Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

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Fragmento 85 por Aragorn_II

Cuando Hamad se marchó, Madair observó detenidamente a Darher, aunque también reparó en un muchacho de rostro pálido que había entrado poco después que Hamad y su hijo, y que se había quedado mirando embelesado a Cararé. Madair esbozó una leve sonrisa, aunque desapareció al ver cómo la bella muchacha de dorados cabellos se levantaba y se acercaba a Hamad para hablar con él antes de que saliera de la taberna. Sin embargo, la voz de Darher le devolvió a la realidad.

-Perdone, le decía que aún nos queda por registrar su lugar de nacimiento y su destino- dijo Darher tranquilamente.

-No, perdóname, me había distraído con un muchacho que se ha quedado mirando a la bella mujer de la mesa del fondo que está hablando ahora con tu padre- respondió Madair cortésmente, señalando con la cabeza primero a Rom y luego a Cararé

-Ah, sí, es Rom, viaja con nosotros. Y supongo que la chica quiere unirse también a la caravana- dijo Darher.

-Bueno, parece algo ruborizado ahora… seguro que va a dar mucho de qué hablar toda la tarde a los que están en la taberna- replicó Madair con una sonrisa pícara. Viendo que en el semblante de Darher se reflejaba un atisbo de impaciencia, continuó –Pero bueno, vamos a lo que nos importa. ¿Mi lugar de nacimiento y mi destino, dices? Pues la respuesta a ambas preguntas es Adudran-

-Muy bien. ¿A qué se dedica y cómo ha acabado en un oasis en medio de ninguna parte?- preguntó Darher.

-Otra vez te voy a dar la misma respuesta a tus dos preguntas. No me dedico a nada en concreto –dijo Madair encogiéndose de hombros y tomando un trago de cerveza –Estos últimos meses los he pasado viajando por Ambaron, vagabundeando por los caminos del desierto, si prefieres expresarlo así. Partí de Adudran con un compañero, y ambos nos dirigíamos al este, a conocer esas tierras de las que tan poco se sabe en Adudran. Pero un par de días antes de llegar aquí, al Oasis de Emyn Lis, mi compañero tuvo un accidente, se cayó del caballo, y se partió el cuello. Por suerte para mi, pude encontrar fácilmente el oasis, y dadas las circunstancias, deseo volver a Adudran cuanto antes-

-Ya… ¿y no puede especificar un poco más?- preguntó nuevamente Darher, al que no le convencían las palabras de Madair.

-Lo siento, no puedo. De todas formas, y aunque resulte extraño en estos tiempos, no es ningún crimen querer recorrer el ancho mundo para conocer las tierras lejanas que no aparecen en los mapas, y de cuyas gentes no sabemos nada- replicó Madair.

-Muy bien. Entonces está todo en orden. ¿Ya ha aclarado con mi padre la suma a pagar?- dijo Darher.

-Sí, también le dije que mi caballo está en el establo que está frente a la posada, por lo que no necesitaré cabalgadura alguna- respondió Madair mostrándose afable.

-Perfecto. Mañana nos veremos entonces. Partimos dos horas después del alba, sea puntual, o se quedará en el oasis- dijo despreocupadamente Darher terminando de escribir unas notas en su cuaderno.

-Allí estaré, muchas gracias por todo- respondió Madair, y ambos se despidieron.

Madair sabía que no podía decirle a Darher la verdad y también que era prudente no mentir en exceso al hablar de estos asuntos, aunque ello pudiera provocar algunos recelos. En una caravana de comerciantes y mercaderes que recorre el desierto siempre se reúnen gentes de la más diversa procedencia, y la posibilidad de que le descubriesen en una mentira era mucho más peligrosa que cualquier tipo de suspicacia o recelo que pudiera provocar su poca predisposición a contestar preguntas. Mientras terminaba su cerveza, Madair se quedó pensando un poco más en Cararé. Parecía distinta a todas las demás muchachas, e incluso pensó que podría tratarse de una Elfa, la primera de la Hermosa Gente que había visto en su vida, y ahora entendía la poca justicia que le hacía ese apelativo a los Elfos. Sin embargo, Madair pensó también en lo que la había podido llevar a aquélla parte del mundo, aunque en el fondo sabía que era una pérdida de tiempo especular sobre esos asuntos. Ya tendría tiempo de hablar con Cararé si fuera preciso.

