Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

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Fragmento 113 por peregrinoscuro

"Está claro que la mercancía debe ser buena. Higos de oro deben ser" pensaba Garlan mientras veía cómo Nergol increpaba a una oronda mujer para que se bajara de su carro. Le dolían los brazos de disparar aunque, por suerte, sus dedos estaban acostumbrados a tocar cuerdas y con los callos evitaba el dolor que ya debería haber aflorado en ellos.

No entendía cómo podría preocuparle más la carga que llevaba que la integridad de los que acompañaban su viaje. Cómo podía anteponer su dinero a la noble función de salvar una vida. Su mirada iba de los pocos supervivientes a los matorrales calcinados, mientras evaluaba la cantidad de personas que habían muerto. "Demasiados" pensó. Tomó más flechas de su alrededor y se volvió a proteger cerca de los carros.

"... Pero si no baja de mi carro inmediatamente, la bajaré yo", oyó a su patrón malhumorado. Las flechas ya no llovían sobre ellos, no con asiduidad constante, y el fuego acortaba la visión más si cabe. Había paz. Tranquilidad. "¿Se ha terminado?" pensó. Entonces lo vio. Una melena dorada y ondulada, ojos de pupilas dilatadas, colmillos amarillentos, cargando hacia el carro. Disparó una flecha. Erró. Lanzó otra mientras sentía que su voz no daba tono con el que avisar del peligro, volvió a fallar. Y, casi sin asimilarlo, vio como ese animal se lanzaba hacia quien le había adoptado como subordinado.

Hay ocasiones en las que una persona, por pequeña que sea, tiene el potencial de una semilla. Puede tratar de conseguir grandes gestas a base de heroicidades o estupideces, según quien las vea. Garlan supo que ese momento, era el que le permitiría definir su destino: "Bardo superviviente... o vivo retrato de los grandes clásicos. Humano sencillo con futuro en una taberna o héroe valeroso. Esbirro de un comerciante o leyenda de los nómadas..." Sabía que el destino jamás era tan agradable como las canciones que se sabía, estrofa por estrofa. Pero decidió el camino difícil. Salvaría a "su jefe" aunque le fuera en ello la salud.

Tomó dos flechas y tiró a su lado el arco. Sólo habría una oportunidad.

[Editado por peregrinoscuro el 27-09-2010 17:08]

Fragmento 114 por Elessurendil

Rom era un poco precipitado pero no era tonto, sabía que Cararë estaba del lado de los malos.

No había intervenido más que cubriendo a Atava de los ataques de algunos temerarios elfos. Seguramente que si hubiese sido otro el enemigo, hubiese intentado asestarle algún golpe él también, pero era ella, la celestial rubia elfa, celestial por más que con una furia animal y el rostro desdibujado intentara una y otra vez lastimar a la guardiana de la Orden del Puño.

Aquella batalla no tendría que haber ocurrido nunca. La idiosincrasia del pueblo ashlarida recurría siempre a este concepto, que más que concepto era un deseo. Romearailath custodiaba los cuatro puntos cardinales, cubría a Atava, y protegía a Cararë, mientras pensaba en como revertir todo esto.

Entonces Atava comenzó a llevar la ventaja, asestó un rodillazo en la boca del estomago de su rival dejándola casi sin aire. Cararë igualmente se movía diestramente, o lo más diestramente que podía, hacia atrás. La andrógina humana latigueó el aire una y otra vez con su espada, propinando tremendo sablazo en la armadura bermellón de la otra a la altura del hombro izquierdo. La rubia estaba medio vencida. Rom fue acercándose a las duelistas.

- Fuera de aquí, humano… - masculló Cararë, en actitud gallarda y desesperadamente audaz.

La vanguardia había logrado hacer retroceder a los bassara. Se llevaban a los leones que habían sobrevivido. Tal vez fuera una retirada, o tal vez una estrategia. Pero al menos por el momento no morirían más inocentes. El campo de batalla se mostraba como suelen ser los campos de batalla luego de la sangre, fuego, humo, y un desperdicio de cuerpos por doquier.

- Señor, Atava. Le pido por favor que no le haga más daño.- dijo Rom.

Atava parecía haber observado alguna vez la actitud obsesiva de Rom hacia la elfa.

- Rom, busca a los otros. Tenemos que terminar esta batalla. – le ordenó la mujer.

- No.- se plantó Rom con toda la firmeza que tenía. – No puedo.- Atava le clavó los ojos perturbada. Sin dejar de apuntar a Cararë, desarmada.

- Chico, hay un enemigo del cual defendernos. No… no líes…- dijo la oficial, y dio una estocada que cortó el pecho de la elfa, tras lo cual recibió un sorpresivo empujón de Rom.

- Ella merece tener la oportunidad de darse cuenta y volver tras sus pasos… de volver tras sus pasos y darse cuenta. – repitió el sureño con su aguja en guardia. Cararë escupió al suelo.

A esas alturas Atava estaba dispuesta ya a matarlos a los dos.

Él lo sabía y tenía que tomar medidas.

- Tú, haz una cosa. Si al menos te consideras tan valiosa para lo que sea que se le dio a tu gente por emprender esta matanza… corre, hasta tener tiempo de recapacitar. - dijo Rom con dolor, una angustia que le permitía sentir la ingenuidad de sus palabras.

Agitó su espada frente a su capitán. Sólo necesitaba conseguir tiempo. Y piedad.

Rom estaba loco, pensó Atava. Pero no mataría al chico a sangre fría. Y la única forma de perseguir a Cararë era primero noqueándolo a él. Pero luego, si ella iba hacia su gente, se encontraría rodeada. Echó mil maldiciones, pero estaba contrariada. Tuvo que dejar huir a Cararë, del muchacho se encargaría más tarde… seriamente.

