Continuando con esta trilogía de artículos que arrancó la semana pasada con La Comunidad del Anillo —puedes leerlo aquí—, vuelvo por segunda semana a los cines para revisitar El Señor de los Anillos: Las Dos Torres, veinticuatro años después.
Quiero dedicar también el mismo a la memoria de Cristopher Lee y Bernard Hill. Ambos indispensables en esta obra maestra.
La sala nuevamente estaba llena, con incluso más público que en la primera parte. Un amanecer en las Montañas Nubladas da paso a un potente inicio con Glamdring de Howard Shore resonando a todo volumen mientras presenciamos al Balrog y a Gandalf batallando hasta la más absoluta oscuridad: todo un sueño de un Frodo perdido que aún muestra cierto sentido común. Sin mucho más que destacar hasta la aparición de Gollum, a quien Andy Serkis dio vida de manera magistral. Ver su interpretación me mantiene esperanzado de cara a su película.
Los compases se aceleran con la persecución de los tres cazadores a los uruk-hai. El toque cómico de Gimli en estas escenas es, sin duda, clave —junto a determinados planos de cámara— para hacer memorables estas secuencias. Sin embargo, la presencia de orcos comunes junto a los uruks nunca fue bien explicada en las películas. De pequeño no comprendía de dónde habían salido, ya que cortaban la escena de su aparición, y ahora, de adulto, siento que se perdió la oportunidad de mostrar las grietas en las relaciones diplomáticas entre Isengard y Mordor, así como las diferencias jerárquicas dentro de la extraña sociedad de los orcos.
Comienza la guerra, y Saruman nos lo anuncia. Como anécdota, recuerdo que de pequeño creía que la «unión» de las Dos Torres —Orthanc y Barad-dûr— se buscaba de manera literal en las películas, y que en la visión del palantír podíamos ver el futuro con ambas torres fusionadas en una sola. Dos décadas después me tomo con humor haber confundido una de las muchas torres de Barad-dûr con Orthanc por sus similitudes estéticas. La industrialización forzada y la aniquilación a cualquier precio se muestran con crudeza, y puede verse aquí el dilema moral que el autor sentía hacia esos procedimientos que, en el mundo real, estaban cambiando su vida y la de sus coetáneos.

Por otra parte, siento que la participación de los dunlendinos es casi testimonial —más aún en la versión original—, cuando habrían merecido mucho más protagonismo en las huestes de Isengard. Tal vez sea por los libros o por La Guerra de los Rohirrim, pero comprendí mucho mejor su papel en este conflicto y vi otra oportunidad perdida de darle profundidad a la historia. Merece mención también el añadido de Éomer recogiendo a Théodred en los Vados del Isen, ya que de joven no comprendía qué había causado la muerte del príncipe.
Voy a ir a saltos entre varias escenas, pues si profundizara en todas ellas esto sería demasiado extenso. La demencia de Théoden y el papel de Gríma en las escenas añadidas son cruciales para comprender el estado de Rohan en esos momentos. No entiendo por qué, si Thranduil fue mencionado por Haldir durante La Comunidad del Anillo, Aragorn obvió su nombre al presentar a Legolas en el encuentro con los jinetes de Rohan —más sabiendo, a toro pasado, la participación del elfo en la trilogía de El Hobbit—. El momento en que Aragorn explora la escena del crimen al más puro estilo CSI y la transición a Fangorn me parecen muy bien resueltos. ¿Sabían que Viggo Mortensen se rompió los dedos del pie al patear el casco de un uruk? Yo, hasta hace unos años, no.
En la Ciénaga de los Muertos volvemos a destacar el papel de Gollum, y arrancamos el contador de caídas de Frodo, que a estas alturas parece idiotizarse por momentos. Sé el daño que el Anillo ejercía sobre él, pero nunca consiguió transmitirme la personalidad del personaje de los libros, sino más bien una sensación de inutilidad. Menos mal que tenemos a Sam —y a ratos a Sméagol— para salvar el día; de lo contrario, el Rey Brujo en su bestia alada habría cazado al Bolsón como a una liebre hace rato. Lo curioso es que fuera Frodo quien tuviera que salvar a Sam en la Puerta Negra, y no al revés.
Volviendo a Fangorn: pese a lo deliberadamente lento del desarrollo de las escenas de Bárbol con los medianos, he de decir que con los años me han ido gustando cada vez más —aunque la poesía no sea lo suyo—. El juego con la presencia del «mago blanco» hasta su revelación está muy logrado, superponiendo voces y rostros de Gandalf y Saruman en un juego de luces celestial. Habría sido todo un impacto de no ser por la costumbre de principios de los 2000 de meter spoilers en tráileres y pósteres; había que vivir bajo una piedra para no saber que Gandalf resucitaba. Aunque un niño de la sala que no lo sabía sí logró sorprenderse, y me pareció una pena que no hubiera podido vivir esa sensación en su día. Merecen mención también las breves escenas de interacción entre Aragorn y el mago, que me hacen querer ver más de su relación en La Caza de Gollum, y la impecable e impresionante presentación de Sombragrís. Fue épica entonces —de hecho, torturé a mis padres durante años porque quería un caballo por su culpa— y sigue siéndolo ahora, cuando ese gasto ya no me tienta.

