Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

Finalizada 127 fragmentos Página 14 de 19
Fragmento 92 por Aragorn_II

Madair había despertado con las primeras luces del nuevo día. La noche había sido cualquier cosa menos tranquila, y la fatiga iba haciendo mella en él poco a poco. Tras lavarse la cara y las extremidades se vistió y recogió los escasos enseres que llevaba consigo. Y mientras hacía todo esto, no dejaba de recordar las palabras de Taurigale acerca de la posibilidad de que una guerra estallara de forma inminente en Ambaron. Semejante panorama era desalentador, y una parte de él se preguntaba qué podían hacer para intentar impedir un conflicto de tal magnitud. Sin embargo, su voluntad era firme, y sabía que aunque quizás no fuera capaz de alterar lo inevitable, había que intentarlo y luchar hasta el último aliento por ello si fuera preciso. Y sabía que el primer paso a dar era acercarse a Nergol.

Salió de la habitación y fue a la sala común, donde degustó un rápido desayuno y pagó al tabernero por las comidas y la habitación. Mientras desayunaba, con sus ojos clavados en una de las ventanas que daban al norte, Madair pensaba en Nergol. Cuando estaba en la guardia de Adudran había oído su nombre en varias ocasiones, y sabía que por su fama y sus actos, ya fueran reales, inventados o exagerados por las murmuraciones del pueblo, era un hombre temido por muchos de los soldados del visir a los que había conocido, y que la sola idea de tener que capturarlo les provocaba un gran terror. Para su arresto, el visir tenía que haber recurrido a sus mejores hombres para que fueran tras él, y muy probablemente, en gran número. Sólo así se podía explicar que hubieran podido atraparlo con vida. Realmente algo muy importante debía de estar en juego si el visir de Adudran se había tomado tantas molestias para conseguir atrapar a Nergol y que éste cooperase con él. Algo que además requería el mayor sigilo posible, pues de otra forma le habría encomendado la misión a alguno de sus hombres de confianza.

Madair salió de la posada y fue al establo en el que había dejado su caballo. Lo encontró bien atendido, y cuando se marchaba, echó una rápida mirada al dueño del establo, quien se agazapó tras el pequeño mostrador de madera. Madair esbozó una pequeña sonrisa ante la reacción de aquel hombre tan avaricioso y continuó su camino. Se acercó al embarcadero, y esperó mientras contemplaba cómo Hamad, Darher y el resto de trabajadores de la caravana empezaban a preparar a los animales para cruzar el río. Los diversos comerciantes que viajaban en la caravana hacían lo propio con los carros que transportaban sus mercancías, y en medio del bullicio, Madair no pudo localizar los carros de Nergol. No sin llamar la atención, por supuesto. Aburrido, volvió su atención hacia el río, y junto a su orilla vio a Taurigale hablando con la hermosa Elfa que había conocido en la posada la tarde anterior. Aunque no podía oír lo que decían, Madair tuvo la impresión de que la conversación era tensa y poco amistosa. Observó a las dos mujeres unos instantes hasta que una voz a su espalda le sacó de su ensimismamiento.

-Disculpe señor, pero uno de los comerciantes que viajan en nuestra caravana parece que necesita a un par de hombres que conduzcan sus carros y me ha preguntado si conocía a alguien dispuesto a aceptar el trabajo y he pensado que quizá a usted le podría interesar- dijo Darher.

-Es muy extraño que un comerciante necesite conductores para sus carros a mitad de camino, ¿o es alguien que también se incorpora a la caravana?- preguntó Madair, midiendo sus palabras para intentar sacar la máxima información posible.

-Sí es extraño, aunque todo lo que rodea a este hombre es extraño. Hace unos días se produjo un misterioso incidente en nuestra caravana. Dos de los hombres de este comerciante murieron, y el soldado de la Orden del Puño Llameante que nos acompaña resultó herido. Nadie vio nada y tampoco se informó de ninguna mercancía robada- respondió Darher.

-Sí que es un misterio, espero no haberme unido a la caravana equivocada- dijo Madair riendo.

-No se preocupe señor, desde entonces mi padre ordenó que se redoblara la vigilancia, puede estar tranquilo- replicó Darher.

-Sólo era una broma, la reputación de Hamad es bien conocida. Dime, ¿quién es el comerciante que busca conductores, y dónde puedo encontrarlo?- preguntó Madair.

-Se llama Nergol, ahora mismo se encuentra en la cola de la caravana- respondió Darher.

