Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro II: Días De Contrabando

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Fragmento 50 por Theodoros

Iba caminando a paso decidido a buscar a Nergol. Quería observarlo un rato antes de irse a dormir, y que hacía por las noches…

Estaba pensando en ello cuando reconoció su rostro a través de la ventana de una taberna. Se estaba dirigiendo hacia allí cuando se topó con una mujer.

- Si, señorita. ¿En qué puedo ayudarla?

Taurigale sonrió alegremente y le tocó la mejilla mientras notaba como el joven se turbaba.

- Teníais algo en la cara – explicó ella.- Seguro que os apetecería invitarme a algo en la taberna. Mi compañero de viaje está hablando con un soldado y estoy tremendamente aburrida. ¿Os gustaría acompañarme?

Ceryon no sabía que iba a hacer mientras observaba a Nergol en la taberna, pero esa mujer de hermoso rostro y bella sonrisa, sin saberlo, le había proporcionado una excelente excusa. Además, por supuesto, de una agradable compañía.

-Por supuesto- respondió ante la interrogante. Ambos se dirigieron hacia la taberna.

Al entrar, hizo un rápido paneo del lugar hasta encontrar al misterioso hombre. Lo vió sentado en una de las mesas del fondo.

Pero creyó que sería demasiado evidente si se sentaba de frente a Nergol. Lo mejor era sentarse cerca de él, darle la espalda y mirarlo por el reflejo de la ventana.

Mientras se acomodaba, se dio cuenta que ese no era el mejor sitio para llevar a una dama. Tenía muy poco dinero, asi que cuando el tabernero les fue a tomar la orden, se limitó a decir que no tenía apetito, pero que tomaría un vaso de vino.

Su mirada se repartía entre los ojos de aquella mujer, y la ventana, en la cual observaba a Nergol.

Pero se percató que la joven estaba a punto de decir algo, así que clavó sus ojos en ella. . .

Fragmento 51 por peregrinoscuro

Una vez el vino estuvo servido y el tabernero volvía a sus quehaceres, Nergol evaluó con la mirada al muchacho, pera después comenzar con “la negociación”:

- Supongo que habrás podido comprobar que la situación de mis hombres en la caravana es cuanto menos... molesta. Todos creen que soy un mal hombre, una persona peligrosa que no sabe mantener a raya a sus chicos y que es sinónimo de la palabra “problema”.

- Ahám -respondió el joven con los morros dentro de la jarra de vino.

- De ahí que haya decidido hablar contigo. Ambos somos extraños en la caravana... pero yo no soy un mal hombre. Solo soy un caravanero más que ha sido... usemos la palabra “juzgado” por un malentendido. He visto que llevas un laúd, y que no eres un mal chico... pero sobre todo lo más importante: No aparentas -dijo entonando con más fuerza esa palabra- serlo. Por eso, habría pensado que quizás, a cambio de una paga al final del trayecto, podrías encargarte de mejorar la imagen de mi compañía.

- ¿Cómo? -Garlan por poco se atragantó con el vino- Exactamente... ¿cómo pretendes que mejore vuestra imagen?

- Sencillamente, haz de mediador si hubiera alguna disputa... trata de calmar los aires si se comenzaran a calentar de nuevo... No puedo estar siempre pendiente de lo que hagan mis hombres... Tú serías...

- ¿Un chivato?

El caravanero sonrió ante el comentario, a ojos de Garlan no parecía ser tan malo como habría parecido en un primer momento. “Yo no habría empleado esa palabra” dijo manteniendo aún la sonrisa, “potrillo... pero sí, serías algo así. Aunque, evidentemente, habrían más tareas que se te dirían a su tiempo. ¿Así que qué opinas? ¿Defenderás la reputación que aún nos queda en la caravana?”

A pesar de los problemas que seguro que iba a tener, Garlan, con una sonrisa y un gesto burlón hizo una leve reverencia.

- Considéreme su hombre, señor Nergol. Pero -dijo mientras mantenía una mueca digna de la mejor actuación- No espere que vaya a estar inclinándome a cada paso que dé.

- Ni soy un señor que busque vasallos ni un mal superior, Garlan. Pero espero que consigas restablecer las cosas hasta, al menos, como estaban antes de que esos sureños entraran en conflicto con mis hombres.

