Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
Después de disfrutar de unos momentos de descanso, Varyamo y Eärondûr comenzaron a montar las tiendas para la noche, pues la luz disminuía rápidamente y el frío no hacía sino aumentar. Mientras, Vilendil seguía disfrutando de estos instantes de paz junto a la laguna fumando en su pipa y contemplando las primeras estrellas que asomaban en el firmamento. Vaereth estaba junto al Medio Elfo, pero a diferencia de éste, tenía sus ojos clavados en el este, en la inmensidad del Mar de Fuego que mañana habrían de enfrentar. Narudud seguía observando discretamente la entrada del recodo en el que se hallaba la pequeña laguna a la que había ido Firye, pues no se sentía del todo tranquilo con la decisión de la elfa. Por su parte, Olostarin caminaba en silencio, con una expresión grave en el rostro, ensimismado en sus propios pensamientos.
Cuando Mazan se alejó hacia los arbustos y matorrales cercanos para juntar algo de leña, Vilendil entonó una canción sobre su amada Isilieldel y su no menos amada torre de Altari Mindon. La voz del Medio Elfo estaba impregnada de una gran melancolía, y todos los que le escucharon sintieron una extraña congoja en el corazón. Cuando hubo acabado, Vaereth se acercó a Vilendil, y ambos comenzaron a hablar en voz baja, y nadie más pudo escuchar lo que decían. Olostarin pareció despertar, y se acercó a Narudud para hablar con él.
-Veo que no te ha hecho mucha gracia que Firye se haya separado del grupo y haya ido sola a esa pequeña laguna- dijo Olostarin.
-No, el desierto es un lugar muy peligroso, y ella nunca antes se había adentrado en él. A ojos de alguien que nunca haya recorrido el Mar de Fuego, como ella, le podría parecer que es un lugar desolado en el que no sobrevive nada. Pero el desierto es hogar de muchas criaturas que han aprendido a ocultarse, y también es refugio para bandidos que se dedican a asaltar las rutas comerciales entre Dassart y Adudran- respondió Narudud.
-Es cierto, pero quizás lo que te molesta es que se haya ido sola… y tú tengas que permanecer aquí mientras ella se baña…- dijo el elfo con una sonrisa burlona.
-¿Qué estás insinuando?- replicó Calenên, sorprendido y furioso a la vez, con los ojos brillándole de rabia.
-¿Yo? Nada, nada, sólo que tengas cuidado, no vaya a ser que tus ojos vean más de lo debido y alguien pueda dudar de tus motivos para vigilar el recodo…-
Ese último comentario hizo estallar a Narudud, que a punto estuvo de desenvainar su espada, pero se contuvo en el último momento. Por su parte, Olostarin se alejó riendo hacia donde estaban Varyamo y Eärondûr, que se hallaban junto a los camellos, descargando las tiendas. Calenên, todavía furioso por las absurdas insinuaciones que había hecho Olostarin, le siguió con la mirada unos instantes, al tiempo que veía a Mazan acercarse a él, con el hacha en su mano derecha, y una pila de ramas en su mano izquierda. Su rostro era grave, y Narudud comprendió rápidamente que algo lo inquietaba, y esperó a que Mazan se acercara para hablar con él.
Varyamo y Eärondûr estaban descargando la última de las tiendas cuando vieron acercarse a Olostarin con una sonrisa burlona en su rostro. Ambos habían pasado ya suficiente tiempo con el elfo como para conocer su carácter y su peculiar sentido del humor, y adivinaron que su conversación con Narudud no había sido casual y no había terminado bien.
-¡Salud amigos! ¿Queréis que os ayude en vuestra tarea?- preguntó Olostarin.
-Sí, mientras no nos tortures con tus observaciones y comentarios sarcásticos e hirientes, tu ayuda será muy bien recibida- dijo Eärondûr con una sonrisa.
-No puedo prometeros nada, pero haré un esfuerzo. Además, esta noche tengo blancos mejores que vosotros dos- replicó el elfo.
-¡Pobre Narudud! La que le ha caído encima esta noche. Le compadezco sinceramente. ¿Qué le has hecho, si se puede saber?- dijo Varyamo.
