Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado

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Fragmento 22 por Aragorn_II

El viaje de Varyamo, Eärondûr y Mazan por el Amrûn Menedhil, el Camino de los Elfos del Este que atravesaba la desolada planicie de la Dagorlad y las Tierras Ásperas prosiguió sin incidentes. La noticia del extraño grupo que se dirigía a Cadraldôst corrió como la pólvora a lo largo de todo el camino. La travesía de los Hombres de Gondor y la Marca Verde a los que acompañaba un misterioso Enano fue la comidilla y el centro de todas las conversaciones en todas las posadas y tabernas que se encontraban en el Camino, desde Minas Thalion, Torre Firme, hasta Minas Rhûn, Torre del Este. En ellas, los lugareños y los mercaderes que estaban de paso no escatimaban en especulaciones, a cual más descabellada, sobre el propósito real del viaje.

-¡La celebración es sólo un subterfugio! Son espías, que preparan el terreno para una gran ofensiva de Gondor contra el Señor de Rhûn- decían algunos.

-No, son asesinos enviados por el Rey para acabar con el Señor de Rhûn- comentaban otros.

-Yo he oído que se dirigen más allá de Cadraldôst, a las tierras perdidas que se hallan en el este- decían otros

De todo esto, muy poco o nada llegaba a los oídos de tan variopinta compañía, que, un par de veces al día, tropezaba con algún sorprendido comerciante que se encaminaba a Cadraldôst a paso lento arrastrando un pesado carro, o se encontraba con algún grupo que regresaba de la ciudad élfica. Eärondûr, Varyamo y Mazan se mostraban siempre amables con los viajeros que encontraban a su paso, ofreciéndoles agua y alimentos si los necesitaban. El Enano aprovechaba cada encuentro para intercambiar unas rápidas palabras con los mercaderes, especialmente con los que regresaban de Cadraldôst. A éstos les preguntaba sobre todo por el tipo de mercado que había en la ciudad y por los artículos más demandados allí. No eran pocas las veces en que el Enano hizo algún intercambio en mitad del camino, mientras sus compañeros lo miraban divertidos. Descansaban cada noche en alguno de los enclaves situados a lo largo del camino, y al entrar en sus posadas, todas las voces callaban de golpe y un silencio sepulcral se adueñaba de la sala. Todas las miradas se volvían siempre hacia Varyamo y Eárondûr, que sonreían, pues terminaron por acostumbrarse a tales recibimientos. Los huéspedes, comerciantes en su mayoría, pedían a los dos viajeros nuevas de Gondor y de la Marca Verde, pues los rumores se habían propagado rápidamente, y no se atrevían a preguntar a los viajeros por la razón de su viaje o tan siquiera por su destino.

-¿Siguen los ataques a la Marca Verde? –preguntaban algunos.

-¿Es seguro transitar por esos caminos del sur y comerciar con los Señoríos del Poros y de Sinya Gulniquë?- preguntaban otros, hombres de corazón retorcido a los que sólo les interesaba su propio beneficio, y en muy poco consideraban el valor de los habitantes de la Marca Verde y el sufrimiento que padecían a manos de los Haradrim.

-¿Han comenzado ya las obras de reedificación de Minas Ithil?- preguntaban otros.

-¿Se necesita allí mano de obra?- decían unos pocos.

-¿Qué materiales se están usando en la construcción? – preguntaban los comerciantes de espíritu retorcido.

-¿Cuándo visitará el Rey estas tierras? – preguntaban los lugareños.

Eärondûr, haciendo gala de un gran talante y una paciencia aún mayor, cualidades bastante insólitas en alguien de su edad, y Varyamo, respondían con resignación a estas y otras muchas cuestiones mientras descansaban en las posadas, al abrigo de un acogedor fuego o mientras cenaban y bebían alegremente. Al terminar de comer, rara era la noche en que uno o los dos no se animaran a entonar alguna canción, siendo en su mayoría leyendas de los Días Antiguos o cantos de las guerras recientes. Poco o nada solían preguntar Eärondûr y Varyamo a los parroquianos de las posadas o a los lugareños, aunque cada mañana, antes de partir, Varyamo se reunía con el Capitán de la guarnición para que le informara por si había alguna novedad o deseaba que llevara algún mensaje a Cadraldôst o a Minas Tirith, a su regreso.

