Historia pública

Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado

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Fragmento 78 por LordDark

Hay una zona, al este de Numen Metta, donde antaño Gobernó Udun, cubierta de leyenda y misterio. Una barrera mágica lo protege (al estilo de la de Melian pero teñida de terror). Nadie sabe nada de esa zona porque nadie que se haya aventurado en ella ha regresado para contarlo. Sólo leyendas se conocen: antiguos recuerdos de horror sin límite... pero algo más que leyendas hay ahí, un poder oscuro continua tejiendo una red de maldad... por fortuna la barrera que impide la entrada parece a la vez impedir la salida del mal que ahí anida... aunque tal vez, esto último, también sea sólo una leyenda.

La tierra había cambiado mucho desde la gran batalla luchada en el abismo, a finales de la tercera Edad. Muchos fueron los que partieron y la mayoría de los clanes de habían desaparecido de Ambaron. Uno de los clanes que sobrevivió fue Udûn. Los ejércitos de Haddar intentaron ocupar sus tierras, pero no sabían de la gran maldad que había dentro de esas tierras, nunca se imaginaron lo fieros, atroces, desdichadas, cruentas e innumerables criaturas malvadas que salieron a recibirlos. Hombres, elfos, orcos, wargos, trolls, Olog Hai, etc. El ejército fue aniquilado al completo, sus cabezas fueron clavadas en lanzas con sus armaduras sin cuerpo, pues los cuerpos fueron devorados por todas las inmundas criaturas, destrozando los cadáveres. De la tierra salieron raíces, si raíces, las raíces del Árbol Negro de Udûn, alimentándose de la sangre de los caídos.

Lo intentaron otras veces, pero siempre acababan derrotados.

Ahora en el año 179 de la C.E. del sol, los bandidos ocupaban el Numen Metta y una compañía fue mandada hacia esas tierras.

[Editado por LordDark el 22-05-2010 21:09]

Fragmento 79 por Neume

No habían dejado más que a uno vivo, (si es que el estado en que se encontraba aquel bandido podía considerarse como “vivo”).

Desperdigados por las cercanías se hallaban el resto de hombres o lo que quedaba de ellos. Los orcos se apresuraron a registrarles los bolsillos y macutos apropiándose de lo que veían, aunque sabían que si daban con algo de especial valor debían entregárselo a él, a su Señor.

El Maia se encontraba junto al único superviviente. Éste se apretaba una profunda herida en el estómago mientras balbuceaba algunas palabras con gran esfuerzo. Una figura femenina se acerco con sigilo a ambos. Miraba la escena divertida.

-No va a durar mucho. La vida se le escapa –dijo mientras se acuclillaba al otro lado del hombre. Pudo ver la expresión de horror en sus ojos y se sintió satisfecha.

-Silencio –ordenó Arattalion. -¿Cuántos eran?. La pregunta iba dirigida al moribundo, quien ladeó la cabeza evitando la mirada del Maia. Una mano femenina agarró la cara del bandido y apretándole con fuerza las mejillas le obligó a mirar nuevamente hacia donde no quería.

-Niño malo, te han hecho una pregunta.

Pero el bandido no estaba por la labor.

Antes de que Arattalion pudiera evitarlo, una daga se había clavado en el corazón del agónico salteador.

-¡Verkóre! – la voz del Maia tronó.

-Oh vamos, no te iba a decir ya nada. Esto me empezaba a aburrir. -Sacó el puñal y lamió una gota que se acercaba a la empuñadura.

Arattalion la miró enfurecido. Tenía mucho trabajo por delante todavía con ella.

Medio elfa nacida de una mujer libre udûnita y un esclavo del sur, otrora guerrero. Cuando la madre dio a luz a la pequeña, mató al padre pues consideró que ya había cumplido con su “servicio”.

Es conocida como Verkóre (corazón salvaje). Su escasa educación se reduce al ámbito militar. Es una de las pupilas de Arattalion, y de él ha aprendido todo lo que su corta edad le ha permitido. Al Maia le cuesta pulir a esta salvaje perelda, y aunque trata de mejorar las fortalezas de Verkóre, no puede evitar sus ataques de cólera desmedida. De cabellos rubios ondulados y ojos color miel, tras esa carita dulce y de piel morena, esconde una maldad que pocos adivinarían. De altura algo más baja que la media de un elfo común, es ágil, vivaz, caprichosa y bastante grosera cuando se lo propone.

