Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
Aunque no había sido hecho con excesiva malicia, el comentario de Olostarin respecto a Gielperi había irritado a Varyamo, aunque parecía que a la joven elfa no le había importunado, sino más bien incluso le había hecho reír. Viendo la complicidad entre los elfos, Varyamo calló y no dijo nada. “Peculiar sin duda es el carácter de este Olostarin”, se dijo. Los cuatro permanecieron un rato descansando plácidamente en uno de los palacetes porticados del interior de los jardines, sentados en unos bancos de piedra finamente tallados, que causaron la admiración de Mazan. Al poco rato, y para sorpresa de todos, Olostarin se levantó y fue corriendo hacia la salida. Ni Varyamo ni Mazan entendían el comportamiento del elfo, pero unos instantes después, Gielperi sonrió.
-¡Son ellos, por fin han venido!- exclamó la joven elfa, saludando a los recién llegados con la mano.
-Mi señora, supongo que os referís a vuestro hermano Narudud y a ese misterioso bardo del que nos habéis hablado, ese hombre del desierto llamado Vaereth- dijo Mazan.
-Así es Maestro Enano, y perdonad mi descortesía, pues estoy acostumbrada a vivir entre elfos, y no tuve en cuenta que, aunque penetrante sin duda, vuestros ojos y los de Varyamo no ven tan lejos como los míos. Os ofrezco mis más sinceras disculpas- dijo riendo, mientras hacía una divertida reverencia. Cuando se incorporó, los profundosojos verdes de Gielperi y los ojos marrones de Varyamo se encontraron por un instante, instante que a ambos les pareció interminable, pues era como si el tiempo se hubiera detenido en ese momento. Más ninguno dijo nada, y tan pronto reaccionaron, volvieron la vista a los recién llegados.
Narudud acababa de entrar en los jardines con un hombre de tez oscura, de ojos grises y cabello castaño. Vestía una túnica blanca algo gastada por la vida en el desierto, portaba un bastón de ébano, y colgado a su espalda, había un laúd.
-¡Vaereth, bienvenido al Telminton! Me alegra profundamente que mi hermano te haya convencido para que te unas a nuestra pequeña excursión. Quiero presentarte a dos nuevos amigos, Maese Mazan, del Reino de Aglarond, y Varyamo Lintesereg, Capitán de Gondor y Arnor- dijo Gielperi, en cuyo bello rostro volvía a asomarse una dulce sonrisa. Mazan y Varyamo saludaron con la mayor cortesía a Vareth, quien a pesar de la cordialidad del ambiente, se le notaba ligeramente incómodo, quizás poco acostumbrado a tales recibimientos y muestras de cariño por parte de los Elfos.
-¡Salve Vaereth! Gielperi os tiene en muy alta estima, y nos ha hablado maravillas de vos y de vuestro arte. Por ello espero que esta noche nos concedáis el honor de deleitarnos a todos con una de vuestras famosas canciones. También nos ha contado que procedéis de una tierra lejana de la que nunca había oído hablar, Varendia, según nos ha contado Gielperi. Me gustaría mucho que me hablárais de vuestra tierra y de vuestro pueblo, que sin duda ha de ser excepcional- dijo Varyamo.
-Me sentiría honrado de ello, aunque me temo que os aburriría profundamente…- replicó Vaereth, aunque no tuvo tiempo de terminar su frase. En ese momento, apareció Olostarin, llamándolos a gritos.
-¡Llevo un buen rato esperándoos en las puertas de palacio para comenzar nuestra visita a Cadraldôst! Dáos prisa, que el mediodía está cercano, y hemos de estar de vuelta antes de la caída del sol- dijo alegremente el elfo.
Todos lo siguieron, y a las puertas del Telminton vieron que un grupo de sirvientes del Rey los aguardaban con sus caballos preparados y ensillados. Para Mazan, habían ensillado un pony, que el Enano montó sin problemas. Cuando todos hubieron montado, Olostarin se puso a la cabeza de la comitiva, y se encaminó hacia el norte, por una senda que atravesaba un frondoso y hermoso bosque. El camino estaba cubierto con las hojas amarillentas que habían caído de los árboles, y a izquierda y derecha se veían muchas plantas y flores, a cual más bella, aunque la mayoría de ellas eran desconocidas para Varyamo, Mazan y Vaereth. Una ligera brisa sacudía las copas de los árboles, y un susurro, casi impercetible, se extendía por todo el bosque. Al principio, ninguno de los tres viajeros se percató de su presencia, pues estaban ensimismados con la belleza del bosque y las suaves y embriagadoras fragancias que desprendía, y sólo oían el golpeteo de los cascos de los caballos contra el suelo, sonido que en la quietud del bosque resonaba con muchos ecos. Sólo después de que llevaran un rato galopando por el laberíntico sendero, Varyamo, Mazan y Vaereth percibieron el susurro de los árboles, y los tres quedaron aún más maravillados. Gielperi y Olostarin se dieron cuenta de ello, y sonreían mientras intercambiaban miradas cómplices.
Al cabo de un rato, el bosque se fue haciendo menos espeso a ambos lados del camino, y éste dejo de serpentear entre los árboles para avanzar en línea recta hacia un gran edificio esférico coronado por una inmensa cúpula de cristal que brillaba con el sol del mediodía. Sin embargo, no era un brillo enceguecedor, no al menos para ojos amigos, y de su interior emanaba un ligero resplandor rojizo que sorprendió a Varyamo, Mazan y Vaereth. La cúpula estaba sostenida por muchas columnas de piedra, poderosas como los cimientos de la tierra, y de ella colgaban muchas enredaderas y parras en las que había flores de todos los colores. Esa visión alegró el espíritu de Varyamo, quien en ese instante volvió la cabeza a la derecha, buscando a Gielperi, y sus ojos se cruzaron una vez más, pues la joven elfa lo llevaba observando detenidamente un largo rato, y cuando se encontró con los ojos marrones de Varyamo, sonrió dulcemente y sus ojos brillaron, iluminando su rostro en la penumbra del sendero. En ese momento, Narudud, habló a los demás, y su voz se elevó por encima del ruido de los cascos de los caballos, y todos la pudieron escuchar alta y clara.
