Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
Por fin, después de una larga y agotadora travesía, Varyamo y su compañía por fin habían llegado a Cadraldôst, atravesando el Bosque de Taurezel por el Sindras, el Camino Viejo. La belleza de la ciudad cautivó a los cansados viajeros, que nada más entrar en ella, se sintieron reanimados y reconfortados. Parecía que ninguna pena, dolor o mal podía acontecerles mientras estuvieran en el interior de la ciudad de los elfos avari. Al llegar, el grupo fue recibido en el Palacio Real, el Telminton, con los más altos honores por los Reyes Anfalas y Mêlel, y cada integrante de la compañía fue agasajado y colmado de atenciones. Cada uno de los viajeros fue conducido a una cómoda, confortable y lujosa habitación que había sido preparada especialmente para él. Pero mientras los demás iban abandonando la sala para encaminarse a sus aposentos y disfrutar de un muy merecido descanso, Varyamo permaneció con los Reyes, pues debía entregarles la carta de Eldarion cuanto antes, y explicarles los detalles de la situación en Umbar y la Marca Verde. Con Varyamo aguardó también Eärondûr, pues era él quien mejor conocía la situación en que se hallaban los Señoríos del Poros y Sinya Gulniquë.
Después de una breve charla, los dos hombres se despidieron de los Reyes y cada uno se dirigió al aposento que le había sido asignado. Varyamo caminaba por los corredores de mármol del Telminton, admirando la belleza de su fina mampostería y los bajorrelieves y esculturas de marfil que decoraban los muros blancos de las galerías. Cuando llegó a su aposento, Varyamo no pudo decir si el tiempo que pasó recorriendo los laberínticos pasillos del Telminton habían sido sólo unos pocos minutos o varias horas, pues tal era la fascinación que sobre él ejercía aquél lugar. La habitación, iluminada débilmente por algunas antorchas y un par de lámparas de aceite, daba a un pequeño jardín cercado en cuyo centro había una fuente de agua clara y fresca. A su alrededor, había varios bancos de piedra sobre los que se habían dispuesto telas de muchos y hermosos colores y un par de mullidos cojines. Varyamo se refrescó con el agua de la fuente, y bebió de ella. Y ya fuera por efecto del agua o de algún encantamiento élfico, una profunda somnolencia se adueñó de Varyamo, quien a duras penas pudo llegar hasta el colchón, el más suave y confortable en el que había descansado desde que abandonara Minas Tirith. Nada más tenderse en él, quedó profundamente dormido, y sus sueños fueron plácidos y relajantes, a diferencia de lo que en él solía ser habitual. Por algún extraño sortilegio que sin duda obraba en aquellas estancias así como en todo el Telminton, Varyamo pudo dejar atrás por primera vez en mucho tiempo las dudas que atormentaban su espíritu, y descansó realmente como no lo había hecho en años. Tan profundo fue su sueño, que durmió no sólo esa noche, sino también el día y la noche siguientes.
Cuando despertó, los rayos del sol brillaban a través de la puerta que daba al jardín, iluminando toda la habitación. Varyamo comprobó que la decoración de su aposento no era menor en belleza a la de las galerías que había recorrido la noche anterior. Después de levantarse, salió al jardín con una gran alegría y felicidad en su corazón. El aire era frío y el sol apenas alcanzaba a calentar el cuerpo de Varyamo, pero el viento arrastraba muchas fragancias y aromas que no pudo distinguir. El contacto con las frías aguas que manaban de la fuente le despejó la cabeza y le desentumeció el fatigado cuerpo. Inclinándose sobre las claras y límpidas aguas de la fuente, y sacando un pequeño cuchillo, Varyamo se recortó y arregló la barba. Miró a su alrededor, y contempló el palacio de Telminton en toda su gloria. Las piedras blancas brillaban con la luz del sol, que se reflejaba y refractaba en muchos colores sobre las inmensas cúpulas de cristal que coronaban aquí y allá el palacio. No menos refulgían bajo los rayos del sol las altas y hermosas torres blancas coronadas con puntas de marfil. Después de permanecer un rato observando tan bella visión, intentando captar todos los detalles, Varyamo regresó a la habitación, y de un paquete que habían colocado junto a un sillón, sacó un hermoso traje de terciopelo negro sobre el que había bordado un árbol blanco. Cuando se hubo terminado de vestir, muy pocos habrían sido capaces de decir que Varyamo, cuya imagen noble y elegante recordaba a los reyes de antaño, había realizado un largo y fatigoso trayecto hacía poco. Antes de abandonar la habitación, reparó que sobre la mesa algún sirviente había servido un abundante desayuno.
