¿Quién mató al Rey Brujo?

Transcurría el año 1975 T.E. cuando, en la Batalla de Fornost, los ejércitos de Angmar fueron finalmente derrotados, y el mismo Rey Brujo hubo de volver grupas ante sus enemigos y huir entre las sombras. Eärnur, a quien su padre Eärnil, penúltimo Rey de Gondor, había enviado en ayuda de Arthedain, hizo amago de perseguirlo; pero entonces Glorfindel, Señor Elfo de Rivendel, pronunció unas palabras que entonces resultaron misteriosas:

 

¡No lo persigas! No volverá a esta tierra. Lejos está todavía su condenación, y no caerá por mano de hombre.

El Retorno del Rey, «Apéndice A», p. 383

 

Más de mil años tuvieron que pasar para ver esa profecía cumplida. Fue en los Campos del Pelennor, en mitad del fragor de la batalla, y cuando toda esperanza parecía perdida. Théoden, Rey de Rohan, yacía abatido por el Rey Brujo, que se alzaba sobre el noble jinete derribado con intención de rematarlo. Fue en ese momento cuando Éowyn, bajo el disfraz que la hacía pasar por hombre, se interpuso entre ambos reyes, el caído y el espectro, anunciando su intención de evitar que el Nazgûl acometiese de nuevo contra Théoden:

 

–Haz lo que quieras; mas yo lo impediré, si está en mis manos.

–¡Impedírmelo! ¿A mí? Estás loco. ¡Ningún hombre viviente puede impedirme nada!

Lo que Merry oyó entonces no podía ser más insólito para esa hora: le pareció que Derhelm se reía, y que la voz límpida vibraba como el acero.

–¡Es que no soy ningún hombre viviente! Lo que tus ojos ven es una mujer. Soy Éowyn hija de Éomund. Pretendes impedir que me acerque a mi señor y pariente. ¡Vete de aquí si no eres una criatura inmortal! Porque vivo o espectro oscuro, te traspasaré con mi espada si lo tocas.

El Retorno del Rey, «La Batalla de los Campos del Pelennor», pp. 127-128

 

 

Lo que sucedió después, no por conocido, deja de resultar asombroso; un pequeño Hobbit y una doncella de Rohan, en una acción que muchos calificarían de pura locura, fruto de la desesperación, lograron lo que nunca nadie había logrado antes: derrotar al Rey Brujo, el jefe de los Nazgûl.

Pero de pronto se tambaleó también él [el Nazgûl], y con un alarido de dolor cayó de bruces, y la maza, desviada del blanco, fue a morder el polvo del terreno. Merry lo había herido por la espalda. Atravesando el manto negro, subiendo por el plaquín, la espada del hobbit se había clavado en el tendón detrás de la poderosa rodilla.

–¡Éowyn! ¡Éowyn! –gritó Merry.

Entonces Éowyn, trastabillando, había logrado ponerse de pie una vez más, y juntando fuerzas había hundido la espada entre la corona y el manto, cuando ya los grandes hombros se encorvaban sobre ella. La espada chisporroteó y voló por los aires hecha añicos. La corona rodó a lo lejos con un ruido de metal. Éowyn cayó de bruces sobre el enemigo derribado. Mas he aquí que el manto y el plaquín estaban vacíos. Ahora yacían en el suelo, despedazados y en un montón informe; y un grito se elevó por el aire estremecido y se transformó en un lamento áspero, y pasó con el viento, una voz tenue e incorpórea que se extinguió, y fue engullida, y nunca más volvió a oírse en aquella era del mundo.

El Retorno del Rey, «La Batalla de los Campos del Pelennor», p. 129

Así «murió» el Rey Brujo –si es que a lo que sucedió se le puede llamar muerte–; pero el problema que surge ahora es el comprender la razón última que hizo posible su derrota, y lo que es incluso más importante: ¿quién lo mató realmente? Parece indudable que el golpe de Éowyn, lanzado al lugar que debería ocupar la espectral cabeza, es el definitivo, ¿pero qué importancia tuvo entonces la herida infligida por Merry?

Tal fue el destino de la espada de las Quebradas de las Túmulos, fraguada en el Oesternesse. Hubiera querido conocerlo el artífice que la forjara en otros tiempos en el Reino del Norte, cuando los Dúnedain eran jóvenes, y tenían como principal enemigo al terrible reino de Angmar y a su rey hechicero. Ninguna otra hoja, ni aun esgrimida por manos mucho más poderosas, habría podido infligir una herida más cruel, hundirse de ese modo en la carne venida de la muerte, romper el hechizo que ataba los tendones invisibles a la voluntad del espectro.