Madair se despidió de Darher agradeciéndole el gesto, mucho más de lo que podía llegar a imaginarse. Cogiendo las riendas de su caballo, se encaminó a la parte trasera de la caravana. Mientras avanzaba, vio a Hamad escuchando pacientemente las airadas quejas de uno de los comerciantes, irritado al parecer por no poder cruzar el río junto a su cargamento. También vio, en el centro de la caravana, un par de camellos cargados con muchas botas de agua y otros tantos que portaban lo que parecían ser grandes sacos con provisiones para el trayecto. Madair sabía que tenía que actuar con cautela delante de Nergol, y por un momento se le cruzó por la mente la idea de que le reconociera por sus ropas, las mismas que se habían convertido en la seña de identidad de Habalain en Adudran. Pero llegados a este punto no había vuelta atrás, y tenía que correr el riesgo. Cuando llegó, vio a Nergol hablando con Do Han, y a tres hombres custodiando el cargamento. Desde luego no eran muy discretos en su cometido, aunque sin duda eran muy efectivos. Al acercarse, uno de los hombres de Nergol salió a su encuentro.

-¿Qué haces aquí?- le espetó sin muchos miramientos.

-Vengo porque Darher, el hijo del caravanero, me ha dicho que podíais necesitar a algún hombre para conducir unos carros- respondió Madair calmadamente a la vez que intentaba hacerse el sorprendido.

-Tranquilo, no pasa nada- dijo Nergol mirando fija y violentamente a su hombre- ¿Asi que quieres el trabajo?- preguntó, volviéndose hacia Madair y observándolo detenidamente.

-Bueno, me interesa, sí. Voy a Adudran con lo que llevo encima y mi caballo, y aunque había pensado en un viaje tranquilo, no voy a desperdiciar esta pequeña oportunidad que me brinda el destino. Así el viaje me saldría redondo y prácticamente gratis. Por cierto, ¿cuánto ofreces, y en qué consiste exactamente el trabajo?- preguntó Madair.

-Únicamente a conducir estos dos carros hasta Adudran. Un trabajo sencillo por el que ofrezco diez monedas de oro. Una vez allí ya me haría cargo de los carros y ajustaríamos cuentas- replicó Nergol.

-Si es un trabajo tan sencillo, ¿por qué no lo haces tu mismo o uno de tus hombres y así te ahorras un gasto extra?- preguntó Madair con el tono más inocente que pudo.

-Porque como decías antes, yo también espero un viaje tranquilo y cómodo y no me gustaría tener que ponerme a trabajar antes de tiempo- al decir esto último, Nergol miró fijamente a Madair- Además, mis hombres ya tienen bastante con cuidar de los animales y mantener alejados a los curiosos. No me gusta que nadie husmee en mi mercancía-

-Me parece una actitud muy prudente… sobre todo después de los incidentes de los que me ha hablado Darher- dijo Madair.

-Así es, pero es inevitable. El desierto entraña muchos peligros, más de los que uno podría creer en un principio- respondió Nergol.

--Por cierto, ¿qué es lo que transportas exactamente en estos barriles? Llevan una etiqueta, pero no la veo bien desde aquí- dijo Madair, y con la excusa de la pregunta se acercó un poco más a los carros. Los hombres de Nergol no reaccionaron, pero sí le miraron con un gran odio y desprecio.

-Éstos son los mejores higos de Dassart, uno de los pocos manjares que se pueden encontrar en el desierto- respondió Nergol, intentando mostrarse orgulloso de su mercancía -Son muy delicados, y su transporte exige mucho cuidado para que no se estropeen, pero si llegan intactos a Adudran, espero obtener una gran suma por ellos-

-Entonces, ¿para quién es el trabajo?- preguntó Do Han, que había permanecido impasible observando la conversación de los dos hombres.

-Pensándolo bien, tengo dos carros y ningún conductor, asi que podría contrataros a ambos para que cada uno llevase un carro. Hoy me siento generoso- dijo Nergol.

-Por mi no hay problema mientras mantengas las diez monedas de oro- dijo Do Han.

-Por mi tampoco, aunque me temo que tus hombres también tendrían que hacerse cargo de mi caballo mientras conduzco el carro- dijo Madair.