Madair pagó al tabernero la comida y las cervezas, y salió de la posada. Quería estar lejos de sus nuevos compañeros de viaje, no quería hablar con ninguno hasta que antes no lo hubiera hecho con Taurigale. Recorrió el oasis de un extremo a otro varias veces, y se acercó a explorar las ruinas que se hallaban cerca de él. Se preguntaba qué podían haber sido en otro tiempo aquellos muros derruidos y qué sujetaban esas columnas que aún se erguían orgullosas. ¿Qué civilización ahora perdida y olvidada había morado en aquél paraje desolado? Entonces, a Madair le vinieron a la mente las enseñanzas de su maestro Yijda, y recordó cuando éste le contaba que hubo un tiempo en que las tierras que hoy no eran más que un desierto otrora habían sido verdes y hermosas. Y Madair se quedó allí, caminando entre las ruinas como si de un espíritu de otros tiempos se tratase, intentando imaginar cómo habían sido en el pasado y qué gentes habían vivido allí, si habían sido malvados o bondadosos.

Las horas pasaron, y el sol se ocultó en el lejano occidente. Madair regresó al oasis y fue a la posada. Le pidió al tabernero algo de cenar y lo llevó a su habitación, pues la sala común estaba muy concurrida con los miembros de la caravana de Hamad. Allí vio al propio Hamad y a su hijo, al soldado del Puño Llameante, a varios hombres y a Taurigale. Comió rápidamente, y cuando hubo terminado salió al patio interior de la posada, y fue hasta una esquina oscura. Apagó las lámparas cercanas y esperó pacientemente junto a la puerta de lo que debía ser el almacén o la despensa de la taberna. Desde allí nadie que saliera desde la sala común podía verle a menos que se acercara mucho, pero él en cambio tenía una amplia perspectiva del patio interior de la posada, y podía ver a qué habitación se dirigía cada persona. Siguió esperando hasta que por fin vio salir a Taurigale, sola. La siguió con su mirada hasta que se acercó a su habitación, una de las que daban hacia el norte. Madair sonrió, y asegurándose que nadie podía ver de dónde había salido, regresó tranquilamente a su habitación.

Esperó hasta pasada la medianoche para actuar, cuando el ruido proveniente de la sala común cesó, al igual que las idas y venidas por el patio. Sigilosamente, Madair se escabulló por la ventana exterior de su habitación, pues no podía arriesgarse a que alguien lo viera junto a la puerta de la estancia de Taurigale. Recorrió el perímetro de la posada, y sin mucho esfuerzo localizó su objetivo. No le fue difícil abrir la ventana y entrar por ella sin hacer ruido, aunque la cerró velozmente por si el frío aliento de la noche despertaba a la mujer. Taurigale dormía plácidamente, y sin hacer ruido, Madair se acercó a ella. Sabía que no podía dejar que gritara al ser despertada repentinamente por un hombre en plena noche. Desenvainó su daga, y mientras su mano izquierda tapaba la boca de la mujer, con la diestra le colocó el puñal en su garganta. Taurigale despertó inmediatamente al notar el contacto del frío acero sobre su piel, y enseguida fue consciente de su situación.

-Tranquila Taurigale, no quiero hacerte ningún daño, pero debo asegurarme que eres quién creo y que no vas a hacer ningún ruido o movimiento brusco. Me llamo Diladal Abahgar, aunque viajo con el nombre de Madair, y me envía Yijda para que te ayude en lo que sea preciso. Me pidió que te dijera que no pasará mucho tiempo antes de que el viento agite las hojas del árbol y la luz roja sea de nuevo restaurada. Me dijo que tú lo entenderías- dijo Diladal, y vio un brillo en los ojos de Taurigale, un brillo de alivio y esperanza. Entonces, volvió a envainar su daga y liberó la boca de la muchacha.

-¿No podías haber encontrado otra forma de hablar conmigo sin llamar la atención?- preguntó Taurigale molesta.

-Yijda me dijo que era de vital importancia que nadie nos viera hablar juntos, ni tan siquiera que nos vieran cerca. Pensé que colarme en tu habitación en mitad de la noche parecía la única opción viable- respondió Diladal con una sonrisa.

-Hay formas mejores para llamar la atención de una dama que irrumpir de noche en su alcoba. Pero bueno, centrémonos en lo que realmente importa. Me preocupan muchas cosas que están pasando en este viaje- Taurigale le narró entonces a Diladal los sucesos que habían ocurrido desde que partiera de Dassart, todos relacionados con Nergol- Ése hombre no es de fiar, tiene mala fama en Adudran. Según me contaron el caravanero y su hijo, va en este viaje como comerciante llevando un cargamento de higos secos a Adudran, pero se ha mostrado siempre receloso con ese cargamento y creo que en realidad sus barriles ocultan algo que no son higos- dijo Taurigale.

