Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
Mientras tanto, en Cadraldôst
Antes de que el brillo titilante del alba se extinguiera
las hojas rojizas del árbol lanzaron su primer reflejo
y en la fuente de blanca pureza como un espejo
se mostró su alma inmortal y sincera
Caía la tarde también en Cadraldôst cuando un recién llegado alcanzaba el segundo de los puentes de la ciudad, el attangor, donde dos centinelas vigilaban el acceso al lugar más importante de la ciudad. Se detuvo al llegar al lugar donde estaban los centinelas apostados.
- Extranjero, descubríos – ordenó uno de ellos, cumpliendo la ley de la ciudad según la cual se habría de reconocer a cualquier extranjero que quisiera cruzar el segundo puente.
El recién llegado se retiró lentamente la capucha que protegía su rostro, mostrando una piel ligeramente tostada y una media melena que le caía sobre la zona del ojo izquierdo dejando sólo al descubierto el ojo derecho.
- ¿Calenên? ¿Eres tú? – preguntó perplejo uno de los guardas al reconocer al recién llegado a pesar de su aspecto. Además, hacía más de cien años que el nieto menor de los Reyes no aparecía por la ciudad y eran muchos los rumores que decían que habría perecido en territorio de los hombres haddaryai.
- Me gustaría hablar con los reyes.
Los dos centinelas, aún perplejos por la visita, retiraron las afiladas lanzas que protegían el acceso y el elfo penetró a través de la puerta mientras respiraba el olor a humedad que venía del río sobre el que se hallaba sentada la ciudad. Al fondo, tras unos exuberantes jardines, se hallaba el Telminton, el palacio de los reyes elfos. El edificio era una enorme fortaleza de piedra blanca, recubierta por innumerables enredaderas y musgos verdes, de presencia imponente y planta pentagonal. Altas torres y cúpulas adornaban su estructura.
Avanzó lentamente hasta él pero, de repente, una voz lo detuvo.
- ¡Calenên, Calenên!
A su izquierda apareció una bella elfa, risueña, cuyos cabellos negros y ondulados caían sobre su espalda. Vestía un bello vestido blanco.
- Gielperi – susurró él mientras abría los brazos para recibirla.
- Hermano, ¿cuánto hace que no venías por aquí? Pensaba que te habías olvidado de nosotros – dijo ella, bastante amable y risueña, mientras estudiaba concienzudamente el rostro de su hermano.
- Mucho. Hace bastante tiempo.
- ¿Acabas de llegar? ¿Has visto ya a los abuelos?
Narudud estaba confundido, aunque aliviado por el recibimiento cordial de su hermana.
- Sí y no. Aunque no sé si ellos querrán verme.
- ¡Claro que sí! Pero es una pena que nuestro hermano no esté en la ciudad aunque vendrá para la celebración. Has venido a ello, ¿no?
El avari dudó unos instantes antes de responder mientras miraba con melancolía a su hermana.
- Sí, he venido a ello.
- Si es así, no te entretengo más, la tarde ya ha caído y tendrán que prepararte una alcoba. Eso sí, mañana vendrás conmigo a Aradol, el mercado está muy concurrido estos días y te enseñaré muchas maravillas mientras me hablas de tus viajes. - Gielperi le dio un beso en la mejilla a su hermano y se giró hacia la derecha donde había una puerta que cruzó para desaparecer al otro lado de ella.
Con paso firme, Narudud avanzó hacia la entrada del palacio. Cuando llegó a las puertas del edificio, informó sobre su visita y un mayordomo le condujo hacia la sala real. La luz de la sala era realmente relajante y para un viajero cansado era gratificante. No estaba sola. Sentados en cómodos asientos encontró a Anfalas y a Mêlel, los Reyes Elfos de la Casa Celebros.
- Calenên – dijo Melel, una elfa de oscuros cabellos lisos y rostro sonrosado. No se levantó, no obstante, para recibirlo.
- ¡Vaya! No sé si darte la bienvenida – habló a continuación Anfalas mientras escudriñaba con la mirada al recién llegado. Narudud comprobó que estaba igual que lo recordaba. Sus largos cabellos blancos cayéndoles por la espalda y su mirada orgullosa. - Pero me temo que ésta es una ciudad decente. Aquí no encontrarás ningún negocio de ésos a los que te dedicas.
El avari notó la mirada severa de su abuelo y, en los primeros instantes, no supo cómo reaccionar.
- He venido a ver a mi familia. ¿No podría?
La tensión era bastante notoria en la sala y, después de la agradable visita de Olostarin, el Rey Elfo de Cadraldôst se había encontrado con la inesperada visita de su nieto.
- Dime, ¿desde cuándo te ha importado tu familia? No recuerdo ver tu rostro desde hace… ¿desde hace cuánto, Mêlel? – preguntó esto último girándose hacia su esposa, situada a su lado.
- Anfalas, déjalo – dijo severamente la elfa a modo de respuesta.
- ¿Pero no es verdad? A este ingrato nunca le ha importado su familia.