El Retorno del Rey, «La Batalla de los Campos del Pelennor», p. 132

Merry, con su estocada, rompió un hechizo, logró causar un daño a su enemigo que éste seguramente tenía olvidado. No queda claro si la desaparición del hechizo sólo «distrajo» la atención del Rey Brujo, distracción que aprovechó Éowyn para lanzar su golpe mortal, o si por el contrario lo que hizo fue hacerle vulnerable, permitiendo que la espada de Éowyn mordiese algo más que un simple vacío. Pero fuese como fuese, aquí se introduce un elemento que no figuraba en la profecía: el cuchillo de Merry. Aquí no se aplica lo mismo que con Éowyn, que era mujer y no hombre: Merry, estrictamente hablando, tampoco era hombre; pero según este texto eso parece no importar. Lo que se dice textualmente es que «ninguna otra hoja» podría haber causado el daño que causó la que portaba el Hobbit, aparentemente sin importar la mano que la esgrimiese.

No es por quitar méritos al joven y valeroso Hobbit… pero parece evidente que la vía en la que hay que profundizar en este enigma es la de Éowyn.

Las fuentes de la profecía de Glorfindel hay que buscarlas –como en el caso del origen literario de los Ents–[1] en una casi indiscutible influencia de una obra de Shakespeare: La tragedia de Macbeth. Una de las apariciones convocadas por las tres brujas anuncia a Macbeth:

 

Sé cruel, resuelto, audaz. Ríete del poder
del hombre: nadie nacido de mujer
a Macbeth podrá dañar.

La tragedia de Macbeth

 

Macbeth, al igual que el Rey Brujo, se sentía protegido por la profecía; más también aquí se habría de demostrar su error. El siguiente diálogo entre Macbeth y Macduff –noble escocés a cuya familia había dado muerte Macbeth– nos recuerda de nuevo la escena de El Señor de los Anillos entre Éowyn y el Señor de los Nazgûl:

MACBETH

Tu esfuerzo es en vano.
Antes que hacerme sangrar, tu afilado acero
podrá dejar marca en el aire incorpóreo.
Caiga tu espada sobre débiles penachos.
Vivo bajo encantamiento, y no he de rendirme
a nadie nacido de mujer.

MACDUFF

Desconfía de encantamientos:
que el espíritu al que siempre has servido
te diga que del vientre de su madre
Macduff fue sacado antes de tiempo.

La tragedia de Macbeth

Ambas profecías, la de Glorfindel y la de la aparición, eran ciertas; pero al mismo tiempo ambas tenían «trampa». Si en el caso de Éowyn resulta que ésta era mujer, y no hombre, en el de Macduff lo que ocurre es que había sido sacado del vientre de su madre antes de tiempo (una cesárea, se supone, que según parece no era considerada un «nacimiento»). El Rey Brujo y Macbeth no supieron entender la verdad que se escondía en las palabras de las profecías: pudo más su prepotencia y orgullo, y eso les llevó a la derrota.

Pero en el caso de Éowyn hay más que hablar, pues en La Guerra del Anillo (tercer volumen de la «La Historia de El Señor de los Anillos») se puede seguir con claridad la evolución de su enfrentamiento con el Rey Brujo. En un primer esbozo narrativo (que el propio Christopher califica de «texto curioso») Tolkien escribió:

Ella levantó el escudo, y con un golpe veloz y súbito cercenó la cabeza del pájaro. Cayó, las vastas alas extendidas, arrugadas e impotentes en la tierra. Alrededor de Éowyn la luz del día era brillante y clara. Con un clamor de desesperación las huestes de Harad dieron media vuelta y huyeron, y sobre el terreno una cosa decapitada se alejó arrastrándose, gruñendo y gimoteando, desgarrando la capa. Pronto la capa negra también yació informe y quieta, y un largo aullido desgarró el aire y se desvaneció en la distancia.

