Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

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Fragmento 106 por Aragorn_II

No sabían quiénes les estaban atacando, pero eso poco importaba en ese momento. Nergol, sus muchachos, Do Han y Madair habían convertido los carros que transportaban los barriles en un parapeto improvisado, y se habían atrincherado tras él. Así, protegidos de las flechas que venían de la oscuridad, podían centrar toda su atención en la amenaza de los leones. Pocos se acercaron a ellos después de las primeras tentativas, pues eran seis hombres armados y fuertes, y habían conseguido rechazar a las bestias sin mucha dificultad. Pero no eran unos animales corrientes, eran más astutos que cualquier otro león que hubieran visto antes. Agazapados entre la maleza de la sabana, esperaban el momento idóneo para atacar, para abalanzarse sobre su presa, y una vez le daban muerte, volvían a escabullirse entre las gramíneas.

Alrededor, reinaba el caos y la muerte. Varios de los carros que componían la caravana eran pasto de las llamas, y otros habían sido volcados por las bestias o durante la confusión inicial. Había cuerpos por todas partes, algunos devorados y despedazados, otros tendidos con una flecha clavada, y otros, consumiéndose en el fuego. Algunas personas, comerciantes desarmados y algunas de sus mujeres e hijos en su mayoría, se refugiaban tras algunos de los carros caídos, atenazados por el terror. De vez en cuando, Madair veía alguna figura moviéndose entre las sombras, buscando un lugar en el que refugiarse o huyendo de algo. La mayoría de esos pobres desdichados caían, aunque algunos conseguían ponerse a salvo, y varios fueron los que llegaron a la barricada improvisada creada por Nergol, quien no estaba muy contento con esa situación. Un olor nauseabundo a muerte y podredumbre empezó a flotar en el aire, y el humo de los fuegos se elevó y extendió, dificultando a algunos el poder respirar.

-Menos mal que Atâva aconsejó que cortáramos la vegetación en torno al campamento cada noche o ya estaríamos todos muertos, quemados por el fuego o asfixiados por el humo- dijo Do Han.

-Efectivamente, y creo que ésa era la intención de nuestros atacantes- respondió Madair.

-¡Basta de cháchara! Permaneced alerta- replicó bruscamente Nergol, que no dejaba de examinar las sombras que se extendían delante de ellos.

Madair calló, aunque después de su conversación con Taurigale sabía el por qué de la inquietud de Nergol. En realidad habían sido muy afortunados porque ninguna de las flechas incendiarias los había alcanzado, o habrían muerto todos en ese mismo instante. La suerte también los acompañaba en otro aspecto, y es que a pesar de ser una noche de luna llena, el cielo estaba cubierto de nubes. Sin embargo, Madair no podía dejar de pensar en las más de cincuenta personas que integraban la caravana, en los pobres infelices que habían quedado abandonados a su suerte sin ninguna posibilidad de defensa. Sabía muy bien que a Nergol todo eso le importaba muy poco, pero también sabía que tenía que hacer algo. A lo lejos se oían los gritos de angustia y dolor de los heridos y moribundos, y los lamentos de los camellos, que estaban siendo masacrados por los leones. Desde la estampida, se había decidido que todas las noches se atarían las patas de las bestias para impedir que nada parecido volviera a suceder. Eso había impedido que escaparan presas del pánico, pero también las había dejado indefensas ante los leones.

-Bueno, supongo que es otra forma de matarnos. Cercados en el desierto, sin animales ni provisiones, duraríamos poco- pensó Madair.

En ese momento, alguien llegó corriendo a la barricada improvisada. Era Garlan, perseguido por un león. Antes de que nadie pudiera reaccionar, subió de un salto a uno de los carros, tensó su arco y disparó. La bestia se alejó malherida, y ante el asombro de todos, Garlan volvió a escabullirse en la oscuridad, y cuando volvió, llevaba en su arco una de las flechas incendiarias que les habían disparado minutos antes. Volvió a subir al carro, apuntó, y gritó con todas sus fuerzas:

- ¡Devolved el fuego a quienes tratan de asarnos! ¡Los animales tienen miedo a arder! ¡Haced que huyan quemando sus escondites!-

Todos quedaron asombrados ante el valor demostrado por el joven bardo, pero instantes después de que la flecha saliera despedida del arco, Nergol agarró a Garlan por la espalda y lo tiró al suelo sin ningún miramiento.

-¡Imbécil! No vuelvas a acercar fuego a mi cargamento o yo mismo te rebanaré el cuello y acabaré con tu sucia y miserable vida- gritó furioso y totalmente fuera de sí.

-Yo… sólo intentaba.. -balbuceó Garlan, aturdido ante semejante recibimiento.

-Déjalo- dijo Madair, acercándose a Nergol –Él tiene razón, hay que conseguir que nuestros asaltantes salgan de sus escondites, y ésa es la única forma. No hace falta disparar con precisión, la vegetación de esta zona está muy seca y arderá con facilidad. Y la humareda que se levantará los hará salir, o morirán asfixiados-

Nergol guardó silencio unos instantes mientras trataba de serenarse –Está bien, pero que se aleje de mis carros, advertido quedas- respondió secamente.

-Habrá que traer más carros y ampliar la barricada, y así podremos dar refugio a más personas- dijo Do Han.

-¿Ah sí, y quién va a hacerlo, tú?- dijo burlonamente uno de los hombres de Nergol.

-Pues mira, sí, lo haré- respondió Do.

-Necesitarás ayuda- respondió Madair.

-Iré con vosotros y os cubriré; y de paso recogeré todas las flechas que encuentre- añadió Garlan.

Dos de los comerciantes que habían conseguido llegar a la barricada se unieron a ellos, y juntos, se adentraron en las sombras, siempre alejados de los fuegos para no ofrecer un blanco claro a los arqueros. Sabían que los leones los acechaban, pero ninguno los atacaba por ahora. No tardaron en encontrar un par de carros caídos, en los que se habían refugiado media docena de personas, incluidos un hombre con su mujer y su hijo. Con su ayuda, arrastraron los dos carros mientras Madair vigilaba la maleza de alrededor y Garlan recogía un par de flechas que habían alcanzado otro carro, totalmente calcinado ya. Mientras volvían, tres leones saltaron desde las sombras. Garlan alcanzó en el costado a uno de ellos con una flecha, otro cayó sobre Madair, derribándolo, y el último se abalanzó sobre el niño, que había quedado rezagado del grupo. Después de morderle la yugular, y entre los gritos de desesperación de su madre, el padre fue hacia la bestia, quien también acabó con él después de un violento zarpazo en el vientre, desparramando sus entrañas sobre la árida sabana. Garlan lo hirió con otra flecha, y después de que desapareciera entre las gramíneas, fue corriendo a ayudar a Madair, quien por fortuna había conseguido esquivar las mandíbulas y las garras de la bestia en el último instante. Mientras caía al suelo, consiguió desenvainar su daga y hundirla en el vientre del animal, quitándoselo así de encima. Al ponerse en pie, recogió la espada y la hundió en la garganta del león.