Después de comer, Varyamo dejó la alcoba, y volvió a recorrer las galerías, que le parecían aún mucho más hermosas a la luz del sol. Tras un rato deambulando, encontró a un par de guardias, que amablemente le indicaron el camino que debía seguir para salir del palacio, pues Varyamo tenía ganas de explorar la ciudad y recorrer todos sus rincones antes de que comenzara la gran celebración. Seguía por el camino que le habían indicado los guardias, cuando al final del corredor en el que se hallaba, Varyamo vio un gran arco que daba a lo que parecía ser una galería con muchas columnas por la que se filtraba la luz del sol. Cuando se acercó, vio que la galería de columnas no era sino un gran claustro en forma pentagonal en cuyo centro se hallaban unos hermosos y frondosos jardines. Embelesado por el suave perfume que emanaban las flores y los árboles que allí crecían, Varyamo recorrió las galerías hasta que se percató de que en el jardín, junto a una fuente de plata había un elfo, alto y robusto, de cabellos plateados que le caían sobre los hombros. De su hermoso rostro parecía emanar una luz propia, aunque era difícil decirlo a la luz del sol. En ese momento, el elfo se volvió hacia Varyamo, y lo miró fijamente con sus ojos grises y profundos. Entonces lo saludó jovialmente, y fue a su encuentro.
-¡Salud viajero! Mi nombre es Olostarin, y por tus ropas, deduzco que eres uno de los integrantes de la comitiva de Gondor que llegó la otra noche a Cadraldôst-
-¿Vos sois Olostarin? – preguntó Varyamo, pues el nombre le era muy familiar.
-Así es, y por lo que veo me encuentro en desventaja, pues pareces saber cosas de mi y yo en cambio no sé nada de ti- replicó el elfo con una sonrisa.
-Mi nombre es Varyamo Lintesereg, y conozco vuestro nombre por Eldarion, quien me ha hablado muchas veces de la valentía y coraje del elfo teleri que luchó a su lado contra las huestes del Señor de Rhûn hace ahora ya cien años. Vuestro nombre también se menciona varias veces con altos honores en la crónica de aquella guerra que figura en los archivos de Gondor- respondió Varyamo.
-Me honras, aunque he de decir que ahora que sé tu nombre, también he oído no pocas canciones que hablan de tus hazañas en el norte y en el sur. ¡Feliz encuentro ha sido éste, sin duda! Pero ven y acompáme a los jardines, y cuéntame, ¿qué te ha parecido Cadraldôst?-
-Una ciudad muy hermosa, y diferente a lo que me había imaginado. Realmente poco he podido ver de ella, pues cuando llegamos estaba más concentrado en hablar con los Reyes que en admirar la belleza de Cadraldôst. Un error que me disponía a subsanar en el día de hoy, pues pretendía explorar a fondo la ciudad-
En el momento en que Varyamo terminó de hablar, dos elfos entraron en la galería de columnas y se dirigieron hacia ellos.