Verkóre se levantó con un atisbo de arrepentimiento en su mirada.

-¿Te llegó a decir algo antes?

El Maia asintió. –Movilízales –ordenó –Salimos ya.

[Editado por Neume el 24-05-2010 23:37]

Fragmento 80 por Thauld

Abibalha observaba con severidad a los suyos. En la oscuridad solo iluminada por las llamas de las antorchas sus ojos negros, parecían inmensos como el vacio, y su amplia y gruesa barba negra ensombrecía aún más un rostro oscuro y tostado por el sol del desierto, mientras las arrugas de los años hacia si cabía su mueca más severa. Su mirada recaía en sus cuarenta hombres, los que quedaban de todos los bandidos que habían estado a su servicio.

-¿Os han visto entrar?-

-No, mi señor- intervino uno de los bandidos que habían observado la matanza de sus compañeros desde lejos -Nos ocultamos bien, y desde donde nos encontrábamos éramos totalmente invisibles, se lo aseguro, además aunque hubieran querido no habrían sabido por donde marchamos. Pero ha sido una autentica carnicería, creo que no dejaron con vida a ninguno de los que atraparon. ¿Creéis que están detrás de nuestro tesoro?-

-No lo sé, es algo que supongo que averiguaremos en breve, habrá que estar por tanto preparados.-

-¿No habremos de salir de nuevo, verdad? Quiero decir, hace nada perdimos a compañeros en el Paso Gris por aquel extraño grupo, y hoy hemos perdido a otros a manos de esos carniceros.-

-No- sentenció Abibalha -no es necesario que salgáis de nuevo, estamos abastecidos de nuevo y podremos permanecer ocultos un tiempo. Por lo que contáis, el nuevo grupo debe de provenir de las tierras oscuras en nuestras lindes, se cuentan horribles historias de ese lugar y algo me dice que se han percatado de nuestra presencia, por lo que más nos vale volvernos más precavidos a partir de ahora. En cuanto al otro grupo, los cogimos de imprevisto y seguramente andarán con suerte de paso, así que de ellos nos habremos que preocupar menos. Descansad pues, pero manteniéndoos atentos a cuanto pueda suceder.-

Mientras los suyos volvían a sus quehaceres, Abibalha pensó un poco más en aquel asunto. El primer enfrentamiento había ocurrido hacia nada, y ya había dado que hablar a muchos, a decir verdad aunque a sus espaldas todos hablaban de aquello en todo momento. Había sido un enfrentamiento desigual por lo que había sabido, pero aún así el grupo de viajeros parecía ser distintos a los habituales viajeros del desierto y habían dado buena cuenta de sus hombres, sin causar por lo que parecía baja alguna. Ahora aquellos chacales oscuros parecían haber venido en busca de sangre y con un poco de suerte Abibalha se libraría de ambos problemas si ambos enemigos se encontrasen. Tan solo con un poco de suerte.

No era ni el mediodía de un día de viento perpetuo, cuando en el horizonte del desierto comenzó a divisarse un muro de arena a cada paso mucho más próximo. Se aproximaba una tormenta de arena.

Fragmento 81 por Cudesas

Eärondûr había pasado la noche tranquilo, poco le importaba dónde o con quién había estado Narudud, su principal preocupación en aquel momento era pensar la mejor manera de llegar a la Ciudad Protegida de su antepasado... mientras jugueteaba con las llaves que guardaba celosamente, intentaba imaginar el tipo de protección que habría dispuesto el viejo Eärondûr un siglo antes; aunque había muerto como un humano, había crecido entre los Noldor y contemplado la belleza imperecedera de Amán... era imposible saber qué trucos escondía bajo la manga.

Tras el incidente con los bandidos, el grupo continuó su marcha adentrándose cada vez más en las inhóspitas tierras del antiguo Vanwendor, pero no habían avanzado mucho cuando los problemas volvieron a encontrarles.

-Se aproxima una fuerte tormenta de arena -advirtió Vaereth.

-¿Estás seguro? -preguntó Eärondûr.

El varante miró con extrañeza al joven y finalmente le respondió esbozando una sonrisa:

-O la tormenta o un millar de enormes elefantes rabiosos vienen hacia aquí... el resultado será similar.

