Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

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Fragmento 99 por Aragorn_II

Esos pocos segundos en los que Taurigale había estado examinando el contenido de uno de los barriles que transportaba Nergol se le habían hecho eternos a Madair. Aunque estaba atento a todo lo que pasaba en el campamento, en éste reinaba el caos más absoluto, y el manto de la oscuridad los amparaba de las miradas casuales de aquellos que iban de un lado a otro intentando salvar o recuperar sus posesiones. Además, una pequeña neblina que flotaba por encima de sus cabezas ocultaba las estrellas, reduciendo su resplandor a una luz mortecina, trémula y plateada, creando al mismo tiempo una atmósfera inquietante y hermosa. Los ojos de Madair estaban casi fijos en el lugar al que creía que habían ido Nergol y sus muchachos, pues ellos eran lo único que podía amenazarles en esos momentos. Pero cuando por fin Taurigale consiguió abrir el barril, Madair se volvió por unos instantes a contemplar a la mujer, esperando adivinar alguna noticia por la forma en que reaccionara. Y aunque su rostro era grave, y en él se advertía una gran preocupación, no había ningún rastro de sorpresa en su semblante. Fuera lo que fuera aquél polvo negro, no había sorprendido en exceso a Taurigale. Más bien parecía que hubiera confirmado sus peores sospechas.

Después de dejar el barril en su sitio, la mujer se despidió de él con una mirada de gratitud, escabulléndose entre las sombras. En ese momento, Madair reparó en un jinete que se acercaba velozmente hacia el carro. Parecía ser uno de los hombres de Nergol, pero no estaba seguro. Aunque confiaba en que no hubiera visto a Taurigale, por si acaso echó mano a la empuñadura de su espada. Pero antes de que pudiera decidir lo que iba a hacer, el caballo pasó como un rayo a su lado, y cuando el jinete intentó que la bestia frenara ésta no obedeció, y acabó lanzando al hombre a varias decenas de metros del carro. Madair no pudo evitar sonreír al ver la escena. Había reconocido al jinete, era un hombre llamado Yufrén, algo más joven que él. Hecho una furia, se levantó y fue hacia el carro.

-¿Por qué no me has ayudado maldita rata?- bramó Yufrén cuando se acercó a Madair.

-Si lo hubiera hecho, el caballo se podría haber desbocado gracias a tu pequeño numerito. Además, no tengo la culpa de que no sepas montar como es debido. A mi me pagan sólo para que me preocupe de conducir este carro, nada más. Tu jefe lo dejó bien claro cuando me contrató- replicó Madair calmadamente.

-¡No digas estupideces! Podías haberme ayudado a frenar el caballo, pero te quedaste ahí parado sin hacer nada. Hay algo raro en ti, y te juro que lo descubriré. Y entonces…-dijo Yufrén, y los ojos se le iluminaron por un momento.

-¿Y entonces qué? ¿Demostrarás que eres algo más que un vil e inútil patán? Me gustaría verlo, te lo aseguro- replicó Madair desafiante.

-¡Maldito seas! Te mataré aquí mismo y le diré al jefe que estabas husmeando en sus barriles- gritó Yufrén, y un segundo después desenvainó su espada.

Se habría lanzado contra Madair de no haber escuchado el ruido de unos cascos acercándose velozmente. Era Nergol, y detrás de él estaban sus otros dos hombres, que intentaban controlar al caballo que tiraba del segundo carro. Madair nunca habría provocado a Yufrén de no haber visto con el rabillo del ojo cómo se acercaban Nergol y sus muchachos.

-¿Qué diablos está pasando aquí?- rugió Nergol.

-Nada, yo estaba aquí controlando al animal, cuando de repente ha llegado Yufrén. Al intentar frenar, el caballo se desbocó, y lo lanzó por los aires varios metros. Supongo que está furioso por el golpe y la humillación sufrida- respondió Madair, y sus palabras hicieron estallar a Yufrén.

-¡Maldito embustero cobarde! ¡Me las vas a pagar!- bramó. Ya había alzado su espada y estaba a punto de descargar el golpe, cuando Nergol lo detuvo. Había bajado de su caballo de un salto, y con gran rapidez y agilidad, se colocó junto a Yufrén.

-¡Quieto, maldita sea! ¿Os habéis vuelto locos? ¿Se ha vuelto loco todo el mundo esta noche? Sólo lo repetiré una vez más, ¿qué diablos está pasando aquí? Y como no me deis una respuesta sencilla y clara, os azotaré a ambos hasta que los huesos de vuestros espinazos queden al aire- dijo Nergol, fulminando con su mirada a Yufrén, y echando una mirada de desconfianza a Madair.

