad, y a estas horas, las calles de Adudran no serían seguras para usted a menos que fuera acompañado por una fuerte escolta de mi compañía- dijo el capitán en un susurro.
-No se preocupe por mi seguridad- replicó Atâva.
-Al contrario, si algo le sucediera, el visir me haría responsable por ello. Pero afortunadamente hay una alternativa: en el subsuelo de Adudran hay muchos túneles y pasadizos secretos, y desde este acuartelamiento se puede acceder a uno de ellos, que lleva directamente al palacio del visir. Dos de mis hombres le guiarán por el túnel- dijo amablemente el capitán.
Tras unos instantes de duda, Atâva finalmente accedió a regañadientes –De acuerdo, pero si mis obligaciones me lo permiten, regresaré mañana para recoger mi caballo y ver cómo están los integrantes de la caravana-
-Por supuesto, faltaría más- respondió el capitán con una sonrisa.
Después de informar a Lodoc, Atâva desmontó, y siguió a dos de los soldados hasta el interior del cuartel. Aunque sabían que nada podía ocurrirles estando bajo la protección de la guardia de Adudran, todos en la caravana se sintieron un poco más desamparados cuando vieron que el soldado de la Orden del Puño los dejaba. Mientras los veía alejarse, el capitán de la guardia ordenó a la mitad de su compañía que fueran entrando en el cuartel, y después fue entrando la caravana lentamente. Cruzaron la gran arcada de piedra de la entrada para desembocar en un gran patio porticado. A ambos lados estaban las dependencias de la tropa, y sobre ellas, unas amplias terrazas escalonadas; al fondo se encontraban los establos, donde los soldados que habían entrado antes estaban desmontando poco a poco. Cuando la caravana entera hubo entrado, el resto de la compañía de la guardia los siguió. Los goznes chirriaron cuando los centinelas empezaron a cerrar las pesadas puertas de acero. Instintivamente, Madair giró la cabeza, y se sorprendió y alarmó al ver que los soldados no sólo estaban cerrando la puerta exterior del cuartel, sino que también estaban cerrando la puerta interior que daba acceso al patio. Un golpe seco y sordo retumbó en las paredes de piedra cuando las puertas se cerraron, y como si se tratara de una señal preestablecida, las terrazas del patio se llenaron de soldados que apuntaban a la caravana con sus arcos, mientras que el resto rodeó a la caravana rápidamente con las armas desenvainadas.
-¡Tiren las armas de inmediato y ríndanse!- gritó uno de los soldados ante la incredulidad de todos los integrantes de la caravana.
-¿Qué está pasando? ¡Exijo una explicación, capitán!- gritó Lodoc.
-La explicación es muy sencilla…- comenzó a decir el capitán, pero su voz era ahora áspera y dura, y su tono era imperativo- Están rodeados por mis tropas, que les superan ampliamente en número, y además hay toda una compañía de los mejores arqueros de Adudran apuntándoles desde una posición elevada-
-¿Se ha vuelto loco?- dijo uno de los hombres de Lodoc.
-Veo que se impone una demostración para que sepan que hablo en serio- dijo el capitán, e hizo un gesto con su mano derecha. Uno de los arqueros disparó, y el hombre que acababa de hablar cayó muerto con una flecha clavada en la garganta.
-¡Tiren las armas de inmediato!- gritó el primer soldado. Esta vez, aunque conmocionados, todos obedecieron, y los soldados que los rodeaban rápidamente las recogieron y amontonaron junto a las paredes del patio.
-Muy bien. Ahora, muy lentamente, vayan desmontando- dijo de nuevo el soldado.
Poco a poco, todos fueron desmontando. Algunos aún no salían de su asombro, otros no se creían aún que eso realmente estuviera sucediendo, y otros, como Madair, apenas podían controlar su rabia y su cólera. Los soldados los fueron registrando uno por uno para comprobar que en efecto ninguno portaba armas, y los iban conduciendo en pequeños grupos al interior del cuartel. Aunque nadie les dijo adónde los conducían, Madair sabía que los llevaban a las mazmorras.
-Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?- dijo uno de los soldados al encontrar a Cila.
-Será mejor que la registres a fondo, creo que ésa puede ocultarnos algo- dijo otro soldado riendo mientras observaba con mirada lasciva cómo su compañero apretujaba sin miramientos el cuerpo de la joven, cuyos sollozos eran ahogados por las risas de los soldados.