La Guerra del Anillo, «La Batalla de los Campos del Pelennor», p. 417

Así de sencillo, sin profecía de por medio, sin intervención de Merry… cualquiera con el valor suficiente habría podido abatir al Nazgûl simplemente cortando la cabeza de su montura [cabe señalar que la «cosa decapitada» que se cita aquí es, evidentemente, el Rey Brujo, y es llamado así porque en la descripción que se ha dado de él anteriormente se dice que entre la capa y la corona de hierro no había nada, no porque lo decapitase Éowyn]. Por suerte, este fin tan anticlimático para el Rey Brujo quedó sólo en eso: un esbozo…

En un primer manuscrito («A») del capítulo, muy similar ya al texto final que aparece en El Retorno del Rey, el enfrentamiento de Éowyn con el Rey Brujo se muestra de una forma mucho más elaborada, aunque con un interesante matiz que lo diferencia tanto del esbozo como de la versión definitiva. Sobre ese texto Christopher Tolkien hace los siguientes comentarios:

Cuando el Señor de los Nazgûl le dice a Éowyn «¡Ningún hombre viviente puede impedirme nada!», ella replica, tal como se escribió el texto por primera vez: «No soy ningún hombre viviente. Estás viendo a una mujer. Soy Éowyn, hija de Éomund. Te interpones entre mi pariente y yo. ¡Vete! Pues aunque no he matado a ninguna cosa viviente, mataré a los muertos [> mataré a los Muertos Vivientes]». Esto se basa en la versión anterior de la profecía sobre el Señor de los Nazgûl: «no está destinado a caer ante hombres de guerra o de sabiduría; sino que que en la hora de su victoria será derrotado por alguien que no ha matado a ninguna cosa viviente» (pp. 381-382).

La Guerra del Anillo, «La Batalla de los Campos del Pelennor», pp. 419-420

Aquí ya hay una profecía, aunque sustancialmente diferente de la que figura en la versión final: al Rey Brujo no podría haberle matado cualquiera con el suficiente valor para hacerlo (como sucedía en el esbozo), sino alguien que no hubiese quitado la vida a ninguna criatura viviente con anterioridad… y Éowyn era esa persona.

¿Por qué se incide entonces en el hecho de que Éowyn no era un hombre, si aquí no parece influir en el desenlace? Seguramente la mejor explicación es que, como en otros muchos casos, ésa era la manera de trabajar de Tolkien, con multitud de correcciones, enlazando y desarrollando ideas, tejiendo su particular tapiz.

Pero entonces, ¿quién mató al Rey Brujo? El desarrollo de la narración parece apuntar sin duda hacia Éowyn. La presencia de Merry (excepto en el esbozo) es sin duda importante, y el cuchillo hallado en los Túmulos seguramente más que él mismo; pero aparece siempre en un segundo plano, casi al margen del verdadero enfrentamiento.

¿Habría conseguido Éowyn matar al Señor de los Nazgûl sin la intervención del Hobbit? Pues posiblemente no, porque casi con seguridad habría caído bajo la maza del Rey Brujo, y hay además constancia histórica de que en Rohan se recordaba con honor la ayuda prestada por Merry:

… pero éste [el Rey Brujo] fue aniquilado y de este modo se cumplieron las palabras que mucho antes le dijo Glorfindel al Rey Eärnur: que el Rey Brujo no caería por mano de hombre. Porque se dice en los cantos de la Marca que en este hecho Éowyn recibió ayuda del escudero de Théoden, y que tampoco él era un Hombre sino un Mediano de un país remoto, aunque Éomer le rindió honores en la Marca y le dio el nombre de Escanciador.[2]
[Este Escanciador no era otro que Meriadoc el Magnífico, que fue Señor de los Gamos].

El Retorno del Rey, «Apéndice A», pp. 403-404, n. 37

 

Digamos entonces que la intervención de Merry fue providencial, no le neguemos al Hobbit su gloria; pero quien realmente asestó el golpe mortal, la que en verdad hizo que la profecía pronunciada por Glorfindel se cumpliese fue Éowyn, doncella guerrera de Rohan.

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[1].Véase: J.R.R. Tolkien: Preguntas frecuentes (y no tan frecuentes), «¿Cómo aparecieron los Ents en la obra de Tolkien?», p. 415.

[2].El término «Escanciador», que tan fuera de lugar parece como título honorífico, se trata en realidad un error de traducción. El nombre original es Holdwine, y parece provenir del Inglés Antiguo hold, «fiel, leal», y wine, «amigo», con lo que la traducción tendría que haber sido «Amigo Fiel», sin lugar a dudas mucho más adecuado. Es un error muy similar al que se cometió cuando en algunos casos se tradujo Elfwine como «Elfovino» en lugar de como «Amigo de los Elfos».