[Editado por Elessurendil el 03-10-2010 03:30]

Fragmento 115 por Aragorn_II

Un grito de terror desgarró la noche ahogando el fiero rugido de la bestia. Grunilda chillaba como un animal en el matadero desde que vio al león abalanzarse sobre ella. Nergol pudo agacharse en el último momento esquivando las garras de la bestia, pero Grunilda quedó paralizada por el miedo. El chillido se ahogó en la garganta de la mujer en el mismo momento en que las fauces de la bestia se cerraron sobre ella, seccionándole la yugular con un poderoso mordisco. Grunilda y el león cayeron al suelo por la violencia del impacto, pero en su caída, la mujer destrozó una de las barandillas del carro y lo hizo tambalearse. La mala suerte quiso que las correas que sujetaban uno de los barriles no estuvieran bien seguras, y éste cayó al suelo, abriéndose y vertiendo parte de su contenido.

Rápidamente, Nergol se puso en pie empuñando sus dos espadas, dispuesto a hacer frente a la bestia, pero cuando vio el tan codiciado, y mortal, polvo negro desparramado por el suelo, le dio un vuelco el corazón. Por unos instantes que se le hicieron eternos, por la mente de Nergol desfilaron los panoramas y situaciones más funestas que podía imaginar. Desde que parte del polvo se acercara al fuego y todo fuera destruido rápida y violentamente, hasta lo que le haría el visir de Adudran si se enteraba del ataque a la caravana y de que uno de los barriles se había abierto accidentalmente. Pero un nuevo rugido de la bestia lo sacó de su ensimismamiento, ya tendría tiempo después para preocuparse de cómo recogería la pólvora y de cómo explicaría que en los barriles no hubiera higos. Pero ahora, con el león acercándose nuevamente hacia él, Nergol apartó esos pensamientos de su mente. “Si esta maldita bestia te degolla o te abre en canal el vientre ya no tendrás que preocuparte de nada de eso, idiota”, se dijo a sí mismo el hombre mientras se ponía en guardia esgrimiendo sus espadas. Pero antes de que el animal se abalanzara sobre él, apareció Garlan y atacó a la bestia. Antes de que ésta pudiera reaccionar, le clavó en el costado derecho una de las flechas que llevaba. Iba a clavarle la segunda cuando el león, furioso y dolorido, se revolvió ferozmente contra Garlan. De un zarpazo le arrancó la segunda flecha, y antes de que pudiera coger otra, el león lo derribó de otro violento zarpazo en el cuello.

El cuerpo de Garlan cayó al suelo, y antes de que la bestia pudiera rematarlo, Nergol la atravesó con una de sus espadas mientras que le clavó la otra en la parte posterior de la nuca, matándola instantáneamente. Instantes después llegaban Lodoc, Madair y Do Han, pero ya no había nada que hacer. El marido de Grunilda estaba arrodillado junto a ella, llorando su muerte. De no ser por las trágicas circunstancias que los rodeaban, la visión de aquel hombrecito enclenque y debilucho junto al voluminoso cuerpo de aquella mujer habría resultado cómica. Nergol seguía junto al cuerpo de la bestia, limpiando la sangre de sus espadas, cuando Lodoc, Do Han y Madair repararon en el barril volcado y el polvo que se había esparcido por el suelo. Antes de que ninguno pudiera decir algo, una de las mujeres se tendió junto a Garlan y gritó.

-¡Deprisa, ayuda! ¡Este hombre aún vive, pero no lo seguirá haciendo si no le ayudamos y rápido!- exclamó la mujer.

Do Han, Lodoc y Madair fueron a ayudarla, y entre los tres llevaron el cuerpo de Garlan a la zona más segura de la barricada. Pero mientras lo hacían, por un segundo, las miradas de Madair y Nergol se cruzaron, y fue como si un pequeño combate se entablara entre ambos. La mujer que se había acercado al cuerpo de Garlan tenía algunas nociones de curación, y después de limpiar las heridas, aplicó sobre ellas un ungüento de terrible aspecto y olor. Garlan se quejó y tuvo convulsiones durante unos segundos. Después abrió los ojos, e intentó hablar, pero apenas tenía un hilo de voz.

-Tranquilo, no te preocupes, te recuperarás pronto- le dijo la mujer intentando tranquilizarle, pero en el fondo sabía que había una posibilidad de que el muchacho no pudiera volver a hablar.

Mientras los demás ayudaban a Garlan o intentaban consolar al marido de Grunilda, Nergol actuó rápidamente. Levantó el barril y recogió lo mejor que pudo el polvo esparcido por el suelo. Pero sabía que era imposible recogerlo todo y que debía intentar disimular su rastro lo mejor que pudiera. Pateó el suelo con la esperanza de poder echar tierra sobre el polvo, pero no lo consiguió. Desesperado, cogió una de las cantimploras que había en el carro, y vertió su contenido en la zona en la que había caído el polvo. Después arrancó una flecha cercana y la clavó lo mejor que pudo en la cantimplora y la dejó cuidadosamente en el centro del charco de agua. Se puso en pie, y dejó el barril en el carro, atándolo firmemente mientras maldecía el nombre del perro que no lo había sujetado bien en un principio. “Si supiera quién ha sido le arrancaría los ojos, lo desollaría vivo y lo dejaría para que los buitres y los chacales dieran buena cuenta de él” se dijo Nergol. Volvió a mirar el charco de agua e intentó sin éxito volver a cubrirlo con tierra lo más disimuladamente posible. A pesar de todo, daría el pego para la mayoría de los ojos, aunque no confiaba en que eso engañara a Madair, pero siempre podría jugar la baza de ser el héroe que había protegido a tantos inocentes durante el ataque. La idea le hizo gracia, y sonrió y rió para sus adentros. Y en ese momento cayó en la cuenta, ¿dónde estaba Yufrén? No estaba con Madair cuando volvió de la cabecera de la caravana.

En ese momento, un clamor se elevó a lo lejos, en el lugar en el que los jinetes al mando de Atâva hacían frente a los misteriosos atacantes.

Fragmento 116 por Thauld

Cararë contempló divertida la escena, aquel pobre muchacho debía haber escuchado demasiadas historias sensibleras, y como muchos hombres creían haber encontrado de pronto a su Lúthien, anonadados de la belleza de los suyos, pero desconocedores de cuan imposible era que uno de ellos se viera atraído por uno de su raza.

Levantándose con nuevas fuerzas buscó con la mirada a los suyos, y como un relámpago un corcel se acercó a ella y subiéndola su jinete a la grupa del animal en el acto, y llevándola lejos, a lugar seguro.

