Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

Finalizada 127 fragmentos Página 18 de 19
Fragmento 120 por Elfo_Negro

Había dormido poco pero era suficiente para estar completamente despejado. Nergol desayunó algo con sus chicos.

La locura de la noche anterior había acabado pero Nergol sabía que los problemas arreciarían: su comportamiento, el derramamiento de un poco del polvo negro… la situación pintaba mal. Si hubieran quedado unas pocas jornadas hasta llegar a Adûdran no hubiera habido problema, pero les separaban de su meta, de finalizar su tarea, entregar todos los barriles al visir, más de 2 semanas de viaje por esa espantosa tierra, surgirían diferencias y problemas y él y los suyos ya estaban en el punto de mira, la cosa no podía acabar bien. Y por si fuera poco había perdido a otro de los suyos. No, claro que no podía continuar en la caravana como si nada, se jugaba demasiado, debían abandonar la caravana cuanto antes; y, a cuanta velocidad pudieran, llegar a Adûdran.

Cuando los tres elegidos para ir a Farahkadr en busca de víveres para la caravana partieron (entre ellos el incómodo Madair) Nergol también se puso en marcha: montó uno de sus caballos y, en solitario partió hacia la ciudad, los suyos se quedaron a la espera, ya sabían lo que hacer.

Montaba un caballo tordo no muy grande pero realmente rápido y ágil, el típico caballo del desierto; él iba vestido del mismo modo que había realizado la mayor parte del viaje, sus eternos y viejos pantalones de cuero, sus botas altas, la camisola fresca que había comprado en el oasis y un turbante protegiéndole su cabeza pelada. Sus espadas colgaban de sus flancos y a la cintura llevaba una bolsa repleta de oro.

Había estado en Farahkadr hacía mucho tiempo, no la recordaba demasiado, pero sí lo suficiente para saber que era un lugar donde uno podía divertirse a lo grande y donde podían matarte por mirar mal a alguien, también sabía que era el lugar ideal para hacer lo que había planeado.

Cuando abandonaba el campamento miró hacia donde descansaba Garlan –uno del que no tendré que despedirme- pensó divertido.

El "soldado" del Puño miró cómo se alejaba, luego miró hacia los carros.

[Editado por elfo_negro el 09-11-2010 16:56]

Fragmento 121 por Elfo_Negro

La ciudad podría haber sido un precioso lugar: en la falda de una estribación de Ered Gaerin, junto a un lago… pero no, era un infierno de violencia y perdición. Era una ciudad del desierto, una ciudad de paso, donde confluían intereses comerciales y estratégicos, pero también un refugio para asesinos y ladrones; un paraíso sórdido y, en general, un lugar donde pasar unos días sin ser encontrado si no querías que te encontraran. Nergol se sentiría como en casa ahí, sólo que no era su casa ni quería que lo fuera, su casa estaba a dos semanas de camino, donde le esperaba el visir, que le recompensaría con oro, y donde le esperaba, más o menos, su dulce amiga. Por un momento dejó ir su imaginación pensando en lo que le esperaba en Adûdran, pero era un hombre realista y poco dado a la ensoñación, aunque esta fueran montañas do oro y la piel suave y perfumada de su joven y voluptuosa meretriz, así que poco hubieran durado sus fantasía, pero la fetidez de la ciudad le devolvió de golpe a la realidad, incluso antes de lo que el propio Nergol hubiera deseado. Con un extremo del turbante se cubrió la boca y la nariz. Así entró en la ciudad, al paso y embozado.

Enseguida se dirigió a lo que recordaba era el barrio más violento, escondió un tanto su bolsa de oro, pero no demasiado, quería que se extendiera que alguien con oro había entrado en la ciudad.

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Al cabo de una hora salió al galope de Farahkadr, el tiempo justo de beberse una pequeña jarra de cerveza, comprar víveres y apalabrar unos contratos muy especiales.

Y es que ahora ya no cabalgaba solo, lo seguían, a todo galope, una carreta y diez hombres montados a caballo (de lo peorcito de la ciudad), no había ninguno que no desollara vivo a su padre por la mitad del dinero que les había ofrecido Nergol. Todos iban embozados, cubiertos de con largas túnicas y turbantes a la usanza del desierto. Por sus ojos negros y despiadados podrían bien llamarse hermanos de Nergol. Este, evidentemente, no les había dado todo el dinero que les había ofrecido, pero sí lo suficiente para que supieran que no era un cualquiera, para que supieran que tenía mucho oro y que su promesa de más no era una quimera. A todos les pareció bien que la otra parte les fuera pagada cuando entregaran la mercancía al Visir, mercancía de la que, como es natural, Nergol no les había dado ni la más mínima pista sobre su peligrosa naturaleza; pero a ninguno de los diez les importaba un comino qué debían custodiar, ni tan siquiera preguntaron sobre ello, sólo les importaba el oro que les habían pagado y el que les pagarían.

[Editado por elfo_negro el 07-11-2010 19:23]

Fragmento 122 por Elfo_Negro

En el campamento improvisado de la caravana la gente se apresuraba en recomponerlo todo en un ambiente tenso de violencia latente, de miedo, de dolor por la pérdida de algún ser querido y de dolor físico en el caso de los muchos heridos.