Tras chocar las jarras, Garlan siguió sentado junto al oriental mientras le contaba un poco de su vida, desde los pasos con su familia itinerante, el desmembramiento de la misma por unos salteadores de caminos, su adolescencia subsistiendo en la hermosa Gondor, y por último su cabalgata hasta llegar donde estaba en ese momento. Todo ello, por supuesto, aderezando con alguna exageración las pequeñas victorias y tratando de enmascarar como pequeños inconvenientes las derrotas, para algo era un joven con labia y don de palabra.

Fragmento 52 por aratir

La taberna estaba bastante concurrida y ella no se asustó del aspecto de sus clientes, aquellos tipos de antros abundaban en Adudran y estaba acostumbrada a ellos. Era el inconveniente de ser una vendedora mal vista por las “buenas gentes”. Taurigale comprendió que el joven no tendría mucho dinero así que detuvo al tabernero antes de ir a por el vino.

-Traed dos kebab de carne acompañados por abundante cuscús. Estamos hambrientos.

El tabernero asintió y se giró a disponer de los manjares pedidos. Taurigale se percató de la mirada preocupada del joven por lo que había pedido.

- No os preocupéis. Yo os invitaré – le dijo con una sonrisa. La joven le habló de su trabajo, las hierbas y las medicinas no le daban para tener grandes lujos pero al menos le ofrecía el dinero necesario para poder subsistir. – Te confesaré que mis remedios son de los mejores de Adudran, por mucho que las buenas doncellas se empeñen en llamarme bruja. Aunque en realidad lo soy y de las mejores.

Ceryon se río y, cuando el tabernero hubo dejado las viandas y el vino, se dispuso a hablar algo sobre él. Aunque ella no dejaba de ser una extraña así que le narró su vida más o menos resumida. Mientras, no dejaba de observar a Nergol y a su acompañante. Taurigale podía verles más directamente, pues los tenía enfrente.

-Aquel joven que está con el comerciante problemático es el joven del laúd, ¿no es así? – preguntó repentinamente ella, interrumpiendo el relato de su acompañante.

- Sí, creo que es él – afirmó el joven tras pegarlo un trago a su vino.

Taurigale había notado que Ceryon echaba de vez en cuando una vista a la mesa de Nergol, usando el reflejo de la ventana.

- Quizás podríamos habernos sentado con ellos, está bien conocer a los que van a ser nuestros compañeros de viaje durante el trayecto – añadió ella, sonriendo. En ese instante, notó que los ojos negros de Nergol se encontraban con los de ella entre el tumulto de gente.

Fragmento 53 por peregrinoscuro

"Dadme unos instantes, maese Nergol, Voy a ver si aparte de lo que reciba al final del viaje, puedo recibir unas monedas de parte de estos -Bárbaros" dijo Garlan emitiendo la última palabra con un acento marcado de alguna región sureña. Se acercó a la barra de la taberna y no sin el desagrado del tabernero, consiguió sentarse en la misma mientras comenzaba a entonar una tranquila y monótona melodía:

"Damas y caballeros. Sentáos y oíd la magia de mis relatos, la magia de las historias antiguas que ya pocos recuerdan y, si os place, compartid posteriormente vuestros mejores deseos y voluntades con este niño que ya intenta ser mayor..."

Aquella canción que iba a entonar no era suya... pero la recibió de otro músico de cabellos rojizos en su juventud en Gondor, una historia de amor, que constaba de tres cantantes, por lo que tendría que usar su laúd para añadir la tercera voz, la del narrador cuando describía el escenario. Algunos hombres seguían hablando, apenas prestando atención al muchacho, por lo que agregó la misma estrofa con la que había comenzado aquel otro bardo, en una tierra ahora tan lejana:

"Silencio! ¡Atentos! Pues por mucho que escuchaseis.

Mucho aguardaríais sin la esperanza de oír una canción

tan dulce como esta, compuesta por el propio Illien

hace una eternidad. Una obra maestra sobre la vida

de Savien, y de Aloine, la mujer que tomó por esposa."

Los hombres, por rudo que parecieran, dejaron de charlar entre ellos, empezando a dejarse envolver por la música del laúd y la voz apremiante del rubio mozo que había reposado sus posaderas en los sitios reservados para las jarras y codos de los contertulios.