Cararë era consciente lo cerca de la muerte que había estado aquella noche. Había encontrado un contrincante digno, como hacia tanto tiempo que no hallaba, y casi había pagado con su vida dicho placer. Sin embargo, no olvidaría tan fácilmente aquella noche, ni aquel rostro. Algún día saldarían deudas, y esa vez no pensaba fallar. Mientras que aquello llegaba abrazo con intensidad al jinete que la portaba.

-No debiste arriesgar tanto, pero ten por seguro que en pocos días te traeré la cabeza de ese mal nacido- sentenció Ohtûlk

-No temas querido, nada trágico ha pasado esta noche. En cuanto a la venganza, déjame ese placer a mi.-

Atâva no pudo otra cosa que observar impotente como la elfa escapaba, al igual que la mayor parte de sus atacantes. A decir verdad, diría que en aquella carnicería, ellos únicamente le habían arrebatado la vida a sus mascotas, y tras tantas perdidas, tan tantas muertes inocentes, aquello le partía el pecho. Clavó su mirada enrojecida por la ira y la tristeza en Rom, que ante la dureza de la misma y ante un sentimiento creciente de vergüenza inclinó la mirada. Se hubiera desahogado con él, pero no era justo, ni el momento. Ahora era el momento de atender a los heridos, enterrar a los muertos y prepararse en cuanto antes para partir, y poner una distancia prudente, entre ellos y sus agresores.

Sin decir palabra pasó ante la culpable figura de Rom, y en poco tiempo hizo que se reunieran los que quedaban de la caravana. Les contó lo sucedido, omitiendo los actos de Rom para evitar el linchamiento, y marcó las acciones que habrían de realizarse a inmediato. Aquellos que tuvieran algún conocimiento en curas, o aquellas hábiles con el hilo y la aguja se dedicarían a hacer curas, mientras que unos cuantos hombres comenzarían a cavar una fosa con las escasas palas que habían, donde colocar a sus muertos en hileras. El resto ayudaría en lo que pudiera en la preparación de la caravana, para emprender el camino en cuanto antes. Y encomendadas dichas tareas, todos, incluido ella misma, comenzaron a trabajar de inmediato. Ahora más que nunca necesitaban mantener la mente ocupada, y salir cuanto antes de aquel horrible lugar.

Fragmento 117 por Aragorn_II

Los gritos de júbilo y alegría desatados cuando se vio a Atâva regresar con sus hombres tras haber conseguido que los atacantes se retiraran contrastaban con los gritos de dolor de los heridos y los desconsolados llantos de aquellos que lamentaban la pérdida de su familia o de algún amigo cercano. Había otros sin embargo que no conseguían reaccionar, algunos se quedaban con la mirada perdida, fija en el horizonte, totalmente alienados, mientras que otros se echaban a llorar sin razón alguna más que el miedo y el exceso de adrenalina. De los sesenta y dos hombres, mujeres y niños que formaban parte de la caravana antes del ataque, sólo quedaban con vida treinta y siete personas cuando éste hubo finalizado. Una vez se aseguró de que los heridos eran atendidos lo mejor que se podía, Atâva habló con Lodoc y Darher para discutir lo que debían hacer a continuación. Madair los observaba en silencio, expectante, como la mayoría de los integrantes de la caravana. Tras unos minutos, Atâva ordenó que se comenzara a cavar una gran fosa para enterrar a los muertos. Y mientras algunos de los hombres de Hamad repartían las palas que habían encontrado, Lodoc llamó a Madair y a otros dos de sus hombres para hablar con ellos.

-Esto es una carnicería, y no creo que los estómagos de la mayoría sean lo suficientemente fuertes como para soportarlo. Hemos estado hablando, y no creo que sea prudente ni justo pedir a esta gente que rebusque entre los restos de la caravana algo de utilidad cuando se pueden encontrar cadáveres despedazados y mutilados. O algo peor- dijo Lodoc.

-Estoy de acuerdo- dijo uno de los guardias.

-Muy bien. Os he llamado porque por lo que he visto esta noche, creo que podéis soportar casi cualquier cosa. Vamos a buscar algunas telas, y mientras los demás cavan, vamos a recorrer la caravana para cubrir todos los cadáveres que encontremos e ir agrupándolos cerca de la fosa. Sólo buscaremos en lo que era el perímetro del campamento original de la caravana, desgraciadamente no podemos hacer más. Tened mucho cuidado al cubrir y transportar los cuerpos, no queremos más ataques de histeria o de pánico, eso es lo que pretendemos evitar- dijo Lodoc.

Los demás asintieron, y rápidamente comenzaron la penosa y triste tarea. El panorama era dantesco y desolador, y a pesar de que se contenían, les revolvía las tripas a los cuatro. Había cuerpos destrozados e irreconocibles, totalmente despedazados por los leones, con miembros arrancados y esparcidos a algunos metros de distancia. Otros estaban prácticamente carbonizados, y el olor a carne quemada que desprendían era realmente nauseabundo. Pero lo peor era arrancarles las flechas que los habían incinerado. Después de una hora, habían conseguido agrupar los cuerpos de veintidós de los veinticinco muertos. Uno de los cuerpos que no apareció fue el de Yufrén, al que uno de los leones había arrastrado al interior del campo de gramíneas. Cuando terminaron, le hicieron una señal a Atâva, y ésta dio nuevas órdenes.

-Ha sido una noche muy dura, y sé que estáis agotados y que muchos lloráis la muerte de algún ser querido. Pero este no es momento para lamentaciones, no podemos permitirnos ese lujo. En un par de horas amanecerá, y si no trabajamos todos juntos, moriremos. Nuestra prioridad principal son las provisiones. Darher, ve con siete hombres y reunid todo lo que pueda ser salvado, y traedlo poco a poco aquí.. Zayed, tú asegúrate de que nadie, y repito, nadie, les ponga la mano encima hasta que yo lo diga- dijo Atâva mientras Zayed y Darher asentían, y al resto les pareció una decisión justa.

-Pero no podemos salir de aquí solos. Azîm, tú y cinco hombres reunid a todos los camellos y caballos que sigan con vida y aseguraos de que no pueden huir-dijo Atâva.