[Editado por Aragorn_II el 23-02-2010 17:50]
[Editado por Aragorn_II el 25-02-2010 22:30]
[Editado por Aragorn_II el 26-02-2010 14:41]
Olostarin no había dormido en toda la noche. En aquella ciudad, como en la mayoría de las ciudades élficas, no le hacía falta apenas dormir. Estuvo toda la noche en los jardines del palacio, pensando y relajándose. La mañana apareció resplandeciente, y los árboles de los jardines se presentaron ahora amarillos y marrones, vestidos de gala para la celebración. De repente, un hombre alto, vestido de negro con un árbol blanco bordado apareció entre los árboles. Olostarin lo observó durante un tiempo, hasta que el hombre notó su presencia, y Olostarin se levantó del banco y se dispuso a saludar al hombre. Era un hombre alto y fuerte y de rostro amable, Olostarin le había visto llegar en la noche, y por cómo iba acompañado, debía de tratarse de Varyamo Lintesereg, un gran hombre que, como él, había participado en la guerra contra Haraband. No obstante, nada era seguro, aunque iba a comprobarlo en seguida. En ese momento, el elfo se volvió hacia Varyamo, y lo miró fijamente con sus ojos grises y profundos. Entonces lo saludó jovialmente, y fue a su encuentro.
-¡Salud viajero! Mi nombre es Olostarin, y por tus ropas, deduzco que eres uno de los integrantes de la comitiva de Gondor que llegó la otra noche a Cadraldôst-
-¿Vos sois Olostarin? – preguntó Varyamo, pues el nombre le era muy familiar.
-Así es, y por lo que veo me encuentro en desventaja, pues pareces saber cosas de mí y yo en cambio no sé nada de ti- replicó el elfo con una sonrisa.
-Mi nombre es Varyamo Lintesereg, y conozco vuestro nombre por Eldarion, quien me ha hablado muchas veces de la valentía y coraje del elfo teleri que luchó a su lado contra las huestes del Señor de Rhûn hace ahora ya cien años. Vuestro nombre también se menciona varias veces con altos honores en la crónica de aquella guerra que figura en los archivos de Gondor- respondió Varyamo.
-Me honras, aunque he de decir que ahora que sé vuestro nombre, también he oído no pocas canciones que hablan de vuestras hazañas en el norte y en el sur. ¡Feliz encuentro ha sido éste, sin duda! Pero ven y acompáñame a los jardines, y cuéntame, ¿qué te ha parecido Cadraldôst?-
-Una ciudad muy hermosa, y diferente a lo que me había imaginado. Realmente poco he podido ver de ella, pues cuando llegamos estaba más concentrado en hablar con los Reyes que en admirar la belleza de Cadraldôst. Un error que me disponía a subsanar en el día de hoy, pues pretendía explorar a fondo la ciudad-
En el momento en que Varyamo terminó de hablar, dos elfos entraron en la galería de columnas y se dirigieron hacia ellos.
-¡Ah, te presento a Calenên y Gielperi, los nietos del Rey Anfalas y la Reina Mêlel!- dijo Olostarin alegre por ver a los elfos. Los hermanos hicieron una reverencia y Varyamo la devolvió cortésmente.
-Es éste un feliz día, a grandes gentes estoy conociendo en muy poco tiempo.- Anunció Varyamo a los elfos, que lo miraron y sonrieron, devolviéndole el cumplido.
-¿Qué tal el joven Vaereth? Lo he visto un poco esquivo estos días, pudo haberse molestado por mi tajante comentario. De todas formas, no tendría por qué, pues una fiesta élfica de este calibre no se celebra muy a menudo. Debería sentirse alagado por nuestra invitación.- comentó Olostarin algo contrariado.
A la vez que Olostarin hablaba, los hermanos elfos intercambiaban miradas cómplices, que el elfo y el hombre advirtieron en seguida. Varyamo no había entendido mucho, pues no conocía al joven varante. Al fin, después de un rato de silencio, Calenên habló.
-Por un momento temí por él, pues creí que se había marchado de vuelta al desierto. Pero no, el bardo está en el mercado, preparando las canciones para la fiesta. Ahora mismo nos dirigíamos hacia allí para verle.- informó Calenên con un resoplido.
