Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
Corría el segundo día de viaje del medio elfo a través del desierto.
Muy pocas novedades se habían suscitado en el transcurrir del viaje y estando Anar en su punto más alto sobre el cielo, resultaba claramente obvio que no era momento, para que Vilendil decidiera moverse de allí donde estaba.
No era la primera vez que cruzaba el Eärnar a solas, ni sería la última tampoco; Bien conocía las jugarretas que el desierto podría jugarle, así que se mantenía sereno pero alerta.
Bajo una lona blanca extendida y tensa sobre delgadas pero firmes estructuras, se hallaba el medio elfo y su caballo a salvo del inclemente calor del desierto. Había acondicionado sutilmente el área donde estaban con otro manto grueso y claro para mantenerlos frescos y resguardados frente a cualquier tormenta de arena sorpresiva, así como también de cualquier espécimen no deseado de la amplia variedad del reino animal de los alrededores.
A pesar de haber recorrido y haberse adentrado en el gran mar de fuego, aún su viaje estaba en sus primero pasos. En una semana o un poco menos, manteniendo la marcha actual, podría llegar cómodamente a las Emyn Tirnen y permanecer allí por un corto período antes de girar hacia el norte, cruzar los cauces secos y áridos de lo que fuera otrora el caudaloso río de Alcarduin y tomar la senda perdida del Nelhirtier, donde se dividían los tres caminos de antaño.
La tierra por esos lares en verdad que había cambiado y mucho; la geografía y el clima eran mucho más condescendientes con los viajeros que como ahora.
Los oasis eran raras joyas en el desierto e incluso la flora de muchas de los parajes y estancias naturales y furtivas en medio del desierto ahora eran literalmente espejismos a la hora de tratar de encontrar alguno. Mucho cambió el mundo y mucho más habría de cambiar aún.
Un gran ave revoloteaba en lo alto en círculos sobre el sencillo pero útil resguardo, y en una espiral descendente, fue al encuentro del puño enguarnecido en grueso cuero del medio elfo.
"Nuestro padre nos sonrie Nixelotë..." le comentaba a su caballo que yacía apacible sobre sus rodillas, resoplando de vez en cuando y sacudiendo los suaves crines. "El camino permanece despejado hacia el Este y no se divisan tormentas aún; Cuantas nuevas nos informa nuestra amiga!" refiriéndose al águila gris de lomo blanco que le susurraba al oído.
"Muy hacia el Oeste de donde nos encontramos... El bosque antiguo despide algunos viajeros que ansiosos admiran el horizonte ardiente ante ellos, desde sus linderos verdes y fértiles, altivo e imponente frente a tanta desolación y sequía." Decía en tono casi poético y rítmico e hizo una pausa mientras la orgullosa ave se engalanaba entre sus alas y acercaba su cabeza como si hablara sin palabras.
"Soroni.. no me decís nada de aquel fruto de mi cimiente..." Le respondía Vilendil. "Entonces aún no ha decidido venir... Ya Iluvatar decidirá cuando sea el momento oportuno para él entonces" Se dijo así mismo en tono anhelante.
Con un suave movimiento Soroni, hermosa entre las águilas de las montañas, dejó al medio elfo pensativo y lejano; allí en el medio del desierto, así como un punto que se hace más y más pequeño a medida que asciende en las alturas y se pierde con rumbo incierto.
Tomando un poco de hidromiel de una de sus cantimploras, se recostó sobre algunos enseres de viaje y tomó entre sus manos su flauta plateada, regalo de su amada Isilieldel en vísperas de su compromiso y entonó alguna melodía serena y nostálgica de aquellos días. La tarde se iría de a poco dando paso a la noche estrellada y fría del Eärnar; Tiempo justo para continuar la marcha. Sin embargo esa noche y quizás el día siguiente, permanecería allí a la espera de la cercanía de aquellos que les susurró la mensajera del gran Manwë, y así tener una idea más clara de quién osaba adentrarse en estas tierras olvidadas del Este casi junto a él.
Vilendil adoraba cabalgar sobre el lomo de su caballo y nada mejor que las noches gélidas en lugar de las candentes arenas para hacerlo, como muchas veces antes lo hiciera sobre el padre de su fiel caballo con su mismo nombre;
Nombre que no en vano lo describía muy bien para esos menesteres: "Escarcha en flor" (Nixëlote)...
Una sombra blanca en medio de la noche.
[Editado por Alex_Knight el 30-03-2010 07:30]
El ambiente perdía rápidamente la humedad y el viento abrasaba las pieles de los viajeros, era una suerte contar con la protección de una vestimenta adecuada para ese clima extremo o no habrían durado más de un par de días... el Mar de Fuego había sido un lugar terrible en tiempos pasados, y por lo que había oído Eärondûr, ahora era aún peor.
El joven se hallaba rememorando una de las antiguas historias que había leído en el viejo diario de su abuelo Eärondûr, la de cuando éste intentó cruzar el Eärnar y casi muere en el intento...
Entonces le vino a la mente la pluma que acababan de regalarle y se le ocurrió que él también debería llevar un diario en el que narrar todos los acontecimientos relacionado con este extraño viaje al este. Decidió reservar la pluma para un momento especial, la utilizaría para escribir el momento en el que atravesara las Puertas de Gûlninquë; no lo había comentado con nadie, pero tras llegar a Sein Cair Andros, el joven tenía la idea de buscar la antigua ciudad de su familia... ahora entendía las palabras de su abuela Remmirath en la Marca Verde el día antes de su partida...