Rápidamente regresaron al lugar en el que se encontraban Nergol y sus muchachos, y con su ayuda, colocaron los carros junto a los demás creando un pequeño contrafuerte en el que poder refugiarse. Varios de los hombres y otra mujer que había conseguido llegar a la barricada a salvo se ocuparon de atender a la desconsolada madre que lloraba amargamente la muerte de su hijo y su marido. Mientras, Garlan consiguió convencer a Nergol para que uno de sus hombres lo apoyara disparando más flechas incendiarias a la oscuridad. Encendieron una pequeña hoguera a varios metros de los barriles de Nergol, y mientras disparaban los dardos incendiarios que Garlan había recuperado, otro par de hombres rasgaban unas telas que habían traído conseguido, haciendo jirones que enrollaban en las bases de las puntas de las flechas.

-Creo que los asaltantes están en esa zona, o al menos es desde donde nos disparan las flechas- le dijo Madair a Garlan, señalando desde el Noreste hasta el Sureste.

Nergol, sus muchachos y Do Han seguían montando guardia tras la barricada y las gentes que se protegían allí, atentos a cualquier movimiento entre las sombras. De pronto advirtieron movimiento a lo lejos, un par de figuras que corrían hacia ellos. Una de ellas desapareció antes de llegar, abatida por un león seguramente, pero las otras seguían avanzando hasta que al fin las divisaron claramente. Eran dos hombres, dos de los guardias de la caravana. Todos se sorprendieron, pues hasta ahora no habían visto a ninguno con vida, aunque su llegada y las nuevas que traían renovaron las esperanzas de todos

-Es increíble que hayáis podido resistir aquí y que tantas personas hayan encontrado refugio. Creíamos que no quedaba nadie con vida- dijo uno de ellos mientras intentaba recuperar el resuello.

-Nosotros también nos alegramos de veros, creíamos lo mismo- dijo uno de los mercaderes.

-¿Habéis visto a alguien más?- preguntó otro de los hombres.

-Sí, estábamos en la cabeza de la caravana, con Atâva, Hamad, Darher y una docena más de personas. Creíamos que no quedaba nadie más, nos estábamos preparando para lanzar un contraataque cuando Atâva vio una flecha incendiaria disparada desde la caravana, y nos envió a Lodoc, a mi y a otro compañero a investigar- respondió el otro guardia.

-Alabados sean los dioses, estamos salvados- decían algunos, que parecían haber olvidado las flechas que aún caían sobre la barricada, los leones que permanecían al acecho y el hedor que se respiraba por todas partes.

-Y alabado sea vuestro ingenio. Vuestra idea de devolver las flechas incendiarias ha sido brillante. Ya hay un pequeño incendio que se está extendiendo entre la vegetación y las gramíneas unos cincuenta metros al Este. Se ha formado una gran humareda, eso los está desconcertando, seguro, y podremos aprovecharnos de sus dudas y atacar con mayor seguridad de éxito. Yo me quedaré con vosotros y me uniré a vuestros arqueros. Coran, tú ve a informar a Atâva y a los demás de lo que sucede aquí, aunque seguro que ya se imagina algo así- dijo el otro guardia.

-Te acompaño- dijo Madair.

Nergol se sorprendió al oír esto. Y aunque se alegraba de perder de vista a Madair, imaginándolo abatido por una flecha o devorado por un león, no se quería quedar al margen de lo que iba a ocurrir. Y viendo una oportunidad de sacar provecho de la situación, actuó.

-¡Yufrén! Ve con ellos. Tendréis más posibilidades de llegar siendo tres- dijo Nergol.

-Está bien, iré con ellos- replicó Yufrén, que había entendido, o creído entender, las intenciones de su patrón.

Fragmento 107 por Thauld

Los gritos comenzaron a propagarse por todo el campamento, gritos de terror que hacía cundir el pánico y crear una atmósfera de caos. Sin previo aviso el campamento estaba siendo atacado y Atâva buscó a Hassid en el puesto de vigilancia para encontrar una razón para aquello. El modo en que el cuerpo de éste se sostenía sobre las tablas le bastó para indicarle que se estaba muerto, posiblemente la primera víctima de todas a causa de alguna certera flecha. Lamentaba su muerte, triste como todas, pero lamentaba también ser desprovista de sus ojos que ahora tanto necesitaba para salvar vidas. Pero de nada servía lamentarse y volviendo la mirada de nuevo al campamento y comenzó a dar órdenes a todo aquel que se hallaba cerca, instaurando el orden nuevamente y evitando que a causa de la histeria se perdieran vidas inútilmente. A los guardias de la caravana, los dividió en dos grupos. Aquellos con más experiencia con el arco los llamó al frente desde donde provenía la mayor parte de las flechas enemigas, de forma que pudieran responder al ataque y concentrando los esfuerzos de los arqueros enemigos en un único punto y librando a los civiles de tal ataque. Y mientras que sus arqueros respondían a las flechas enemigas tras todo parapeto disponible, el resto de guardias trabajarían atrayendo a los civiles y colaborar con ellos en la creación de una barricada que les sirviera de defensa y cobijo.

Poco a poco el orden se iba restableciendo, y aunque ya eran muchas las pérdidas sufridas, todos parecían comenzar a sentirse algo más seguro. Cuando la vegetación ardió donde provenían las flechas y el ímpetu de las flechas enemigas se vio reducido, todos recobraron un poco el ánimo, y de entre los propios civiles hubo quienes decidieron hacer frente al enemigo, colaborando con las patrullas de la guardia. Algunos construían hondas con sus propios atuendos, intentando sumarse al ataque con gran inexperiencia, los menos duchos sin embargo, imitando a estos tomaban guijarros y lo lanzaban con sus propias manos siempre que creían divisar movimiento entre la vegetación, intentando ahuyentar así a los leones. Pero había también quienes con más coraje tomaban una arma y colaboraban en las tareas de rescate. De entre ellos el primero fue Hamad, quien sintiéndose obligado al ser el dirigente de la caravana se veía en la necesidad de ayudar en lo máximo posible a quienes se habían sumado a él en aquel viaje previo pago.

Con el revés dado al enemigo, gracias a lo incendios provocados en torno a éste, Atâva hizo que se recuperara el puesto de vigilancia, imposible antes a causa de la intensa lluvia de flechas. Enviando a su vez algunos de los suyos en busca del resto de supervivientes desde donde provenían las flechas de fuego. Ahora sabía que el momento de contraatacar había llegado, pues aunque estaban consiguiendo contrarrestar a los arqueros, no se libraría de la presencia de los leones hasta que lograra deshacerse de sus amos. Para ello habrían de recuperar toda las monturas que fueran posibles y atacar con la máxima sorpresa al enemigo, intentando que el ataque de los arqueros mantuviera suficientemente ocupado al enemigo y encubriera la partida de la caballería por la retaguardia, desde donde se dirigían de forma más cauta hasta cerca de la retaguardia del enemigo, partiendo sus filas en dos hasta eliminar la amenaza.