Galopamos a toda pastilla hasta Edoras contemplando las llamas de la guerra en el horizonte. El difunto Bernard Hill se roba todos los reflectores como rey de la Marca: desde su posesión y exorcismo en los salones de Meduseld, pasando por la trágica pérdida de su hijo, hasta la duda e incertidumbre constantes de un rey que se cree acabado y que no está a la altura de unas circunstancias que le superan. Lo que de joven veía como ineptitud, comparada con la de otros reyes y héroes de película, ahora se vislumbra como la humanidad más pura de un hombre roto por la vida que libra dos guerras: contra Saruman y contra sus propias inseguridades y demonios.
Estos conflictos también los vemos, en menor medida, en Éowyn, que se siente enjaulada y oprimida sin poder demostrar su valía. Ambos ven en Aragorn y su grandeza un referente que, en el caso de la doncella, la lleva al amor y a la admiración, y en el del viejo rey, a la vergüenza al compararse con él, con un cierto toque de envidia y, a la vez, el respeto más absoluto. Entre huargos, lecciones de equitación de Gimli y una falsa muerte de Aragorn que no me engañó entonces ni ahora, llegamos al Abismo de Helm.
No dedicaré mucho tiempo a Frodo y Sam perdidos en las inmensidades de Ithilien, ya que cumplen con su papel pero no me dan nada especial que destacar. Sí lo haré con Faramir y con el acierto de la versión extendida de mostrar su relación con Boromir y con su detestable padre. Estas escenas no solo nos hacen empatizar y comprender el drama personal de un capitán de Gondor que, para hacer sentir orgulloso a un padre que no lo merece, actúa de duro con los hobbits delante de sus hombres cuando no está en su naturaleza; también nos hacen comprender quién era Boromir realmente y cuáles eran sus motivaciones hasta su caída y redención. En sus palabras podemos escuchar lo que ya le dijo a Aragorn: en Gondor hay debilidad y fragilidad, pero aún queda coraje.
Tras la magistral puesta en escena del ejército de Isengard y unas cuantas escenas de Arwen con Aragorn y Elrond para contextualizar tramas venideras, llegamos al preludio de la noche en el Abismo de Helm. La desesperación tiene crispados los nervios de todos y, en mi madurez, aprecio mucho más la crudeza de la situación: niños y ancianos sin oportunidad alguna siendo armados y enviados a una muerte segura, mientras las familias rotas ven venir un final inevitable. Pese a no ser canónica, la llegada de los elfos a la batalla me parece uno de los mejores añadidos de la saga y ojalá hubiera sido así en los libros.
Estalla la tormenta, y poco puedo añadir sobre la batalla más allá de que es una lección de cómo rodar un combate nocturno bajo inclemencias climatológicas en una superproducción, viéndose todo lo que sucede —toma nota, Juego de Tronos—. Me pareció impresionante entonces y me lo sigue pareciendo ahora. Legolas y Gimli lucen unas personalidades que ya les habría gustado tener en el texto original —así me parecen más completos y relevantes—, y Aragorn nos ofreció una muestra del rey que escondía.

Cabe criticar la ausencia de los dunlendinos en esta batalla, que a mi juicio la habrían enriquecido considerablemente, y sobre todo los segmentos del ent-encuentro intercalados durante el combate, que cortan el ritmo de manera notable. Es poético pensar que ninguno de los elfos saldría con vida del Abismo: lo que hoy podría verse como un agujero de guión, lo interpreto más bien como un mensaje. Su época ya había pasado. Al menos Bárbol, tras ser engañado por Pippin, consigue abrir los ojos y poner en marcha las fuerzas de la naturaleza.
Sale el sol y el Abismo está sometido: apenas un puñado de hombres y desesperanza en una última carga suicida. La llegada de Gandalf y Éomer para salvar el día mientras los ecos de Helm Mano-Martillo resuenan, un Saruman desvalido viendo cómo el espejismo de su poder se evapora ante la marcha de los ents, y un Sam en Osgiliath sacando todo el coraje del mundo para salvar a su amo —y casi morir a manos de él— nos llevan al clímax final.
El discurso motivacional de Sam es el verdadero amanecer de la película y un punto de inflexión en la historia: aunque parezca imposible, la oscuridad sí puede disiparse. Agradezco que existan las escenas extendidas, pues nunca entendí cómo el ejército de Saruman pudo ser aniquilado por completo al final de la batalla, ni quién había ganado la competición entre Legolas y Gimli.

Con una promesa de guerra, Gollum maquinando y un plano del País de la Sombra, llegamos al final. Noté en esta segunda parte un público más vivo, que reía con las ocurrencias de Gimli o con ciertos comportamientos de Gollum. No hubo aplauso al encenderse las luces, pero sí el murmullo animado de quien ha disfrutado durante el visionado. Abandoné la sala nuevamente con la música de Shore resonando, y con la promesa de un final aún más épico. Tengo la esperanza de escuchar ese aplauso la semana que viene, al término de tantas cosas.