Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
Eärondûr estaba asombrado de la belleza y majestuosidad de la ciudad de Osgiliath, había estado allí varias veces cuando era un niño con su padre y sus hermanos mayores, pero él no recordaba nada de aquellas visitas.
También le sorprendía el ajetreado ir y venir de sus habitantes y viajeros de un lado para otro, en la Marca Verde todo era más tranquilo.
La noticia de su viaje le había pillado de improviso, pero no le sorprendió, ocupaba un lugar muy humilde dentro de la familia gobernante, por lo que apenas tenía responsabilidades como las de sus primos mayores; incluso en su propia casa era el hijo más pequeño, así que no tenía una activa vida ni política ni militar, normalmente se dedicaba a cultivar unos pequeños terrenos que la familia tenía a los pies de las montañas y a cuidar de un pequeño rebaño de ovejas.
Por estos motivos no le extrañó mucho que le encargaran representar a la Marca Verde en este viaje de tan poca relevancia diplomática para los Thorondil.
Además, como su abuela Remmirath le repetía casi diariamente, tenía el espíritu inquieto del viejo Eärondûr y necesitaba salir de casa y conocer el mundo que le rodeaba o acabaría explotando y con él, toda la Marca Verde y su familia.
Así que, ahí estaba, en la noble ciudad de Osgiliath esperando a partir a la lejana Cadraldôst. Iba vestido con la vieja ropa de gala de su primo Bergil, pues en su casa no tenían vestiduras para una reunión tan formal; y llevaba una comitiva propia del mismísimo Señor de Sinya Gûlninquë, a pesar de que su abuela siempre le decía que cuando él estaba presente los que corrían peligro eran los demás, al final habían decidido que podría ser peligroso un viaje tan largo para alguien tan joven, así que una docena de los mejores soldados de la Marca Verde viajarían con él a la ciudad élfica de Rhûn.
Eärondûr llevaba un rato contemplando las hermosas construcciones de una de las plazas de la ciudad, cuando el resto de la comitiva que viajaría a Cadraldôst con Varyamo, un viejo conocido de la familia Thorondil, al frente, llegaron junto a él.
Eärondûr saludó a los recién llegados y tras intercambiar unas palabras con Varyamo, al que recordaba haber visto varias veces en la Marca Verde, se pusieron en marcha, pues aún les separaban muchas millas de su destino y no querían llegar tarde a la celebración.
Trás bastantes jornadas de viaje, Mazan, cruza el sólido puente de piedra, cubierto por casas y torres, que sortea el Anduin uniendo las dos orillas de la ciudad. Por él pasa la Calzada de Osgiliath, que la une a Minas Tirith, 15 millas al oeste, y a Minas Ithil al este. La ciudad luce resplandeciente y el Artesano de Aglarond fáscina con los retoques en mitrhil de los majestuosos edificios del importante enclave gondoriano.
Algunos pasos hacia el interior de la ciudad y cerca de la reformada Cúpula de las Estrellas el enano divisa a un fornido grupo de hombres bien equipados, en primera instancía se siente impresionado, sabe de sobra que no resulta agradable para los hombres que un enanos interrumpa en sus conversaciones, y Mazan es demasiado prudente e introvertido como para romper el hielo, deposita las desgastadas empuñaduras de su carruaje sobre la piedra caliente y se sacude las manos mientras revisa que toda la manufactura de tantos años continua en su sitio, trás unos ajustes en el carromato, toma su pipa y prende unas finas hiervas de la Cuaderna Este que siempre le han producido un alivio tremendo de sus dolores de espalda, tras unas caladas, el enano clava su mirada en el grupo de hombres y fija más su atención, acaba de oír algo que le recuerda familiar, ¡Cadraldôst!, eso es, lo han vuelto a decir, ahora ya no queda ninguna duda, ese grupo de hombres y él comparten el mísmo destino... Trás unos segundos divagando... Mazan se arma de valor y se acerca lentamente al grupo.
-Ehem...- El enano intenta entonar su grave voz. -Saludos caballeros, mi nombre es Mazan, del reino enano de Aglarond, no es que guste de espiar conversaciones ajenas, pero me ha sido imposible evitar escuchar el nombre de la lejana Cadraldôst, y siendo esta mi ciudad de destino... no veo porque no podríamos compartir esta senda, no obstante, si su deseo es proseguir sin mi compañia, no intentare persuadirles, y marcharemos cada cuál por su camino. - Intenta explicarse el naugrim sin esperar mucho éxito en su intención.