-Y tanto que tiene mala fama en Adudran. El poco tiempo que estuve en la guardia de la ciudad oí su nombre varias veces, y siempre era pronunciado con temor. Por lo que yo sé, es un asesino y un ladrón bastante escurridizo- replicó Diladal, que se había sentado junto a Taurigale.

-¿Tú estuviste en la guardia de Adudran?- preguntó recelosa Taurigale.

-Sí, y entiendo que eso no te inspire mucha confianza… pero no te preocupes, Yijda me preparó bien y no duré en ella más que un par de años, y la mayor parte del tiempo los pasé de patrulla en el exterior. ¿Oíste hablar de la muerte de Kalufahan, la mano derecha del visir, y los soldados que lo acompañaban? Bueno, digamos que tienes a tu lado al hombre que los mató- dijo Diladal, y después le habló de sus días con la banda de Rabbá y cómo se había convertido en Habalain.

-Eso sí que no me lo esperaba… Desde luego Yijda ha enviado a la persona adecuada para ayudarme en mi misión- dijo Taurigale.

-¿Y cuál es tu misión?- preguntó intrigado Diladal.

-Mi misión es sencillamente vigilar a Nergol- respondió Taurigale.

-¿Y por qué? ¿Qué hace tan especial a Nergol? Hay mucha gentuza como él en Adudran- replicó Diladal.

-Quiero saber si realmente ese cargamento es inofensivo. En caso contrario averiguar si tiene algo que ver con el visir, pues de éste me fío aún menos- Taurigale se mostró más misteriosa a continuación y le dijo casi en un susurro- Los tiempos de paz en Ambaron se acaban, Diladal, sólo falta por saber de manos de quién puede venir la guerra. Y si estoy en lo cierto, necesito tu ayuda para observar más de cerca a Nergol-

-¿Guerra en Ambaron? No ha habido ninguna guerra desde que murió Haddar hace un siglo. Los viejos Clanes de Vanwendor han desaparecido o han retrocedido, y entre las ciudades Haddaryai no existen tensiones importantes como para desencadenar una guerra. Además, ninguna es lo suficientemente fuerte como para iniciar una campaña de conquista. ¿Quién o quiénes podrían iniciar una guerra en Ambaron? ¿La Orden del Puño Llameante, para extender sus ideas de orden?- preguntó sorprendido, y alarmado, Diladal.

-Hace seis décadas una ciudad élfica fue saqueada por tropas de Adudran. No te culpo realmente, los sultanes se han esforzado porque aquella ciudad no sea recordada… pero sí, realmente en Ambaron hay paz desde hace mucho tiempo. Sin embargo, no sabría decirte por qué, pero es algo que nosotros presentimos- respondió Taurigale.

-¿A quiénes te refieres cuando hablas de nosotros? ¿Y qué pasó en aquella ciudad élfica? Yijda nunca me habló de ella…- volvió a preguntar Diladal.

-A Yijda y a mí. En cuanto a aquella ciudad has de saber que se llamaba Losanost aunque podremos hablar de ello en otra oportunidad. Realmente es tarde y mañana espera un largo viaje. Sólo falta saber si estarás dispuesto a ayudarme, estaré agradecida de contar con ayuda. No te culparé si prefieres continuar con tus asuntos- respondió Taurigale.

-Le prometí a Yijda que te ayudaría, y eso haré. Y si mis actos pueden ayudar a prevenir esa guerra, o al menos a que estemos más preparados para ella, estaré contento. Pero, ¿qué tiene que ver el visir de Adudran con Nergol?- preguntó aún más sorprendido Diladal.

-Eso me gustaría saber, si tiene algo que ver. Unos días antes de partir de Dassart, vi como los hombres del visir arrestaban a Nergol y lo conducían al palacio del visir. En ese momento pensé que Nergol se habría metido en algún lío pero no mucho después de aquello descubrí que Nergol viajaba a Dassart. No sé, llámalo intuición, pero mi mente asoció ambos hechos- respondió Taurigale.

-Desde luego algo muy extraño hay en esto. Si el visir hubiera querido a Nergol muerto, los soldados no le habrían conducido al palacio, se habrían encargado de él nada más encontrarlo. O lo habrían llevado a las mazmorras a ser torturado, nunca he visto ni he escuchado que alguien que ha sido arrestado y llevado a palacio haya salido con vida- dijo Diladal.

-Quizás el cargamento no tenga que ver con el visir y mi viaje ha sido en vano, pero ¿crees que un asesino se tomaría la molestia en ayudar a un simple comerciante a traerle un cargamento de higos secos?- terció Taurigale.