Y mientras Eärondûr y Varyamo eran acosados a preguntas, Mazan deambulaba por los patios del enclave, haciendo buenos negocios con los mercaderes locales o con aquellos que como él, sólo se hallaban de paso. Después de varios días, el Enano se sintió de veras satisfecho, y vio con asombro cómo las ganancias que había obtenido en unas pocas jornadas de viaje eran mucho mayores que los beneficios que esperaba conseguir en Cadraldôst. Antes de partir, Mazan también visitaba a los comerciantes con los que no había podido hablar la noche anterior, y continuaba con su lucrativo negocio. Un alto realmente provechoso para el Enano fue el que la compañía realizó en Minas Mírdaeth, Torre del Orfebre. El enclave, que había crecido con el paso de los años hasta ser una importante y próspera villa, era el hogar de muchos y hábiles artesanos y orfebres que trabajaban todo tipo de materiales, desde la piedra, los metales y la madera hasta el cristal, la cerámica o el cuero. Mazan quedó maravillado por lo que veía en los diferentes puestos y tenderetes, y por poco hubo de comprar un carro más grande, pues casi no quedaba sitio en el viejo carromato que traía desde Aglarond.

Al atardecer del decimosegundo día desde que abandonaran Osgiliath, la compañía llegó a Minas Rhûn, el último enclave de Gondor a lo largo del Amrûn Menedhil, situado a unas pocas millas de la costa noroccidental del Mar de Rhûn. Después de dejar a los caballos en el establo de la guarnición y de hablar con su Capitán, Varyamo subió a lo alto de la Torre. Desde allí, se tenía una vista magnífica de la desembocadura del río Celduin, cuyo furioso caudal se unía a las tranquilas y gélidas aguas del Mar de Rhûn, que con el reflejo de la luz del crepúsculo se veían rojas, anaranjadas o doradas, según estuvieran más cercanas a la Torre o más alejadas de ella. El aire era frío, pero el viento que soplaba del sureste arrastraba la suave fragancia del mar, que inundaba el ambiente con su sabor salino; un aroma que despertó en Varyamo una extraña nostalgia que no sabía explicar, pues nunca fue un gran amante del mar ni había vivido mucho cerca de alguno, excepto los años que pasó en Umbar mientras el sur de Gondor era atacado.

A lo lejos, al este, los últimos rayos del sol se reflejaban sobre las cúpulas de cristal de los edificios de Cadraldôst. Sin embargo, los ojos de Varyamo miraban al noreste, más allá de la ciudad élfica, pero un manto gris cubría las tierras lejanas, y poco o nada podía distinguir . A pesar de ello, algo impulsaba a Varyamo a mirar hacia allí, a escrutar escrupulosamente toda esa región, en busca de algo, no sabía el qué. Después de un rato, se cansó, y volvió su mirada hacia el Celduin y repasó su misión. La única forma de cruzar las caudalosas y furiosas aguas del Río Rápido era un embarcadero que habían levantado allí los elfos de Cadraldôst, un lugar que en la lengua de los elfos avari era llamado Calarun, el Paso Brillante, pues como más tarde comprobaría Varyamo, sus embarcaciones eran grises y blancas, como de plata o mithril, y resplandecían a la luz del sol, de las estrellas o de la luna. Después, el camino seguía en línea recta hasta el Bosque de Taurezel, donde el Amrûn Menedhil se unía al Sindras, el Camino Viejo de la ciudad de Cadraldôst. Varyamo no sabía muy bien lo que haría al llegar allí, además de cumplir con el protocolo y entregar la carta de Eldarion al Rey Anfalas. La mayoría de los comerciantes que lo acompañaban, así como la mitad de su escolta, partirían a Haraband, a negociar un nuevo tratado comercial con el Señor de Rhûn. Andaba sumido en esos pensamientos cuando escuchó a su espalda al joven Eárondûr, que había subido a lo alto de la atalaya.

-Hermosa vista la que se tiene desde aquí arriba, de las que reconfortan el espíritu de un viajero cansado. Casi tan bella como la que se tiene al subir a lo más alto de la torre de Sinya Gulniquë y contemplar toda la extensión de la Marca Verde, con el Eryn Laeg en primer término, y el inmenso mar como fondo- dijo Eárondûr, y Varyamo rió.