Eärondûr sacó entonces un pequeño carboncillo y unas hojas de pergamino y se dispuso a narrar el inicio de su viaje mientras su camello avanzaba pacientemente por aquel Mar de Fuego.
"Yo Eärondûr Anaire, descendiente de Eärondûr de Gûlninquë y de Remmirath de la Marca Verde, me dispongo a narrar los motivos por los que en el año 179 de la Cuarta Edad me he visto embarcado en un viaje al lejano este, más allá del Mar de Fuego, conocido como Eärnar por mis antepasados.
Siempre me han aburrido terriblemente las reuniones familiares que se realizaban periódicamente en la Torre de Sinya Gûlninquë, en mi opinión son una pérdida de tiempo, sólo se habla de los problemas de la Marca Verde, y las soluciones siempre son las mismas.
Yo sé que el único motivo por el que el viejo Eärondûr estableció esa costumbre, fue para poder ver a toda su familia varias veces al año ya que “Anarel habría estado encantada”; dudo que el resto de la familia conozca esta información, quizás mi abuela Remmirath sí lo sepa... mis primos y tíos siempre han estudiado con gran interés la historia de Ancalimë y Eärendil, grandes Señores de Gondor, muy cercanos al Rey y la Reina, héroes de la guerra cuya victoria les otorgó el Señorío de la Marca Verde, pero nadie se interesa en sus padres Anarel y Eärondûr, Señores de Vanwendor y patriarcas de la Casa Thorondil.
Para ellos Eärondûr no es más que un anciano que no levantaba los ojos de sus libros y pergaminos cuyo único mérito había sido traer a su familia a Gondor desde un lejano y horrible lugar. ¿Y Anarel? Anarel Elamarth, antes Carangollo, no es más que una pequeña reseña en lo alto de la genealogía, una mujer que ni siquiera pisó las tierras de la Marca Verde en vida, nadie conoce todos los problemas a los que había hecho frente, una mujer en un mundo de hombres, enamorada de un elfo inmortal... “una mujer de cabellos dorados como una noche sin luna”.
Pero yo sí me he interesado en la historia de estos dos antepasados tan peculiares, quizá por compartir el nombre con uno de ellos, quizá por motivos que aún desconozco. Durante largos meses leí los diarios de Eärondûr, revisé todos los mapas y apuntes anotados en cualquier superficie lisa por mi antepasado y cuando cumplí los 16, pude leer el único libro que había sido traído desde la Gûlninquë original, el que llamaban Libro Cifrado.
Al final del mismo, pude leer los últimos años de la vida de Eärondûr y Anarel en Vanwendor, las importantes batallas allí libradas y desconocidas en Gondor... desconocidas incluso por mi propia Casa, pues ocurrían muy lejos de la Marca Verde donde siempre habíamos vivido y eran, casi seguro, fruto de la mente imaginativa y senil del anciano Eärondûr.
Ni los más sabios de Gondor y Arnor habían oído nunca hablar de Mornuroth, la Lanza del Destino o los bosques de las Damas Oscuras... todo aquello era un extenso cuento para que los niños de la Casa Thorondil pudieran disfrutar antes de irse a dormir, nada más.
Varios días antes de que se me prohibiese la entrada al estudio del viejo Eärondûr, encontré el último pergamino escrito por mi antepasado, estaba fechado el 49 de Tuilë del año 115 (Eärondûr utilizó el calendario de Rivendel en todos sus diarios), pocos días antes de su muerte. Parecía ser un mapa de un lugar que yo era incapaz de reconocer, tenía muchas cosas escritas con tengwar, pero tardé en entender lo que decían pues Eärondûr había utilizado las letras élficas para escribir en lengua común; en el centro del pergamino pude leer Gûlninquë por lo que se trataba de un mapa de Vanwendor, pero no coincidía con los otros que se conservaban, muchos ríos habían cambiado y los bosques habían desaparecido casi por completo... además todo el norte era diferente, era posible que Eärondûr hubiese utilizado una hoja ya escrita, pues en esa parte septentrional tan diferente del resto de planos de Vanwendor, no había ninguna anotación en tengwar. Aún así, decidí guardarme tan extraño pergamino como recuerdo de mi antepasado, nadie lo echaría en falta pues no se contaba entre las pertenencias de los grandes Eärendil y Ancalimë, héroes de Gondor.
Un par de años después de que se me prohibiese visitar el estudio de Eärondûr, se me impidió la entrada a toda la biblioteca, así que no pude seguir leyendo nada del patriarca de la familia, pues mis parientes y maestros sólo me dejaban estudiar los mismos libros que ojeaban mis primos, no debía perder el tiempo leyendo desvaríos de un hombre demasiado anciano.
Sólo cuando visitaba a mi abuela Remmirath podía averiguar nuevos detalles de Eärondûr, aunque no preguntaba demasiado, pues me percaté de que mi abuela me miraba con cierta preocupación cada vez que hablabamos sobre el viejo medio-elfo, así que poco a poco comencé a desentenderse del estudio de las viejas historias y comencé a viajar a los límites de la Marca Verde en busca de “algún descubrimiento interesante”."