Los chicos de Nergol intentaban pasar desapercibidos a la vez que procuraban no quedar atrapados en el meollo de la caravana sino en algún discreto lugar de la periferia. Ataban con fuerza los barriles y habían pedido una última revisión a uno de los maltrechos ejes del carro que se había dado a la fuga cuando ocurrió la estampida.

Todo el mundo iba a lo suyo pero los chicos notaron alguna mirada inquisitiva y más que desaprobadora.

Atâva había estado pensando en abordar de alguna manera la, ahora pequeña, guarda de los carros, y averiguar de qué se trataba todo ello porque, sin duda, en ese grupo había algo fuera de lo corriente y de lo que cabría esperar de una simple misión comercial. Pero todo era demasiado confuso para ahora añadir un nuevo elemento que pudiera aumentar el temor o el peligro; ya tendría tiempo de preocuparse de Nergol en los días futuros, cuando obtuviera una postura de fuerza más clara y menos propensa al caos. Y -por cierto- pensó el soldado del puño -¿qué estará tramando ese Nergol, a donde ha ido? He conocido a hombres que miran como él, que andan como él, y nunca traen nada bueno-

Pasadas unas pocas horas, en el horizonte, vieron levantarse una pequeña nube de polvo, sin duda debía ser un grupo numeroso de jinetes. Todo el mundo se tensó, podían ser los 3 enviados en busca de provisiones, pero la polvareda parecía ser excesiva; también podría ser… no, eso no querían creerlo, no querían creer que de nuevo iban a ser atacados, que de nuevo iban a ser heridos y matados. Que fueran los enviados a por provisiones era difícil de creer, además hacía demasiado poco tiempo que habían partido, deberían que haber galopado con prisa, y no había ningún motivo para hacerlo (o preferían pensar que no había ningún motivo por el que un pequeño grupo cargado de valiosas mercancías debiera huir en una tierra de bandidos) pero, si no eran ellos ¿Quién era?

Los supervivientes de la caravana se arremolinaron, en busca de la protección que da la multitud, en torno a Atâva. Estaba cansada y harta de muerte pero, si había que seguir luchando, lo haría. Tomó unos hombres arrojados y montaron a caballo.

-esperad aquí, preparaos para lo peor, nosotros vamos a ver de qué se trata- Todos obedecieron, asustados, las órdenes de Atâva, una voz firme y sensata en medio de un creciente temor.

Los chicos de Nergol, pusieron en marcha discretamente los carros y también se dirigieron al encuentro de la polvareda que se avecinaba. La gente de la caravana los vio, pero no entendían de qué se trataba, además tenían la mirada atenta en el horizonte y no tenían por qué preocuparse de lo que hiciera ese grupo "poco aconsejable".

Con Atâva cabalgaban ligeros 5 jóvenes valientes que se habían descubierto diestros en el uso del arco pero que, de cualquier modo, no eran guerreros ni soldados experimentados.

Se toparon con el grupo de 11 jinetes y una carreta, todos iban vestidos al estilo del desierto, con largas túnicas y turbantes, todos embozados; menos uno de ellos, que aun ir igualmente embozado con el extremo de su turbante, vestía pantalones de cuero, botas de jinete y una camisola fina. Lo conoció enseguida, era el maldito Nergol.

-Alto al Puño- gritó con contundencia Atâva.

Nergol levantó una mano y el grupo se detuvo lentamente, quedando bastante cerca de la voz de la Ley del desierto.

Nergol apartó el embozo de su cara y Atâva pudo ver una sonrisa torcida en la cara mal afeitada del ladrón y asesino Nergol.

-¿Qué quieres, soldado?- la sonrisa se intensificó al remarcar la palabra "soldado".

-¿A dónde vas con todos estos hombres, y que llevas en la carreta?- inquirió Atâva.

- A donde yo vaya, con quien, y qué lleve o deje de llevar no es asunto tuyo-

Atâva estaba en un aprieto, podía recurrir al nombre del Puño, su sola mención era sinónimo de orden y ley, y ningún delincuente se tomaría a broma una advertencia o amenaza de la orden de los guardianes del desierto. Pero estaba en franca minoría, nada podría conseguir si se debía recurrir a la violencia, y recurrir a una autoridad que podía ser desafiada y vencida sólo podía ser contraproducente.

Pero debía hacer algo y se lo jugó a una carta -No entrarás en la caravana si no atiendes a mis exigencias-

Nergol no contestó nada, se limitó a mirarla con sus ojos negros, unos segundos que se hicieron eternos; unos segundos que acabaron cuando, con un movimiento de cabeza indicó a la soldado que mirara hacia atrás.

Al girarse puedo ver que las carretas y los hombres que Nergol dejara en el campamento de la caravana, se acercaba a buen ritmo.

