Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

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Fragmento 71 por Thauld

Habían pasado ya varios días de marcha y al final habían logrado alcanzar las Ered Gaerin, un encuentro bien grato, pues la sombra de las montañas era un inmenso respiro tras largas jornadas bajo el castigo de un sol abrasador que poco parecía conocer las clemencias del otoño.

Como lugar donde asentarse aquella noche, la caravana escogió las inmediaciones a un pozo, construido hace largos años en aquella ruta comercial. Tiempo atrás los pozos estaban sujetos a un tributo, y bajo la protección de los pueblos a quienes pertenecían. Sin embargo, los mercaderes y caravaneros habían logrado que estos quedaran al fin libres, gracias a acuerdos, por los cuales también se aseguraban que permanecieran como lugares seguros, evitando que se asentaran en ellos bandidos que pudieran causar problemas al paso de mercancías de un punto a otro del desierto.

Hamad y sus hombres abastecieron nuevamente de agua sus botas, y al igual que el resto de viajeros, ellos mismos pudieron saciar entonces la enorme sed que los invadía. El frescor del agua en sus gargantas era un placer bendito, y aunque el calor envolvía aún todo su cuerpo, hallaron al fin un poco de calma y sosiego en su interior.

La noche llegó entonces al fin, y las hogueras se encendieron para combatir el frio de la noche del desierto. Y mientras unos dormían otros velaban por ellos, y entre estos se encontraba Atâva, el soldado del Puño, quien libre en la noche de su capirote notaba en su piel el viento frio que se surcaba el desierto desde las dunas hasta las tierras algo más llanas, solidas y pedregosas donde ahora se encontraban.

Como cada noche, Atâva patrullaba alrededor del campamento, alejándose un poco en ocasiones para explorar algo más allá, y estar preparada más que nadie contra los peligros que escondía la noche en el desierto. Algo, sin embargo, llamó su atención aquella noche, algo en la lejanía parecía agitarse, llevándole al soldado a acercarse para investigar. Sus ojos estaban a esa altura, dado que se encontraba lejos del campamento y más cerca de las dunas nuevamente, más acostumbrados a la oscuridad de un cielo casi oscuro, pero no por ello la visión era clara, a decir verdad de repente todo se volvió muy negro.

El alba rompió nuevamente en el horizonte, y las luces de un nuevo día trajo con ellas sus nuevas. En el horizonte los exploradores de la caravana hallaron un cuerpo tendido en la arena, casi desapercibido por lo blanco de sus ropajes. El cuerpo no era otro que el del soldado del Puño, y la noticia hizo que muchos se aproximaran apresuradamente donde se encontraba Atâva, quien lucía una fea herida en la frente la cual parecía haber cicatrizado durante la noche, dejando ya solo sangre seca. Por suerte, Atâva tan solo permanecía inconsciente, y el barullo que se generó a su alrededor hizo que al final despertase, pues hasta entonces nadie parecía haberse atrevido a hacer nada, salvo Taurigale quien tras despertar de su asombro a Hamad y a Stygh, y junto con ellos a Darher y Rom, había conseguido que estos le trajeran agua y vendas, encontrándose en aquel momento la elfa concluyendo la limpieza de la herida y su posterior vendaje.

-¿Qué ha pasado aquí?- Quiso saber Atâva incorporándose rápidamente, y por ello de una forma un tanto torpe, mirando a su alrededor y pareciéndole entonces encontrarse en un lugar algo distinto al cual se encontraba la pasada noche.

-Te han encontrado aquí inconsciente, y seguidamente nos han avisado al resto. No nos hemos atrevido a moverte porque no sabíamos inicialmente la gravedad de los daños que pudieras tener- le informó amablemente Taurigale. -Por otra parte, creo que te vendría sentarte un instante más hasta que te recuperes plenamente- añadió mientras sostenía a Atâva entre sus manos y le indicaba que se sentara nuevamente.