-Azîm, necesito que reúnas todas las monturas útiles posibles y las lleves a nuestra retaguardia. En el camino quizás te encuentres con Lodoc, Coran y Rabah, infórmate de el grupo que comenzó a lanzar flechas, cuántos son y si disponen de defensas. Sí ofrecen suficiente protección lleva las monturas allí, pues mandaremos al resto de civiles en cuanto ellos lleguen, para alejarlos lo más posibles de las flechas. Sí no trae las monturas a nuestra barricada, nos arriesgamos más a que se den cuenta de nuestras intenciones, pero al menos las tendremos en lugar seguro. Que Malîk, Zayed, Walîk y Tareq te acompañen.-

-La mayoría de las monturas son mías y me veo en la obligación de acompañaros- señaló Hamad -además si voy yo serán mucho más fácil tranquilizarlas y moverlas de sitio, ya que es a mí a quien más conocen.-

Atâva no le agradaba la idea de exponer a los civiles a peligros, y aunque había aceptado la ayuda de varios de ellos dada las circunstancia, no que quería hacerlo más de lo necesario. Sin embargo, sabía que Hamad tenía toda la razón. -Sea pues- sentenció, dejando a los cinco marchar en la oscuridad.

Fragmento 108 por Elessurendil

Cuando Stygh se encontró nuevamente en medio del caos la primera sensación que tuvo fue de contento. De alguna forma, en la maraña de concatenaciones que venía desarrollando en su cabeza, sabía que esto iba a ocurrir, y debía hacerlo. Todo era parte de una gran depuración, y según sus deducciones, muchos sufrirían en el trayecto, y mucho.

Al parecer los atacantes no habían hecho un análisis previo de la caravana, aunque podría ser que la ferocidad de la embestida no lo requiriera. Lo que podía llamarse el “arsenal” aún estaba a salvo y a mano de unos cuantos. Stygh ciertamente no era un especialista con el arco, pero se las arreglaba para suplir su falta de habilidad con una suerte venida de quién sabe donde, y buena intuición para decidir en qué oportunidades disparar.

Mientras se preparaba, Stygh pensaba qué provecho podía sacársele a que el enemigo no tuviera una táctica con respecto a ellos. Debía comentárselo a alguien.

Fragmento 109 por Elessurendil

- ¡Vengan por mí, fieras malditas!- murmuraba Romearailath mientras rodeaba la zona turbulenta. No podía dormir desde la partida de Carare, y dedicaba el tiempo ocioso a echar vistazos hacia todos los puntos cardinales. Había montado y estaba saliendo hacia los alrededores cuando comenzó todo.

Su espada corta no servía para enfrentar a los animales desde la montura pero allí estaba más a salvo que en el suelo. No llevaba un arco, desde la distancia no podía hacer nada, más que moverse, observar, y dar cortos asaltos, encontrando gente y sacándolos de allí o pudiendo fastidiar a alguno de los animales una o dos veces. Moviéndose, siempre moviéndose, sería un blanco fácil si se quedaba quieto.

Con un gesto de odio se había internado, buscaba a Stygh, de los restos de una tienda tomó una madera encendida, rápidamente, y rápidamente se giró y se movió unos metros. Dentro de la humareda se sentía impotente, sin visión perdía toda perspectiva; el camello estornudó y ya Rom tiraba de las riendas hacia otra parte. El sonido del ambiente era tenso, estaban los pasos del que corría desesperado y el silencio del que no había escapado, el crepitar de las hierbas y el latido del propio corazón, pero los enemigos no se oían. Delante suyo el humo se movió...

El camello se incomodó, y Rom lo mantuvo en el lugar, atento al aire que se movía lento y sinuoso. Se puso de lado y balanceó suavemente la tea hacia la sombra. Estaba muy en desventaja, tenía que salir de ahí, debería volver al refugio de la distancia, pero escapar no sería fácil ahora, no podía dar la espalda a lo que lo acechaba. Lentamente fue moviendo el animal hacia el lugar, siempre de lado. No percibió nada, pero de alguna manera sintió algo por detrás; si los dejaba seguir rodeándolo reduciría sus posibilidades de sobrevivir. Giró la cola del camello hacia el lugar contrario al primer león, velozmente y dio unos saltos hacia atrás. Desde su derecha ya había saltado el segundo, dando un zarpazo al aire. El camello rebuznó, seguido, Rom lo espoleó y se disparó hacia ambos, con el fuego hacia ellos. Se diría que tuvo suerte al haber ganado la sorpresa. Avanzó y giró sin mirar atrás, hasta salir de allí. Alejándose…

Afuera ya, acomodaba los pensamientos y la respiración. Iba a detenerse cuando distinguió un grupo de hombres a la carrera hacia la parte posterior de la caravana. Lanzó el poste encendido y los siguió.

[Editado por elessurendil el 23-09-2010 23:46]

Fragmento 110 por Aragorn_II

Madair, Coran y Yufrén avanzaban rápida y sigilosamente hacia la cabeza de la caravana, siempre atentos a cualquier sonido que delatara la presencia de algún león y alejándose de los escasos fuegos que aún ardían a lo largo de los restos del campamento, para no ofrecer un blanco seguro a los arqueros atacantes. Avanzaban en carreras cortas, esquivando los cadáveres de hombres y bestias que yacían esparcidos por el camino, protegiéndose tras cualquier objeto que pudiera servir de parapeto. Habían recorrido ya más de la mitad del camino cuando se refugiaron tras un carro volcado. Desde él, se podía ver la cabecera de la caravana, y Coran se asomó para echar un vistazo.

-Bien, estamos muy cerca, aunque va a ser complicado llegar allí sin que nos vea quienquiera que nos esté atacando. Parece que sus arqueros se han cansado de buscar blancos entre los despojos de la caravana y se están centrando en la parte delantera y en la retaguardia. Lo que no entiendo es por qué no dan la cara y atacan de una vez- dijo Coran.

-Quizás no esperaban tanta resistencia y confiaban en cogernos totalmente desprevenidos. Quizás no son demasiados, y como somos una caravana numerosa, prefieren seguir ocultos, con esta táctica de desgaste- replicó Madair.

-Tal vez, pero en algún momento se les acabarán las flechas y serán vulnerables… dijo Coran apretando los puños.

-No confiaría en ello… Además, si dejaran de disparar de repente, lo más probable es que fuera una trampa, pues esperarían esa reacción por nuestra parte, que saliéramos de nuestros parapetos a hacerles frente, para entonces aniquilarnos por completo- volvió a intervenir Madair.