-¿Qué significa todo esto?-

-Significa, soldado, que nos vamos, significa que seguiremos nuestro propio camino y significa sobre todo que…- pero de repente se calló, iba a decir una grosería, un desafío, pero se lo pensó mejor, sí, era divertido dejar en evidencia a uno de esos bastardos del Puño, pero tampoco debía ir más allá, no tenía porqué buscarse un enemigo jurado, aún quedaba mucho camino hasta Adudran, y podían pasar muchas cosas. –Nos vamos- continuó después de la pequeña interrupción –no necesito a nadie y parece que en la caravana ya no se nos quiere, así que será mejor para todos ¿verdad?-

Acabada la perorata hizo de nuevo una señal con la mano y el grupo, ahora ya un grupo de cierta importancia, al haberse sumado al fin las carretas de los higos, eran en total 3 carretas y 14 jinetes, emprendieron una marcha precipitada, todos espolearon a sus caballos, las riendas chasquearon sobre los lomos de los caballos de las carretas, y el grupo se puso al galope, hacia Adudran.

Nergol pretendía, con esa precipitación, no dejar tiempo a nadie a pensar, que cuando la gente de la caravana se parara a reflexionar en lo extraño de todo aquello, en que, en cierta manera, Nergol les había privado de una fuerza "militar" que quizá podrían necesitar, que les había, sencillamente, abandonado a su suerte, ya estuvieran lo suficientemente lejos como para que a nadie se le ocurriera ir en su busca.

[Editado por elfo_negro el 20-11-2010 17:32]

Fragmento 123 por Aragorn_II

Al acercarse al lugar en el que esperaba la caravana, Madair, Lodoc y Zayed vieron una gran polvareda en el horizonte, hacia el norte. Los tres se miraron por un segundo, y sin decir una palabra, entendieron que todos pensaban lo mismo: todos temían un nuevo ataque a la caravana. Apretaron el paso, aunque tampoco podían correr demasiado sin arriesgarse a que el carro que transportaba las provisiones se dañara. Al acercarse, respiraron aliviados al ver que el pequeño campamento estaba en calma y que la polvareda parecía alejarse rápidamente. Pero les extrañó ver a seis jinetes apartados a varios metros del resto de la caravana, y los sorprendió aún más que todos fueran hombres armados y que al frente de ellos estuviera Atâva. Cuando los vio llegar, el soldado de la Orden del Puño Llameante fue a su encuentro.

-Vaya, menudo recibimiento- dijo Zayed extrañado.

-¿Qué ha pasado?- preguntó Lodoc.

-Ese perro traicionero de Nergol… Se fue a Farahkadr un par de horas después que vosotros, y parece que no le costó hacer nuevos amigos en la ciudad. Volvió hace un rato con otros diez hombres, y en cuanto sus otros dos compañeros acercaron los carros con sus malditos barriles, partieron a galope tendido hacia el norte- dijo Atâva.

-Maldita rata… espero que no se haya llevado nada más aparte de sus carros- dijo Zayed.

-No, creo que no. Aunque bueno, quizás así sea mejor. Ese hombre sólo ha causado problemas hasta ahora, y si se hubiera quedado, habría causado más. En fin, quién sabe, a partir de ahora seguiremos caminos distintos, y tenemos otras cosas más importantes de las que preocuparnos. Veo que habéis conseguido las provisiones, ¿habéis tenido algún problema?- dijo el soldado del Puño.

-Alguno, sí, pero nada que no pudiéramos manejar- respondió Lodoc con una sonrisa.

-¿Qué quieres decir?- preguntó Atâva.

-Después de conseguir las provisiones, paramos en uno de los antros de Farahkadr a ver si nos enterábamos de algo relacionado con nuestro ataque. Pero no conseguimos nada. Al poco de salir, nos tendieron una trampa, un hombre nos condujo a un callejón porque tenía información sobre los que atacaron la caravana. Era una treta, claro, y por suerte, los que nos asaltaron no eran ni muy inteligentes ni muy hábiles- dijo Madair.

-Bueno, era lo que se podía esperar, pero me alegro de que hayáis salido indemnes. Ahora hay que pensar en lo que vamos a hacer. Faltan un par de horas para que anochezca, creo que lo mejor es que pasemos aquí la noche, total, apenas avanzaríamos unas pocas millas antes de tener que parar. Además, igual no encontramos otra fuente de agua hasta llegar a Adudran, y hay que aprovechar- dijo Atâva.

-Sí, es cierto, ¿pero no es peligroso quedarnos tan cerca de Farahkadr?- preguntó Zayed.

-Existe el riesgo, obviamente. Pero todos estamos muy cansados, y nos vendrá bien el descanso. Además, en esta hondonada, estamos resguardados de miradas indiscretas, o al menos, de cualquiera que pase accidentalmente por aquí cerca. Si alguien nos anda buscando… Pero mejor no penemos en eso. También hay que asegurarse de que no les pasa nada a las provisiones. Lodoc, busca a varios hombres de confianza, y que vigilen el carro toda la noche. Nadie puede acercarse a él sin mi autorización, házselo saber- ordenó el soldado del Puño.