-¡Eh, aquí tenemos a otra!- dijo otro soldado arrastrando a la otra mujer hasta el lugar en el que estaba Cila.
-¿Qué hacemos con ellas mi capitán?- preguntó uno de los soldados.
-Llevadlas a mis habitaciones, creo que estas dos deben ser interrogadas a fondo- respondió el capitán con una sonrisa torcida.
Los soldados rieron, y comenzaron a arrastrar a las mujeres en medio de sus llantos y gritos de protesta, mientras sus compañeros reían y los vitoreaban. Madair, Darher, Lodoc y los demás que aún seguían en el patio observaban la escena, impotentes. Algunos de los hombres que estaban junto a Madair no pudieron aguantarlo más y se abalanzaron contra los soldados, pero antes de que pudieran acercarse a ellos, cayeron abatidos por muchas flechas. Poco después, los soldados siguieron registrándolos, y uno de ellos, al llegar al carro en el que habían viajado los heridos, vio a Coran recostado en él.
-¡Eh tú! ¿Qué haces ahí? ¡Baja ahora mismo!- ordenó un de los soldados.
-No puede, le hirieron en una pierna, no puede andar y no puede sostenerse en pie- dijo Darher, que estaba cerca de él.
-Eso ya lo veremos- dijo el soldado subiéndose al carro. Agarró a Coran y lo tiró al suelo, quien gritó de dolor. Después bajó, y cogiendo a Coran, lo levantó y lo puso en pie.
-¿Ves? Sí puede sostenerse en pie- dijo el soldado, pero cuando soltó a Coran, este cayó de rodillas en medio de un gran dolor.
-Vaya, es una pena que no puedas ponerte en pie- dijo el soldado sosteniendo el rostro de Coran con su mano izquierda. Acto seguido, y sin dejar de mirarle fijamente, desenvainó una pequeña daga con su mano derecha, y le cortó el cuello.
Madair apretó los puños con fuerza pero no hizo nada. Poco después, le llegó el turno, y otro de los soldados le registró y le puso junto a Darher y Do Han. Mientras los conducían a las mazmorras, aún pudieron escuchar a uno de los soldados preguntándole al capitán qué hacer con los tres niños de la caravana. No pudieron escuchar lo que le respondió el capitán, pero los tres imaginaron el destino que les aguardaba a los pequeños. Los soldados les hicieron bajar por unas escaleras hasta un túnel estrecho e iluminado débilmente por la luz de unas pocas antorchas y del que emanaba un olor nauseabundo. Después de un rato, llegaron a la puerta que conducía a las mazmorras. Los soldados les hacían caminar a empellones a través de los diferentes pasillos que separaban las celdas de uno y otro lado. Después de girar por varios pasillos, el soldado que abría la marcha se detuvo frente a una de las celdas y abrió la puerta.
-Vosotros dos, adentro- ordenó dirigiéndose a Madair y a Darher, quienes se miraron sin saber bien qué hacer.
Finalmente, otro de los soldados los empujó al interior, y antes de que pudieran ponerse en pie, la puerta de la celda ya estaba cerrada. Les costó un buen rato a sus ojos acostumbrarse a la escasa luz que llegaba al interior de la celda, pero rápidamente se dieron cuenta de que no estaban solos: al menos otros diez pobres desdichados compartían la celda con ellos. Desesperados, Madair y Darher se recostaron contra la pared. De repente, escucharon una risa familiar.
-Tiene gracia, las vueltas que da la vida- dijo una voz conocida ante el asombro de Madair y Darher.
-¿Qué? No puede ser… ¿Qué estás haciendo tú aquí, Nergol?- preguntó Madair.
Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y podía ver los detalles de la gran celda; por suerte su sentido del olfato no se había sensibilizado, sino todo lo contrario, se había adormecido. La naturaleza es sabia, o al menos compasiva, porque al aguzarle la vista y al anestesiarle el olfato le había permitido permanecer vigilante y sin ganas de vomitar y, ello, de nuevo debía ser cosa de la naturaleza o el destino, le había puesto "a mano" unas botas en un estado aceptable; por supuesto no podían compararse a sus estupendas botas de cuero engrasado y flexible, pero le servirían para correr, si hacía falta, o para patear, si era necesario. De camisa aun no había conseguido ninguna, pero todo se andaría, en todos sitios, incluso en una mazmorra, hay gente despistada y que no sabe cuidar lo suyo.