[Editado por Finlaure el 16-02-2010 06:01]
Eärondûr esperaba con una docena de los mejores soldados de la Marca Verde, hombres de gran valor y destreza. Varyamo se alegró de ver al joven Eärondûr, al que no veía desde hacía largos años, y lo saludó afectuosamente.
-¡Salve Eärondûr! Me alegra ver que por fin en tu familia comienzan a encomendarte deberes de responsabilidad y misiones que cumplir. No creo que tengamos ningún tipo de problemas para llegar a Cadraldôst, pero una buena guardia armada de hombres leales y fuertes nunca está de más- dijo Varyamo.
-¡Salve Varyamo! Desgraciadamente, creo que esta misión me ha sido encomendada más por los deseos de mi familia de tenerme lejos en tiempos oscuros y peligrosos, pues no quieren que yo mismo aumente los peligros para los habitantes de la Marca Verde, que por la valía en que me tienen. Además, ir a una fiesta organizada en Cadraldôst como representante de la Marca Verde tampoco es un cometido importante- replicó Eärondûr con una sonrisa.
-Puede que así te lo hayan hecho ver, de forma cariñosa, no lo dudo, pero no creo que ése sea el único motivo por el que te han elegido. Es además una buena oportunidad para visitar un rincón poco conocido para la mayoría de seres que habitan en el ancho mundo, yo mismo no lo conozco, y también lo es para aprender de los Elfos que moran allí. Sin embargo -y esto lo dijo Varyamo en un tono más bajo, para que sólo Eärondûr pudiera oírlo-, aunque a simple vista parece una misión sencilla, el corazón me dice que hay algo que nos espera en Cadraldôst. Ni tú ni yo íbamos a ir a la ciudad élfica, pero sin embargo henos aquí, preparados para encaminarnos hacia el lejano Mar de Rhûn, siendo ambos descendientes de hombres que moraron mucho tiempo en el perdido este-
Eärondûr asintió, y ambos continuaron hablando un rato más sobre los asuntos relativos al viaje, como la mejor ruta a tomar, el tiempo que les llevaría alcanzar su destino o los víveres necesarios para hacerlo. Cuando ya estaban preparándose para partir, un Enano se acercó a Eärondûr y Varyamo, y les habló con una voz profunda y serena.
-Saludos caballeros, mi nombre es Mazan, del reino enano de Aglarond, no es que guste de espiar conversaciones ajenas, pero me ha sido imposible evitar escuchar el nombre de la lejana Cadraldôst, y siendo esta mi ciudad de destino... no veo por qué no podríamos compartir esta senda. No obstante, si su deseo es proseguir sin mi compañia, no intentare persuadirles, y marcharemos cada cuál por su camino-
-¡Salve Mazan, a vuestro servicio! Mi nombre es Varyamo Lintesereg, y mi amigo es Eärondûr, de la Marca Verde. Has oído bien, nos dirigimos hacia Cadraldôst, pues en unas semanas se va a celebrar allí una gran fiesta en conmemoración del centenario de la victoria sobre las fuerzas del Señor de Rhûn, guerra que sin duda recordarás. Somos amigos de los Enanos del Reino de Aglarond, y de hecho muchos artesanos de tu pueblo están trabajando en la reedificación de Minas Ithil, al sur de Emyn Arnen, y si tu causa es justa, nos alegrará y reconfortará que nos acompañes en el viaje. Además, si nos lo permites, podríamos dejar algunas de nuestras provisiones en tu carro, aligerando así a nuestros caballos, lo que nos permitiría apretar el paso un poco más. Pues nos separan casi 900 millas de Cadraldôst, y no es recomendable que alguien emprenda una travesía tan larga en solitario, aunque sea el más fuerte y resistente de los Enanos. Pero dime, Maestro Enano, ¿qué asuntos os llevan a Cadraldôst?- dijo Varyamo, afablemente.
Olostarin se encontraba en Imladris cuando recibió la invitación para la fiesta en Cadraldôst. Aunque él no lo había recordado hasta ese momento, en unas semanas se celebraría el aniversario de la derrota del señor de Rhûn, y Anfalas, Rey de Cadraldôst, había organizado una fiesta para celebrarlo y en cierto modo dar las gracias a todos los invitados por su ayuda.