-No, por supuesto que no, a menos que el cargamento fuera especialmente valioso. Además, los hombres que lo acompañan… No creo que en los barriles haya higos secos de Dassart. Sea lo que sea, tiene mucho valor para alguien en Adudran. Puede que sea hasta algo peligroso- dijo Diladal.

-Por ello envié a Amajir para que Yijda me ayudase. Si realmente es algo peligroso e importante, no voy a poder cumplir esta misión sola. Es difícil acercarse a Nergol, quizás la única solución sea ganarse su confianza de alguna manera. Pensé en ganarme sus favores con mis encantos de mujer, pero definitivamente no es mi tipo de hombre- informó ella con una sonrisa.

-Y por lo que he podido ver, no son pocos- replicó Diladal con una sonrisa pícara -¿Tienes alguna idea de cómo podría acercarme a Nergol y ganarme la confianza de ese asesino? Si me acerco yo, sin duda sospechará algo, y además lo más probable es que me reconozca como Habalain por mi indumentaria-

-Tampoco eres mi tipo de hombre, Diladal- dijo con otra sonrisa -En cuanto a que te reconozca como Habalain puede ser un problema. Pero bueno mañana será otro día y nos queda un largo camino, ya se nos ocurrirá algo- dijo Taurigale.

-Es verdad, siento haberte robado este rato de sueño. De todas formas, no creo que sea prudente hablar durante el día. Por lo que me has dicho, es probable que Nergol no te vea con buenos ojos e incluso que sospeche que vas tras su pista. Si nos viera juntos, no dejaría que me acercara a él. Pero seguro que encontraremos el modo de estar en contacto. Buenas noches, que descanses. Cuando me vaya, acuérdate de cerrar la ventana, que desde fuera es imposible- dijo Diladal, y se fue sigilosamente.

[Editado por Aragorn_II el 03-06-2010 16:19]

[Editado por Aragorn_II el 27-11-2010 14:08]

Fragmento 86 por peregrinoscuro

El sonido ronco y grave de un cuerno. El rasgar de una bestia gigante tratando de echar abajo una pared. El roer de un hueso para poder sorber el tuétano de la carroña. Todo eso y más era lo que le llegaba al bardo nacido en Gondor.

Garlan trataba de poder dejarse caer entre los brazos del sueño, pero algún cohabitante de posada roncaba como él solo. Finalmente, tras lavar su rostro con un poco de agua, decidió bajar y dar una vuelta por la posada -lo que venía a ser bajar hasta donde estaba la barra y sentarse a esperar.

¿Qué esperaba? Lo que esperaría cualquier muchacho joven con falta de sueño: Una buena pelea, una hermosa dama o una amarga cerveza. Deambuló entre las mesas de la zona habilitada para comer y pensó en los avances que había hecho para limpiar el nombre de Nergol: Casi ninguno.

Pensándolo bien, o no había tenido ocasión, o había sido fiel a la fama de que todo bardo encierra un vago en su interior. Se apoyó en un rincón y sonrió mientras cruzaba los brazos.

"Y ahora, entran asaltantes en la posada, como en los cuentos de viejas..." pensó.

Fragmento 87 por Elfo_Negro

Durante la tarde había estado hablando con sus hombres y con Garlan, poco más podía hacer.

La nota para confundir, una escapada bien coordinada y rápida… poco más podía hacer.

Esperaba no tener que utilizar nada de ello y poder llegar sin contratiempos a Adudran, cumplir su parte del negocio y que el visir cumpliera la suya dándole oro más que suficiente para toda una vida.

Entró en la habitación que le habían preparado y se tumbó para descansar del largo viaje. Recapituló lo que le había llevado hasta ahí e intentó planear cómo continuar. Todo ese asunto era muy peligroso y lo que llevaba en los Barriles… aun más, -¡bah! me importa una higa- (se rió de su absurdo juego de palabras).

No, no eran higos secos… era algo más peligroso –lo inventó un mago- le había dicho el vendedor en un susurro –hace mucho, uno de esos magos de occidente-

Tanto le daba quien lo inventó, sólo le importaba que corría un peligro extremo, que era el peón de un peligroso juego en que se desequilibrarían definitivamente las fuerzas de toda la región y… podía sacar una buena tajada de todo ello… o podía acabar sin cabeza y como festín de perros.

Ya no aguantaba más, tanto pensar le estaba poniendo de mal humor. Salió en busca de la taberna, había un buen ambiente y la cerveza no era mala.