-Este cerdo podía haberme ayudado y no lo hizo. Se quedó ahí parado viendo cómo esa maldita bestia se encabritaba y me tiraba al suelo. Además, cuando me acercaba, hubiera jurado que estaba husmeando junto a los barriles- dijo Yufrén, aparentemente más calmado. Nergol miró detenidamente a Madair, que permanecía imperturbable ante las acusaciones de Yufrén.

-¿Y bien? ¿Es eso cierto? ¡Habla de una vez!- exigió Nergol.

-¿Cómo voy a estar controlando al caballo para que no huya con los demás y al mismo tiempo esté husmeando en los barriles? Sólo tengo dos brazos, y he necesitado ambos para controlar a este animal. Tú viste cómo pude controlar a esta bestia en el último momento para que no saliera corriendo. Casi me parto los brazos para mantenerla firme. Si hubiera soltado las riendas en cualquier momento, el caballo habría salido corriendo antes de que pudiera coger un barril. Y cuando Yufrén ha venido totalmente descontrolado, ha vuelto a asustar al animal. Si hubiera ido a ayudarlo, el resultado habría sido el mismo. Y como le decía antes, a mi me pagan para preocuparme de este carro, no de nada más. No entiendo por qué ha reaccionado así conmigo- replicó Madair con serenidad.

Por unos segundos, todos guardaron en silencio. Yufrén seguía furioso, y Madair confiaba en que sus palabras hubieran conseguido el efecto deseado. Aunque Nergol desconfiaba de él, sabía que lo que decía era cierto. Los barriles pesaban demasiado, para poder cogerlos hacía falta emplear los dos brazos, y más aún si se quería examinar su contenido. También sabía que de haber soltado las riendas por un instante, el caballo habría escapado presa del miedo. Además, tampoco se fiaba en este asunto de la palabra de Yufrén, pues conocía muy bien su carácter violento e impetuoso.

-Bien, está claro que de haber soltado las riendas de la bestia, ésta se habría desbocado como las demás, y ahora estaríamos persiguiéndola. Estos sobresaltos no son buenos. Lo importante es que hemos recuperado los carros y los animales y mañana podremos continuar nuestro viaje sin más incidentes. O eso espero- dijo Nergol.

-Por cierto, ¿dónde está Do Han?- preguntó Madair. Con la confusión, nadie se había acordado de él.

-¡Maldita sea! Ve a buscarlo, la última vez que lo vi iba hacia el sur. ¡Muévete de una vez!- dijo Nergol a uno de sus muchachos –Y tú, asegura los caballos, que no se vuelvan a escapar. Coloca mejor las estacas esta vez. No, tú no Yufrén. Quiero hablar contigo a solas-

Madair observó cómo los dos hombres se alejaban del campamento. Por nada del mundo le hubiera gustado estar en el pellejo de Yufrén en ese momento. Había conseguido su objetivo, y era lo único que importaba. Ni Nergol ni ninguno de sus muchachos sospechaban que alguien se hubiera acercado a los barriles aprovechando la confusión, o al menos no mostraban sus inquietudes en público. Había conseguido distraer la atención de Nergol, aunque sabía que a partir de ahora debía vigilar a Yufrén, porque seguro que intentaría resarcirse de su humillación. Cuando el caballo se hubo calmado completamente, Madair soltó sus riendas, y las aseguró alrededor de una de las estacas que había vuelto a clavar el hombre de Nergol.

En un par de horas, todos los animales habían sido recuperados, aunque en el campamento seguía reinando el caos. Hamad atendía a los comerciantes furiosos que se quejaban por la pérdida de algunos objetos, o que protestaban por los destrozos que había sufrido su mercancía durante la estampida. El caravanero, desesperado, se ofreció a pagar el importe de los objetos dañados, y entonces se desató nuevamente el caos. Viendo la oportunidad de conseguir más ganancias, muchos comerciantes denunciaban a Hamad la pérdida de mercancías inexistentes, mientras que otros pretendían que el caravanero pagara sumas exorbitadas por los bienes dañados. Finalmente, Hamad tuvo que llamar a los hombres que escoltaban la caravana para que pusieran orden y lo protegieran, al mismo tiempo que llamaba a Stygh, para repasar el inventario de la caravana y lo que cada mercader había declarado en Dassart. Los ánimos se calmaron rápidamente, y los comerciantes codiciosos se callaron al ver a los hombres armados. Por su parte, Darher se encargó en primer lugar de comprobar que no había heridos entre los integrantes de la caravana y que no se habían perdido demasiadas provisiones, y cuando terminó, se ocupó de devolver a los animales extraviados a sus respectivos dueños.