-No hay inconveniente. Y como os decía antes, al llegar a Adudran, ajustaremos cuentas, no os quepa duda- replicó Nergol intentando parecer afable –Ah, una última cosa. Nunca, bajo ninguna circunstancia, os acerquéis o abráis los barriles. Como os decía antes, los higos son muy delicados, y si se rompe el vacío y les da el aire, acabarán por estropearse, y más me valdría entonces comérmelos yo antes que llevarlos a Adudran, donde no me darían nada por unos higos echados a perder. No pienso consentir que eso pase, ¿de acuerdo?

-Sería una lástima que eso pasara, desde luego- respondió Madair.

-No hay problema- dijo Do Han.

Madair sabía que Nergol desconfiaba de él, pero también era consciente de que no tenía otra alternativa. Dejó su caballo en manos de uno de los hombres de Nergol, no sin antes recoger todo lo que cargaba, y subió al primero de los carros, esperando pacientemente a que llegara su turno para cruzar el río. La caravana era grande, el río muy caudaloso, y pocas las barcazas disponibles para atravesarlo. Era mediodía cuando por fin les llegó el turno de cruzar. Con cuidado, Madair y Do Han condujeron los carros al interior de la barcaza, y cuando éstos estuvieron asegurados y Nergol y sus hombres hubieron embarcado, la barcaza se puso en movimiento. El trayecto fue largo y tedioso, pues el hombre encargado del remo que impulsaba a la embarcación estaba muy fatigado después de haber cruzado el río en varias ocasiones esa misma mañana. Cuando por fin llegaron a la orilla oriental, Hamad los esperaba para contarles cómo sería la siguiente etapa del viaje.

-Los siguientes tres días avanzaremos siguiendo el curso del río, rodearlo nos llevaría más tiempo, y además sería absurdo desperdiciar una fuente tan abundante de agua. Después tomaremos rumbo norte y nos encaminaremos a Farahkadr, a la que llegaremos diez días después de dejar la ribera del río, si no hay ningún problema más- dijo Hamad.

-Muy bien. ¿Podemos situarnos en el centro de la caravana? Hemos cruzado los últimos porque estaba buscando conductores para mis carros, pero no me gustaría tener que realizar todo el viaje hasta Adudran a la cola de la caravana tragando todo el polvo del desierto- dijo Nergol.

-Como guste, ahora mismo estamos reorganizando la caravana para ponernos de nuevo en marcha. Siempre nos pasa lo mismo cuando cruzamos el río. Vaya a hablar con Darher y él le dirá donde puede colocarse, yo tengo que hablar con otros comerciantes- replicó Hamad.

Pasó al menos una hora hasta que todo estuvo listo para partir. Finalmente, los deseos de Nergol de viajar en el centro de la caravana se habían cumplido, y después de dejar los carros en posición, Madair se acercó un momento al río a beber agua y a refrescarse. Sabía que los hombres de Nergol no les quitaban ni a él ni a Do Han el ojo de encima, aunque imaginaba que pronto se ganaría su total atención. Había esperado que en medio de todo el ajetreo provocado por la reorganización de la caravana Taurigale lo hubiera visto. Ahora que se había conseguido acercar a Nergol le resultaría todavía más complicado hablar con ella sin levantar sospechas, pero aún confiaba en encontrar alguna forma en la que se pudieran comunicar. Cuando Hamad dio la orden para reanudar la marcha, Madair volvió a subir al carro, aunque se percató de que Nergol hablaba con un muchacho que llevaba a la espalda un laúd. Antes de ponerse en marcha, el muchacho cabalgó hacia la parte delantera de la caravana, y Madair lo siguió con la mirada.

Los siguientes días transcurrieron sin ninguna novedad. La caravana seguía marchando junto a la orilla del río, abasteciéndose continuamente de agua, lo que permitía que todos pudieran beber hasta saciarse hasta que pasaran el recodo oriental del río. En esos días, Madair no había encontrado la forma de ponerse en contacto con Taurigale, aunque por lo menos sabía que la druida lo había visto conduciendo el carro de Nergol en una de las pocas ocasiones en que la caravana había detenido la marcha en pleno día. Las horas pasaban en silencio, aunque cuando los carros viajaban paralelos, Madair aprovechaba para conversar con Do Han, siempre bajo la atenta mirada de Nergol y sus hombres. Finalmente, como dijera Hamad, en la tarde del tercer día desde que dejaran el Oasis de Emyn Lis, la caravana pasó al recodo oriental del río. Se decidió que lo mejor era pasar la noche allí mismo y reemprender la marcha al día siguiente. Todo el mundo agradeció las horas adicionales de descanso, y como la mayoría, Madair se acercó al río. Llenó su cantimplora y bebió hasta quedar satisfecho, y mientras se refrescaba la cara, escuchó a sus espaldas la voz de Taurigale.