Narudud podía entender que después de tanto tiempo su abuelo no le creyese pero había esperado que ambos le recibieran con los brazos abiertos, como lo había hecho su hermana Gielperi. Sin embargo, hacía tiempo que sus abuelos no le veían y comprendía el dolor que ello les había supuesto pero habría deseado unas palabras más conciliadoras por parte del Rey. O, al menos, diplomáticas. Sabía que siempre había sido la oveja negra de la familia, pero al fin y al cabo pertenecía al mismo linaje, era hijo de su hijo.
- Te equivocas – dijo sin más, deseando estar en ese momento en cualquier lugar menos en aquél.
Anfalas se agitó en su sillón, bastante enfurecido.
- ¿Sabes qué celebraremos los próximos días en Cadraldôst, Calenên? Celebraremos que hace cien años que conseguimos la rendición de nuestros enemigos del Sur, gracias a la ayuda de los Hombres de Gondor. Fue una dura guerra pero muchos hombres y elfos demostraron valentía y coraje. Tu hermano mayor, Lalvelas, fue uno de ellos pues luchó con honor por el pueblo que ama. ¿Y tú dónde estabas entonces? No me lo digas, no quiero saberlo realmente. Tus padres, Araenên y Tinnelîl, nunca podrían haber estado orgullosos de su tercer hijo.
- ¿Y qué sabéis sobre lo que habrían opinado mis padres? – Narudud retó con aquellas palabras a su abuelo pero antes de que la tensión llegase a más, Mêlel se levantó y se dirigió hacia el recién llegado, interrumpiendo la incipiente discusión.
- Ahora no es el momento de seguir hablando. Taredel ha de disponer de una alcoba para que puedas descansar después de tu largo viaje. – La avari se giró y miró a su esposo fugazmente mientras continuaba hacia la puerta de la sala. - Acompáñame, Calenên.
Salieron de la sala hasta un bello jardín. Caminaron por un camino que lo cruzaba mientras a su alrededor se podía observar una explosión de colores relajantes. Las fuentes arrojaban agua sobre bellos estanques donde los gorriones iban a beber y cientos de variedades distintas de plantas y árboles salpicaban los jardines del Telminton.
Cuando se aseguró de que nadie les podría escuchar, Mêlel se detuvo y se giró hacia Narudud.
- Calenên – susurró ella, mientras en su mirada se mostraba una melancolía al mismo tiempo que su mente evocaba recuerdos del pasado.
Él no quiso encontrarse con su mirada y mantuvo sus ojos fuera del alcance de los de ella.
- ¿Sí?
- Sé a lo que has venido – respondió ella. – En cuanto he visto tu mirada por primera vez no me ha hecho falta nada más para comprender. Pero necesito que me lo cuentes tú.
Narudud guardó silencio, respiró hondo y miró a su alrededor. Vio un pequeño banco de piedra próximo y se dirigió hacia él. Ella hizo lo mismo. Estuvieron unos minutos sin pronunciar palabra pero, tras ese periodo de tiempo de silencio, el elfo habló al fin y ella escuchó atenta sus palabras. Ya era de noche cuando terminó de hablar. Se levantaron y la elfa le llevó hasta sus aposentos.
Esa noche, el elfo durmió intranquilo. Imágenes extrañas y sombras fugaces se mezclaron en una aureola de lugares oscuros donde dagas esquivas se movían entre tinieblas.
Al día siguiente, muy temprano, un leve sonido le despertó. Gielperi había ido a sus aposentos para que le acompañara al mercado.
[Editado por aratir el 16-02-2010 21:45]
Caía ya la tarde cuando la pequeña compañía se adentró en los hermosos y perfumados bosques del Ithilien, y fue entonces cuando Varyamo aminoró el trote de su caballo para reunirse con Mazan, que era quien cerraba el grupo, y hablar con él.
-Maese Mazan, antes de partir, mientras aún estábamos en Osgiliath, mencionaste que tu viaje te llevaría más allá de Cadraldôst, a Sein Cair Andros- al pronunciar este nombre, los ojos de Varyamo brillaron, y en su rostro se dibujó un gesto de ansiedad- Dime, ¿qué puedes contarme acerca de tu cometido allí? ¿Qué sabes de ese lugar? ¿Quiénes moran en él? Hace muchos años que busco respuesta a estas y otras muchas preguntas que afligen mi corazón, pero hasta ahora no he hallado respuesta alguna ni indicio alguno del destino que corrieron los que allí vivían tiempo atrás-
Al finalizar la frase, la ansiedad había desaparecido del semblante de Varyamo al igual que el brillo en sus ojos. Su rostro era ahora sombrío, y denotaba el sufrimiento, la duda y la incertidumbre que padecía desde hacía tanto tiempo. Sin embargo, desde hacía unas horas, en el interior de Varyamo, volvía a arder una llama de esperanza, una llama que creía casi extinguida.