Do Han había aparecido apenas media hora después del incidente entre Madair y Yufrén, pero no lo habían encontrado los hombres de Nergol. Había sido Stygh el que había dado con él y el que había conseguido dominar a su caballo. Cuando volvieron, todos se asombraron, pues muchos ya los daban por perdidos. Había quiénes pensaban que Stygh había muerto aplastado en la estampida, y quiénes creían que era imposible rescatar a Do Han. Nergol le dio las gracias en varias ocasiones a Stygh, intentando mostrarse lo más cortés y preocupado posible. Aunque cuando el sureño se alejó, requerido por uno de los hombres de Hamad, Nergol le echó una dura reprimenda a Do Han, primero por haber permitido que la bestia que tiraba de su carro huyera tan fácilmente, y en segundo lugar por no haber sido capaz de controlar a su caballo.

Pasaron las horas, y poco a poco el bullicio fue cesando, y el silencio sepulcral del desierto se adueñó del campamento. Hamad había hecho correr la voz de que la caravana no partiría al amanecer, como era costumbre, sino al mediodía, para que aquellos que pudieran, tuvieran la oportunidad de dormir y recuperar las fuerzas perdidas durante la noche. Madair permaneció junto a su carro varias horas, consciente de que tenía que hablar con Taurigale cuanto antes. Pero también sabía que no podía hacerlo hasta que el campamento fuera quedando en silencio. La mayor parte del tiempo la pasó hablando con Do Han y observando el bullicio a su alrededor. Un par de horas antes del alba, cuando todo parecía en silencio, Madair fue a buscar a Taurigale. Al acercarse a su tienda, escuchó a Darher y a su padre hablando. Sin saber bien por qué, se quedó junto al carro, oculto en las sombras, para poder escucharlos mejor.

-Y eso es todo. Se han roto varias cantimploras y hemos perdido al menos diez paquetes de carne, pan y frutos secos. Podría haber sido mucho peor, pero por suerte creo que podremos llegar hasta Farahkadr sin problemas, y allí podremos reabastecernos de provisiones- dijo Darher.

-Sí, aunque habrá que racionar el agua, me temo, y eso no les gustará a algunos de nuestros pasajeros. Además, no sé si tendremos dinero suficiente para comprar todas las provisiones necesarias en Farahkadr, he tenido que pagar a varios comerciantes por sus productos perdidos- se lamentaba Hamad.

-Pero realmente, ¿qué ha pasado?- preguntó Darher.

Madair se alejó antes de poder escuchar la respuesta de Hamad. Él ya sabía lo que había ocurrido, y estaba convencido de que nadie podría averiguarlo. Sin muchos problemas, llegó a la tienda de Taurigale, y entró en su interior sin que nadie lo viera. En el peor de los casos, después del pequeño incidente que protagonizaron junto al río, si alguien le veía entrar, pensaría que serían otras sus intenciones y motivaciones. Para su sorpresa, la mujer estaba despierta, y parecía que lo hubiera estado esperando durante bastante tiempo.

-Ya era hora Diladal. Llevo esperando tu visita un par de horas, y después de la noche tan movidita que hemos tenido, estoy bastante cansada- dijo Taurigale.

-Dímelo a mi, que por poco acabo enfrentándome a uno de los hombres de Nergol- replicó Diladal.

-¿Qué ha pasado? ¿Nergol sospecha algo?- preguntó alarmada Taurigale.

-No, no, qué va, al contrario. Pero cuando te ibas, uno de sus hombres llegó al galope, un tal Yufrén, y pensé que tal vez te había visto. Por fortuna, no es muy buen jinete y su caballo se le desbocó y lo lanzó por los aires. Por si acaso, le provoqué un rato, hasta que apareció Nergol, y aunque no se fía de mi, me creyó, y conseguí que cualquier insinuación sobre que alguien hubiera husmeado en los barriles pareciera una mentira de Yufrén para hacerme quedar mal a sus ojos- respondió Diladal, tranquilizando a la druida.

-Sí que son buenas noticias. Y veo que tus habilidades son muchas y muy distintas. Creo que serías capaz de confundir a cualquiera o tergiversar cualquier palabra para que sirvan a tus intereses. Eso me gusta- dijo Taurigale con una sonrisa pícara.

-Bueno, vamos a lo que importa. ¿Qué es ese polvo negro que había en los barriles?- preguntó Diladal.

-Es un invento del Oeste, algunos la llaman pólvora, aunque no estoy segura de si es su verdadero nombre o sólo el que le dieron en algunas partes de la Tierra Media. Es una sustancia muy poderosa, capaz de una gran destrucción. Se dice que a finales de la Tercera Edad, dos Istari la empleaban en sus trabajos. Pero mientras que uno la empleaba para fabricar hermosos fuegos de artificio, o eso se cuenta, el otro la usó para la guerra. Hace casi doscientos años, hubo una gran batalla en una fortaleza, y las tropas de este Istar consiguieron derribar su muro exterior gracias a esta sustancia. Nunca antes, ni después, nada había conseguido dañar los muros de aquella fortaleza en los varios miles de años desde que había sido erigida- dijo Taurigale.

