Historia pública
Camino Hacia La Luz. Libro I: Recuerdos Del Pasado
Estaban cerca del extremo oriental de la cordillera del Numen Metta y el feroz viento se arremolinaba a su alrededor con altos espasmos, arrancando la arena del suelo y levantándola muchos metros hacia arriba. A duras penas podía ver Narudud al resto de sus compañeros que iban por delante de él y de Firye. También escuchaba los lamentos de Mazan, que se quejaba de que no podía respirar bien y de que los granos de arena se le incrustaban rabiosamente en la cara. Narudud, dirigiendo al camello que compartía con la teleri, no dejaba de observar la imagen borrosa de las altas cumbres del Numen Metta. No le gustaban aquellas montañas. Hacía meses que había pasado cerca de ellas, en un viaje hacia el norte, y había notado un presentimiento no demasiado halagüeño. Cuando se detuvieron días atrás en la laguna, a pesar de los bandidos, no había sentido aquel presentimiento. Ahora, obligados por la tormenta de arena a refugiarse en una de las numerosas cavidades que ocultaban las altas cumbres, volvía a sentir cierto estremecimiento.
Vaereth detuvo su camello de repente y sin girarse, gritó lo más fuerte que pudo para que fuera escuchado por todos.
- ¡He perdido de vista a los demás! ¡La tormenta me impide saber qué rumbo han tomado!
El ruido ensordecedor de la tormenta permitió escuchar al varante.
-¡Una luz! – exclamó de repente Mazan mientras se bajaba del camello que compartía con Vaereth.
- ¡Mazan! – gritó Narudud. Pero el enano no le escuchó. A pesar de los gritos de sus compañeros el enano parecía hechizado por algún motivo y, de repente, desapareció entre la tormenta al mismo tiempo que se soltaban las bestias que arrastraba el camello de Vaereth y Mazan.
- Vaereth, tú y Olostarin buscad al enano y refugiaros en alguna cueva – ordenó Firye.- Nosotros recuperaremos los camellos. ¡Rápido!
Las figuras de Mazan y Olostarin se perdieron entre la nube de arena que les envolvía mientras, el ciclón cogía más fuerza a cada minuto que transcurría. Afortunadamente los camellos no habían avanzado mucho cuando Firye los recuperó. Ahora, con seis camellos que acarrear, los dos elfos avanzaron a favor de la tormenta para alcanzar la barrera montañosa de forma bastante dificultosa. Confiaban en que sus compañeros hubieran encontrado una apertura en la muralla rocosa para refugiarse porque en el caso de que alguno no lo hubiera conseguido, acabarían sepultados en el desierto por toneladas de arena y tierra.
No muy lejos de donde estaban, Narudud señaló frente a ellos un lugar donde se podía vislumbrar la entrada de la que podría ser una cueva. Más animados, los dos elfos tiraron de los camellos hacía ella hasta que la alcanzaron. Empujando a las bestias hacia su interior, penetraron en el refugio recién encontrado mientras que la tormenta parecía enfurecerse cada vez más. La apertura era bastante pequeña aunque lo suficientemente alta como para que los elfos se pudieran poner de pie. Más que una cueva era una especie de galería, estrecha, no muy alta y muy oscura.
- Hay una corriente de agua no muy lejos de esta galería – susurró Firye, intentando hablar lo más bajo posible.
- Quizás haya también una laguna donde refrescarnos – añadió Narudud con una sonrisa que la elfa ignoró por completo.
Firye dirigía su mirada hacia delante, expectante. A lo lejos, escucharon un ruido que no tenía que ver con ninguna corriente de agua, era otro tipo de sonido. Los dos elfos se miraron, ambos lo notaban. Algo se agitaba en el interior de la montaña.
