Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado

Finalizada 111 fragmentos Página 8 de 16
Fragmento 50 por aratir

Mientras Olostarin buscaba a Vaereth y Varyamo y Eärondûr seguían estudiando el mapa casi intentando memorizarlo en su mente, Mazan acompañó a Narudud a visitar a los Reyes.

Llegaron por segunda vez en el día a la Sala de Audiencias y, por tercera vez desde que Narudud había llegado a la ciudad roja, el elfo se enfrentó a su abuelo, que otrora había hecho las veces de padre. No sabía si por fortuna Mêlel había intercedido entre ellos pero la vez anterior había notado al rey más condescendiente que a su llegada a la ciudad.

Una amplia luz blanca iluminaba la estancia salpicada de columnas; los tapices en las paredes reflejaban historias pasadas e imágenes del recuerdo. Mêlel y Anfalas se incorporaron cuando entraron Narudud y Mazan e hicieron una reverencia como era costumbre, aún cuando les habían visto horas antes. Los reyes se sentaron a continuación y señalaron unos cómodos asientos a su derecha para que los recién llegados hicieran lo mismo.

- Salud, Calênen. ¿Habéis decidido ya la ruta que tomaréis? – preguntó Mêlel con la mirada grave pero bella al mismo tiempo.

- En efecto. Encontramos un valioso mapa del este, aunque quizás algo antiguo, pero nos sirvió para trazar la ruta más conveniente. Cruzaremos el ancho mar de fuego, primero hacia el Paso Gris del norte y luego hacia las Uileulca Mena, en el centro del desierto – les informó Narudud. - Hemos considerado que debemos evitar acercarnos lo menos posible a las tierras de Udûn.

- Sabia decisión. Aunque hace mucho tiempo que nada se sabe de la gente que mora esas tierras, las historias pasadas no invitan a aventurarse muy cerca de ellas – confirmó Anfalas. Acto y seguido, miró gravemente al enano.-Mas dime Mazan, ¿cuáles son esos asuntos que os llevan hacia las viejas tierras del Reino Unificado?

Mazan titubeó antes de hablar mientras notaba la mirada grave del rey sobre él mismo. Sin embargo, fue la mirada de la reina que pareció haber hechizado al enano y le había sumergido en un mutismo que se le prolongó durante minutos. Narudud intercedió entonces por él.

- Los pocos habitantes de la antigua ciudad portuaria Sein Cair Andros necesitan una mercancía de las minas de Aglabond, Melle.

Mêlel se agitó en su asiento y Mazan pareció salir de su hechizo al tiempo que carraspeaba.

- Sé lo que os aflige el corazón. – Mazan notó que la voz de la elfa retumbaba en su cabeza y pensó durante un momento que estaba imaginando que le hablaba, pero en realidad Mêlel hablaba en voz alta.- Sé que mirasteis en la piedra de visión y que las imágenes de éstas os turbaron. Aunque sólo Eru sabe los designios que traerán este viaje, únicamente los valientes de espíritu podrán llegar victoriosos a su destino.

- Así sea.- Narudud hizo una reverencia a los reyes y se incorporó.

- Todo está preparado para vosotros y un elfo os esperará en la orilla este del río con los camellos y todo lo necesario para el viaje antes de mediodía de mañana. Sed prudentes – dijo Anfalas mientras él y su esposa se levantaban para despedirles. - ¿Nos volveremos a encontrar Calenên?

El elfo notó la mirada severa de su abuelo sobre él, pero únicamente asintió e hizo la correspondiente reverencia. Mazan también se incorporó y saludó con una reverencia a los reyes elfos antes de abandonar la estancia detrás de Narudud.

Fragmento 51 por Thauld

No habían más que abandonado la Sala de Audiencias cuando se toparon con una elfa que iba encaminada decididamente hacia ellos. El corazón del enano casi se le salió del pecho cuando vio la melena caoba y los ojos verdes de la elfa, ahora que aún se sentía afligido por aquella visión, pero el corazón volvió de nuevo a su sitio, y aunque ciertamente la elfa se parecía bastante a la joven de su visión, no parecía ser exactamente la misma.

-Calenên, hijo de Araenên, el tiempo se ha bebido tu cordura si cierto es vuestro viaje más allá del Eärnar.- La melodiosa voz de Firye, dulce y sabia regenta de las Casas de Curación, era dura, al igual que su expresión y la mirada de sus ojos.

-La cordura aún la poseo, y creo que prestar ayuda no es síntoma de locura, sino algo de lo más honrado.-

-Los buenos actos no están reñido con la cordura, pues de buenos propósitos están prisiones y cementerios llenos. No veo ya en ti el niño al que vi crecer, mucho has cambiado en estos años y parece que has perdido el rumbo, dando tumbos con tu vida.-

-Sea o no lo sea, la decisión está tomada y mañana al mediodía partiremos. Así pues, este asunto ya no te concierne, aunque valoro tu preocupación.-

-Sea o no lo sea, el asunto me concierne. Anfalas y Mêlel me pusieron al corriente de tus decisiones, pues les preocupas, y visto que parece ser clara vuestra determinación a llevar a cabo tal empresa me pidieron que os acompañara en ella. Por el amor hacia ellos y hacia tus padres he aceptado, por mucho que a disgusto haya cambiado el niño que se ganó mi cariño. Así pues, mal que os pese, nuestros caminos se unen por vuestras decisiones.-

-Sea así pues.-

Fragmento 52 por Finlaure

Mazan no quiso decir nada ante esa aparición de la Señora Eldar Firye, de la que poco sabía el enano antes de ese encuentro, pero que ahora se había convertido en una nueva compañera para su viaje, y el hecho de recordarle tanto a la misteriosa mujer de la dichosa visión, el Maestro de Cuevas prefirió guardar silencio y ver que acontecería en el viaje.