Ahora se encontraba ya cabalgando por el bosque de Taur Romen, y hacía casi un mes desde que recibiera la misiva de la fiesta. Olostarin espoleó a Gâira, que aceleró el paso; y cuando el Sol se alzaba en lo alto del cielo, jinete y yegua llegaron al Sindras. El Sindras era el antiguo camino que atravesaba la ciudad de Cadraldôst, y no era la primera vez que Olostarin deambulaba por ese camino. Al cabo de un rato, Olostarin llegó a Nombani, la zona oeste de la ciudad, y como un borrón de sombras atravesó el pequeño cúmulo de casas y huertos hasta salir a la rivera del río. El Nennellë pasaba furioso y raudo a esas alturas, y el agua chocaba imponente contra las rocas que sobresalían, causando un enorme ruido. Levantando la vista, el jinete encapuchado divisó las hermosas cúpulas de cristal y las altas torres coronadas con puntas de marfil que resplandecían a la luz del brillante Sol.
Cogiendo aire y suspirando, Olostarin espoleó al caballo, que avanzó velozmente hasta el primer gran puente de la ciudad, el Mingor. Los soldados del otro lado del puente se apartaron al ver al jinete, y Olostarin entró en la isla de Aradol. El oscuro encapuchado siseó unas palabras en una extraña lengua al oído del caballo, que aminoró el paso al instante. Mientras atravesaban la ciudad, Olostarin contemplaba asombrado el bullicio de la ciudad, pues en unos días se celebraría un importante mercado, que atraería a numerosos viajeros a Cadraldôst. Una vez que llegaron al centro de la ciudad, bajaron por unas hermosas escaleras de mármol blanco finamente talladas al lago de la Isla, el Lindan. De este lago, que se decía que tenía la propiedad de revivir a los muertos, se abastecieron jinete y caballo, saciando su sed; y luego volvieron a partir.
Al cabo de un tiempo, atravesaron la ciudad, y llegaron al segundo de los puentes de la ciudad, el Attangor, el más lujoso de los tres, y también el más protegido. Al otro lado del puente, dos guardias le cerraban el paso, formando una cruz con sus enormes picas. Olostarin paró en seco, y aunque los guardias intuían quién era, la ley obligaba a reconocer a todo extraño que intentase cruzar el Attangor. Así pues, Olostarin echó atrás la capucha de su capa, dejando al descubierto su bello rostro y sus argénteos cabellos. Se giró para buscar el papel de la invitación en sus alforjas, pero el guardián de la derecha dijo:
-No hace falta, Tadthîr, no eres ningún extraño por estas tierras-
Olostarin miró al otro elfo y le guiñó un ojo al guardián, que sonrió amablemente. Los guardias retiraron las afiladas picas y Olostarin entró de nuevo en aquella hechizada isla. Incontables recuerdos le vinieron al elfo a la cabeza nada más entrar en la isla de Ramegor, y sumergido en sus pensamientos, siguió con su camino. Según cabalgaba, un elfo de ricas vestiduras se cruzó con Olostarin, echándole una mirada fría y desafiante. El jinete se dio cuenta de la mirada, mas hizo caso nulo del otro elfo y prosiguió con su camino.
Al poco tiempo, se encontró ante el palacio de Cadraldôst. El Telminton brillaba radiante aquella mañana, más que ninguna otra que Olostarin hubiese visto en mucho tiempo, y sus altas cúpulas de cristales de colores centelleaban en lo alto, confundiéndose con el cielo. Avanzó lentamente, ensimismado en aquel majestuoso palacio hasta que llegó a las puertas principales, donde apenas dos escasos centinelas montaban guardia de pie. Olostarin desmontó y con una sonrisa en los labios añadió:
-Había más seguridad en otros tiempos, hoy en día lo hubiese tenido más fácil que entonces-
-Ya no hay tanta necesidad de seguridad, mi señor, la sombra y el mal fueron vencidos- comentó uno de los guardias.
-La luz no durará para siempre, Teldîn, y cuando se apague ni un ejército entero servirá para proteger ningún palacio. ¡Doblad la guardia!- dijo Olostarin con una naturalidad sorprendente.
-Así lo haremos, señor- obedeció el centinela.
Olostarin pasó entonces al palacio, donde un mayordomo le esperaba para llevarle a sus aposentos. Se quitó la capucha de nuevo, y sin hacer caso del mayordomo, se dirigió hacia los aposentos del Rey. Anduvo por numerosos pasillos con amplios ventanales, girando y entrando en numerosas salas. En verdad parecía que hubiese vivido allí toda su vida, pues se movía con una soltura y una naturalidad que ni los elfos de Cadraldôst tendrían en ese palacio. Al fin, tras muchos pasillos recorridos, Olostarin llegó a una hermosa y gran puerta de madera, con un Árbol tallado en ella. Llamó con los nudillos, y una clara voz sonó desde el interior. Olostarin abrió y entró en la sala, subió la mirada y contempló al viejo Rey Anfalas, que años atrás conociese, y con el que había entablado una gran amistad. Con una sonrisa en los labios, los dos elfos se miraron mutuamente, escrutándose uno a otro como intentando percibir algún cambio en el otro.
