Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

Finalizada 127 fragmentos Página 10 de 19
Fragmento 64 por Thauld

Cuando Hirad Adrahil dejó un poco de sangrar y recobró algo más la conciencia, Atâva lo tomó finalmente del brazo y lo acompañó fuera de la taberna. El detenido no opuso ninguna resistencia a ello, pues al percatarse de lo sucedido, sabía bien, como otros muchos, que una vez uno se había topado con el Puño, lo mejor era no poner difíciles las cosas, ya que no llevaría a otra cosa que a empeorarlas. Si tenía suerte, al fin y al cabo, se toparía quizás con alguna fuerza de la ley a la que si le interesasen otras cosas más terrenales como el dinero.

En el desierto no había otra fuerza de la ley a parte del Puño, y aquella que imponían señores y mercaderes a través de las manos de sus soldados y mercenarios. No había lugar donde gente como Hirad fuera juzgada, retenida de forma moralmente adecuada, solo existía el comercio y sus rutas, además de la clara abundancia de sol y arena. Por lo que lejos de poder llevar a Hirad a la justicia personalmente, Atâva tuvo que contentarse con buscar con una caravana que llevara al detenido a algún lugar donde pudiera dársele un buen castigo. Para ello busco entre las que le ofrecían una mayor confianza, seguridad en el transporte, y un buen destino, a poder ser a poca distancia de allí, para evitar que se diera tiempo a ciertos incidentes. La mayoría de caravaneros se encontraban complacidos de servir al Puño, siempre era bueno tener una buena reputación de cara a ellos, y aunque con poco, el Puño solía incentivar los buenos actos cuando se llegaba a su destino. Así que Atavâ no tuvo mucha dificultad en encontrar una que le sirviese.

Tras cerciorarse que el detenido quedaba bien vigilado por la guardia mercenaria de la caravana, Atâva se encamino hacia el grupo de caravaneros que hablaban animadamente de sus experiencias, las últimas noticias sobre los caminos que habían oído y demás. De entre ellos un rostro familiar se giró hacia ella y sonriéndola se encaminó hacia ella.

-Veo que el Puño no descansa, aún en los lugares como los oasis donde la mayoría buscamos reposo- señaló Hamad con una sonrisa aún en los labios.

-Los oasis son en los sitios donde menos reposo encontramos nosotros, suele haber siempre alguna oveja descarriada.- Contestó Atâva con una sonrisa algo amarga. -Por cierto, ahora os iba a preguntar a los caravaneros si conocéis a un tal Tud Jansen. Sé que la probabilidad de tal cosa es mínima, pero siendo vosotros hombres de mundo siempre cabe la posibilidad de que hayáis oído su nombre.-

-Tud Jansen- rió Hamad -claro que conozco ese nombre, y además es imposible que otro hombre lleve ese apellido en estas tierras que no sea Tud.-

Atâva no sabía bien si aquello se lo tenía que tomar por el semblante de Hamad por algo bueno exactamente, algo que el caravanero advirtió. -Tud Jansen es un hombrecillo algo raro y extravagante, pero nunca me ha parecido un mal hombre. ¿Cómo es que buscaos su paradero?-

-Alguien al parecer se ha topado extrañamente con los bienes del señor Tud Jansen, y quisiera saber su paradero para podérselo hacer llegar.-

-Ah, ya veo. La verdad no me extraña viniendo de Tud Jansen, suele ser demasiado despreocupado con sus bienes, y me parece que no es el primer problema que ha tenido al respecto, pero bueno, si quieres entregarle sea lo que sea lo que le han podido quitar, podrás hacérselo personalmente. Tud Jansen vive en Adudran y es bien conocido allí, y por aquellos que pasamos a menudo por la ciudad, y de buena forma siempre. Tud Jansen suele caerle bien a todo el mundo.-

Fragmento 65 por aratir

En el momento en que el soldado del Puño había intervenido deteniendo al hombre que había intentado agredirle (aunque más bien ella había tenido que agredirle a él), Taurigale salió de aquella taberna donde las cosas empezaban a ponerse turbias. Al final, por culpa de aquel entrometido no había podido disfrutar de un tranquilo tentempié.

Cuando salió, se encontró con los gemellos sureños en la puerta.

- Styg, Rom, ¡qué bien que estéis aquí! – exclamó la joven, muy feliz de encontrarles. Taurigale les contó, a grandes rasgos, lo que había ocurrido.- Ahora necesito buscar una posada y descansar. Mañana nos espera un largo día

Fragmento 66 por aratir

Capítulo 3. Las Ered Gaerin

Los tímidos rayos de sol matutinos cruzaron levemente una pequeña rendija dispuestos a despejar las sombras nocturnas de la habitación. Taurigale abrió los ojos y, desesperada se levantó de la cama. Sabía que se había dormido.

- ¡Otra vez no! – exclamó Taurigale mientras buscaba su ropa y la túnica para vestirse. En Dassart le había sucedido lo mismo, y por poco no pudo llegar a la partida de la caravana. Esperaba que esta vez no le sucediera lo mismo.