Continuó el muchacho con la canción, y cuando llegaba a la estrofa de la captura de la dama, le dio mayor énfasis a sus notas, dejando que algunos ya, sin miramientos, clavaran sus ojos a la espera de la finalización de la canción. Pero ahí no acababa la historia, aún faltaba que el mítico Savien hablara, que llegara a liberar a su princesa. Y continuó cantando el dolor y la pena de la prisionera, el miedo a no volver a sentir la libertad ni el amor, esa oscuridad que se hacía fuerte tras los barrotes de su celda.

Entonces, el canto tornó de nuevo a la valerosidad del héroe ante la adversidad, la fuerza y el ingenio combinados contra la maldad del captor, y el reencuentro de los dos amados. El momento en el cual el guerrero, carente de armas de metal y de armaduras relucientes, al igual que los oyentes de la canción, encontraba de nuevo a su amada, para estrecharla entre sus brazos.

Entonces, entre el público, la mujer que había acompañado a los mellizos sureños habló, poniendo fin a la siguiente estrofa:

"Savien, ¿cómo supiste

que era el momento de venir a buscarme?

Savien, ¿recuerdas

aquellos días felices?

¿Conservas tú también

lo que yo guardo en mi corazón y mi memoria?"

Y siguieron cantando, tal como le había indicado en aquellos años mozos el bardo, siguió sin despegar sus ojos de los de la muchacha, apenas reparando en el hombre que se hayaba sentado a su lado.

Si Garlan trataba de hacer vibrar su voz, que aún conservaba un deje de sonidos agudos por su edad, la voz de la muchacha, aún sin ser una cantante, encajaba bastante bien con la suya. Siguieron cantando el reencuentro y pasado un largo rato en el que ya el público no trataba de hablar, si no hacer silenciar a los curiosos que se arremolinaban en la puerta y ventanas del local, finalizaron con la narración más tierna y pura de un beso. Con la que el bardo, ya en silencio, finalizó tocando unos acordes más.

El público mantuvo un tenso silencio, acongojado por la belleza de la canción y por las sensaciones que ese instrumento musical había conseguido aflorar en sus corazones. Garlan se bajó de la barra y se inclinó levemente, mientras tomaba asiento en la barra, y respiraba tratando de recobrar el resuello. No le dolían los dedos, ya había desarrollado la musculatura apropiada para tocar música y sus manos tenían algunas durezas en las zonas que, se suponía, debían encajar con las cuerdas. Pero en su corazón había una pena oculta. Una sensación de pérdida por la cual apenas observó como, en silencio, algunos de los asistentes a aquella taberna dejaban sus monedas junto al codo que tenía apoyado en la lustrosa madera que había servido de improvisado escenario.

- Ignoraba que hubieran muchos bardos que conocieran esa canción -la voz de la mujer lo sacó de su ensimismamiento- ¿La robaste, como suelen hacer algunos bardos, o por el contrario la intercambiaste por otra?

Garlan alzó su mirada y con los ojos enrojecidos negó con su rostro:

- La recibí por perder a una musa. La única que se atrevió a cantar susurros a mi oído. Garlan -se presentó el chico bajando del taburete y haciendo una sencilla reverencia.

Fragmento 54 por aratir

Ella devolvió la reverencia del joven con un gesto.

- Taurigale. Viajamos en la misma caravana, camino de Adudran.- respondió ella cortésmente. A su alrededor, la gente volvía a sus vasos y sus conversaciones después de escucharlos a ambos. – Lamento lo de vuestra musa, hubo de ser una terrible pérdida.

Fragmento 55 por Thauld

Stygh se sentó entonces junto a Atâva quien se giró hacia él manteniendo su postura arrodillada y solemne. El joven que había tomado una postura más relajada y cómoda, decidió ponerse en la misma postura del soldado del Puño, quizás no la más grata para hablar pero la que le permitía quedar más cara a cara y mostrarse como un igual. Poco sabia Stygh del Puño Llameante y la tendencia algo fanática y dogmática que había ido adquiriendo desde su creación, tendencia por sus miembros solían adoptar prácticas por las que se autoinfligían dolor, votos de pobreza y castidad, intentando separar en lo máximo posible su razón de su naturaleza carnal a través de ensordecer esta a través de su daño, el hambre y mitigación de sus placeres, salvo la alegría. Razón también por la que los propios miembros del Puño se presentaban voluntarios a la hora de juzgar a sus más allegados para poderse enfrentar a sus sentimientos y ser capaces así de alcanzar una fortaleza y voluntad mayores que le permitiesen ser totalmente ecuánimes. Poco podía saber entonces Stygh de las cuerdas y nudos que apresaban y mordían los muslos blancos de Atâva, poco sabia de lo justamente dolorosa que podía resultar aquella postura y la gratitud que suponía para su mente tal imposición, como otras que había tomado, y de el verdadero abismo que realmente separaba a ambos.