Atâva no opuso resistencia a aquello, mientras intentaba recobrar la consciencia por completo, y recordar los hechos de la pasada noche. Aquella pausa, sin embargo no fue muy larga, ya que los exploradores dieron la voz la alarma y se apresuraron todos nuevamente a su posición. La causa de tal alboroto no era para menos, algo más lejos de donde se encontraban había dos cuerpos más tirados sobre el desierto, esta vez muertos, tal como indicaba las profundas heridas en las gargantas sobre las cuales sobresalía la tráquea sesgada en y colgando del cuello a modo de pañuelo o soga. Ambos hombres, eran sin lugar a dudas hombres de Nergol, y la brutalidad del asesinato parecía indicar un ajuste de cuentas. Lo que no quedaba claro era quien, y cómo, ya que allí solo se encontraban ellos y los exploradores no habían visto a nadie acercase a su posición durante la noche. Solo Atâva parecía tener bien claro que aquello debía de estar relacionado de alguna forma con su ataque, como a muchos tal idea comenzó a sobrevolar en sus mentes. Pero el porqué de que ella seguía con vida, no era una intriga menor. Dejarla con vida, era una imprudencia ya que bien podría haber recobrado la consciencia a tiempo para presentar un problema o llegar a recordar algo que permitiera reconocer a quien o quienes habían cometido tales delitos. Por otra parte era bien sabido que matar a un miembro del Puño era un error colosal como pocos. Aquello y la razón por la que matar a aquellos hombres, unos cualquiera a sus ojos, y de aquella bestial manera, eran otras de tantas cuestiones aún por aclarar de aquel crimen.

El barullo finalmente fue silenciado cuando Nergol se adelantó hacia donde se encontraban sus hombres muertos, trayendo con él unos cuantos de sus hombres, llevando un par de ellos palas sobre sus hombros. La mirada Nergol se dirigió serena al resto del grupo, tras dejar claro que no descansaría hasta hallar al culpable, comunicó su intención de dar sepultura en aquel lugar a sus hombres, y tras terminar las tumbas sus hombres así lo hizo.

Nergol tuvo para sus hombres unas cuantas palabras amables, tras las cuales se les dieron finalmente entierro. Una vez terminada la ceremonia, el grupo se alejó de vuelta a la caravana para emprender de nuevo la marcha. Mientras a Rom de camino a su caballo no se le quitaba de la mente el rostro de uno de los difuntos, aquel a quien había castigado duramente Nergol al comienzo del viaje, Atâva se acababa de topar con algo. Al intentar montar a su caballo, una nota parecía habérsele desprendido de sus ropajes. Era una pequeña nota, escrita en un papel austero con letras en mayúsculas, simples y claras: "Vuestro secreto es ahora también mío, mujer-soldado". Atâva apretó con furia la nota y la guardó seguidamente bien entre sus ropajes. Aquella nota bien podría servirle más tarde para dar con su autor, algo de lo que éste a bien seguro se arrepentiría.

Fragmento 72 por Elessurendil

Rom no podía volver a dispersarse. Sentía como si el fantasma de aquel bandido canalla estuviera por atacarlo en cualquier momento. No era que nunca hubiera visto un cadáver, sino que esta muerte sonaba a ajusticiamiento, una especie de desquite contra la ofensa que le habían infligido antes. Este hombre ya no tendría recorrido de vuelta, ya no habría posibilidad de olvidar lo ocurrido y empezar de nuevo, pero lo que lo hacía volver a repetirse mentalmente los movimientos básicos de la esgrima era que todo esto olía muy fuerte a no ser un hecho aislado; habían atacado a un miembro de la Justicia, alguien había acometido a aquellos dos tipos sin dejar al menos un solo rastro de que presentaron digna contienda, el o los criminales no podían haber ido lejos, o, más que seguro, seguían entre ellos. Había elementos imprecisos, mínimas ocurrencias aisladas, que permitían comprender un todo que los excedía a todos ellos ahí, pero lo que se configuraba era una imagen tan poco clara como el mismo cielo se estaba tornando entonces.

Stygh, por otra parte, había pasado a la próxima parte de su plan. Ahora iría directo a Nergol.