Mazan había pasado la mayor parte del viaje fumando de su pipa y observando el paisaje, para él tanto verde y tanta luz era algo extraño, pero no por ello dejaba de disfrutar de la gratificante vista, y al contrarío de lo que muchos piensan, disfrutaba realmente con el entorno en la naturaleza pero de una forma distinta a la de sus compañeros, para el enano los verdes parajes y los caminos transitados, eran una pintoresca situación cargada de sucesos y de variedad que difería mucho de la tranquilidad y la escasez de las cuevas. Al adentrarse en la zona de Ithilien, y en sus verdes caminos boscosos, Mazan recordaba un acontecimiento que marco la vida del enano, la marcha de su amigo y señor Gimli, con el que viajara en los albores de la Tercera Edad hasta el reino que juntos fundaron, el Reino de las Cavernas Centelleantes bajo la fortaleza de Cuervanilla, conocida por los comunes como el Avismo de Helm. Pero no era ese viaje el que recordaba el naugrim, entorno al año 120 de la Cuarta Edad, su señor marchó al Oeste junto a un amigo del que siempre hablaba, Legolas. Gimli siempre procesaba gran amor hacia Legolas, y por ende hacia los Elfos, como la Dama Galadriel, y en muchas ocasiones, Mazan había viajado en este mismo viejo carro de madera de Dhyr, creado por sus propias manos, sobre este mismo sendero de piedra y arena y bordeado por verdes hiervas y altos árboles frondosos, con el objetivo de acompañar a su Señor Gimli ha visitar la colonia que formaba Legolas aquí, o llevarle algún recado.
Por entonces, alguien comienza a ralentizar la marcha y se acerca al carruaje, al ver que se trata de Varyamo, Mazan dirige su mirada hacía el y lo escucha atentamente. Tras esto, el enano queda un poco impresionado por la pena que le suponía el imaginar que su ahora compañero de viaje pudiera soportar una carga mayor de la que cualquier otro enano poco entiende, pero Mazan era alguién muy anciano, y había visto muchos rostros parecidos al de el Señor Varyamo, aunque ninguno ansiaba tanto la información por la que preguntaba como Varyamo parecía hacerlo. Y lo cierto es que en el corazón de Mazan sentía su pena y trataba de decodificar los recuerdos de tantos años, tantos años estancados en su mente. Pero poco recordaba de Sein Cair Andros ya el viejo Mazan, en su cabeza sólo había historias sobre esa lejana ciudad que escucho durante su estancia en Aglarond de algún trato que mantuvo con sus compañeros en las minas.
-A los Ciudadanos de Sein Cair Andros siempre les gustó presumir de su puerta pero llegado el momento no pudieron fortificar la puerta. Ya que no podían cerrarlas a cal y canto, pues los ejércitos aliados se aglutinaron y ni pudieron entrar, ni salir... ¡Qué irónico!, privados de la defensa de su gran puerta que tan en gran estima tenían los nuestros. Quizás deberías leer algo sobre ella en alguna biblioteca de hombres o elfos, esa gente siempre esta al tanto de todo lo que ocurre en el Ancho Mundo, je, je, je...- Comediaba el enano para hacer más relajada su monótona labor.
Mazan no solía creer estas historías pero unos días más tarde un comerciante de Khand le trajo una noticia del pueblo de Sein Cair Andros, que haciá incapié en las necesidades de la población de materiales de reconstrucción y reforma. Mazan se interesó por informarse al respecto de esta ciudad, pregunto a muchos enanos sabios de Aglarond, y ellos poco sabían de lo que quedaba más allá de las Montañas de Hierro, así que paso largas horas en su taller, leyendo los viejos libros de su padre, trás algunas semanas, Mazan encontro un mapa que situaba la ciudad en una isla del delta de un río, agarró ese Mapa con fuerza y lo acerco al que recientemente había obtenido del comercio con el hombre de Khand, también del Este pero más actual, el dichoso mapa le costó a Mazan 30 jornadas de trabajo... pero nada de eso importó cuando en el primer vistazo apreció la ausencía del gran mar que rodeaba a la ciudad de Sein Cair Andros y que ahora se había convertido en un gran desierto salino, entonces Mazan comprendio por fín las necesidades de esta gente, y dedicó su tiempo desde ese momento a preparar herramientas y materiales que ayudaran a establecer algun proyecto de remodelación, en la ciudad, de esto Mazan sabía bastante, y le venía de familia, su padre ayudo a reconstruir Erebor tras la Desolación de Smaug, y él había hecho lo própio ayudando a Gimli en Aglarond, Mazan quería ayudar a esas buenas gentes que se habían visto afectadas por los cambios del todopoderoso Ulmo, y esperaba llegar allí y contactar con quien estubiera al mando, para poner sus servicios a su disposición. Pero poco de esto le contó el naugrim a Váryamo, sus palabras fueron más tranquilizadoras, pues pensaba que ese buen hombre no necesitaba otra información que perturbara más sus teorías, tampoco le dijo nada de la enorme roca que llevaba en su carro de un material un tanto extraño que habia encontrado en una excavación hará unos 80 años, y de la que solo conocía que tenía propiedades energéticas, la piedra tenía un color verdoso oscuro (se podía observar con tan sólo levantar un poco la fina capa de lino que la tapaba en una esquina del carro), Mazan tan sólo le dijo:
- Veo en tus palabras, la misma tristeza que encogería mi corazón si buscara un rubí bajo la calida roca, y creo que no soy el único que viaja a Sein Cair Andros por motivos extraprofesionales... Esta bien, Varyamo... Esta vez seré totalmente sincero contigo, puesto que comprendo tu pesar. El hombre del que recibí el encargo, no es alguien de allí, ni creo que sea alguién que tenga algo que ver contigo, pero lo cierto es que me hizo saber de las necesidades de Sein Cair Andros, y me dirigía hacía allí con la intención de susanar las heridas de su ciudad con mi conocimiento en Ingeniería y mis recursos, ya que las heridas de sus ciudadanos quedan más allá de mis capacidades como maestro artesano. Pero tranquilo, no deberías atosigarte con preguntas de las cuales rara vez puedas obtener una respuesta, deja que el tiempo ponga las cosas en su sitio, amable Varyamo.