Diladal quedó pensativo unos instantes, y al fin habló –Ya me acuerdo, Yijda me habló de aquella batalla y de los dos Istari, casi lo había olvidado. Si no recuerdo mal, uno de ellos murió y el otro abandonó la Tierra Media al final de la Tercera Edad, y nunca se pudo recuperar nada de sus investigaciones. Asi que, ¿cómo puede ser que esa fórmula secreta haya llegado hasta Dassart?-

-No lo sé, es un enigma que deberemos responder en el futuro. Porque aunque me inquieta cómo llegó la fórmula a Dassart, me preocupa aún más cómo se enteró el visir de Adudran de su existencia. Porque creo que ya podemos afirmar casi con total seguridad que Nergol trabaja para él. Por lo que sé de esta sustancia, la cantidad que transporta en esos barriles, usada en bruto, sería suficiente para arrasar completamente una ciudad como Adudran. Y también es posible que con ella se construyan nuevas armas, unas armas terribles cuyo poder está más allá de los pensamientos de cualquier hombre. Imagínate a un ejército equipado con unas armas que disparen proyectiles más letales que cualquier flecha y con mayor alcance y precisión que cualquier arco o ballesta. U otras armas, más grandes y pesadas, que disparasen proyectiles capaces de derribar los muros de cualquier ciudad y hacer estragos entre sus edificios. Con ese tipo de poder en sus manos, el visir de Adudran podría someter en poco tiempo a toda Ambaron… La guerra de la que te hablé está más próxima de lo que creía, y estamos solos- dijo Taurigale.

-No me puedo imaginar la destrucción de la que serían capaces esas armas. Pero si es cierto lo que dices, no haría falta. En cuanto se corriera la voz de su existencia y de sus efectos, cundiría el pánico entre los ejércitos de Ambaron, y puede que el visir ganara sin apenas combatir- replicó Diladal.

-Así es, el miedo y el terror que infundirían esas armas son un arma más poderosa que las armas en sí mismas. El visir quiere unir de nuevo a todas las ciudades Haddaryai, restaurar el imperio perdido, y por supuesto, ser proclamado emperador. Pero sus ansias de poder y su sed de gloria no conocen límites, y seguro que emprendería nuevas campañas para conquistar o destruir los últimos reductos libres que quedaran en Ambaron. Y después… puede que incluso se atreviera a atacar la Tierra Media- dijo Taurigale.

-Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados, tenemos que hacer algo, y combatir hasta el final si es preciso. ¿No podríamos solicitar ayuda a los reinos del Oeste? Es una amenaza también para ellos, como has dicho… quizás podrían enviar a sus ejércitos para apoyarnos- dijo Diladal.

-¿Apoyarnos? ¿A quiénes? Apenas somos unos cientos en nuestra organización, y además, en el Oeste no tienen forma de saber si lo que decimos es cierto, ni tampoco si nuestras intenciones son honorables. Si al menos alguno de los antiguos Clanes de Vanwendor siguiera en pie, podríamos solicitar su ayuda, y ellos a su vez solicitar la de los reinos del Oeste. Por lo que cuentan las historias, algunos de estos Clanes tenían muy buenas relaciones con los reinos de la Tierra Media… pero eso fue hace más de un siglo- dijo Taurigale abatida.

-¡Pero algo tenemos que hacer!- exclamó Diladal.

-Por ahora voy a buscar a Nethênil y Calaelen para ver qué vamos a hacer. Por eso voy a abandonar la caravana antes del mediodía- respondió Taurigale.

-Un momento… ¿quiénes son Nethênil y Calaelen?- preguntó Diladal.

-Hay muchas cosas que desconoces y que quizás en nuestro próximo encuentro te contaré. Nethênil es el líder de los elfos de la arruinada Losanost. Pero te puedo decir que Calaelen es alguien muy importante y con gran poder. Ambos hemos ayudado a los supervivientes de Losanost todos estos años y nos sentimos en cierta manera sus protectores al igual que el resto de pueblos libres y nobles de Ambaron- respondió la druida.

Diladal asintió. Sabía que no era el momento de hablar de tales asuntos. El tiempo era un bien precioso que se consumía rápidamente, y había que aprovechar al máximo cada minuto –Tienes razón, es mejor hablar de algunas cuestiones en nuestro próximo encuentro, si es que hay un próximo encuentro claro- Diladal sonrió ligeramente –Por cierto, ¿conoces a esa extraña elfa, Cararë, que se unió a la caravana en el Oasis de Emyn Lis? Antes de partir os vi hablar, bueno, más bien discutir…-

- Sí, la conozco. Ella es parte de la resistencia. Su gente se hace llamar los Bassarâ y a veces van por su cuenta. Por eso discutíamos- respondió Taurigale.