-Comprendo… Bueno, dejemos de aburrir a nuestro invitado. Antes de que aparecieseis, estábamos hablando de la ciudad. El señor Varyamo me comentaba que no había podido disfrutar de las hermosas vistas de la ciudad y que se disponía a hacerlo el día de hoy. Si no os parece mal, he pensado que podíamos ir a ver a nuestro amigo Vaereth, presentárselo a Varyamo y después, enseñarles a ambos los sitios más importantes y bellos de la ciudad. Tenemos toda la mañana por delante hasta que comiencen los festejos, pero la ciudad es grande, deberíamos ir a caballo si queremos recorrer la ciudad.- dijo Olostarin con aire animoso. A Gielperi se le iban encendiendo los ojos a medida que Olostarin hablaba, pues le parecía una muy buena idea, ya que le encantaba charlar, y, hacer de guía turística, era la mejor excusa posible. En cambio Calenên no parecía sentirse tan complacido como su hermana, pero ambos aceptaron, esperando una respuesta del mortal
-Me parece una genial idea, Olostarin. Estaré encantado de asistir a esa visita siempre y cuando mis amigos vengan también. Vine con Eärondûr, de la Marca Verde, que ahora estará en el palacio todavía, y con Mazan, un enano del reino de Aglarond, comerciante y un buen amigo.- dijo Varyamo satisfecho con la idea.
-Bien, pues vayamos a ensillar nuestros caballos y a prepararnos para la marcha. Avisa a tus amigos, Varyamo, estoy deseando conocerlos, en especial al enano. Si vuestros caballos se sienten cansados, cosa que dudo habiendo descansado en Cadraldôst toda la noche, ordenad a los mozos de cuadra que os presten unos de los mejores caballos del palacio, y un poni para el enano, si es que no son de su agrado los caballos.- exclamó Olostarin sonriendo dulcemente, como recordando viejos tiempos. –Nos encontraremos en la puerta del Telminton dentro de media hora. Daos prisa o se nos echará la hora de la fiesta encima.
Los elfos se dirigieron al establo, mientras que Varyamo se internó en el palacio buscando las habitaciones de sus amigos. Encontró entonces noticias de Mazan, que ya había salido del palacio por la mañana temprano, pero de Eärondûr no supo nada. Olostarin, Calenên y Gielperi ensillaron a sus caballos, y marcharon a la puerta del palacio aguardando a los invitados.
[Editado por Arndir el 23-02-2010 17:59]
[Editado por Aragorn_II el 26-02-2010 14:42]
Mazan había sido precavido en el tema concerniente a la fiesta, aún sin saber que no estaba invitado a ella y que el hecho de que pudiera ir se debiera a su nuevo amigo Varyamo, el Enano ya estaba arreglado con un atuendo que cualquiera aprobaría digno de un señor de las cuevas, sus linos en tonos palidos contrastados con el rojo pulpura de la lana y la capa de un azul indigo, simulaban los colores de los elementos mas poderosos y acompañaban con una rica aportación a la personalidad de Mazan siempre introvertida pero con estallidos de impetud en ocasiónes, el Ingeniero Naugrim caminaba por los relucientes pasillos de palacio en dirección a las puertas con intención de localizar a Varyamo, pero fue éste, el que lo localizó en bajo una de esas manufacturas de marmól que a Mazan le parecían demasiado púlidas.
-¡Salve Mazan!, ¿qué tal amigo?, ¿cómo fue el comercio?.- Saludaba apaciblemente el honorable hijo de Haeré Lintesereg.
-¡Oh, vaya!, a tí te andaba buscando jovencito, el negocio ya esta hecho, ahora es momento de asistir a una fiesta, ¿o a caso pensabas dejarme aquí en palacío?.
Tras una sonrisa Varyamo acalla las replicas del enano e indica a Mazan el pasillo exacto por el que deben continuar y juntos marchan a buscar a Eärondur.