A Stygh, Atavâ le causaba un poco de respeto y no mucho más. Pensó que debía encontrar el punto interesante de tal persona, pero no podía lograrlo sin comenzar por lo básico.

-Antes de nada me gustaría saber, si no le importa, de donde proviene y si tiene usted familia-

-Provengo de una pequeña aldea de Rohan, en cuanto a familia no tengo parentesco ya en este mundo, mis padres ya murieron y no me dejaron hermanos o hermanos, ni una familia que realmente pueda sentir como mía. Por mi propia parte tampoco he buscado un acompañante para esta vida ni una descendencia para la misma.-

Teniendo entonces una idea de quién era su interlocutor, Stygh debía preguntar ahora sobre lo que le interesaba, cuando se suponía que era pronto para indagar en cuestiones comprometidas.

-¿Cuánto tiempo lleva en la Orden? ¿Está cumpliendo funciones en este momento?-

-La Orden me acogió desde mi más tierna juventud, aunque desconozco su interés en esto, así como el resto de su cuestión, la cual no le responderé como creo que puede comprender.-

El rostro del solado del Puño no parecía mostrarse contrariada pero igualmente Stygh trato de mostrar una faz más tranquilizadora, pues pretendía seguir entendiendo algo de cómo funcionaba la mente de un miembro del Puño.

-Me gustaría saber qué emociones le provoca el crimen.-

-El crimen es crimen, y su gravedad depende de los detalles del mismo, lo que puede cuantificarlo en si mismo, sin necesidad de la emoción que puede llegar a suscitar, de la cual por mi cargo es necesariamente ninguna.-

-Pero, ¿se desmide usted con los criminales?-

-No, puesto que no estaría ejerciendo bien mi cargo si tal cosa llegase a hacer.-

Stygh oyó detenidamente las fortalezas del soldado, pero también deseaba husmear en sus flaquezas.

-¿Qué tipo de misiones evita o evitaría por temores o principios?-

-Ninguna.-

Atâva se levantó entonces de forma tranquila. -Ahora, si me lo permite, quisiera seguir con mis tareas. Creo que he saciado suficientemente su curiosidad hacia mi persona, así que espero que se encuentre completamente complacido. Ahora bien, me retiro.-

El soldado del Puño recogió entonces la esterillas y su capirote, y poniéndoselo éste último nuevamente sobre los hombres se despidió definitivamente del joven quien vio ahogada nuevas cuestiones, algunas de ellos intento de relajar un tanto los ánimos, y el carácter personal que había tomado la conversación. Atâva desapareció así entre la gente del oasis donde resolvería muchas de las trifulcas emergentes a causa de la cálida temperatura y la calentura de los ánimos.

Fragmento 56 por peregrinoscuro

" Lamento lo de vuestra musa, hubo de ser una terrible pérdida. "

Lo había sido. Había sido la primera chica que había amado... y la última en la que había reparado. Pero eran historias que tras sus tiempos en Gondor y la galopada hasta unirse a la caravana parecían ya demasiado lejanas. En el rostro de la mujer que ahora le hablaba parecía haber una expresión de comprensión, como si hubiera escuchado esa historia una y mil veces. Así que Garlan negó con su rostro y componiendo una mueca teatrera respondió:

- Pero la actuación ha finalizado, mi señora... Y hay historias que los bardos se guardan para jamás ser cantadas. Si me disculpáis... volveré con maese Nergol. Lo he dejado sólo y nunca se sabe qué puede ocurrir con esa clase de hombres tan poco afín a ser bien recibidos y vistos por los demás.

Le guiñó un ojo a la muchacha mientras guardaba las monedas que algunos de los asistentes a la taberna le habían dejado y surcó la sala hasta volver a la mesa donde había depositado su jarra.