-Cuando acabemos, ¿podemos ir a buscar a los que se han escapado? Muchos de ellos llevaban provisiones o mercancías que nos podrían ser muy útiles- dijo Azîm.

-No, es muy arriesgado. Debemos actuar deprisa y salir de aquí cuanto antes. Por último, Lodoc, tú y seis hombres más buscad entre los restos de la caravana cualquier cosa que nos pueda ser de utilidad. Los demás, seguid cavando- respondió el soldado de la Orden del Puño.

Mientras todos se ponían en marcha en silencio, Nergol se quedó con sus carros, negándose a abandonarlos. Como los heridos estaban siendo atendidos junto a ellos, Atâva lo permitió a regañadientes. No era el momento para una discusión semejante. Aunque sabía que su actitud provocaba que dudaran y sospecharan aún más de él, no podía alejarse de su cargamento. No después de que aquella maldita mujer casi lo arruinara todo. De mala gana aceptó que sus chicos ayudaran al resto, aunque les hizo saber que estuvieran atentos a cualquier cosa rara. En poco más de una hora, el grupo de Azîm reunió a las bestias que quedaban con vida, treinta y ocho camellos y cuatro caballos. Cuando terminaron su trabajo, Atâva, que ayudaba a cavar la fosa, les pidió que fueran a revisar todos los carros de la caravana y reunieran los que estuvieran intactos y los que pudieran ser arreglados rápidamente. Poco después, Atâva consideró que la fosa era ya lo suficientemente grande, envió a los hombres que habían estado cavando a descansar un rato y llamó a Lodoc.

-Creo que lo más oportuno es que los que agrupasteis los cadáveres seáis los que los enterréis. Lo último que necesitamos es que a alguien le de un ataque de histeria si por accidente la tela que cubre alguno de los cuerpos se cae, o que el olor de los cadáveres en descomposición sea más fuerte que su voluntad- dijo Atâva.

Lodoc asintió y buscó a Madair y a los otros dos hombres que los habían acompañado. Lentamente y con gran cuidado y respeto, dispusieron los cadáveres en hileras. Antes de que hubieran terminado, y a pesar de los ruegos de Atâva, Darher se acercó a ellos, pues quería despedirse por última vez de su padre. Aunque le había dejado acercarse, el soldado del Puño no permitió que tocara ninguno de los cuerpos, no si después quería seguir reuniendo provisiones. Cuando todos los cadáveres estuvieron en la fosa, los cuatro, con la ayuda de Atâva, comenzaron a echar la tierra sobre ellos bajo la atenta y triste mirada de Darher. Los primeros rayos del sol despuntaron envueltos en neblina en el lejano este en el mismo momento en que echaban la última palada de tierra sobre la fosa. La luz del sol los reanimó a todos y les dio nuevas fuerzas. Poco después, Darher y su grupo regresaron con las últimas provisiones que habían podido rescatar, y él y Atâva las examinaron para ver cuánto darían de sí. Mientras tanto, el resto de grupos terminó su trabajo. En total, habían conseguido recuperar cinco carros además de los dos de Nergol. Después de hablar con Darher, Atâva los convocó a todos.

-Os agradezco vuestro esfuerzo, y gracias a él tenemos una oportunidad de salir de este maldito lugar. Pero tenemos un problema. La mayoría de las provisiones que teníamos se han perdido o estropeado durante el ataque. Nos quedan por lo menos quince días para llegar a Adudran, y las provisiones apenas nos alcanzarán para diez días, y eso con un racionamiento estricto- dijo Atâva con tono grave ante la estupefacción de la mayoría.

-Entonces… ¿qué podemos hacer?- preguntó uno de los comerciantes tras unos instantes de silencio.

-Sólo tenemos una opción. Farahkadr está a un día de camino, y allí podremos comprar más provisiones- respondió el soldado del Puño.

-¿Qué? Es una locura, Farahkadr es una ciudad sin ley, entrar en ella sería un suicidio- dijo otro hombre.

-¿Y si los que nos atacaron nos están esperando allí? Es muy peligroso- dijo otro de los comerciantes.

-¿Prefieres quedarte aquí en medio de la nada y esperar para saber si vas a morir de hambre o si lo vas a hacer a manos de los que nos atacaron?- espetó Nergol, cansado de tantos lloriqueos.

-Eh, ¿quién te crees que eres para hablar así? Por lo que sé, deberíamos dejaros aquí a ti y a tus hombres y seguir sin vosotros- dijo Coran.

-¿Cómo?- exclamó Nergol.

-Uno de tus hombres, Yufrén, intentó matarme cuando caí herido. De no ser por Madair, ahora estaría muerto- respondió Coran, y cuando terminó de hablar los hombres comenzaron a murmurar entre sí.

-Eso, además, ¿por qué eres el único que no ha perdido su mercancía? El resto de la caravana ha sido completamente destruida y en cambio tus barriles siguen intactos- dijo el primer hombre, y tras sus palabras hubo un murmullo de aprobación.

-Yo no tengo la culpa de lo que haga uno de mis hombres, y tampoco sé por qué mi mercancía sigue intacta, supongo que eso ha sido por suerte, y nada más. De todas formas, ¿ya os olvidáis que fuimos mis hombres y yo los que levantamos la barricada tras la que os refugiasteis?- dijo Nergol, y los murmullos aumentaron.

-¡Cierto! Gracias a él la mayoría de nosotros seguimos con vida, y eso debería bastar- dijo otro hombre.

-¿Y qué me dices de cómo tiró al suelo a aquél joven que tuvo la idea de devolver las flechas incendiarias?- respondió otro hombre.

-¡Es verdad! Nunca antes había conocido a un mercader como tú… En este viaje han ocurrido cosas muy raras y seguro que todo es por tu culpa- dijo otro hombre, y poco a poco todas las miradas se centraron en Nergol.

-Él se subió al carro, era un blanco fácil para nuestros atacantes. Sólo quería salvarle, como le salvé después cuando atacó el león. Soy un hombre rudo y actúo deprisa, y en situaciones extremas no hay tiempo para los buenos modales o la cortesía- se defendió Nergol, y hubo algunos que asintieron tras sus palabras.