-Bienvenido de nuevo, Tadthîr, amigo mío- dijo el noble Rey con una alegría contenida -Hacen ahora cien años de nuestra victoria, y un siglo también de nuestro último encuentro. ¡No pensarás asistir a la fiesta con esos andrajos, ¿verdad?!
-En efecto han pasado muchos años desde la última vez, pero no nos pongamos a recordar viejos tiempos, tenemos mucho que celebrar y que preparar.- dijo Olostarin riendo alegremente.
Los dos elfos se sentaron en unos grandes sillones con numerosos cojines de colores, y hablaron largo y tendido, bebiendo vino y comiendo unos deliciosos manjares, a los que Olostarin echaba de veras de menos. Así pasaron el tiempo hasta primera hora de la tarde, cuando al fin, Olostarin se despidió de Anfalas, pues estaba cansado de tan largo viaje y ansiaba encontrar una cama. Se dirigió a sus aposentos y se tendió en la cama, rápidamente entró en un profundo sueño, esperando ansiosamente la llegada de la noche, y con ella, la llegada de un nuevo día para disfrutar en aquella hechizada ciudad.
En Osgiliath, mientras tanto, ya había tenido lugar un encuentro que para Mazan sin duda era inesperado, las palabras de Varyamo Lintesereg hacia el enano apaciguaron su corazón y le permitieron responder en un tono más calmado.
-¡Salve Varyamo!, sin duda reflejais en vuestras palabras ser un hombre gentil y honorable con los que mi gente gusta en tratar, ¡por Aüle! que conozco sobre la guerra que se libro hace 100 años, mis armas así como la de mis hermanos de Aglaron siriveron de gran ayuda para vuestros brazos y los de vuestros aliados en batalla, de hecho es uno de los alicientes de mi visita, y también conozco sobre las reformas de Minas Ithil, tengo a varios primos trabajando en la que antaño fuera una de las ciudades más importantes de Gondor que albergó una de las Palantír, y me parece muy acertada la idea de su reforma.- Áclaraba Mazan con sinceridad.
Siempre es una agradable noticia conversar con alguien con los conocimientos que Varyamo mostraba tener, y era pues un placer para Mazan hacerle sabedor de sus asuntos en Cadraldôst a un señor tan respetuoso.
-Mis asuntos son humildes, señor Varyamo, no más que el comercio y los intereses profesionales, pero no es Cadralôst el destino final de mi ruta, en ella espero obtener ganancias suficientes que me permitan completar mi viaje hasta Sein Cair Andros, dónde tengo un encargo personal que satisfacer, sin mucha penúria. No obstante, mis acciones siempre estan orientadas en una causa justa, en este caso es el hecho de volver a mi casa bajo la piedra con algo resplandeciente entre los dedos que signifique para mi familia algo de comida y para mi el reconfortante sentimiento de sentirse útil y capaz, no sé si usted me entiende... Con respecto al uso de mi carro, tardaré un momento en hacerle un hueco a vuestras pertenecías para que vuestros hombros esten descansados y el viaje sea satisfactorio para todos.-
Mazan se retira hacia su carro con un gesto sereno y respetuoso, ajusta el espacio amontonando un par de escudos de rodela, y se sacude las manos con unas palmadas, carga su carro empuñandolo con ambas manos y a paso firme se dirige hasta Varyamo y Eärondûr, que esperan el regreso del enano, ya listo para partir.
-No es que guste de hacer cargar a otros con mis responsabilidades, y mucho menos a un animal, pero sin duda un caballo al que amarrar estos arneses nos sería todo un desahogo, ¿no creé?.- Sugiere Mazan sin prentesión de ser una molestia, los brazos del Enano son fuertes pero sus piernas cortas, y el viaje hasta el lejano Mar de Rhun se alargaría bastante si tuviera que recorrerlas un Enano a pie.
Lo cierto es que todo lo que Mazan le contó a Varyamo era la realidad de su viaje, la identidad de la que el enano recibió el encargo en SCA permaneció, no obstante, oculta. Pues aunque confiara en él, debía proteger los intereses de su cliente.
-¡Salve Eärondûr! disculpeme por no haberle dicho nada cuando el Señor Varyamo nos presentó.- Saluda también al joven muchacho de la Marca Verde, al igual que al resto de hombres armados que escoltan a Varyamo, al cuál mira ahora Mazan, esperando las palabras que inicien la travesía rumbo a las costas de Rhun, dónde los lazos del azar y del tiempo se unirán para ofrecerles su nuevo destino.