Olostarin y Vaereth continuaron su camino detrás del imprudente enano. Olostarin apremió a Narastel para que apretase el paso, pues la velocidad de la tormenta de arena borraba instantáneamente las escasa huellas que dejaba el enano. Tras cabalgar un pequeño rato, el varante y el elfo aparecioron ante una abertura en la pared de piedra de la montaña. Era algo baja, por lo que el hombre y el elfo tuvieron que agacharse y conseguir que se agacharan los camellos después de comprobar que en el interior el techo se elevaba considerablemente. Los dos solos, acompañados únicamente por los camellos, avanzaron en sumo silencio por el interior de la galería hasta que, siguiendo la luz misma que había seguido Mazan, encontraron una enorme sala de estalactitas y estalagmitas brillantes y goteando agua puntual y rítmicamente. En el centro de la sala se hallaba Mazan, como en trance contemplando la belleza de aquella enorme sala. Olostarin torció la sonrisa y Vaereth lo miró.
-La cueva es una preciosidad, sin duda, pero me ha decepcionado. - dijo Olostarin acercándose lentamente al naugrim.- Esperaba algo más sorprendente, algo por lo que un enano medianamente cuerdo avandonase a sus compañeros en plena tormenta de arena arriesgándo así su vida y la propia integridad del grupo. - sentenció Olostarin mostrándole al enano su pequeño cabreo. Mazan simplemente regresó al mundo real y se desensimismó, haciéndose en parte el loco, y en parte asintiendo arrepentido por la grave expresión del elda. En realidad, no se había percatado de la presencia de ninguno hasta que el elfo había posado su brazo sobre su hombro.
-Ha sido una gran irresponsabilidad, Mazan. Lo sabés y confío en que no se te vuelva a ocurrir semejante temeridad. - apuntilló el varante apollando a Olostarin. Mazan se contentó con agachar la cabeza en señal de arrepentimiento y preguntar por Narudud y Firye.
-Fueron a por el camello que llevábamos amarrado al nuestro Mazan. Ahora deberíamos esperar a que regresasen, porque esperemos que lo hagan.
Mazan asintió y Olostarin se sentó en el suelo a esperar con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Vaereth no paraba de andar de un lado al otro de la cueva, estaba nervioso por la tardanza de los elfos. Sabía lo peligroso que es el desierto en plena tormenta de arena y temía por sus amigos. Mazan sentía cargo de conciencia, pena y se le notaba aunque él no quería el nerviosismo en el rostro. No quería ni pensar que a sus amigos les hubiera pasado algo por su culpa.
De repente, Olostarin pegó un ágil brinco y se puso de pie, como escuchando. Vaereth y Mazan le miraron e imitaron sus actos para escuchar algo de lo que hubiese podido escuchar el elfo, pero no escucharon más que el goteo de las estalactitas del techo. Olostarin miró a Vaereth y le comentó que habia escuchado pasos en la galería que continuaba tras la hermosa sala en la que se encontraban. Pasos que no eran de Narudud ni de Firye, sino de algo mucho más grande, pesado y torpe.
Habían llegado a una intersección de varias galerías. Los orcos estaban intranquilos, presas de la expectación, y husmeaban aquí y allá haciendo sonidos guturales. El troll, contagiado por el nerviosismo, respiraba más fuerte de lo habitual.
El Maia pidió silencio.
Verkóre se acercó a la bestia. Era un troll de las cavernas, bastante joven aunque fuerte y de piel verdosa y llena de grandes escamas. Cogió la cadena y tiró lo suficientemente fuerte para que el troll le prestara atención, pero sin hacerle daño. La medio elfa se llevó un dedo a la boca pidiendo silencio. La criatura imitó el gesto. A ella le parecían enternecedoras aquellas bestias. Tan estúpidas y dóciles.
Después de unos segundos, Arattalion parecía haber tomado la decisión. Ordenó que se separaran. Los dos humanos suboficiales se llevarían al troll y los orcos a las galerías laterales, mientras que él, Verkóre y los otros cuatro oficiales se dirigirían a la sala que parecía ser la principal.
- No dejéis con vida a nadie, pero si dais con el líder, traédmelo.