"Intentando descubrir alguna ciudad de enanos en la Marca estaba yor cuando se celebró la sexta reunión familiar del año 179 a la que no asistí, como bien indicaron mis tíos Níone, Cuarta Señora del Poros y Belecthor, Quinto Señor de Sinya Gûlninquë. No era la primera vez que faltaba y seguramente recibiría algún castigo de parte de “las cuatro pasas”, nombre que puse a Helluin y Luinil, hijas de Ancalimë y Wilwarin y Remmirath, hijas de Eärendil; las cuatro personas más ancianas de la familia y quienes realmente presidían aquellas reuniones (Beregond, primogénito de Eärendil, es mayor que alguna de ellas, pero debido a sus responsabilidades en la corte real, ha delegado todo lo referente a la Marca Verde en su primogénita Rían).
Decidí regresar a casa cuando ya había anochecido, así me aseguraba que la reunión familiar ya había terminado y que mis familiares habían regresado a sus hogares. La mayoría de la familia vive en Miyat-Minul y en Urudzadan, solo mis hermanos y los nietos de Beregond aún residen en la antigua Sinya Gûlninquë.
Cuando llegué a la puerta de atrás de mi casa, mis padres aún estaban despiertos y parecía que discutían (es difícil saber cuándo mi madre está enfadada sin verle la cara, pues nunca alza el tono de voz, dice que nunca hay que perder la compostura), mi madre reprochaba a mi padre que nunca contradijese a la abuela, siempre había que hacer lo que ella dijese... también me pareció escuchar mi nombre, así que decidí ir a dormir a casa de mi abuela y de mi hermana Anarel.
No sé si fue porque extrañé la cama o por algún otro motivo desconocido, pero aquella noche tuve un extraño sueño:
Estaba tendido en una cama cálida y confortable, pero en mitad de la noche una presencia extraña ocupó toda la estancia, el aire se volvió más denso y frío y una oscuridad impenetrable ocupó toda la habitación extendiéndose lentamente desde los rincones.
El simple hecho de respirar suponía un esfuerzo agotador, intenté levantarme de la cama para abrir los postigos de la ventana y entonces una voz resonó en el cuarto, era una voz profunda y fría que transmitía un gran odio y desprecio y que dañaba los oídos:
“No me intimidas elfo. Puede que mandes tú, pero a mí nadie me intimida. Y no sé por qué, pero menos tú”
Por fin conseguí levantarme de la cama y abrir la ventana, un aire fresco y renovador irrumpe entonces con fuerza en la estancia; en el exterior brilla una blanca luna en un cielo sin nubes, pero de pronto una pérfida sombra cubre la cara de Isil y la oscura voz vuelve a resonar en mis oídos:
“Te juzgarán. Es el comienzo de vuestra autodestrucción”
Me decido a abandonar la estancia pero aquella terrible voz me persigue peldaño a peldaño:
“Ah Eärondûr, el más inocente de todos los elfos que hasta ahora he conocido”
Pero al final de la escalera no encontré la salida, sino que estaba en un extraño sótano que no había visto jamás, frente a mí manaba agua cristalina de una fuente y junto a ella una pesada puerta estaba a medio abrir, entonces la voz resonó con más fuerza tras ella:
“Me falta algo del trato. Algo que quiero tuyo. De ti mismo. Ves tu vida. Tu vida son tus ojos”
Una terrible sombra surgió de la puerta y se abalanzó sobre mí, a duras penas conseguí cerrarla y subir corriendo las escaleras para salir al exterior del edificio. Al atravesar el umbral de la salida, la voz volvió a hablarme desde el sótano:
“Cuida tus ojos, elfo. Cuídalos. Porque tarde o temprano, vendré a por ellos”
Ya fuera del edificio, pude ver que había estado dentro de una maciza torre de piedra gris que se encontraba rodeada por un espeso bosque que susurraba con el viento, la luna se encontraba aún velada, pero la torre parecía resplandecer.
De nuevo, la voz volvió a hablarme, pero ahora sonaba menos amenazadora, como transportada por la brisa del bosque:
“Sigue tu camino elfo. Pronto encontrarás un pequeño obstáculo. Volveré a por tus ojos”
Al escucharse la última sílaba, todo se volvió oscuridad a mi alrededor."
[Editado por Cudesas el 01-04-2010 20:01]
"Aún perturbado por aquel extraño sueño, fui a consultar a mi abuela para contárselo, pues era posible que ella viese detalles en él que yo había pasado por alto.
Ella escuchó atentamente mi narración y luego me hizo que le dibujase la torre que había visto en mis sueños.
- Anaire, es muy extraño que hayas soñado con una Torre que jamás has visto y con una escena que no viviste... pero lo que es más perturbador es que lo hayas soñado la noche antes de tu inesperado viaje a Rhûn.
- ¿Mi viaje a Rhûn?
- ¿No te lo han dicho aún tus padres? Se decidió en la reunión de ayer que tú serías el representante de la Marca Verde en la celebración del centenario de la gran batalla tras la que se nos cedieron estas tierras.
Intuí en las palabras de mi abuela que se trataba de una especie de castigo por mi comportamiento, los miembros de mi familia superan la centena, era imposible que no hubiese nadie más adecuado que yo para aquel viaje diplomático... pero sería inútil discutir con ella, así continué con la conversación:
- No he visto a mis padres desde anteayer... anoche dormí en casa de Anarel...
- Pero este sueño lo cambia todo... creo que ha llegado el momento vaticinado por mi abuelo en su última reunión familiar. Acompáñame a mi habitación...