Lodoc asintió, y los cuatro se encaminaron al lugar en el que los esperaban los otros cinco jinetes que habían acompañado a Atâva. En poco tiempo, el soldado de la Orden del Puño Llameante había comunicado a los demás las novedades y había asignado los turnos de guardia para aquella noche. Todos se alegraron de poder disfrutar de más horas de descanso antes de reanudar el viaje. Sin embargo, a Madair no le preocupaban, al menos no por ahora, los pormenores del viaje. Su mente estaba ocupada en Nergol y en cómo había abandonado la caravana. Quizás, después de todo, había notado que alguien estaba tras su pista y había decidido adelantarse a quien lo estuviera siguiendo. O tal vez el ataque lo había puesto nervioso y simplemente había huido. Realmente eso poco importaba en ese momento, podía pasarse todo el viaje de vuelta a Adudran especulando con los posibles motivos de Nergol pero nunca conocería la verdad. Entonces se dio cuenta de que había fracasado en la misión que le encomendó Yijda. Debía haber seguido de cerca los movimientos de Nergol y ahora lo había perdido. De repente se acordó de Taurigale, y se dio cuenta que aún había una esperanza, que ella sabía lo que realmente transportaba Nergol y que sabía a quién debía transmitir esa información. Madair sonrió, aunque una voz lo sacó de su ensimismamiento.

-Bueno, parece que nos hemos quedado sin trabajo y sin dinero- dijo Do Han.

-¿Qué?...-replicó Madair aún sumido en sus pensamientos- Ah, sí. Pero bueno, no puedes fiarte de hombres como Nergol-

-Es verdad, pero aún así, me habrían venido muy bien las monedas que nos prometió. Aunque creo que en el fondo estaremos mejor sin él, es un hombre extraño al que le rodean los misterios, y eso siempre me había inquietado- dijo Do Han.

-A mi también, no voy a negarlo. Creo que tienes razón, en el fondo es mejor que se haya marchado- replicó Madair.

-Por cierto, casi se me olvidaba. Cila, la muchacha que se está ocupando de los heridos, vino a verme esta tarde. Bueno, por lo que sé, ha estado recorriendo todo el campamento. El caso es que me pidió si tenía alguna tela o trapo que no necesitara, para poder cambiar los vendajes de los heridos más adelante. Le di un viejo pañuelo, y me pidió que cuando volvieras, te preguntara si tenías algo que pudiera servirle- dijo Do Han.

Madair se quedó pensando unos instantes, y se dijo a sí mismo que ya era hora de dejar atrás el pasado. Había llevado las mismas ropas, casi como si fueran un uniforme, durante bastante tiempo, incluso cuando ya no era necesario. Lentamente, se desabrochó la capa y se la entregó a Do Han.

-Sí, toma, entrégale mi capa, podrá hacer bastantes vendas con ella, aunque antes tendrá que lavarla bien, ha cogido mucho polvo estos meses que llevo en el desierto- dijo Madair con una sonrisa.

-¿Estás seguro? Las noches son cada vez más frías, seguro que la echarás de menos- replicó Do Han.

-No, no te preocupes. La llevaba más por una cuestión sentimental que por otra cosa. En serio, entrégasela- insistió Madair.

Finalmente, Do Han cogió la capa y fue a buscar a la muchacha. Madair sonrió mientras se alejaba, y entonces, se acordó de Idhilade, y se preguntó qué estaría haciendo en ese momento y qué es lo que estaría pasando en Adudran. Al cabo de un rato, Atâva los llamó a todos para repartir la cena. Obviamente, la comida se había racionado, y aunque algunos protestaron, la mayoría estuvieron de acuerdo con la medida y con que se vigilara el carro de las provisiones durante todo el día. Cuando terminaron de comer, el soldado de la Orden del Puño Llameante se acercó a Madair para hablarle en privado. Le pidió que como había hecho aquél día, se encargara de conducir el carro de las provisiones el resto del viaje, porque según le dijo, había demostrado ser un hábil conductor de carros y un hombre de confianza. Madair aceptó y se alegró de no tener que cabalgar a lomos de un camello el resto del camino a Adudran.

La noche transcurrió sin incidentes, y poco después del amanecer, la caravana estaba preparada para ponerse nuevamente en marcha. Madair conducía el carro con las provisiones, y a su lado cabalgaba en todo momento la escolta de cinco hombres armados. Los días transcurrieron monótonos y aburridos, sin ningún problema salvo algunas pequeñas discusiones por el racionamiento del agua y la comida. Los heridos iban mejorando poco a poco al igual que el ánimo de todos los integrantes de la caravana. No se toparon con ningún ser viviente en esos días y tampoco encontraron ningún indicio del paso de Nergol. Al mediodía del noveno día desde que dejaran el lago al norte de Farahkadr, la caravana llegó a las estribaciones meridionales de la cordillera de Aridor. Atâva ordenó parar y montar el campamento allí, al abrigo de las montañas, que los protegerían de los vientos gélidos del norte. Todos deseaban llegar cuanto antes a Adudran, pero aún les quedaban otros cinco días de viaje.

Fragmento 124 por Elfo_Negro

Allá donde las estepas se detienen para dejar paso a Sirhelë, allá donde el rio muere y nace Ilcafalmar, se levanta la poderosa ciudad de Adüdran, entre el inmenso desierto y las fértiles llanuras que se extienden al Este. De fuertes murallas y elevados palacios, de comerciantes ladinos y mendigos borrachos, de templos humeantes y rameras perfumadas.

Sobre ella, en un trono que no es suyo, reina, con puño de hierro, el Visir Saffadar.