Al regresar a la habitación ya no estaba sólo, la chica no era excesivamente hermosa pero tenía una sonrisa sincera y fresca y sus piernas eran larguísimas: trabajaba como camarera en la posada y por la edad podía ser su hija. Mientras se perdía en la suavidad voluptuosa de un dulce abrazo y se dejaba envolver por unas piernas morenas le vino a la mente lo que pensara hacía unas horas -¡bah! Me importa una higa- y, con la cara hundida en la perfumada cabellera de la chica, no pudo evitar sonreir… poco más podía hacer.

[Editado por elfo_negro el 03-06-2010 17:27]

Fragmento 88 por Thauld

Tan pronto como su habitación había quedado lista, Atâva subió a ella dejando atrás el bullicio de la taberna. El ambiente de aquellos sitios jamás le había gustado, siempre era un lugar donde las personas podían sacar lo peor de si mismos, y a las que estas parecían irremediablemente atraídas como si de una tragedia ya escrita se tratase, la cual debía ser continuamente repetida.

Al llegar a su habitación descubrió que el barreño con agua que había pedido subir ya estaba listo, así que tras cerrar bien su habitación y asegurándose que su ventana estaba bien cerrada y nada podía verse desde fuera, se dispuso a bañarse.

Quitarse el peso de la coraza y los atuendos fue un profundo alivio, más aún cuando se deshizo la prenda que presionaba con fuerza su pecho para que este no fuera en ningún momento perceptible. Notaba sus senos doloridos y resentidos a causa de hallarse presionados durante las largas jornadas de viaje y el calor agobiante del desierto, y aquel dolor le había hecho plantearse más de una ocasión la idea de cercenárselos. Idea que sabía que no era en realidad la solución a causa de la facilidad de que se llegara a infectar la herida y como su inhabilitación durante los días siguientes o bien le haría jugarse el puesto o la vida. Daba por ello gracias de que al menos sus senos no fueran demasiado voluptuosos y pudieran ser ocultados entre prendas, aunque como ahora bien sabia, no para siempre.

Con aquella idea aún en la cabeza retiró las cuerdas con nudos que aprisionaban con fiereza sus muslos y el cinturón de castidad. Y comenzó por lavar las heridas y yagas que se le habían producido aquellas riendas en aquella última jornada de viaje. El frescor del agua sobre estas resultó placentero, mientras la mujer soldado recapitulaba cuanto había pasado.

Realmente desde el ataque se encontraba irritada, sobre todo consigo misma, por imbécil e insensata al caer de aquella forma imperdonable, ni siquiera exculpable para alguien que fuera completamente novata. Ni en sus primeros años había cometido falta igual. De todas formas sabia que nada podía hacer ya para cambiar el pasado, salvo encontrar y ajusticiar al culpable, para lo cual había recabado información.

Dada la premura con la que se había llevado a cabo el entierro de los hombres de Nergol, antes de que pudiera recobrar aún la sensatez, no había podido investigar sus cadáveres en busca de algún indicio del asaltante. Tan solo tuvo que contentarse con lo que había llegado a ver, y lo que su mente entrenada había memorizado de estos, antes que fueran enterrados. Por lo que pudo ver los cortes del cuello eran limpios y a parte de estos no existía alguna otra marca de lucha, lo que sugería que quien les había dado muerte tenía experiencia y buen manejo de las armas y los había tomado por sorpresa o bien los conocía. Por otra parte, no había prueba alguna ni en lo que podía recordar de los cuerpos ni en las inmediaciones donde los habían encontrado. Igualmente, al haberse encontrado a ambos en las dunas, si alguna prueba había quedado del atacante seguramente el desierto la había hecho desaparecer. Aunque algo le decía que habían sido movidos de sitio igual que ella, pero no había dado ni con el lugar, ni tampoco sabía exactamente de donde salía tal intuición.

Al margen de los cuerpos y la escena del crimen, había podido contar con la información de aquellos que habían realizado tareas de vigilancia la noche pasada. Ninguno parecía demasiado capacitado para dicha tarea a juicio del soldado del Puño. Ninguno había visto nada, y todos aseguraban que no habían visto a nadie acercarse desde las inmediaciones, pero ella no descartaba tal incompetencia. Lo que si saco en claro, para dificultar el misterio, es que al parecer aquellos hombres muertos habían sido escogidos por Nergol la noche pasada para vigilar su cargamento, y habían estado ejerciendo tareas de vigilancia más alejados del grupo, como había hecho ella, y por tanto habían pasado desapercibidos durante la noche.