-Nada, sólo le he expresado mi admiración, por ofrecerse tan galantemente a proteger y salvaguardar la intimidad de Firye a cualquier precio. Un gesto noble, especialmente porque ella no se lo pidió, y dudo que la celosa vigilancia de Calenên le haga mucha gracia- respondió Olostarin, echándose a la espalda un pesado bulto mientras sus compañeros no podían evitar reír.
-¿Cómo le has dicho eso a Narudud? ¿Estás loco?- dijo Varyamo entre risas.
-Desde luego, yo que tú no me acercaría a él en toda la noche… - añadió Eärondûr.
Antes que Olostarin pudiera responder, los tres vieron a Mazan y a Narudud correr hacia los arbustos y matorrales que tenían delante con las armas en la mano. Vaereth y Vilendil también los observaban, atónitos, sin comprender lo que estaba sucediendo. Antes de que pudieran reaccionar, un grupo de hombres armados apareció de la nada, rodeando al Enano y al Elfo, que, lejos de amilanarse, plantaron cara valientemente a los atacantes.
-¡Baruk Khazâd! ¡Khazâd ai-menu!- gritaba enardecido el Maestro Enano.
-¡Por Cadraldôst y el Árbol Rojo!- gritaba Narudud, con el corazón inflamado de ira.
Olostarin, Varyamo y Eärondûr dejaron caer al suelo los bultos y fueron rápidamente a los camellos, a por sus armas. Vilendil y Vaereth hicieron lo mismo, y cuando estos llegaron, tanto Varyamo como Eärondûr se lanzaron en ayuda de sus compañeros, que se defendían como podían de los misteriosos atacantes, que aún no habían reparado en el resto del grupo. De repente, la voz de Firye se elevó por encima del ruido de la lucha, y su voz sonó serena, alta y clara:
-¡Ayuda, bandidos!-
Ello no hizo sino redoblar el ímpetu de Narudud y Mazan, que combatían ferozmente aunque frustrados, pues sabían que Firye estaba en peligro, y por el momento ellos no podían hacer nada por socorrerla. Lo único que podían hacer era defenderse y resistir hasta la llegada de sus amigos, que se acercaban velozmente. De repente, todos pudieron escuchar un silbido agudo, y luego otros dos más. Vilendil y Vaereth se habían unido ya a Varyamo y Eärondûr, quienes sintieron que algo pasaba muy cerca de sus cabezas. Entonces, vieron cómo dos de los atacantes se desplomaban al suelo. Uno cayó muerto, con dos flechas hundidas en su espalda, mientras que el segundo agonizaba con una flecha atravesando su garganta, retorciéndose de dolor y llevándose las manos al cuello en un desesperado intento de aferrarse a la vida que se le escapaba en borbotones a través de la herida, por la que manaba la sangre en abundancia. Aunque había tenido pocas oportunidades para practicar con el arco que le regalara el Rey Anfalas, y a pesar de la creciente oscuridad, la puntería de Olostarin había sido mortalmente certera. Sin dejar el arco, el elfo desenfundó su espada, y se lanzó al ataque.
La caída de sus compañeros alertó al resto de bandidos, y seis de ellos fueron a hacer frente a los recién llegados, mientras que sólo quedaban cuatro para detener a Narudud y Mazan. De un rápido y poderoso golpe, el Enano decapitó a uno de ellos con su hacha, mientras que el elfo atravesaba las entrañas de otro de los bandidos con su espada. Vilendil viendo la situación, y viendo a Olostarin acercarse velozmente, habló a los demás.
-¡Rápido, debemos contener a estos rufianes para que Olostarin pueda llegar hasta Firye! Su arco es quizás la única esperanza que le queda a nuestra amiga- y dirigiéndose al elfo- ¡Olostarin! ¡Ve raudo a socorrer a Firye, no te preocupes por nosotros!-
Olostarin comprendió rápidamente las intenciones de Vilendil, y apretó el paso, mientras veía cómo los bandidos caían sobre sus amigos, que se posicionaron de tal forma que les cerraban el paso a la carrera de Olostarin. Varyamo y el Medio Elfo estaban a la cabeza, pues eran los que más experiencia tenían en combate. Los bandidos cayeron sobre ellos de forma desordenada, ignorantes de a quienes se iban a enfrentar. Su prisa les costó muy a caro a dos de ellos, pues Varyamo y Vilendil se deshicieron de ellos sin mucha dificultad, tras esquivar sus lentos mandobles para después cercenar sus gargantas. Al ver la facilidad con la que habían caído sus compañeros, los más jóvenes e inexpertos de la banda, el resto atacó con más precaución.