-Aparte de mantener vigilado a Nergol, ¿hay algo que pueda hacer aquí? Y cuando lleguemos a Adudran, ¿qué hago? ¿Sigo a Nergol o busco a Yijda para que me de instrucciones?- preguntó Diladal.

- Creo que vigilar a Nergol es ya una misión muy importante y que te tendrá ocupado hasta vuestra llegada a Adudran. Espero estar allí para cuando lleguéis, pero sino busca a Yijda o al hobbit Tud Jansen, éste último es conocido en Adudran y nadie sospecha que él pertenece a la resistencia- respondió la herborista.

-Está bien, así lo haré. Mucha suerte en tu viaje, viajar por el desierto en solitario requiere muchas habilidades y mucho valor. Espero que nos volvamos a ver en Adudran y que hallemos una solución al problema- dijo Diladal.

Taurigale asintió, y esbozó una sonrisa. A pesar de las preocupaciones que la atenazaban, aún conservaba parte de su encantadora alegría, lo cual sorprendió y maravilló a Diladal. Al salir de la tienda, la fresca brisa de la noche le golpeó el rostro. El campamento permanecía en silencio, y protegido por las sombras, regresó sigilosamente al lugar en el que se encontraban Nergol y sus hombres. Todos dormían, afortunadamente, y sin hacer ruido, Madair se recostó al lado de su carro, y no tardó en dormirse.

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Muchas gracias a aratir por su colaboración en este fragmento

Fragmento 100 por Elfo_Negro

Todo se saldó con unas magulladuras, un hombro desencajado y el eje posterior del carro roto; nada que no pudiera arreglarse.

La noche se alargó con las reparaciones de carpintería y con las visitas de los físicos, el hombro desencajado necesitaría reposo, las magulladuras unos ungüentos apestosos y el eje… eso era lo más importante, unas horas de caro trabajo de un espabilado que dijo saber repararlo y resultó que no era más que un aprendiz bastante patoso; pero el nuevo eje seguramente llegaría hasta Adudran, y eso era lo importante, lo único importante.

Al fin todos descansaban o lo intentaban, todos tenían problemas para encontrar una posición en la que no les doliera el cuerpo. Yufrén se tocaba la nariz, como si quisiera enderezársela, se merecía el puñetazo, le había hartado con tanta tontería y tanta excusa.

Nergol no había caído del caballo pero al intentar frenar el carro se había golpeado una pierna y cojearía unos días.

Sentado junto al carro encendió su pipa larga, aspiró profundamente; debía dormir un poco, sino el día siguiente se haría insufrible, pero aun no quería dormir, lo haría cuando se acabase la pipa, ahora prefería fumar, fumar y pensar en lo acontecido, pensar en la peligrosa situación de la estampida y, sobre todo, pensar en que Habalain había estado unos minutos a solas con su carro, sí, era cierto que él no podría haber fisgoneado en los barriles, pero no le gustaba nada la casualidad que había hecho que un enemigo del visir se hubiera quedado a solas con 6 de sus preciados barriles, a partir de ahora lo vigilaría más estrechamente, sí, encargaría la misión a Yufrén; rió al pensarlo y exhaló largamente un humo azulado y perfumado, al menos parecían haberse olvidado del tema de la extraña muerte de uno de sus hombres y cada día estaba más cerca de finalizar su odiada misión.

Fragmento 101 por Elessurendil

Tarareando la melodía que había compuesto Garlan, Romearailath estaba atendiendo diversos asuntos cuando se produjo la estampida. Entonces buscó con la mirada a Cararë, sabía donde estaba pues de a ratos se fijaba. Luego buscó a Stygh, se encontraba a salvo, cuidando a unos niños. No le costó dominar a uno de los camellos, montó y se dirigió adonde la elfa, que no tenía mayores problemas con su montura. Rom acercó su bestia al camino de la que intentaba controlar Carâre.

- ¿Te sirvo en algo? – le dijo él, con voz decidida.

Así ella pudo montar también.

- Gracias. Estoy bien. – le dijo ella concentrada en el desastre.

Rom había visto muchos elfos en sus viajes, al menos tantos como se veían los que quedaban en el mundo. Y sabía que no tenían la majestuosidad pura que los había acompañado en otro tiempo. Pero en ella veía destellos de lugares que ni siquiera había oído nombrar, de sus paisajes más bellos, de mil derrotas seguidas de mil victorias. No necesitaba que Cararë hiciera nada para ser tan hermosa, ni siquiera era necesario que estuviera presente, eso ya era demasiado mucho.