Por otro lado estaba la nota, la cual por otro lado no podía asegurar que fuera del atacante de ambos, sino de un tercero. Y a decir verdad ni siquiera podía dar por hecho que entre ellos hubieran tenido un mismo atacante. La letra de la carta había sido trazada con simples rectas, de forma que fuera lo más impersonal posible, de forma que si encontrase alguna escrito realizado por dicha persona no fuera posible relacionarlo con la misma. De dicha carta únicamente podía deducir cierta inteligencia, unas líneas rectas plasmadas sin demasiada fuerza lo que insinuaba una persona hábil, y tranquila y sosegada en una situación tal como en la que seguramente la habría tenido que escribir, lo que inducia a pensar en una persona bastante fría.

Los posibles móviles tampoco eran clarificadores. En su caso bien podría ser dado el cargo que ostentaba, para muchos un soldado del Puño cerca suponía complicaciones si tenía un negocio oscuro entre las manos, tal como parecía ser el de Nergol, según le había sugerido Hamad. Sugerencia que Atâva no la pasaba por alto, pero al ser un cargamento para Adudran y dadas las relaciones diplomáticas de acercamiento que estaban teniendo actualmente su orden con los dirigentes de dicha ciudad, de investigar dicha mercancía bien lo habría de hacer con cuidado. Aunque también podía haberse dado la casualidad que únicamente hubiera aparecido en el momento y en el lugar inoportuno. En el caso de los dos muertos, la lista de móviles podía ser mayor dada su reputación y casi inagotable, teniendo en común con ella la razón del cargo que ostentaban, en el caso de estos custodiar la mercancía de Nergol, y encontrarse en el momento y lugar inadecuados.

La lista de sospechosos era pues bastante larga, pero sobre la cual destacaban los nombres de Nergol, Stygh, Taurigale y Garlan, en el caso de que el o los atacantes no provenían de fuera.

Nergol parecía ser un hombre bastante frío e inteligente, el cual transportaba un cargamento sospechoso a Adudran, y quien no entraba en la definición de la mayoría de personas que se dedicaban al simple transporte de mercancías. Deducible del comportamiento de sus hombres y el altercado que había tenido lugar días antes de su ingreso en la caravana, también parecía que Nergol no quisiera tener a nadie husmeando cerca de su caravana, y este no tenía ningún problema en castigar ni quien se acercase a esta, ni a sus hombres.

Stygh parecía ser un hombre tranquilo, sosegado, quien no solo parecía tener un profundo interés por ella, y por el Puño, sino también con Nergol. Siendo dicho intereses difíciles de encajar por ahora en su persona, de la que también había que decir que había llegado a saber poco. Quizás había desaprovechado su charla con él, pero confiaba que todo cuanto necesitase saber de él lo descubriría directa o indirectamente.

Taurigale era una mujer que destacaba bastante de la caravana, bastante inusual, y también de un carácter tranquilo y misterioso. Por lo que sabía, ella también parecía interesada en Nergol, o más bien en su cargamento, la razones para ello se les escapaban.

Garlan, por su parte, parecía entrar en la ecuación de alguna forma que no llegaba aún a discernir con claridad. Era una persona que había surgido de la nada dentro de la caravana, y al parecer de forma peculiar, nadie sabía demasiado de ella y sin embargo parecía revolotear alrededor de todos los miembros de la caravana. Y alguien tan sociable y a la vez tan misteriosa, le daba bastante mala espina.

[Editado por Thauld el 08-06-2010 19:05]

Fragmento 89 por aratir

Capítulo 4. La caravana va hacia el norte.

Con las primeras luces del alba Cararê se dispuso para la nueva jornada de viaje en esta ocasión con la compañía de la caravana de Hamad.

Tras pagar unas cuantas monedas al tabernero por su habitación y el desayuno, salió por última vez por las puertas de la taberna. El día era despejado y cálido en el exterior, como la mayoría de los días en el desierto, y bajo la tenue brisa aún fresca de la mañana desató a su corcel y lo guió hasta el embarcadero, lugar donde la caravana tomaría las balsas para pasar al otro lado.

En aquellas tempranas horas del día, pocas eran las personas en el exterior y la elfa solo pudo reconocer al oriental que había conocido el otro día y quien le había facilitado la habitación para la pasada noche. Aquel hombre, Do Han, parecía estar aprovechando la tranquilidad de las aguas, ahora que ninguna embarcación cruzaba el río, para pescar. Al verla a ella llegar al río, el oriental la saludo desde la lejanía, saludo que ella devolvió cortésmente, con cierto humor tras un buen descanso, y aprovechando la tranquilidad de aquellas horas decidió refrescarse un poco la cara y tomar un trago de aquella fresca agua.

Unos pasos junto a ella le hicieron notar que ya no estaba sola.

-Desconocía que Nethênil siguiera encargando asuntos a los Basarâ ¿o vienes por tu cuenta?