-Hay que buscar un refugio cuanto antes, las tormentas de arena del desierto son muy fuertes -aconsejó Narudud.

Fragmento 82 por Aragorn_II

Había pasado un día y dos noches desde que se encontraron con los bandidos en el Paso Gris, y la compañía seguía su paso hacia el este. El día anterior habían avanzado más despacio, pues Firye temía que si cabalgaban más deprisa la herida en el hombro de Olostarin pudiera volver a abrirse, lo que en medio de semejante desolación y con los limitados recursos de los que disponía la sanadora élfica, podía ser algo muy peligroso. Habían decidido que Olostarin cabalgara solo, pues así iría más cómodo, aunque tanto el elfo como Mazan sintieron una gran pena por el cambio. A partir de ese momento, Varyamo y Eärondûr compartían cabalgadura, al igual que Firye y Narudud, y Mazan y Vaereth. Cada pocas horas, el grupo hacía un alto para que Firye examinara y lavara la herida de Olostarin, pues el agua se hallaba en abundancia a lo largo de toda la estribación sur del Numen Metta. Sin embargo, todos, aún el propio Olostarin, deseaban abandonar aquel lugar lo antes posible, por temor a que un nuevo grupo de bandidos pudiera asaltarlos en cualquier momento. Era irónico que fuera ahora, cuando se hallaban al cobijo de las montañas y con agua en abundancia, cuando todos no podían evitar sentirse más expuestos y desamparados, más que cuando se encontraban atravesando la inmensidad del desierto y sin ninguna referencia para la vista más que un inabarcable e interminable mar de dunas.

A la caída de la noche, llegaron al extremo oriental del Paso Gris, y el grupo decidió acampar al cobijo de un pequeño recodo que giraba hacia el oeste en forma semicircular. La noche transcurrió sin incidentes, aunque ninguno pudo descansar en paz, y no fueron pocos los que pasaron las horas atentos a cualquier ruido extraño. Pero lo único que se escuchaba era el sonido del viento arrastrando la arena y el murmullo del agua saltando de una pequeña cascada cercana. Con los primeros rayos del sol, y después de haber recogido el campamento y tomado un desayuno rápido, la compañía volvió a ponerse en marcha. Avanzaban en silencio hacia el sureste, dejando a su espalda la cordillera del Numen Metta, aunque durante las primeras horas de travesía, Vilendil y Narudud echaban rápidas miradas hacia atrás, como si temieran un nuevo ataque. No fue hasta el mediodía cuando todos se sintieron más aliviados, incluso Olostarin, que se encontraba más animado a pesar de que su herida no hubiera cicatrizado por completo. De repente, Vaereth, que avanzaba en cabeza, se detuvo y el resto hicieron lo mismo. Permaneció en silencio unos minutos, como si estuviera olisqueando el aire, y cuando se volvió, en su rostro se advertía una gran preocupación.

-Se aproxima una fuerte tormenta de arena -advirtió Vaereth.

-¿Estás seguro? -preguntó Eärondûr.

-O la tormenta o un millar de enormes elefantes rabiosos vienen hacia aquí... el resultado será similar- replicó Vaereth con una sonrisa.

-Hay que buscar un refugio cuanto antes, las tormentas de arena del desierto son muy fuertes -aconsejó Narudud.

-¿Estás seguro, Vaereth? Yo no puedo ver nada- añadió Olostarin, el de vista más aguda de la compañía.

-Que no pueda verse todavía, ni aún para los penetrantes ojos de un Elfo, no quiere decir que no se aproxime. El viento ha cambiado. Tenemos la tormenta justo delante… y avanza rápidamente hacia nosotros. Pronto empezaremos a notar sus efectos, y calculo que nos alcanzará en menos de una hora, por lo que hay que actuar con premura- respondió Vaereth.

-Desde luego, cabalguemos hacia las montañas, allí hay muchas cuevas que nos podrían servir como refugio- dijo Varyamo.

-He dicho que hay que actuar con premura, pero no de forma imprudente. Antes de lanzarnos a una carrera que no podremos ganar, hay que estar preparados. Hemos de asegurarnos que todo lo que llevamos está sujeto firmemente, y que tanto nuestras provisiones de agua como de comida están bien preservadas. Más nos vale demorarnos aquí diez minutos revisándolo todo que perder parte de nuestras provisiones, o que las tuviéramos que desechar porque se hubiera filtrado arena en ellas. Y os aconsejo a todos que os cubráis la cabeza y el rostro como hago yo, o no podréis respirar sin que vuestros pulmones se llenen de arena. Coged un pañuelo de los que nos obsequiaron en Cadraldôst y colocáoslo alrededor de la nariz y la boca- dijo Vaereth, y todos estuvieron de acuerdo.