Aunque algo estaba claro, la misión estaba tomando forma como la levadura que construye el pastel y la situación podría llegar al clímax de un momento a otro al parecer, según el comportamiento de Narudud, así que Mazan se despidió de ambos y marcho a sus aposentos encuanto tuvo oportunidad.

-Hasta mañana entonces Señor Calenên, espero que todo salga como está previsto. Cuidese mi Señora Firye, ha sido un placer conocerla y será de igual forma grata su presencia en mi empresa, hasta entonces.

[Editado por Finlaure el 17-03-2010 19:52]

Fragmento 53 por Aragorn_II

Varyamo y Eärondûr aún seguían estudiando el mapa de Ambaron cuando Vaereth los encontró. La mañana ya había declinado y el sol iniciaba su lento declive hacia el oeste. Sólo entonces, con la llegada del varante, Varyamo y Eärondûr se dieron cuenta del tiempo que habían pasado recordando las viejas historias que habían leído u oído de las lejanas tierras del Reino Unificado, y que ya se acercaba la hora de la comida. Con el mapa aún extendido sobre la mesa, Varyamo y Eárondûr le explicaron a Vaereth los detalles del viaje, y el joven estuvo de acuerdo en que la ruta que habían decidido tomar era la más prudente.

-Sin embargo, puede que en el Eärnar haya que dar alguna vuelta, pues atravesar el desierto siempre es peligroso, y allí los planes que se trazan sobre un mapa pocas veces pueden cumplirse. Las arenas de los Mares de Fuego son muy traicioneras, y aún para un zahorí experto como yo pueden ser muy peligrosas. Las tormentas de arena son las más violentas que he visto en mi vida, son impredecibles y pueden durar muchos días. Y en el desierto rara vez se puede hallar un refugio en el que guarecerse. Además, toda el agua que uno pueda llevar al adentrarse en el Eärnar siempre es poca, y los escasos pozos y acuíferos que hay en su interior son muy difíciles de localizar- dijo seriamente Vaereth.

Varyamo y Eärondûr intercambiaron unas miradas sombrías pero decididas. A pesar de todos los peligros que los pudieran acechar, estaban dispuestos a afrontarlos, pues su voluntad era firme, y su deseo de conocer los lugares sobre los que tantas veces habían leído era mucho más grande que el temor a una muerte horrible o el miedo a quedar olvidados para siempre, perdidos en las arenas del desierto. Para ellos, ciudades como Meluvenorë, Enyelost, Gulniquë o Sein Cair Andros eran tan míticas como la propia Gongolin o Nargothrond. Vaereth vio la férrea determinación en los ojos de los dos hombres, y asintió.

-Muy bien, en ese caso, vayamos a comprobar que todos los preparativos para el viaje se hacen correctamente, y que las provisiones sean las adecuadas- respondió Vaereth.

Antes de abandonar la sala, Eärondûr recogió con sumo cuidado el mapa que había realizado su tatarabuelo, y lo volvió a guardar. Los tres recorrieron las galerías del Telminton, pasillos que ya eran muy familiares para Varyamo y Eärondûr, y no tardaron en salir al exterior. Se dirigieron a los establos, y allí vieron a muchos pajes y sirvientes atareados; algunos cargaban pesados odres de agua, otros arrastraban grandes bultos que amontonaban en varias pilas, cerca de los camellos. Los tres supusieron que cada pila correspondía a la carga que llevaría cada una de las bestias, las cuales descansaban en los establos. Se sorprendieron al ver el número de animales que habían dispuesto, pues eran al menos una docena. Vaereth se adelantó, y fue a hablar con quien parecía estar a cargo de los pertrechos. Revisó la lista de provisiones, y con un ademán de la mano, indicó a Varyamo y a Eärondûr que se acercaran.

-Todo estará dispuesto para mañana al mediodía. Hay provisiones suficientes para un viaje de tres meses de seis personas. Al menos las imprescindibles para no tener que llevar una veintena de camellos o extenuar hasta la muerte a los que hemos dispuesto para vosotros. La mayor parte de lo que llevaréis son odres de agua, y muchas cantimploras. Pocos manjares habréis de llevar con vosotros, pues temo que sólo os podemos aprovisionar con pan y galletas hechos por los mejores cocineros del Telminton,algo de carne salada y algunos barriles de frutos secos. Aunque nuestro pan y nuestras galletas, así como los salazones, los hemos envuelto con hojas de los bosques que rodean al Árbol Rojo, dudo que en el desierto ningún alimento pueda permanecer fresco más de un par de días, aunque haya sido elaborado por los Elfos. Además de la comida y el agua, llevaréis cuatro pequeñas tiendas que os servirán de refugio en las heladas noches del desierto. Han sido tejidas por las doncellas de la Reina Mêlel, y las cuerdas que unen las telas están hechas de hithlain. Son muy livianas pero extremadamente resistentes; os proporcionarán un lugar fresco durante el día y os protegerán del frío de la noche. Aunque me temo que habréis de compartirlas y dormir por parejas- dijo el elfo.

Vaereth asintió, y tras despedirse del elfo, fue a comprobar personalmente una de las pilas de bultos y fardos amontonados. Cuando hubo terminado, el joven varante no pudo sino volver a maravillarse ante las habilidades y poderío de los Elfos. Que aquellas criaturas que, viviendo en un auténtico vergel como era el cauce del río Nennellë, fueran capaces de organizar tan perfectamente un viaje a través del desierto era algo sencillamente asombroso. Vaereth volvió junto a Varyamo y a Eärondûr, y los tres regresaron al interior del Telminton. Allí se despidieron momentáneamente, pues aún les quedaban algo de tiempo antes de que comenzara la gran cena en conmemoración de la victoria sobre el Señor de Rhûn. Pues era ese día en el que se cumplían los cien años de la capitulación de Haraband ante las huestes del Rey Elessar de Gondor, el Rey Elfwine el Justo de Rohan, y el Rey Anfalas de Cadraldôst.