-Así es amigo mío. ¿Qué ocurre ahí abajo?-

-Nada, pero la taberna de la posada está especialmente concurrida. Supongo que al estar más cerca de Cadraldôst y al acercarse la gran fiesta y el mercado, es normal. Además de las preguntas habituales, ha estallado un agitado debate entre los lugareños y algunos mercaderes y algunos de los comerciantes que partieron contigo de Minas Tirith. Los primeros argumentan que es una locura y una insensatez hacer negocios con el Señor de Rhûn, pues los de Rhûn, dicen, son gentes traicioneras de las que ningún hombre puede fiarse. Tus compañeros, obviamente, defienden que el comercio y el entendimiento son la única vía para desterrar los viejos prejuicios y las antiguas rencillas. Cuando me fui, aburrido, la discusión era tan acalorada que no me extrañaría que acabase en una pelea- dijo Eärondûr con una sonrisa.

-¡Vaya! Menos mal que Eldarion se encuentra muy lejos de aquí y no le llegará noticia alguna de este incidente, pues a estos hombres los eligió por ser hábiles negociadores y por su corazón templado- rió Varyamo.

-¡Ah!, y nuestro buen Maestro Enano continúa haciendo buenos negocios. Cuando salí de la taberna, lo encontré en el patio junto a un par de comerciantes que volvían de Cadraldôst. Creo que les estaba vendiendo una colección de gemas de Aglarond-

-Me alegro por él, al final va a ser un viaje mucho más provechoso de que lo que podía llegar a concebir- tras estas palabras, Varyamo calló un momento, y pensó nuevamente en lo que le dijo Eldarion al partir de Minas Tirith - ¿Crees que nos ocurrirá también a nosotros? ¿Qué este viaje a Cadraldôst resulte ser más provechoso de lo que pensamos al partir de Osgiliath, o por lo menos que sea algo más que una simple y llana visita de protocolo a una ciudad élfica?

-No lo sé, pero en los últimos días ha crecido en mi interior un extraña sensación. No creo que nuestro viaje acabe en Cadraldôst. Al menos, no el mío-

Eärondûr y Varyamo se quedaron un rato en silencio en lo alto de la Torre. Cuando el sol se ocultó tras las montañas del lejano oeste, ambos descendieron y fueron a la posada a cenar.

Fragmento 23 por Finlaure

Cuando Eärondûr y Varyamo descendieron y fueron a la posada a cenar, encontraron a Mazan presidiendo una de las mesas de madera que estaba repleta de comida y bebida, pechugas de pollo, chuletones enormes y jugosos, y litros de cerveza, vino e hidromiel. Al percatarse de su presencia, el Enano les gritara que se acerquen empuñando una jarra hasta los topes de cerveza y desbordante espuma.

-Arrastrad vuestro largo trasero hasta una de estas sillas y comed, los negocios han ido mucho mejor de lo esperado, así que, ¡esta noche el enano invita a cenar!-. Les hacía saber Mazan a sus compañeros con un gesto de sollozo y la boca llena, después comió y bebió sin cesar hasta que hubo desabrochado su 2 botón del pantalón, entonces cuando parecía que iba a decir algo, un sonido atronador salio de su boca, como si del rugido de una fiera se tratará, a esto le siguieron las risas de Varyamo y Eärondûr, y Mazan se disculpo por tal incidente.

-Vaya ! Lo siento, no comía también desde que vivía en Erebor, allí la gastronomía enana es mejor de lo que podríais imaginar, el pollo a la cerveza esta especialmente rico, algún día os enseñare a hacerlo, aunque en realidad no es nada difícil, Primero se pone una sartén con abundante aceite, cuando esté rosiente, se echa el pollo, que previamente hemos sazonado. Hay que freir… grhr….zZz… grhr… (ronquidos).- Intentaba explicar el Enano hasta quedar profundamente dormido.

Fragmento 24 por Arndir

La mañana despertó resplandeciente. Olostarin notó que volver a dormir en el tejado del Telminton lo reconfortaba como antaño, y desperezándose volvió a subir al balcón de la torre de un ágil brinco. Bajó las escaleras despacio, admirando la cantidad de olores y bellos sonidos que llegaban hasta él e inundaban sus sentidos. Cuando llegó al pasillo, se dirigió a sus aposentos y se lavó, se cambió sus ropas de viaje, gastadas y parduscas, y se vistió con unas elegantes ropas grises y azules, más al estilo de los eldar que al de los elfos de Cadraldôst. Inmediatamente, salió del palacio y se dirigió hacia la isla de Aradol. Allí se estaba celebrando estos días un mercado más grande de lo que era habitual, y Olostarin se había quedado con ganas de ir a mirar el día anterior.