Tardaron casi quince minutos en comprobar que todas las provisiones y pertrechos estaban bien asegurados. Además de los cuatro camellos en los que viajaban, la compañía llevaba otras ocho bestias, que eran las que transportaban las tiendas y las provisiones. A sugerencia de Vilendil, cada uno cogió una cantimplora y unos trozos de pan élfico, por si alguno se desorientaba con la tormenta. Llevaban a los camellos de carga de dos en dos, atados cada uno por una cuerda a un camello que servía de cabalgadura. Avanzaban velozmente en fila india, pues Vaereth les había hablado de lo importante que era que tuvieran una referencia visual clara al frente, para no desorientarse a causa de la tormenta. Vilendil avanzaba al frente montado sobre Nixelotë, seguido por el camello que compartían ahora Varyamo y Eärondûr y sus dos camellos de carga. Vaereth y Mazan los seguían, y Olostarin cabalgaba tras las tres bestias de las que tiraba el camello que compartían el varante y el Enano. El grupo lo cerraban Narudud y Firye, quienes a su vez también guiaban a otros tres camellos de carga. Afortunadamente, las bestias habían sido bien adiestradas en Cadraldôst, se dejaban guiar dócilmente, y no huirían presas del miedo cuando los alcanzase la tormenta.

No había pasado ni media hora desde que se pusieron en marcha, cuando todos comenzaron a sentir la fuerza del viento que soplaba a sus espaldas, haciendo volar la arena ante sus ojos, nublando su vista. Los pequeños granos de arena golpeaban sus ropas y arañaban sus manos y lo poco que habían dejado al descubierto de sus rostros. La tormenta fue empeorando hora a hora, y cuando llegaron al extremo oriental de la cordillera del Numen Metta, ninguno podía ver mucho más allá del camello que tenía delante. Varyamo y Eärondûr respiraban pesadamente, y se sentían fatigados y casi al borde mismo de la extenuación. De repente, justo después de llegar a las estribaciones surorientales del Numen Metta, los dos hombres perdieron de vista a Vilendil. Habían seguido la blanca estela de Nixelotë cuando éste giró en el recodo que se abría hacia el oeste en el que habían pasado la noche anterior, pero al hacer ellos lo propio, no pudieron ver al corcel. Aunque la pared de roca les ofrecía una barrera natural contra la violencia de la tormenta, la visibilidad continuaba siendo escasa. Siguieron cabalgando, y aunque intentaban llamar al Medio Elfo con todas las fuerzas que les restaban, los gritos se les ahogaban en la garganta. Cuando ya eran presa de la desesperación, pues tampoco habían conseguido encontrar a los demás, una esperanza renació en ellos.

A lo lejos, vieron una luz, y cabalgaron hacia ella. Cuando se acercaron, vieron que provenía del interior de una pequeña cueva, y en su interior vieron cómo el lomo de Nixelotë resplandecía con reflejos de plata y oro a la luz de la antorcha que sostenía Vilendil. Varyamo y Eärondûr desmontaron y tiraron de los camellos hasta meterlos unos metros en el interior de la cueva, lejos de la tormenta. Vilendil se acercó a ellos con una bota en la mano y les dio a beber a cada uno unas gotas de Mirúvor, las últimas que le quedaban. Los dos hombres sintieron cómo las fuerzas volvían a ellos, y todos los pensamientos oscuros y la desesperación los abandonaban.

-Varyamo, Eärondûr… mi corazón se regocija al ver que estáis a salvo. Pero a la vez, una sombra ha crecido en mi al acercarme a estas montañas. Algo extraño hay en esto, sin duda. Pero decidme, ¿dónde están los demás?- dijo Vilendil.

-No lo sabemos. Después de perderte de vista miramos hacia atrás pero no vimos a nadie. La tormenta es más violenta de lo que jamás creí que fuera posible, y siento profundamente haber cometido el error de subestimar su fuerza- respondió Varyamo.