Tras esto el enano apretara el cuero de los arneses de su carruaje con fuerza y truncará el ceño mientras funde su mirada con el horizonte y la senda por andar.
[Editado por Finlaure el 16-02-2010 23:24]
La noche se cernía sobre la hermosa ciudad élfica cuando Olostarin se despertó sobresaltado. Esa tarde, mientras esperaba disfrutar de su merecida siesta, había tenido uno de sus extraños sueños. Una horrible pesadilla, de la que ahora solo recordaba un oscuro humo caliente y húmedo que le subía por las piernas, asfixiándole, mientras contemplaba unos hermosos centelleos dorados y unas ráfagas de luz roja. Se despertó sobresaltado y se incorporó palpándose el pecho, esperando no encontrar el Yaverilmirë colgado de su cuello, pero pronto descubrió para su alivio, que el colgante seguía allí.
Olostarin se levantó del mullido colchón y salió por la puerta de su habitación, en dirección a una de las altas torres del palacio. Tomó un corredor que llegaba directamente hasta ella, y una vez en la puerta, abrió y empezó a ascender por la cerrada escalera de caracol. Al cabo de una corta subida llegó a un balcón situado un poco por encima del techo del palacio. Allí contempló la magnífica visión que se le mostraba: la hermosa ciudad de Cadraldôst bajo las relucientes estrellas de la noche. Olostarin creía haber olvidado las noches en Cadraldôst, pero al volver a ver los hermosos brillos y centelleos que entraban por su pupila, cerró los ojos y suspiró aliviado. Ante él, un reluciente río de luces de nácar discurría desde el palacio bajando por todos los puntos de Ramegor, y a lo lejos la hermosa isla de Aradol resplandecía como una gigantesca perla de rocío. Ambas islas sujetas como por arte de magia al cauce del rápido río Nennellë, que discurría hacia el sur con brillantes resplandores plateados y un sonido atronador. Pero, de pronto, Olostarin dio la vuelta a la terraza, situándose en dirección norte, y pudiendo contemplar desde la distancia las luces rojas del Cadralda-Agar. Aun con el techo de cristal, las luces del Árbol Rojo sobresalían del templo, iluminando en parte el bosque con sus tonos rojos.
Olostarin pensó en acercarse hasta allí, pues hacía mucho tiempo que no visitaba el Cadralda-Agar, y aunque sabía que ni visitándolo encontraría las respuestas que buscaba, algo extraño le empujaba a hacerlo. En ese momento en que Olostarin se disponía a bajar por las escaleras, le vino a la mente la grave y dulce voz de Kibul, que le decía lentamente que debía de tomarse las cosas con paciencia, tan claramente que por un momento le pareció que veía al viejo enano postrado delante de él. Olostarin se serenó, y ese ánimo por visitar el Templo desapareció de sus pensamientos. Entonces, no queriendo volver a la cama, se precipitó a los tejados del palacio y deambulando entre cúpulas y torres buscó su lugar preferido. Llegó a un espacio entre una torre y una cúpula, y allí se tumbó a pensar, melancólico bajo las estrellas, en todos los asuntos que turbaban su mente. En sus recuerdos del pasado y en sus pensamientos sobre el futuro; en la promesa que le hiciese años atrás a su tío y en lo que más le atormentaba últimamente, en el sueño que acababa de tener y en la cercana fiesta en el palacio.
Canturreaba alegremente en voz baja, mientras inspeccionaba los artículos de uno de los innumerables puestos que había en aquel distrito de la ciudad. Los varantes, a pesar de todos sus cambios a lo largo de los siglos, no habían perdido su espíritu mercantil, y los mercados de la Ciudad de los Ancestros eran comparables, al menos en extensión, a los de aquella ciudad. Pero las similitudes acababan ahí. Sin duda, los elfos tenían su manera de hacer las cosas.