El contenido de este baúl no lo ha visto nunca nadie y deberás mantener el secreto... Eärondûr Anaire Thorondil, vas a recibir la heredad que Eärondûr Rangilion Thorondil dejó para aquel que realizase el viaje de vuelta a la antigua Gûlninquë.
Yo no entendía muy bien qué estaba ocurriendo, en un momento me había enterado que iba a realizar un largo viaje a Rhûn y al siguiente mi abuela me decía que haría un viaje aún más largo al lejano Este para redescubrir los secretos de la vieja Torre de Gûlninquë... Mi abuela me dio la antigua espada de Eärondûr, además de un manojo de llaves y un mapa arrugado.
- Estas son las diez llaves de la Ciudad Protegida y en el mapa encontrarás instrucciones para llegar hasta las Puertas... nadie debe conocer la existencia del mapa ni de las llaves, pero estate tranquilo, aunque alguien las viese, sólo la “sangre de Eärondûr” puede abrir esas Puertas... no sé qué tipo de protección puso mi abuelo en las Puertas antes de partir, pero te aseguro que será difícil alcanzar la Ciudad Protegida... sobre todo después de la batalla que tuvo lugar allí con Orodril. ¡Ten mucho cuidado!
Aún estaba asimilando tanta información de épocas pasadas cuando llegaron mis padres y algunos otros familiares para despedirse de mí, pues antes del mediodía debía de llegar a Taur Mindon, donde me esperaba mi escolta para el resto del viaje a Rhûn."
El joven Eärondûr terminó sus escritos narrando lo ocurrido en los festejos de los elfos y la despedida de los Reyes.
El sol ya estaba bajo en el horizonte, pero el calor aún era sofocante... y la travesía del desierto no había hecho más que comenzar.
[Editado por Cudesas el 01-04-2010 20:02]
Desde que salieran del Taurezel, todos los viajeros habían permanecido muy callados. Apenas hablaban para comentar algún detalle sobre la ruta o el paisaje, y muchas más veces para quejarse del insoportable calor que hacía en el desierto. Eärondûr era el que más ocioso había estado de todos, pues se había dedicado a escribir sobre unos pergaminos viejos y gastados, lo que parecía un diario de viaje.
Ya caía la noche cuando decidieron pararse a descansar. Subieron a lo alto de una duna e instalaron las pequeñas tiendas que había traído. Desensillaron y desalforjaron a los camellos, y les ataron las patas de atrás con una soga para que no se escabullesen durante la noche. Mazan había querido atarlos unos a otros por las riendas, para más seguridad, pues no se fiaba de aquellas gigantescas bestias jorobadas, pero Olostarin y Firye se lo impidieron; las ataduras de las patas ya eran suficientes. El enano se fue refunfuñando a encender un fuego con unas pocas ramas que habían tenido la precaución de recoger él y Olostarin antes de salir del bosque, al menos una noche la pasarían calientes. Mientras los demás se preparaban para comer y ultimaban las pequeñas jaimas, Olostarin y Firye acondicionaban a los camellos, poniéndoles los morrales y quitándoles los bártulos de encima. Entonces, Olostarin, que sentía una gran curiosidad por la elfa, preguntó:
-¿Qué trae a una elfa tan hermosa a un viaje como este por el peligroso desierto de Eärnar?- inquirió Olostarin intentando romper el silencio de una manera lo más natural posible.
-Como ya sabéis, los Reyes me enviaron con vosotros para ayudaros. Creen que mis dotes de curación podrían serviros de ayuda en un momento dado.- exclamó Firye con desdén, como molesta por la pregunta.
-¿Sabes? Tu rostro me resulta extrañamente familiar… ¿Puedo preguntarte de dónde vienes?- preguntó Olostarin con curiosidad.
-Quizá os sorprenda saber que soy una elfa Teleri como vos, nacida en las lejanas tierras de los Valar, a las que ya no hay esperanzas de regresar. La vida me ha llevado por muchos caminos, pero he vivido en Cadraldôst desde casi su fundación, y anteriormente residí en Taureninquë, en las tierras de Arador. Pero sin duda mi hogar está en Cadraldôst, la ciudad de donde vengo.- explicó Firye escrutando la cara del elfo, contemplando su sorpresa.
-¡Vaya! ¡Qué curioso! ¿Y cómo es que una elfa Teleri ha acabado viviendo con los elfos avari?- fue lo único que exclamó Olostarin para su sorpresa. Había albergado esperanzas de que Firye fuese su prima segunda, hija de su primo hermano Larfindel. La extraña coincidencia de que los dos fuesen pelirrojos, con rostro pálido y ojos verdes le había llamado la atención, pero ahora sabía que Firye había nacido en las Tierras Imperecederas hace muchos años, muchos antes de que él, y su primo, nacieran.
-Se puede decir que cuando llegué a la Tierra Media mis pasos terminaron por llevarme a vivir lejos de los míos y encontrar entre extraños mi hogar. No puedo explicarlo de otro modo.-acabó Firye con la conversación con un tono melancólico. Olostarin no pudo preguntar nada más entonces, y los dos se apresuraron a acabar con los camellos para ir a cenar con los demás, que ya estaban sentados en círculo alrededor del pequeño fuego que había encendido Mazan.
La noche pasó tranquila, sin muchas distracciones, pues los viajeros seguían silenciosos. En parte porque echaban de menos la ciudad élfica, en parte porque no sabían qué les iba a acontecer en ese viaje a una lejana ciudad a través del gran Mar de Fuego.