-Pero dime Vilendil, ¿cómo has conseguido encontrar este refugio? ¿Y por qué te perdimos de vista cuando doblaste el recodo?- preguntó Eärondûr.

-Cuando ayer llegamos a este recodo, examiné detenidamente el lugar, y encontré varias cuevas y grutas. Esta mañana, antes de partir, eché un vistazo rápido a lomos de Nixelotë y vi que de muchas de ellas partían túneles que se perdían en el interior de la montaña. Cuando Vaereth nos advirtió sobre la tormenta, recordé estas cuevas inmediatamente, y le pedí a Nixelotë que me guiara hasta ellas. Yo solo no habría podido dar con ellas sin la ayuda de mi fiel amigo. ¡Que Eru te guarde siempre por tu extraordinario sentido de la orientación! Aún en medio de la furia desatada por la tormenta, ha sido capaz de encontrar un camino seguro. El resto fue sencillo. Improvisé una antorcha con algo de la madera que pude recoger esta mañana, un par de pañuelos gastados que llevaba encima y algo de aceite. Pensé que el fuego se divisaría desde lejos y que os ayudaría a encontrar un refugio seguro a todos. Espero que los demás os sigan pronto- dijo Vilendil.

-Eso espero también- dijo Eärondûr, abrazando al Medio Elfo.

-Yo también- añadió Varyamo.

-Voy a dejar la hoguera encendida, y nosotros podemos aventurarnos más en el interior de la montaña por este túnel- dijo Vilendil, señalando una estrecha abertura que tenían delante de ellos –Además, debe haber algún manantial cerca, pues oigo el dulce susurro del agua resbalando sobre la roca. Allí podremos lavarnos y beber hasta saciarnos, al igual que Nixelotë y los camellos- añadió Vilendil con una sonrisa.

-¿Eres capaz de escuchar algo más que la furia que ha desatado la tormenta ahí fuera?- preguntó sorprendido Eärondûr.

-Así es, pero no nos demoremos más. Seguidme. Pero tened cuidado, no sabemos con qué, o con quiénes, nos podríamos encontrar - dijo Vilendil.

Los tres avanzaban penosamente a través del estrecho túnel. Vilendil iba al frente, con la antorcha en la mano derecha mientras con la izquierda tiraba de las riendas de Nixelotë. Lo seguía Eärondûr tirando del camello que les servía de cabalgadura, y detrás marchaba Varyamo tirando de los dos animales de carga. La abertura se fue haciendo poco a poco más amplia y el techo se fue elevando. A ambos lados se abrían varios túneles más estrechos, pero Vilendil los animaba siempre a continuar por el túnel principal. Algunos de esos pasillos parecían ascender, mientras que otros parecían descender, internándose hasta el corazón mismo de la montaña. Pero no había duda de que eran unos túneles laberínticos en los que sería muy fácil perderse. No tardaron en darse cuenta que el túnel estaba lleno de estalactitas y estalagmitas, algunas de las cuales formaban ya unas imponentes columnas que parecían sostener ellas solas todo el peso de la montaña que se elevaba sobre ellas. Algunas eran de gran belleza, y Varyamo y Eärondûr esperaron que Mazan pudiera verlas pronto, porque sin duda su visión le regocijaría el corazón. El ruido de la tormenta se fue apagando a sus espaldas, y al cabo de los minutos, sólo se oía el eco de sus pasos. Pero pronto, los dos hombres advirtieron el sonido del agua del que les había hablado Vilendil, y poco después el túnel desembocó en una gran cavidad. De una de sus paredes manaba agua en abundancia formando una pequeña laguna.

Los tres bebieron hasta saciarse, al igual que hicieron las bestias, y también aprovecharon para lavar y limpiar los arañazos que había causado la arena en sus manos y en sus rostros. Las frías aguas del interior de la montaña les despejaron la mente aún más, sobre todo a Varyamo y a Eärondûr. Los tres permanecieron un rato en aquél remanso de paz, y aprovecharon para comer algo del pan que cada uno llevaba consigo. Estaban a punto de regresar al túnel para ver si había aparecido el resto de la compañía cuando de repente, Vilendil se paró en seco. Su rostro era grave, aunque ni Varyamo ni Eärondûr podían verlo, pues estaba de espaldas a ellos. El Medio Elfo clavó entonces la mirada en su cintura, en la que Luiringil emitía un brillo que sólo podía significar una cosa: una presencia maligna y oscura estaba cerca de ellos. Muy cerca.