A su mente acudían recuerdos de la infancia, de su vida previa a la Iniciación en el Círculo. Recordaba los días frescos de invierno -un invierno corto y suave, por supuesto, pero aún así existente- en los que los habitantes de Varendia se permitían quitar los toldos que daban sombra a las calles, y la luz entraba a raudales en todos los rincones. Recordaba esas escasas, preciadas semanas en que las flores brotaban de los jardines alrededor del río, cubriendo la ciudad con un manto arco iris. Recordaba -sí, aún lo recordaba- los juegos y las canciones, las regañinas y los consejos, las amistades que vinieron y se fueron. Recordaba sus paseos por el gran distrito del bazar, Al'Ashut, aspirando los fuertes aromas a especias, embriagándose con los vapores que emanaban de las cachimbas y los extraños animales expuestos.
Y, ante todo, recordaba los sonidos. El bullicio interminable, las risas y los gritos, el golpeteo de los camellos y los caballos sobre los adoquines, las cítaras, laúdes, liras, flautas y tambores de ciudadanos y peregrinos; los primeros acompañando con voces dulces y melancólicas, alegres y fuertes los segundos.
Entonces llegaron los accidentes, las muestras de poder, el latido de su sangre materna, hirviente como Sdarag. Llegaron los problemas, sus explosiones de ira, su furia apenas controlable... Pues todos y cada uno de los Varedain, herederos de los Náredain, han de enfrentarse tarde o temprano con su maldición.
Y justo después, su ingreso en el Círculo, que no fue castigo, sino elección propia, porque poco antes había ocurrido lo que lo habría de marcar...
Un intruso detuvo bruscamente sus ensoñaciones. Casi se dio de bruces contra una joven elfa que, al encontrarse de pronto con tal obstáculo, dio un gritito de susto. Justo después se echó a reír.
- ¡Vaereth! -exclamó, con una hermosa sonrisa. Sus cabellos negros se agitaron levemente. El varante percibió un suave y dulce perfume emanando de ella-. Jamás habría podido suponer que estarías aquí.
El zahorí sonrió. Era la primera vez que alguien se dirigía a él en su propia lengua. "Te recuerdo", pensó, "pero, diablos, no me acuerdo de tu nombre...". Se reprendió a sí mismo. ¿Por qué, sabiéndose de memoria tantas canciones y leyendas, era incapaz de aprender los nombres de la gente que conocía?
La joven, por supuesto, no tardó en percatarse de su apuro.
- No me puedo creer que no te acuerdes de mí.
- No, no, por supuesto que os recuerdo, mi señora... -farfulló, sintiendo cómo enrojecía su piel-. Ya sabéis, no soy muy bueno con los nombres...
- ¡No me recuerdas, mentiroso! Si te acordaras de mí, sabrías que odio que me traten con tanto respeto.
Vaereth se echó a reír sin poder evitarlo.
- También recordaríais, mi señora, que ese trato me es casi imposible al hablar con alguien como vos... princesa Gielperi.
Ella le respondió con una resplandeciente sonrisa. "Por todos los espíritus", pensó él admirando su belleza, "tenerla a mi lado es como poner una estrella junto a un trozo de carbón". La elfa lo abrazó con fuerza. Justo entonces se percató de la presencia de otro elfo junto a ella. Inclinó la cabeza en señal de respeto. En estas circunstancias, aturdido entre tanta gente, era cuando más agradecía la firmeza de su bastón.
- Éste es mi hermano, Calenên -dijo ella alegremente. El elfo le saludó con amabilidad. Vaereth entrecerró los ojos durante un instante. Le parecía haber oído algo entre los peregrinos acerca de...
- ¿Qué te trae por aquí, Vaereth? ¿Vienes a la fiesta del centenario?
- Lo cierto es que no -respondió el Rolnehn-. Ese tipo de cosas me son un poco indiferentes. Era por una batalla, o algo así, ¿verdad? Aunque no negaré que la cantidad de comerciantes que hay por aquí no me venga mal precisamente. Vengo a abastecerme, como de costumbre. Ya sabes que no me gusta quedarme mucho tiempo en un mismo sitio.
Ella suspiró.
- Sí, sí, lo sé muy bien.
Se sentaron en un banco de piedra en una plaza un poco más despejada de gente. La música de los elfos se confundía con las conversaciones de los tenderos con sus productos. Hablaron de muchas cosas durante mucho tiempo; Gielperi, por supuesto, fue la que acaparó la mayor parte de las noticias. Vaereth escuchaba atentamente, sin juzgar. En eso, en escuchar y comprender a los demás, los zahoríes en su mayoría eran expertos. Calenên, por su parte, apenas dijo nada, si bien miraba con atención al varante cada vez que hablaba.
Más temprano que tarde llegó aquello que Vaereth había estado temiendo desde que se encontrara con Gielperi. Aquello de lo que había tenido esperanzas de librarse.