No sin alguna dificultad, pues no conocía la ciudad y en más de una ocasión hubo de preguntar a los lugareños por la ubicación del mercado, Varyamo consiguió encontrar a Mazan. Tras recibir una leve reprimenda del Maestro Enano, los dos amigos dirigieron sus pasos hacia el Telminton, Las calles, adornadas con hermosas guirnaldas de oro y plata y telas de muchos y vivos colores, eran un hervidero frenético de comerciantes, artesanos, guardias y simples curiosos que habían salido a las calles por la proximidad de la gran celebración. Cuando Varyamo y Mazan llegaron a palacio, se encontraron con Olostarin, Narudud y Gilperi esperándolos, montados sobre unos nobles y arrogantes corceles.
-Veo que has podido encontrar a uno de tus amigos, Varyamo- dijo Olostarin.
-Así es, como ya os dije, éste es Mazan, del Reino de Aglarond, gran comerciante y guerrero, y al que me une una gran amistad desde que partimos juntos de Osgiliath- respondió Varyamo.
-¡Mazan a vuestro servicio y al de vuestra casa!- exclamó el Enano, haciendo una profunda reverencia ante los tres Elfos.
-¡Olostarin al vuestro! ¡Salve Maestro Enano, que tu barba crezca larga y en tus manos nunca falte el oro! Hacía bastante tiempo que no disfrutaba de la compañía de tu raza, y para mi será un privilegio y un honor el gozar de tu compañía y oír las historias del Reino de Aglarond- respondió Olostarin. Las palabras del Elfo sorprendieron tanto a Mazan que no pudo responder.
-¡No os preocupéis Maese Enano! Ya os acostumbraréis al particular carácter de Olostarin- terció Gielperi con una dulce sonrisa que iluminaba su bello rostro.
-En todo caso, antes de partir debemos buscar a Eärondûr, pues aún no he hallado ninguna noticia suya. ¿Nos ayudáis a buscarlo?-dijo Varyamo.
-Muy bien amigos. El Telminton es grande, y más aún puede parecérselo a dos visitantes que no lo conozcan bien y que intenten hallar a alguien, como es vuestro caso. Nos dividiremos en dos grupos, yo y Mazan recorreremos el ala este, y Gielperi y Varyamo iréis al ala oeste- dijo Olostarin, y todos asintieron. Los dos Elfos desmontaron con gran agilidad, y ya estaban a punto de entrar en el palacio cuando Gielperi recordó algo.
-¡Esperad! Nos hemos olvidado de Vaereth. El pobre debe esperarnos aún en el mercado, preguntándose si acaso no nos habremos olvidado de él. Narudud, hermano, ve a buscarle, cuéntale la idea de Olostarin, y tráele aquí. ¡No aceptes un no por respuesta!- dijo alegremente Gielperi.
Mientras Narudud se alejaba rápidamente, Olostarin, Mazan, Gielperi y Varyamo comenzaron a buscar a Eärondûr por el Telminton. Recorrieron la mayoría de pasillos y galerías y entraron en todos los jardines y las salas abiertas a los visitantes, pero no pudieron hallarle. Y lo más extraño es que nadie, ninguno de los sirvientes o de los guardias, pudo darles alguna noticia de su paradero. Parecía que nadie lo había visto desde que se fuera a su alcoba la noche anterior. Aunque los demás no le dieron importancia, pues supusieron que habría partido al alba a explorar la ciudad, Varyamo comenzó a inquietarse por su joven amigo. Sin embargo, mayor que su inquietud era la fascinación que sobre él ejercía Gielperi. Su belleza era cautivadora, aunque no menos que su carácter alegre, pues siempre estaba riendo. Y su alegría reconfortaba el atormentado espíritu de Varyamo, dándole paz y reposo.
Una hora después de comenzar la búsqueda, los cuatro se reunieron en los jardines del Telminton, y sin haber hallado ninguna noticia de Eärondûr, juntos fueron a las puertas, a esperar la llegada de Narudud y Vaereth.