Narudud no era demasiado sociable y Nergol, sin una pinta de cerveza amarga de por medio, sin el calorcillo de una taberna bien caldeada y sin tener en su regazo a una moza alegre, tampoco era lo que se puede llamar alguien amigable. Muy al contrario: su rostro duro y enjuto, marcado por los años; sus ojos negros y desafiantes; su visible torso desnudo y nervudo;… todo ello, a la luz macilenta de la mazmorra, lo mostraban como a alguien de quien valía más estar alejado. Así, Nergol estaba de nuevo sólo, maquinando venganzas sangrientas, cuando de repente se abrió la gruesa y aceitosa puerta de la mazmorra. A contra luz y medio deslumbrado, vió entrar a alguien que le resultó conocido: no pudo evitar (tampoco lo pretendía) que una fiera sonrisa le deformara el rostro. Dejó unos minutos que los recién llegados se "aposentaran", que se les revolvieran las tripas de asco y de terror, mientras les observaba con cierta satisfacción malsana. Al final se decidió por hablarles:
-Tiene gracia, las vueltas que da la vida-
-¿Qué? No puede ser… ¿Qué estás haciendo tú aquí, Nergol?- preguntó Madair.
-Os estaba esperando, por poco no me encontrais, ya estaba a punto de irme- dijo con sorna y con un humor muy poco propio de Nergol.
-No te imaginaba tan bufón- le replicó Madair, que no estaba para gracietas absurdas.
Nergol se acercó a él, elástico, y amenazante, Madair dio un paso atrás y buscó, con un movimiento repetido mil veces, su espada… que no estaba en su sitio, evidentemente. Algo turbado recuperó su anterior posición y esperó a Nergol.
-Aquí sólo hay lugar para locos, para escorpiones,… o para muertos- le dijo en voz baja Nergol, que se había acercado tanto que podría haber hablado al oído a Madair, pero prefirió hablarle mirándole a los ojos.
Madair, molesto por la cercanía de alguien al que en absoluto apreciaba, se retiró un paso con una mueca.
-No digo que no- respondió Madair –pero no te tenía, ni te tengo, por un loco ni por un bufón-
-¿Eso significa que me tienes por un escorpión?-
Madir hizo ademán de que la breve conversación le fastidiaba y que no pensaba entrar en ese desapropiado juego.
Nergol sonrió y se apartó un tanto de Madair. –El héroe y el villano- masculló lo suficientemente fuerte para que Madair lo oyera –ambos en el mismo pozo- para luego añadir, ahora ya con su pose y voz habitual –a nosotros nos detuvieron al poco de entrar en la ciudad ¿y a vosotros? No sé qué le pasa por la cabeza al Visir, vete a saber…- algunas cabezas se giraron y observaron asustados a Nergol, ese loco que criticaba al Visir en sus mismas mazmorras, una locura que podía redoblar el castigo y salpicar a los que junto a él estaban. Bajó la voz y, en un susurro, cambiando de repente el registro de su discurso, le dijo: -descansad, después hablaremos-
Madair, aun desubicado en la gran habitación y un tanto perplejo ante la extraña manera de comportarse de Nergol (de payaso a amenazador y de amenazador a presuntamente misterioso) lo vió alejarse. Lo miró largamente, intentando imaginarse qué podía ser todo eso y, aun sin una estructura definida, veía dibujarse algo oscuro y complejo, un dibujo en el que vagamente encajaban los barriles de pólvora, el Visir, Nergol y él mismo.
Mientras tanto, Nergol se sentó en un saliente de la pared, la cabeza le bullía, también hacía sus conjeturas de qué había pasado pero, como era habitual en él, se detuvo poco en intentar hacer encajar las piezas de un rompecabezas pasado (quizá porque lo que a él atañía ya lo sabía y lo que atañía a otros no le importaba demasiado) y se centró en las posibilidades (positivas o negativas) que representaba la presencia de Madair. Sí, sin duda tener cerca a hábiles guerreros, a valientes luchadores (por ingenuos que fueran) de algo había de valer. -Sí, sí- se decía a sí mismo –tengo que pensar en algo, en algo para salir de este repugnante lugar-
[Editado por elfo_negro el 22-03-2011 17:43]
El camino a lo largo de los túneles duró más de lo que el soldado del Puño había imaginado. Adudran era una gran ciudad, sí, pero desde que había comenzado a contar los pasos, llevaba más de mil y aún no habían llegado a su destino a pesar de que habían caminado, a su juicio, siempre casi en línea recta.