Varyamo regresó a su alcoba y salió a la terraza. Allí se quedó un rato, sentado en uno de los bancos de piedra observando el tranquilo fluir de las aguas de la fuente, ordenando sus ideas y pensamientos. Entonces, se dio cuenta que aún no había escrito a Eldarion para informarle de su viaje al este. Aunque estaba casi seguro de que estaba enterado de sus planes, entró rápidamente en la alcoba y se sentó junto al hermoso escritorio de madera que había junto a la puerta de la terraza. Cogió papel y pluma, y escribió.

“Mi señor Eldarion, como sin duda ya suponíais cuando me encomendasteis la misión de acudir a Cadraldôst en vuestro lugar, temo que no volveré a Minas Tirith por algún tiempo. Pues en esta ciudad he encontrado mucho más de lo que esperaba hallar, y mi corazón se encuentra aún más dividido que antes. Pero después de muchos años de búsqueda vana e infructuosa, la llama de la esperanza vuelve a arder en mi interior. Estoy resuelto a partir junto a unos nuevos y queridos amigos hacia el este, hacia las tierras que en un pasado ya remoto fueron conocidas como el Reino Unificado. Espero que me otorguéis esta dispensa.

Esperando volver a ver los blancos muros de Minas Tirith, se despide vuestro leal y fiel servidor,

Varyamo Lintesereg”

Al terminar de escribir la carta, Varyamo dobló cuidadosamente el papel, encendió una de las velas y dejó que varias gotas de cera cayeran sobre la juntura del papel. De uno de sus bolsillos sacó un sello que tenía grabado el emblema de Elendil, y lo estampó sobre la cera aún caliente, lacrando así la carta. Con paso firme, Varyamo abandonó su aposento y fue a buscar al jefe de la escolta que lo había acompañado desde Minas Tirith. Como el resto de su séquito, se hallaba en uno de los edificios cercanos al palacio, pues la entrada al Telminton sólo estaba reservada a los altos dignatarios y a los invitados de honor.

-¡Salve Ecthelion! Tengo una misión urgente para el más rápido de tus jinetes. Esta carta le debe ser entregada a Eldarion lo antes posible- dijo Varyamo, alzando la misiva.

-Sí mi señor, yo mismo la llevaré. Cabalgaré raudo a través del Amrûn Menedhil, y utilizaré los caballos de las postas de los enclaves que hay en el camino para no demorarme más de lo necesario- respondió Ecthelion con una reverencia.

-Muchas gracias, no esperaba menos. Al llegar a Minas Tirith, informa a tu Capitán que te doy una licencia de un par de días. ¡Cabalga veloz!- dijo Varyamo, y le entregó la carta lacrada.

Ecthelion la cogió y la guardó en el pecho, bajo la librea del Árbol Blanco. Inclinando la cabeza, se despidió de Varyamo, fue hacia su caballo y partió raudo hacia el oeste, una sombra recortada contra los rayos anaranjados y rojizos del sol, que se ponía sobre el horizonte lejano. Mientras observaba cómo se alejaba, sus pensamientos se centraron en Gielperi, pues esa noche habría de decirle adiós, tal vez para siempre, y la idea de despedirse de ella le dolía y le afligía profundamente. Sin embargo aún esperaba volver a verla, alegre y radiante, en el último acto de las celebraciones. Los últimos rayos del sol se ocultaron tras los altos árboles del bosque de Taurezel, y una campana repicó en el Telminton. Como si se hubiera despertado de un sueño, Varyamo volvió al interior del palacio, lentamente al principio, pero con paso firme y resuelto después. En uno de los corredores se encontró con Olostarin, Eärondûr, Vaereth y Mazan.

-¡Vaya, por fin apareces! Llevábamos buscándote un buen rato. La cena está a punto de empezar, y sería una descortesía hacer esperar a nuestro anfitrión, y más aún cuando somos los invitados de honor- dijo Eärondûr con una sonrisa burlona.

-Perdonadme, tenía que escribir una carta a Eldarion informándole de nuestro viaje- replicó secamente Varyamo. Para sorpresa de todos, Eärondûr se llevó las manos a la cabeza, como si de repente se hubiera acordado de algo importante. La expresión de su rostro era muy cómica, y tanto Mazan, Vaereth como Olostarin no pudieron reprimir una carcajada.

-¡Yo también debería escribir una carta a mi familia para avisarles del viaje! Y también debería avisar al capitán de mi guardia, que si mañana no me encuentra, registrará hasta la última piedra de esta ciudad. Claro que tampoco creo que me vayan a echar de menos, aunque creo que mi abuela se lamentará de haberme entregado el mapa de su abuelo- respondió Eärondûr.

-Mejor será que dejes la carta para mañana, o llegaremos tarde- dijo Olostarin.

-Eso si no abusas del vino y los licores, como hiciste anoche- agregó Mazan, riendo. Los ojos de Eärondûr centellearon, y fulminó con la mirada al Enano, que se encogió de hombros y calló, al igual que Olostarin y Vaereth. Sin embargo, después de unos segundos en silencio, fue el propio Eärondûr el que rompió a reír, contagiando a los demás.