-¡Éste es el Cadralda-Agar, el santuario en el que reposa el Árbol Rojo de Cadraldôst, símbolo de nuestra ciudad! Se os ha concedido un gran honor, pues hasta ahora ningún extranjero que no fuera un Elda lo ha contemplado. ¡Deleitáos con su visión, pero tened cuidado de no acabar embriagados completamente por su belleza, o jamás querréis marcharos!-
La voz de Calenên sonaba distinta, era dura y altiva, orgullosa y cálida. Parecía como si algo hubiera obrado en él al contemplar el Cadralda-Agar, como si en él hubieran emergido recuerdos de un pasado distante que creía enterrados para siempre. Un cambio que advirtieron los demás, pues su figura ahora se asemejaba a la de los más grandes y poderosos Reyes Elfos del pasado, una figura ante la cual las demás palidecían o se veían insignificantes.
El bosque terminó bruscamente, y el grupo salió a un gran valle en cuyo centro se alzaba la majestuosa mole del Cadalda-Agar. Al principio, tanto Varyamo, como Mazan y Vaereth tuvieron que apartar la mirada, pues tras cabalgar un rato en la penumbra del sendero del bosque, sus ojos tardaron en acostumbrar a la radiante luz del mediodía. El grupo se detuvo a unos quinientos metros del Cadralda-Agar, demontaron, y con Olostarin a la cabeza, se encaminaron al santuario. Los soldados que custodiaban su entrada ya les habían salido al paso para impedirles continuar, pero en ese momento, Narudud se adelantó. Los guardias titubearon un momento, pero finalmente se colocaron a ambos lados del sendero en una actitud muy respetuosa. Varyamo se preguntó si acaso había llegado algún mensaje de Anfalas anunciando que se les permitía la entrada a los viajeros, o que si acaso había sido el semblante de Calenên, en el que se reflejaba la majestad de su alto linaje, el que había infundido semejante respeto a los soldados. Cuando dejaron atrás a los guardias, Narudud comenzó a explicar brevemente la historia del Árbol Rojo a los viajeros.
-El Árbol Rojo es el símbolo de Cadraldôst, como sin duda habréis supuesto, pues su imagen aparece bordada en nuestras banderas y túnicas, y está grabado en los escudos de nuestros soldados y en las piedras del Telminton. El que vais a ver ahora se plantó en los días de la fundación de la ciudad, en la Segunda Edad, pero no es más que un esqueje del árbol que florecía en las tierras donde otrora vivía nuestro pueblo, en el lejano Bosque de Taurëruin, muy al norte del Mar de Rhûn… - por un momento, la voz se le quebró a Narudud, pues el peso de muchos recuerdos dolorosos de años incontables había caído sobre él, y lo abrumaba. Gielperi se acercó a su hermano y lo abrazó, secando las lágrimas de sus ojos. El resto calló y no dijo nada; un silencio reverencial los dominaba, pues tal efecto habían tenido las palabras de Calenên. El elfo recuperó la compostura, y aunque no tenía por qué hacerlo, se disculpó con los demás.
-Perdonadme amigos. Me ocurre esto al pensar en el recuerdo del hogar perdido de Arador, en la otrora imponente, ahora arruinada, ciudad de Mellon Vilya, y en los hermosos árboles que crecían en el Bosque de Taurëruin. Pero la ruina le llegó a nuestro pueblo, y fue entonces cuando nuestros abuelos –dijo, abrazando firmemente a Gielperi- decidieron partir en busca de un nuevo hogar, no sin llevar un esqueje del Árbol Rojo. Sus extraños reflejos rojizos se deben a que, junto a sus raíces, yacía enterrado un brazalete de poder de un ser poderoso, Taureon, el Maia de los Bosques, que habitaba con nuestro pueblo. Fue una larga marcha a través de las tierras áridas, los desiertos y las montañas, pero finalmente llegamos a la desembocadura del río Nennellë, donde hallamos nuestro nuevo hogar-
Cuando Narudud hubo terminado de hablar, nadie se atrevió a pronunciar palabra alguna, y no había tampoco ningún ruido del bosque que rompiera el silencio sepulcral que se había adueñado del valle. Sonriendo, Calenên hizo una seña a los demás para que lo siguieran, y se encaminaron de nuevo hacia el Cadralda-Agar. Las columnas que sostenían la impresionante cúpula eran lisas, y no había en ellas ninguna inscripción, pues sobre ellas pesaban muchos sortilegios, y cualquier herramienta que osara intentarlo caería rota en mil pedazos al primer impacto, incapaz de causar ni el más leve arañazo en la piedra. Por cada columna, subían cientos de enredaderas en las que había muchas plantas y flores de todos los colores imaginables que reflejaban la luz del sol, y el interior del Cadralda-Agar brillaba con tonos dorados y plateados, amarillos y verdes, pero sobre todo rojizos. Las columnas estaban coronadas por unos hermosos capiteles sobre los que sí había talladas muchas imágenes, todas referentes a la historia del Árbol Rojo y al éxodo del pueblo élfico hasta Cadraldôst. Varyamo, Mazan y Vaereth seguían cautivados por las palabras de Calenên, aunque ello no les impedía quedar maravillados por la majestuosidad del Cadralda-Agar.
Atravesaron la cúpula y llegaron a un hermoso jardín, más hermoso que cualquiera de los que Varyamo, Mazan o Vaereth habían visto hasta entonces, incluidos los bellos jardines del Telminton. Una gran sensación de paz y serenidad inundó sus corazones mientras caminaban por las calles y avenidas de estos jardines, pues tenían la sensación de que nada malo podría ocurrir allí. Gielperi, que se había separado de su hermano nada más entrar en el Cadralda-Agar, caminaba ahora junto a Varyamo, abrazada a él, recostando la cabeza en su hombro. Lentamente, el grupo se fue acercando al centro del jardín, donde reposaba el Árbol Rojo, que brillaba débilmente a la luz del mediodía. A su alrededor, se había levantado un pequeño panteón, con muchas fuentes y bancos tallados en la piedra. Calenên se adelantó y habló a Varyamo, Mazan y Vaereth.