Tras dos semanas de largo camino, a paso rápido, tragando polvo, comiendo mal, descansando poco, inmersos en el traqueteo de 3 carros a punto de desvencijarse, 14 jinetes atravesaron la puerta Occidental de Adüdran. La guardia los detuvo, pretendían inspeccionar el cargamento. Nergol alcanzó un salvoconducto al capitán de la guardia; éste, azorado, mandó que se dejara pasar a la pequeña caravana. Nergol vio como, inmediatamente después de dejarles el paso franco, el capitán de la guardia cabalgaba y, como un rayo, pasando junto a ellos, se dirigía al centro de la ciudad. Nergol estaba demasiado cansado para pensar, pero debería haberle extrañado tan peculiar conducta, pero no se preocupó. La caravana avanzó por las calles de la ciudad, se convirtieron en una especie de atracción: en la ciudad estaban acostumbrado a ver entrar grandes caravanas, mucho mayores que el pequeño grupo de Nergol pero, esos carros destartalados, esos caballos espumeantes y a punto de caer reventados, las caras agotadas a la vez que siniestras de los jinetes, todo contribuía a que el grupo fuera contemplado como algo exótico.

La ciudad olía a ricas especies, a cuero curado, o orines de caballo, a perfumes caros; de las chimeneas se escapaban jirones de humo de fuego de encina, de algunas casas se derramaba el olor pegajoso de un puchero pobre, de otras el olorcillo de carne asándose. Chiquillos gritaban junto a los carros y cruzaban la calle peligrosamente ante los caballos, caras redondas y estúpidas se asomaban de alguna ventana, algunas mujeres dejaban de tender sus coloreadas ropas para contemplar los polvorientos rostros de los jinetes, incluso de la ventana de alguna taberna, de la que se escapaba un bullicio seductor, aparecía alguna cabeza despeinada que había decidido que era más interesante lo que estaba pasando en la calle que la jarra de cerveza oscura que tenía sobre la mesa y la danzarina que pretendía entretener, con el movimiento de sus caderas, a unos clientes poco dados a la música y a la danza.

La calle acababa en una plaza amplia, que daba entrada al barrio noble de la ciudad: largas y amplias escaleras, elevadas y gruesas columnas, palacios toscos que pretendían alcanzar el cielo. Ahí tenían sus casas y palacios los más ricos comerciantes, los más nobles caballeros, los sacerdotes más impíos y ahí se levantaba el palacio real. Pórticos elevados, cúpulas sucediéndose, todo un laberinto gigantesco alzándose en distintos niveles, conectándose con escaleras y puentes,… donde convivía el poder.

La pequeña caravana se detuvo ante una escalera franqueada, una a cada lado, por dos torres almenadas. Les esperaba toda una compañía armada: jinetes montados en corceles blancos ricamente enjaezados, armados con brillantes armaduras y cascos empenachados, empuñando largas picas; había también un cuerpo de infantería, más de 100 soldados entre arqueros y lanceros. Todos perfectamente formados. Les salió al paso uno de los jinetes, su armadura bruñida reflejaba el sol que hacía sudar a Nergol, embutido en sus sucios pantalones y en su apestosa camisola.

De todo eso hacía ya un día. Nergol había tenido tiempo de descansar, había tenido tiempo de pensar… y había tenido tiempo de odiar, de odiar como jamás había odiado.

Ahora estaba en una sala de unas 100 yardas cuadradas, de techo abovedado y bajo, en el que apenas podía ponerse en pié sin tocar con la cabeza los nervios de las bóvedas. Estaba sentado en un banco de piedra, sólo vestido con los pantalones, sin camisa y sin botas. Sentado en una oscuridad sólo rota por la luz rojiza de unos pobres candiles de aceite. Y no estaba sólo, en la sala había otros… otros prisioneros, más de 15. El era el último que había sido arrojado a esa apestosa mazmorra.

Apenas podía verlos, rostros sucios, demacrados, enfermos y, sobre todo, rostros asustados.

Al menos no lo habían encadenado, como a algunos de esos desdichados, al menos no lo habían torturado como a alguno que gemía ovillado en un rincón. No, solamente lo habían golpeado un poco, lo habían desnudado, y lo habían encerrado en una mazmorra de la que probablemente jamás saldría vivo, en la que tendría que comer pan agusanado y beber agua podrida, en la que tendría que respirar aire corrompido por la sangre y la muerte, los orines y las heces, hasta el momento en que se decidiera que debía morir.

Sí, esa había sido la recompensa del Visir, en eso se había trocado el oro prometido, ese era el precio de su sudor, eso valía el largo viaje por el desierto, finalizando con éxito el transporte de la mercancía del visir. Y eso no era todo.

[Editado por elfo_negro el 06-12-2010 20:37]

Fragmento 125 por Elfo_Negro

Cuando el día anterior llegaron a la escalera que conducía al palacio el jinete de brillante coraza (y mirada arrogante) les ordenó desmontar sin dar opción a otra cosa, incluso a los conductores de los carros. Aunque era una situación que no gustaba a Nergol, obedeció. Se imaginaba que los soldados se harían cargo de los carros y de la mercancía. Intentó explicárselo al soldado, intentó explicarle que quería llevar personalmente los barriles ante el Visir, que era un cargamento muy especial; pero el soldado, desde la altura de su montura y con evidente desdén le dijo que tenía órdenes directas del Visir.