Cuando la escasa conversación que tuvieron hubo finalizado, Varyamo se quedó montando guardia las primeras cuatro horas de la noche, mientras los demás aprovechaban para descansar, pues la jornada había sido dura. Después de Varyamo, continuó Vaereth con la guardia, que fue el que se encargó de despertar a los que aún seguían dormidos en las pequeñas jaimas.
Tomaron un escaso y pequeño desayuno y se prepararon para otra dura y calurosa jornada por las tierras del desierto. Cuando hubieron preparado los camellos, recogido las tiendas y los enseres y algunos ya habían montado en los camellos, Olostarin seguía mirando al cielo. En un extremo se divisaba Anar, resplandeciente y blanco por el este, y por el oeste se ocultaba la luna, pálida y apagada; un encuentro tendría lugar en el desierto muy pronto, adivinó Olostarin. La pequeña caravana ya se ponía en marcha cuando aún faltaban Mazan y Olostarin por montar. El elfo acabó de convencer al enano de que subiese al animal, y tras subirse de un ágil salto, ayudó a Mazan a subir también. El camello resopló cuando el enano subió sobre su lomo, y Mazan devolvió el bufido mientras Olostarin reía alegremente y le pasaba la mano por la cabeza al animal.
El grupo descendió la pequeña duna donde habían pasado la noche y continuaron con su viaje, monótono y silencioso. La jornada pasó sin muchas distracciones, excepto porque Vaereth, que tenía la mirada penetrante, divisó un gran águila a lo lejos, en lo alto del cielo, lo que acabó de confirmar las deducciones de Olostarin. Después, por la tarde, poco antes de que volviesen a acampar el estado de ánimo de los viajeros cambió de repente, y todos se volvieron más habladores y divertidos, y conversaban sobre la Tierra Media y sobre los asuntos del viaje; hasta el tímido Vaereth se atrevió a cantarles una de sus viejas canciones, que sonó realmente reconfortante en la soledad del desierto, donde no había otro sonido que el arrastrar de las pezuñas de los camellos sobre la arena y la respiración de los viajeros.
Cuando el sol se escondió, volvieron a acampar en lo alto de una pequeña duna, más pequeña que la de la noche anterior, y esa noche hicieron una tertulia mucho más larga, pero a una cierta hora, Olostarin, al que le tocaba hacer la primera guardia, les mandó a todos a dormir con la excusa de que luego no habría quién les levantase, y dirigió su mirada al joven Eärondûr con una risa torcida. Olostarin pasó toda la noche en vela, tumbado en la fría arena del desierto, arropado con una fina manta observando las estrellas. Por la mañana, antes incluso de que amaneciese, Olostarin los despertó a todos y se dispuso a desayunar y a preparar al camello, al cual ya había bautizado con el nombre de Narastel, “El de polvo de fuego”. Mientras, Mazan, lo seguía a todas partes refunfuñando y protestando porque no lo había despertado para hacer su guardia. El enano parecía ofendido realmente, pero Olostarin le dijo que no se preocupase, que en el fondo había sido un favor para él mismo, pues esa noche había intentado arrojar un poco de luz sobre el destino que les aguardaba mediante las estrellas, aunque parecía, por su expresión, que sin mucho éxito. Así el enano quedó medianamente conformado, aunque advirtió al elfo que la próxima vez, le despertase a su hora o se atuviera a las consecuencias. Olostarin no hizo mucho caso y se dedicó a tenderle la mano para ayudarle a subir a Narastel, pronunciando unas palabras en élfico apenas audibles, en las orejas del animal, el cual pareció sonreír, a pesar del pequeño bufido que exclamó Mazan al tener que subir a aquella “desgarbada y jorobada criatura del oriente”. Olostarin sonrió y dijo en voz baja:
-Os llevaréis bien al final, ya lo verás, mi buen enano.- comentó el Elda con una sonrisa en los labios.
-Lo dudo mucho.- refunfuñó Mazan aparentando mal humor.
Así avanzó la pequeña caravana otra vez por el ardiente desierto, cuando, bien entrada ya la noche y dispuestos a preparar las tiendas, el grupo divisó una extraña figura montada sobre un caballo blanco que se aproximaba hacia ellos, y entonces, Olostarin sonrió.
[Editado por Arndir el 04-04-2010 12:21]
Luego de los anuncios de Soroni, el águila gris de lomo blanco, Vilendil descansó ese día sin mayor preocupación y al caer el atardecer, recogió la pequeña tienda y montando en la grupa de Nixelotë, tomó un rumbo un poco diferente al que ya se había trazado.
Giró un poco hacia el norte y devolviéndose en cierto modo, encaminó el galope hacia un punto cercano donde calculaba que eventualmente se encontraría con el grupo que divisara su fiel aliada.
Aunque era relativa la buena recepción de un extraño en medio del desierto, Vilendil tenía la impresión de que aquellos viajeros no serían hostiles a su presencia y que de alguna forma u otra, se cumplía lo que en días pasados le susurrara el viento desde las altas montañas de las Ered Mythrin.
"La jornada comienza de nuevo desde el oeste... avanzando como hormigas bajo el sol, aquellos de corazones ansiosos se harán camino en medio de un mar de fuego. Cuando al fin los frutos de los árboles de antaño respiren la fragancia de un jardín lejano, La rueda girará otra vez y un clamor de tierra, de mar y de cielo darán anuncio a un nuevo comienzo o sencillamente el inicio de un fin."