Mientras, Mazan y Narudud seguían combatiendo. A pesar de su avanzada edad, el Enano esgrimía el hacha con gran habilidad, desviando todas las estocadas de su adversario. Los ojos del elfo ardían de rabia, y tal era su ímpetu, que el bandido con el que luchaba, a pesar de ser uno de los más experimentados y temidos de la banda, sintió miedo y huyó, no sin antes propinarle al elfo una patada en su espinilla, haciendo que cayera al suelo por unos instantes. Calenên iba a ir tras él cuando una flecha alcanzó al bandido en el muslo, haciéndolo caer.
-¡Rápido Narudud, vayamos a socorrer a Firye!- gritó Olostarin.
-Olostarin tiene razón, ve con él, deprisa. Yo sólo puedo con esta asquerosa rata del desierto- exclamó Mazan, atacando con furia.
Los dos elfos dejaron al Enano luchando ferozmente y corrieron hacia la entrada del pequeño recodo en el que se hallaba Firye, preguntándose si serían capaces de llegar a tiempo para salvar a la joven.
[Editado por Aragorn_II el 07-05-2010 17:36]
[Editado por Aragorn_II el 11-05-2010 17:12]
Firye era consciente de que cada instante era ahora un bien preciado, así que anticipándose a los bandidos que ya se adentraban en las aguas en dirección hacia ella, la elfa se apresuro hacia los ropajes que había dejado sobre una roca cercana a donde el agua fluía en forma de cascada y donde hasta aquel momento había disfrutado de su refrescante baño.
Los movimientos de la elfa en el agua eran increíblemente rápidos, como si el agua no le opusiera resistencia, siendo de esta forma capaz de llegar a sus ropas antes de que el primero de los bandidos se abalanzase sobre ella, y con tiempo suficiente para tomar las armas que en estas se encontraban. Las hojas de acero de la teleri cortaron entonces el aire velozmente, desgarrando el cuello del bandido más cercano que nada se esperaba y cayó sin vida sobre las aguas junto a Firye.
Los bandidos parecieron menos confiados entonces, viendo a su compañero muerto flotando en unas aguas que enrojecían y observando con detenimiento las armas de la teleri, alzadas de forma desafiante. Estas no eran de gran tamaño, asemejándose a un khopesh corto, similar pues a algo entre una hoz y una daga o espada corta. Un utensilio más usado para recolectar y preparar hierbas, que para la lucha, pero no por ello increíblemente afilado e increíblemente veloz.
Aquel instante de paz a causa de la sorpresa de los bandidos, Firye lo utilizó bien. -¡Ayuda, bandidos!- Gritó de forma serena pero apremiante la teleri. A lo lejos se comenzó a escuchar el chocar del acero, y algunos bandidos que habían permanecido en el lago para divertirse, decidieron alejarse para ayudar a los suyos y prepararle un buen recibimiento al grupo de la elfa.
Uno a uno los bandidos que quedaban en el lago se fueron acercando a la elfa, desde distintos flancos, adentrándose ya en el rio. Firye mantenía su pose desafiante, intentando controlar cada movimiento de sus adversarios, preparada para vender caro cada palmo. Sin embargo el chapoteo de los bandidos en la laguna, la caída de la catarata, el fragor de la batalla no lejos de allí, no permitió advertir la llegada de la boleadora desde su espalda.
La bola orbitó sobre su fino cuello dejando sobre este la dura cuerda que la conducía, y terminando por golpearla en la nuca fuertemente. Sin embargo el dolor del golpe no fue nada comparado con el tirón que el bandido que sujetaba el otro cabo hizo. El tirón dejó sin aire a la elfa, asfixiándola y tirándola contra la roca a sus espalda, lo que fue un golpe mucho mayor. Casi llego a perder una de sus armas, y al ser consciente de estas intento inútilmente cortar la cuerda de la boleadora con ella. Inútilmente pues el bandido más rápido que ella piso con fuerza una de sus manos, mientras otro que se había acercado con rapidez desde un costado inmovilizo su mano y con el brazo que le sobraba y parte del cuerpo el torso de Firye.