Cruzó el puente y entró en el centro de la isla. Un enorme gentío transitaba aquellos días la isla, y el ambiente estaba colmado de las voces de los mercaderes y los comerciantes, y de los trovadores elfos y de los gritos de los niños de la ciudad. El aroma era dulce y hacía sentir a Olostarin como en casa, aunque de vez en cuando el olor de los puestos de pescado se le clavaba en la nariz como una lanza envenenada.

De repente, llegó hasta los finos oídos del elda una hermosa melodía y una voz clara que cantaba una antigua canción. La voz tenía un acento extraño y Olostarin sintió verdadera curiosidad por saber quién se ocultaba tras aquella voz clara. El elfo se dejó guiar por su oído y pronto llegó hasta una pequeña plaza, donde vio a tres personas sentadas en un banco blanco. Dos de ellas le resultaban muy familiares, pero la tercera, que precisamente era la que cantaba, no la había visto nunca antes; y en verdad se sorprendió mucho al hacerlo. Los dos conocidos eran dos elfos, Calenên y Gielperi, los hijos de los Reyes de Cadraldôst. El extraño, portaba un laúd, que tocaba mientras cantaba, y era de tez morena y de ojos claros. Portaba un bastón de ébano que descansaba sobre el banco y que a Olostarin le resultó demasiado extraño. El hombre aparentaba ser joven, y sin embargo llevaba un bastón, ¿para qué serviría? Curioso, Olostarin se dejó ver nada más finalizar la canción, y al rato, después de conversar entre ellos, advirtió que Gielperi notaba su presencia. Olostarin no deseaba parecer indiscreto y rápidamente salió al encuentro de los presentes para que no notasen que había estado escuchando.

- Ah, mirad. Es Olostarin – informó Gielperi cuando vio quién se acercaba a ellos. Se trataba de un elfo alto y robusto de blancos cabellos y rostro resplandeciente. Era un elda, un elfo occidental, pero tenía gran relación con Anfalas y, por ello, visitaba muy a menudo la ciudad. – Olostarin, ven y ayúdanos a convencer a este joven para que se quede en Cadraldôst para que cante sus canciones en la celebración.

- Gielperi, me alegra volver a verte después de tantos años, y a ti también Calenên.- dijo Olostarin mientras se acercaba a los elfos. Después, se giró hacia el mortal e hizo un saludo a la manera de los elfos de Occidente.- Es un placer conoceros y escucharos, hábil cantor. Soy Olostarin, más conocido por estas tierras como Tadthîr, sobrino de Tinwë que partió a Valinor. - terció Olostarin con aire amable.

- El placer es mutuo. - contestó el varante impresionado por la situación. Los elfos no dejaban de sorprenderle y éste en concreto, era un elfo occidental, escasos o inexistentes por esos días en estas tierras.

- Este es Vaereth, descendiente de los Náredain, un buen amigo nuestro. - dijo Gielperi en tono amistoso. – Ahora estábamos intentándolo convencer de que se quedase en la fiesta, pues como ya has escuchado, no hay bardo de Cadraldôst mejor que él.

- Por desgracia llegué demasiado tarde y no escuche más que el final de lo que me pareció una antigua y hermosa canción – mintió Olostarin intentando convencer al joven Vaereth. – Mas no os pediré que la repitáis ahora, pues creo que la joven princesa tiene razón. Deberíais quedaros para la fiesta y cantar entonces esa y otras de las canciones de tu gente. Confiaremos pues, de que nos honres con tu presencia el día de la celebración – sentenció Olostarin sin dejar oportunidad al hombre de rebatirle o rechazar la propuesta.

Vaereth permanecía callado y sorprendido, pero no tardó en coger confianza con Olostarin, que se veía muy desenvuelto entre los jóvenes hermanos. Calenên también permanecía silencioso, con una débil sonrisa en los labios, bien por la sorpresa del varante o bien por la llegada de Olostarin a la ciudad. Gielperi era la más suelta y la más habladora y animosa, y era ella la que siempre sacaba los temas de conversación. Preguntaba y respondía rápidamente, contando anécdotas intercaladas con sucesos más importantes y bromas sueltas. Olostarin se sentía a gusto entre los acompañantes, y disfrutaba de la conversación, no pudiendo quitarse de la cabeza el extraño enigma del bastón del varante. Al fin, interrumpiendo a Gielperi, Olostarin se atrevió a preguntar, pues su curiosidad era la misma que la de los gatos de la reina Berúthiel.