Los cuatro recorrieron varias galerías hasta llegar a una zona en la que ni Varyamo ni Eärondûr habían estado antes, pues su acceso estaba reservado sólo a la familia real y a sus invitados de honor. Avanzaron por un pasillo que finalmente desembocó en un amplio espacio circular que se abría al cielo y al sur, como un gran espolón de piedra que penetrara en la desembocadura misma del río Nennellë cuyas aguas se unían a las del Mar de Rhûn. A ambos lados crecían muchos árboles altos y frondosos, cuyas ramas formaban un techo natural por el que se filtraban la luz de la luna y las estrellas. Más que una sala, aquél lugar parecía la terraza de un pequeño bosque que se inclinaba sobre las aguas, pues en su extremo, el suelo descendía en varios escalones hasta un pequeño embarcadero en el que había atracadas un par de majestuosas naves que parecían hechas de plata y mithril, y que refulgían bajo la luz de Isil y las estrellas de Varda. En la proa de cada uno de los navíos había un gran Árbol Rojo tallado en un soberbio rubí.

En el centro de aquel lugar, y al abrigo de los más espesos árboles, se hallaba colocada una gran mesa de madera tallada, una verdadera obra de arte realizada por el más hábil de los artesanos de la ciudad en un tiempo remoto. A su alrededor se habían dispuesto muchos sillones mullidos, tantos como invitados había a la cena. Presidiendo la mesa, en un extremo y en tronos de oro y plata, se hallaban Anfalas y Mêlel, cuyos hermosos semblantes denotaban los años vividos y la majestad y sabiduría que sólo se podía hallar en los más poderosos de los reyes de los Elfos. Sus rostros irradiaban una luz propia que dejó sin habla a Mazan, Vaereth, Varyamo y Eärondûr, pues ahora comprendían maravillados que hasta ese momento no se les habían revelado con todo su poder y majestuosidad. Todos se sintieron como si fueran unos simples aldeanos de un pueblo primitivo que son invitados a la mesa de un sabio, poderoso y benévolo Rey. También advirtieron el mismo cambio, aunque no tan pronunciado, en Narudud, Lalvelas y Gielperi. Cuando Varyamo la vio así, vestida toda de un blanco inmaculado a través del cual se filtraba la luz de su ser y con unas flores de plata y oro en el pelo, aún quedó más enamorado de su gracia y su belleza.

Al ver la expresión de asombro en sus rostros, Gielperi no pudo reprimir una alegre y luminosa sonrisa, y acercándose a ellos los llevó a los lugares que les habían sido asignados. Como invitados de honor, se sentaron a la diestra de Anfalas, mientras que Narudud, Lalvelas y Gielperi lo hicieron a la izquierda de Mêlel. Maravillados aún, Varyamo, Mazan, Vaereth y Eärondûr vieron cómo entraban el resto de invitados, los consejeros de mayor confianza de Anfalas y algunos de los más renombrados guerreros de Cadraldôst, héroes de leyenda que realizaron muchas y grandes hazañas en la defensa de la ciudad frente al asedio de las huestes del Señor de Rhûn. Cuando todos hubieron entrado, Anfalas y Mêlel se pusieron en pie, y hablaron con voz clara y solemne.

-Estamos hoy aquí reunidos para conmemorar el primer centenario de la victoria sobre el Señor de Rhûn. Celebramos hoy la liberación de nuestra amada Cadraldôst del yugo y la tiranía a la que era sometida por los caprichos de Haraband, del temor constante a un asedio perpetuo. Una victoria que no habría sido posible sin nuestros amigos de Gondor y la Marca Verde, a los que estamos profundamente agradecidos, y con los que nos unen muchos lazos de amistad- proclamó Anfalas mirando a Varyamo y Eärondûr, quienes respondieron inclinando profundamente las cabezas en señal de respeto.

-Aunque es tiempo para recordar el pasado, también es momento para pensar en el futuro y alegrarnos por las bendiciones que nos traerá a todos los pueblos de la Tierra Media. ¡Que no decaiga la alegría en esta noche!- exclamó dulcemente Mêlel.

Cuando terminaron de hablar, Anfalas y Mêlel se sentaron nuevamente en los tronos de oro y plata, y al hacerlo, muchos camareros y sirvientes aparecieron llevando la comida en bandejas relucientes y la bebida en delicadas jarras de plata. Si a Varyamo, Eärondûr, Vaereth y Mazan les había parecido magnífica la cena de la noche anterior, ahora les parecía pobre en comparación con la que estaban disfrutando, pues ninguno había comido, ni volvería a hacerlo en su vida, delicias y manjares tan exquisitos como los de aquella noche. Una música bella comenzó a sonar, aunque ninguno pudo adivinar de donde provenía, pues tenían la sensación de estar envueltos en ella, una música que tenía la virtud de evocar tiempos más distantes y lejanos. Sin embargo, en muchos momentos la música desaparecía, pues alguno de los guerreros elfos comenzaba a narrar las gestas que había llevado a cabo en la guerra contra el Señor de Rhûn, y tanto Olostarin como Varyamo hubieron de relatar sus experiencias en batalla. También Eärondûr habló del papel que desempeñaron los caballeros exiliados del Reino Unificado en la guerra, muy especialmente en el frente sur, contra los Haradrim, y de cómo gracias a sus hazañas el Rey Elessar les concedió la tierra que ahora llamaban la Marca Verde. Aunque todo era maravilloso e indescriptible, Varyamo apenas podía apartar los ojos de Gielperi, pues su arrebatadora belleza lo había cautivado para siempre. Algo que no pasó desapercibido para los perspicaces ojos de Anfalas y Mêlel, aunque de esto nada dijeron por el momento.