-¿Y qué demonios importa todo eso? ¡Dejad de perded el tiempo y moveos de una maldita vez!- intervino Yufrén.

Coran y Madair lo fulminaron con la mirada, pero no dijeron nada. No era el momento para un enfrentamiento, y en el fondo, sabían que tenía razón. Se pusieron en marcha una vez más, pero apenas habían avanzado unos metros, cuando Coran tropezó con un pequeño baúl y cayó al suelo de bruces sobre unos cuantos maderos ennegrecidos. Pero la mala fortuna quiso que al caer, Coran se clavase en el muslo derecho un clavo que sobresalía de uno de los trozos de madera. El hombre gritó de dolor, y antes de que pudiera reaccionar o antes de que pudiera taparse la boca, varias flechas cayeron cerca de él. Afortunadamente, no todo el carro al que pertenecían los maderos se había quemado, y sus restos protegieron a Coran de las flechas. Madair y Yufrén, que iban tras él, se echaron al suelo a tiempo para evitar las mortíferas saetas.

-¿Estás bien, qué te ha pasado?- preguntó Madair acercándose a Coran.

-He tropezado con algo, iba tan deprisa que no me he fijado y cuando me he dado cuenta estaba en el suelo. Y al caer me he clavado una maldita esquirla de metal en el muslo- respondió Coran entre angustiosos sollozos.

-Déjame ver… -dijo Madair, inclinándose sobre el cuerpo de Coran- No es una esquirla, es un clavo. La herida sangra mucho, pero no demasiado, creo que no te ha afectado la arteria- dijo Madair intentando parecer lo más tranquilo posible. Era una herida muy fea, pero si mantenían la calma, podría vivir- Lo más importante es sacarte el clavo e inmediatamente taponar la herida lo más fuerte posible para que no te desangres-

-Lo sé, no es la primera vez que me hieren… y espero que no sea la última- replicó Coran con una sonrisa.

-No, no será la última- dijo Yufrén, que hasta entonces había estado callado, y que por fin había visto la oportunidad de ejecutar su venganza y los planes de su jefe. Rápidamente, desenfundó una pequeña daga que llevaba en la cintura y se abalanzó sobre Coran. Con su mano izquierda le tapó la boca, mientras que con la derecha esgrimía la daga para cortarle la garganta. Madair llegó en el último momento para frenar la mano de Yufrén.

-¿Qué estás haciendo, estás loco?- exclamó Madair.

-No seas imbécil, está herido y nos retrasaría. Hay que deshacernos de él. Bastante piadoso soy ya al otorgarle una muerte rápida, y no dejándolo aquí para que le devoren los leones- respondió Yufrén, pero Madair continuaba aferrando con fuerza su muñeca- Está bien… ¡entonces quédate con él para morir juntos!-

En un movimiento rápido, Yufrén golpeó a Madair, hundiéndole el codo izquierdo en el estómago y haciéndole caer al suelo. Por unos instantes, y viendo su venganza cada vez más cerca, Yufrén olvidó a Coran y se abalanzó sobre Madair, que aún se dolía del golpe. Pero antes de que pudiera herirlo o matarlo, Coran alcanzó a extender la pierna izquierda para conseguir trastabillar lo justo a Yufrén y que cayera al suelo. Madair, apoyándose contra los restos del carro, consiguió incorporarse a medias y desenvainar su espada a tiempo de repeler el nuevo ataque de Yufrén, que se le había echado encima. Poco a poco, la fuerza de éste se iba imponiendo, y la hoja de la daga estaba cada vez más cerca del pecho de Madair. Una sonrisa torva se dibujó en el rostro de Yufrén, pues veía próxima la hora de cobrar su venganza.

-¿Creías que te ibas a salir con la tuya, maldita rata? ¿Creías que me podías humillar y luego restregármelo por la cara, puerco miserable? ¡No, nadie se burla de mi y vive para contarlo! Te voy a enseñar lo que les hacemos a los entrometidos como tú. Sólo siento que no sea yo el que te destripe y esparza tus entrañas por la tierra, pero tendré que conformarme con que lo haga uno de los leones- dijo Yufrén.

Aunque la fuerza de éste, dada su posición ventajosa, continuaba imponiéndose, Madair consiguió rehacerse. Propinó a Yufrén una fuerte patada en la rodilla derecha, y aprovechándose del desconcierto provocado por el dolor, le arrebató su daga y la tiró lejos. Golpeó nuevamente a Yufrén, esta vez en el vientre, y de otra patada, le hizo retroceder un par de metros hasta que la inercia del golpe lo tiró al suelo, cerca del límite de las gramíneas. Furioso y cegado por el odio, se levantó con la espada ya desenvainada, olvidando por completo el peligro que le rodeaba. Pero antes de que hubiera dado un solo paso, Yufrén cayó nuevamente al suelo, abatido por una flecha que le había alcanzado en el vientre. En su desesperación, gritaba pidiendo ayuda a Madair y a Coran, a aquellos a los que había querido matar unos instantes antes. Sin hacer caso de las agónicas súplicas de Yufrén, al que había decidido abandonar a merced de los leones, Madair le sacó el clavo a Coran y rápidamente presionó la herida con un trozo de tela que ató fuertemente a su muslo con un pañuelo que estaba junto a los restos del carro.

-Venga, apóyate en mi para ponerte en pie. Después, corre lo más deprisa que puedas, ignora el dolor, o no conseguiremos llegar a salvo- dijo Madair tras apretar por última vez el pañuelo.

-Está bien. ¿Y qué hay de él?- preguntó Coran señalando con la cabeza a Yufrén.

-Él mismo se ha buscado su destino- replicó Madair, y Coran asintió.

Pero antes de que pudieran ponerse en pie, un rugido poderoso llamó la atención de los dos hombres. Un león acababa de aparecer entre la maleza y se acercaba lentamente a ellos. Madair empuñó la espada una vez más, y Coran hizo lo propio. Pero cuando estaba aún a un par de metros de ambos, la bestia reparó en Yufrén, cuyos quejidos eran más débiles. El león se aproximó a él en círculos, y cuando el hombre esgrimió la espada para intentar defenderse, la bestia le arrancó el antebrazo de un violento zarpazo. Yufrén cayó al suelo, pero en vez de soltarlo, el león atrapó entre sus fauces una de sus piernas, y lo arrastró al interior de la maleza. Los gritos de Yufrén eran aterradores, y su agonía se prolongó unos segundos que se hicieron interminables. Madair y Coran no dijeron nada, y en sus mentes imaginaban el suplicio que debía estar padeciendo al ser devorado en vida. De pronto, los gritos cesaron, y ambos volvieron a la realidad. Madair apoyó a Coran sobre su costado izquierdo, y después de ayudarle a levantarse, ambos corrieron lo más rápido que pudieron hasta llegar a la cabecera de la caravana. Al verlos llegar, un guardia se acercó a ellos y ayudó a Madair a transportar a Coran, cogiéndolo por el costado izquierdo.

