Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando
El ambiente de la taberna era agradable y “seguro”. Nergol se permitió relajarse. Escuchó los versos de Garlan y sorbió ensimismado de su jarra de cerveza.
Recordó la luz violenta, el humo, el estruendo; recordó la prueba que le hicieron de las armas que había adquirido para el Visir de Adûdran y que ahora transportaba en dos carretas atravesando el desierto.
Adûdran y Dassart unidas en una extraña conspiración que daría a Saffadar, si sabía jugar sus cartas, un poder temible. Y él, Nérgol, un simple delincuente de incierto futuro, en medio de todo ello, como una mosca revoloteando en un mercado de fieras.
-yo también tengo que jugar bien mis cartas, de ello depende que me aplasten, como quien pisa una cucaracha, o que me enriquezca y me situe en una posición antes nunca imaginada. Aunque Nergol, debes ir con cuidado, estos altos señores no desean ver a asesinos en sus cenas de gala, debo saber mantener la distancia justa para hacerme valioso sin ser una molestia-
Mientras soñaba despierto con honores y riquezas, con muchachas nobles de suave y perfumada piel, con barriles inagotables de buena cerveza,… tomo otro sorbo de su jarra, sabiendo, en lo más íntimo de su ser, que jamás podría escapar de su destino violento, de su mundo de dagas y espadas rápidas, del olor de taberna y de los besos ladinos e interesados de una prostituta a la que llamaba suya.
El excésivo calor que aún en otoño azotaba el desierto, hacía que todos los viajeros que lo cruzaban en esos días, optaban por aquel oasis como un paraíso refrescante para aplacar en sus tabernas y edificios el calor y la sed...y también las penas. Por eso, aquella taberna llamada Remanso de Paz, no era precisamente un lugar donde se pudiera encontrar paz. Además, el gran desierto del Earnar, sobre todo en su parte sur donde se hallaba la ruta principal del comercio, era transitado por muchas personas a lo largo del año, no sólo por los pocos habitantes de aquella parte del mundo sino tambien por habitantes del Oeste y por habitantes de los países del Extremo Oriente, al otro lado del desierto de sal.
Taurigale intentó cruzar la sala no sin gran esfuerzo. Pero una robusta mano intentó deternerla.
- Señorita, ¿no deseas compartir una pinta conmigo? - preguntó un hombre de tez oscura mientras, sujetándola, intentaba arrastrarla hacia sí.
La joven herbolista intentó desembarazarse del hombre, no sin esfuerzo, pues la mano la asía fuertemente.
- En realidad no, me esperan en aquélla mesa - indicó señalando a aquella mesa que había compartido con Ceryon, pero se dio cuenta entonces de que el muchacho no estaba sentado en ella, se había marchado.
- No hay nadie esperando así que podrás quedarte aquí conmigo - insistió mientras la arrastraba más hacia él. A su lado, no cesaban las risas y las insinuaciones.
- Sí me están esperando y tendréis problemas con ellos sino me dejáis en paz.- Taurigale señaló a la mesa donde estaban Garlan y Nergol.
En ese momento, gracias a un despiste del hombre, la joven le dio una patada en la entrepierna al hombre y se desprendió de su agarre, y así pudo arrastrarse hacia la mesa del bardo. El hombre, iracundo y enfurecido, salió detrás de ella, empujando de mala manera a todo aquel que se encontraba con él y gritando.
[Editado por aratir el 08-04-2010 19:42]
Los gritos, insultos y maldiciones le llegaron antes de tomar un trago de su jarra. Garlan miró por encima de su hombro hacia donde se estaba iniciando el tumulto y pudo comprobar como Taurigale se acercaba con paso apresurado a ellos. Un hombre, se abría camino en pos de ella con una mano en su entrepierna aún.
- Maese Nergol... Ya que os queréis granjear amistades en la caravana, creo que esa señorita necesita apoyo de brazos tersos y musculosos... -el muchacho se llevó una mano al cinto, sin desenvainar la espada corta que portaba, mientras con el pulgar de la otra mano señalaba a su espalda- Y nunca hay mejor manera de ganar un buen amigo que cuando le salvas el pellejo...
La puerta de la taberna se abrió entonces de golpe dejando que una ráfaga de luz atravesase el espeso aire de aquella estancia.
-¡Alto en el nombre del Puño Llameante!- La potente voz retumbó en el interior haciendo que muchas de las reyertas surgidas por el caos inicial pararan. Algunos quedaron petrificados, observando con atención al soldado del Puño mientras que obedientemente quietos mantenían sus brazos sobre algún gaznate o una jarra rota recientemente contra un cráneo anónimo. Pero algunos parecían ser aún no conscientes de aquel hecho, entre ellos la gran mole oscura que perseguía a Taurigale. -Sucia ramera- vociferaba aún mientras seguía abriéndose paso entre la multitud a dos manos, tras recuperarse algo más del dolor.