- Permitidme la interrupción, joven dama. Pero hay una duda que me reconcome y quisiera aclarar mi mente. Veo que el joven Vaereth es joven y fuerte, y sin embargo porta un bastón. Muchos mortales he conocido hasta ahora, y sé que envejecen antes que nosotros y que cuando llegan a una edad anciana, sus cuerpos se resienten y deben ser ayudados. Pero, ¿no es Vaereth joven aún? No he notado en él ningún signo de cojera y sin embargo me ha llamado la atención. ¿Qué podéis decirme, si no es indiscreción? - preguntó Olostarin con un aire confundido. No conseguía salir de su asombro, pues sentía que ese bastón tenía alguna otra finalidad distinta a la de ayudar a sus jóvenes piernas, pero no conseguía adivinar qué era.

Fragmento 25 por Thirian

Cuando el desarrollo de los acontecimientos tomó un cariz preocupante para él, una punzante angustia comenzó a crecer en el interior de su pecho, gélida y dura como la piedra. Cuando se tornaron horriblemente desagradables, con la sentencia de Olostarin obligándolo a acudir a la fiesta incluida, un único, apremiante y angustioso pensamiento monopolizó su mente: "Tengo que salir de aquí". De algún modo, como sea, escabúllete, sal corriendo, volatilízate, escóndete debajo de una piedra, cava una fosa y tírate dentro, túmbate debajo del condenado banco, maldice a todos los elfos, malditos sean, maldito el día en que se me ocurrió aparecer por esta maldita ciudad... Desaparecer... ¡Como sea!

Apenas escuchó los halagos de los elfos -muy halagadores, por cierto, para ser él un humilde humano- ni nada de lo que dijeron por un buen trecho de tiempo. Miraba a un lado y a otro de la calle, intranquilo, buscando el momento propicio para introducirse en la conversación y excusarse de alguna manera, inventarse algo, algo inaplazable, su hijo que iba a nacer en unas semanas... Pero los elfos de los demonios eran buenos -también- captando las mentiras. Y él, por su parte, muy, muy malo mintiendo. En aquellos momentos odió a Gielperi y su cháchara interminable, aquel alud incontrolable de palabras que a todo se llevaba por delante y que nada podía detener.

Poco a poco, logró controlarse. "No es tan malo...", pensó durante un instante. "No", se respondió un momento después, "es infinitamente peor". Así que optó por anular de su mente aquella calamidad, olvidarla, enterrarla en lo más hondo de su cerebro. Ya sucedería algo que lo excusara de la fiesta. Los dioses no podían cometer tamaña crueldad hacia él. "Por Aedanar, Vaereth", se reprendió a sí mismo, "los Dioses no se van a preocupar para sacarte de una estupidez como ésta, una estúpida fiesta que... No, no, diablos, no hay fiesta, no me tienen que sacar de nada...". Recordó las enseñanzas de los Varedain, las técnicas de autocontrol. Inspiró hondo. Cerró los ojos. Espiró. Volvió a abrirlos.

Uno podría haber detectado entonces un destello rojizo en sus ojos pero, por suerte, nadie pareció percatarse. Poco a poco fue enterándose de la conversación. Muchas cosas de las que hablaban eran difíciles de entender para él o, al menos, de imaginar. Las palabras que había oído pero no escuchado, presa de aquel ataque de pánico, volvían ahora poco a poco. Se sorprendió al darse cuenta de que Gielperi había empleado la palabra "Náredain". Pocos la usaban ya en aquellos días, fuera del propio Círculo de Zahoríes y Varendia. La elfa era un cúmulo de sorpresas. Aunque, ahora que lo pensaba... todos los elfos lo eran para él.

Fue entonces cuando Olostarin se atrevió a interponerse en el camino de la avalancha e interrumpió -por fin, diría el Rolnehn- a Gielperi.

- Permitidme la interrupción, joven dama. Pero hay una duda que me reconcome y quisiera aclarar mi mente. Veo que el joven Vaereth es joven y fuerte, y sin embargo porta un bastón. Muchos mortales he conocido hasta ahora, y sé que envejecen antes que nosotros y que cuando llegan a una edad anciana, sus cuerpos se resienten y deben ser ayudados. Pero, ¿no es Vaereth joven aún? No he notado en él ningún signo de cojera y sin embargo me ha llamado la atención. ¿Qué podéis decirme, si no es indiscreción?