-Como pelea la muy golfa, casi igual que una leona.-
-El tipo de mujeres que me gustan, hacen más intensa y excitante su monta- afirmó sonriente uno de los bandidos entre risas de sus compañeros, quien al mismo tiempo se acercaba el primero hacia Firye, e intentaba abrir con firmeza las piernas cerradas de la elfa.
La teleri se zafó de los fuertes brazos del hombre y asestó un precisó golpe de tacón en la nariz del bandido que no logró incrustar por poco su tabique en el cerebro, pero que si consiguió hacer sangrar abundantemente sus napias, ahora rotas.
-¡Maldita ramera!- Consiguió bramar nasalmente el hombre mientras se sujetaba con dolor la nariz herida.
-No le hables así, que bien te valdría, por tus gustos, como esposa- respondió sin embargo uno de los suyos, que hizo reírse largamente al resto.
La risa sin embargo cesó, al mismo tiempo que cesó el enojo del primer bandido cuando una flecha silbó en el aire y atravesó su garganta hiriéndole mortalmente. Una segunda le siguió acertándole en pleno corazón al que sujetaba la boleadora, quien cayó pesadamente, dándose entonces todos cuenta de la llegada de los compañeros de Firye, dos elfos para hacer exactos, al recodo de tierra donde se encontraban.
Quien sujetaba el torso y brazo izquierdo de la elfa, no disfrutó tampoco de una vida más larga, pues Firye quien ya no se encontraba sujeta por el cuello y tenia libre el brazo derecho, aprovechó la llegada de los suyos, para clavar su arma aún bien sujeta en su mano derecha en la tierna zona donde el cuello nace del torso, creando así una profunda herida de la que emanaba cuantiosa sangre y de la cual se escapaba la vida.
Muertos así estos tres, la batalla se igualaba por momentos.
[Editado por Thauld el 04-05-2010 00:16]
Cuando Olostarin y Narudud llegaron al recodo de tierra donde se hallaba el lago, ambos sacaron sus arcos y lanzaron una flecha. Tuvieron bastante suerte. La flecha de Olostarin atravesó la garganta de uno de ellos, de aquél a quién Firye le había dado un golpe en la nariz. La flecha de Narudud no tardó en cruzar el aire y alcanzar el corazón de otro de los bandidos, que se haya junto al anterior. La teleri acabó con la vida de otro de los compañeros.
Los dos elfos corrieron hasta Firye enfundando sus espadas. Las aguas de las cataratas rugían con intensidad cayendo sobre la laguna donde antes se había bañado la elfa. Los bandidos que habían permanecido cerca del lago presenciando el espectáculo de sus compañeros ahora muertos, se acercaron hacia los tres elfos, dispuestos a vengar la muerte de sus compañeros. Quedaban seis de ellos. De repente, uno de ellos exclamó:
- ¿Tú aquí?
Narudud miró extrañado al bandido, un hombre de rostro surcado por varias cicatrices y tostado por el sol del desierto. Los ojos negros del bandido parecían haber reconocido al elfo. Olostarin se giró hacia su compañero, esperando saber si se conocían. Pero Narudud se encogió de hombros, no reconocía las facciones severas de aquel hombre.
- ¿Qué menesteres te traen tan lejos de Adudran, saqueador? ¿Ahora te dedicas a rescatar a damiselas en apuros? Tienes buen gusto, eso sí.- Los bandidos a su alrededor volvieron a reír a carcajadas olvidándose de que algunos de sus compañeros habían muerto.
- Te has confundido de persona – respondió Narudud, que empezaba a enfurecerse por la actitud de aquellos hombres. Su mente tuvo un colapso y arremetió imprevista y fieramente contra el bandido. Sin embargo, pese a la rapidez de la acción, éste consiguió evitar ágilmente.