El capirote blanco relució un segundo más en el umbral de la puerta antes que su portador cruzara como un rayo la estancia a través el mar humano que pareció abrirse para él. La pierna entonces del soldado del Puño cayó con dureza sobre uno de los gemelos del hombre de tez oscura que perdió el equilibrio con una mueca de dolor, estrellando finalmente la cabeza contra una mesa que del golpe se partió en dos.
Tomando con fuerza el brazo y girándoselo sobre su espalda, el soldado del Puño apretó fuertemente una soga alrededor de la muñeca de aquel hombre para atar con otra soga de la misma cuerda la muñeca libre que le restaba.
-Queda detenido en nombre del Puño Llameante- anunció la voz del soldado mientras ayudaba a reincorporase al hombre algo aturdido a causa del golpe que a su vez había ensangrentado su cara.
-Le doy las gracias soldado, por su gran ayuda.-
-No tiene importancia, mi señora, me alegro que se encuentre usted bien- respondió a Taurigale Atâva, restándole importancia a los hechos y reparando por un momento a los hombres ya conocidos de vista que se encontraban cerca de ella, y quienes no parecían del todo muy contentos. El soldado tomó entonces de la barra una botella de aguafuerte y un paño mugriento y vertiendo el contenido del primero sobre el segundo, se acercó de nuevo al hombre tez oscura y limpió con el trapo su herida, para colocarla alrededor de su cabeza y sobre la brecha después.
-Perdone caballero- intervino entonces un hombre algo demacrado, llamando la atención de Atâva tomándola cuidadosamente del brazo. -Me parece que esto le pertenece a este hombre- enseñando a su vez un pequeño saco que parecía contener algo de valor.
Atâva miro con atención entonces al humilde hombre que parecía ser un modesto mercader, por su olor de quesos de camello, y tomó entre sus manos el saco devuelto con honradez.
-Señor, le ordenó que se identifique- sentenció entonces el soldado dirigiéndose de nuevo al hombre de tez oscura.
-Hirad Adrahil, mi señor.-
-Hirad Adrahil queda usted detenido por alteración del orden público y robo- señaló Atâva entonces sosteniendo frente al detenido el saco donde se podía leer en letras grabadas minuciosamente sobre el cuero "Tud Jansen".
[Editado por peregrinoscuro el 13-04-2010 16:48]
Rom esperaba a Stygh fuera del lugar de la entrevista. Había algunas cosas de las que tenían que hablar, tal vez había hallado una pista de algo que a ambos les interesaba. Atavâ se alejó displicentemente, Rom encontró a su hermano enfrascado en sus conclusiones de lo que el miembro de la Orden le había hablado, y de lo que no.
- No obtuve indicios, Rom.- dijo, dándose cuenta de la ansiosa presencia de su mellizo.
El otro no le dijo que el sí los había hallado, de momento prefirió atender lo que su hermano tenía en la cabeza.
- Cuentame entonces, Stygh. No estás insatisfecho.-
Stygh se incorporó y esbozó una pícara sonrisa. – Mira, la conversación se puso algo incómoda, eso no me termina de dejar tranquilo, pero he obtenido lo que buscaba. Este Atavâ perdió su luz propia en alguna parte, eso me despierta miles de interrogantes. Luego ha confiado en mí en algunos temas, pero no creo que se dé el lujo de ser tan distraído como para no notar que tenemos algunos truanes entre nosotros. Por lo tanto, presupongo que tiene algún interés particular en esta caravana. Y… hay algo más de lo que podremos sacar provecho. -
El eco del revuelo en la taberna no demoró en llegar, entonces, hasta allí.
La escena había hecho que Nergol se levantara de la silla, dispuesto a aplastar a ese estúpido que estaba molestando a la chica. Estúpido, esa era la palabra, muy estúpido debía de ser uno para abalanzarse sobre una muchacha ante tantos testigos.
Pero la aparición del “Puño Llameante” frustó su tentativa de mostrarse cortés y contundente.
Nergol se volvió a sentar, molesto. No aguantó mucho ahí, ya había “contratado” al aedo Garlan, no tenía porqué seguir allí.
Se levantó y dijo al cantor –Oye, Garlan… quedamos así, ¿verdad?- le dio un suave espaldarazo queriéndose mostrar amistoso (pero nunca le había salido del todo bien ese papel)- En fin, yo me retiro, mañana será un día duro,… no es conveniente que, al principio, nos vean juntos, podría ocurir que si nuestro pequeño negocio se hiciera público, resultara contraproducente… luego, cuando el ambiente se haya normalizado, estaré encantado de charlar contigo-
Salió, con pasos largos, entre el tintineo de sus armas, al exterior, en busca de un hostal en el que descanar y pensar, buscó a sus hombres con la mirada, habían retirado los carros y 3 de ellos los vigilaban, el resto debía estar.... ¡bah!, tanto le daba lo que hicieran, mientras no crearan problemas.
[Editado por elfo_negro el 14-04-2010 23:18]