[Editado por elessurendil el 04-05-2010 03:48]

Fragmento 73 por aratir

Mientras la caravana proseguía bajo la protección de las altas cumbres de las Ered Gaerin, los viajeros pudieron vivir unos días menos calurosos que los que habían pasado antes de llegar a aquel lugar. Era mediodía cuando se acercaron a al extremo sur de la cadena montañosa, a la luz clara pero algo pálida del sol de otoño. Taurigale, montada en el camello de Stygh, se hallaba intranquila. Realmente lo estaba desde el momento en que habían sido encontrados los cuerpos sin vida de los hombres de Nergol. Aquel viaje no estaba resultando tan tranquilo como presuponía y el ambiente se notaba tenso desde entonces pues, a pesar de las amables palabras que él había tenido en el entierro de sus hombres, subyacía el humo de la desconfianza.

Aprovecharon la falda norte de una colina cercana para acampar y poder asearse y comer algo. Afortunadamente, los exploradores habían encontrado algo de comida en las montañas cercanas. Por ello mismo la ruta comercial se acercaba tanto a las faldas de las Ered Gaerin, porque entre sus desfiladeros podrían encontrar algo de caza animal para poder alimentarse.

La mujer aprovechó, después de probar algo de aquella carne, algo de queso comprado en el Oasis de Hirad y saciar su sed, para evadirse de entre la gente. Sabía que Stygh aprovecharía para intentar acercarse a Nergol y tenía que dejarle a solas. No es que confiara en que el sureño pudiera obtener alguna información sobre el falso comerciante pues sabía además que ésas no eran sus intenciones, pero aún así quería darle intimidad. No obstante, hacía ya días que ella se había dado cuenta de que Stygh y ella no compartían los mismos objetivos, el sureño estaba empeñado en evangelizar a Nergol y llevarlo por el buen camino. Taurigale le había repetido hasta la saciedad que aquello sería imposible pero, debido a la insistencia de Stygh, había desistido de intentar convencerlo. El sureño, cuando se empeñaba en algo, no cesaba en su perseverancia.

La hechicera avanzó lentamente y procurando no ser vista hacia un recodo de la colina, en donde no sería vista. Unos matorrales altos le ayudaron, llegó hasta ellos y entonces silbó lo más tenuemente que pudo. Al rato, se pudo ver en el cielo una mancha negra que se hacía más grande conforme se acercaba. Se trataba de un ave, más concretamente de un águila, la cual se posó en el brazo de ella. Ya había recurrido antes a Amajir, el águila, antes de partir de Dassart, para que le enviase un mensaje al anciano Yijda. Durante aquel día, la mujer había visto al ave sobrevolando la caravana.

El águila, que según comprobó Taurigale tenía una herida en el ala izquierda, compartió el mensaje que traía para ella. Provenía del anciano Yijda. Le avisaba que le había enviado a alguien que le ayudaría con su misión. Se encontraría con él en el embarcadero del Oasis de Emyn Lis. Después, la mujer sacó una bolsa que traía con ella y se dispuso a curar al ave. Afortunadamente, Yijda no se había olvidado de ella a pesar de que Amajir había estado a punto de no poder traer el mensaje de vuelta.

Cuando acabó de curar al ave, Taurigale le dijo en un susurro casi inaudible:

"Reposa tu herida en las cumbres de las Ered Gaerin, Amajir. Cuando haya cicatrizado, tienes que hacerme un favor..."

Tan rápido como ella terminó de pronunciar su mensaje, el ave arrancó el vuelo y se perdió en el cielo azul, tras las montañas de Ered Gaerin. No sabría si Amajir podría traerle noticias de él, hacia tantos meses que no sabía nada él que temía que estuviera perdido. Aún así, confiaba en la providencia.

Taurigale escuchó unas voces. Provenían de la caravana y avisaban de que el viaje se iba a reanudar.

[Editado por aratir el 11-05-2010 20:58]

Fragmento 74 por Elfo_Negro

Las horas habían pasado rápidas y el calor empezaba a ser molesto. Los muertos habían sido enterrados en la abrasadora arena del desierto.

Las montañas de Ered Gaerin se levantaban imponentes, rompiendo la monotonía del paisaje.

Nergol se lavaba las manos en un pequeño abrevadero de madera que descansaba, en una especie de inestabilidad perpetua, junto al pozo; se paso las manos chorreantes por su desgastada y ya vieja cara y se sintió mejor. Hacía tiempo que había dejado la juventud atrás, pero aun no se le podía llamár anciano ni viejo, conservaba casi toda la fuerza de la juventud pero los años y su dura vida le habían marcado el rostro con unas primeras arrugas y con unos rasgos duros y secos.