Aquella acción provocó que la lucha se reactivara de nuevo y que los elfos se vieran de nuevo luchando contra aquellos bandidos. Éstos se lanzaron apresuradamente con sus cimitarras y sus alfanjes hacia los elfos. Narudud se las siguió viendo con el bandido que decía reconocerle. Blandió su espada para hacerle frente. No era la primera vez ni sería la última vez, y realmente el elfo manejaba la espada como maestría, como si fuera algo que hiciera a menudo. Lejos se escuchaba el murmullo de otras voces, de otras espadas chocando, posiblemente del resto de los componentes del grupo. Sin embargo, el nieto de los reyes de Cadraldôst escuchaba otro susurro en cabeza, un ruido sordo que sacudía su mente y no le dejaba pensar con claridad. Y no era el ruido que provocaba el agua cayendo desde lo alto del precipicio de la montaña hacia la laguna, no. Se trataba de otro sonido, más gutural y rasgador, un sonido que sólo escuchaba Narudud.
- ¡Te mueves ágilmente, saqueador! – La voz de su enemigo parecía venir de otro lugar y otro tiempo, como embutida en un cristal sin salida. - ¿Te ha enseñado bien a luchar aquél para quién trabajas?
Narudud seguía callado, sumergido entre dos batallas, la que mantenía con el bandido y la que sucedía en su mente. No obstante, con fiereza arremetió contra su enemigo, pero otra vez éste, que era bastante ágil consiguió evitarla, y también rápidamente le devolvió la arremetida. Aunque el elfo pudo demostrar también su agilidad, dio un salto hacia atrás justo en el momento en que el ruido de su mente se volvía más insoportable. Aunque, en ese momento, una mano le agarró fuertemente por detrás, el elfo se escabulló pero perdió el equilibrio y cayó al suelo. El ruido de su mente cesó de repente. Levantó la vista y se encontró con que otro bandido había venido a ayudar a aquel con el que luchaba y se disponía a aprovechar la caída del elfo para acabar con él. Narudud se giró apresuradamente y con sus piernas logró interceptar el movimiento de su posible agresor. El brazo actuó rápido cuando éste perdía también el equilibrio y la espada del elfo acabó en el pecho del bandido. Narudud se incorporó entonces y tomó posición para golpear al primer bandido que se lanzaba en ese momento a por él. Sin embargo, no había podido recuperar su espada pues se vio acorralado por las embestidas del alfanje del bandido.
El acero segó entonces el cuello de su enemigo, el cual cayó al suelo desangrado y, tras él, apareció el rostro de Firye.
- Te debo una – dijo el elfo mientras agradecía a la teleri. Narudud señaló además la desnudez de la elfa. La rapidez de la batalla había impedido que la chica tomara su ropa. – Será mejor que busques tu ropa mientras yo ayudo a Olostarin.
Olostarin se hallaba lejos de ellos, cerca de las cataratas, donde su duelo contra otro de los enemigos les había hecho caerse a la laguna y continuar la lucha en el agua. En el momento en que Narudud iba hacia allí, el arma del bandido lanzaba una estocada hacia el elfo y dañaba de lleno en el hombro derecho. Narudud se lanzó al agua hacia allí para ir a socorrerlo al mismo tiempo que el bandido decidía abandonar la escena de la lucha y huir. Cuando el avari llegó hacia donde se encontraba Olostarin, éste intentaba nadar a pesar de la herida del hombro.
Finalmente Narudud ayudó a su compañero a salir del agua. No había ninguno de los que le habían asaltado, los que no habían huido, yacían sin vida cerca de la laguna. El avari se preguntaba cómo estarían sus otros compañeros.
[Editado por aratir el 07-05-2010 17:35]
Firye volvió a ser consciente de su desnudez, pero no hubo señal de rubor alguno, de hecho encontrarse libre de ropajes le había permitido moverse con total libertad, salvo por el incomodo bamboleo de sus pechos. Ahora que la batalla estaba claramente a su favor y próxima a su desenlace no despreciaría la oportunidad de protegerse con ellas, aunque fuera de una forma más sugestiva que real dada su finura y protección nula frente a un combate. Así pues, creyendo a Olostarin seguro junto a Narudud, tomó rápidamente su vestido blanco junto a la orillas y hizo que este se deslizara velozmente sobre su cuerpo tras la lucha casi seco.