-¡Vamos, rápido! Hay que ponerse a cubierto deprisa o alguna de esas malditas flec…-

Antes de que pudiera terminar la frase, una flecha le atravesó la garganta, y su sangre salpicó el rostro de Coran y Madair. El hombre se desplomó, agonizando, ahogándose en su propia sangre mientras intentaba suplicar, extendiendo una mano temblorosa y ensangrentada, un auxilio que nunca podría recibir. Madair y Coran siguieron avanzando y consiguieron ponerse a salvo tras el parapeto. Durante unos instantes, no pudieron apartar la vista de aquel hombre que aún se aferraba con sus escasas fuerzas a la vida, una vida que se le escapaba tan rápido como la sangre manaba de la herida de su cuello. Allí fueron testigos de su agonía, hasta que otro par de guardias acudieron en su ayuda.

-Malditos bastardos, ¿por qué no le disparan otra flecha y acaban de una vez con su sufrimiento?- preguntó Coran mientras uno de los guardias examinaba la herida de su muslo.

-Puercos malnacidos… No respetan nada. Algo así no se lo desearía ni a mi peor enemigo- dijo uno de los guardias.

-Él ya está muerto, y disparar más flechas sólo sería malgastarlas. Y en ninguna situación parecida he visto a ningún hombre actuar tan piadosamente como sugieres- terció Madair con gesto sombrío, recordando sus días en la guardia de Adudran.

-¿Dónde están Lodoc y Rabah? ¿Y qué te ha pasado?- preguntó el segundo de los guardias.

-A Rabah lo mató un león antes de que pudiéramos llegar al lugar de donde venían esas flechas incendiarias. Allí, un pequeño grupo de supervivientes ha levantado una barricada con un par de carros, un refugio seguro para todos aquellos que aún siguen con vida. Son unas veinte personas. Lodoc se ha quedado con ellas, Dymir- respondió Coran.

-Son grandes noticias. ¿Pero qué os ha pasado?- preguntó Dymir.

-Mientras volvíamos, Coran tropezó en la oscuridad, y cayó sobre los restos de un carro, y uno de los clavos le hizo esta herida- dijo Madair.

-Sí, y ese malnacido de Yufrén, uno de los hombres del tal Nergol, quiso abandonarme a mi suerte. Y cuando Madair no le dejó, ¡intentó matarnos a ambos! Menos mal que al final, ese sucio hijo de perra recibió el castigo que merecía- añadió Coran, ante la sorpresa de Dymir y su compañero.

-Entonces menos mal que estabas allí para salvar a Coran, estamos en deuda contigo- dijo el otro guardia.

-Es lo que habría hecho cualquiera. ¿Cuál es la situación aquí?- preguntó Madair.

-Somos unas treinta personas. Algunos más consiguieron llegaron hasta aquí desde que os fuisteis, y parece que pronto vamos a contraatacar. Atâva envió a Azîm y a varios más a buscar todas las monturas que pudieran encontrar, y Hamad fue con ellos. Es raro que no os hayáis encontrado con ellos- respondió Dymir.

-No, el campamento era muy grande, y además nosotros nos movíamos siempre buscando parapetos que pudieran cubrirnos- replicó Coran.

-Bueno, creo que tu herida es limpia, aunque sangra demasiado. Creo que habrá que cauterizarla cuando todo esto acabe- dijo el otro guardia.

-No sería la primera vez. Ayudadme, vamos a ver a Atâva, debemos informarla cuanto antes- replicó Coran.

Pero apenas hubo terminado de hablar, un ruido de muchas pisadas y voces que se aproximaban llamó su atención. Instantes después, vieron en la oscuridad las figuras de muchos camellos y caballos que eran conducidos por varios hombres. A medida que se acercaban, las siluetas se volvieron más nítidas y claras. Al frente del grupo iba Azîm conduciendo a las bestias con mano firme, y junto a él estaba Hamad. Al verlos aproximarse, tanto Dymir como su compañero prorrumpieron en gritos de alegría. Sin embargo, su júbilo cesó cuando una lluvia de flechas cayó sobre el grupo, alcanzando a algunas de las bestias. El resto habrían huido presas del pánico de no ser por Azîm y Hamad, que consiguieron dominarlas y que siguieran avanzando. Al escuchar los gritos de Dymir y su compañero, Atâva llegó corriendo con algunos hombres más, y al ver la situación, ordenó a los arqueros que dispararan más rápidamente para cubrir la llegada de Azîm y el resto. Aunque las flechas de los atacantes habían acabado con algunas de las bestias, la mayoría de ellas se salvaron y fueron puestas a resguardo de las saetas con suma rapidez. Azîm y sus hombres estaban a salvo dirigiendo a las bestias, mientras que Hamad permanecía aún al descubierto, con un par de caballos que habían quedado rezagados del grupo principal. Mientras los guiaba al parapeto, una flecha lo alcanzó en el muslo, haciéndole tambalear. Pero a pesar de la herida y el dolor, Hamad no soltó las riendas de los caballos, y continuó avanzando a duras penas. Apenas había recorrido metro y medio cuando otra flecha le alcanzó en el costado izquierdo a la altura del pulmón. Hamad cayó de rodillas al suelo, pero a pesar de sus heridas, continuaba sujetando firmemente las riendas de los animales. Intentó ponerse en pie, pero otra flecha más lo alcanzó en el brazo derecho, y en esa ocasión, con las fuerzas ya muy mermadas, soltó las riendas de los caballos, que se perdieron en las sombras, presas del pánico. Hamad se desplomó y se quedó así, de rodillas, con la vista fija en la barricada, contemplando a los que allí estaban, impotentes, y sabiendo que se acercaba su fin. Y de entre todos, buscó a su hijo.

Las lágrimas inundaban el rostro de Darher, que había visto a su padre caer abatido a apenas un par de metros de donde él estaba. Pero cuando lo vio caer por tercera vez, un impulso irracional y una gran furia crecieron en su interior, y desoyendo cualquier dictado de la razón o la prudencia, fue corriendo al lugar en el que yacía su padre. Malik, que estaba junto a él, intentó detenerlo, pero le fue imposible frenar el ímpetu de Darher, y vaciló. Y tras unos instantes de duda, le siguió. Darher ya había conseguido llegar hasta su padre, y con la ayuda de Malik, lo levantó y cargaron con él. Todos se quedaron inmóviles, incapaces de articular palabra. Todos excepto Atâva, que había vuelto a ordenar a sus arqueros que siguieran disparando, pues parecía que hasta los mismos atacantes habían vacilado ante el ímpetu de Darher y ya no caían más flechas. Parecía que, a pesar de todos los pronósticos, iban a conseguirlo, porque ya estaban a apenas un metro del parapeto. Sin embargo, antes de que éste pudiera cubrirlos por completo, una flecha alcanzó a Malik en la frente, casi entre ceja y ceja. La inercia y la violencia del impacto lo empujaron hacia atrás, y antes de que cayera al suelo ya estaba muerto. Darher, incapaz de sostener a su padre él sólo, también cayó al suelo, aunque la fortuna quiso que lo hiciera hacia delante, poniéndose a salvo. Con la ayuda de Azîm, arrastró a su padre, que aún vivía, hasta que estuvo resguardado de las flechas. Darher le abrazó y se inclinó sobre su rostro.