[Editado por Aragorn_II el 30-05-2010 15:44]

[Editado por Aragorn_II el 30-05-2010 15:54]

[Editado por Aragorn_II el 30-05-2010 16:11]

[Editado por Aragorn_II el 30-05-2010 16:22]

Fragmento 83 por LordDark

El alba alumbró ya en el nuevo día. El encuentro transcurrido ayer hizo divertida la jornada para la compañía, sobre todo para los orcos que se estaban alimentando de carne humana. La carnicería atroz que realizaron con los bandidos les había valido a todos para demostrar su eficacia. La compañía con la que cruzaron el Den Anamo “El Paso de la Muerte” estaba compuesta básicamente de orcos, un grupo de doce fieros, horripilantes y crueles criaturas que destacaban en las compañías Udûnitas. Seguidos de ellos a escala militar, iban dirigidos por dos suboficiales en rango, hombres de Melkore siempre dispuestos para la batalla. Ellos dirigían a las desdichas criaturas manteniendo el orden en dichos especimenes, pues en medio del grupo de orcos llevaban como fuerza bruta un troll. Los oficiales estaban compuestos por dos hombres más, combatientes en innumerables batallas y dos elfos moriquendi especialistas en guerrilla militar. Al mando de todos ellos se encontraban dos Señores de Udûn. Verkóre, la Bella pero cruel medio elfa, y pupila de él. La mismísima Garra de la Oscuridad, Arattalion el Gran Maia Oscuro. El Señor de Udûn.

La Compañía dispuso todo para la marcha hacia El Paso Gris. Los orcos iban delante con el troll, dirigidos por los suboficiales hombres a latigazos. Los oficiales iban charlando en la negra lengua udûnita a trote rápido, lo que le permitían la avanzadilla delantera. Rezagados un poco más detrás iban él y su pupila hablando:

- ¡Si le hubieras dejado solo unos pocos segundos mas, le hubiera arrancado las palabras que necesitaba Verkóre! ¡Maldita sea! siempre atacas antes de lo preciso. Tienes que aprender a redimir tus ataques de cólera. ! Por Morgoth! – La mirada del Maia hacia la medio elfa era de furia viva. Sus ojos echaban fuego.

- Bueno, tampoco obedeció tu orden, y merecía la muerte. Además su sangre estaba dulce – emitió una sonrisa- y te dio la información necesaria de los bandidos.

- Había otro grupo extraño de extranjeros, viajeros poco usuales, pero claro como tienes esas manos tan largas y vivaces para tu daga pues, al pobre no le dio tiempo de decir ni cuantos eran ni su localización. Pero poco importa ¿verdad?- Se adelanto un poco y alzó su tronosa voz -¡UDÛN HAI!

- ¡HAI!- Respondió la compañía.

- ¡Soldados descansemos un poco!- Se dirigió hacia los capitanes elfos y les mando a que subieran con su habilidad y destreza por la ladera de la montaña y miraran hacia el este para ver que se acercaba y si podían ver algo mas con ese don en su vista.

El viento había cambiado y de ello se había percatado el Maia, parecía que las malas aumentaban y una fuerza natural estaba acercándose con velocidad hacia ellos. Paso un rato después del medio día y los elfos regresaban a paso veloz.

- Mi Señor, buenas y malas le traigo.- El elfo hizo una reverencia al Maia.-En la lejanía se aprecia una tormenta de arena que nos alcanzara en unas horas, aparte se aprecia un grupo de viajeros, que han comprobado su equipaje y regresan hacia el Numen Metta.- añadió el elfo.

- ¡Vaya, vaya, vaya! Por un lado la suerte nos acompaña y podremos saber quienes son.- sonrió el Maia.- ¡Levantaos inútiles! Verkóre debemos ponernos en marcha hacia las cavernas que se encuentran más al sur, a unas 10 millas de aquí. Tenemos que ser raudos pues la tormenta no nos tardara en coger. Si nos desperdigamos recordad la gran caverna de estalactitas que se encuentran en esas cavernas, pues muchos túneles dan allí. ¡UDÛN-HAI!.

- ¡HAI!.

Se pusieron todos en Marcha.