- Quédate a salvo. Voy a ver en qué puedo ayudar. – dijo pretendiendo dirigirse hacia cien lugares a la vez, sesenta de los cuáles eran alrededor de la chica que tenía a unos pasos. Sentía su propia fuerza hasta el sin-límite.

Hizo un gesto para que ella se apartara hacia la zona controlada. A ella no le interesaba mucho todo el asunto, pero sumado a los últimos eventos no iba a permitir que un muchacho la dejara en el lado débil.

- Iré. Hay mucho por ordenar. Podemos hacerlo mejor de a dos.- contestó secamente la elfa del desierto.

Rom estaba en sueños. Había simulado dejar a Carare a la sombra de la seguridad, pero en realidad deseaba tenerla cerca, para protegerla y para sentirse poderoso, y ella lo hizo, encima incluyó ese “de a dos” que en la mente del chico reverberó profundamente por una eternidad. Se dirigieron hacia el tumulto. Había mucho por ordenar.

Intentando ponerse de nuevo en perspectiva giró la cabeza hacia un lado y hacia el otro. Vio a Taurigale en actitud sospechosa cerca del carro que llevaba la carga de esos maleantes. En ese momento no le dio importancia en absoluto.

Por otro lado, Stygh aún no se había tranquilizado luego de que la estampida revoleara algunos de sus papeles con anotaciones. De inmediato se dio cuenta también que la carreta donde apoyaba el bolso que llevaba todos sus cuadernos de viaje había salido disparada hacia el sur. Y al mismo tiempo oyó a unos niños, estaban en medio de unos potrillos desbocados. Corrió hacia ellos mientras metía los papeles en un bolsillo interior de su abrigo. Durante el tiempo de caos los cubrió y los mantuvo a raya, luego también apartó a otra gente en peligro.

El rato pasó. En cuanto Stygh sintió que la gente que estaba a su lado ya se encontraba absolutamente a salvo, comenzó a dar unos pasos nerviosos hacia el lugar donde había desaparecido la carreta. Pasos que se transformaron en saltos, y luego en trote, corrió, corrió y buscó hacia el horizonte, había huellas, pero el animal no se había detenido. Comenzaba a sentirse exhausto, ya había pensado en detenerse antes, pero siempre le sobraba un poco de resistencia. Esta vez… Entonces en un vistazo vio un hombre, allí apareciendo por detrás de un montículo, con un rocín, y la carreta. Stygh se arrodilló, aliviado. Esperó un poco que el otro hombre se acercara y un poco se fue adelantando él. Aquel hombre era Do-Han, lo había tratado antes un poco sin obtener ninguna información importante de él, quién había corrido previamente detrás del caballo y lo había recuperado cuando éste se atoraba en un pedregal.

- Pensé que estas cosas eran de importancia para alguien.- dijo.

Stygh estaba en deuda. Aunque la revelación se dio al reencontrarse con el bolso, tomó los apuntes que tenía en el saco, se dispuso a acomodarlos para guardarlos bien. Al observarlos vio un nombre aquí, referencias de un pueblo allá, otro nombre, ciertas circunstancias que alguien le había referido, allí estaba la punta del ovillo que buscaba hacía tantos años, lo había encontrado. ¡Lo había encontrado!

Fragmento 102 por aratir

El sol se elevaba lentamente hacia lo más alto de su posición en el cielo. La caravana dormía después de la ajetreada noche para que cuando llegara el mediodía la caravana reanudar su viaje. Sin embargo, Taurigale salió de su tienda con su equipaje en mano y miró alrededor. A lo lejos vio a Darher y su padre que no dormían, sino que estaban dedicados a solucionar los problemas acaecidos por la estampida. La mujer los miró a lo lejos, apenada, pues todos aquellos problemas eran por su culpa.

Cuando estuvo el muchacho a solas, Taurigale se acercó a él. Saludó y le informó que abandonaba la caravana.

- Os prometo señora que el incidente de anoche no volverá a suceder – aseguró apresuradamente Darher tras saber la marcha de ella.- No tiene que abandonar la caravana y continuar por su cuenta. Doblaremos la vigilancia y haremos todo lo posible porque no vuelva a suceder nada más.

- El incidente no es vuestra culpa pero no es ese el motivo. Debo desviarme hacia el este antes de seguir a Adudran. Por ello es que abandonó la caravana. Solamente necesito un camello que os lo alquilaría para devolvéroslo en Adudran.