Vaereth pestañeó, sorprendido por la pregunta. Inmediatamente después esbozó una sonrisa. No sabía por qué, pero le hacía gracia. Aquel elfo le causaba simpatía. Sorprendentemente.

- En realidad no soy tan joven -aclaró el zahorí, divertido-. Cierto es que los Varedain somos mucho más longevos que el resto de los varantes pero, aún así, mis treinta y cuatro ya se notan... para ser lo que soy, quiero decir. Vosotros me veréis como un niño.

» Respecto al bastón, no tiene nada que ver con sujetarme. Aunque cuando se camina por las montañas siempre se agradece. Es importante por tres razones, como Tres son siempre las cosas que tienen poder. Eh, para mi pueblo, quiero decir -se reprendió a sí mismo por adoptar con los elfos el tono que tomaba cuando hablaba de los Dioses a los habitantes del desierto-. Los zahoríes somos respetados en casi todos los rincones del desierto porque somos capaces de encontrar agua para aquellos que carecen completamente de ella. Tan sólo un Rolnehn, un zahorí, puede portar este bastón, lo que nos identifica entre los demás. Es una especie de seña de identidad. Entre los míos, hacerse pasar por zahorí es uno de los peores crímenes que se pueden cometer. Además, la artesanía de estos bastones es un secreto que tan sólo mi Círculo conoce.

» Para algunos de nosotros, el bastón nos es útil cuando intentamos encontrar agua. Nos ayuda a concentrar nuestra mente, focalizarla, se convierten en una especie de brújula... es difícil de explicar. Pero la mayoría de los zahoríes se sirven del bastón para buscar agua.

» Y... bueno, es un símbolo. Todos necesitamos símbolos. La gente nos respeta, nos conoce, escucha nuestros consejos, nuestras palabras. Nos consideran guías, referencia. Todo símbolo ha de tener algo distintivo, algo que la gente tome por seguro, que reconozca inmediatamente. Un bastón como éste -recorrió con el dedo los intrincados dibujos labrados en la madera- sirve bastante bien.

Se encogió de hombros. Apretó con afecto la madera negra. Muchas, muchas cosas habían compartido y vivido juntos. No dijo en voz alta una cuarta utilidad, algo que se quedaría en lo más hondo de su corazón. Los zahoríes, como guías espirituales, eran los pilares sobre los que se sostenían los varantes. Pero nadie los sostenía a ellos.

Y, en mitad del desierto, acuciados por la sed y la soledad, los zahoríes tenían algo firme sobre lo que apoyarse, sobre lo que seguir adelante.

Nada más que un símbolo, por supuesto... Y qué poder podía llegar a tener un símbolo, por simple que fuera. Vaereth esbozó una leve sonrisa.

[Editado por Thirian el 21-02-2010 14:53]

Fragmento 26 por Narrador

Capítulo 2. Mirando hacia el Este

El Rey Eldarion de Gondor no había podido dirigir la comitiva que acudiría a la ciudad élfica de Cadraldôst para celebrar el centenario de la victoria sobre los hombres de Rhûn debido a una nueva contienda con Umbar, que amenazaban a la Marca Verde. Por ello, Varyamo Lintesereg, hijo de Haeré Lintesereg, fue elegido para dirigir la comitiva que viajaría a la ciudad élfica y en la que había tomado parte también Eärondur, descendiente del viejo Earondur, de Sinya Gûlninquë, en la Marca Verde. Además del resto de la comitiva, formada por nobles de Gondor y comerciantes, en su viaje hacia Rhûn les había acompañado el enano Mazan, de Anglaron, que llevaba un cargamento dispuesto a vender o hacer trueque con él en la ciudad élfica. Pero no era Cadraldôst el lugar de destino del enano, sino que su intención era ir más allá, a una ciudad en Ambaron llamada Sein Cair Andros. Aquel nombre le era bastante familiar a Varyamo, pues desde hacía muchos años, el este era una obsesión para él.