El Viento empezó a dar fuerte al cabo de las horas, la compañía se había separado quedando los oficiales y Sus señores en un grupo, no se veía a muchos metros por la gran tormenta pero dieron con una cavidad en la que entraron y se dirigieron hacia la sala de las estalactitas. Se reunieron los Oficiales y los Señores al final de la sala.

[Editado por LordDark el 02-06-2010 18:16]

Fragmento 84 por Finlaure

La tormenta fue empeorando hora a hora, y cuando llegaron al extremo oriental de la cordillera del Numen Metta, ninguno podía ver mucho más allá del camello que tenía delante.

Mazan había ajustado todos sus enseres y aparejos con sumo cuidado y cautela, había forzado aquellas cuerdas con extrema dureza hasta incluso endurecersele las manos, había ajustado muy bien la piedra a su lomera, envuelta en un extraño saco que le colgaba ahora al naugrim de la espalda. En su mano derecha y desde que había comenzado a golpearles la arena, Mazan empuñaba a Azgazan y la mantenía firme al final de su corto pero vigoroso brazo. La situación se había vuelto muy desconcertante, los granos de arena golpeaban en la cara, los ojos, y cualquier parte del cuero que se mantuviera al descubierto. Por suerte, Mazan había escuchado el consejo de su nuevo compañero de viaje, Vaereth, y se había escondido el rostro, por encima de la nariz... «-Así almenos se podra respirar». Esas fueron las palabras del varante, y Mazan no se sorprendió al descubrir, que el joven estaba en lo cierto.

Esta tormenta no era lo que el enano pensaba en un principio, la había subestimado. No solo por llevar la pesada piedra sobre la espalda, que ardía como si absorviera todo el calor del sol.Los pequeños granos de arena y polvo verdaderamente causaban dolor en las partes desprovistas de ropa y el sonido de su virulencia y fuerza ensordecía cualquier otra voz que se alzara si no era en forma de grito. Sin embargo, se atisvo una luz, una luz muy extraña, era algo especial, era mágica, tenía el fulgor de las obras maestras que duermen sobre las gruesas lápidas de kregora que las protegen, en las profundidades de las cavernas de Durin. Y en esos momentos inciertos, era una luz de esperanza, todos avanzaron hacía ella y Mazan hizo lo propio. Fue entonces cuado el naugrim pudo discernir el aire viciado que emanaba la cueva, tal véz fuera un olor que pasaría desapercivido para el resto del grupo, pero Mazan sabía que clase de olores son arrastrados por esos aires viciados. Realmente eran aires que arrastraban, humedad, quietud, polvo que llevaba decadas sin ser golpeado por un azote de aire, y eso sólo podía significar una cosa... La luz procedía del interior de una cueva.

Al principio la humareda no dejaba ni ver, ni respirar, pero el anciano enano se guiaba por la intución para avanzar hacia lo profundo de la cueva, sus ojos se había adaptado hace mucho tiempo ya a esa escasez de luz, y aunque esperó durante un rato nadie aparecia por la misma boca de la cueva, el enano se puso en pie y volvio a cargarse aquella por la cual se encontraba en esta situación, una piedra de la que sabia lo mismo que de el resto de piedras que le rodeaban agolpadas en las rocosas paredes del interior de la montaña.

Poco tardo el experimentado naugrim en solucinar los complicados entresijos de la cueva y en cuestion de parpadeos ya se veía como en casa, y notaba como sus pies parecian ahora moverse más rapido, con una sensación de comodidad tal cómo estar descalzo. Su intuición le decia que había algo grande en esa cueva, y las pisadas en algunas partes del camino le daba certeza de que no era el único que se había adentrado en las faldas del Paso Gris. Todo esto llevo al enano a adentrarse hasta algo maravilloso, de las paredes y del techo se erguian impolutas algunas de las estalactitas y estalagmitas más bellas que había vislumbrado antes el enano, a pesar de no ser muy grandes en tamaño, eran muy finas y depuradas en belleza, y la visión periferica de todas ellas con sus sombras y sus rastros liquidios fosilizados con el paso de los siglos en duros sedimentos, significaban para Mazan un momento de éxtasis... El anciano enano comprendió ahora lo que pudo sentir su señor y Maestro, Gimli, al visitar las cavernas bajo el Avismo de Helm. Mazan dedico largo tiempo ha discernir que tipo de material era el que se encontraba en las definidas creaciónes de Aüle, olvidando por completo su localización y situación actual.