[Editado por Aragorn_II el 05-03-2010 16:34]
Mientras Narudud se alejaba rápidamente, Olostarin y Mazan comenzaron a buscar a Eärondur por el ala este dejando atrás a Gielperi y Varyamo comenzaron a buscar a Eärondûr por el ala oeste del Telminton. En su escaso recorrido en compañia del elfo, Mazan maduraba en la cabeza las palabras de Olostarin, las cuáles no sólo demostraban sabiduría y respeto por el pueblo Naugrim, denotaba ciertos carácteres muy propios de la habitual enana, esto conmovio por largo tiempo a Mazan que parecía mudo. Mientras tanto Olostarin amenizaba la busqueda.
-Pareceís preocupado Maese Mazan, ¿acaso tán ondo os ha calado la amistad con Eärondur?.- Provocaba con tono de humor y una sonrisa Olostarin.
-¡No es eso!... bueno... no quiero decir que no aprecie la amistad con el joven Eärondur, pero no estoy preocupado por él, a mí me demostro ser un chico bastante prudente y avispado, asi que seguro que sabe dónde se mete. Lo que turba mi mente en estos momentos son meras divagaciónes de un enano muy viejo.- Replicaba Mazan.
Olostarin se mantuvo un tiempo en silencio, y pensaba que el Enano ya se habría olvidado del tema, pero cuando ya estaban pensando en volver con el grupo, éste interrumpió la marcha.
-Mi Señor Olostarin. Comenzaba la conversación Mazan con un tono interrogante.
-¿Sí?, ¿Mazan?. Reaccionaba Olostarin como si con el no fuera la cosa.
-No es mi intención impertinarle, pero antes... cuando nos presentaron... usted hablo de una forma muy extraña, sobretodo cuando se dirigió hacia mí, no digo que fuera mala o descortés, todo lo contrarñio, pero lo cierto es que me recordo mucho a los de mi raza, y lo cierto es que no estoy seguro de sentirme cómodo en esa situación, pues usted es un elfo... ¡no sé!, tampoco me hagas caso, a mí edad, cualquier cosa se exagerá.
El Enano no aguardaba una respuesta a sus divagaciones por parte de Olostarin, aunque esta no le vendría nada mal al Enano mientras comenzaba a perderse de nuevo en sus congeturas.
Olostarin y Mazan paseaban por los corredores del Telminton cuando de repente, el enano rompió el silencio de una manera un poco extraña.
-Mi Señor Olostarin. -Comenzaba la conversación Mazan con un tono interrogante.
-¿Sí?, ¿Mazan? -Reaccionaba Olostarin como si con él no fuera la cosa.
-No es mi intención importunarle, pero antes... cuando nos presentaron... usted habló de una forma muy extraña, sobre todo cuando se dirigió hacia mí, no digo que fuera mala o descortés, todo lo contrario, pero lo cierto es que me recordó mucho a los de mi raza, y lo cierto es que no estoy seguro de sentirme cómodo en esa situación, pues usted es un elfo... ¡no sé!, tampoco me haga caso, a mí edad, cualquier cosa se exagera.
Olostarin sabía que esa pregunta no podía haber tardado mucho más en llegar, y él ya estaba preparado para aquella situación. No sabiendo muy bien si fiarse del enano, no pensaba darle muchas explicaciones, pero si las justas para que el naugrim no siguiese preguntando. A Olostarin no le gustaba que le preguntasen demasiado, prefería hablar y preguntar él, cuándo, cómo y a quién le diese la gana, pero evidentemente tenía que darle una respuesta al enano, aunque este no la esperase.