Mientras tanto, en Cadraldôst, no dejaban de llegar viajeros, unos invitados para la gran celebración y otros para aprovechar y comerciar en la ciudad elfica, enclave en esos días de pueblos del oeste y del este. Los Reyes Elfos de Cadraldôst, Anfalas y Mêlel, recibieron dos visitas, una esperada y otra inesperada. La primera se trataba del elda Olostarin, un buen amigo de la familia. La segunda era Calenên, nieto de los reyes, que había estado desaparecido en el este durante mucho tiempo. Una visita no muy agradable para el rey pero, a pesar de ello, Calenên, conocido como Narudud decidió quedarse para la gran celebración. Fue en aquellos días cuando Gielperi, hermana del avari Calenên, le presentó a Vaereth, un joven de una lejana ciudad llamada Varendia, y que tenía gran aptitudes para tocar el laúd. Con ayuda de Olostarin, al joven Vaereth se le puso en la disyuntiva de asistir como bardo a la celebración, lo cual, a pesar de la timidez del zahorí, tuvo que aceptar.

La ciudad bullía en aquellos días con gran actividad, la inmediatez de la celebración del centenario tenía a sus habitantes muy activos. La comitiva de Gondor llegó a las cercanías de la ciudad unos cuantos días más tarde. Cabalgaron a través del sindras, el camino viejo del bosque, y finalmente fueron recibidos en Ramegor, la parte más importante de la ciudad. Los Reyes Elfos recibieron cordialmente a Varyamo y a Eärondur y a los nobles que les acompañaban y dispusieron cómodas y confortables aposentos para ellos.

Se habían decretado varios días de celebración que comenzaron a los dos días de la llegada de la comitiva de Gondor. El primer día sería el más importante, el día de la gran fiesta, que se celebraría en los jardines del palacio, que por aquellas fechas estaban cubiertos por un tapiz amarillo y marrón, propio de la estación en que se encontraban. Los jardines eran muy importantes para los elfos de Cadraldôst pues los amaban como parte de ellos.

Para aquel centenario, los reyes habían ordenado que los jardines estuviesen a punto para la fiesta. Y aunque poca decoración les hacía falta a esos bellos jardines, Mêlel había mandado tejer unas bellas telas de seda de colores brillantes, morados azules y rosados, para ponerlos como velo en los palacetes de los jardines. Las fuentes habían sido limpiadas a conciencia y hasta los perros y los gatos fueron cuidados en especial por los criados del rey. De las farolas de mármol y marfil colgaban ahora bellas guirnaldas de flores y telas de colores rojos y anaranjados, uniéndose de una a otra y conectando todas las farolas de los jardines. Los días anteriores a la celebración, una gran cantidad de criados, camareros y bardos elfos transitaban los jardines poniendo a punto las mesas y los escenarios, pues en la celebración habría comida y bebida en abundancia, y las canciones más bellas y alegres de los elfos de Cadraldôst serían escuchadas por todos los invitados después de tantos largos años de guerra y tristeza. Aunque había también espacio para otros tipos de canciones y, para ello, Gielperi, nieta de los reyes, había anunciado la presencia de un bardo del desierto.

Fragmento 27 por aratir

El día de la gran celebración, el primero que, a su vez, era el más importante, amaneció límpido y con un sol que se asomaba tímidamente entre los árboles del bosque. Las aguas del mar cercano se encontraban calmadas y se esperaba una buena jornada. Aún así, los reyes se levantaron temprano, aún antes de las primeras luces del alba, pues la fiesta comenzaría al mediodía y querían que todo estuviese en orden para ese momento.

Narudud se levantó también temprano. Había pasado más de una semana desde que llegó a aquella ciudad y había decidido quedarse para asistir a la fiesta. Sus asuntos en el este podrían esperar y, en realidad, le habían resultado agradables aquellos días en la ciudad de su pueblo a pesar de que no había cruzado palabra alguna con su abuelo desde su llegada. La mayor parte de los días la había pasado junto a Gielperi y Olostarin y, algunos de ellos, también en compañía del joven zahorí, a pesar de que se había dado cuenta de que Vaereth había intentado esquivarles algunas veces, poniendo pretextos y excusas para reducir sus encuentros.

- El joven huye de ti, hermana. No se sabe tantas canciones como para teneros contenta todos los días y ha regresado al desierto – le había dicho a Gielperi una vez en que no supieron del joven en todo el día.

- ¡No puede haberse ido! Me lo prometió.

Afortunadamente para él, Vaereth no se había marchado de la ciudad. Afortunadamente porque Narudud estaba seguro de que su hermana hubiera ordenado a un buen número de soldados para que lo buscasen por todo el desierto, por muy grande que éste fuera. En realidad, se compadecía del joven. Aunque era un buen bardo y estaba seguro de que gustaría en la fiesta.