-Amigos, el Rey Anfalas os ha concedido un gran honor, pues vais a ser los primeros mortales que contemplen el Árbol Rojo desde la fundación de Cadraldôst. Pero habéis de tener cuidado, como os dije antes, y no os dejéis embriagar completamente por su belleza, o no querréis marcharos nunca de este panteón-
Las palabras de Narudud no hicieron mella en los corazones de Varyamo, Mazan o Vaereth, que se dirigieron con paso firme hacia el Árbol Rojo, y junto a ellos caminaban, respectivamente, Gielperi, Olostarin y Narudud. Los dos Hombres y el Enano quedaron absolutamente maravillados por la belleza del Árbol Rojo, observándolo ensimismados en sus propios pensamientos. Pues por algún extraño sortilegio, la visión del Árbol Rojo les hizo a cada uno mirar en su interior, en sus propios recuerdos, sueños y anhelos. A Vaereth le llegaban recuerdos de la lejana Varendia; Mazan veía a una gran tropa de Enanos partiendo de Aglarond con rumbo a Moria, restaurando las grandes estancias y salones de sus padres. Varyamo veía la gloria de Gondor, con una esplendorosa Minas Ithil reedificada que brillaba bajo la luz de la luna en el sur de Ithilien. Pero también veía una antigua ciudad de muros blancos erigida sobre una colina situada en un valle profundo, y a su alrededor se extendía un gran desierto salino. Aunque la mayor parte de la misma se hallaba abandonada y en ruinas, su Ciudadela aún conservaba la gloria y esplendor de antaño, y en ella se alzaba, altiva y orgullosa, una gran torre blanca en la que ondeaban unos pendones raídos por el tiempo. Varyamo intentaba descifrar esa visión cuando volvió a la realidad, y se encontró mirando el bello rostro de Gielperi, aún más hermoso con los brillos rojizos del Árbol Rojo reflejándose en él.
Como les había dicho Calenên, les costó mucho a Varyamo, Mazan y Vaereth separarse del Árbol Rojo, pero finalmente, prácticamente arrastrados por Gielperi, Olostarin y Narudud, los tres abandonaron aquel lugar bello y mágico, aunque en sus corazones siempre les quedaría la extraña fascinación que el Árbol Rojo ejerció sobre ellos. Muy lentamente al principio, pues cada paso que les alejaba del Árbol Rojo era más fácil de dar que el anterior, el grupo regresó al lugar donde habían dejado los caballos, que habían sido atendidos por los soldados de la entrada. Los viajeros miraron de soslayo por última vez el Cadralda-Agar, y la pena los inundó, pues sabían que no podrían volver a verlo nunca más.
[Editado por Aragorn_II el 04-03-2010 13:41]
[Editado por Aragorn_II el 05-03-2010 16:32]
La visita al Árbol Rojo de Cadraldôst había sido sin duda la mejor manera de comprender los sentimientos de las buenas gentes de esta tierra, para Mazan, esta extraña y poco frecuente excursión resultó ser toda una lección de majestuosidad y de amor por la belleza, belleza que núnca antes el Enano había disfrutado en tal magnificiencia, salvo en las paredes cristalinas de los lagos subterraneos de Aglarond y las desafiantes formas de sus estalagmitas y estalagtitas, o en las grandes galerías del Reino Bajo la Montaña, pero Mazan estaba obligado a admitir que todos esos logros, consagraba la perfección de los Primeros Nacidos. Y aunque el Naugrim no lo hiciera en público, se delataba al palidecer en silencio durante incontables segundos, con la cara atónita y el rostro iluminado cómo si del descubrimiento de una nueva galería cargada de gemas brillando en perfecta armonía fueran sus vistas.
Durante toda la visita Mazan se había situado prudentemente un poco detrás de Varyamo y junto a Vaereth, el cuál tampoco abría mucho la boca. Ninguna interrupción propuso Maese Mazan al inspirado nieto del Rey Eldar, y mucho menos impertinó a la hermosa elfa, escucho atentamen todas las palabras que con orgullo llegaron a sus oidos y disfruto apaciblemente de la visita, pero en el momento que el brillo del Arol Rojo lleno de luz los ojos de Mazan, su mente comenzo a pensar claro, teniendo lugar un suceso de acontecimientos pasados y sueños futuros que el Enano disfruto en silencio, sin duda las palabras de Calenên agradaron su corazón pero el elfo se apenaría en saber que en el corazón de Mazan se añoraba demasiado las Cavernas Centelleantes como para detener su viaje junto al calor del Árbol Rojo eternamente.
Cuando hubieron llegado todos hasta la zona donde tenían los caballos, Mazan se acerco a Varyamo, y llamó su atención cortesmente.
-Amable Varyamo... He disfrutado mucho con está visita y en su trascurso he recordado las pocas lagunas que tengo en mi mente y quizás gente tan sabia como la que nos rodea pueda
acallar mis dudas, se trata sobre algo que llevo en mi carro, ¿Con quién de estás buenas gentes me aconsejarías hablar si los asuntos a conversar se trataran de minerales y piedras?.
-!Vaya Mazan!, cada día me sorprenden más las cosas que salen de tu asesada mollera maestro enano y he de decir que esta vez me temo que no tengo respuesta, pero he de suponer que Olostarin podría ayudarte...- Intentaba responder el capitán de Gondor al siempre interrogante Enano.
-Entiendo, mi Señor Varyamo, y gracias, intentare buscar el momento para hablar con Olostarin, tan pronto como su siempre ocupada cabeza disponga del tiempo necesario para otorgarme su atención.
-Si, pero tenga cuidado con el Señor Olostarin Maese Mazan.- Apuntilló Varyamo con un tono entre alarmante y cómico, algo que el Enano no parecía entender.
Ya una vez que salieron del templo que ocultaba la preciada joya de los elfos de Celebros, un pequeño viento sopló del oeste. Los caballos esperaban en las afueras y el sonido de los pájaros cantores se escuchaba entre las ramas de los árboles.
Para Narudud la visita al árbol había sido una dura prueba, sobre todo cuando le narró a Varyamo, Vaereth y al enano Mazan la historia del árbol y de su pueblo. Una lucha se había producido en su interior a consecuencia de la pugna que su otro yo, el elfo que aún atesoraba en su interior los recuerdos de niñez, mantenía con el yo actual, aquel ser errante de mirada sombría y recuerdos borrados, algo que le sucedía a menudo en las últimas semanas.