-¡Padre, padre!- lo llamó, y al ver la sangre manar abundantemente de sus heridas, volvió a llorar.

-Darher, hijo mío… no deberías haberlo hecho… Yo ya…- dijo Hamad trabajosamente con apenas un hilo de voz, pues le dolía al respirar, y cada bocanada de aire que inspiraba parecía un esfuerzo titánico, y cada exhalación parecía la última.

-No padre, no puedes irte, aún no, te necesito… ¡Todos te necesitamos! ¿Qué será de nosotros… qué será de mi sin ti?- exclamaba amargamente Darher.

-No te preocupes hijo mío… Abriros paso como podáis y luego…- Hamad tosió y escupió sangre, y un fuerte espasmo le recorrió el cuerpo. Apenas podía ya hablar con la sangre que manaba de su boca- No me queda mucho tiempo. Prométeme que regresarás a Dassart y que cuidarás de tu madre y de tus hermanos… Pobre herencia te dejo...-

-¡No padre! Te vas a poner bien, eres un hombre fuerte y vigoroso…-

-Prométemelo Darher…- susurró Hamad, y poco a poco fue entornando los ojos hasta que se agitó en un último espasmo que le hizo escupir más sangre aún.

-¡Te lo prometo padre, te lo prometo!- gritó Darher, pero ya era demasiado tarde. Su padre ya había exhalado su último aliento, y la agitación de su cuerpo ya había cesado. Entonces, Darher comprendió que había muerto, y se tendió sobre su cuerpo y lloró amargamente.

Ninguno de los presentes pronunció palabra alguna durante algunos minutos, pues la muerte de Hamad les había afectado profundamente. La mayoría de ellos habían sido sus empleados, pero él no había sido sólo un jefe, sino que había sido casi como un padre. A lo largo de los años, se habían creado unos vínculos muy difíciles de romper entre aquellos hombres que tantos meses y años habían pasado juntos en el desierto. Otros, aún sin trabajar para él, habían compartido también buena parte de sus vidas con él y con los suyos, viajando en su caravana. Pero a pesar del dolor, Atâva sabía que era necesario reorganizarse cuanto antes, y por ello cogió a Azîm del brazo y fue a un rincón a hablar con él. Madair los vio alejarse y se unió a ellos.

-¿Cuántas monturas habéis conseguido traer?- preguntó Atâva.

-Hemos traído doce camellos y seis caballos, aunque hay más camellos vivos, pero no podíamos traerlos a todos- respondió Azîm.

-Más nos vale, porque los necesitaremos para llegar a Adudran- intervino Madair.

-¿Quién eres tú?- preguntó Atâva.

-Me llamo Madair, me uní a la caravana en el oasis de Emyn Lis. He venido con Coran de la retaguardia-

-Está bien. ¿Cuál es la situación allí?- volvió a preguntar el soldado del Puño Llameante.

-Cuando me fui, había allí dieciocho personas, aunque la mayoría son comerciantes desarmados. Volcamos varios carros y conseguimos crear una barricada tras la que protegernos de las flechas. Garlan, un par de hombres más y Lodoc son los que están disparando las flechas incendiarias. Nergol, Do Han y otro par de hombres más se ocupan de proteger al grupo de los leones, aunque no creo que ninguno se atreva a atacar a un grupo tan numeroso- respondió Madair.

-Yo tampoco lo creo, aquí no hemos tenido problemas con los leones, sólo con las… -Atâva se interrumpió de golpe- Aquí somos veintiuna personas, bueno, veintitrés contigo y con Coran. Quedarnos aquí esperando a que nos maten es una locura. Además, casi no tenemos agua ni comida, y cuando salga el sol seremos presa fácil. Hay que contraatacar, y ahora que tenemos las monturas, podemos hacerlo. Pero necesitamos buenos jinetes- dijo Atâva.

-Ya es hora de acabar con esos malditos puercos…- dijo Azîm.

-Cuente conmigo para el ataque- dijo Madair.

-Sé que eres un buen jinete, o al menos eso le escuché a Darher. Pero hay muchas personas indefensas, y heridos, y no podemos dejarlos aquí. Éste no es un lugar seguro, quizás lo mejor sería llevarlos a la retaguardia, pero para eso necesito a alguien que los guíe. Y sólo tú y Coran habéis hecho el camino, y Coran no puede caminar sin ayuda de alguien más- replicó Atâva.

-Está bien, es lo más prudente. Pero aún así será un camino peligroso- dijo Madair.

-Desde luego, pero dejaré a cuatro arqueros aquí para que nos cubran. Azîm, ve a hablar con los hombres. Busca entre los civiles a buenos jinetes que estén dispuestos a unirse al ataque. Madair, tú reúne al resto de civiles y a los heridos, y prepárate para salir de inmediato- dijo Atâva.

Unos minutos más tarde, todo estuvo dispuesto. Azîm había conseguido que cuatro de los civiles se sumaran al ataque. Uno de ellos era Rom, uno de los mellizos sureños, que se había encontrado con el grupo de Hamad y Azîm cuando estaban reuniendo las monturas y se había unido a ellos. Atâva había ordenado a tres de los arqueros que se quedaran para cubrir al resto, por lo que el ataque lo formarían en total trece personas: los otros siete guardias de la caravana que quedaban con vida, los cuatro civiles, el soldado del Puño Llameante y Darher, a quien no habían podido disuadir de ir a la retaguardia. Con Madair irían en total otras siete personas: Coran, dos hombres, dos mujeres y dos niños.

-Buena suerte. Nosotros saldremos unos minutos después que vosotros- le dijo Atâva a Madair.

-Muchas gracias, y que tengáis suerte, que también la vais a necesitar- respondió Madair, y antes de partir, volvió a hablar a su grupo- Es muy importante que no nos separemos. Corred lo más deprisa que podáis, pero nunca perdáis de vista a quien tengáis delante. No os separéis, pase lo que pase. Buena suerte-

A una señal de Atâva, los arqueros volvieron a disparar, y entonces Madair empezó a correr, y los demás lo siguieron. Pero antes de que se hubieran alejado mucho, una flecha alcanzó a uno de los hombres, el que cerraba el grupo, matándolo en el acto. Como hiciera antes, Madair buscaba siempre la protección de cualquier parapeto, aunque esta ocasión no se demoraba en ninguno de ellos demasiado. Las flechas dejaron de acosarlos nada más dejar la cabecera de la caravana, y el grupo pudo avanzar más tranquilamente. Pero como le ocurriera a Coran, una mujer tropezó con uno de los muchos objetos esparcidos por el suelo, y cayó, y uno de los hombres que iba detrás de ella se detuvo a ayudarla. Pero antes de que Madair pudiera darse cuenta, dos leones habían saltado sobre ellos, matándolos cruelmente. A pesar del miedo que los invadía, los demás siguieron corriendo sin separarse, y en unos minutos que se les hicieron eternos, por fin, Madair y las cuatro personas que lo seguían, llegaron a la barricada en la que seguían Nergol, Garlan, Do Han y los demás.