-Bueno, ya veo que no pierdes el tiempo. Has conseguido acercarte a Nergol incluso antes de que la caravana partiera de Emyn Lis. Realmente impresionante- dijo la mujer inclinándose sobre el agua para refrescarse el rostro.

-Creía que no íbamos a hablar en público, a la vista de todos- replicó Madair.

-Es una caravana numerosa, y aunque el río es grande, nadie quiere alejarse demasiado, asi que la gente puede coincidir de forma casual- respondió Taurigale con una ligera sonrisa.

-Sí, aunque creo que para el futuro sería mejor encontrar otra forma para comunicarnos. De todas formas, no he conseguido averiguar nada aún, excepto que Nergol no confía en nadie y que muy probablemente ya sospeche de mi. Ah, y que de vez en cuando habla a solas con un muchacho del que sólo sé que lleva un laúd- dijo Madair.

-Su nombre es Garlan, ya lo había visto antes con Nergol, pero no sé qué hacen juntos. Y estoy de acuerdo, no podemos encontrarnos más veces o sería sospechoso. Por eso he encontrado otra manera de comunicarnos- dijo Taurigale refrescándose la nuca.

-¿Ah sí?- preguntó Madair sorprendido, mientras bebía un trago de agua.

-Pues sí. He convencido a Darher para que nos ayude. Cuando quiera ponerme en contacto contigo le diré que invente un pretexto para acercarse a ti y así poder transmitirte mi mensaje y que tú a su vez puedas contarme las novedades, si es que las hay- dijo Taurigale.

-Espero que funcione, pero de todas formas, ¿cómo has conseguido su ayuda? Espera, no me lo digas, creo que lo adivinaré… ¿usando tus encantos femeninos?- dijo Madair.

-Has acertado. Desde que me uní a la caravana en Dassart noté que Darher no me quitaba los ojos de encima, asi que me he aprovechado de esa situación haciendo algunas ligeras insinuaciones… Aunque el pobre las tomó por lo que no eran, y la otra noche se llevó una buena desilusión… y un buen par de bofetadas, por descarado- replicó Taurigale.

-Me preguntó qué le llevaría a imaginarse algo así… Bueno, creo que será mejor acabar con nuestra charla. Cuando te vayas, levántate y hazte la ofendida, como si te hubiera hecho alguna observación fuera de lugar- dijo Madair.

-¿Pero tú qué te has creído? ¡Yo no soy esa clase de chica!- gritó Taurigale golpeándole en la espalda. Madair sonrió y vio cómo se alejaba echa una furia. La noche se aproximaba, y después de volver a llenar su cantimplora, regresó al campamento.

[Editado por Aragorn_II el 29-06-2010 12:34]

Fragmento 93 por Elessurendil

El clima esa mañana era relativamente tolerable. Rom no había pegado el ojo, sin embargo estaba absolutamente despabilado. No podía parar de pensar, de mirar las suaves nubes en el cielo, cada vez menos estrellado con el brillo del sol saliente. Pero no veía el cielo sino que repasaba cada imagen, cada sonido y olor que le devolvía la idea de Carare.

Los que no habían hecho guardia y habían usado la noche para descansar comenzaban a desperezarse. El chico no pensaba mucho como acercarse al grupo del cargamento de Nergol, ni cómo evitar estar cerca de Atava como le había precisado su hermano. Pero aunque no pensaba, su instinto le daba márgenes para moverse entre los riesgos… generalmente.

Pidió prestada un arpa. Mientras la comitiva se reordenaba lentamente para reiniciar el viaje tocó sus primeras notas, estridentes, demostrando cierta concentración, cierta preocupación por aprender.

- ¿Se puede saber qué estás haciendo? – le dijo Garlan que se aproximó al socorro.

- Hola Garlan – sonrió Rom toqueteando un poco las cuerdas. – Te buscaba a ti-.

- ¿A mí? Esa es una muy antigua arpa élfica, es pesada ¿no? La arrastras en su plataforma porque está hecha…- le contestó el trovador.

- No, no, el arpa es sólo una excusa…- interrumpió el joven mellizo axelairida

- Ahá! Claro, debí suponerlo…- Garlan caía en la cuenta de que el otro chico lo había atraído intencionalmente, Rom no era hombre de arpa. – Pues, dime… pero ya no toques más.