Ahora serían dos menos, y presentía que los hecharía en falta. No, no nos confundamos, aunque Nergol tenía su corazón y era capaz de estimar e incluso amar, no era eso lo que sentía por sus hombres muertos, sólo sentía por ellos una vaga camaradería, pero los conocía hacía demasiado poco para pensar en ellos como auténticos “iguales”, como copartícipes de un mismo destido, más bien le importaban un comino, pero sabía de lo delicado de su misión y de lo debilitada que había quedado su comitiva, la carga sería más vulnerable que nunca y su posición de fuerza dentro de la caravana se desvanecía. Ahora, más que nunca, debería explotar la baza de la diplomacia que había iniciado con Garlan. Era verdaderamente una lástima que esos dos idiotas se hubiueran hecho matar.

Se frotó una pequeña mancha en el pantalón de cuero, antes del amanecer había limpiado, creía, su ropa y esa manchita le importunó. El desierto había resultado más sucio de lo que parecía a simple vista.

El agua, ya caliente por el sol, resbalaba por su rostro y por su cabeza pelada, deteniéndose en el cuello de la camisola blanca, algunas gotas conseguían sortear la barrera de la ropa y se colaban, lentamente, pecho abajo.

Todo estaba preparado para continuar el viaje, la próxima parada importante sería el Oasis de Emyn Lis, los animales gruñeron, los carros iniciaron su canto quejumbroso y de nuevo la caravana se puso en marcha.

Nergol, receloso, miró a su alrededor, centró su mirada en la nuca de Atâva, el “gran soldado del Puño” y sus ojos negros brillaron como pez hirviente; pensó en sus hombres muertos y enseguida buscó a Garlan, debería precipitar sus planes y intensificar el intento de mejorar su “imagen” dentro de la caravana, lo vió, también más adelentado que su ya pequeña compañía.

Había decidido ya ir en su busca, y estaba a punto de espolear a su caballo, cuando el llamado Stygh se puso a su lado, dispuesto, parecía, a hablarle.

Fragmento 75 por peregrinoscuro

"Dos cadáveres y un herido... Y yo soy un explorador... "

Garlan pensaba en los hombres, o mejor dicho, temía lo ocurrido. Si había alguien capaz de eliminar a hombres curtidos y dejar inconsciente al guerrero del puño, ¿qué podría pasarle a él, más joven e inexperto? No pudo contener una mueca de disgusto. Cierto era que había desarrollado una especie de sentido extra, una sensación en sus tripas cada vez que estaba en problemas... Pero el asunto era que no había notado nada en sus rondas, ni tampoco en esa noche, que -por suerte- había tenido de descanso.

Palpó las plumas de cuervo y oca que adornaban sus flechas, y también comprobó las cintas que ataban su espada en la cintura. Si era necesario, lucharía por su vida, aunque el hecho de que fueran aliados del oriental los moribundos lo extrañaba. "¿Acaso había sido un ataque desde dentro?" Pensó en los hermanos sureños, uno de ellos predicaba el perdón, ¿pero cuán cierto sería que sentía en su corazón esa sensación?

Observó hacia atrás, donde Nergol era interceptado por el que se llamaba Stygh. Seguramente iría a darle el pésame. Desde hacía unos días, apenas habían cruzado palabra. No era recomendable, podría parecer que se había convertido en un amigo caravanero, y Nergol le indicó que eso no sería recomendable.

"Quizás sea un buen momento para entablar contacto con el resto. Desde lo ocurrido hace ya días, apenas he tratado con nadie, salvo con Hamad para informarle del estado del camino..." pensó. La muchacha de la taberna seguía a buen ritmo la caravana. Montada en un camello. "Debería haberlo cambiado por un caballo... esas monturas son buenas para el desierto... pero no tanto para las montañas."

Espoleó a Aghio -única palabra ante la que el caballo mostraba responder- y se acercó a la muchacha. Cualquier persona era una buena elección para limpiar la imagen de su "aliado".