-No confío en ti, y me da igual lo que digas… Puede que estés confabulado con nuestros atacantes… ¿si no, por qué no iban a atacar tu mercancía? ¿Y por qué nos iban a atacar ahora?- dijo Zayed, y entonces muchos hombres comenzaron a vociferar en contra de Nergol, que había empezado a temer un linchamiento.

-¡Basta! Dejad de decir tonterías. ¿Os olvidáis de las dos mujeres que abandonaron la caravana al poco de dejar el oasis de Emyn Lis?- dijo Lodoc intentando calmar los ánimos.

-¡Callad todos! Lodoc tiene razón, además, pude ver a uno de nuestros atacantes, y era esa mujer que se unió a la caravana en el oasis y que la abandonó al día siguiente de aquella extraña estampida nocturna. Creo que su nombre era Cararë. No sé para quién trabaja ni quiénes eran los que nos atacaron, pero dudo que se oculten en Farahkadr. Además, nos pueden estar esperando allí igual que nos pueden estar esperando en cualquier otro punto de aquí a Adudran. Todos estamos muy nerviosos y alterados… Además, también es cierto lo que dice Nergol. Él y sus hombres levantaron la barricada en la que os refugiasteis. Gracias a su rapidez, muchos de vosotros seguís con vida- dijo Atâva, y al mencionar a Cararë echó una rápida mirada a Rom.

Mientras todos reflexionaban en silencio y algunos incluso se disculpaban con Nergol, Madair se quedó pensando en lo que acababa de decir Atâva, y recordó lo poco que le había contado Taurigale sobre Cararë antes de abandonar la caravana, que ella formaba parte de la resistencia de Adudran, que su gente se hacía llamar los Bassarâ y que a veces iban por su cuenta. Entonces no había entendido bien lo que había querido decir, pero ahora creía comprenderlo, aunque sabía que al llegar a Adudran tendría que hablar con ella. Le preocupaba que estuvieran dispuestos a atacar una caravana llena de inocentes con tal de cumplir sus objetivos, y también le preocupaban sus motivaciones. Si querían destruir la pólvora de Nergol, podían haberlo hecho fácilmente con las flechas incendiarias porque sabían exactamente cuál era el blanco. Pero si no la habían destruido, significaba que querían hacerse con ella y usarla para sus propios fines. Pero ahora era inútil divagar sobre estos asuntos, quizás sin sentido pues no conocía toda la historia. Cuando volvió a prestar atención a lo que pasaba a su alrededor, se dio cuenta que Atâva volvía a hablar.

-Es obvio que no tenemos otra opción más que ir a Farahkadr. Además, puede que allí encontremos alguna respuesta sobre el ataque. De todas formas, no creo que sea prudente que toda la caravana entre en Farahkadr. Creo que lo mejor es que un par de personas vayan con un par de carros a la ciudad haciéndose pasar por viajeros o comerciantes y compren las provisiones necesarias mientras los demás esperamos en el lago que hay al norte de la ciudad- dijo Atâva, y todos estuvieron de acuerdo- Pero para poder comprar las provisiones necesitamos que todos contribuyáis con las monedas que tengáis, al fin y al cabo la comida va a ser para todos- concluyó el soldado, y aunque a la mayoría les pareció justo, algunos no lo vieron así.

-¿Y por qué tenemos que pagar encima por las provisiones? Algunos no hemos tenido tanta suerte como otros… -dijo uno de los comerciantes mirando desafiante a Nergol- Algunos hemos perdido toda nuestra mercancía y nadie nos va a compensar por ello, ¿y encima tenemos que poner el poco dinero que nos queda?-

-¡No se puede ser tan egoísta en estas circunstancias!- exclamó Lodoc.

-No pasa nada, si alguien no quiere contribuir no podemos obligarle. Eso sí, a la hora de repartir la comida y el agua, será siempre el último en recibir su ración. Y creo que ya hemos perdido demasiado tiempo. Carguemos las provisiones y todo lo que habéis podido rescatar en los carros, y que los heridos suban a otro- dijo Atâva.

En poco tiempo, todo estuvo preparado para la marcha. La travesía fue lenta y pesada, y a partir del mediodía sobre muchos de los integrantes de la caravana cayó el cansancio como si fuera una gran losa de piedra. Antes del anochecer divisaron a lo lejos Farahkadr, y entonces Atâva y Darher decidieron que Lodoc, Zayed y Madair fueran los que al día siguiente irían a por las provisiones. Dando un ligero rodeo hacia el este para alejarse de los muros de la ciudad, la caravana siguió avanzando hasta llegar por fin al lago situado al norte de Farahkadr, acampando en una hondonada que había en su orilla septentrional. Mientras la mayoría agradecía el poder descansar por fin, Lodoc, Zayed y Madair prepararon el carro que iban a llevar consigo. Eligieron uno de los más seguros, y descargaron la mayoría de las provisiones que transportaba y cargaron otros enseres, para así dar la sensación de ser tres viajeros embarcados en una larga travesía. Cuando todo estuvo dispuesto fueron a descansar, pues partirían al alba.

Fragmento 118 por Aragorn_II

Un viento gélido soplaba desde el norte, como heraldo del crudo invierno que ya se avecinaba. El alba llegó fría, y el sol se asomó en el lejano este envuelto en una espesa neblina. Una pálida y mortecina luz invadió el campamento, aunque fueron pocos los que se dieron cuenta de ello. Después de lo ocurrido la noche anterior, Atâva y Darher habían decidido que todos merecían un largo descanso para recuperar fuerzas. Por ello, los centinelas no despertaron a nadie excepto a aquellos que tenían que relevarlos y a los que debían ir a Farahkadr esa mañana. Después de comer apenas unos bocados, Madair, Lodoc y Zayed estaban dispuestos para partir. Antes de hacerlo, Atâva se acercó a ellos y les habló.