- Te contaré algo, y luego… necesito que me ayudes a componer una serenata, será la más hermosa que hayas compuesto.-

Garlan sonrió con alguna ternura hacia Romearailath, aunque se contuvo de reírse para no herir la susceptibilidad de aquellos ojos que brillaban encandilados. Entonces el resto de la mañana y del atardecer el sureño le contó al músico todo lo que sentía por esa chica, y todo lo que quería expresar, y de tanto en tanto agregaba algún pensamiento que recordaba de los tanto que había tenido en esos días. El bardo, oyente, se tomó la situación con bastante paciencia, y entonces tocó algunos y algunos otros acordes.

[Editado por elessurendil el 06-07-2010 05:37]

Fragmento 94 por Elfo_Negro

¿Por qué los había contratado? Pues porque los necesitaba ¿Por qué sino? No le gustaba la idea de meter a gente nueva en su pequeña caravana, a sus chicos se los había recomendado gente de confianza, pero a estos dos, no los conocía de nada, parecían decididos y eran un poco parlanchines, eso no era malo en principio y mientras no hablaran con quien no era debido; pero sentía que estaba perdiendo el control y que todo podía venirse abajo en cualquier momento, así que debería extremar el cuidado y la vigilancia. Había visto funcionar esas cosas… y sabía que el visir obtendría con ellas un poder que iba más allá de lo hasta ahora conocido, eso no le gustaba, ese maldito bastardo hijo de perra no le gustaba nada y no se fiaba ni un pelo de él, pero no había tenido más remedio que plegarse a su voluntad, era eso o morir. Pero una vez llegados a Adûdran debería jugar bien sus cartas, no quería acabar aplastado como una cucaracha molesta.

Fue en la travesía con la balsa cuando se dio cuenta, estuvo a punto de golpearse la cabeza por zoquete, pero se contuvo, simplemente entrecerró los ojos y se fijó más en él, sí no había duda. Era realmente un estúpido, debería haberlo reconocido al instante, pero ni se fijó en él, era discreto y, aunque bien parecido, no tenía un físico poderoso ni amenazador, era de altura media, tirando a bajo… pero era él, Habalain.

Durante un tiempo fue popular en Adûdran, el muy estúpido se enfrentó abiertamente al visir, e hizo que mataran a todos los suyos.

Nérgol estaba furioso consigo mismo, había puesto de conductor de uno de sus carros a un enemigo jurado del visir; no lo conocía (apenas lo había visto en una o dos ocasiones), y aun compartir su odio hacia el visir sabía que era muy diferente a él. El tal Habalain debía ser un idealista medio loco capaz de cualquier estupidez imprevisible, no era como Nergol, sensato y que sabía medrar (aunque fuera haciendo alguna que otra ilegalidad de nada), no, Habalain no respetaba la ley, pero seguro que se creía muy justo y superior a los demás, era un tipo de esos que siempre te meten en problemas.

¿Y qué hacía conduciendo uno de sus carros, y Do Han, el otro conductor recién contratado, tenía algo que ver con Habalain?

Navegaban sobre una precaria balsa, Nergol había desmontado y sostenía con fuerza a su caballo por la cabezada; mientras la corriente del rio golpeaba contra los maderos rumiaba qué hacer.

[Editado por elfo_negro el 06-07-2010 23:29]

Fragmento 95 por aratir

Una leve niebla nocturna cubría el cielo estrellado del desierto. El silencio era una capa que envolvía la caravana por todos sus rincones. Los viajeros dormían en sus cómodas tiendas y no había más rumor que el esporádico gemido de algún camello o el lejano sonido de algún búho del desierto.

Taurigale no podía dormir esa noche.

Hacía varias jornadas que habían abandonado la protección de la orilla del río y habían empezado su incursión por la última parte del desierto, éste más suave que el que les había recibido en el viaje entre Dassart y el Emyn Lis. Algunos estaban ya cansados, pero aún quedaban unas cuantas semanas antes de pisar suelo de Adudran. Sin embargo, la mayoría de viajeros estaban acostumbrados a aquellos viajes, ya que aquel era el modo en que se ganaban la vida. Su trabajo era comerciar en las ciudades del desierto para poder llevar pan y comida a sus hijos.