Un alarido casi ahogado de dolor hizo que sintiera una punzada en el corazón temiendo haberse equivocado, más cuando al ver al fin que pasaba, se dio cuenta de que Olostarin había sido herido, aunque afortunadamente solo en el hombro. La elfa entonces se puso de nuevo a la carrera aún descalza, en pos de los bandidos que ahora huían tras la llegada de Narudud, quien se acababa de lanzar al agua para ayudar a su amigo.
La distancia que los bandidos tenían de ventaja sobre la elfa era bastante, pero la velocidad de esta hacia que a cada segundo fuera más y más recortada. Sin embargo, cuando pocos metros más le quedaba para atraparlos, y sin tener encuenta de la diferencia de un tres contra uno, los bandidos parecieron desaparecer tras uno de los recodos de la pared rocosa. Firye corrió un poco más extrañada que de repente le hubieran sacado tanta ventaja, pero al llegar al siguiente claro sin llegar a verlos, volvió atrás en busca de algún posible recodo que les hubiera servido de escondrijo. Nada halló sin embargo, y al parecer finalmente no se hallaba tan sola, pues el resto del grupo parecía haber dado cuenta del resto de los bandidos, y la habían seguido pocos metros por detrás.
-Parece como si se los hayan tragado la tierra- proclamó la elfa no sin cierta rabia, al ver que el resto de sus asaltantes al final escapaban.
La herida del hombro no era nada grave, Olostarin parecía no preocuparse demasiado por ella. Lo que si le preocupaba de verdad, era la salud de sus otros compañeros y lo que más le dolía era la rabia de no haber podido atravesarle el pecho con sus espadas a ese bandido cobarde que le había herido. Ahora estaba ya demasiado lejos como para darle caza con el arco, y aunque hubiese estado más cerca, no habría podido tensarlo como es debido.
Con la ayuda de Narudud, Olostarin se levantó del suelo y mientras los demás compañeros iban corriendo tras Firye, ellos dos lo hacían a mucha menos velocidad. Cuando llegaron a la altura de la elfa, ésta se encontraba con un rictus de rabia en la cara. Ya volvían todos frustrados hacia la laguna cuando unos pequeños guijarros resbalaron de las paredes de roca y cayeron al suelo, advirtiendo al grupo. De repente, Olostarin se giró y alzó la mirada. Sus penetrantes ojos grises escrutaron la roca y en un instante su dolorido hombro tensó el arco y disparó una flecha que fue directa hacia un punto entre las rocas. Al cabo de un rato, un cuerpo ensangrentado aterrizó en el suelo frente a ellos con una flecha de penachos blancos atravesada de sien a sien: era el bandido que había herido a Olostarin y la flecha era la que acababa de lanzar.
Una vez que el Elda hubo confirmado la muerte del bandido de un solo vistazo, se dio media vuelta y se dispuso a continuar su camino, pero la herida de su hombro sangraba ahora más tras el esfuerzo que había realizado al tensar el arco. Olostarin se taponó la herida con la mano izquierda e intentó continuar su camino, pero unos metros más allá, Mazan tuvo que ayudarle a mantenerse en pie hasta que llegaron hasta la laguna donde habían dejado a los camellos.
Allí, Firye examinó y lavó la herida del elfo mientras todos descansaban y soltaban las armas, se lavaban y maldecían a los bandidos entre dientes. Después de vendar el hombro de Olostarin, Firye hizo lo mismo con el corte superficial que le habían hecho a Eärondûr en el rostro. Más tarde, todos se reagruparon y conversaron un rato sobre lo ocurrido, pues en verdad les había pillado por sorpresa a la mayoría.
Los cuerpos sin vida de los bandidos yacían no muy lejos del lugar en que el grupo se había detenido a hablar sobre lo sucedido. Todos estaban muy extrañados y sorprendidos, pues ninguno esperaba encontrarse con salteadores de caminos en el Paso Gris. De haber habido algún problema, todos, y muy especialmente Varyamo, habrían esperado que se hubiera tratado de alguna avanzadilla de infectos Udûn-Hai. La presencia de esos bandidos los había desconcertado, pero aún más que su presencia, les inquietaba su origen. Había muchas preguntas sin respuesta aparente.