La medio elfa le cedió la cadena a uno de los humanos y los grupos se dividieron.
Pronto el sonido de los pasos se iba haciendo más evidente.
-¿Cuántos viajeros dijeron que vieron? – preguntó Verkóre mientras se ajustaba el brazalete de cuero.
- Son menos que nosotros- respondió el Maia
- Entonces nos vamos a aburrir.
- No hagas nada antes de que yo lo ordene, ¿me entiendes?
Verkóre torció el gesto. Era indignante que encima tuviera que esperar. Aunque comprendió que seguramente su maestro no querría mancharse las manos por tan poca cosa. A ella sin embargo, eso no le importaba.
Arattalion situó a los oficiales al frente. Serían los primeros en recibir a esos pobres infelices.
La medio elfa apoyó la espalda en una gran columna que se había formado por la unión de una estalactita y una estalagmita. Estaba fría y húmeda, igual que la cueva. Se podía sentir la humedad en el rostro y en el cabello. Verkóre se desenredaba los mechones de pelo quitando los restos de arena. Estaba bastante lejos de la entrada pero pronto pudo ver un brillo. Y ese resplandor no provenía de una antorcha.
Los dos humanos salieron al encuentro de los extraños. La pareja de elfos había trepado aprovechando las grietas y salientes de la sala, esperando a que los tres avanzaran un poco más y saltar cortándoles una posible huida.
El joven Eärondûr vio cómo relucía la espada de su recién encontrado pariente y recordó que, según contaban las historias de su familia, su espada Ankaewanwie también alertaba cuando el mal rondaba cerca; así que decidió desenvainarla para comprobarlo. Nada ocurrió, el metal permanecía oscuro y sin brillo en las profundidades de aquella caverna.
Cuando se disponía a volver a guardar su espada, dos figuras se abalanzaron sobre él y Varyamo, parecían humanos, pero en aquella oscuridad Eärondûr no era capaz de asegurarlo. Protegiéndose de los estoques de sus enemigos intentaron acercarse a Vilendil que aún portaba la antorcha encendida, a la vez que se alejaban del resbaladizo suelo cercano a la pequeña laguna subterránea.
Los atacantes parecían desenvolverse muy bien en la oscuridad, por lo que al trío de viajeros les costó reunirse; en el momento en el que parecía que conseguían cierta ventaja, el ataque de dos nuevas figuras sembró el caos en el campo de batalla. En esta ocasión los atacantes eran dos elfos, por lo que sus movimientos eran aún más rápidos y certeros.
Vilendil tuvo que soltar la antorcha debido al ímpetu inicial del ataque, pero por suerte ésta no se había apagado y los combatientes aún disponían de una tenue y trémula luz. Él y Varyamo se enfrentaban a los dos elfos y a uno de los humanos, mientras que el más inexperto de los viajeros se defendía de los ataques del otro humano cerca de la orilla de la laguna.
Eärondûr apenas podía adivinar los movimientos de su enemigo en aquella oscuridad, estaba acostumbrado a explorar cuevas en las montañas de la Marca Verde, pero aquella tenía algo extraño, aquel ambiente era más denso y oscuro de lo que cabría esperar; entre golpe y golpe se maldecía por haber heredado los ojos de su antepasado pero no su penetrante visión élfica que en aquel momento le habría sido de gran utilidad.
Al menos su experiencia le permitía moverse rápidamente por aquel suelo tan resbaladizo de la caverna, o eso creía él hasta que en uno de sus ataques contra su enemigo dio un traspié y se abalanzó hacia el humano, con tal suerte que él también trastabilló y se golpeó en la nuca con una de las estalagmitas.
El cuerpo del humano yacía tendido en la penumbra, por lo que Eärondûr se acercó a comprobar si aún vivía antes de unirse a Varyamo y Vilendil, pero en el momento en que se agachó a comprobar el estado de su oponente, una mujer surgió de la oscuridad ante él.