- ¿Estás bien, hermano? – preguntó Gielperi, poniendo una mano sobre su hombro.
Narudud miró con ternura a su hermana. Había agradecido interiormente el abrazo tierno que ella le había dado dentro del templo. La admiraba, pues el corazón de la joven jamás albergaba ningún atisbo de pesar y de malos pensamientos, ni angustias ni odios.
- No te preocupes. Estoy bien – le respondió, poniendo la mejor sonrisa posible.
Varyamo y el enano conversaban delante de ellos y también lo hacía Olostarin con el tímido Vaereth. Gielperi se adelantó, sonriendo.
- No os cortéis. Compartid entre todos la fascinación que el árbol ha ejercido en vosotros – sugirió la elfa mientras se acercaba a Varyamo.- Lo veo en vuestros, caballero. Nunca olvidaréis la belleza del árbol.
El capitán gondoriano se sonrojó levemente. Aunque Narudud no supo si su turbación era debido al comentario de su hermana o a la simple proximidad de ella. El elfo sonrió y olvidó momentáneamente sus pesares.
- Creo que nuestro amigo Varyamo no regresará a Minas Tirith y se quedará a vivir para siempre en Cadraldôst. Y lo mismo harán el buen Mazan y el zahorí – bromeó Narudud.
El enano carraspeó, turbado.
- Mi viaje no se detiene aquí, sino que va más allá, hacia el este – aseguró Mazan, casi sin pensar. Aunque, para evitar que malinterpretarán sus palabras, añadió – No me malinterpretéis, señor elfo, el Árbol es maravilloso y las estancias élficas muy cálidas, pero no puedo detenerme en vuestra ciudad. Mi deber me lleva a Ambaron.
Narudud suspiró. ¿Qué asuntos le llevarían al enano al este?
- Ambaron entraña muchas calamidades para alguien acostumbrado a la templada Tierra Media – les informó el elfo.- Debe de ser algo muy importante para adentrarse por las desérticas tierras. Aunque me temo que nuestro amigo Vaereth no estará de acuerdo conmigo.
Las palabras de Naruddud calaron hondo en el corazón del Enano, que había mantenido en secreto los motivos de su largo viaje hacia el este, pero que llegado el momento, era consciente de las dudas que el mismo tenía al respecto, y supuso que quizá estos nobles y altivos elfos poseían conocimientos que tal vez, y sólo tal vez, el maestro Enano desconocía.
El enano carraspeó, turbado.
- Mi viaje no se detiene aquí, sino que va más allá, hacia el este – aseguró Mazan, casi sin pensar. Aunque, para evitar que malinterpretarán sus palabras, añadió – No me malinterpretéis, señor elfo, el Árbol es maravilloso y las estancias élficas muy cálidas, pero no puedo detenerme en vuestra ciudad. Mi deber me lleva a Ambaron.
Narudud suspiró. ¿Qué asuntos le llevarían al enano al este?
- Ambaron entraña muchas calamidades para alguien acostumbrado a la templada Tierra Media – les informó el elfo.- Debe de ser algo muy importante para adentrarse por las desérticas tierras. Aunque me temo que nuestro amigo Vaereth no estará de acuerdo conmigo.
-En cierto modo no me siento comodo conversando estos temas con un elfo, pero he decir que se ha depositado mucho cariño y confianza en este viejo enano, y mi obligación moral ya no me impide contaros los motivos de mi viaje al este.- Suspiró el enano. - Mi destino se encuentra en Sein Cair Andros, mi señor. Allí he de encontrarme con una joven a la que he de llevar una piedra bastante interesante que llevo en mi carro, pero poco más se de las propiedades de ésta, pues núnca antes había encontrado nada parecido bajo Cuernavilla, y como es bien sabido, nosotros los Enanos de Aglarond nunca hemos profundizado muy hondo en las Cavernas Centelleantes, su belleza nos lleva a no mancillar su estampa, pero lo cierto es que esta roca de la que os hablo parece tener ciertas propiedades energéticas que no me atrevería a descifrar, eso sí, una cosa es segura, quien sea el interesado en ese ejemplar ha pagado una importante suma.
[Editado por Finlaure el 04-03-2010 15:19]
Varyamo estaba junto a su caballo escuchando la conversación entre Mazan y Narudud, cuando de repente, oyó al Enano hablar de su destino, Sein Cair Andros. Varyamo había temido ese momento, lo había retrasado todo lo posible, pero sabía que había llegado el momento de decidirse: partir junto a Mazan hacia Sein Cair Andros en busca de noticias de su padre, y también de los descendientes del Reino Unificado, o regresar a Minas Tirith cuando concluyera la fiesta de Cadraldôst. Para su sorpresa, el trance le resultó mucho más sencillo de lo que había temido, y cuando el Enano terminó de hablar, agregó.
-Maese Mazan, tu camino es largo y peligroso, y si me lo permitís, ahora soy yo el que solicita acompañarte en tu viaje, pues desde hace largos años no deseo otra cosa con más ansia que llegar a las tierras del Reino Unificado, y muy especialmente, a la ciudad de Sein Cair Andros. Es mi destino, que he demorado ya demasiado tiempo-
-Mi buen Varyamo, hace dos semanas en Osgiliath me permitiste que formara parte de tu compañía sin conocerme, y en este tiempo ha crecido entre ambos una gran amistad. No seré yo el que te niegue la posibilidad de cumplir tu destino, es más, será un placer y un honor disfrutar de tu compañía. El viaje, como dices, es largo, y muy peligroso, pues no dispongo de un mapa reciente de Ambaron, sólo unas vagas indicaciones. Y por lo que he oído, cruzar los Mares de Fuego ha de ser una empresa realmente peligrosa. Pero la acometeré mejor con tu compañía- rió Mazan.
Sin embargo, tanto Varyamo como el Enano dejaron de reír cuando se percataron del tono grave y serio que había adquirido el semblante de Narudud.