El capitán de la guardia seguía con su verborrea sobre la ciudad, y tras contarle la historia de la ciudad, sus costumbres y aspectos culturales de cierto interés, ahora la conversación se centraba en la gastronomía, más concretamente en la elaboración de un plato típico en el que intervenía entrañas de vaca, garbanzos y un sinfín de especias de las cuales Atâva desconocía prácticamente todas. Al final el hombre se detuve ante un muro que parecía marcar un camino sin salida.
-Ya hemos llegado- anunció, golpeando seguidamente la piedra.
Atâva espero a que ocurriera algo, manteniéndose siempre alerta por si tuviera que desvainar la espada ante una posible trampa. El suspense sin embargo no se mantuvo más que unos segundos, pues tras pasar ese tiempo, el muro solido frente a ellos comenzó a moverse hacia un lado, dejando lugar a las estancias palacio. O eso parecía dada la inmensidad de aquel lugar, y de las bellas alfombras y muebles que decoraban la estancia. No era en cambio un lugar muy transitado, y Atâva pronto se dio cuenta que aquello se debía a que se encontraba en los pisos superiores, pues más arriba las estancias eran aún más ostentosas.
Un guardia de palacio los interceptó y susurró algo al oído del capitán que Atâva no llego a escuchar, pero de seguido el capitán se dirigió a ella para comunicarle lo que al parecer le había informado. -Mi señor, sus hermanos se encuentran en estos momentos reunidos con el visir en la sala del consejo, me piden que le lleve allí sin falta.-
-Sea-
Cuando llegaron a la sala, el ambiente se encontraba bastante acalorado. - Esto es intolerable. Ni yo ni mis hermanos hemos acudido a Adudran a permanecer en todo momento en el interior de las murallas de palacio. Si su señoría desea demostrar que tan solo se han difundido mentiras y calumnias sobre esta ciudad, haría bien de que se nos permitiera recorrer libremente sus calles para ser testigos de ello y limpiar la imagen de la ciudad ante el resto de ciudades.-
-Mi señor- se pronunció el visir -no es mi deseo manteneros recluidos entre estos muros, pero la situación que vive actualmente este reino es delicada. Hace unos días hemos recibido que los salvajes vuelven a atacar cerca de nuestras fronteras, y de hecho vuestro hermano aquí recién llegado os podrá informar en primera persona de lo ocurrido, ya que viajaba en una de las tantas caravanas que se han atacado estos días. Velo y me preocupo únicamente por vuestra seguridad, nuestros enemigos son muchos y no se detendrán ante nada para provocar nuestra caída. Vuestra presencia aquí es para nosotros una gran esperanza, pero si algo os pasara también sería para nosotros un gran desastre. ¿Qué pensarían el resto de ciudades entonces de Adudran? Asesino de hombres santos, eso dirían.-
-¿Es así Atâva?- preguntó uno de los hermanos que permanecían aún sosegados.
-Así es- afirmó Atâva, al tiempo que comenzó a relatar su viaje en la caravana, el ataque de aquellos elfos, y las pérdidas y dificultades que le habían seguido. Tras terminar, los hermanos convinieron que tomarían a bien la petición del visir, ante la promesa de que una vez calmada aquella oleada de ataques se les permitiría recorrer libremente las calles bajo la amenaza de marcharse nuevamente sin concluir su inspección y tomando las consiguientes medidas en un futuro.
Ya comenzaban a retirarse, cuando Atâva recordó un asunto aún pendiente. Se aproximó por tanto al visir que se marchaba ya por una puerta trasera.
-Mi señor, durante mi viaje me tope con un ladrón que poseía una bolsa de monedas que le era ajena, el nombre del propietario es Tud Jansen, seguramente desconozca quien es, pero desearía devolverle el objeto del hurto de mi propia mano.-
-Lo conozco bien, es uno de nuestros mejores sabios, de hecho acabo de recordar que desearía preguntarle sobre el progreso en una de las tareas que le encargue. Mis hombres se dirigirán hacia allí enseguida y le darán también su bolsa de monedas, seguramente se alegrará de recibirla.-
-Desearía, como dije, hacer la entrega en persona.-
-Mi señor la ciudad no es segura.-
-Seguro que no, pero hice el camino hacia palacio a través de los túneles, y estoy seguro que a través de ellos y con escolta no me ocurrirá nada. No habréis de preocuparos por proteger a todos mis hermanos, solo de mí.-
Ambos se miraron por un momento en silencio, pero finalmente el visir acepto. -Sea- dijo, mientras la despedía y abandonaba al fin la estancia.