Taurigale no tenía hijos a los cuales alimentar por lo que, en la soledad de la noche, se preguntaba para sí misma por qué estaba allí en aquel momento, por qué no habría abandonado hacía tiempo aquella vida de idas y venidas para retirarse a disfrutar de los bosques de Arda, de la fauna y flora que ésta atesoraba, dejando que el resto del mundo evolucionara por su cuenta. Pero hacía tiempo que se había metido en una guerra personal de la cual ya no podía retirarse antes de conocer al vencedor y menos aún podía dejar de ayudar a aquél que le había pedido su apoyo en una guerra aún más personal que la suya propia, ni tampoco podía dejar de asistir a aquéllos que eran víctimas del egoísmo, la barbarie y la ambición.

Allí estaba por tanto, intentando averiguar a qué se enfrentaban. Pero no estaba resultando nada fácil. Era bastante complicado acercarse a Nergol y ni siquiera su nuevo aliado, Diladal, había podido averiguar gran cosa. Y si las sospechas que tenía de que Nergol portaba algo bastante poderoso oculto en los barriles eran ciertas, tendría que buscar a Calaelen, allá donde estuviera en ese momento. Y el tiempo apremiaba. Ella lo sabía y, debido a ello, hacía muchas noches que no podía dormir, pues el desasosiego anidaba dentro de ella.

Había pensado en numerosas formas de averiguar qué es lo que ocultaba el interior de los barriles y a todas le veía algún inconveniente. Había pensado que Darher, el hijo de Hamad, podría ayudarle en tal asunto, quizás intercediendo ante su padre para que éste desconfiara de Nergol y decidiera confiscarle los barriles. Pero Taurigale no se terminaba de fiar en el éxito de aquel plan. Además sabía que ella no era bien vista por el caravanero pues éste le consideraba una hechicera por lo que ocurrió casi un año atrás en otro viaje por el desierto, cuando una mujer acusó a la herborista de haber embrujado a su marido, al cual habían pillado intentando seducir a Taurigale. La fama previa que atesoraba ésta, había sido suficiente para que todo el mundo creyera que era realmente una bruja. Así que si ella iba ahora con sus sospechas a Hamad, éste haría oídos sordos a una presunta hechicera y, además, se preocuparía de que su hijo estuviera cayendo bajo los poderes de aquella mujer. Tenía que hacerlo de forma sigilosa de tal forma que nadie más que ella supiera qué había oculto en los barriles. La única manera para ello era alejar a la gente del campamento. Se le ocurrió, así, un plan y se levantó para llevarlo a cabo. Confiaba en que, después de todo lo que iba a hacer, no resultara que lo que ocultaban los barriles de Nergol eran simplemente higos secos como las etiquetas aseguraban.

Se acercó lenta y lo más silenciosa posible a la zona donde se encontraban las bestias de carga y transporte y los carros de los comerciantes. No parecía haber nadie despierto en aquel momento. No obstante, Taurigale se detuvo un momento, disimulando mirar hacia el horizonte y aprovechando para asegurarse de que todo el mundo dormía. Los caballos y las bestias de carga estaban tranquilos mientras la mujer se acercaba hacia ellos y les iba susurrando unas palabras que empezaron a agitar a los animales. No tardó mucho tiempo para que las bestias empezaran a agitarse y revolver, algunas de ellas empezaron a huir de la zona donde se hallaban. Pronto las seguirían las demás. Mientras, Taurigale se escabulló entre las sombras y, sin ser vista, se escondió esperando el momento en poder seguir la segunda parte de su plan.

Fragmento 96 por Elfo_Negro

La noche era hermosa y agradable, digna de pasear en ella abrazado a una chica hermosa y cuchichearle algo que la hiciera sonrojar. Sí, era hermosa y agradable, pero no había chica ni paseo: Nergol estaba tendido sobre una manta, durmiendo a pierna suelta, completamente vestido, con la capucha calada, apoyado a la rueda de uno de los carros.

Todos los chicos dormían del mismo modo descarado salvo uno de ellos, que estaba de guardia, los caballos de los carros no habían sido desuncidos y los otros estaban atados a un carro.

Un leve movimiento de la rueda le despertó. Aún medio dormido se levantó de un salto; un caballo enloquecido pasó a unos pocos pasos de él, buscó con la mirada los suyos, estaban todos atados pero su mirada salvaje presagiaba lo peor.

Todo ocurrió en un momento, todo el campamento se estaba despertando, aturdido, en mitad de una estampida creciente. Los hombres gritaban, los caballos relinchaban y los bueyes mugían como si los estuvieran matando.