-Atravesar el desierto del Eärnar es algo más que una empresa realmente peligrosa, Maestro Enano. Afortunadamente para vosotros, amigos, estamos en una estación templada, pues el nombre de Mar de Fuego sin duda hace justicia a esas tierras. Más de mil millas, muchas más, son las que hay entre Cadraldôst y lo que antaño fue el territorio del Reino Unificado. Ah, el Reino Unificado, se cuenta que fue un Clan muy poderoso en el que miembros de todos los Pueblos Libres de Arda convivían en paz y en perfecta armonía. Paladín de la justicia y la verdad en la Tierra Olvidada, hogar de muchos sabios que atesoraban grandes conocimientos. Tierra de hermosas y grandes ciudades en las que se podían escuchar las risas de los niños entremezcladas con poemas y canciones hermosas de la más diversa índole, cantadas o recitadas en muchas lenguas distintas. Hace casi un siglo que el Clan como tal desapareció después de que el clima de aquella región cambiara, y tras muchos combates con las tropas del poderoso Imperio de Haddar y que llevaba muchos años acosando el Sur del Reino Unificado. Como bien sabrás, Vayamo, hace cien años, poco antes de la victoria de Cadraldôst y Gondor sobre el Señor de Rhûn, muchos de los habitantes del Reino Unificado abandonaron sus hogares y emprendieron un largo éxodo hacia el Oeste. No fueron pocos los que murieron en la travesía del Mar de Fuego, pero finalmente llegaron a Gondor, y se establecieron allí, fundando la Marca Verde. Según se cuenta, los últimos ejércitos del Reino Unificado libraron una gran batalla contra las tropas de Haddar. Las tierras de Enyelost y los Valles del Sirinieldon se bañaron con la sangre de los miles de muertos en ambos bandos, y los ríos se tiñeron de rojo, y durante varios días no se pudo beber de ellos, pues la batalla fue encarnizada y cruenta. Se dice también, aunque creo que sólo son habladurías y leyendas, que el ejército del Reino Unificado lo capitaneaba un Hombre que portaba una espada negra, terrible y poderosa, que segaba las almas y espíritus de sus enemigos además de darles muerte. Y también se cuenta que, cada vez que la hoja bebía la sangre de alguno de los soldados de Haddar, en el campo de batalla se podía escuchar una risa profunda y terrible que aterrorizaba hasta los huesos a los atacantes y enardecía los ánimos de los defensores. Allí cayó Haddar, y al ver a su Emperador muerto, sus ejércitos se dispersaron y el Imperio se disgregó y cada una de las ciudades Haddaryai declararon su independencia, y durante años lucharon entre sí. Y esto permitió que los ciudadanos del Clan que habían decidido regresar al Oeste lo pudieron hacer a salvo- dijo Calenên, ante la asombrada mirada de Varyamo y Mazan.
Varyamo no podía dar crédito a las palabras de Narudud, pero en su corazón sentía que eran ciertas. Ahora, entendía por qué en la gran biblioteca de Sinya Gulniquë, en la que se guardan tantos volúmenes sobre la historia del Reino Unificado, no hubiera ni el más ligero indicio de por qué el anciano Eärondûr y los suyos habían decidido regresar al Oeste. También entendía ahora el pesar que veía en los ojos de los más ancianos habitantes de la Marca Verde cuando les preguntaba por su padre o les pedía que le contaran cómo era la vida en la lejana Tierra Olvidada.
-¿Cómo sabes tantas cosas del lejano Este? Has dicho que el Clan desapareció, pero… ¿sabes algo de Sein Cair Andros, la Estrella del Norte?- preguntó ansioso Varyamo.
-He viajado mucho al este en los últimos años, y he visitado Adudran e incluso he visto de lejos las ciudades de Meluvenorë y Enyelost. Sin duda, otrora fueron hermosas y orgullosas, pero hoy yacen abandonadas a la voluntad de los elementos, sin manos hábiles que reparen los daños producidos por el paso del tiempo. Al menos era así la última vez que las divisé, pero han pasado ya largos años desde entonces. Muchas plagas y enfermedades azotaron esas tierras poco después de que los habitantes del Reino Unificado las abandonaran, y hay quien vio en ello la acción de los Valar. Sobre Sein Cair Andros… -al pronunciar este nombre, Calenên hizo una breve pausa- sé muy poco. Nunca la he visitado, pero se dice que resistió a los ataques de las tropas de Adudran, y que permanece aún, libre e independiente, bajo el gobierno del Duque Aduelen. Sin duda, todos los descendientes del Reino Unificado que aún queden en el este, han de estar allí- respondió Narudud.
Varyamo se quedó pensativo un momento, intentando asimilar las noticias que le había dado Narudud. Mazan también calló, aunque no se amilanó.
-Mi señor Narudud, sombrías sin duda son las noticias que nos habéis dado, pero nunca un Enano se amilanó ante ningún peligro si tenía una misión que cumplir. A pesar de todo, sigo decidido a ir a Sein Cair Andros a entregar la piedra-
-Yo también iré, y aunque estas noticias me han apenado profundamente, también han fortalecido mi ánimo y mi corazón, pues mi padre vivió muchos años en esas tierras e incluso llegó a ostentar el título de Duque de Sein Cair Andros. Por lo que, en la medida de lo posible, he de ayudarlos- dijo Varyamo.
-No esperaba menos de ninguno de los dos. Yo también voy a regresar al este, mis días en Cadraldôst llegan a su fin. Y creo que necesitáis a alguien que conozca algo más la tierra a la cual queréis adentraros así que estoy decidido a acompañaros en vuestro viaje y ayudaros en vuestra búsqueda- replicó Calenên, resuelto y decidido. Era lo que mejor podría hacer, presentía que algo se movía en el este. El extraño cargamento del enano que debía llevar a Sein Cair Andros podría significar que en aquella ciudad olvidada encontraría respuestas. – Sin embargo, creo que por el momento lo más apropiado es que mantengamos el secreto, al menos hasta que concluyan las celebraciones. Continuemos con nuestra visita a la ciudad y disfrutemos esta noche de la fiesta-
Los tres estuvieron de acuerdo. Montaron, y a ellos se les unieron Olostarin, Gielperi y Vaereth, y juntos se internaron nuevamente en el sendero del bosque. Cabalgaron en silencio y rápidamente, tardando poco en llegar al Telminton. Desde allí, avanzaron por una gran avenida que los conducía al Este, hacia el Neldegor, el puente que unía la isla de Ramegor con Falassen, la ribera oriental del río Nennellë. En una colina boscosa se amontonaban muchas casas de madera, hermosas todas ellas, pues en esa zona vivían la mayoría de los artesanos y orfebres de la ciudad. En lo alto de la colina, se alzaba una hermosa torre de piedra coronada por una cúpula de cristal. Los viajeros desmontaron de los caballos, a los que dejaron pastar y trotar libremente junto a la ribera del río, y cada uno tomó un rumbo diferente. Olostarin acompañó a Mazan a visitar a los artesanos más renombrados de Cadraldôst, Vaereth se quedó sentado en un banco de piedra componiendo una nueva canción, mientras que Narudud y Gielperi llevaron a Varyamo a lo alto de la colina.