"Conozco bien estos andares y no son nuevos para mi." -Se dijo el medio elfo.
" Esta vez me toca guiar a aquellos que deben defender su propio futuro. Sea nuestro paso generoso y audaz nuestra acción, para avanzar en medio de las sombras o así entre un camino luminoso plagado de espinas."
La noche pasó ligera y así pronto le sucedió el día. A veloz galope muchas millas había recorrido el medio elfo en dirección a aquel pequeño grupo que no dejaba de avanzar aun a paso discreto y constante con el radiante Anar a cuestas durante la larga jornada.
Al fin, al caer la tarde siguiente, Vilendil se adelantó a la hora habitual para echar andar y cuando Earendil en el cielo anunciara la llegada de la noche y su manto de estrella comenzara a centellear aquí y allá, pudo el medio elfo divisar al grupo de viajeros en plena faena de acomodo de sus tiendas.
Nixelotë se detuvo y resopló como asintiendo y con un suave murmullo de Vilendil comenzaron a andar en dirección a los viajeros con paso suave y elegante, dejando ver que no tenía intención hostil alguna y venía en son de paz, como si fuera otro viajero más en el medio del desierto que ha perdido su rumbo y sus pasos le han traído allí.
Siendo de vista aguda, herencia de su linaje Eldar, divisó a un grupo muy singular: Dos elfos, Dos de hijos de hombres , le pareció; un hijo de las montañas, y un hijo del desierto. Semejante empresa le recordó a una vieja canción que narraba las hazañas y penurias de dos Hobbits, acompañados por fieles y grandes amigos en busca de lo que parecía un imposible; Destruir el mal en el corazón mismo de las oscuridad. Pero no... en esta ocasión no había ningún hobbit. Eso, curiosamente, le tranquilizó de algún modo.
Lentamente se acercaba y a pocos metros de un elfo Avari que le lanzó una fugaz sonrisa, desmontó y caminando junto a su corcel saludó de forma formal y cortéz.
"Alassen' Undome Elyë... Na nin Vilendil... Vilendil, yondo Galdorion. Vilendil Atanvardo" habló en élfico Noldorin al percibir en el aire cercano, la presencia de una elfa, que por sus rasgos hermosos y luminosos por encima de los allí presentes, seguro sabría de qué iban aquellas palabras.
"Salud! hermosa noche nos regala Varda sobre este manto del cielo y es mi fortuna encontrar a vuestras mercedes...compañeros en este inmenso océano solitario del Earnar. " - dijo en lengua común e hizo una breve pausa mirando los rostros de los allí cercanos y aún de los que se incorporaban a su encuentro. Con serenidad y dignidad, prosiguió: "Solo soy un medio elfo solitario camino al Oriente lejano...solo en compañía de éste mi fiel amigo... - Refiriéndose a su caballo. "Y viendo que ese parecer ser vuestro rumbo, podría ofreceros alguna guía entre las arenas caprichosas y los senderos olvidados en el tiempo, a cambio quizás de una charla amena y vuestra grata presencia durante el largo camino a casa... claro está! si os apetece la idea" dijo con cara afable y sin embargo inescrutable, típica del medio elfo.
De pronto, girando un poco la mirada hacia uno de los hombres de aspecto noble que remembraban a los Numenoreanos de antaño, notó un rasgo familiar y luego detallando también a su acompañante y viendo otras particularidades, se dijo para sus adentros..
"¿Podrá ser posible...?"
Vilendil permaneció atento y sin embargo preparado para cualquier eventualidad, ya que a ciencia cierta no sabía las reales intenciones de esos viajeros. Luiringil relampagueó debajo de la capa azul y el medio elfo solo se limitó a apoyar sus manos abiertas sobre la empuñadura visible entre los pliegues, como quien después de tantos y tantos años de vida y experiencia, se apoyara sobre un bastón. Aunque si bien es cierto, no sentía el más mínimo temor de aquellos allí presentes, prefería que las cosas fueran en paz y a través del diálogo como era su proceder siempre..
Las estrellas danzaban sobre el cielo apresuradas en mostrar su fulgor; Isil aparecería tarde esa noche.
Las largas jornadas a través del desierto habían sido duras para Varyamo, pero sabía que sólo habían comenzado la primera etapa de un viaje mucho más largo, y que hasta ahora, el Eärnar sólo había mostrado su faz más agradable. Lo peor estaba por llegar, pero a pesar de todas las dificultades, la voluntad de Varyamo era firme. Una voluntad que se había sometido a prueba justo antes de iniciar el viaje. En el bosque de Taurezel, bajo los frondosos árboles, el impulso de permanecer en Cadraldôst junto a Gielperi había crecido súbitamente en su interior. Como en un sueño, Varyamo se vio a sí mismo junto a Gielperi, viviendo felices en la hermosa ciudad élfica o en Minas Tirith, ajenos para siempre al dolor y al sufrimiento de este mundo. A punto estuvo de ceder a ese deseo, olvidar para siempre la lejana y perdida Tierra Olvidada y vivir el resto de sus días en paz junto a la hermosa elfa. Pero reaccionó justo a tiempo, y un pensamiento asaltó su mente. “No por mucho tiempo han de permanecer en el olvido esas tierras, y los hijos de aquellos que moraron en ellas han de despertarlas de su letargo”. Con gran pesar en su corazón, pero sin más vacilaciones o dudas, Varyamo se juró a sí mismo que llegaría a Sein Cair Andros o moriría en el intento.