Cuando la cena hubo concluido, Anfalas y Mêlel, así como la mayoría de los elfos, se retiraron, y como invitados de honor, el Rey permitió que Varyamo, Eärondûr, Mazan y Vaereth permanecieran en la estancia todo el tiempo que quisieran. Cuando ya todos se hubieron marchado, Olostarin se acercó a sus amigos, y les habló.

-Sois en verdad muy afortunados, y Anfalas y Mêlel os tienen en muy alta estima, pues ningún mortal había puesto el pie en esta estancia antes, y dudo que ninguno, aparte de vosotros, lo vuelva a hacer nunca más-

-En verdad, no creo que haya palabras con las que pueda expresar apropiadamente mis sentimientos de esta noche… - balbuceó Eärondûr, y tanto Varyamo, Vaereth como Mazan asintieron.

-Bueno, creo que es hora de marcharnos. La noche es joven aún, pero mañana vamos a emprender un viaje realmente duro y agotador para el que será mejor que estéis descansados- dijo Olostarin.

Todos estuvieron de acuerdo, y siguieron al elfo, que los condujo hasta las galerías que les eran familiares. Allí, se despidieron, y cada uno se encaminó hacia sus aposentos. Aunque alguno de ellos lo hubiera intentado al día siguiente, nunca podría haber encontrado el camino que llevaba a aquella estancia oculta y secreta, pues tal era la voluntad de sus artífices. Cuando caminaba hacia su alcoba, Varyamo recordó de pronto lo que le comentara Gielperi el día anterior, y dando media vuelta, fue hacia la salida del Telminton. Se dirigió a los establos, y ensillando su caballo, galopó hacia el este. Cruzó el Neldegor, el puente que unía la isla de Ramegor con Falassen, y subió a lo alto de la colina, al Elminton, la Torre de las Estrellas. El viento soplaba del sur, haciendo susurrar a los árboles de Falassen y arrastrando el suave aroma del Mar de Rhûn. Y allí, sola a los pies de la torre, con el cabello flotando al viento y la mirada clavada en el camino, esperaba Gielperi, indiferente al frío otoñal. Y al verla, Varyamo desmontó rápidamente y fue corriendo a abrazarla. Cogió sus pálidas y hermosas manos y se las besó.

-Sabía que vendrías esta noche, pues hace muchos años tuve esta visión en la piedra del pitoniso, y desde entonces te he amado, aún sin conocerte. Sabía que vendrías para esta fiesta, y desde que fuera anunciada por mi abuelo, conté los días para tu llegada. Y al verte llegar a la ciudad, supe por fin que mi destino estaba cercano a cumplirse. Ven, acompáñame- dijo Gielperi, y guió a Varyamo al interior de la torre. Subieron por una escalera hasta la cima misma de la torre. El suelo era liso, aunque en sus bordes se habían levantado unos parapetos almenados.

-Esta torre fue edificada hace algún tiempo para Elenil, uno de los Maiar Tellenari que parecía amar la obra de Varda por sobre todas las cosas. Acostumbraba a pasar mucho tiempo con nosotros, y nos enseñó muchas cosas sobre astrología y astronomía, y por ello mi abuelo decidió ordenar la edificación de esta torre. Aunque hace ya largos años que no nos visita, y como puedes ver por ese parapeto, durante algún tiempo la torre se convirtió en un puesto de vigilancia contra las incursiones del Señor de Rhûn. Después de su derrota, la torre volvió a ser una atalaya para observar el cielo, y como te dije ayer, para mi se ha convertido en un refugio en el que pasar las largas horas de la noche deleitándome con la visión de la obra de Varda- dijo Gielperi, acercándose a Varyamo, quien se había apoyado en uno de los parapetos que miraban hacia el sur. Allí se extendía el gran Mar de Rhûn, y en sus calmadas y frías aguas se reflejaba la luz de las estrellas y de la luna.

Gielperi abrazó a Varyamo por la espalda, y al darse la vuelta, se percató de que del suelo brotaba una tenue luz que iluminaba la parte superior de la torre. Entonces se dio cuenta que sobre la piedra pulida había grabados muchos símbolos, y que estos estaban hechos de ithildin. Al examinarlos más de cerca, vio que los símbolos representaban las diversas constelaciones y estrellas que iluminaban el firmamento. Allí vio a Eärendil, a Borgil, a Til y a muchas otras estrellas que le eran desconocidas. También vio las grandes constelaciones, como Menélmacar o La Hoz de los Valar. Y quedó maravillado por su belleza, y Gielperi le sonreía dulcemente.

Alzando de nuevo la vista, Varyamo se encontró con los ojos verdes y profundos de Gielperi, y en ese momento un pensamiento sombrío acudió a su mente, pues recordó el triste destino de la Estrella de la Tarde cuando murió Aragorn, y la idea de que el mismo y cruel destino aguardara a Gielperi perturbó a Varyamo y lo hizo dudar. Sin embargo, como si pudiera leer sus pensamientos, Gielperi se acercó nuevamente a él y cogió firmemente sus manos.

-He aceptado mi destino, y sé que no hay ninguna fuerza en Arda que lo pueda remediar, asi que no te aflijas por ello- dijo dulcemente Gielperi.

Varyamo comprobó entonces lo fuerte que era el amor de la elfa, y abrazándola nuevamente, la besó. Ambos pasaron la noche juntos, en lo alto de la Torre de las Estrellas, y juntos vieron al sol alzarse en el lejano este. Entonces, con las primeras luces del alba, regresaron al Telminton.

[Editado por Aragorn_II el 16-11-2010 17:32]

Fragmento 54 por aratir

Capítulo 3. El Mar de Fuego

El sol amaneció limpio y con brillo al día siguiente recordando que la ciudad élfica seguía embargada de alegría por las celebraciones que tenían lugar en su interior. Las aguas templadas del río se mecían suavemente debido a la pequeña brisa mañanera que llegaba desde el interior del Mar de Rhûn.