Antes de discutir sobre lo ocurrido, y mientras Firye examinaba el rasguño en el rostro de Eärondûr y el corte en el brazo de Vaereth para asegurarse que no estuvieran infectados, Varyamo y Vilendil terminaron de montar el pequeño campamento mientras Mazan encendía un fuego con la leña que había reunido. Olostarin y Narudud estaban sentados en silencio, pensativos. Las tiendas no tardaron en estar montadas, y y sin descuidar la vigilancia, todos se sentaron alrededor del fuego, y hablaron.
-¿Quiénes eran esos hombres?- preguntó Varyamo.
-No lo sé, pero había algo en ellos… no parecían bandidos comunes- respondió Narudud.
-Fueran quienes fueran, acabamos con ellos fácilmente- dijo Eärondûr, acariciándose el corte en su mejilla derecha.
-No tan fácilmente. Además, algunos consiguieron escapar rápidamente y sin dejar ningún rastro. Y eso me intriga y me preocupa- replicó Firye.
-Estoy de acuerdo con Firye, la forma en que desaparecieron es muy extraña- intervino Narudud.
-Quizás descubrieron algún pasadizo o túnel oculto en la pared de roca, alguna entrada que no se pueda ver a simple vista si no sabes exactamente dónde buscar. Estas tierras nunca fueron un lugar seguro- dijo Varyamo, y todos recordaron de pronto su relativa proximidad a las Colinas de Fuego.
-Es una lástima que no hayamos capturado a ninguno con vida, para poder interrogarle- dijo Vaereth.
-¿Qué pasó con aquél que se enfrentaba a Narudud, y huyó? Le disparé una flecha en la pierna para no matarlo y así poder interrogarlo después- dijo Olostarin.
-Después de acabar con los bandidos que nos salieron al paso, me acerqué a él con el hacha dispuesta para vigilarlo. Pero no sé de dónde, se sacó una daga, e intentó acuchillarme. Evidentemente, no vivió mucho para lamentar el error. Aunque ahora, yo sí lamento no haber intentado herirle en vez de matarlo- dijo Mazan.
-Todos habríamos hecho lo mismo amigo- dijo Olostarin, pasando su brazo por encima del hombro del Enano.
-¿No os parece extraño que nos atacaran precisamente aquí, a la caída de la noche, en el momento en que más vulnerables éramos?- intervino Firye.
-Cierto, pero me temo que ya nunca podremos saber quiénes eran ni sus verdaderas intenciones. Sólo podemos especular, y en el fondo no es más que una pérdida de tiempo. Si eran un grupo de simples bandidos y el azar quiso que nos encontraran en este preciso momento, o si tenían alguna motivación oculta, dudo que lo lleguemos a saber. Creo que lo más importante es que la mayoría serán pasto de las bestias carroñeras del desierto, y que todos nosotros seguimos con vida, y casi todos, ilesos. Sin embargo, creo que debemos permanecer alerta y extremar aún más las precauciones en nuestro viaje. Quizás los hombres que nos atacaron forman parte de algún grupo mayor, y sería prudente no permanecer aquí mucho tiempo. Al menos, no más del extrictamente necesario- dijo Vilendil. Todos asintieron en silencio.
-Sabias palabras. Pero hay algo que me inquieta, Calênen- dijo Olostarin, con rostro grave -Cuando llegamos a la laguna donde esos bandidos mantenían prisionera a Firye, me pareció que uno de los bandidos te reconoció. Pude ver la sorpresa y la confusión en tus ojos. ¿Es cierto, conocías a aquél hombre?- preguntó Olostarin, y todos los demás, tan sorprendidos como lo estuvo Narudud cuando oyó al bandido hablarle como si lo conociera, clavaron sus ojos en el elfo.
[Editado por Aragorn_II el 11-05-2010 14:48]
Los ojos de Narudud se clavaron en el fuego, que se movía lenta pero intensamente al compás de la tenue brisa y servía para preparar la comida. El anochecer se aproximaba lentamente desde el este y la luna mostraba signos de aparición.
- No, no lo conocía o al menos no recordaba su rostro. Quizás nos encontramos alguna vez en Adudran o quizás se confundiera – aseguró el elfo mientras mantenía su mirada hacia la carne que se estaba haciendo sobre la hoguera.