Se llevaron los carros, incluso el de los víveres. El grupo de Nergol, guardado por unos 60 soldados, subió la larga escalinata. Al bastardo del caballo no lo volvió a ver, desapareció llevándose los carros y los barriles hacia una plaza que se extendía en la zona trasera del palacio real, donde estaba instalada una fuerte guarnición de caballería.

Así que entraron en el palacio más como prisioneros que como servidores que esperan ser ricamente recompensados.

Una vez dentro le hicieron separarse de sus chicos. Mientras él subía una nueva escalinata, que sabía conducía a las salas principales del palacio, sus chicos tomaron camino por un pasillo lateral (no los había vuelto a ver).

Ocho soldados le conducían hacia su destino. Sabía que algo no andaba bien, pero tampoco estaba excesivamente preocupado, él había realizado más o menos con éxito la misión y sabía que al visir le gustaba hacer patente su poder, hacer ostentación de su fuerza, que todos supieran que su vida o su muerte dependía sólo de si el Gran Señor estaba o no de buen humor.

Pasaron de largo la sala de audiencias (donde había sido conducido la primera vez, cuando le encargaron el "trabajo") y se adentraron en el palacio, atravesando salas y salitas de altísimos techos, todas brillantes y exuberantemente decoradas, perfumadas de incienso. Por fin se detuvieron ante una gigantesca puerta, desarmaron a Nergol y uno de los soldados golpeó el picaporte. Se abrió la puerta.

Era una sala grande, con el piso cubierto de mullidas alfombras, con tapices riquísimos colgando de las duras paredes de piedra y con grandes cojines esparcidos formando ambientes separados junto a grandes búcaros llenos a rebosar de flores, mesitas de fina marquetería y fuentes en las que destacaban frutas variadas y jarras de agua y vino. Debía ser una de las salas que el visir usaba para sus orgías, pero en ese momento estaba casi vacía, solo en el fondo de la sala había gente: el visir, sentado en un trono bajo, cuatro soldados con las espadas desenvainadas, y una mujer tumbada, como si durmiera, sobre unos cojines, justo al lado del trono del visir, vestida con vestidos vaporosos y ligeros.

Se sentía sucio, le molestaba andar con sus botas viejas sobre esa alfombra perfecta, le incomodaba saberse sudoroso y maloliente en esa sala de exquisita voluptuosidad. Pero todas esas sensaciones desaparecieron. Se le heló la sangre.

Su cara sucia y mal afeitada palideció de repente. No fue la visión imponente del visir, con su gran y poderoso cuerpo embutido en ropas elegantes de cuero y seda, no fue la mirada de piedra que le lanzó el visir, no fue la sonrisa burlona que se dibujó en la cara de aquel que podía ordenar su muerte con un solo movimiento de cabeza, no, lo que hizo palidecer a Nergol fue la mano derecha del visir. Con ella acarició le abundante cabellera de la mujer que estaba junto a su trono. Ella estaba durmiendo, seguramente ebria o exhausta por los juegos del amor, le retiró el cabello de la cara. Era Turinia.

-¿Es hermosa, verdad?- Preguntó el visir mientras acariciaba la frente de la muchacha dormida con su gran pulgar.

Nergol había quedado paralizado, no sabía qué hacer. Si hubiera estado sólo ante el visir quizá se le hubiera lanzado al cuello, quizá... pero ella, él sabía lo que era, y nunca había sido un hombre celoso. Pero aquello no era un "trabajo" era algo más, el visir tenía un surtido harén, ¿por qué habría de necesitar una prostituta? Le estaba poniendo a prueba, quizá era una amenaza ¿estaba realmente amenazando a Turinia o sólo era una más de esas pruebas de poder? ¿Era eso? ¿Le estaba diciendo - puedo quitarte todo, tú no tienes nada-? Sí, quizá le hubiera saltado al cuello, pero estaba desarmado y estaba rodeado de los ocho soldados que le habían conducido hasta ahí y frente a los cuatro que protegían al visir, no podía levantar un dedo antes de que 3 o cuatro espadas lo ensartaran.

-Me han comentado que os conocéis- insistió el visir ante el silencio de Nergol.

-Sí, nos conocemos- dijo Nergol, masticando las palabras.

-Sí, sí, es realmente encantadora, y muy complaciente- continuó el visir con un calculado aire indiferente.

-¿Qué hace ella aquí?- preguntó amenazador Nergol, sabiendo que podía ser lo último que hiciera. -yo he cumplido mi parte del trato, he traído a Adüdran esos malditos barriles ¿y se me recompensa con… esto… esta especie de ofensa?-

-¿Ofensa?, ¿Qué ofensa?, no muchacho, no hay ofensa, sólo que me pareció buena idea conocerla bien, me habían hablado muy bien de ella. El visir continuaba acariciando a la muchacha que extrañamente continuaba dormida.