-Esta torre no es una atalaya defensiva, como ya habrás supuesto, Varyamo. Es el más importante observatorio astronómico de la ciudad, y su nombre es Elminton, la Torre de las Estrellas. Desde lo alto de esta colina se pueden contemplar las estrellas sin que molesten las luces de la ciudad, pues el bosque que se extiende a sus pies actúa como barrera natural ante ellas- explicó Narudud, quien fue a hablar con el astrónomo mayor.
-Muchas noches vengo hasta aquí, sola, para poder contemplar la belleza de la obra de Varda, pues nada regocija más mi corazón que disfrutar en soledad de la luz de las hermosas estrellas de Tintallë bañando mi cuerpo, con la brisa fresca de la noche sacudiendo mi rostro y con el suave rumor del Mar de Rhûn como único ruido perceptible- dijo Gielperi, y añadió en un susurro- Sin embargo, si quieres, nada me haría más feliz que el que me acompañaras aquí esta noche y juntos contempláramos tan hermosa creación-
-Mi querida Gielperi, no sé qué decir… -titubeó Varyamo ante la belleza de la elfa- Por supuesto que os acompañaré- dijo con una sonrisa, y la abrazó con fuerza.
Cuando Narudud regresó, los tres bajaron a reunirse con los demás, que los esperaban junto a los caballos. Al verlos, Mazan exclamó.
-¡Amigo Varyamo! Extrañas gentes son estos Elfos, aunque maravillosos y de dedos gráciles y muy habilidosos. He contemplado creaciones en madera y metal tan hermosas que ya han quedado grabadas a fuego en mi corazón y en mi mente. Cuando llegué al mercado ayer por la mañana vi objetos bellos, pero hasta esos palidecen en comparación con aquellos que he tenido el privilegio de observar ahora. En verdad, entiendo a estos artesanos, si yo fuera capaz de obrar maravillas como las suyas, también las guardaría, y no las vendería ni por todo el oro de la tierra. ¡Espero poder volver algún día a contemplar obras tan bellas!-
-Me alegra que tu camino haya sido provechoso, mi buen Mazan- rió Varyamo.
-¿Y el tuyo lo ha sido?- preguntó Olostarin, con una sonrisa burlona.
-Más que el tuyo, te lo aseguro- replicó Gielperi, riendo.
Cuando los seis hubieron montado, desandaron sus pasos, y cruzaron nuevamente el Neldegor. Atravesaron las calles de Ramegor, ahora vacías pues era la hora de comer, y llegaron al extremo occidental de la isla, donde se encontraba el Attangor, el puente que unía las islas de Ramegor y Aradol. Los viajeros no tardaron en llegar al centro de la isla, una profunda depresión en cuyo centro se hallaba un lago de aguas claras, el Lindan. A su alrededor se disponían los edificios más importantes de la isla. Todos eran de piedra, altos y hermosos, y estaban cubiertos por una densa capa de musgo, y muchas enredaderas subían por ellos hasta la cima de las altas torres. Narudud condujo a los demás a un pequeño prado situado en la parte más septentrional del lago. Allí, en la hierba que crecía junto a las tranquilas aguas del Lindan, y a la sombra de una poderosa torre de guardia, los seis degustaron una comida deliciosa que había sido preparada por los cocineros personales de Anfalas. Decidieron pasar las pocas horas libres que tenían antes de que comenzara la fiesta allí, a orillas del lago.
[Editado por Aragorn_II el 19-03-2010 16:32]
[Editado por Aragorn_II el 23-03-2010 19:46]
[Editado por Aragorn_II el 04-05-2010 14:02]
[Editado por Aragorn_II el 16-10-2011 20:57]
La tarde transcurría serena y los tonos del cielo desde la montaña, parecían teñirse de sangre, oro y plata a medida que Anar en lo alto, hacía su viaje infinito hacía las tierras de Aman una vez más.
En letanía y con la vista perdida hacia el sur de las Ered Mithrin, un hombre murmuraba a si mismo:
"El tiempo ha transcurrido y nuevamente noticias lejanas me traéis querido amigo"
Al mismo tiempo el lomo blanco de crines oscuras de su fiel compañero se apoyaba sobre su hombro derecho.
"Asi es, Nixelotë... Pronto nos tocará de nuevo caminar entre muchos. Partimos al amanecer"
Seguía soplando la brisa fría de las altas montañas y Earendil en su barca comenzaba a brillar. Aun el viento ululaba secretos al oído del medio elfo.
El tiempo era muy agradable y el aire traía el olor de la fiesta. En el cielo, algunas nubes salpicaban y ocultaban el limpio azul y los cálidos rayos del sol. Tras una mañana intensa de recorrido por la ciudad y tras haber comido copiosamente, era el momento de descansar.
Durante unos minutos nadie dijo palabra alguna, quizás algunos estaban envueltos en sus temerosos pensamientos. Ni siquiera la elfa Gielperi pronunció palabra alguna, embelesada mirando las tranquilas aguas del lago. De vez en cuando miraba de reojo al joven Varyamo y comprobó que tenía el semblante serio y la frente arrugada por el esfuerzo que estaría haciendo su mente en aclarar sus ideas. En realidad se enfrentaba a su pasado con su disposición a acompañar a Mazan a Sein Cair Andros y en su interior tenía la leve esperanza de encontrar noticias sobre su padre.
En ese momento, una vez los distrajo. Cuando alzaron la vista, se encontraron con un joven de ojos grises y cabello rubio. Era Eärondûr.
- ¿Qué hacéis holgazanes? La fiesta está a punto de empezar – informó risueñamente.
El enano se levantó de un brinco y se acercó al recién llegado.