Fragmento 76 por aratir

Las largas y penosas jornadas fueron pasando sin alguna novedad. Aunque nadie en la caravana había olvidado lo sucedido bajo las cumbres de las Ered Gaerin, todos disimulaban y fingían absoluta normalidad. No obstante, muchos ojos se fijaban disimuladamente en el soldado del Puño, esperando el momento en que Atava recordase quién le había atacado. Se sabía que había muchos bandidos en el desierto, aunque en aquella parte del mismo, debido a las buenas labores de la Orden del Puño, hacía años que eran menos frecuentes. Así que ahora, la duda había renacido pues quizás los proscritos y los bandoleros ya habían perdido el temor hacia los soldados del Puño.

Las Ered Gaerin seguían siendo el testigo de su viaje y les avisaba que la palidez del desierto pronto no estaría sola, pues las aguas del río Emyn Lis ya estaban a menos de dos días de camino. Las noches de octubre empezaban a ser bastante frías. En aquellos días, Taurigale había olvidado las preocupaciones gracias a la compañía de Garlan, el bardo que había conocido en una posada del Oasis de Hirad. Aquel muchacho se sabía muchas canciones y relatos y siempre tenía algo interesante que contar, y era algo que ella agradeció ahora que Stygh estaba tan poco comunicador. Apenas le había contado qué había hablado con Nergol durante aquellos largos días desde que fueran hallados muertos dos de sus hombres. Cuando Taurigale le preguntaba algo sobre él, Stygh intentaba evitar hablar de ello.

Cuando habían pasado casi dos semanas desde lo ocurrido a Atava y a los dos hombres de Nergol, Garlan y el resto de exploradores llegaron informando que a varios kilómetros estaba el embarcadero de Emyn Lis. Hacía algunas horas que se habían levantado por lo que aquella noticia fue bien recibida pues antes de mediodía podrían estar en el pequeño oasis.

El Oasis de Emyn Lis era un asentamiento humilde que estaba situado a doscientas millas de las faldas de las Ered Gaerin y que estaba surcado de noroeste a sureste por el caudaloso río de Emyn Lis, testigo milenario de grandes pueblos. Aunque se conservaba algunas ruinas de otras edades del sol, en aquellos días apenas había un pequeño poblado de tribus seminómadas haddaryai con algunos cultivos frutales como naranjos, y también había cultivos trigales o algodoneros. Era una auténtica isla verde situada en el desierto. Una pequeña posada, algunos pozos de agua potable y un pequeño y humilde mercado servían de punto de encuentro para distintas caravanas que cruzaba el desierto de una ciudad a otra. Para continuar el viaje, las caravanas habrían de cruzar el río con la ayuda de unas balsas.

Como se había planeado, una hora antes de mediodía, la caravana de Hamad alcanzó el pequeño poblado situado a orillas del río.

Fragmento 77 por Aragorn_II

Después de casi un mes, el duro, fatigoso y penoso viaja a través del desierto había llegado a su fin. Madair, pues había decidido no revelar su verdadero nombre, siempre había pensado que se desenvolvía bien en el desierto y creyó que esta travesía no supondría ningún problema para él. Sin embargo, las tierras que se extendían alrededor de Adudran eran suaves comparadas con la extrema dureza del corazón del desierto. De haber ido solo, habría muerto sin remedio, pero el guía con quien había partido gracias a Yijda, miembro de una de las tribus nómadas que habitaban el desierto entre Adudran y y Dassart, le había salvado de una muerte espantosa gracias a sus conocimientos y a sus sabios consejos.

Cuando estuvieron a media jornada del oasis que se hallaba al cobijo de las Emyn Lis, Madair se despidió de su guía dándole una vez más las gracias por todo lo que había hecho por él. Y mientras el joven de Adudran avanzaba hacia el pequeño oasis, el curtido hombre del desierto daba media vuelta y se internaba solo en el desierto, como tantas veces había hecho. Las pocas horas que transcurrieron hasta que llegó a las Emyn Lis Madair las pasó pensando en la misión que le había encomendado Yijda. Debía hallar a una mujer, una especie de druida llamada Taurigale que viajaba en la caravana de un hombre llamado Hamad. Madair se preguntó qué podía hacer una druida de los bosques en pleno desierto, e incluso pensó en cómo había llegado a Adudran en primer lugar y en qué circunstancias había conocido a Yijda. Y por encima de las demás cuestiones que rondaban su mente, Madair se preguntaba qué asuntos habían llevado a una joven mercader como Taurigale hasta Dassart, pero sabía que fueran los que fueran, eran de vital importancia. Cuando notó que la vegetación comenzaba a abundar, Madair apretó el paso, y un par de horas antes del ocaso alcanzó las Emyn Lis, y esperó no llegar demasiado tarde.