El olor a comida que brotaba del fuego empezó a animar al grupo y sus estómagos se encogían ante la expectativa de comer algo, notaban que ya tenían hambre pero no podrían saciarlo con otra cosa que no fuera una cena frugal. Llevaban provisiones de sobra pero el viaje era largo y aún les quedaba algo más de un mes para llegar a su destino, con lo que se habían mostrado de acuerdo con racionar los alimentos que tomaban cada día.
- Si un bandido te conocía, y admites que es posible que lo vieras en Adudran...-continuó Olostarin. No se atrevía a preguntarle lo que quería saber. Tenía mucho aprecio a los abuelos de aquel elfo y, aunque nunca lo había sabido a ciencia cierta, intuía que la vida de la oveja negra de la familia no había sido muy respetable. Alguna que otra vez, Anfalas le había contado a Olostarin los rumores que a sus oídos le habían llegado sobre su nieto- ¿Estabas con algún grupo de bandidos allí?
El frío empezaba a levantarse y las estrellas chispeaban con leve intensidad en la bóveda celeste.
- Es cierto que son frecuentes los grupos de bandidos en Adudran – respondió sin levantar la vista del fuego el avari.- Pero no, no estaba en ninguno. Adudran es actualmente una de las más importantes ciudades de Ambaron, casi un cruce de caminos, y mucha gente va y viene a esa ciudad. Quizás no fue esta la primera vez que me asaltó, y ya lo hizo alguna vez allí.
Olostarin no sabía si insistir pues, en realidad, hacía tiempo que tenía ganas de hablar con el avari. Pero decidió acabar la conversación en aquel punto. Ya tendría una charla a solas con el avari en cuanto pudiera. Sin embargo, no era él el único que estaba intrigado por la vida de Narudud tan lejos de su pueblo.
- ¿Entonces has vivido en Adudran? – preguntó Vilendil, mientras cuidada de la comida que se calentaba al fuego. El avari asintió con la cabeza sin pronunciar ninguna palabra.- Difícil ha debido ser para un elfo habitar una ciudad de hombres. Y menos en Adudran, no he escuchado nada halagüeño de esa ciudad.
- Opté por no mostrar mi condición élfica. Para ellos, sólo soy un hombre más. Como bien dices no es fácil para un miembro de la raza élfica habitar una ciudad de hombres.
- Yo no he estado allí nunca en Adudran pero nunca me hubiera ido de una ciudad tan bella como Cadraldôst para acabar en lugar pasto de bandidos y corruptos – intervino Mazan.- ¿Qué se te perdió allí?
Narudud alzó la vista y comprobó que todas las miradas se agolpaban sobre él. Firye estaba en una esquina, expectante.
- Cadraldôst es una ciudad muy bella, sin duda, y bastante agradable por cierto. Pero a veces la más absoluta belleza puede convertirse en la más asfixiante opresión.
A su alrededor, todos le miraban con curiosidad y extrañeza al tiempo que el rojo resplandor del fuego les iluminaba la cara.
- Suerte has tenido, sin duda – aseguró Varyamo.- Si es cierto todo lo que se cuenta sobre aquella ciudad, yo no habría vivido mucho tiempo allí.
Hubo un silencio tras las últimas palabras del gondoriano, aunque Vilendil no dejó de mirar al avari con curiosidad mientras la carne se terminaba de hacer. Al final, acabó interviniendo de nuevo.
- ¿Y a qué te has dedicado en Adudran? – le preguntó, directamente.
Narudud tardó en responder, quizás buscando las palabras adecuadas para hacerlo. No obstante, finalmente pensó que no podría maquillar la forma en que había subsistido allí.
- Siempre me han gustado los lugares antiguos, he admirado las ruinas que otrora fueron testigos de la historia de grandes pueblos. En Ambaron hay muchos de esos sitios y en no pocas ocasiones me he llevado algún recuerdo de ellas que luego he vendido a buen precio en los mercados de Adudran. De alguna manera hay que sobrevivir en la ciudad del Sirhele, y ser un saqueador es el trabajo más honrado que puedas encontrar allí. – El elfo sabía que estaba confirmando los rumores que durante todos aquellos años le habían llegado a sus hermanos de Cadraldôst. Vio la mirada de Firye muy fija en él. Pero entonces se giró hacia Vilendil.- La noche avanza rápido y la comida ya huele bastante bien. Es hora de cenar.
[Editado por aratir el 14-05-2010 13:26]