Aquella inesperada aparición hizo que el joven cayese de espaldas, lo que provocó que la recién llegada se lanzase contra él. A duras penas consiguió Eärondûr salvar su vida, la mujer sólo consiguió herirle en un muslo.
Cojeando, el muchacho se acercó a una zona mejor iluminada mientras la mujer se le acercaba con una siniestra sonrisa en los labios. Antes de reanudar el ataque pasó su lengua lentamente por la hoja de su espada limpiando el filo que estaba cubierto por la sangre de su enemigo:
- Tu sangre tiene un sabor extrañamente familiar muchacho.
- Es posible que no sea el primer Eärondûr con el que os encontráis, parecéis joven... pero no podría asegurar que no hubierais vivido varios siglos.
- ¿Siglos? ¡JA! No llego a uno aunque eso no será impedimento para acabar contigo. Y por cierto, no recuerdo haber oído nada sobre… ¿Eärondûr?
Tras esas palabras, la mujer comenzó un nuevo ataque contra el joven malherido que no opuso gran resistencia, intercambiaron un par de lances de sus espadas pero enseguida la mujer le propició un fuerte golpe al joven en el rostro con el pomo de su espada, Eärondûr cayó a la laguna y quedó allí flotando bocaarriba con la cara ensangrentada.
[Editado por Cudesas el 04-06-2010 22:44]
Fuerte afuera era la tormenta de arena que azotaba impetuosa, llenando de gritos escalofriantes el viento violento sobre el desierto, así como entre las rendijas sinuosas de la cuevas entre silbidos agudos y graves y así también los oídos y la mente del medio elfo.
Entre el bullicio de arena y brisa pudo oir muchas voces de alerta poco antes de precipitarse en la caverna junto a sus parientes; sus sobrinos, como les llamaba él y así también las voces de urgencia de sus compañeros de viaje que, aun tomando las previsiones para permanecer unidos, se extraviaron en el medio de aquella tempestad. Sus sentidos estaban agudizados ante la situación y se mantenía alerta, aun bajo esa apariencia de calma y serenidad que trataba de transmitir a sus compañeros dentro de la caverna.
Al cruzar el umbral, trayendo a aquellos que pudo a salvo, solo volvió la mirada unos segundos y en silencio elevo un ruego al altísimo "Atar... Vilyahérion.. llévales a salvo hacia algún sitio seguro" ( Padre... señor del viento).
Como se relata en otro sitio, Vilendil y compañía se adentraron en la caverna en busca de agua mientras hacían tiempo a que los otros pudieran quizás alcanzarles. Ya luego de haberse provisto de suficiente agua y saciado la sed tanto propias como las de los camellos y Nixelotë decidieron desandar el camino hacia la pequeña hoguera improvisada en la entrada del tunel.
Justo entonces una brisa fría con un murmullo macabro susurró en sus oidos y la alerta se hizo de nuevo alrededor del medio elfo, haciéndolo buscar en la oscuridad algún movimiento o señal de lo que recién había oído. Comprobando, se llevó la mano al ciño y desenvainando un poco su espada, pudo confirmar sus sospechas; Luiringil brillaba en un azul silente y gélido. Algún enemigo se encontraba cerca.
En ese momento percibió un movimiento detrás de la compañía y supo que de alguna forma los recién llegados estaban por trancarles el paso. Rápidamente le dió una orden a Nixelotë, su fiel corcel, para que guiara a los camellos como pudiese hacia la entrada, tratando de mantenerlos a salvo del enfrentamiento inminente. Sin embargo, reaccionar no fue suficiente; dos hombre de aspecto oscuro se habían abalanzado sobre Varyamo y Eärondûr y ya de frente dos elfos hacían aparición.
Ante lo imprevisto del asunto Vilendil lanzó la antorcha sobre unos montículos de estalagmitas para no perder tanta visibilidad y ya echó mano sobre su espada, tratando de no perder de vista a sus compañeros, pero los elfos lo tenían precisado y no lo dejarían darles la espalda para ir en su ayuda.