- Bueno, creo que ya es hora de que nos cantes algo, ¿no te parece? Ya he aguantado suficiente tiempo, Riliath'nehn.
Vaereth frunció el ceño, sorprendido de escuchar aquel nombre de sus labios.
- ¿Cómo...?
Ella sonreía.
- No eres el único zahorí que pasas por aquí, engreído. No fue muy difícil que saliera ese nombre cuando pregunté por ti.
Vaereth suspiró.
- ¡Venga, venga! -le apremió la elfa-. Algo triste, a ser posible. Estoy un poco saturada de las canciones de alegría y esperanza que suenan a cada momento con las fiestas.
Vaereth meditó durante unos instantes.
- No es exactamente triste... Os cantaré la canción de Elgebar, un líder de los Antiguos que llenó de esperanza al pueblo pero que, envidiado y mal aconsejado por sus asesores, se pervirtió y acabó persiguiendo a los propios varantes, hasta que desapareció de pronto sin dejar rastro. Es... es una canción muy antigua.
Sacó el laúd de entre sus alforjas, lo afinó con esmero y comenzó a cantar.
Hubo una vez un valiente hombre
a quien las estrellas dieran el nombre;
el nombre, ay, el nombre que lo maldijo
como tiempo atrás el Guardián predijo.
El Guardián con los Tres Dioses hablara
en los tiempos del Imperio inmemorial.
"¡Cuidaos de aquél que la Dama señalara!",
dijeron los Reyes del Reino celestial.
El gran príncipe, señor de varantes.
Por nombre, Elgebar de las Estrellas,
heredero de altos comerciantes,
hijo de la Dama de las Noches bellas.
Elgebar anduvo siempre extraviado,
entre Varendia y los dorados montes.
Hasta que descubrió el río envenenado
de la codicia, los pérfidos arcontes.
Mezquinos arcontes de ruínes países,
reyes en sus parcos palacios de arena.
La mente le agriaron con ideas grises
a Elgebar, hijo de la luz serena.
La Dama acudió a aconsejarlo:
"Guárdate, hijo mío, de las malas gentes".
Mas sus ideas, de bondad ya eran carentes.
Desapareció y nadie pudo encontrarlo.
Elgebar se desvaneció del mundo.
Mas los rumores de un terror hablaban,
de fuego, ira y odio que quemaban,
que arrasaban y sembraban un hedor nauseabundo.
Así perdieron los varantes su estrella,
convertida en roja, en fría venganza.
Mas esto cantan los que su furia sufrieron:
que aún pervive todo un firmamento
con la luz pura y blanca... de la esperanza.
[Editado por Thirian el 17-02-2010 19:23]
Tras las palabras de Mazan, Varyamo vio cómo las esperanzas que de nuevo había alimentado en su corazón volvían a desaparecer. Aturdido, ensimismado en lúgubres pensamientos, siguió cabalgando, aunque no podría decir cuánto tiempo permaneció así. Varyamo recobró la consciencia de sí mismo cuando los últimos rayos del sol se ocultaron en el lejano Oeste. La oscuridad cayó sobre los viajeros, que pasaron la noche en un claro que se abría entre los bosques del Ithilien a la izquierda del camino. Aquella noche, el cielo estaba cubierto por un velo gris que retenía la brillante luz de la luna y de las estrellas. Mientras los demás se dedicaban a preparar el campamento, encender el fuego y hasta organizar las guardias, Varyamo se adentró en el bosque, y encontró un manantial de agua limpia y clara que descendía de una pared rocosa. Varyamo se inclinó y se lavó las manos y la cara, y el agua fría no sólo le refrescó, sino que le aclaró la mente, y sintió como si el agua al escurrirse de su rostro arrastrara también con ella una gran y pesada carga. Desde entonces, Varyamo se sintió más reconfortado, con su cabeza más despejada y su espíritu más alegre y dispuesto.
La noche transcurrió sin incidentes, y así varios días más. Mientras cabalgaban por el Ithilien, los compañeros hablaban y reían, cantaban canciones alegres o recordaban viejas historias y leyendas. Varyamo galopaba casi siempre junto a Eärondûr, y ambos solían marchar a cierta distancia de los demás, y eso les permitía hablar más libremente sobre la situación de la Marca Verde o sobre la herencia común que ambos compartían. Al mediodía del tercer día del viaje, la compañía dejó atrás los frondosos bosques del Ithilien y llegó al Morannon. Por entonces, una gran amistad había surgido entre Mazan, Varyamo y Eärondûr. No fueron pocos los que lamentaron profundamente tener que abandonar tan hermosas tierras para encaminarse hacia el noreste por la desolada estepa de la Dagorlad. Allí, bajo la atenta mirada de las imponentes montañas que se alzaban a su derecha, los viajeros dejaron el Camino de Harad y tomaron el Amrûn Menedhil, el Camino de los Elfos del Este, una senda que los llevaría en línea recta hasta la desembocadura del río Celduin en el Mar de Rhûn, y que luego los conduciría al este, a Cadraldôst.