[Editado por Aragorn_II el 22-09-2010 23:12]

[Editado por Aragorn_II el 23-09-2010 21:24]

[Editado por Aragorn_II el 24-09-2010 13:17]

[Editado por Aragorn_II el 28-10-2010 12:56]

Fragmento 111 por Elfo_Negro

La oscuridad, el caos y las flechas de fuego que surcaban el aire dejaban poco espacio para pensar. Aun así, al parecer, se habían constituido, de manera prácticamente instintiva, varios centros fuertes, uno de ellos lo formaban los carros y los hombres de Nergol ¿hombres? Cada vez eran menos, cuando todo esto acabara quizá tuviera que tirar él mismo de los carros. Y además, no le hacía ninguna gracia el cariz que estaba tomando eso, ¿Quién había dado permiso a toda esa gente para parapetarse tras sus carros? Pero tampoco podía hacer nada, no iba a enviarlos a la noche para que fueran devorados por esos extraños leones.

Así, un buen número de viajeros se resguardaban tras los carros, unos pocos, que al parecer de momento eran suficientes, disparaban flechas contra las bestias y contra los enemigos escondidos (flechas desperdiciadas, seguramente). Pero esa no era una batalla normal, con un enemigo conocido y localizado (Nergol recordó su época de soldado, un fracaso, por otra parte), no, aquí los enemigos estaban en todas partes, atacando con rapidez animal y con la contundencia de dientes y garras afiladas, con la contundencia del choque de un león de más de 200kg de peso.

Nergol había desistido de disparar con el arco, había acertado a un león por pura suerte, pero eso no era lo suyo, si al menos se estuvieran quietos…

Decidió ceder las flechas, que se estaban agotando, a alguien más diestro. Él apoyó la espalda contra uno de los carros y desenvainó sus dos espadas -ya se acercarán si se atreven- pensó, aunque medio segundo después pensó que sería mejor, mucho mejor, que no se atrevieran. Sí, si tenía que luchar, lo haría, y lo haría con valor y no demasiado mal, pero… esa batalla no le gustaba nada, contra hombres es más fácil luchar, tienen miedo y uno sabe con facilidad sus debilidades y fortalezas, pero contra una bestia enloquecida de sangre uno no sabe cómo luchar.

La gente se arremolinaba junto a ellos, como si fueran una especie de salvadores, el miedo se veía en todas los rostros pero en la mayoría dominaba la perplejidad y el embotamiento.

-¡Señora!- gritó Nergol a una matrona entrada en carnes que se había encaramado en uno de los carros –baje inmediatamente de ahí- La mujer temblaba llorosa y parecía no haberle oído.

-ey, ¿no me oye?, que baje de ahí le digo-

Un hombrecito con más cara de asustado que los demás tiró de la manga de la camisola de Nergol –Señor, señor, déjela ahí, no hace daño a nadie- Nergol no estaba para tontería así que, soltándose del ligero agarrón del hombrecito, lo miró con ojos despiadados –escuche imbécil, no se si conoce a esa gorda, pero si no baja de mi carro inmediatamente, la bajaré yo-

El hombre, que sí conocía a la mujer, no en vano era su esposa, quedó estupefacto (la verdad es que era bastante gracioso verlo) él, que creía haber encontrado en Nergol y sus carros una especie de baluarte inexpugnable, un campeón noble y valeroso que los salvaría de las mandíbulas fétidas de los leones, de pronto se vio inmerso en algo que no esperaba, sí, ese tal Nergol era un rufián, gentuza de la peor calaña, ¿cómo se atrevía? él era un rico comerciante y no tenía porqué aguantar esas impertinencias y… y su mujer no estaba gorda, un poco llenita, sí.

Agarró los bajos del vestido de su mujer y tiró suavemente, la mujer no se dio por enterada, Grunilda, que así se llamaba la dama, estaba temblando tanto que un tironcito más o menos era imperceptible para ella, el hombre tiró con más fuerza –eh, Grunilda, querida, escucha, eh escucha-

-Maldita sea, estos chiflados harán que los maten, o lo que es peor, esta maldita gorda me va a romper el nuevo eje de las ruedas-

Se disponía a bajar de un tortazo a la noble señora cuando una sombra le oscureció la vista, una sombra parda, grande. El mundo se convirtió en un rugido.

Fragmento 112 por Thauld

Atâva miró a sus hombres, poco más de una docena, pocos para lo que estaban a punto de hacer, pero si sus deducciones eran ciertas, el enemigo no contaría con muchas más fuerzas. Aún así ellos parecían tener experiencia y estar más preparados, mientras que ella solo disponía de siete hombres más o menos decentes y cinco valientes, y un armamento modesto y más bien escaso.

-Somos pocos para atacar a un enemigo que nos ataca desde distintas posiciones, así que no nos queda más que atacar en dos grupos, para tener alguna posibilidad más. Y como mermar nuestro número podría hacer que ninguno llegase a alcanzar al enemigo, uno de ellos habrá que actuar como señuelo, permitiendo que sus compañeros cumplan con su parte, y lograr ellos la suya. Para ello, ocho de vosotros vendréis conmigo, mientras que los otros cuatro habréis de esperar el comienzo del ataque para entrar a luchar. Azîm, tú estarás al cargo de ese grupo y te llevarás contigo a Walîk, Tareq y Zayeb. Sois buenos jinetes y se que podréis hacer bien vuestro cometido, además los tres arqueros que aquí quedaran comenzaran a apoyaros con sus flechas en cuanto comience el ataque. Los que vengáis conmigo, siete conformareis conmigo la carga armados con lanzas que ahora nos quedan, los otros dos nos proporcionaran apoyo armados con arcos.-

El grupo asintió y comenzó a armarse, al ver Atâva como el joven Darher tomaba una lanza se acercó de pronto a él. -Darher, tu padre me comentó que una vez ganaste el competición de tiro en la feria de ganado de Dassart, así que quiero que seas uno de los arqueros que nos acompañen.-

-Solo es una competición para aficionados, cualquiera de los que estamos aquí podrían hacer ese trabajo- contestó Darher empuñando con fuerza la lanza y resistiéndose a dejarla.