La elfa sonrió, no tenía necesidad de volverse, conocía perfectamente aquella voz, pero aún así lo hizo, con la cara aún humedecida por varias gotas de agua, mientras que una mano retiraba con delicadeza los cabellos pegados a su cara y refrescaba con el agua que quedaba en sus manos su nuca, en un movimiento de lo más casual, armonioso y despreocupado.

-¿Te preocupa mi presencia aquí, Taurigale?- sugirió Cararê sonriente, con un rostro que brillaba ante el sol del nuevo día gracias a su clara y bella piel, y a las gotas de agua que la perlaban. Taurigale sin embargo no contestó, únicamente siguió mirándola con severidad, haciendo caso omiso a aquella burla irreverente. -Seguro que sí,- añadió intentando irritar más a Taurigale -pero puedes estar tranquila, Nethênil no ha perdido su buen juicio, o al menos el que la mayoría le presupone. No, jamás nos confiaría ninguno de sus planes, para él somos simples perros, se olvida que somos en realidad leones.-

- Sabes que eso no es cierto. Nethênil se ha preocupado siempre por preservar la Hasêrk ¿Qué haces aquí?- exigió Taurigale.

-Soy solamente una viajera que cruza este inmenso desierto y desea no hacer sola tal duro y peligroso viaje- respondió Cararê con voz tierna, dulce y un rostro de suma inocencia.

-¡No te burles de mi!- rugió Taurigale tomándole con fuerza una de sus manos por la muñeca. El rostro de la mujer se había vuelto enormemente grave, pero ante todo lo que había cambiado eran sus ojos, eran severos, duros. Cararê tuvo entonces miedo por un momento y su ánimo flaqueó, pero sabía que había de ser valiente, así que aunque sus piernas casi no le respondieran se sobrepuso y se mantuvo firme, manteniendo aquel aire desafiante.

-Investigo, al igual que tú. Ohtûlk tuvo también noticias de esta caravana y también sospecha de ella. Yo sólo investigo para él, para que pueda tener noticias de primera mano.

-No hay necesidad de ello, Nethênil le informará de todo una vez se descubra algo.- Taurigale, que nunca había tenido en gran estima a aquella elfa presuntuosa, había conseguido calmarse.

-Pero a Ohtûlk no le gusta que las noticias le lleguen tarde, y al resto de los Basarâ tampoco- señaló la elfa con una nueva sonrisa en los labios y un brillo en los ojos.

-¿Qué has venido exactamente a hacer aquí, Cararê?- la mujer no terminaba de fiarse. Últimamente las filas Basarâ actuaban demasiado por su cuenta. Los dirigentes de las otras tres filas siempre actuaban en función de las decisiones tomadas por el concilio al contrario que los miembros de la Basarâ (lit. la Llama).

-Únicamente lo que te he dicho, puedes estar segura de ello, no te he mentido, y aunque lo hubiera hecho estoy segura que lo habrías sabido.

-¿No estaréis pensando en hacer nada imprudente? – insistió la herborista.

-La prudencia nunca ha sido nuestro fuerte, pero si quieres un consejo de amiga, será bueno que la investigación de ambas dé pronto sus frutos.- Dicho esto la elfa abandonó el río, dejando atrás a Taurigale, que la vio alejarse pensativa.

El grupo de la caravana comenzaba a aproximarse ya al embarcadero, por lo que no sería bueno seguir conversando con la elfa, así pues decidió dar un trago fresco de agua, y refrescarse ella también un poco la cara.

A lo lejos, Hamad llamó a todos los comerciantes y viajeros que formaban parte de su caravana. Era el momento de partir, el caravanero había pagado ya las tasas por cruzar el embarcadero y el viaje volvía a empezar. Taurigale, una vez refrescada, buscó a lo lejos a Stygh, aunque no lo vio entre la muchedumbre. En ese momento, una vez le llamó la atención.

- Señorita, si busca a su compañero no tardará en venir.

Se trataba del joven Darher. Taurigale no dijo nada y simplemente le dedicó una mirada severa al hijo del caravanero. Éste se sobresaltó pues no esperaba una reacción tan huraña de ella y Taurigale se dio cuenta y decidió enmendar su error.

- Disculpa Darher. No he tenido una buena noche – mintió.- Pero muchas gracias por la información. Eres un encanto.

Darher se sonrojó y agradeció el cumplido.

- Me gustaría saber una cosa – dijo la mujer. - ¿Podría confiar en tí?