El oasis de Emyn Lis era una parada obligada para todas las caravanas que hacían la ruta entre Dassart y Adudran, pues no había ningún vado para cruzar el río Lis, cuyo cauce era ancho y sus aguas corrían rápidas hacia el sur muchas millas, por lo que era imposible rodearlo. El oasis se encontraba en la orilla este del río, al abrigo de las faldas occidentales de las colinas. Aparte de las ruinas de anteriores civilizaciones, allí había varias edificaciones, siendo la principal de ellas el embarcadero, en donde se cobraba el peaje a las caravanas que cruzaban. Madair echó un rápido vistazo por el oasis, y no vio ninguna caravana que encajara con la descripción que le había dado Yijda. Se encaminó hacia los establos, y habló con su dueño.

-Buenas tardes buen hombre, ¿cuánto me costaría que mi caballo pasara la noche aquí y fuera bien atendido y cuidado?- preguntó Madair, intentando quitar el polvo de sus ropas.

- Le costaría cuatro monedas de plata, caballero- respondió el hombre, que no pudo disimular una torva sonrisa al ver el porte y las buenas ropas de Madair.

-Está bien. Aquí tienes- dijo Madair, sacando diez monedas de plata de una pequeña bolsa de cuero que guardaba en uno de sus bolsillos. Los ojos del hombre brillaron de codicia, y Madair no pudo evitar sonreír. Pero antes que pudiera coger las monedas, Madair agarró fuertemente la mano del hombre –Pero antes, me gustaría que me respondieras a algunas preguntas. ¿Han pasado muchas caravanas procedentes de Dassart en los últimos días?-

-No, sólo un par de ellas. Estos días han venido más caravanas de Adudran- respondió el hombre, quien pese al dolor, aún conservaba ese brillo en sus ojos.

-¿La de Hamad quizás? Porque supongo que conocerás a Hamad…-dijo Madair, ejerciendo más fuerza sobre la muñeca del hombre.

-¡No! Hace tiempo que no vemos a Hamad por aquí…- respondió el hombre, que se retorcía sobre las desvencijadas maderas. Madair lo miró unos segundos, escrutando su rostro. Finalmente, lo soltó, y se alejó.

-Muchas gracias buen hombre. Asegúrate de que mi caballo es bien atendido… Ha sido un placer hacer negocios juntos- dijo antes de irse, mientras observaba divertido como el hombre echaba mano rápidamente a las monedas.

Madair pasó la noche en la posada del oasis, y despertó con las primeras luces del sol. Se refrescó con el agua del río, y después de asegurarse que su caballo estuviera bien cuidado, subió a lo alto de una colina en la que se hallaban los restos de construcciones antiguas. Los examinó, y se quedó allí, observando el horizonte, con los ojos siempre puestos en el oeste, esperando la llegada de alguna caravana. No tardó en advertir unos pequeños puntos negros que se movían hacia el este. Poco a poco, se fueron acercando, y cuando Madair estuvo seguro que se trataba de una caravana, descendió de vuelta al oasis. Mientras esperaba sentado junto a una de las fuentes, a la sombra de una palmera, contempló cómo los diversos carros cruzaban el río a bordo de las pequeñas barcas. Madair examinó cuidadosamente a los integrantes de la caravana. Al frente de la misma estaban varios hombres, el caravanero y algunos exploradores, y después vio algo que le llamó la atención: un soldado de la Orden del Puño Llameante. También había varios hombres vestidos de negro que parecían custodiar un carro en especial. Y finalmente, vio lo que esperaba encontrar. En uno de los camellos, compartiendo cabalgadura con un muchacho sureño, había una joven pelirroja. Madair sonrió, pero sabía que no podía acercarse a ella a la luz del día. Yijda le había dicho que era fundamental que hablara con ella a solas, ocultos a la miradas de ojos indiscretos. Viendo el ajetreo de la caravana, sabía que eso sería imposible hasta el momento en que la joven se fuera a dormir.