Poco después de la Guerra del Anillo, y ante las noticias de la existencia de la ciudad de Cadraldôst, el Rey Elessar ordenó que se construyera un camino que comunicara Minas Tirith con la lejana ciudad del este. El Rey ordenó también que a lo largo de la vía se levantaran muchos enclaves y baluartes, y que en ellos siempre hubiera una importante guarnición armada. Con el paso de los años, los enclaves fueron perdiendo su función defensiva, y, aunque todos mantenían una guarnición armada, con el aumento del comercio entre Gondor y Cadraldôst, en su interior comenzaron a proliferar las posadas y las postas, y aún incluso los mercados, en los enclaves más grandes. Y muchos crecieron y prosperaron, y más que enclaves parecían pequeñas villas. En total eran diez los enclaves situados a lo largo del Amrûn Menedhil, cada uno a menos de una jornada de viaje del anterior y el siguiente. De Oeste a Este, sus nombres eran: Minas Thalion (Torre Firme), Minas Tiron (Torre Vigilada), Minas Estëa (Torre del Descanso), Minas Mallen (Torre Dorada), Minas Vornë (Torre de Cristal), Minas Lindon (Torre de la Música), Minas Mírdaeth (Torre del Orfebre), Minas Ohtar (Torre del Guerrero), Minas Edhil (Torre Eldar) y Minas Rhûn (Torre del Este).
En su camino hacia Cadraldôst, el grupo de Varyamo, Eärondûr y Mazan se topó con muchos comerciantes y mercaderes que iban o volvían de la ciudad élfica. Varyamo fue hacia el Enano, y allí habló con él:
-Maese Mazan, parece que los Valar os son propicios, pues por todo el movimiento que vemos en el Camino, creo que no os van a faltar las oportunidades en Cadraldôst. ¡No dudo que volváis a Aglarond con las manos llenas de oro! Es más, no me sorprendería que hicierais algún buen negocio de camino a Cadraldôst. He oído decir que varios de los enclaves construidos junto al Camino han prosperado mucho con el paso de los años, y en su interior hay florecientes mercados de todo tipo. De hecho, es posible que alguno de estos enclaves tenga pronto el título de ciudad, pues los hay que han crecido de forma notable- dijo Varyamo con una sonrisa.
-Yo tampoco lo dudo, aunque me preocupa más que nuestro viaje deje de ser un secreto al tropezar cada dos por tres con tantos mercaderes- intervino Eärondûr, que se acercó a Varyamo y a Mazan mientras devoraba ávidamente una galleta.
-No creo que haya de qué preocuparse, desde que finalizara la guerra con el Señor de Rhûn, estas tierras son seguras, y ningún viajero ha de temer nada si transita por este Camino. Si nos aguarda algún peligro antes de llegar a Cadraldôst, creo que nos esperaría igual aunque las noticias de nuestro viaje no fueran conocidas. Además, yo que tú, me preocuparía más por no atragantarme con alguna de esas galletas a las que te has aficionado desde que partimos de Osgiliath- respondió Varyamo riendo.
-¡Así es, yo diría que ése es el mayor peligro que te puede acechar en el viaje, Maese Eärondûr!- terció el Enano, también riendo.
Sin embargo, no parecía que al joven caballero de la Marca Verde le hubieran hecho mucha gracia las bromas afectuosas de sus compañeros, pues sus ojos brillaban de rabia, y en su mente ya ideaba la forma de vengarse de sus nuevos amigos…
[Editado por Aragorn_II el 18-02-2010 12:53]
Ya en el Camino de los Elfos del Este que llevaba a la compañia hasta Cadraldôst atravesando la amplia estepa de Dagorland, la ruta estaba salpicada de grandes villas y algunas aldeas que habían crecido bastante al rededor de los emplazamientos fortificados que situará antaño el Rey Elessar, sin duda, todo esto era nuevo para Mazan, a pesar de su larga vida nunca habia tomado este sendero, y el continuo paso de comerciantes cargados de materiales en ambas direcciones suspiraban grandes negocios para el enano. Aislado en sus pensamientos Mazan tan sólo intercambiaba algunas palabras con Varyamo y Eärondûr cuando estos aminoraban la marcha para acercarse al maestro enano.
-Maese Mazan, parece que los Valar os son propicios, pues por todo el movimiento que vemos en el Camino, creo que no os van a faltar las oportunidades en Cadraldôst. ¡No dudo que volváis a Aglarond con las manos llenas de oro! Es más, no me sorprendería que hicierais algún buen negocio de camino a Cadraldôst. He oído decir que varios de los enclaves construidos junto al Camino han prosperado mucho con el paso de los años, y en su interior hay florecientes mercados de todo tipo. De hecho, es posible que alguno de estos enclaves tenga pronto el título de ciudad, pues los hay que han crecido de forma notable- dijo Varyamo con una sonrisa.