-Bien, Maese Mazan, sabía que esa pregunta no tardaría en llegar, para mi desgracia. Por el momento solo le puedo decir que es algo muy triste para mí de contar, pero si aún así desea escucharlo, se lo contaré.- mintió Olostarin para que el enano no hiciese más preguntas. El enano parecía cada vez más sorprendido, pero ni asintió ni negó, como concentrado en sí mismo, en sus recuerdos y vivencias, esperando a que el silencio se acabase.- Yo nací en Menegroth, justo cuando las tropas enanas arrasaban mi país.- el enano subió la cabeza y miró sorprendido al elfo, desorbitando los ojos, que parecía que iban a saltar de sus cuencas de un momento a otro.- Mi padre murió a manos de los enanos, y mi madre fue herida por ellos también, pero mi nombre completo es Olostarin Nornion, pues soy hijo de enanos.- el asombro de Mazan llegó a su cima, que miró al elfo asustado, esperando a que este sacase las espadas de sus vainas y le rebanase el cuello en milésimas de segundo. En ese momento, algo brilló en la mano de Olostarin, que sonrió y tranquilizó al enano silenciosamente. Mazan dio un pequeño brinco hacia atrás, estupefacto, y Olostarin rió con ganas.- ¡Tranquilo, amigo mío! Si te sirve de algo, te diré que estás hablando ahora mismo conmigo gracias a un enano, de aquellos que creían injusta aquella matanza y que se ocupó de mí, me educó y me cuidó. Tuve tres hermanos, una madre y un padre, y numerosos primos, tíos y tías y lejanos parientes. Mi vida fue agradable hasta que nos cambiamos de casa, de Ered Luin pasamos a Khazad-dûm, y… allí…- Se le quebró la voz a Olostarin y no pudo seguir, o eso pareció, al menos. De repente, sin dar tiempo a seguir, Mazan habló, apresuradamente y atropellándose cada vez más, nervioso por la situación que él había forzado.
-¡Oh! Lo, lo siento mucho… mi señor. No tenía ni idea de que esas historias tan horribles tuviesen cabida entre los grandes eldar, pero ahora sé que todo es posible, y le pido perdón por esta indiscreta intromisión. Lo siento mucho, Olostarin, no tenía que haber abierto esta bocaza.- se excusó Mazan avergonzado. Olostarin agachó la cabeza y miró al enano, sonrió y permaneció en silencio hasta que llegaron a los jardines del Telminton. Olostarin se llevó la mano derecha al pecho y la apretó, palpando con los dedos algo que Mazan no pudo ver, pues estaba metida bajo las ropas del elfo. Lo único que el enano pudo contemplar fue una fina cadena de plata, brillante a la luz del sol. Al poco tiempo, aparecieron Varyamo y Gielperi por una de las escaleras. Se acercaron a los que esperaban y contemplaron la cara de Mazan, que estaba entre asustada, confundida y extrañada.
-¡Maese Mazan! No sé qué historias le habrá contado Olostarin, pero le aseguro que el palacio no está encantado, ni la reina Mêlel secuestra a los forasteros. ¡Pobre abuela mía!- exclamó Gielperi riendo a carcajadas al ver la cara de preocupación del enano.
-¿Se encuentra bien, Mazan?- preguntó Varyamo, también preocupado y divertido por Gielperi. Los dos, de pie frente al enano, se intercambiaron las miradas como ocultando algo, parecía que habían congeniado muy bien.
-Me encuentro bien, gracias. Es solo que el palacio es tan grande que me he quedado muy sorprendido, nunca antes había estado tan cerca de los elfos, de tantos elfos quiero decir, y parecen todos tan felices…- dijo Mazan, suspirando al final.
-¿Habéis encontrado al joven Eärondûr?- preguntó Olostarin con una solitaria carcajada y con un cierto tonito irónico- Gielperi es buena guía, Varyamo, seguro que con ella te es más fácil encontrar tu alcoba, o cualquier otra… estancia que busques.-
Los cuatro se sentaron en uno de los palacetes redondos que tenían los jardines, esperando a Narudud y a Vaereth, que parecían retrasarse. Al cabo de un rato, Olostarin se levantó, divisando a los que faltaban, y sin esperar a los demás ni dar tiempo a que Narudud y Vaereth llegasen, partió a las puertas del Telminton, guiñándoles un ojo a los recién llegados cuando se cruzó con ellos. Después, desapareció entre los árboles y se internó en el palacio.