Prontamente Eärondûr se enfrentó uno de los hombres, mientras Varyamo hacia lo propio contra el otro. Vilendil totalmente claro que no habría tiempo alguno de dialogar o tratar de razonar con nadie, señaló con la punta de su espada a los elfos como desafio con una mirada fría y amenazante, y al cabo de menos de dos segundos desenvainó una daga pequeña con su siniestra, que permanecía ceñida a su muslo izquierdo, la cual usaba para labores menores de caza y al cabo de poco, se dirigió hacia sus oponentes.
Sabía bien que siendo elfos, tenían ventaja sobre sus compañeros así que decidió atacarles y que en él se centrara su atención mientras Eärondûr y Varyamo manejaban a los hombres. Vilendil corrío rápidamente hacia el elfo más cercano y con gran agilidad esquivó los primeros dardos lanzados contra él girando su espada y apartando con la daga, ganando terreno para lanzar un zarpazo al costado del primero y tumbarlo contra la pared rocosa y poco uniforme de la caverna, dejándole herido allí y semi inconsciente. Sin embargo al tratar de proseguir para aniquilarlo e ir contra el otro elfo, un silbido rozó su cara y lo detuvo por unos segundos; una flecha casi le alcanza. Pensando mejor la situación se dirigió a éste otro elfo tomando impulso sobre unas rocas y saltando rápidamente hacia su encuentro.
Con una rapidez inesperada para su enemigo, Vilendil se adelantó y cortó con la espada el hombro izquierdo del elfo que luego de lanzar un dardo quedó vulnerable ante el ataque. Éste trastabillo un poco pero respondiendo con agilidad le propinó un golpe en la cara al medio elfo con la mano desnuda, lo cual hizo repeler momentáneamente, mientras trataba de incorporarse de la destajada. Sangrando como estaba, trató de tomar una espada corta colgada en su cintura, pero Vilendil guiado por la premura de ayudar a sus amigos ya estaba sobre él apresurando una estocada en el pecho dejándolo tirado sobre la fría piedra de la caverna.
Atanvardo sacó la espada del cuerpo inerte del elfo y se volvió la mirada hacía el primer elfo el cual estaba aun inconsciente. Lanzando un silbido agudo, trato de indicarle a sus compañeros para que tratasen de reunirse con él y formar un solo frente, sin embargo su rostro expresó asombro y preocupación al ver una figura femenina atacando a Eärondûr en uno de sus muslos. Rápidamente buscó con la mirada a Varyamo y lo vió enfrentándose al otro hombre. Trató de hacer algo para salvar la vida de el joven Eärondûr pero desde donde estaba era muy dificil, y en el medio de la situación lanzó un grito ronco y fuerte que retumbó dentro de las paredes y túneles de la caverna llamando la atención inmediata de la atacante y del otro hombre evitando que la primera le diera el golpe de gracia a su sobrino.
Eärondûr flotaba inconsciente sobre el agua. Varyamo y su atacante se replegaron ante el grito por unos momentos. La extraña mujer se volvió a verle con ojos encendidos y brillantes, que en la distancia emitían un fulgor amenazante, como los de un tigre agachado en la oscuridad esperando el momento oportuno para lanzarse sobre su presa.
La situación se había vuelto totalmente inesperada... y sin embargo aun apenas estaba comenzando el combate.
Nada más entrar en la cueva un aire húmedo y fresco golpeó a Firye en todo su cuerpo, que tembló en un escalofrío ante aquella sensación agradable y placentera y un inmenso alivio frente al calor intenso del desierto. Sin embargo, aquel nuevo aire algo más le hizo sentir en lo más profundo de su ser, un mal augurio.