Nergol, se dio cuenta que algo fuera de lo común ocurría -¿Qué le ocurre, qué le has hecho, porque no se despierta?-

-Oh nada, creo que ha abusado de un preparado de cáñamo que mis herboristas preparan con maestría, está bien,… de momento- detuvo sus caricias y se frotó las manos y preguntó, con mirada risueña, como un niño que acaba de hacer una travesura que sabe no van a castigarle -¿y bien, qué decías del cargamento, todo fue bien?-

Nergol, con la mirada fija en Turinia contestó maquinalmente -Sí, todo fue bien-

-¿Los barriles, han llegado intactos?-

-Sí, nada ha ocurrido, la carga está completa, yo he cumplido mi parte-

-Ya veo, ya veo, ¿y ahora quieres tu oro, verdad? No quieres entretenerte en este palacio, quieres coger tu oro y largarte. Podrás comprarte muchas cosas, podrás lavarte… por cierto, ¿no te parece un poco irrespetuoso presentarte vestido como un cerdo?-

Qué demonios era eso, qué era tanta cháchara y a qué venía ahora lo de la ropa, Nergol empezaba a asustarse, ¿acaso no iba a pagarle, acaso le haría daño a Turinia?

De repente, de detrás de un tapiz, apareció un soldado, con una señal el visir le ordenó que se acercara. El soldado le susurró algo al oído durante un buen rato. El rostro del visir se tensaba por momentos y una sombra de furia le cruzó la cara, torciéndole el labio. El soldado se retiró unos pasos, el visir miró con ojos de fuego a Nergol.

-Nergol, Nergol, Nergol, sabes… algunos dicen que soy un hombre despiadado, alguien cruel y brutal, pero eso, Nergol, no es del todo cierto, por ejemplo, encargué un trabajo sencillo a una basura humana, no, él no se lo merecía, podría haberlo destripado, pero le ofrecí un trabajo, le di oro y le prometí mucho más, sólo tenía que traerme una cosa de otra ciudad ¿no es tan complicado verdad? Traerme una cosa en secreto, que nadie supiera qué era esa cosa ¿no es difícil verdad? No, yo creo que no- El visir cada vez hablaba con más rabia, Nergol se creía muerto. –No, no es tan dicifil, claro que no- Saffadar continuaba, una ligera espuma le borbotaba de la comisura de los labios. –Y esa basura humana, lo llamo así, ahora verás porqué lo llamo así… esa basura humana, no ha cumplido bien su trabajo, ¡No!, porque el secreto que debía guardar, se ha descubierto, vete a saber cuantos lo saben ya, Sí, Nergol y sabes lo que más me ofende, no, no es que no haya hecho bien el trabajo, no, lo peor es que se ha presentado aquí, en mis más nobles salas vestido de camellero, apestando a camellero y esa basura, Nergol, esa basura me ha mentido a la cara. ¿qué le harías a esa basura, Nergol? ¿qué te parece que debería hacerle, debería matarlo, torturarlo,… ummmm… quizá podría arrancarle la cabeza a su puta, hecerle mirar y luego arrancársela a él?

En un movimiento brusco el visir agarró de los pelos a Turinia, se levantó en toda su corpulencia y de un tirón levantó a la chica que, ahora, sí se despertó, gimiendo asustada.

Nergol, en un acto reflejo se abalanzó contra el visir, no llegó a él, ni siquiera dio un paso. Un fuerte golpe en la cabeza le hizo perder el sentido.

Se despertó dolorido y casi desnudo en una mazmorra, en una de las famosas y terribles mazmorras de Adüdran, hacía un día de eso.

[Editado por elfo_negro el 06-12-2010 20:25]

[Editado por elfo_negro el 06-12-2010 20:32]

Fragmento 126 por Aragorn_II

Mientras aún agarraba a Taurinia del pelo, el visir contempló complacido cómo dos de sus soldados arrastraban el cuerpo inconsciente de Nergol. No pudo evitar que una sonrisa de perversa satisfacción se dibujara en su rostro ante aquella situación. Nunca le había gustado aquel pobre infeliz, aunque cuando le encargó la misión llegó a pensar que podría haberle sido útil en el futuro. Pero no, era mejor así. Nadie, excepto los pocos hombres que tenía a su servicio en los que confiaba (al menos todo lo que Saffadar podía confiar en alguien) debía conocer la existencia de los barriles y mucho menos su contenido. Se desharía de Nergol y de sus hombres como se había deshecho de todos los problemas o molestias que habían surgido en el pasado: rápida y discretamente. Cuando los soldados que arrastraban a Nergol salieron de la lujosa sala, el visir soltó los cabellos de Taurinia y la tiró al suelo. Entonces, el soldado que había permanecido a la espalda del visir se le acercó y le habló.

-Mi señor, ¿qué hacemos con los hombres de Nergol? No creo que les podamos sacar más información. Prácticamente no hizo falta torturarlos para que hablaran, estaban tan asustados que algunos empezaron a hablar antes de tocarlos. Sólo dos de ellos lo acompañan desde que salió de Dassart, al resto los contrató en Farahkadr- dijo el soldado.

-Sólo para asegurarnos, seguid torturándolos unas cuantas horas. Después matadlos y aseguraos de que nunca encuentren sus cuerpos- replicó el visir mientras veía a Taurinia sollozando en el suelo.

-Así se hará mi señor. ¿Qué hacemos con ella?- preguntó el soldado mirando a Taurinia.

-Llevadla a mi harén. Aún no sé cuál será su destino… y hasta entonces no veo por qué he de privarme de su voluptuosa compañía- respondió el visir riendo.