El muchacho insistió una y otra vez, casi rogándole que no dejara la caravana pero ella, siendo lo más cortésmente que pudo con Darher, le aseguró todas esas veces de la necesidad de irse. Finalmente saldó sus deudas y le deseó toda la suerte al hijo del caravanero cuando subió al camello y avanzó hacia el mar de dunas. Darher se quedó compungido y, durante un buen rato, sólo miró el horizonte, hasta mucho tiempo después de que la figura de ella hubiera desaparecido entre la arena.

Más tarde llegó el mediodía y la caravana se fue despertando. Comerían algo y reiniciarían su viaje hacia el norte, siguiendo la ruta comercial. El viaje iría bastante tranquilo durante días mientras que Darher sentía un vacío en su interior.

Fragmento 103 por Thauld

Los días habían transcurrido tranquilos tras la estampida y el paisaje había mostrado también al poco su lado más amable. Tras largas jornadas atravesando el duro y monótono desierto, la caravana atravesaba en aquellos días la sabana que se erguía en el trayecto junto a las montañas en el camino hacia Farahkadr. Era un lugar también duro, ya que tan solo las gramíneas eran capaces de crecer en aquel lugar azotado por las inclemencias del cercano desierto, y al carecer por tanto de la sombra de algún árbol, el sol azotaba con igual fuerza aunque mitigada por el suave y fresco viento suave proveniente de las montañas. La noche en cambio si era menos cruda y fría, y el frío que bien pudiera hacer en ésta, era mucho más fácil de combatir dada la afluencia de gramíneas, que aunque de rápida combustión aportaban el calor necesario ahorrando leña.

Un día más la noche alcanzó a la caravana en su viaje y haciéndose a un lado del camino, sus integrantes comenzaron a levantar el campamento sobre un lecho de gramíneas que era a su vez cortado para los fuegos de aquella noche. La vigilancia tras la estampida se había incrementado, y los guardias de la caravana así como algunos particulares hacían patrullas a lo largo del campamento. Al cargo de las patrullas se encontraba Atâva, quien se había ofrecido a coordinarlas y quien había provisto elaborar un puesto de vigilancia de fácil transporte, mediante listones y tablones de madera, a modo de atalaya que sirviera para asegurar la zona. También, y desde que se comenzaron a internar en la sabana, había aconsejado que tras cortar las gramíneas para el fuego, se quemase el resto del suelo a modo de cortafuego, de forma que no se provocara un incendio accidental o intencionado. Y debido a aquellas medidas los ánimos en el campamento estaban más tranquilos. Hasta aquella noche, en la que la muerte volvió a deslizarse en la oscuridad de la noche.

Tal como había aconsejado Atâva, las patrullas se hacían en pareja y siempre ambos a la vista de otra patrulla, para garantizar así la seguridad de todos los vigilantes y evitar los peligros que podría acarrear alejarse y patrullar en solitario. Una de estas parejas eran la que conformaban Lodoc y Gaedryc, ambos contratados por Hamad como vigilantes desde un inicio y ambos complacidos con la decisión del soldado del Puño, ya que le daba la posibilidad de hablar durante su vigilancia y hacer menos monótona y aburrida la guardia.

Lodoc acercó la yesca a la llama de una de las antorchas que rodeaban el campamento mientras descansaba su lanza contra el hombro, y resguardando la llama del suave viento encendió su pipa. Paso seguido ofreció la yesca aun encendida a su compañero para que encendiera también su pipa, pero Gaedryc rehusó. Aquella noche estaba particularmente nervioso. -Echa unas cuantas caladas, eso te tranquilizará- sugirió.

-No sé- comenzó a decir como sopesando la propuesta -pero hay algo en esta noche que me pone los pelos de punta.-

-Dices eso todas las noches, y la pasada casi te cagas encima cuando salió aquel ratón del desierto enfrente nuestra.-

-Si pero, aún recuerdo aquellos dos que murieron en el desierto mientras hacían la guardia, y ahora todas las noches con ese crujir de la vegetación...-

-Los muertos, muertos están y se quedaron hace días ya en el desierto, y las gramíneas crujen siempre cuando pasa entre ellas algo de viento.-

-Lo sé, pero...-

-Memeces. Así que tranquilízate anda.- Lodoc volvió a meter la yesca apagada en su bolsillo. Fue un solo instante, pero aseguraría que en ese instante una sombra apareció con un golpe sordo. Cuando volvió a mirar al frente Gaedryc no estaba, y aunque fue rápidamente, hubiera jurado ver algo desaparecer entre la vegetación. Lo que si era cierto es que parecía haber cierto reguero, y aunque con poca luz que los demonios le llevasen si aquello no era sangre.

A un grito suyo, se dio la voz de alarma en todo el campamento, pero su grito de alerta no fue el único, como tampoco Gaedryc el único en desaparecer de la faz de la tierra. A lo lejos ya se oían gritos de -¡¡Leones!!- a la vez que unas flechas empañadas en fuegos caían sobre el campamento, incendiando las primeras y últimas caravanas, las gramíneas colindantes, algunas tiendas, y en casos funestos, a algunas personas.