Evitando encender cualquier fuego, esperaron que la visión se les acostumbraran a aquella oscuridad y que fuera el fuego de sus compañeros quienes les guiasen en la oscuridad, y asi reunirse nuevamente con ellos. Anduvieron así largo tiempo en silencio, hasta que el murmulló del agua llegó a lo oídos de la elfa. Fue la primera en notarlo, ya que era quizás un sonido tan familiar y tan grabado en su memoria que le era imposible pasarlo por alto, y tratando ser lo más silenciosa posible la teleri se lo comunicó a Calenên quien no dudo hacer un comentario mordaz en referencia a asalto de los bandidos, algo que ella rehusó a contestar. Y esperando que sus compañeros también se hubieran visto atraídos por aquel sonido, los elfos se encaminaron hacia su origen, hasta que un sonido muy distinto del correr del agua los pusiera en alerta.
Los pasos pesados y torpes que se aproximaban tomaron de pronto la imagen de un enorme troll, una mole que en la oscuridad parecía ocupar todo el espacio y la cual cargaba con una pesada y gran maza. Elfo, hombre y enano se miraron por un instante con las armas ya en ristre, y sin mediar entre ellos palabras se dispusieron a hacer frente a tal enemigo. Del arco de Olostarin salió una flecha dirigida al cuello de la bestia que terminó por desgracia en uno de sus voluminosos pectorales, tan grande como el lomo de una vaca, al lanzar el troll un mazazo contra el enano, quien por suerte lo esquivó y tuvo la oportunidad de herirlo con su hacha en una pierna, aunque sin demasiada gravedad para el troll. Deshaciéndose del enano con una patada, el troll mandó un mazazo esta vez contra Vaereth quien tuvo que echarse al suelo y rodar para poder esquivarlo, dando a su vez un paso más hacia adelante y dirigiendo el revés del golpe a Olostarin, quien tuvo que rodar también para esquivarlo no sin antes dejar otra de sus flechas esta vez en la clavícula del troll.
Cuando el Olostarin se incorporó se dió entonces cuenta de que no era solo el troll quien amenazaba sus vidas y que no solo sus pesados pasos y el movimiento de su mazo eran lo único que sonaba a su alrededor, ya que varias flechas estaban siendo lanzadas a espaldas de el troll e iban silbando y chocando contra la piedra muy cerca de ellos. Olostarin entonces gritó para avisar a los suyos, que conscientes del nuevo peligro intentaron evitarlo, aunque no siempre de forma afortunada.
-¡Mazan!- gritó Olostarin, sin poder hacer nada más que alarmar al enano y lanzar una nueva flecha, al ver impotente como la maza del troll volvía a surcar los aires a gran velocidad en dirección al enano, quien conseguía despejar una flecha dirigida hacia él.
El golpe fue casi sordo, pero el cuerpo del enano se elevó del suelo y voló literalmente hasta estrellarse contra una estalagmita próxima, momento en el cual cayó de nuevo pesadamente al suelo, quedando entonces el enano sentado e inmóvil cual muñeco sin vida.
Calenên y Firye pudieron ver como la trayectoria del enano se dibujaba en el aire antes de pudieran llegar hasta el grupo. Desde lejos habían alcanzado a ver al fin al troll y poco más tarde a sus amigos, y temiendo por ellos habían corrido tanto como habían podido intentando para reunirse con ellos. Sin embargo, a pesar de todo, parecían llegar tarde y solo podían esperar que el golpe que acababa de recibir el enano fuera más aparatoso que grave.
La llegada de ambos elfos tomó por sorpresa a los orcos que se resguardaban tras el troll. Dos cayeron con suma facilidad de los cinco que los elfos habían contado, y un tercero se sumo a sus compañeros antes de que el troll prestará atención a los recién llegados. Momento en el Calenên pidió a Olostarin y Vaereth fueran a atender a su compañero caído mientras ellos mantenían al troll ocupado. Algo a los que ambos accedieron, preocupados por el enano, no sin que el elfo dejara volar antes una nueva flecha que atravesó el cuello de uno de los orcos, de los dos que ya quedaban.