El soldado sonrió y ordenó a los guardias que se llevaran a la muchacha al harén. Cuando se hubieron marchado, y quedaron solos el visir y él, volvió a hablar: ¿Y qué hacemos con Nergol, mi señor? ¿Lo interrogamos también o lo matamos cuando despierte?- preguntó el soldado.

-No creo que sea el tipo de hombre que ceda a la tortura, asi que el interrogatorio sería una pérdida de tiempo. Que lo lleven a las mazmorras y ejecutadlo en un par de días. Dejemos que piense tranquilamente en el futuro que le espera- respondió el visir.

-Muy bien mi señor. Por cierto, ya hemos dispuesto de los barriles como ordenó. Los soldados que los transportaron al lugar que nos indicó son de confianza y no hablarán por la cuenta que les trae. Ya les insinué lo que les ocurriría si algo se llegaba a saber- dijo el soldado.

-Bien, todo marcha estupendamente. Bueno, a decir verdad aún quedan algunos cabos sueltos que podrían llegar a ser inconvenientes. No un problema grave, pero sí una molestia innecesaria- dijo el visir.

-¿A qué se refiere mi señor?- preguntó el soldado.

-Al resto de los integrantes de la caravana en la que viajaba Nergol. Ha habido demasiados incidentes durante el viaje, además Nergol y sus hombres no han pasado precisamente desapercibidos, y cuando lleguen a la ciudad acapararán la atención de todos. Y en las tabernas se hablará mucho de la misteriosa emboscada que sufrieron, y seguro que el nombre de Nergol saldría a relucir en muchas conversaciones. Y puede que en alguna ocasión, alguien comente que lo vio entrar en el palacio del visir custodiado por la guardia… Por no mencionar lo que un soldado del Puño Llameante podría contar sobre el ataque al resto de miembros de su orden. Y esa perspectiva no me gusta demasiado. La caravana no debe entrar en Adudran, al menos no públicamente- dijo el visir con un tono de voz frío y autoritario.

-¿Quiere que los eliminemos?- preguntó el soldado sin entender del todo las palabras del visir.

-No, son demasiados como para que podáis acabar con ellos fácilmente en medio del desierto. Además, intuyo que ahora no sería tan fácil sorprenderlos. Por lo que han contado los hombres de Nergol, la caravana debe estar a unos dos o tres días de la ciudad. Quiero que cojas a unos cincuenta hombres de confianza y patrulléis la ruta de las caravanas que se dirigen al sur. No creo que os sea demasiado difícil encontrarlos. Cuando lo hagáis, acercaos a ellos y decidles que os envían para escoltarlos hasta Adudran, que la historia del ataque que han sufrido ha llegado a la ciudad antes que ellos… Haced todo lo posible para que confíen en vosotros, así no se darán cuenta que en vez de escoltarlos, los estáis conduciendo a su muerte. Entrad en la ciudad de noche, por la puerta suroeste y conducidlos a la plaza que hay junto a la entrada del cuartel de la guardia. Nadie os verá, yo daré orden para que los soldados del cuartel tengan preparado un recibimiento adecuado. Después, desarmadlos y llevadlos a las mazmorras. Ejecutadlos a todos al alba, y a Nergol también. Después deshaceos de los cuerpos y destruid los restos de la caravana- dijo el visir.

-Así lo haré mi señor- dijo el soldado inclinando la cabeza.

-No me falles, o la suerte de Nergol será agradable en comparación con tu destino si fallas en esta misión- dijo el visir.

Mientras observaba cómo el soldado se marchaba, Saffadar se quedó pensando en silencio. Lo sucedido en la caravana le preocupaba mucho más de lo que podía admitir, incluso a uno de sus hombres de mayor confianza. Pero más que la incompetencia de Nergol o que alguno de aquellos desgraciados hubiera descubierto algo sobre los barriles, le preocupaba el ataque que había sufrido la caravana. Por lo poco que habían contado los hombres de Nergol, el visir sabía perfectamente quiénes los habían asaltado y eso era lo que lo atormentaba. ¿Era una simple coincidencia que los Bassarâ atacaran la caravana que transportaba sus barriles? No, no podía serlo. Esos perros nunca habían atacado tan al sur de Adudran, hasta ahora sus ataques siempre habían tenido lugar en las cercanías de la ciudad, a dos o tres días de distancia como máximo. Pero si no había sido una fatal coincidencia, ¿cómo se habían enterado que esa caravana transportaba los barriles? ¿Y por qué no los habían destruido? En ese momento, el visir se alegró de no haber ordenado aún la muerte de los hombres de Nergol. Quizás esos desgraciados podían contar algún detalle que le ayudara a entender lo sucedido. Aunque los despreciaba y los odiaba, Saffadar también sabía que los Bassarâ eran mortalmente eficaces, y que si hubieran querido, podrían haber destruido la caravana entera con su primera andanada. Con que una sola de sus flechas incendiarias hubiera acertado en uno de los barriles, todo el lugar habría sido arrasado. No, debía haber una explicación para que no los hubieran querido destruir… quizás su intención era apoderarse de ellos y usarlos para sus propios fines. Rápidamente, Saffadar desechó esos pensamientos. Poco importaba lo que hubieran intentado los Bassarâ: los barriles estaban en su poder y en unos días todos los que conocían su existencia, a excepción de sus hombres de confianza, estarían muertos.