-Tened cuidado. Farahkadr es una ciudad sin ley, allí hay hombres que matan a aquéllos que les miran mal, y no dudan en hacerlo en una calle abarrotada de gente. Actuad con la mayor tranquilidad posible, intentad ocultar vuestras armas con las capas y sobre todo, tened mucho cuidado con esto- dijo el soldado del Puño mientras le entregaba a Lodoc una pequeña bolsa de cuero gastado- Cuando pagues, no enseñes la bolsa, o atraeréis miradas indeseables. Si alguien os pregunta, sois viajeros que vais hacia el este. Y si podéis, buscad información sobre quién atacó la caravana, pero sed discretos-

-Así lo haremos. ¿Vosotros estaréis bien aquí?- preguntó Lodoc.

-Sí, aprovecharemos para llenar todas las cantimploras vacías, así tendremos agua más que suficiente para llegar a Adudran. Buena suerte- dijo Atâva despidiéndose de ellos.

Madair subió al carro y Lodoc y Zayed montaron en sus caballos, y lentamente los tres se alejaron del campamento. Por si acaso alguien los veía llegar a la ciudad desde el norte, al principio se dirigieron hacia el este, y al cabo de una hora torcieron hacia el sur, y al cabo de hora y media giraron hacia el oeste, directamente hacia Farahkadr. Nada más traspasar los muros de la ciudad, los tres sintieron que todas las miradas se volvían hacia ellos. Cientos de rostros hoscos y sucios los escrutaban con atención, y los tres sentían que otros tantos pares de ojos se clavaban en ellos lanzándoles miradas de odio, codicia o curiosidad malsana. Poco a poco, los tres se fueron acostumbrando a semejante atención, aunque en ningún momento bajaron la guardia. Avanzaban por una calle ancha y que en otros tiempos había estado pavimentada, pues era la principal arteria de la ciudad y conducía al zoco central. Pero eso fue antes de que Farahkadr cayera en el más absoluto caos, antes de que la anarquía y la corrupción reinaran en sus calles. Ahora, la basura, los desechos y los cadáveres se amontonaban en la mayoría de los pequeños callejones que se abrían a ambos lados de la calle principal, y un olor nauseabundo surgía de ellos.

No tardaron en llegar al zoco, una gran explanada que se abría en el centro mismo de la ciudad, junto a lo que antiguamente debía haber sido el palacio de justicia. Junto a las ruinas del edificio y sobre una pequeña elevación se alzaba aún un amplio patíbulo de madera del que todavía colgaban varios cuerpos que habían sido devorados por las aves carroñeras que moraban en las montañas. Ninguno de los tres pudo reprimir un gesto de asco y repugnancia al contemplar aquello, pero rápidamente se obligaron a centrarse en lo que les había conducido allí. Se acercaron a los puestos, observando en silencio la variedad de mercancías que ofrecían. Muchos exhibían baratijas sin valor, armas, o extrañas pócimas y elixires. No tardaron en darse cuenta de que también había muchas tiendas en las plantas bajas de los edificios que rodeaban el mercado, lugares custodiados por hombres armados y en los que sin duda se vendían objetos preciosos de la más diversa índole, todos ellos robados, o mercancías especialmente peligrosas. Tras algunas vueltas, finalmente encontraron un puesto de alimentos atendido por un hombre curtido por el sol del desierto, de ojos agudos y cuya sonrisa torcida dejaba al descubierto unos dientes amarillentos y podridos.

-Buenos días nobles señores, ¿en qué puede servirles este humilde perro del desierto?- dijo el hombre con un tono burlón y una amplia sonrisa, aunque sus palabras enmascaraban un gran desprecio.

-Buenos días. Necesitamos provisiones para bastante tiempo- dijo Lodoc disimulando la rabia que lo dominaba.

-Oh, pues están en el lugar perfecto. Tengo la mejor carne en salazón y los mejores frutos secos de la ciudad- replicó el comerciante.

-No lo dudo… pero no lo tienes aquí. Ni toda la sal de Ambaron podría disimular el nauseabundo olor de esta carne podrida. Y creo que tus dátiles están tan secos que bien podrían utilizarse para derribar los muros de esta ciudad- dijo Madair bajándose del carro y dejándole las riendas a Zayed.

-Oh no, está equivocado. Mi mercancía es buena y no la encontrará a un precio más barato en toda la ciudad- replicó el hombre, que ya había suavizado su tono.

-Llévanos donde guardas esa mercancía, porque como decía antes, necesitamos muchas provisiones. Además, queremos examinarlo todo antes de pagar- dijo Lodoc.

-No tengo que aguantar sus insultos. ¡Lárguense de aquí!- dijo el hombre con una furia fingida que formaba parte de su táctica de negociación.

-¿Nos tomas por estúpidos? ¿De verdad creías que nos ibas a engañar con toda esta basura? Si tan seguro estás de tus productos, cómete un trozo de esta carne tan apetecible… - dijo Madair sosteniendo en su mano un pedazo de carne podrida- Pero si quieres hacer negocios de verdad, llévanos donde tienes tu mejor mercancía. Y nada de trucos, o lo lamentarás-

-Está bien… seguidme- dijo el hombre, y los ojos le brillaron. Antes de irse, llamó a un niño que correteaba por allí y le pidió que vigilara el puesto.

Lodoc, Zayed y Madair, que había vuelto a subir al carro, siguieron al hombre hasta una de las callejuelas que desembocaban en la plaza. Apenas habían andado cincuenta metros, cuando llegaron a un almacén custodiado por dos hombres armados. En su interior, pudieron examinar minuciosamente los alimentos, y tras una larga discusión por el precio, compraron las provisiones que necesitaban. Con la ayuda de los hombres del mercader, cargaron el carro con los varios kilos de carne en salazón, frutos secos y otros alimentos que habían comprado. Aunque no creían que aquel hombre fuera tan imbécil como para tenderles una trampa, ninguno de los tres se sintió cómodo hasta que abandonaron el almacén y regresaron al zoco.

-Bueno, ya es prácticamente mediodía y hemos cumplido nuestro objetivo-dijo Zayed.

-Sí, en parte. Pero creo que deberíamos intentar encontrar alguna pista de los que nos atacaron- dijo Lodoc en voz baja.

-¿Estás seguro? ¿Crees que es prudente?- preguntó Zayed.

-Creo que vale la pena arriesgarse. Aunque no sé bien cómo podríamos encontrar alguna respuesta sin alertar a todos los rufianes de la ciudad- replicó Lodoc encogiéndose de hombros.