Por suerte Mazan respiraba sin dificultad, y salvo por encontrarse inconsciente no parecía herido de gravedad. Aquello fue de gran alivio para ambos, aunque quizás más para Olostarin quien le había tomado más cariño al enano, pero una tranquilidad que duró poco al hacerse visibles nuevas sombras a su alrededor. Siete orcos capitaneados por dos hombres se sumaban al combate apareciendo ante ellos y a espaldas de Firye y Calenên, justo en el momento que tras una desafortunada acrobacia de la elfa, ésta fue presa del troll quien la golpeó contra el suelo antes de que Calenên pudiera liberarla tras cercenar la mano a la bestia.
La elfa quedó así inconsciente también en el suelo, tras haberse llevado consigo un ojo de la bestia, cuando en realidad había buscado en las sombras su yugular. Con dos compañeros fuera de juego y la llegada de nuevos atacantes, el combate se ponía francamente mal de cara a ellos.
[Editado por Thauld el 08-06-2010 13:52]
Durante algún tiempo tuvo la vista nublada y no fue consciente de lo que sucedía... fue entonces y mientras Olostarin acercaba su oido a la nariz del enano para comprobar que aún conseguía respirar, cuando Mazan despertó, con los ojos abiertos como platos y de un rápido salto intento ponerse en píe, lo que produjo un choque entre sus cabezas a lo que ambos respondieron con una mueca cómica en sus rostros mientra se frotaban la capita con las manos, Vaereth no pudo evitar esbozar una sonrisa... pero fue entonces cuando el naugrim divisó sendas siluetas aparecer tras una de las húmedas paredes llenas de huecos oscuros que poseía la cueva, fue casí instintivo, con la mano izquierda depositada en el hombro del elfo, apartó a su amigo y corrío gritando...
-¡ Mi Señor Narudud!, ¡Detrás de usted!.
Gracias a esa grave voz el avari consiguió de forma veloz situar su espada entre el filo del acero de uno de los orcos, y así evitar el golpe, pero poco podía hacer con los dos fetidos enjendros que se le acercaban ahora por los costados, en cuestión de un parpadeo noto el calor de la sangre en su rostro, y por momentos no estaba seguro de sí su cuerpo había sido atravesado por alguna de esas oxidadas cimitarras uruk. Para su tranquilidad, esa sangre tenía un olor a podrido como el que se aspira en las cienagas y dedujo que debían de ser los orcos, en efecto, uno se encontraba ahora inmovil... como estatua con su arma en alto, tenía a Azgazan, la famosa Hacha del Yermo, atravesada en su mollera mostrando una imagen brutal con el rostro descolocado y la lengua fuera, mientras el cuerpo del desafortunado orco golpeaba al suelo, en su otro costado Mazan había saltado sobre la otra fétida criatura y la golpeaba ahora con ambos puños unidos y los diez nudillos afilados, machacandole el craneo contra la fría roca por la que se filtraba el agua ahora teñida de un rojo púrpura bastante asqueroso. Por suerte la ayuda del enano había sido valiosa, más el elfo tenía delante a cinco orcos más que lengueteaban insinuando el festin que pensaban darse con las tiernas carnes de Firye, postrada en el suelo y sin consciencía, mientras los orcos la rodeaban, esa fue una imagen que Narudud no pudo perdonar y se lanzó al ataque, Mazan ya estaba en pie y corrío tras su amigo y compañero recogiendo audazmente su Hacha del craneo del uruk y gritando «-Por las barbas de los Barbiluengos, ¡¡¡morid criaturas inmundas!!!»... Mientras tanto Vaereth ya estaba en pie y preparado, y Olostarin ya tensaba su arco mientras colocaba una saeta y apuntaba hacía la lengua del orco que se acercaba a la elfa. Los dos hombres salieron al paso del enano y el elfo y entablaron combate, se mostraban mucho más prudentes y obviamente no sería tan facil darles muerte, como a los incautos orcos.