Habían dejado atrás su tercer día de viaje. De no ser por las vestimentas que les obsequiaron Anfalas y Mêlel, la travesía se habría hecho insoportable para Varyamo, pues nunca antes se había internado en un lugar como el Mar de Fuego. Ni aún las secas y áridas llanuras del Lejano Harad podían siquiera compararse a las arenas del Eärnar. Al mediodía habían girado hacia el norte, para encaminarse hacia el Paso Gris, en las estribaciones meridionales de Numen Metta. Por lo que les había contado Vaereth, en aquellas montañas aún corrían muchos riachuelos y manantiales de agua fresca y pura, por lo que se habían convertido en una parada ineludible para cualquiera que se internara en aquellas tierras. Varyamo y Eärondûr estaban montando una de las tiendas, cuando vieron que los demás dirigían su mirada hacia el sur. Hacia ellos se aproximaba un jinete que montaba un corcel blanco que a la luz de las tímidas estrellas que comenzaban a asomar en el firmamento, refulgía como si fuera de plata.
-Es muy extraño ver a un jinete en estas tierras. Pocos, muy pocos son los intrépidos o los temerarios que reúnen el coraje y valor necesario para cruzar el Eärnar en solitario. Y de la mayoría, nunca se vuelve a saber- susurró Vaereth, cuando Varyamo y Eärondûr se acercaron a él.
Vaereth no era el único que tenía sus recelos hacia el misterioso jinete, aunque ninguno hizo nada que pudiera alarmar al recién llegado. La experiencia les había enseñado a ser precavidos y a mostrarse cautelosos con los extraños, y más aún con los extraños que aparecen de forma inesperada y sorprendente. Todos echaron atrás sus capas, dejando ver las empuñaduras de sus espadas. Olostarin se acercó, y el caballero desmontó con una agilidad asombrosa, y lo saludó cortésmente, aunque ni Varyamo ni Eärondûr pudieron escucharlo, pues aún se hallaban algo alejados del extraño visitante. Después, y dirigiéndose al resto del grupo, habló en la Lengua Común:
-¡Salud! Hermosa noche nos regala Varda sobre este manto del cielo y es mi fortuna encontrar a vuestras mercedes... compañeros en este inmenso océano solitario del Earnar- dijo, y tras estas palabras hizo una breve pausa para observar los rostros del resto del grupo. En ese momento, Varyamo y Eärondûr se acercaron a él, pues sintieron como una cierta familiaridad con aquel extraño, como si los llamara -Solo soy un Medio Elfo solitario camino al Oriente lejano... solo en compañía de éste mi fiel amigo... – dijo, señalando a su hermoso corcel -Y viendo que ese parecer ser vuestro rumbo, podría ofreceros alguna guía entre las arenas caprichosas y los senderos olvidados en el tiempo, a cambio quizás de una charla amena y vuestra grata presencia durante el largo camino a casa... ¡claro está! si os apetece la idea-
Cuando terminó de hablar, hubo un largo silencio, pues parecía como si el mismo viento hubiera muerto. La respiración profunda y acompasada de los viajeros resonaba en las arenas del desierto sin que nada la perturbara. A pesar de las palabras amables y dulces de aquel extraño, ni Olostarin ni Narudud, por ser los más cercanos al visitante, habían bajado la guardia. Acercándose a los demás, Varyamo y Eärondur pudieron contemplar el semblante noble del Medio Elfo, y ya no sintieron únicamente una familiaridad con el recién llegado, sino que también podían confiar plenamente en él. Mientras estos pensamientos cruzaban fugaces por las mentes de los dos Hombres, el Medio Elfo reparó en ellos, y no pudo reprimir un gesto de asombro al verlos. Entonces, Eärondûr, exclamó de repente:
-¡Ya sé por qué me resultabas tan familiar! ¡Tú eres Vilendil Atanvardo, Atar fundador del Reino Unificado, y tío mío! Soy Eärondûr, de Sinya Gulniquë, nieto de Remmirath y bisnieto del Eärondûr que conociste largo tiempo atrás. A pesar de todo el tiempo que ha transcurrido, aún se conserva un retrato tuyo en la biblioteca de Sinya Gulniquë. Nunca creí que llegaría a conocerte, y mucho menos en las traicioneras arenas del Mar de Fuego. ¡Venturoso y feliz encuentro, sin duda!– exclamó Eärondûr con una sonrisa.
-Extraños son los tiempos que vivimos, pero venturosos y alegres por cierto, pues nunca habría imaginado hallar al descendiente y heredero de mi buen amigo Eärondûr en mitad del desierto. Pero dime, ¿hacia dónde os dirigís?- respondió Vilendil mientras se acercaba a abrazar a su sobrino.
-La respuesta sin duda te sorprenderá aún más que el hecho de hallarme en estos parajes, pues nuestra compañía se dirige a Sein Cair Andros. Allí, nuestro amigo Mazan- dijo señalando al Enano, quien hizo una profunda reverencia después de soltar el mango de su hacha- ha de entregar una misteriosa piedra. El resto de compañeros son Olostarin, Narudud, Firye, Vaereth y Varyamo… Varyamo Lintesereg- dijo Eärondûr con una sonrisa.
-¿Lintesereg? No es posible, ¿eres familiar de Haeré Lintesereg?- preguntó Vilendil, sorprendido y visiblemente emocionado.