-Todo parece indicar que estaís en lo cierto, lo verdad es que eso mismo venía pensando, y al parecer los negocios no iran mal del todo, y podre volver con algo de oro a mi casa bajo la montaña de Thrihyrne. Pero la verdad, amigo Varyamo, es que no quedan muchas cosas relucientes como el oro por ver a este viejo enano, las cavernas de Aglarond son un laberinto de grutas y pasadizos, adornadas con grandes estalactitas y estalagmitas translúcidas. En muchos lugares, las paredes lisas están recubiertas de cristales y gemas multicolores. Y los bellos estanques inmutables superan en belleza a cualquier montaña de oro en monedas de cualquier reino humano o élfico. Y dado que todo pinta bien para el comercio a realizar, el mayor aliciente que veo en este viaje, es la variopinta situación en la que me encuentro, viajar en mi viejo carro junto a hombres de Gondor hacía una ciudad élfica son acontecimientos que no destacan mucho en la vida de un enano, por ello intento disfrutar de la ruta, y vuestras conversaciones pues siento mi larga vida esta tocando a su fin como así me lo hacen ver estos terribles dolores en las articulaciones que nunca antes había padecido.- Asegura el enano mientras da sendas caladas a su pipa de tejo que le producen una continuada tos seca, la cuál Mazan calma con unas gotas de su cantimplora de piel de topo.
Secando sus labios con el puño de su camisa, vuelve a agarrar las riendas y pierde su mirada en el lejano y borroso horizonte que era difuminado con la intensa luz reflejada en la arena produciendo una sensación de calor bastante intensa que suscita en el enano de nuevo el antojo del liquido elemento, más Mazan sabe que el viaje aún es largo y el agua no parece ser un recurso abundante en esta zona del mapa.
En Cadraldôst
Cuando el zahorí terminó su canción, Gielperi aplaudió con ganas. Cuando terminó se giró hacia su hermano.
- Entre los viajeros que llegan a nuestra ciudad puedes encontrarte jóvenes con tanto talento como Vaereth – le informó visiblemente emocionada. Gielperi vivía todo con gran intensidad y disfrutaba de canciones cantadas por alguien como aquel joven. – Y este encantador joven del extremo Este es uno de los mejores. Aunque no viaja a Cadraldôst tanto como desearía.
- He escuchado muchas canciones en mis largos viajes pero pocas tienen el mismo sentimiento como ésta de Elgebar. Felicidades Vaereth. – Narudud mostró una sonrisa algo que pilló desprevenido al joven cantor ya que el elfo se había mostrado distante durante el rato que había transcurrido el encuentro.
Narudud vio como la tez morena del joven, proveniente de una lejana ciudad llamada Varendia, al otro lado del desierto blanco, se mostraba avergonzado. Lo había estado observando y, aunque al principio había pensado que era un haddaryai de alguna tribu del desierto Earnar, pronto se dio cuenta de que tenía rasgos diferentes a los nómadas del desierto. Había escuchado hablar de los varantes y había visto alguno en sus viajes, pero aún eran escasos en Earnar, a excepción de la parte norte donde solían transitar más. No obstante, apenas había pasado un siglo desde que el mar del norte se había secado completamente y había aparecido en su lugar el desierto blanco. Lo poco que sabía de los varantes es que eran un pueblo milenario, muy alegre y jovial y también acostumbrado al desierto.
- Os lo agradezco – fue lo que dijo Vaereth. – Aunque no creo que sea mejores que otros
Gielperi negó con la cabeza.
- Tonterías. Eres el mejor. Y deberías quedarte para la celebración. En la fiesta se necesita la calidad de tus canciones.
- No, no podría. En un par de días regresaré al desierto – informó el joven.
- Los Reyes Elfos estarán encantados de contar contigo en la fiesta, estoy segura. ¿No es cierto, Calenên? – le preguntó a su hermano. La idea se le había ocurrido sobre la marcha pero en realidad ella prefería cualquier canción de algún hombre del desierto y, en especial, de Vaereth que a cualquiera de las canciones de los bardos elfos.
Narudud se rió, sabía que su hermana sería muy persuasiva.
- Mi hermana tiene razón, Vaereth. Deberíais quedaros para la celebración. Nuestros abuelos os pagarán muy bien, sin duda.
- El desierto me espera, yo…
- El desierto puede esperar, Vaereth – dijo Gielperi.- Pero tus canciones son necesarias para celebrar el centenario de la victoria sobre Rhûn.
- Tendréis que aceptar. Mi hermana es muy persuasiva – añadió Narudud.
En ese momento, alguien se aproximó hacia ellos.
- Ah, mirad. Es Olostarin – informó Gielperi cuando vio quién se acercaba a ellos. Se trataba de un elfo alto y robusto de blancos cabellos y rostro resplandeciente. Era un elda, un elfo occidental, pero tenían gran relación con Anfalas y, por ello, visitaba muy a menudo la ciudad. – Olostarin, ven y ayúdanos a convencer a este joven para que se quede en Cadraldôst para que cante sus canciones en la celebración.