Narudud se levantó temprano y se encaminó a los establos pues quería supervisar él mismo que todo estaba dispuesto para la partida. Cuando se aproximó hacia ellos se encontró con Firye que hablaba con Malendil, el encargado de los establos.

- Buenos días, Calênen, hijo de Araênen. Una magnifica mañana para la partida.- La mirada de la elfa seguía siendo dura e imperturbable como siempre.

- ¿Aún dispuesta a acompañarnos al este?- Narudud no estaba conforme con que la regente de las Casas de Curación partiera con ellos en el viaje, pero tampoco había hablado del tema con sus abuelos. Si ellos habían tomado esa decisión no iba a ser él quién se opusiera.

- Calenên, necesitarás realmente ayuda para llevar al grupo hacia su destino.- Firye miró detenidamente al elfo.- Sigo viendo reticencia en tu mirada a la decisión de los reyes…y demasiado interés por tu parte en este viaje. Pensaba realmente que volverías al sureste tras esta visita. Aunque en realidad nunca imaginé que volvería a verte en esta ciudad y menos que pasarías tantos días con tu pueblo.

- Como dice ayer, Firye, he atravesado algunas veces el desierto y sé que peligros puede esconder. Mazan y la mayoría de sus acompañantes, excepto el zahorí, provienen del Oeste y no están acostumbrados a transitar por el desierto. Toda ayuda no es poca.

- Pues por eso mismo yo iré con vosotros – añadió la elfa mientras se giraba hacia adelante para buscar a los camellos. No obstante, sólo había dado un par de pasos cuando se giró.- Tendremos tiempo de hablar durante las miles de millas que nos separan de nuestro destino y ahora vayamos a comprobar que todo está listo. En unas horas tendremos que partir.

Narudud se encontró una hora después con el resto de los integrantes de la comitiva en los jardines del Telminton donde les habían dispuesto un apetitoso desayuno compuesto por leche, bollos de miel, galletas y algo de queso. Allí, escuchando de fondo la bella melodía del agua de las fuentes, ultimaron los detalles del viaje y Narudud les contó que se les uniría una persona más del viaje.

- Los Reyes han pensado que Firye, la regenta de las Casas de Curación, nos acompañe en el viaje. Sin duda, sus habilidades en las artes de curación nos vendrán bien durante el trayecto. Mazan ya la conoce – les contó Narudud.

El enano carraspeó mientras sus amigos le miraban expectantes.

- No podrás quejarte de tanta compañía, amigo Mazan – le dijo Eärondûr, bastante risueño y divertido.

- ¡Y yo pensaba que viajaría sólo! – exclamó mientras hacía cuenta de uno de los bollos de miel.- ¡Por las barbas, ni en mis mejores pesadillas habría imaginado tal atrocidad!

Todos rieron con ganas aunque en realidad lo que ocultaban era una gran pena por tener que abandonar la ciudad. Sabían que el desierto no sería tan acogedor como las moradas élficas. Pero de todos, el que más tristeza mostraba era Varyamo pues Narudud notó que sus ojos ocultaban desazón y pesar. Sabía por qué era.

Luego de terminar el desayuno, se levantaron preparados para abandonar aquella estancia. Todos sin excepción echaron una mirada profunda a los muros del Telminton, aquél se había convertido sin duda en un verdadero hogar y, por ello, tenían una pena profunda en el corazón. Pero habían tomado una decisión.

Llegaron hasta los establos donde una elfa de cabellos caoba y severa mirada les esperaba cerca de los camellos.

-Salud. Me llamo Firye y os acompañaré en vuestro viaje. Espero que hayáis comido muy bien. Tengo un mensaje de los Reyes, antes del mediodía nos esperan en los lindes del bosque Taurezel, quieren despedirse expresamente de vosotros.

La elfa se acercó hacia ellos con varios paquetes que fue entregando uno a uno. Cuando los abrieron comprobaron que se trataba de ropa que habían sido preparada para cada uno de ellos, una chilaba de color pardo y un par de pañuelos que les iría muy bien para protegerse del sol.

Terminaron de cargar la mercancía en cinco de los doce camellos que llegarían mientras que los otros los utilizarían para montar ellos. Excepto Vaereth, el resto no había viajado en un camello y estaban acostumbrados a las cabalgaduras de los caballos. Sobre todo a Mazan le preocupó mucho ir montado en aquel animal tan extraño para él.

- ¡Cuándo se ha visto tal imagen! Un enano transportado por semejante animal.

Olostarin había sido el primero en subir en uno de ellos, en realidad ya lo había hecho antes pero nunca para hacer viajes largos. Una vez subido, le dijo a Mazan:

- Si viajas conmigo prometo que no te caerás.

- Eso espero, amigo.

A la misma vez que Mazan y Olostarin compartían cabalgadura, también lo hicieron Varyamo y Vaereth, por un lado, y Narudud y Eärondûr, por otro. Firye, montada en otro camello, capitaneó la comitiva y los dirigió hacia el attangor, uno de los puentes de la ciudad. Al otro lado les esperaba Aradol, el centro de la ciudad.

[Editado por aratir el 28-03-2010 20:24]

Fragmento 55 por aratir

Habían cruzado las calles de aquella parte de la ciudad, dejando atrás los mercados, los cuartes y la zona religiosa, cuando el mediodía se aproximaba sobre el bosque que aparecía delante de ellos. Taurezel era uno de los bosques más antiguos que se conocían y habían asistido a muchas edades del mundo. Y allí se encontraba ahora, animándoles a continuar.