El carro que estos últimos días había conducido Do Han se movió, el caballo se encabritó y partió al galope en medio de un crujido de madera tensándose.

El campamento era un caos absoluto, parecía que todos los animales hubieran enloquecido, corrían en todas direcciones atropellando a quien se pusiera en su camino, arrancando las estacas en las que estuvieran atados o rompiendo las ligaduras que hasta ahora habían sido tan eficaces.

Todos los chicos, evidentemente, ya estaban despiertos (alguno estaba más dormido que despierto) y dentro del caos intentaban controlar la situación, al menos controlar su importante carga.

Pero el carro de Do Han estaba siendo arrastrado por un caballo loco. Un carro con seis barriles llenos de la más valiosa carga que pudiera imaginarse, una carga por la que el visir no dudaría en matar a sus más cercanos familiares.

Madair había sido rápido, se había puesto delante del caballo del otro carro y con brazo de acero había sostenido la cabezada del animal. La bestia pugnaba, con los ojos inyectados en sangre, por arrancar una carrera hacia cualquier parte.

Los otros caballos también intentaban romper sus ataduras, dando brutales tirones acompañados de relinchos enfermizos.

-¡montadlos!- gritó Nergol -¡montadlos e id a por el carro!-

Todos montaron de un salto. Lo de ir a por el carro ya sería más difícil: los caballos no estaban ensillados y tenían puestos las cabezadas de cuadra, así que lo de dirigir un caballo medio desbocado y sin los arreos para montar prometía ser difícil y muy peligroso.

Nergol espoleó al caballo que había elegido y, un poco desequilibrado, salió al galope en dirección al carro ya perdido en la distancia. Sus chicos le imitaron, algunos eran buenos jinetes y seguramente no se romperían la crisma.

El campamento era una locura absoluta, tiendas desbaratadas, mesas volcadas, niños llorando, hombres con cara de susto. Y entre toda esa locura, Madair parecía tranquilo, incluso contento. Mientras Nergol, Do Han y los 3 chicos cabalgaban en busca del carro que se escapaba, Madair se había quedado sólo, reteniendo y controlando el otro carro; lleno, como el primero, de 6 barriles de valiosa y peligrosa carga.

[Editado por elfo_negro el 17-07-2010 18:58]

Fragmento 97 por aratir

Escondida, Taurigale contemplaba el efecto que sus susurros habían tenido sobre los animales de carga y los caballos. Afortunadamente, el plan había salido mejor de lo esperado. Todo el campamento se había lanzado en post de controlar a los animales desbocados y salvar el campamento de la inusual estampida ocurrida de improviso. Sólo una persona se mantenía cerca de donde ella estaba escondida. Era Diladal, que había conseguido controlar al caballo que llevaba el carro del cual estaba encargado y esperaba tranquilo a ver qué iba a ocurrir a continuación.

La dama salió de su escondite entonces y se acercó hacia su aliado.

- ¿Cómo lo has consegui…? – empezó a preguntar Diladal mientras ella se acercaba hacia el carro.

- No hay tiempo, Diladal, luego te cuento. Ahora, vamos a aprovechar para averiguar de una vez por todas que es lo que tiene esos barriles- dijo señalando los seis barriles que se hallaban en el carro de Diladal.- Vigila por si viene alguien.

Él asintió y, aún controlando al caballo, miró a su alrededor.

Taurigale tomó uno de los barriles que contenían el carro y lo saco del mismo para abrirlo. No era un barril demasiado grande y tampoco era muy pesado. En letras angulosas figuraba el letrero de “higos secos de Dassart” y un extraño símbolo presuntamente atestiguaba su procedencia. Aunque en realidad ella no había visto aquellos símbolos entre los propios de Dassart y su gobierno. Con alguna dificultad, ella consiguió abrir el barril y, durante unos segundos que parecieron eternos, metió la mano en el barril. Sus dedos acariciaron algo granuloso, algo que no tenía nada que ver con unos higos, aunque fueran secos. Se trataba de un polvo. Sacó la mano y lo miró durante unos pocos segundos que le bastaron para saber de qué se trataba. Esparció el contenido de su mano otra vez en el barril y lo cerró lo más rápido posible. Diladal, a su lado, miraba de reojo sus acciones mientras al mismo tiempo no dejaba de mirar a su alrededor.

Tras colocar el barril en el mismo lugar donde se hallaba y, tras echarle una mirada de agradecimiento a Diladal, se escabulló de allí lo más rápido que pudo.