Fragmento 104 por Elfo_Negro

Todo el campamento estaba en calma. Nada relevante había ocurrido desde la estampida, pero Nergol había extremado la vigilancia del cargamento, faltaba demasiado poco para acabar su misión para, ahora, descuidarse y que todo se fuera al traste.

Los gritos vinieron acompañados de los rugidos. Las fieras atacaron con rapidez mortal, parecían bien organizados, como si en vez de leones del desierto fueran lobos boscanos. Atacaban y se protegían, sólo para volver a atacar. Sus fauces enormes y sus barbas rubias estaban teñidas de sangre, de sangre de miembros de la caravana. Se abalanzaban sobre su víctima y, con una fuerza espantosa lo derribaban y le partían el cuello de un poderoso mordisco y luego, con un movimiento salvaje, tiraban y desgarraban la carne: era imposible sobrevivir a aquello.

Los gritos de miedo y muerte se extendían a lo largo del campamento de la caravana. Rápidamente, los más acostumbrados a la guerra y a la lucha, los que no se dejaron dominar por el pánico asfixiante, empezaron su defensa, poco más podían hacer de momento… al menos sobrevivir… hasta que supieran qué estaba pasando y decidieran algo coherente.

Nergol gritaba ordenes confusas (por muy ladrón y asesino que se sea nadie está acostumbrado a que una manada de leones le ataquen en medio de la noche), utilizaron los carros como parapetos y los arqueros empezaron a disparar, Nergol llevaba sus dos sables colgados de la cintura y una daga en la bota, mientras, intentaba acertar con el arco a esas bestias apestosas y rápidas como los demonios, pero nunca había sido especialmente diestro en el uso del arco y las flechas se perdían en la noche sin acertar a nada.

Alguno de sus chicos no debía ser tan inútil como él usando el arco, porque dos de esas alimañas recibieron un sus carnes una flecha proveniente del carro, no murieron por ello, pero parecían haber aprendido la lección y al menos se mantenían a distancia.

El campamento empezaba a organizarse, se oían voces de mando. Los leones continuaban atacando, incansables, buscando puntos débiles, demasiado inteligentes.

A unos quince metros Nergol vio a una de esas bestias arrastrando algo: el cuerpo de una mujer, la tenía presa de la cabeza, parecía un muñeco de trapo, sin duda estaba muerta, el león parecía recuperar el resuello y se entretenía mordisqueando la cabeza. Era realmente atroz, pero no era más que una escena dentro de toda una coreografía de muerte.

[Editado por elfo_negro el 16-08-2010 19:43]

Fragmento 105 por peregrinoscuro

Garlan observaba atónito cómo una de esas criaturas salía de entre las ramas y atacaba a un desprevenido miembro de la caravana. Entonces empezó todo.

Caos. Sangre. Muerte. Si hubiera tenido un poco más de sangre fría, habría incluido en su memoria todo detalle del asalto, para componer una buena canción. Pero sólo era un muchacho al cual el ataque de las alimañas lo había cogido desprevenido. Su caballo piafó asustado cuando olió la sangre, y comenzó a brincar empezando a desbocarse.

Garlan vio cómo organizaban un parapeto y azuzó a su caballo para que fuera en esa dirección. Uno de esos animales de pelaje dorado saltó a pocos pies de donde iba recta su montura y el animal, asustado giró sobre sí mismo un momento para continuar galopando hacia delante al pasar el león de largo con la mandíbula manchada de un color ocre. Llegaron caballo y humano al círculo de protección y Garlan no se detuvo en bajarse del animal dirección al suelo, si no que saltó sobre uno de los carromatos y comenzó a disparar su arco desde allí.

Una de sus flechas dio en el cuarto trasero del animal, que con un extraño lamento retrocedió hacia los matorrales. "¡Eso es... huid!" se dijo Garlan, pero cuando vio una de esas bestias atacando como un rayo a uno de los viajeros cayó en la cuenta. Los matorrales eran su escondite.

Flechas ardiendo cayeron desde más allá, comenzando a quemar carretas y matorrales cercanos. Garlan tomó una que se hallaba clavada en una madera cercana y gritó todo lo alto que le permitieron sus pulmones:

- ¡Devolved el fuego a quienes tratan de asarnos! ¡Los animales tienen miedo a arder! ¡Haced que huyan quemando sus escondites!

Contempló una flecha ardiente más surgir de entre las sombras y sonrió. Allí tenía un objetivo. Disparó y dejó que las hierbas secas hicieran el resto del ataque.

Con un poco de suerte, sobrevivirían.