-Podríamos probar en alguna taberna, midiendo mucho nuestras palabras- dijo Madair.

-Cierto- dijo Lodoc.

Cruzaron nuevamente el zoco y regresaron a la calle ancha por la que habían llegado. El sol del mediodía les calentaba un poco los miembros, pero el ambiente era frío. Las calles estaban algo menos concurridas que cuando llegaron, y ya nadie les prestaba mucha atención. Apenas habían avanzado unos pocos metros cuando vieron a su derecha un edificio que parecía ser una posada, aunque su nombre se había borrado hacía mucho tiempo. Se acercaron a ella y advirtieron que en una de sus esquinas había una taberna en cuya entrada había varios caballos. Lodoc, Madair y Zayed se miraron y decidieron probar suerte en la taberna, aunque sabían que no podían dejar el carro y los caballos sin ninguna vigilancia. Echaron a suertes quién se quedaría fuera, y le tocó a Zayed. Al abrir la puerta, ésta chirrió, y la luz del sol inundó el lúgubre interior de la taberna. Todas las miradas se clavaron en Lodoc y Madair, quienes rápidamente cerraron la puerta y observaron la estancia en penumbra. A la izquierda había muchas mesas en las que había unas pocas personas al fondo de la sala, y a la derecha, había una barra mugrienta atendida por un hombre alto y espigado e iluminada únicamente por la escasa luz que entraba por los sucios ventanales. En la barra se apoyaban media docena de hombres que no les quitaban el ojo de encima.

-¿Qué va a ser?- gruñó el hombre que atendía la barra.

-Dos cervezas- respondió Lodoc mientras él y Madair se acercaban a la barra a pesar de los rostros hostiles que los observaban.

-¿Y qué es lo que os ha traído a Farahkadr?- preguntó uno de los hombres mientras se volvía hacia ellos.

-Somos simples viajeros- respondió secamente Madair.

-Viajeros… ya, claro- dijo el hombre mientras se reía entre dientes.

-Pues sí, lo somos. Y tu risa de hiena es muy molesta- dijo Lodoc, y el hombre se calló y lo miró fijamente.

Otros hombres rieron con el comentario de Lodoc- Tiene razón Liran, tu risa es muy molesta- dijeron.

-Si tanto os interesa, partimos del oasis de Emyn Lis hace dos semanas. Nos dirigimos al este- dijo Madair.

-¿Y por qué al este? ¿Allí no hay nada… ¿o sí?- inquirió de nuevo Liran, quien pensaba en algún tesoro oculto.

-Eso a ti no te importa- dijo Lodoc bruscamente.

-¿Se sabe algo sobre que hayan atacado a alguna caravana últimamente?- preguntó de repente Madair ante el estupor de los presentes.

-Aquí nadie sabe nada de ningún ataque… En realidad aquí nadie sabe nada sobre nada, no sé si me entendéis. Aquí la gente no quiere que se la encuentre- terció el tabernero mientras servía las dos jarras de cerveza.

-No, es sólo curiosidad- dijo Lodoc.

-¿Y no sabéis que la curiosidad mató al gato?- dijo Liran riendo.

-Sólo lo decía porque ayer nos topamos con los restos de una caravana. Debieron cogerles por sorpresa- dijo Madair, y con sus palabras captó la atención de todos.

-¿Y dónde fue eso?- preguntó uno de los hombres. Lodoc y Madair se miraron con gesto de repugnancia, pues ambos imaginaban el por qué de ese súbito interés.

-Fue apenas a treinta millas al sur de la ciudad, en la ruta que une el oasis de Emyn Lis con Adudran- dijo Lodoc.

-Fue espantoso. Había cuerpos quemados, otros descuartizados y desmembrados…- añadió Madair mientras bebía un largo trago de cerveza.

-Vaya…Se parece a aquellas historias que habías oído en Adudran, ¿no Viran?- dijo uno de los hombres.

Y mientras Viran hablaba, Madair las recordó también. Se rió para sus adentros y se dijo que cómo había podido ser tan tonto de olvidarlas. Supuso que la excitación y los nervios de la lucha y la preocupación que sentía al comprobar hasta qué punto podían llegar los Bassarâ lo habían dominado e impedido que se acordara de nada más. Sí, había oído las historias que Viran estaba contando, y muchas otras. En los últimos meses que pasó en la guardia de Adudran había escuchado a otros soldados hablar de extrañas y salvajes carnicerías, de caravanas enteras totalmente aniquiladas, con cuerpos mutilados e irreconocibles y cadáveres calcinados. Y recordaba que en todos los casos, contaban que algún hombre cercano al visir les había ordenado que guardaran silencio sobre los ataques. Pero los rumores no tardaron en difundirse por las tabernas de Adudran. Había quien pensaba que se trataba de una manada de bestias desconocidas provenientes del sur o el este, otros creían que todo eran exageraciones y que se trataba de alguna nueva banda de bandidos, y otros decían que eran soldados de otras ciudades que querían acabar con el comercio de Adudran. La palmada en la espalda que le dio Lodoc le devolvió a la realidad, y después de pagar, ambos abandonaron la taberna.

-Cuentos de viejas… no nos ha servido de nada entrar en la taberna, y no creo que vayamos a encontrar otras respuestas por aquí. Volvamos con los demás- dijo Lodoc mientras se acercaban al lugar en el que los esperaba Zayed.

Madair volvió a subirse al carro y Zayed y Lodoc montaron en sus caballos y se dirigieron hacia la salida de la ciudad. La gente los observaba, pero no tan atentamente como al entrar. Apenas habían avanzado unos pocos metros, cuando un hombre se acercó a ellos. Era uno de los que estaban en la taberna, venía corriendo y en su gesto había una gran preocupación. Lodoc y los demás pararon, y el hombre les habló.

-Menos mal que os he alcanzado. Tengo algo que deciros, pero no puedo arriesgarme a decirlo en público. Tengo… tengo miedo de lo que me pudiera pasar- dijo el hombre temblando.

-No sé de qué estás hablando. ¡Piérdete!- dijo Lodoc, aunque en el fondo estaba intrigado.