Con los cabellos protegidos por un turbante, la joven salió de la habitación y bajó las escaleras lo más rápido que pudo. Apenas había gente en el piso de abajo de la posada. Se acercó a la barra más cercana y le indicó a una muchacha cercana que dejaba allí las monedas como pago de la habitación.

Corrió tan rápido como pudo hacia las afueras del oasis, mientras en el cielo el sol ya empezaba a calentar. Mientras iba hacia la zona donde partiría la caravana de Hamad, Taurigale temía que aquél hubiera partido ya. Resopló aliviada cuando vio a lo lejos el ir y venir de los comerciantes de la caravana y a los camellos que les habían traído desde Dassart.

- ¡Por las maravillosas estrellas del desierto! ¡La caravana no se ha marchado! – exclamaba mientras seguía corriendo hacia el encuentro de la caravana.

[Editado por aratir el 14-05-2010 16:47]

Fragmento 67 por Thauld

A la cabeza de la caravana, junto a Hamad, se encontraba Atâva a lomos de su corcel blanco. Era un caballo de corta estatura, pero ágil y veloz como todos los de su sangre. No era quizás la mejor montura para el desierto, pero se adecuaba bien a numerosos tipos de terrenos y a diferentes climas, soportando bien el calor de aquel mar de fuego. Atâva, al ser rohirrim, prefería aquellas monturas por encima de los camellos albinos que poseía el Puño, y obviamente por encima de los olifantes blancos. Ciertamente elegir era un lujo, aunque dado que la costumbre de obsequiar al Puño con monturas blancas por partes de varios criadores se había extendido, era un lujo que se podían bien permitir, siempre que lo hicieran para servir a los más desprotegidos. Los criadores principales eran de las ciudades de Al-Andalus, Al-Bharaj y Al-Belhasar, siendo caballos, olifantes y camellos los animales de monta que estregaban al Puño respectivamente. Aunque los regalos de ambos pueblos eran de valor incuestionable, los olifantes tenían quizás un significado especial al ser en Al-Bharaj un animal venerado y sagrado, más los blancos ya que eran considerados monturas de dioses y su séquito, reservado casi exclusivamente para el rey y la guardia real. Aún así el Puño no hacia diferencias por ello, ni las hacia Atâva aunque apreciara a su corcel proveniente de Al-Andalus, una tierra similar a la suya con gran amor hacia los caballos y de bravos jinetes.

Atâva observó como poco a poco los preparativos para la partida se iban completando, algo que transcurría con gran tranquilidad y que había podido contemplar desde su más temprano inicio al adelantarse con tiempo más que suficiente a Hamad en saludar el nuevo día, a pesar de que había compartido junto a él y el resto de caravaneros la cena y una larga charla que había durado hasta entrada la noche. Cuando hacia largo tiempo que había terminado su desayuno con los caravaneros, mientras que el día despertaba aún de su larga noche, reconoció a la lejanía la figura de una mujer que corría apresurada hacia la caravana. Era sin duda la mujer a la que había ofrecido su ayuda el pasado día en la taberna, y quien parecía tenido algún problema para despertarse. A decir verdad, parecía que todos estaban ya en disposición para partir, cuando aún era temprano y sol era aún benévolo con sus rayos.

Fragmento 68 por Elfo_Negro

Se levantó ya cansado, y eso que había prescindido de la “compañía femenina” que le habían ofrecido. Metió la cabeza en un gran barreño de agua fresca y se vistió lentamente. Sus gruesas ropas no eran las más adecuadas, así que usaría prendas nuevas: las había comprado en una parada del Oasis, eran de calidad dudosa, pero no dejaban de ser frescas y ligeras. Siguió vistiendo los pantalones y las botas de cuero, pero completó su vestimenta con una larga camisola blanca de algodón y, sustituyendo la capa y la capucha, se cubrió la cabeza con un ligero turbante.

La ruta los acercaría a las escarpadas Ered Gaerin, pero quedaban muchas millas de duro desierto para ello, millas y millas de tierra muerta y sol abrasador.

Después de un fuerte desayuno comprobó que todo estuviera en orden (algunos de sus chicos tenían una sonrisa siniestra pero no quiso preguntarles qué habían estado haciendo durante la noche). No apretó demasiado la cincha del caballo y montó de un salto.

Taconeó la montura y le siguió su pequeña comitiva, los carros chirriaban. El sol, enfrente, alzándose lentamente y amenazador, prometía una dura jornada.

[Editado por elfo_negro el 23-04-2010 12:29]

Fragmento 69 por aratir

Parecía un barco avanzando lentamente sobre el mar, aunque éste no era azul, sino amarillento y no había agua sino arena. Un mar de dunas y pequeños arbustos aislados que fueron, una vez más, la única compañía de la caravana de Hamad durante los días siguientes a su partida del Oasis de Hirad. Un mar muerto, pálido y subyugado bajo el calor abrasador que, a pesar de estar ya en la estación otoñal, seguía recordando a los peores días del verano.