Por algún tipo de extraño e incomprensible orgullo, Vaereth intentó por todos los medios no dejarse llevar por el júbilo dulce y suave de los elfos, de su celebración y su ciudad. Intentó continuar arisco, distante, esquivo. Se podría decir que, para él, sumergirse en aquella vida tan ajena a la que había conocido siempre era algo así como traicionar a sus orígenes.
Por supuesto, tan sólo los primeros días sucedió así. Se ausentaba con frecuencia, puesto que le incomodaba la excesiva confianza que Gielperi tenía con él. Prefería pasear en solitario por las abarrotadas calles, por los silenciosos y frescos jardines, por las avenidas y los patios de columnas. Disfrutaba de la soledad y, paradójicamente, se sentía solo. Huía de aquellos elfos que tanto entusiasmo tenían puesto en él. Odiaba aquel entusiasmo exagerado. Odiaba decepcionar. Pero necesitaba alguien con quien hablar, con quien compartir sus pensamientos y sus inquietudes. Así le ocurría siempre que se detenía más de la cuenta en un lugar poblado. Pero aquellas gentes tan extrañas... En cuanto se encontraba con ellas sentía el irrefrenable impulso de salir corriendo.
¿Por qué, por qué tengo que comportarme de este modo?, se preguntaba. Nunca hallaba respuesta.
Al final, como le solía ocurrir, no necesitó respuesta. Simplemente, no pudo combatir con la magia de los elfos. Al final, sabio hombre era él, tampoco quiso hacerlo. Se dejó llevar por aquel río tranquilo y limpio, por aquella alegría próspera en que estaba sumida la ciudad. Cierto es que la mayor parte de su tiempo lo pasaba en soledad, pero eso era algo habitual en él, ya fuera en Cadraldôst o en la misma Varendia. Era Riliath'nehn, tal título recibía por parte de sus confráteres. La música le servía para muchas cosas.
Así que se descubrió a sí mismo hablando con cierta libertad con los elfos, bromeando con ellos incluso, encontrándolos simpáticos y, quizá, no tan extraños como había supuesto en un principio.
No todos sus problemas ni sus inquietudes, por supuesto, se habían solventado. Uno en especial le carcomía la mente, le sumía en la más absoluta desesperación. Le frustraba y le ponía de un humor de perros. Y ni para él, ni para aquellos que lo rodeaban, resultaba muy saludable que se enfadara, heredero de los Náredain como era.
Una pregunta sin respuesta, un dilema que amenazaba con ahogarlo en su propia agonía. Así se torturaba, día tras día, repitiéndola y repitiéndola: "¿Qué diablos se supone que voy a cantar en la maldita fiesta de los demonios?". ¡Se sentía morir! ¿Qué podría valer la pena, qué podría pasar desapercibido, no ser demasiado mediocre? ¿Qué podría satisfacer a toda una horda de elfos, altivos y nobiliarios, estirados ellos, acostumbrados a sus canciones tristes que hablaban de estrellas y tiempos pasados?
Así continuaba, con la cabeza a punto de estallar, sentado en un banco del gran dsitrito del mercado, cuando acudió Calenên a buscarlo. Tan ensimismado estaba que no se dio cuenta de su presencia hasta que lo tuvo a un palmo. Dio un respingo, volviendo a la realidad.
- ¡Ah, Calenên! -de pronto sintió una profunda y angustiosa preocupación-. No me digas que me he olvidado otra vez de alguna cita con vosotros dos...
El elfo sonrió.
-No, bueno, no mucho. ¡Pero la fiesta comienza, Vaereth! ¡Vamos, llegamos tarde! Demasiado tiempo he perdido buscándote. Es hora de que sorprendas de nuevo con esa música que crea tu pueblo.
Si se percató, y Vaereth dudaba mucho de que no se hubiera percatado, el elfo lo ocultó muy bien, porque la sonrisa cortés del varante resultó más una mueca forzada y ambigua, en la que bien podía leerse su desesperación. Se armó de valor, desechó aquellos augurios de su mente, y se concentró en recuperar la amabilidad. Algo que, dadas las circunstancias, le costaría un notable esfuerzo.