El muchacho no pareció haber escuchado a la mujer, y se hallaba con la mirada fija en ella. Darher no podía evitar sentirse turbado y, hechizado a la vez, por aquella mujer, que le parecía bastante fascinante. Desde casi los primeros días de la caravana había sentido una atracción que rozaba la fascinación por ella y se preguntaba muchas cosas sobre ella. Aunque era bastante tímido y apenas había mantenido una conversación con Taurigale. Cuando se dio cuenta de que ella le había preguntado algo, pidió disculpas.

- No te preocupes – dijo ella. – Simplemente tengo un problema que necesito solventar y creo que me podrías ayudar.

- Lo que necesitéis, sólo tenéis que decirme que es y si está en mi mano, lo haré.

- Muchas gracias – añadió Taurigale con una sonrisa. – Durante el viaje te contaré de que se trata.

La dama se giró y fue a buscar a su compañero de travesía. Estaba pensando que le pediría a Stygh que le narrara alguna de sus historias para evadirse. Lo necesitaba. Le esperaba una nueva jornada de dura travesía por el desierto, y, si cabía, más preocupaciones.

[Editado por aratir el 11-06-2010 12:51]

Fragmento 90 por peregrinoscuro

- ¿Es seguro cruzar en barcazas a los animales?

Garlan observaba reticente el suelo de madera de las naves con las que cruzarían el río. Su laúd se movía a izquierda y derecha con cada paso que daba mientras el caballo le esperaba en tierra firme.

- Espero que sí -respondió sonriente Hamad- Hemos usado estas barcazas bastantes veces y en ninguna ocasión se han hundido.

- Pero... A ver, si subimos a las monturas... ¿no se encabritarán y darán coces? Creía que estaban acostumbradas a nadar en el agua no a ser transportadas sobre ella.

- Siempre puedes cruzar a nado con la tuya... -respondió bromeando el caravanero.

- Mejor no -finalizó el bardo. Su noche había sido tranquila, a pesar de “hacer guardia” durante toda la noche. Tampoco es que le doliera mucho el no dormir demasiado. Poco a poco, había descubierto que el sueño, últimamente, no le acompañaba como cuando era niño. De hecho, podría decirse que el calor sofocante, el dejar su hogar, el no ser parte real de la caravana, no hacía más que restarle ganas a su necesidad de descanso.

Garlan volvió con su caballo y se dejó inundar por los sonidos del embarcadero. “Todo lugar tiene una canción” se dijo cuando oyó a los hombres empezando a trabajar, y las voces de algunos mientras aún no lo hacían. No era más que un embarcadero... Pero si uno se concentraba, podía escuchar los susurros de las personas que habían vivido -y vivían aún- allí. Sus metas y aspiraciones, su satisfacción al ver llegar a nuevos viajeros y su relajación al verlos irse.

Su caballo relinchó cuando lo espoleó un poco para volver a la posada. El resto de exploradores estarían despertando en ese momento, y Garlan debería saber con quién tendría que estar ese día que acababa de nacer.

Fragmento 91 por Elfo_Negro

Se despertó muy de mañana, la chica ya no estaba, se había ido sin hacer ruido; comprobó que no le hubiera robado nada y se volvió a tumbar en la cama, pero ya no pudo continuar durmiendo. Las primeras luces del alba lo decidieron a vestirse y a salir de la habitación. Desayunó de carne fría y cerveza. Tras la barra estaba ella, de vez en cuando lo miraba con indiferencia; a saber qué estaría pasando por su cabecita, por unos segundos deseó saberlo, fue entonces cuando pensó que no sabía nada de ella, ni sus sueños ni sus miedos, ni porqué se había metido en su cama, pero sólo fueron unos segundos, pagó y salió de la posada, el sol se estaba levantando, el mismo sol que calentaba las calles de Adudran.

Los 3 chicos estaban esperándole, justo a los 2 carros: estaban de pie, con poses pretenciosas y desafiantes. Algo habría que hacer, 2 carros, 6 caballos… y sólo 4 personas para manejarlo todo. De momento no vendería los caballos de los muchachos muertos, quien sabe si podrían necesitarlos, pero sin duda serían una molestia.

Vió al hijo del caravanero, no recordaba su nombre, pero parecía espabilado, así que decidió "usarlo", sí, necesitaba más gente, tanto daba si eran o no tipos duros dispuestos a matar a su orden, ahora no podía andarse con remilgos, cualquiera con un poco de sangre en las venas serviría, los 3 muchachos que le quedaban deberían concentrarse en la seguridad, no podía desperdiciarlos como simples carreteros.

-ey, muchacho, ¿sabes si sería posible encontrar en este sitio uno o dos conductores de carro que llevaran mis barriles hasta Adudran?