Dejaron a un lado el bello estanque que era el lago Lindon, y sin apenas detenerse llegaron a la costa oeste, tomaron el “sindras” y se desviaron hacia el norte. Cuando se dieron cuenta, estaban en mitad del bosque.

Los camellos, aunque aquél no era su medio habitual, se arrastraron lentamente por el interior del bosque mientras que las largas ramas de aquellos árboles milenarios les abrían el camino y casi podrían jurar que les saludaban al pasar mostrando una de sus mejores sonrisas. De repente, los oídos ensordecidos creyeron escuchar una melodiosa música, tan lejana y cercana al mismo tiempo, que a veces dudaron de que sus percepciones auditivas estuvieran en su mejor momento. Fue entonces cuando quizás su vista también parecía nublarse porque creyeron ver una tenue luz blanquecina a lo lejos, luz que se hacía más grande conforme avanzaban hacia delante. Al mismo tiempo, la música cada vez se hacía más intensa y, pronto se dieron cuenta que no estaban siendo víctimas de una ensoñación. La música y la luz blanquecina venían de delante de ellos.

Tres elfos vestidos de blanco aparecieron delante de ellos y sus vestimentas eran las que producían la luz blanquecina que les había dirigido el camino desde que tomaran el sindras. Allí estaban Anfalas y Mêlel, y también Gielperi, que tocaba dulcemente un arpón. Había melancolía en su mirada. Dos coronas de bellas flores adornaban los cabellos negros de ambas elfas.

Firye fue la primera en detenerse en bajar del camello. Tras ella lo hicieron los demás, lentamente mientras los elfos les recibían en silencio. Pero tan pronto como todos llegaron hasta ellos, Mêlel habló.

- Hemos querido daros nuestro último adiós. Largo es el viaje que se abre delante de vosotros y no queríamos despedirnos sin ofreceros nuestras más sinceras bendiciones.

Anfalas les habló entonces del viaje, de lo que podrían encontrar en él y les dio sabios consejos. Sobre todo que se fiaran de su instinto y, además, que encontrarían en Firye una sabia guía para el largo viaje.

- No os tengo que hablar mucho más de este viaje, pues mucho hemos hablado anteriormente. Sólo espero poder veros en un tiempo lejano y que me contéis vuestros éxitos en el este.

- Espero sinceramente poder regresar y contaros nuestros éxitos. Os agradecemos, no obstante, vuestro recibimiento y vuestra hospitalidad, así como vuestros consejos tan sabios como útiles.- Varyamo habló por todos, pues además era grande la gratitud que por los reyes de Cadraldôst sentía, aunque no pudo evitar desviar su mirada hacia Gielperi. Ambos se dijeron todo con la mirada.

- Antes de que os vayáis, hemos traído unos regalos que los reyes os ofrecemos para vuestro viaje. – Mêlel se acercó en primer lugar a Varyamo, al que le dijo.- Sé lo que oprime tu corazón, éste se halla dividido ahora. Mas tu corazón no debe de estar triste ni tener prisa, el invierno sucede al otoño y la primavera hace lo mismo con el invierno, todo acontece a su debido tiempo. Y la paciencia y la esperanza es la mejor virtud. Y la esperanza de luz es la mejor de las esperanzas.- La elfa le mostró al gondoriano una bella piedra que irradiaba un suave destello blanquecino. Cuando Varyamo la pudo observar detenidamente, vio que se trataba de una gema con forma de estrella de ocho puntas.- Largo tiempo ha permanecido el este en la oscuridad del olvido, Varyamo, hijo de Haere. Os hago entrega de esta piedra que tiene la misma forma que el emblema de la ciudad a la cual vais a visitar para que llevéis a las tierras de tu padre la luz que él mismo ayudó a darle un día.

Y entonces Varyamo respondió:

- Dama, sé que conoces mis deseos y os estoy agradecido por vuestro entendimiento. No obstante, ahora me espera un largo viaje hacia el este. Espero que esta luz me sea muy útil en los propósitos en los que la pueda necesita en el viaje. Aunque os puedo ser sincero cuando os confieso mi temor a lo que me pueda encontrar en las tierras que pertenecieran a mis antepasados.

- No albergues temor por lo que desconoces, hay tinieblas en el fin, sí, pero también debe haber cabida para la ilusión – dijo Mêlel, mientras mostraba una pequeña cajita de madera.- Quizás esto os alivie vuestro corazón. Además de la luz de que os hemos hecho entrega personalmente quiero que lleves esto contigo. Esta caja contienen semillas, prometedoras de los más ricos frutos que esta tierra pueda donar a la que fuera testigo de un reino de justicia y nobleza.

Varyamo tomó la caja e hizo una reverencia en señal de agradecimiento.

- Nunca podré recompensaros tal muestra de gratitud y empeño, Reyes de los Elfos. Pero el mayor regalo que me habéis podido dar es el haberme tratado como a un hijo.

- Y así es como ya os sentimos, Varyamo Lintesereg, hijo de Haeré Lintesereg – intervino Anfalas, mientras su rostro mostraba un atisbo de ternura.

La dama Mêlel se volvió hacia Mazan, el cual notó un estremecimiento aunque se mantuvo firme delante de la majestuosa presencia de la elfa.

- Querido Mazan, no podría encontrar un regalo que fuera suficiente para contentar a un hijo de la montaña, de cuyas manos pueden salir los más bellos objetos.

- Dama Mêlel, el haberme permitido disfrutar estos días de las hermosas celebraciones que en vuestra tierra han acontecido y el haber podido contemplar con mis propios ojos las maravillas que vuestros palacios atesoran es para mí ya un inmenso regalo.- Mazan se había inclinado ante la aproximación de la elfa.