[Editado por Finlaure el 16-02-2010 19:41]
Eärondûr escuchaba las palabras de Varyamo y Mazan hasta que escuchó un nombre que le sonaba muy familiar "Sein Cair Andros", el joven estaba seguro de haber leído algo sobre aquel lugar. Sacó un viejo pergamino de uno de sus bolsillos interiores y buscó aquel lugar mencionado por el enano.
Cuando Mazan se dirigió a él, volvió a guardar cuidadosamente el pergamino y le devolvió el saludo cortesmente.
A los pocos minutos comenzaba la marcha, la comitiva abandonaba la ciudad de Osgiliath.
Varyamo se había quedado de piedra al escuchar a Mazan pronunciar el nombre de Sein Cair Andros, y más atónito quedó aún cuando dijo que tenía allí un encargo personal que cumplir. Mientras Varyamo intentaba asimilar y comprender lo que estaba pasando, Eärondûr ya había ordenado que se emprendiera la marcha. Casi sin tiempo para poder reaccionar, Varyamo montó de nuevo sobre su caballo, y siguió al joven de la Marca Verde.
En la mente de Varyamo se agolpaban las ideas y los pensamientos, en su mayoría muy confusos. ¿Cómo sabía Mazan de la existencia de Sein Cair Andros, cuándo ni en la propia Marca Verde apenas se hablaba de la lejana Vanwendor o del Reino Unificado? ¿Acaso aún moraban en el este algunos habitantes del Reino Unificado? ¿Quién era ese cliente que le esperaba en Sein Cair Andros? ¿Había encontrado por fin a alguien que le pudiera dar noticias sobre el destino de su padre Haeré? Mientras el pequeño grupo se alejaba al galope de Osgiliath, Varyamo pudo poner algo de orden en sus pensamientos. El suave ritmo del trote de su caballo, el leve rumor de un riachuelo de agua clara que corría por entre las piedras junto al camino y el fresco aroma de los bosques del Ithilien que era arrastrado por el viento del norte calmaron los nervios de Varyamo. Entonces recordó los textos antiguos atesorados en la gran biblioteca de Sinya Gulniquë, textos que se referían a los últimos días de Tar-Eärondûr y los suyos en el Reino Unificado y al éxodo que los condujo hasta la Marca Verde en el año 80 de la Cuarta Edad. Poco se decía en ellos del destino que corrieron los pocos que decidieron permanecer en el lejano este, y desde entonces, Varyamo pensó que todos habían perecido en la guerra y desechó toda esperanza de hallar alguna noticia sobre el destino de su padre. En esos momentos, a Varyamo le vinieron a la mente las palabras de Eldarion en su despedida en Minas Tirith, cuando le deseó buena suerte en su búsqueda. “Algo debió ver en el Palantír, y por eso decidió enviarme a mi en este cometido” se dijo Varyamo, mientras esbozaba una leve sonrisa. En realidad, desde que Eldarion le encomendara esta misión, y a pesar de las palabras del Rey, Varyamo no había alimentado esperanza alguna de hallar ninguna nueva de Sein Cair Andros, el Reino Unificado o el destino de su padre.
Caía ya la tarde cuando la pequeña compañía se adentró en los hermosos y perfumados bosques del Ithilien, y fue entonces cuando Varyamo aminoró el trote de su caballo para reunirse con Mazan, que era quien cerraba el grupo, y hablar con él.
-Maese Mazan, antes de partir, mientras aún estábamos en Osgiliath, mencionaste que tu viaje te llevaría más allá de Cadraldôst, a Sein Cair Andros- al pronunciar este nombre, los ojos de Varyamo brillaron, y en su rostro se dibujó un gesto de ansiedad- Dime, ¿qué puedes contarme acerca de tu cometido allí? ¿Qué sabes de ese lugar? ¿Quiénes moran en él? Hace muchos años que busco respuesta a estas y otras muchas preguntas que afligen mi corazón, pero hasta ahora no he hallado respuesta alguna ni indicio alguno del destino que corrieron los que allí vivían tiempo atrás-
Al finalizar la frase, la ansiedad había desaparecido del semblante de Varyamo al igual que el brillo en sus ojos. Su rostro era ahora sombrío, y denotaba el sufrimiento, la duda y la incertidumbre que padecía desde hacía tanto tiempo. Sin embargo, desde hacía unas horas, en el interior de Varyamo, volvía a arder una llama de esperanza, una llama que creía casi extinguida.