-Necesito de dos arqueros, y a parte de ti, solo otro más tiene experiencia con el arco, así que tu puesto no es negociable. Si quieres vengar la muerte de tu padre, de acuerdo, pero será bajo mis órdenes, si no las aceptas aún estas a tiempo de marchar a la retaguardia.-

Resignado, Darher cedió su lanza a uno de sus compañeros, permitiendo a Atâva asegurarse que el joven se expondría al mínimo peligro. Pues para nada deseaba que la viuda de Hamad tuviera que cargar otra muerte más a sus espaldas. Y montando Atâva, sobre su corcel blanco llevo al grupo a los límites de la retaguardia. -Recuerda Azîm- dijo cuando llegó el momento de separarse -no ataquéis hasta que nosotros hayamos iniciado el combate, para ello nuestros arqueros lanzaran flechas de fuego, que aparte de servirnos a nosotros para localizar al enemigo y dificultarle un poco las cosas, os servirá para poneros en marcha.-

-Sea pues. Que Eru os proteja.-

-Y que Eru os proteja a vosotros.-

Y tras despedirse ambos grupos, sin saber si llegarían jamás a reencontrarse, prosiguieron cabalgando en silencio. Poco a poco se internaban en la oscuridad de la noche, lejos de la luz proveniente del campamento, pero cuando Atâva dedujo que se encontraban a una buena distancia cambio de rumbo, intentando no alejarse demasiado y arriesgarse que los leones los asaltaran fácilmente entre las sombras.

-Cargaremos en forma de V, mientras los arqueros nos apoyan desde nuestra retaguardia encargándose cada uno de un flanco, salvo el primer tiro que habrá de servir para alumbrar a nuestro enemigo y dar la señal a nuestros compañeros del otro flanco. Yo, iré al frente de la carga, el blanco de mis ropajes y el de mi montura hará de mi un objetivo fácil para los arqueros y os evitará unas cuantas flechas, además al disponer de armadura tanto para mi como para mi caballo servirá al menos para mantenerlos ocupado un rato. Ahora cabalguemos en silencio.-

En las filas enemigas, las cosas se habían puesto más fácil, ahora solo quedaban unos pocos arqueros en la vanguardia del campamento, y aunque habían visto llegar algunas monturas, viendo el grupo de aficionados que había defendido el campamento, lo más seguro es que estuvieron preparando una huida. Sin embargo, esa idea se borró de inmediato cuando el ruido de los cascos al galope comenzó a sonar en la retaguardia.

Volviéndose ante tal ataque vieron a la cabeza de un reducido grupo de jinetes un jinete blanco, de brillante armadura, portando escudo y una lanza bien firme y con pose experimentada. De inmediato trataron de hacerlo caer, sabiendo que al ser su dirigente, romperían fácilmente así la moral de la tropa. Sin embargo un par de flechas incendiadas hizo prender las gramíneas cercanas a ellos haciéndoles perder visión a causa de las llamas y el humo. Y mientras se alejaban de las llamas para alejarse de su luz y del humo, descubrieron que el otro flanco estaba siendo atacado.

La carga había empezado con buen pie y algo de suerte, pero tras la sorpresa inicial las flechas enemigas comenzaron a caer sobre ellos, derribando al jinete que galopaba a la izquierda de Atâva, tras recibir una flecha en pleno pecho y una segunda en el cuello. Sin embargo, enseguida se encontraron sobre ellos, no teniendo entonces los arqueros otra que batirse en retirada. Atâva trato de ensartar con su lanza a uno de ellos, que volviéndose antes del fatal golpe con las manos en alto y pronunciando extrañas palabras hizo encabritar a su caballo, haciendo imposible el golpe certero, aunque sí enterrar al menos la lanza con fuerza en el hombro. Consiguiendo al menos así de nuevo el dominio de su caballo, justamente a tiempo para oír el clamor de cuernos y ver como jinetes enemigos se aproximaban a su posición.

El número de estos jinetes era muy inferior al suyo, aunque lucían armaduras completas de color escarlata. Tras ellos, se acercaban también corceles desmontados, con toda seguridad de los arqueros que ahora tenían acorralados. Aquello era signo de que estaban poniendo al enemigo en retirada, pero que aún así tampoco estaba ya todo ganado. No marcharían igualmente así como así, por lo que aún tendrían que hacerles frente, sobre todo a los jinetes que ahora llegaban, Ya que de otro modo corrían el riesgo que se reorganizaran fácilmente y atacaran con ánimos renovados.

Tomando de entre los suyos a unos pocos, entre quienes se encontraba el mellizo Rom, Atâva cargó contra los únicos cinco jinetes del enemigo. Uno de ellos, quien parecía el capitán, hizo que a un silbido suyo, dos leones surgieran de la nada entre las gramíneas, saltando ambos sobre uno de sus jinetes y despedazándolo casi al instante. Atâva logró abatir a una de las bestias, pero no sin perder la lanza. Y ahora con la espada desenfundada buscaba a aquel capitán.

No llegó a él sin embargo, al bloquearle uno de sus jinetes, con el que comenzó a intercambiar golpes de espada. Ambos danzaron con sus caballos, incapaces de dar muerte el uno al otro, hasta que en uno de sus choques, Atâva consiguió propinarle un severo golpe en el yelmo con el armazón de su codo. Y visto que ya no alcanzaría al capitán, que galopaba para salvar a los suyos, Atâva bajo de su montura para terminar al menos con su adversario. Éste se encontraba sorprendentemente ya en pie, aunque desprovisto del yelmo, el cual se había desmontado del golpe, dejando la máscara del león carmesí sobre el suelo y a su contrincante al fin al descubierto.

Enfrente no tenía a otra que a una elfa de dorados cabellos y brillante piel clara, justamente aquella que hacía unos días había abandonado la caravana, Cararë, si no recordaba mal su nombre. Desconocedora del porqué de sus intenciones para introducirse en la caravana y luego atacarla, cargó sobre ella la ira guardada antes las pérdidas de aquella noche. Cada uno de sus golpes era fuerte y veloz, pero de escaso acierto ante la destreza de la elfa. Razón porque tuvo que quitarse finalmente el yelmo que no le hacía otra cosa que asfixiar, provocando que su adversaria la creyera ahora débil y aventurase a un ataque directo. Oportunidad que la soldado del Puño esperaba y aprovechó, deteniéndole fácilmente la estocada y golpeándole con el propio yelmo el rostro de la elfa. Cayendo esta al suelo a causa del impacto, aunque no el tiempo suficiente para otorgarle el golpe de gracia.

Ahora ambas desprovistas de yelmo se miraban fijamente a la cara. Cada una con su arma levantada amenazadoramente, mientras que la brisa silbaba sobre su hoja y jugaba con el largo cabello de Cararë. La elfa dibujo entonces una sonrisa de un brillante rojo a causa del labio partido, mientras sus ojos crepitaban en llamas verdes. -Oye mi rugido.-