Una vez a solas, respiró aliviada. Tenía la información que necesitaba. Los barriles de Nergol, efectivamente, no contenían higos secos sino que estaban llenos de polvo, un polvo negro. Si Nergol trabajaba para Saffadar, esos doce barriles llenos de polvo negro eran para él. El polvo negro se utilizaba para realizar fuegos de artificio pero no se necesitaba tanta cantidad para celebrar una fiesta. Pocos sabían en Ambaron que el polvo negro también se podía utilizar para fabricar armas extrañas y más efectivas que una espada muy afilada. Hubo una vez un istari en la tercera edad que estuvo estudiando la realización de esas poderosas armas.

Con aquellos temores de que el Visir preparaba una guerra en Ambaron, Taurigale se giró para marcharse de allí. Entonces notó una presencia detrás de ella. Cuando se dio la vuelta se encontró con la mirada imperativa de Carare que la miró fijamente. La elfa había visto a la herborista mirar en uno de los barriles de Nergol.

- Ahora dime, ¿qué esconden esos barriles?- preguntó la elfa aunque Taurigale permaneció un instante en silencio, el cual interrumpió Carare a sabiendas de los pensamientos de la mujer. -Si tú no me lo dices, yo misma le echaré un vistazo.

Cerca del carro donde Diladal esperaba, por órdenes de Nergol, se encaminaba ya alguno de sus hombres.

- Sabes que no me importaría derramar sangre si es necesario, así que yo de tú hablaría- aseguró la elfa, consciente de lo importuno de aquello para Taurigale.

La mujer respiró muy hondo. Sin otra posibilidad, le contó a la elfa lo que había descubierto dentro del barril.

- Mañana por la mañana partiré al norte a avisar a Nethênil. Estudiaré con él cómo vamos a actuar.

- No hay otra posibilidad que impedir que esa mercancía llegue a su destino – aseguró de forma arrogante la elfa que, sin esperar a réplica, se giró, desapareciendo entre las sombras. A la mañana siguiente, antes del amanecer y tras pagar a Hamad, Carare se marcharía en su caballo, sin despedidas y casi desapercibida. Rumbo a las montañas.

[Editado por aratir el 19-07-2010 17:12]

Fragmento 98 por Elfo_Negro

Muy pronto dejaron la caravana atrás, el carro se alejaba hacia el Oeste a toda velocidad, rebotando sobre el duro camino.

De los cinco jinetes que salieron en su persecución sólo tres (Nergol, y dos de los chicos) tomaron la dirección correcta: Do han fue incapaz de controlar su caballo enloquecido y tomó una loca carrea hacia el Sur, el tercer chico en principio pudo seguir la buena dirección, pero al poco perdió el equilibrio y, aun agarrarse a las crines de su caballo, acabó cayéndose, dándose un fenomenal trompazo.

Habían corrido una buena milla, los caballos resoplaban medio desfogados, cuando Nergol cayó en la cuenta de que con el otro carro no había quedado ninguno de los “suyos”, sólo Habalain. Le asaltó el pánico.

-Yufrén- dijo gritando a uno de los mozos, que así se llamaba –vuelve a la caravana, ¡ahora!-

Mientras el tal Yufrén daba una amplia vuelta a todo galope para cambiar la dirección, los dos que quedaban persiguiendo el carro, ya controlados los caballos que montaban, azuzaron sin piedad a los pobres animales. En tal cabalgata no había espacio para pensar, sólo para sentir… sentir que había cometido un grave error.

Los cascos golpeaban la tierra prieta, ahí estaba la caravana: la estampida había sido casi controlada, pero aun eran perceptibles los desastres ocasionados por ella y algún que otro animal continuaba revolviéndose medio enloquecido.

Yufrén, joven delincuente, leal ladrón, violento pendenciero, vio el carro, ahí estaba, no lo habían robado, el conductor continuaba ahí ¿qué era eso? ¿una sombra escurridiza? Quiso detener el caballo junto al carro, pero no siempre se tiene lo que se quiere: pasó como un rayo junto a Habalain, tiró de las crines, nada, se agachó para tirar de la cabezada, nada. Entre maldiciones perdió el equilibrio y, a unas 30 yardas del carro… se paró, de golpe: aterrizó poco elegantemente, pero salvo unas contusiones y quedar rebozado de tierra la cosa acabó bastante bien (el caballo continuó galopando, espumeante).

[Editado por elfo_negro el 20-07-2010 16:57]