- Gentiles son en verdad vuestras palabras, Mazan – intervino Anfalas que también se había aproximado hacia el enano. Llevaba con él una hermosa cota de malla que le mostró al enano.- Pero habéis de saber que muchas cosas son las que nos unen a ambos pueblos, más que aquellas que puedan separarnos. Esta cota de malla está tejida con las artes élficas y con el mejor material que un enano haya podido pulir con tal perfección. Ahora es mi deseo que este objeto que es testigo de la cooperación entre nuestros pueblos sea llevado por vos, y que os proteja.

- Sea pues, Rey Anfalas. Durante largos años será cantado el encuentro entre Mazan, el Enano, y los Reyes Elficos de Cadraldôst.

La Dama Mêlel, mientras tanto, le dio al enano además un pequeño broche de plata y se giró para encontrarse con Olostarin al cual le mostró un pequeño espejo y le dijo:

- Conciliar consciente con subconsciente es una ardua tarea más difícil para unos que para otros. En esta tarea, Olostarin, espero que el espejo élfico te ayude, pues refleja parte de nosotros que nos queda velada cuando estamos despierto y podemos discernir mejor cual es su verdad.

- Tadhîr, amigo mío – intervino Anfalas mientras le acercaba un arco élfico acompañado por un carcaj de flechas.- Ha llegado otra vez el momento de nuestra separación. Algo que siempre es triste para mí, porque siempre me es grata tu compañía. Espero que la próxima vez que nos encontremos no pasen tantos años.

- Sabéis, Señor del bosque y del río, que mi corazón siempre estará en Cadraldôst, hay mucho de mí mismo en este lugar. Así que volveré.

Fragmento 56 por aratir

Los elfos continuaron con la entrega de regalos que se había convertido casi en una especie de ritual ceremonioso. El turno era para Eärondûr que hizo una reverencia cuando los elfos se acercaron a él. Con agradecimiento tomó la daga y la pluma de oro que le entregaron.

- La insensatez de la juventud, más tarde o más temprano pueden curarse con la edad, la pureza esta en todos nosotros aunque a veces cuesta discernir cual es, escribir sobre el papel es un ejercicio de concentración que puede ser en ocasiones de gran utilidad. Esta pluma sacara toda la verdad de tu corazón y toda su pureza. Que te sirva de guía.

Mientras tanto, Vaereth agachó la cabeza cuando sintió la proximidad de los elfos cerca de él. No dijo palabra alguna y dudó unos instantes cuando el rey le alargó dos pequeños presentes. Finalmente, el zahorí tomó una daga y un oboe e hizo una reverencia en señal de agradecimiento.

- Nuestra nieta tenía razón – dijo Mêlel.- Eres un gran músico y disfrutar de vuestra virtud para la música ha sido todo un regalo, por ello, para que tu maestría surque los cielos os hacemos entrega de este instrumento hecho con las madera de nuestros bosques.

Firye estaba atenta a los presentes que los reyes estaban obsequiando. De vez en cuando miraba a Narudud, que se mantenía en una posición atrás, contemplando impasible la entrega de regalos. Notó, por la mirada del elfo, que éste tenía sus pensamientos en otro lugar.

Mêlel, una vez terminado de entregar los regalos a Vaereth, se acercó hacia Firye, mientras sonreía porque, al mostrar lo que contenía su mano para ella, se dio cuenta de que contenía el frasco que le entregaba la elfa.

- Esencia de las mejores orquídeas de nuestro jardín para una de sus mejores cuidadoras. Las flores te echarán de menos, Firye.

El frasco era de cristal y contenía un líquido de color claro. Cuando la elfa lo abrió, un olor embriagador se extendió alrededor suyo.

- Así me servirá para acordarme de ellas aún en la distancia. Pero sé que quedarán en buenas manos, en las mejores diría yo, Dama del Bosque y del Río.

Mêlel devolvió el cumplido con una reverencia y continuó hacia su nieto, que esperaba al lado de Firye. Durante unos minutos que parecieron horas, la reina estudio la mirada de Narudud, quizás hablando telepáticamente con él.

- No puedo discernir que va a suceder en los próximos meses – habló al fin Mêlel.- Pues lo que se presenta ante mis ojos es oscuro y muy poco claro. Sólo puedo asegurar que todo lo que vaya a pasar obedecerá a algún designio y será de especial importancia para Ambaron. Sólo espero que obres con justicia, ése es el consejo que te doy, Calênen.- La elfa se había acercado a poca distancia de su nieto y tomó su mano derecha, la abrió y depositó en ella un pequeño objeto, el cual arrojó un brillo rojizo antes de que Narudud, sin mirar lo que era, se lo guardara en su bolsillo.- Algún día llegará el momento en que será necesario.

(...)

Una pequeña brisa se levantó en el claro del bosque en el que se encontraban. Los árboles susurraban mientras el sol, por encima de sus copas, se hallaba en su completo cenit. Había llegado ya el momento, al fin. Con gratitud y buenos deseos, fueron despedidos por los Reyes y por Gielperi, y también por los árboles del Taurezel. Montaron en sus camellos de nuevo y se dispusieron a avanzar a través del camino del sindras hasta encontrar la salida del bosque. El desierto les esperaba, el mar de fuego los llamaba.

Durante el resto de la jornada apenas dijeron palabra alguna, preferían guardarse para ellos mismos lo que el último encuentro con los Reyes de Cadraldôst había producido en ellos. Por otra parte, la jornada se presentó tranquila y avanzaron lentamente hacia el noreste, mientras el sol hacía su viaje hacia el oeste. Cuando llegó el anochecer, estaban en el borde del bosque Taurezel. Al día siguiente saldrían al desierto.

[Editado por aratir el 28-03-2010 21:14]