- ¡Por todas las barbas de los dioses! ¿Dónde os habíais metido? No os hemos visto desde que llegamos a esta ciudad.
- Ayer estuve todo el día visitando la ciudad y esta mañana he estado en compañía de algunos bardos. Los elfos son gente curiosa y tienen miles de historias que contar.- Entonces Eärondûr se percató de la presencia de los acompañantes de Mazan y Varyamo. Éste último, que se había levantando también, sonrió y se dispuso a presentarles.
- Amigo mío. Te presento a Gielperi y Calenên, nietos de los reyes. Y a Olostarin, un elda amigo de la familia.
Los elfos y el joven se hicieron una reverencia a modo de saludo.
- ¿Así que tú eres el amigo perdido? Muy mal por desaparecer sin dar señales de vida – regañó en tono de broma la elfa Gielperi, sonriendo alegremente.- Ahora que estamos todos, deberíamos ir a los jardines de Telminton, la fiesta no tardará en dar comienzo y nuestro fiel amigo Vaereth tiene la canción preparada para deleitarnos.
El joven zahorí palideció pero no dijo nada. Contaba los días para que la fiesta terminase y regresar al desierto, donde él se hallaba seguro.
Los siete dejaron los caballos en las caballerizas y volvieron a partir de regreso del Telminton en cuyos jardines tendría lugar el comienzo de la fiesta. Habían decidido esta vez dar un paseo hasta la isla donde se hallaba el palacio. Atravesaron la zona de mercado, en donde los distintos comerciantes seguían intentando vender sus productos. De repente una mano delgada agarró del brazo a Eärondûr. Cuando los demás se percataron vieron que un hombre con un extraño aspecto, envuelto en una capa que le ocultaba todo el cuerpo excepto los ojos y alguna zona de la cara, tenía agarrado a Eärondûr. Se alarmaron, el enano sacó su hacha y Varyamo su espada. Gielperi les detuvo.
- No os alarméis, nobles gentes. Sólo pretendo ofreceros mirar en el oráculo – dijo el extraño hombre encapuchado.
- Es un pitoniso. Miremos en su bola, será divertido – explicó Gielperi acercándose al hombre.
El puesto del pitoniso era igual a los demás aunque detrás del tenderete pudieron observar una especie de tienda de campaña.
- Gielperi, la fiesta dará comienzo dentro de poco – intervino Narudud, observando como los habitantes empezaban a marchar hacia la otra isla.
- Aún tenemos algo de tiempo. Vaereth actuará de los últimos. Eärondûr mirará primero en la piedra. - La joven no esperó confirmación de su hermano ni de los demás y casi literalmente empujó al joven gondoriano hacia el puesto del pitoniso. Éste ya había entrado en la tienda que había detrás del tenderete.
Narudud se encogió de hombros cuando vio que Gielperi y Eärondûr entraban también en la tienda, así que les indicó a los demás que tendrían que entra también.
En el interior se encontraron con una estancia en tinieblas, solamente el refulgir de algunos candiles daban algo de iluminación. El aspecto de la estancia era algo tétrica y algunos de ellos dudaron en entrar. El hombre encapuchado se había sentado en una alfombra que parecía ser bastante bien decorada pero la luminosidad del lugar tampoco dejaba decidir sobre la estética de la misma. En el centro de dicha alfombra había especie de bola, de cristal negro y pulido.
- La piedra vidente os mostrará algo de lo que ya ha pasado o de lo que está pasando, quizá algo que puede pasar o que os gustaría que pasase, o también algo teméis que ocurra. Alguna información que os ayudará o es posible que en cambio os perjudique. Un suceso que podréis cambiar o un acontecimiento que ocurrirá hagáis lo que hagáis. – Tras decir aquello, el hombre le indicó a Eärondûr que se sentase frente a él. Cuando el gondoriano lo hizo, el pitoniso pasó sus manos sobre la piedra y, entonces, ésta cobró vida y empezó a mostrar unas imágenes que sólo Eärondûr vio.
Lo primero que el joven vio en la piedra fue una cama que reconoció como la suya propia. Se vio a su mismo sobre ella y parecía descansar cuando una oscuridad turbia lo envolvió. Eärondûr intentó levantarse de la cama pero no podía y su rostro expresaba terror. Cuando lo consiguió, se dirigió hacia la ventana más cercana y la abrió de par en par. Era de noche y la luna brillaba con intensidad, algo que no duró mucho porque la oscuridad se la tragó literalmente. Esa misma oscuridad ocupó toda la superficie de la esfera para traer otra vez nuevas imágenes muy difusas, de ejércitos combatiendo y ciudades derruidas. Entonces, una vez resonó en su mente, una voz que Eärondûr ya había escuchado antes. “Cuida tus ojos. Cuídalos. Porque tarde o temprano, vendré a por ellos”
- ¿El siguiente? – susurró el encapuchado mientras Eärondûr se levantaba en silencio. Aunque apenas se veía los ojos del pitoniso. Olostarin notó que se posaban en él.
El elda se acercó lentamente hacia la alfombra y se sentó en ella. Rápidamente, la piedra negra empezó a cambiar su superficie. La piedra perdió su color negro y empezó a envolverse en tinieblas y mostró una especie de arboleda y un incendio. Gritos de horror se escuchaban por aquí y por allá. Provenían de elfos. Olostarin vio con espanto aquellas imágenes y, cuando iba a rechistar, entonces la visión cambió y vio a Mazan entregando una piedra como aquélla a una extraña mujer a la cual no pudo ver el rostro. Ésta sonreía mientras cogía la piedra negra y, de repente, sus ojos se posaron en los de Olostarin, malignos, mientras se reía a carcajadas. De pronto, la piedra perdió la visión y se volvió totalmente opaca.
- Ha terminado tu visión – susurró el portador de la piedra.
En silencio, Olostarin se incorporó y fue hacia atrás. Sus ojos se posaron en los del enano pero no dijo nada. Al lado, Gielperi dijo.
- Es el turno de Varyamo.
El capitán de Gondor se mostró reacio pero no le quedó más remedio que adelantarse hacia el misterioso hombre de la tienda. Un escalofrío le recorrió su cuerpo cuando se sentó enfrente de él.