-Tengo información que os interesará… sobre los atacantes de esa caravana- dijo el hombre en un susurro apenas audible.

-Está bien, te escuchamos- dijo Lodoc, después de mirar a Zayed y a Madair.

-Aquí no… ya me arriesgo demasiado al venir a hablaros aquí. Seguidme a ese callejón- dijo el hombre.

Aunque no se fiaba de aquél hombrecillo, Lodoc hizo una señal para que lo siguieran y que estuvieran preparados. El callejón estaba oscuro aunque más limpio que la mayoría de callejuelas de la ciudad. Madair tuvo algunas dificultades para meter el carro, pero con la ayuda de Zayed pudo hacerlo. Aquello no le gustaba nada, y si había problemas, no podrían salir de allí rápidamente, y Lodoc y Zayed podrían quedar atrapados, pues iban delante.

-Muy bien, qué es lo que querías contarnos… ¡habla de una vez!- dijo Lodoc.

-Nada… sólo que dejéis todo lo que llevéis encima en el suelo y os vayáis por vuestro propio pie por donde habéis venido- dijo el hombre riendo, y de un edificio salieron cinco hombres fornidos armados con alfanjes y cimitarras.

-Haced lo que dice, y tal vez podáis salir con vida de aquí- rió uno de los hombres.

-¡No seáis tontos! Los últimos se lo pensaron demasiado y no les fue muy bien- dijo otro de los hombres.

-¡Maldita escoria!- rugió Lodoc.

-Está bien, vosotros lo habéis querido así… Matadlos- dijo el hombrecillo.

Pero antes de que sus hombres pudieran moverse, Madair, que nada más entrar al callejón había echado mano a su daga pues temía una trampa, la desenvainó, y en un movimiento veloz se la lanzó al muslo al que parecía ser el jefe de la banda. Esto dejó desconcertados al resto de bandidos, que no se esperaban semejante reacción, y Lodoc y Zayed aprovecharon su indecisión para desenvainar sus espadas y atacar a sus asaltantes. Uno de ellos cayó muerto por la espada de Lodoz antes de que pudiera entender qué estaba pasando, mientras otro se defendía a duras penas de las estocadas de Zayed. Madair desenfundó su espada y saltó al suelo para hacer frente a los otros dos bandidos restantes. Rápidamente, cortó la garganta de uno de ellos, al mismo tiempo que Zayed hundía la espada en el vientre de su contrincante. Al ver a sus compañeros caídos, los dos bandidos huyeron y se perdieron en las sombras de uno de los edificios. Su líder yacía en el suelo, gritando de dolor. Madair se acercó a él, y mientras le pisaba en el vientre para que no se moviera, le arrancó la daga del muslo, y después de limpiar la sangre con un pañuelo, la volvió a guardar. Acto seguido, le quitó su espada y la arrojó al fondo del callejón.

-Muy bien, y ahora, dinos, ¿qué sabes del ataque a la caravana?- preguntó Lodoc con la punta de su espada en la garganta del hombre.

-¡Nada! Lo juro, no sé nada…- chilló el hombrecillo que se apretaba la herida del muslo con fuerza.

-No te creo. No lo repetiré… ¡habla!- volvió a decir Lodoc.

-No sé nada. Sólo os vi en la taberna, y supuse que estabais buscando información, y me quise aprovechar de ello para tenderos una trampa- lloriqueó el hombre que se retorcía de dolor.

-Éstos eran unos aficionados, unos vulgares bandidos, no creo que sepan nada- dijo Madair.

-Estoy de acuerdo- dijo Zayed.

-Vaya… parece que estás de suerte- dijo Lodoc, y se apartó del hombre.

-¿Qué hacemos con él?- preguntó Zayed.

-Lo único que podemos hacer, dejarlo aquí, y que se las entienda con sus amigos- replicó Madair.

Para sorpresa de Madair, salir del callejón fue más fácil que entrar. Los gritos y el sonido de las espadas había atraído a la gente, que se arremolinaba en la calle principal. Cuando les vieron salir, la muchedumbre se apartó, y pocos fueron los que se atrevieron a mirarlos directamente. Mientras se alejaban, Madair echó la vista atrás, y vio como varios hombres entraban corriendo en el callejón. Si era para ayudar al hombre, para saldar cuentas con él o para hacerse con las pertenencias de los muertos, eso nunca lo sabría. Al poco tiempo llegaron a las puertas de Farahkadr, y decidieron seguir la misma ruta que al llegar. Les esperaban varias horas de travesía. A la caída de la tarde, ya estarían de vuelta con los demás.

Fragmento 119 por peregrinoscuro

Una garra entre las llamas clamando su nombre. Un dolor agudo en su cuello, arrancándole la respiración. El peso del cansancio y un extraño frío lejanamente conocido. El metálico sabor de la sangre en sus labios, como si la misma muerte fuera quien le había besado.

Abrió los ojos. Amanecía lejanamente. Le ardía la garganta, quería agua, pero estaba demasiado cansado para pedirla. Miró a su alrededor y casi creyó ver a una criatura venida de más allá de la tierra conocida para comprobar su estado.

Cerró los ojos y se entregó de nuevo a la oscuridad. En su mente, extraños sueños se sucedían, sueños de abundancia y posterior pérdida. Sueños de caricias convertidas en dolor. Sueños que por uno u otro motivo tornaban a ser pesadillas.

"Algún día, tú firmarás algo para lo que no estás aún preparado. Aún no es el momento de morir, Garlan." oyó, no sabía si en sueños o en la vigilia.

Recordó su pasado en lejanas ciudades. Cómo consiguió robar y sobrevivir en callejones oscuros. Cómo logró hacerse con su caballo. Cómo su padre y su madre, lo abandonaron un buen día sin mirar atrás... ¿o quizás murieron?

Qué más daba. Estaba sólo. Y, posiblemente, donde estaba en esos momentos era el lugar donde iban los muertos. Un extraño lugar de sueños febriles y dolor constante, fusionándose con visiones extrañas y pesadillas sin sentido.

Cerró los ojos aún fatigado y se dejó mecer de nuevo, sin querer saber cuándo llegaría el amanecer.