- Lo hermoso del desierto, es que esconde un pozo en alguna parte – susurró Darher, el hijo de Hamad, cuando pasaba con su camello cerca del camello que portaba a Stygh y Taurigale. No muy lejos estaba también el camello de Rom, el hermano de Stygh, y con el que Darher tenía buena relación. Cuando Rom se giró hacia Darher, éste añadió.- Eso dijo un famoso escritor en uno de sus cuentos. Abbalah fue sabio cuando construyó el desierto, porque puso su gracia en rincones ocultos del mismo.

- Pero sólo lo hallan quiénes saben dónde buscar – añadió Taurigale, casi en un susurro.

Stygh añadió algo más y Rom rió, pero para Darher se había detenido el tiempo en el momento en que había escuchado hablar a la hechicera. Últimamente le ocurría cada vez que mantenía alguna palabra con ella. En algún momento había temido que ella lo hubiera embrujado pero cuando se lo había comentado a su padre, éste simplemente había movido la cabeza, a un lado y a otro.

Una voz insistente le devolvió a la realidad.

- ¡Estás en otro lugar! – dijo Rom, que le había preguntado algo sin que obtuviera respuesta alguna.

- Ah, perdón. Esta noche pasada no dormí bien – se excusó Darher.- ¿Qué me habías preguntado?

- Preguntaba por el prisionero, el que armó el jaleo en la taberna. ¿Qué van a hacer con él?

Darher se encogió de hombros y señaló hacia Atava, que estaba más delante de ellos.

- Supongo que tendrá un juicio donde determinarán cual es su castigo. Se encargarán ellos. Ahora el Puño se encarga de la justicia en el Desierto. El juicio será en Haiddara, supongo.

- El juicio será en Adudran. Parece ser que el Visir de la ciudad va a permitir que el Puño administre la justicia y el orden también en dicha ciudad – informó Taurigale.- Una buena noticia porque aquella ciudad lleva mucho tiempo siendo un lugar corrupto y sin ley, quizás tanto como cuentan que era Haiddara.

Haiddara había sido, durante décadas, la única ciudad controlada por la Orden del Puño Llameante. Y eso era desde la época en que los sultanes de aquella ciudad le habían dado el poder a la Orden para que estableciera la ley en aquella ciudad, pero aquella decisión no había gustado a las otras ciudades del antiguo imperio, sobre todo a Adudran, que seguían aspirando a recuperar el esplendor que tenía el Imperio en aquella parte del mundo un siglo antes. Sin embargo, desde hacia unas semanas, los soldados del Puño que tenían prohibida la entrada a Adudran habían sido invitados por el Visir a restaurar las relaciones entre Haiddara y la ciudad más central del antiguo imperio. Aunque la Orden, famosa por sus ideales de justicia y honestidad, tenían mucho trabajo en aquella parte de Ambaron, y no sería fácil luchar con tantos bandidos, corrupción y ladrones que habían campado a sus anchas desde la caída primero de los reinos de Vanwendor, y del Imperio de Haddar después. Al menos, contar con un soldado del Puño en una caravana, era un lujo que muchos recibían como una bendición en el desierto.

Fuera por contar con Atava o no, el caso es que durante aquellos días de viaje por el desierto no tuvieron problema alguno en la caravana y las jornadas fueron sucediendo con normalidad, protagonizadas por la tranquilidad y el calor.

Algo más de diez días después de haber reanudado el viaje, el terreno empezó a cambiar y también el clima, pues ya el sol empezaba a no ser tan intenso. Las Ered Gaerin aparecieron en el horizonte al tiempo que estaban abandonando el corazón del Mar de Fuego.

Fragmento 70 por peregrinoscuro

El sol se le clavaba sobre los hombros. Su caballo piafaba molesto, ya que el muchacho clavaba sus talones en los costados de la montura, rodeando al grupo, oteando el horizonte, buscando enemigos o caza.

En ocasiones cabalgaba lejos del grupo, cumpliendo con la función de explorador. Cuando volvía para descansar de la tarea unos instantes, observaba a los caravaneros, a la mujer que tan bien había sido defendida, a su nuevo "aliado" oriental, a los dos hermanos sureños...

Eran compañeros de viaje, iban hacia su mismo destino, pero durante algunos instantes en la noche, sabía que compartían camino y destino... no prioridades o aspiraciones. Compañeros temporales.

En cierto sentido, no los culpaba por ello... pero el joven bardo intuía que no encontraría ningún hogar allí donde iba, al igual que no había abandonado el suyo cuando partió. El viento lo rodeó, una leve brisa que arrastraba arena. Susurros que sólo él comprendía. Susurros que recordaba de noches en las cuales había tenido dónde ir. Susurros que se confundían con los que había escuchado en noches de lágrimas y dolor.

"Olvida su existencia, chico. Ella nunca fue tu musa. Aunque le hubieras cantado toda la eternidad."

Agradeció estar a solas lejos de la caravana. Ya que así pudo dejar que unas lágrimas resbalaran por su rostro sin miedo a las preguntas sobre el orígen de estas.

- Olvido... Una cura difícil de encontrar.