Cuando el pitoniso retiró las manos de la esfera, ésta volvió a traer nuevas imágenes para mostrarlas a Varyamo. La piedra le mostró la imagen de un ejército que atravesaba un paso de montaña. No sabía cómo pero a la mente del joven le vino la palabra “Cilross”. Entonces vio el rostro de un hombre que Varyamo reconoció rápidamente como su padre cuando era más joven, el cual pronunciaba unas palabras que el gondoriano escuchó en su cabeza. “Estamos aquí porque representamos a la Justicia en esta Tierra en la que moramos. Udûn ha cometido grandes y horrendos crímenes, y por ello debe pagar.”. La imagen cambió rápidamente y volvió a ver a su padre, pero esta vez cómo él lo había conocido; estaba en lo alto de una torre blanca y blandía una espada negra. La visión volvió a cambiar y vio esa torre incendiada, pero las imágenes se sucedían rápidamente, vertiginosamente para mostrarle una última, a él mismo encima de esta torre junto a una dama; la elfa Gielperi. Pero no pudo ver más porque la piedra acabó por oscurecerse.
Cuando Varyamo no había hecho más que levantarse, Gielperi había empujado al joven zahorí hacia la alfombra. No pudo oponer resistencia por lo que se sentó en el lugar que acababa de ocupar Varyamo.
Vaereth no tuvo que esperar mucho porque la esfera volvió a cobrar actividad y rápidamente se vio sumergido en imágenes inquietantes. Lo primero que vio fue muchos barcos navegando en el gran océano y una tormenta que rompía a varios de ellos. Lo que vio a continuación le horrorizó, una terrible bestia, un descomunal monstruo que brotaba del fondo del mar y estrellaba los barcos sobre un acantilado. La imagen cambió rápidamente y le mostró Varendia, pero una Varendia diferente a la cual conocía, quizás alejada en el tiempo. La visión volvió a cambiar y esa vez le mostró a él mismo, atravesando el duro desierto salino, una tierra árida, la más árida de Ambaron. Entonces vio el desierto arenoso, a un hombre de tez tostada y mirada sombría junto a un carro lleno de barriles. Pudo leer lo una etiqueta, ponía claramente “Higos secos de Dassart”. La visión cambió precipitadamente y le mostró una selección de imágenes difusas aunque pudo comprobar que lo que mostraba era grandes ejércitos y edificios que eran incendiados.
Mazan miró los rostros de aquellos compañeros que ya habían visto lo que la piedra les quería mostrar. Por sus miradas, decidió que él no quería mirar en la piedra, pero Gielperi le tocó el hombro.
- Te toca a ti, amigo Mazan.
Aturdido se dirigió hacia la alfombra y se sentó frente al misterioso hombre. Este posó sus manos delgadas sobre la piedra y las retiró rápidamente. El enano creyó entender que el hombre susurraba unas palabras.
Lo primero que Mazan vio en la piedra fue a él mismo junto a una muchacha a la cual le entregaba el misterioso encargo que llevaba al este. La joven tenía el cabello caoba, largo y ondulado y los ojos verdes. La chica le miraba sorprendida pero aceptaba la entrega. La imagen cambió rápidamente y le mostró el desierto, un mar extenso de arena y dunas y, en el horizonte vio algo que parecía ser un ejército acercándose, la imagen se aclaró y comprobó que era una veintena de leones. Los animales desaparecieron y en el desierto vio a varias figuras acercándose sobre unos camellos. Se reconoció a si mismo entre ellos y también a Varyamo aunque la imagen cambió tan rápidamente que no pudo reconocer a nadie más. Ahora la visión mostraba una tierra demasiado árida, el suelo agrietado y cultivos quemados. Varios campesinos lloraban de angustia viendo sus campos perdidos. De repente, y sin previo aviso, vio algo espeluznante. Era un rostro sombrío, siniestro, de un hombre parecía ser. Este rostro le asustó tanto que se cayó de espaldas.
- ¡Maldición! – murmuró mientras se levantaba.
Gielperi sonrió viendo a sus compañeros aturdidos. Lo entendía pues nunca habían mirado en una bola de visión. Ella ya lo había hecho alguna que otra vez, aunque su pueblo no miraba con buenos ojos a aquel tipo de pitonisos.
- Calenên, es tu turno – le dijo a su hermano la elfa.
- Yo no. – A Narudud no le apetecía mirar en aquella esfera, no le daba buenas vibraciones.
- Debes mirar también, yo lo haré después de ti. Venga, vamos – insistió la elfa. Su hermano resopló y se encaminó hacia el hombre de la tienda. Se sentó en la alfombra.
La piedra seguía oscura cuando Narudud miró en ella y no parecía cambiar. Así estuvo algunos minutos mientras la piedra seguía negra, imperturbable.
- ¿Qué ocurre? – preguntó perplejo el elfo. Vio que el hombre se movía intranquilo mientras alargaba sus manos hacia la piedra para volver a tocarla.
El hombre siguió insistiendo pero la piedra parecía haber pedido su encantamiento. El pitoniso parecía realmente preocupado.
- Disculpad, esto no suele ocurrir nunca. La piedra siempre muestra imágenes. No sé qué ocurre.
- No querrá trabajar – dijo Mazan.
- No, no puede ser. Siempre muestra imágenes, siempre. Lo lamento.
Narudud se había levantado sorprendido. Se encontró con los ojos de su hermana y ésta se encogió de hombros.
- Otra vez será, mañana o pasado mañana regresaremos – dijo Gielperi.- Pero será momento de irnos a la fiesta. Me encargaré de que mi padre os pague, Palendor.
Cuando salieron de la tienda, Olostarin le dijo a Gielperi.
- Tu también te has librado de la visión, princesa.
La elfa sonrió.
- Yo ya tuve mi visión - respondió mirando distraidamente a Varyamo que estaba a su lado.
Los jardines del Telminton bullían con gran actividad. Pocas veces en sus años de vida aquel lugar había albergado a tanta gente, no sólo habitantes de la ciudad sino gran cantidad de viajeros que habían sido invitados a las fiestas del centenario. Cuando Gielperi y los demás se acercaron, pudieron escuchar una música agradable y reconfortante que ambientaba el lugar.
[Editado por aratir el 05-03-2010 16:19]