-Haeré era mi padre, y emprendí este viaje para conocer las tierras de las que tanto hablaba y que tan profundamente le marcaron. Y también para intentar encontrar algún rastro de lo que hizo cuando se marchó por última vez hace ya más de cien años- respondió Varyamo, quien también abrazó a Vilendil.
-¡Bienaventurado sea Ilúvatar por tan feliz e inesperado encuentro! Pero contadme más detalles de vuestro viaje. La noche aún es joven, y mucho hemos de hablar, tanto de los días que están por venir como de los que quedaron atrás. Ahora comprendo plenamente las palabras que me susurró el viento hace unos días… pero ya habrá tiempo suficiente para eso a partir de mañana. Ahora, ¡celebremos este gran día!- exclamó Vilendil, lleno de júbilo.
Llevado por la alegría que invadía su corazón, el Medio Elfo había olvidado por completo al resto del grupo de Varyamo y Eärondûr, que asistían asombrados ante una escena tan poco común. Entonces, Vilendil se volvió hacia ellos y les habló:
-Disculpadme amigos, pues así os considero ya a todos por ser compañeros de Varyamo y Eärondûr. La felicidad me inundó, y por unos instantes, el resto del mundo me fue ajeno. ¿Me permitiréis que me una a vuestra compañía? Aunque veo que tenéis a un guía experto con vosotros –se inclinó señalando a Vaereth-, pocos hay sobre la faz de esta tierra que conozcan mejor el Eärnar que yo, que tantas veces lo he atravesado. Y además, conozco todos los caminos de lo que fue el territorio del Reino Unificado, incluidos algunos que han permanecido ocultos y secretos todos estos años- dijo Vilendil.
-Cualquier amigo de Eärondûr y Varyamo es amigo mío también, pues desde que los conocí hace ya tres semanas en la ciudad de Osgiliath, me une a ellos un gran cariño y afecto. Por mi parte, sólo puedo reiteraros mi amistad, y quedar a vuestro servicio y al de los vuestros para lo que deseéis- exclamó Mazan, con una profunda reverencia. El resto, especialmente Narudud y Firye, seguían mostrándose recelosos del viajero, aunque estimaron que no suponía un peligro inmediato para el grupo.
-Extraños tiempos corren, sin duda. Una sombra de otros tiempos, un recuerdo del pasado, aparece ante nosotros en las arenas del Mar de Fuego en nuestra tercera noche desde que partimos de Cadraldôst. Hay quien vería en esto una coincidencia demasiado oportuna, y podría temer alguna trampa. Y nadie podría recriminarle que demostrase en tal situación un gran exceso de celo –dijo Narudud con un tono grave al tiempo que escudriñaba el semblante de Vilendil. Al no ver ninguna reacción en él, Calenên dulcificó un poco más su tono- Pero como ha dicho Mazan, cualquiera a quienes Eärondûr y Varyamo, pues ya se han ganado un lugar en nuestros corazones, llamen amigo será bien recibido por nosotros. No obstante, estamos fatigados y hambrientos después de una dura jornada a través del desierto, e imagino que tú también lo estarás. Cenemos y descansemos ahora. La aurora traerá un nuevo día en unas pocas horas, y las decisiones importantes es mejor tomarlas a la luz del sol que en la fría y desangelada noche-
-Habláis con sabiduría y prudencia, y ello os honra. Me complace que me permitáis pasar la noche con vosotros- dijo Vilendil con una reverencia.
Mientras Olostarin y Mazan terminaban de montar la última de las tiendas, Narudud y Vaereth cogieron un odre de agua y unos trozos del pan de los Elfos de Cadraldôst y unas tiras de carne salada. Firye, que había permanecido en silencio todo el rato, fue hacia su tienda, aunque no perdía de vista a Vilendil, pues no terminaba de fiarse de aquel misterioso Medio Elfo, y sabía que Calenên tampoco había dejado atrás sus recelos, a pesar de las palabras dichas. Por su parte, Eärondûr y Varyamo acompañaron a Vilendil, quien dejó a su amado Nixelotë junto a los camellos, y de una de las alforjas del hermoso corcel, el Medio Elfo sacó un pellejo de cuero y una pequeña botella que había guardado como un tesoro.
-Aún me queda un poco de Hidromiel y de Mirúvor. Lo reservaba por si llegaba algún momento de necesidad en el Eärnar, pero creo que la ocasión lo merece- dijo Vilendil, y tanto Eärondûr como Varyamo asintieron.
Todos, incluida Firye, aceptaron de buen grado las gotas de Mirúvor y los dulces tragos de Hidromiel, y la cena fue un poco más abundante que las demás. A diferencia de la noche anterior, comieron en silencio, aunque los ojos de todos se volvían una y otra vez hacia Vilendil. Narudud y Firye lo seguían mirando con desconfianza, mientras que Vaereth, Mazan y Olostarin lo observaban intrigados, pues sentían más curiosidad que recelo hacia el recién llegado. Y Eärondûr y Varyamo lo contemplaban como quien contempla a un venerable maestro del saber y a un poderoso guerrero. Poco a poco, todos se fueron retiraron uno a uno hasta que sólo quedaron Vilendil, Eärondûr y Varyamo, que aceptaron gustosos hacerse cargo de las guardias nocturnas, pues les brindaban la oportunidad de hablar más tranquilamente.
[Editado por Aragorn_II el 07-04-2010 13:18]