Cuando Narudud abrió la puerta de su alcoba, se encontró con Gielperi, sonriente y con los ojos iluminados.

- ¡Hoy es el gran día! ¡Estoy emocionadísima! Hemos recibido un mensaje de nuestro hermano, llegará justo a tiempo para la gran celebración. Tengo tantas ganas de verle. Se alegrará de verte de nuevo, Calenên.

Narudud intentó disimular alegría, aunque no sabía muy bien que le depararía en su encuentro con su hermano mayor. La elfa no esperó respuesta de su hermano y le agarró la mano.

- Ven, Olostarin nos espera en los jardines reales, bajaremos al mercado a buscar a Vaereth a ver cómo lleva sus canciones

El avari se vio así literalmente arrastrado por su hermana.

Fragmento 28 por Finlaure

Cuando los primeros rayos de luz iluminaron los aposentos que se habían dispuesto para Mazan, este despertó y fue saliendo lentamente de su letargo, se sento en la mullida cama y agradecio tan comodo lecho para restablecerse de un viaje extenuante, lo primero que a Maese Mazan se le vino a la cabeza fue la idea de visitar el mercado, se lavo la cara con una palangana medio llena de agua que una de las sirvientas del Rey Anfalas había dispuesto justo encima de la comoda y se seco la cara con un trapo que permanecía justo al lado, preparo su ropa y mientras se abrochaba los pantalones, Mazan observo su atuendo y pensó que no sería propio para una fiesta como la que se realizaría hoy en Cadraldôst, asi pues, marcho hacía su carro y cogío la bolsa con monedas y los pocos objetos que le quedaban por vender, mayormente eran estatuas y figurillas trabajadas en la piedra y otros materiales, cuando pensó estar listo, marchó al mercado que había visto entrando en la ciudad.

Las calles estaban muy alborotadas, la alegría mezclada con la preocupación de que todo saliera bien se saboreaba en el ambiente, el Enano no es que fuera muy amigo de las fiestas, pero estaba seguro de que un acontecimiento así merecería la pena, por no decir que en su cabeza contaba con el añadido de esperar comida en abundacia así como bebida, y eso es algo, que Mazan no rechazaría ni por todo el mithril de Khazad-Dum.

Por el camino Mazan se topo con todo tipo de gentes, elfos, hombres del sur, del este y del oeste... pero ninguno cruzó ni una sola palabra con el Enano, alguna mirada si hubo, la mayoría por lo extraño que resultaba ver a un viejo Naugrim, tan lejos de su reino, y otras tantas amenazantes, que Mazan ignoró con sutileza.

Al llegar al mercado, no tardó en encontrar su sitio, junto a una vendedora de telas, con la que Mazan intercambio algunas palabras sobre el comercio en la ciudad y los intereses de los compradores, muchos visitantes y lugareños se acercaron a preguntar por las mercancías del enano, este las mostraba orgulloso y comentaba las pequeñas anecdotas de cada una de sus figurillas en piedra, marmol y arcilla, y de la elaboración del juego de armas de excelente calidad, algunas de ellas con grabados y remaches en mithril.

- He reservado mis mejores logros para esta ciudad, sin duda poder compartir mi trabajo con las gentes de aquí e imaginar que mis figuras de piedra adonran algunas de las casas de Cadraldôst es el mejor beneficio que obtengo.- Comentaba el Enano con los pocos interesados en sus artefactos.

Al finalizar la jornada, Mazan contaba las monedas 1..2... ¡40!, hasta cuarenta monedas había recaudado, eso sería suficiente para comprar un atuendo apropiado en lino y seda, y hacerle unos ajustes, que Mazan ya estaba acostumbrado a hacer, puesto que no era la primera vez que tenia que comprar ropa que para nada era de su talla.

Cuando estubo bien arreglado, trás repeinarse la barba, rehacerse las trenzas y desnudarse la cabellera, que había pasado mucho tiempo bajo el metalico yelmo, Mazan marchó a dar una vuelta por la ciudad, en cierto modo, anhelaba las conversaciones que había venido manteniendo con Varyamo y Eärondur, encontrárlos no iba a ser nada fácil pero sin duda merecía la pena hacerles saber que finalmente había terminado con sus negocios de forma fáctible, de hecho lo único que Mazan conservaba ya en su carro de importancía era esa extraña piedra de 60 cm de diametro que había sido una silenciosa compañera todo el viaje.